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Capítulo VII

Explorando territorio enemigo

De todas las transformaciones animales posibles, Jareth había elegido la lechuza desde muy joven.

Recordaba a su padre con el gesto adusto de su elección. El cambio de forma era una de las habilidades más elementales de todo mago, y aunque era de esperar que se diversificara debido a su ascendencia de alta cuna, era necesario que eligiera aquella que convertiría en su insignia.

Él había elegido un dragón blanco, y quizás esperaba que, por ser su hijo, elegiría algo parecido, algo que se identificara con el poder.

Sin embargo, Jareth lo tenía claro; quería una lechuza. Había algo en su enigmática mirada y el sigilo en su vuelo, sobrio y contundente, que lo había convencido de que era así como quería que se recordara su reinado.

Además, volar, junto con la música, se habían convertido en las únicas maneras de calmar su humor volátil.

Su padre podría no estar muy de acuerdo en su elección de escudo de armas, pero ni siquiera él podría discutir lo conveniente que era una lechuza para hacer tareas de exploración sumamente cuidadosas, incluso en terrenos yermos donde cualquiera podría ser fácilmente descubierto.

Solo tenía que cuidarse de las aves JubJub, aunque no necesitaba estar demasiado alerta, hacían tanto ruido que tendría tiempo de sobra para reaccionar y detenerlas o esquivarlas.

Llevaba casi dos horas sondeando el lugar, esperaba encontrar algún tipo de precario ejército improvisado, pero las tierras salvajes estaban tan inhóspitas como siempre, o tal vez eso debería ser lo extraño.

Decidió volver al campamento, encontrando a los muchachos más inquietos que como los dejó.

—No hay nada —les dijo, recobrando su apariencia —. No puedo encontrarla, es como si se hubiera desvanecido.

—¿Será que fueron a las Tierras Superiores? —preguntó Aqquin de Atlántica, consiguiendo que lo miraran —. Bueno —agregó, cohibido por la súbita atención que le prestaban —, mi abuelo me dijo que las Tierras Salvajes no han sido reclamadas por nadie porque nadie ha podido mantener estable la magia que fluctúa ahí y provoca cosas raras, y que también se puede usar para cruzar entre mundos.

—¿Eso es verdad? —preguntó el príncipe Julers.

—La teoría dice que es por algún tipo de mineral, que en realidad hay en muchos lugares, solo que aquí es más abundante —explicó Michael de Andalasia—. Hay un pozo en el castillo de mis padres con material suficiente para llegar a las Tierras Superiores.

Jareth se cruzó de brazos. La inocente pregunta del joven príncipe tritón le había dado una perspectiva que no había considerado.

—Depende de su polaridad también —dijo con seriedad —. Pueden subir, a las Tierras Superiores, o bajar a las Tierras Umbrías.

—¿Qué son las Tierras Umbrías? —preguntó de nuevo el príncipe Julers, empezando a molestarse por su poco dominio del tema.

—Se dice que es el lugar a donde van los muertos —respondió Michael de Andalasia—. Pero a diferencia de las Tierras Superiores, una vez que se entra, ya no hay manera de salir.

—¿Entonces cómo saben que existen? —insistió Julers de Narnia.

—Porque sí hay una manera de salir.

Jareth había captado de nuevo la atención de todos.

—Pero es magia oscura.

Se giró hacia Julers de Narnia, tenía que decirle que era el único que no podría seguir el camino, al ser enteramente humano, no estaba seguro si moriría, o se convertiría en un espectro o algo así, nada más entrar. Aqquin, por ser un tritón estaría bien, y la magia latente de Michael lo protegería, aunque la falta de entrenamiento de ambos podría ser más problemática que de útil.

—No sé si Iracebeth de Crims haya sido capaz de dominar una magia así. Mi don de videncia me permite explorar las Tierras Superiores, pero no las Tierras Umbrías, y en vista que de que no tengo un rastro, solo existe la posibilidad de que haya bajado.

—Entonces. ¿Cuál sería el plan? —preguntó Aqquin de Atlántica.

—Tienen que volver al castillo, buscar el grimorio de Narissa y traer a mi tía. Si sus familias enviaron algún tipo de ayuda, deberían rodear el páramo, por si algo llegara a salir.

—¿Y usted qué va a hacer? —preguntó el príncipe Julers con ligera hostilidad al verse desplazado como líder de la expedición.

—Soy el único que puede bajar. No soy humano.

Nadie pudo contrariar ese argumento.

—¿Y qué hago con el grimorio? —preguntó Michael de Andalasia —. Yo no sé usarlo.

—Pero la reina Mab sí, ella sabrá qué hacer.

El único inconforme con la repartición de tareas era el príncipe Julers, sin embargo, no encontraba manera de organizar un mejor plan que ya no se resumía a rescatar a la Reina Blanca de su desquiciada hermana, lo que parecía fácil si se trataba de tajar con la espada a cuanta bestia se interpusiera. Sintió que gruñó, y antes de subir a su caballo, desató el cinturón en el que llevaba la espada, tendiéndosela al rey.

—Esta es una de las únicas tres espadas mágicas que quedan en Narnia —le dijo —. Resiste cualquier encantamiento que pretenda debilitarla, y sin importar nada, jamás perderá el filo.

Jareth, dubitativo, la aceptó. No era su primera opción en cuanto a defensas, pero no pretendía ofender la pobre sensibilidad de un muchacho al que había mandado de vuelta a su casa, denotándole su debilidad. De cualquier forma, nunca estaba demás tener un recurso de fuerza bruta.

Los tres príncipes montaron sus caballos y llamaron al Bandersnatch para que fuera con ellos, pero la criatura se negó en rotundo.

—Cuando puedan convencer a un Bandersnatch de hacer algo que no quiere, seguro que conquistan el mundo —les dijo, dándoles la espalda y volviendo a convertirse en lechuza, con el inmenso animal corriendo detrás de él, llevando la espada del príncipe Julers.


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