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Capítulo II
Las compras en Diagon
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Madame Malkin, túnicas para toda ocasión
—¿Entonces, se encuentra mejor? —preguntó Ginny mirando de reojo que James no se metiera en problemas. La afinidad que tenía con su hermano George y la naturaleza subversiva de Harry lo hacían un chico tan encantador como peligroso para lo considerado "seguro", y a cada día le veía más creativo e increíblemente talentoso, sintiendo que sus nervios acabarían como los de su madre ¡Y ella que tuvo que lidiar con dos!
—Sí, solo es un resfriado, pero a su edad no es seguro, y es realmente una pena, siempre les ha gustado venir, y mamá no quiso salir sin él.
Hermione acariciaba el lomo de Crookshanks, que empezaba a adormilarse mientras explicaba a su cuñada el motivo por el que sus padres no habían acudido a las compras escolares. Arthur y Molly Weasley habían aparecido muy puntualmente, como marcaba la tradición, sin confirmarse nada con anterioridad. La gran multitud reunida no se movía uniformemente, pero con frecuencia se encontraban en sus caminos, y la calle pronto se llenó de cabelleras rojas y voces estruendosas.
Generalmente, quienes empezaban las compras, recién recibida la lechuza de aceptación eran los estudiantes de primer año y sus respectivas familias, pero uno podía encontrarse a cualquiera en tan ajetreado callejón no solo para menesteres educativos, sino para la vida cotidiana de cualquier mago o bruja.
Mas tarde pasarían al Caldero Chorreante, Neville estaba de vacaciones y charlarían un rato mientras comían algo.
Al menos ese era el plan, sin embargo, terminaron por encontrarle en el callejón comprando algo de material para su invernadero personal que tenía sitio en una habitación acondicionada del bar que regentaba su esposa. Aunque se veían con frecuencia, los saludos siempre eran igual de cordiales -y efusivos, en caso de Ginny-.
—¿Qué es lo que les hace falta? —preguntó él.
—Recién empezamos, solo tenemos las varitas que fue lo primero que Lily quería —dijo Ginny mirando a su hija correteando junto con sus primos para llegar primero al escaparate donde se exhibían las escobas para quidditch.
—Rose quiere comprar una capa nueva —comentó Hermione de improviso, mirando a Neville tras revisar sus opciones en solo unos instantes —. Algo salió mal en su clase de pociones y quedó completamente verde con manchas púrpuras ¿Puedes creerlo? ¿Qué profesor deja a sus alumnos a su suerte cuando se realizan pociones?
—¡Ah! Theodore Nott, él en realidad es muy buen pocionero, pero no pone mucha atención a los alumnos. En ese sentido es peor que Binns, y mira que la atención de Binns ya es mala.
—¡Peor que Binns! —exclamó Hermione con sorpresa, pensando en los deberes adicionales que tendría que hacer para sus hijos con tal de que no se retrasaran en los T.I. .
—Pero el profesor Flitwick le pidió que se retirara, la túnica manchada fue el menor de los incidentes, parece que tampoco se aseguraba de que los alumnos limpiaran bien los calderos.
—¡Qué desastre! ¿Quién ha sido puesto en su lugar?
—Bueno… la verdad no lo sé, pero fue la profesora McGonagall en persona quien le recomendó, o eso escuché de la profesora Sprout, creo que ni siquiera es de aquí.
—Ya veo.
—Pero eso no es lo peor, la visión de la profesora Sinistra está empeorando, y los sanadores no han podido aún revertir la maldición que le echaron desde la batalla de Hogwarts.
—¡Pobre de ella!
—Ya usa gafas más gruesas que las de la profesora Trelawney.
Y a Hermione no se le ocurrió más para decir, solo sentía una pena horrible por aquella mujer que enseñaba astronomía con tanta solemnidad, y estaba a dos graduaciones para quedar ciega.
—Las cosas están peor de lo que pensé.
Neville se inclinó al frente para acortar la distancia que generaba la diferencia de estaturas e hizo un gesto a la bruja para que se acercara.
—¿Recuerdas a Katie Bell? —preguntó en voz baja, pero sin esperar respuesta —. Fue contratada para cubrir la clase de Encantamientos, pero justamente ayer la profesora Sprout me envió una lechuza diciéndome que pescó viruela de dragón.
—¡Pero qué suerte! —exclamó Hermione cubriéndose la boca enseguida. Afortunadamente Neville no entendió que no hablaba en tono irónico, sino que de verdad era suerte, al menos para ella —. Creo que a este paso va a tener una habitación personalizada en San Mungo —agregó, intentando sentirse apenada por la facilidad de la pobre bruja para enfermarse desde que sobreviviera por poco a la maldición del collar de ópalo.
—Ni que lo digas.
—Neville, tengo que enviar una lechuza urgente. ¿Puedo usar la tuya?
Por la mañana, Ron se las había arreglado para impedir que escribiera al colegio, pero en ese momento supo que era la oportunidad perfecta, con toda seguridad no habrían encontrado un reemplazo para Katie Bell, y el profesor Flitwick no le diría que no a ella.
—Claro, Hermione. Hannah está en el Caldero, pídesela a ella, yo aún debo hacer más compras.
—Gracias.
Y la bruja desapareció sin pensárselo dos veces.
Cerca, Harry y Ron decidieron seguir a Ginny que, en vista de la súbita desaparición de su cuñada, había optado por continuar con la compra de las túnicas y llamando a todos los chicos, les indicó el camino que debían seguir hasta la tienda. Neville se despidió de ellos caminando hacia el otro lado, y los Weasley que no iban a comprar túnicas decidieron esperar en Florean Fortescue.
No obstante, apenas llegaron a la tienda de Madame Malkin, fue completamente imposible entrar, o cuando menos acercarse a menos de ocho metros, frente a la puerta y al anaquel de exhibición se arremolinaban una docena de magos y brujas que trataban de ver más allá del sombrero de quienes tenían enfrente, y los que estaban en primera fila, a su vez debían de luchar contra la gruesa cortina verde pardo que impedía la vista al interior.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron levantándose en las puntas de sus pies, si bien su altura era ya una gran ventaja sobre Harry que, aunque también sentía curiosidad, tenía que conformarse con lo que le contara Ron.
—Cerraron la tienda hará unos veinte minutos, parece que llegó un cliente muy importante — respondió alguien cerca de ahí.
—¿Irá a tardar? —preguntó Ginny con el ceño fruncido. Realmente no soportaba las preferencias bajo concepto elitista, y de hecho esa era la opinión de cualquiera con sentido de la decencia.
—Tendremos que cambiar el orden de las compras —resolvió Ron con simpleza, esfumándose su curiosidad al no obtener información porque aparentemente nadie sabía algo respecto a lo que ocurría dentro de la tienda de túnicas.
—Vamos a…
Harry no pudo terminar de expresar su idea, y a él mismo se le olvidó cuando los cristales del anaquel salieron volando en mil pedazos. Levantó su varita en lugar de cubrirse como hizo la mayoría, regresó los pedazos al marco y volvió a armarlo. Hablando con la verdad, a él mismo le sorprendió su propia eficacia al recordar el hechizo cuando solo lo había usado una vez antes de ese día, pero dejó el hecho de lado, se abrió paso entre la multitud y con otro movimiento entró a la tienda.
—¡Oh! ¡Oh! —exclamó la bruja que se acercaba para ver las consecuencias del estallido.
—¿Qué sucedió, Madam Malkin? ¿Está bien? —preguntó Harry aun sosteniendo en alto la varita.
—¡Oh! ¡Lo siento tanto! ¿Alguien ha salido herido? De verdad lo siento.
—¿Ha sido usted? —preguntó el mago bajando el brazo para mirar de nuevo el anaquel.
—Un pequeño accidente, solo eso, reabriré en unos minutos más… ¡La cortina! ¡La cortina!
La mujer, con pasos apretados y rápidos tomó nuevamente el lienzo verde para montarlo y no dejar que los curiosos husmearan.
—¿Quién más está aquí? ¿Por qué ha cerrado la tienda?
—¡Oh! Es que su séquito es muy sensible a la luz, pobrecitas criaturas, el sol las hace chillar.
—¿El séquito de quién?
—Este es el color que quiero —exclamaron más al fondo de la tienda y la bruja corrió hacia allá rápidamente.
A Harry no le sonó familiar la voz. Habría pensado que tal vez se trataba de alguna extravagancia de Malfoy, pero en ese momento recordó que hacía años que ni él ni ninguno de la familia pisaba esa tienda. De todos modos, era una voz más grave y de un tono más vibrante.
—Enseguida estoy ahí.
Harry no había recibido indicaciones respecto al entrar o marcharse, así que se aventuró a saciar su curiosidad, pasando por entre rollos de tela de todo tipo y estampado que flotaban fuera de sus lugares, dejando caer parte del lienzo para que se apreciara mejor el color y la textura. Destacaban los brillantes y metálicos, vio un poco de piel de dragón color plata, e inevitablemente recordó al Ironbelly ucraniano de Gringotts con un escalofrío.
—¡Oh! ¡Tiene toda la razón! El contraste es hermoso y muy elegante.
—Naturalmente, lo escogí yo. Me gusta para la cena.
—¿Es muy especial la dama?
—Sí que lo es. Y muy exigente también.
Sobre el banquillo solo pudo ver, de espaldas, a un hombre no más alto que Ron, aunque sí más que él. Llevaba el cabello rubio cortado en alturas desiguales acentuando los diferentes tonos que iban desde el amarillo dorado al castaño, pantalones ajustados, botas altas, muchos volados en las mangas…
—¡Oh! ¡Abro en unos minutos más! Por favor, espere afuera.
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Flourish & Blotts
—Bestiario de Aberdeen… sí, cuando nos llegó la solicitud fue un poco extraño, nunca habíamos trabajado con él, es un libro raro, pero conseguimos copiar ejemplares suficientes ¿Cuántos le pongo?
—Dos —respondió Ginny.
—Estábamos preocupados —siguió diciendo el dependiente—. No sabíamos si mordía, era corrosivo o contenía espíritus.
—¿Alguna advertencia entonces?
—No, ninguna.
A Ginny le fueron entregados dos ejemplares bastante gruesos empastados con una técnica de cordel grueso visible desde fuera, pastas de piel desgastada con algunas aplicaciones de metal empañado protegiendo las esquinas, una sección del lomo y un cerrojo evitaba que las hojas saltaran por el precario trabajo de encuadernación.
—Tiene demasiados dibujos —dijo Ron con envidia al recordar que él tuvo que ilustrar sus propios libros.
—Son copias fieles del original, señor —continuó diciendo, pero acercándose para hacer un comentario más discreto—. Los muggles aprenden mejor con las ilustraciones —susurró gesticulando exageradamente para compensar el volumen de su voz.
Harry no se había acercado, un representante de cada familia estaba ahí, en medio de toda la gente que agitaba sus listas en la nariz del dependiente, aunque habría sido lo mismo que Ron estuviera o no, Ginny podía hacerse cargo de todo y él quería hablar con Ron sobre el personaje que acababa de descubrir. O más interesante aún, el peculiar séquito que casi se le lanzó encima y por el que emprendió la huida de la tienda de túnicas.
A propósito de lo cual, tenía que preguntar sobre un libro que le revelara detalles de dichas criaturas. La presencia de Hermione también funcionaría como un buscador automático, pero no estaba por ahí.
—Creo que llevaré otro —dijo Ron tras hojear el libro un rato —. Hermione va a querer examinarlo a detalle.
—Podría usar el de Hugo, no creo que le moleste —sugirió su hermana recibiendo el cambio del importe pagado.
—No, igual y yo me entretengo mientras llegan las vacaciones.
—¿Ron, te sientes mal? —preguntó Ginny riendo.
—No ¿por qué?
—Es un libro ¿Tú con un libro?
—Muy graciosa. A Hermione se le metió entre ceja y ceja que…
—¡Maldita alimaña! —gritaron desde los estantes más retirados y un chillido acompañado de una risa aguda y estridente.
—¿De dónde ha salido eso?
Varias brujas gritaron e instintivamente se llevaron las manos a las faldas para impedir que pasara por debajo de ellas una criatura pequeña, vestida con remiendos de todo tipo y lanzaba risas chillonas y estridentes.
—¿No se ha robado nada?
—Nada, salvo el almuerzo.
—¡Oh, maldición!
Pero era ya tarde para detenerlo, y aunque Harry sintió el deseo de petrificarlo para examinarlo a gusto, no pudo sino mirarlo escabullirse hacia afuera, los propietarios de la tienda tampoco se mostraron particularmente deseosos de ponerle las manos encima, así que no quedaba más que dejarle en paz.
—¿Qué rayos era eso? —preguntó Ron con sus dos libros en mano dando largas zancadas para llegar a la puerta.
—No lo sé, pero había varios en la tienda de Madam Malkin, de eso quería hablarte ¿Los habías visto antes?
—Nunca, no parecen gnomos. No sé qué sean ¡Tengo que contarle a Hermione! ¡Ella de seguro lo sabe!
—Seguro.
—Vamos a encontrarnos con los demás, de repente quiero un helado.
Afuera había más voces, el tumulto se había levantado nuevamente, por el vano de la entrada un grupo de criaturas como la que acababa de escapar entraron a tropel pisándose los talones entre ellos cuando el primero se detuvo abruptamente.
— ¡La encontramos! ¡La encontramos! ¡La biblioteca! —chilló uno. La mayoría de los presentes se hizo a un lado, pero no Harry y Ron que, por el contrario, se inclinaron al frente para ver a los nueve ejemplares vagamente parecidos entre sí, eran como un remiendo de varias cosas completamente personalizados, diferentes narices, bocas, orejas, algunos con cola y otros sin ella, pero, aun así, parecían seguir una misma regla que en apariencia los uniformaba en tonos verdosos y marrones, así como las armaduras de latón hechas a medida.
—¡Idiota! ¡No es una biblioteca! ¡Es una librería!
La sorpresa en algún momento pasó y la mayoría regresaron a lo que estaban haciendo antes de la interrupción, excepto uno de los encargados que no quitaba la vista de encima del peculiar grupo.
—¿Estás seguro? Su alteza no va a perdonarnos si nos volvemos a equivocar.
—¡Claro que estoy seguro! ¡Mira cuántos libros!
—¡Hey, tú! —exclamó uno que usaba su armadura con varias púas de punta redondeadas -dejándolas obsoletas de su función- dirigiéndose al dependiente, pasando por entre las piernas de Ron, ignorando por completo que este lo miraba con la atención que a cualquier otra criatura ya hubiera ofendido.
—¿Viste eso, Harry?
—Su Alteza quiere estos libros —alegó con un chillido extendiendo un grueso rollo de pergamino que llevaba sobre su espalda.
El anciano mago levantó el rollo con algo de trabajo y tomando solo la punta dejó caer el resto al suelo que levantó el polvo que se había acumulado en las horas de venta, extendiéndose hasta perderse debajo de un estante.
—Bien, bien, será un poco costoso ¿Están seguros que los llevan todos?
Los nueve empezaron a reír estridentemente abriendo mucho sus bocas y mirándose entre ellos.
—Su Alteza los quiere todos, y va a pagar por ellos porque Su Alteza no es un ladronzuelo.
— ¡Ladronzuelo! —chilló otro y todos volvieron a reír.
—Mira, el hermano perdido de Hermione va a comprar la librería —comentó Ron llevándose un dedo a su oído, las voces y risas lo habían aturdido. Harry asintió también, sonriendo por el mal chiste, pero debió quitarse al sentir que contra sus piernas chocaba algo, o alguien. Era otro de ellos, más grande y robusto, pero apenas le rebasaba la rodilla.
—A un lado, a un lado.
Este nuevo cliente llegaba con un gran saco a la espalda.
—¡Aquí está el oro! —exclamaron a coro todos lanzándose sobre el saco para abrirlo revelando el contenido aparentemente exclusivo de galeones.
—Ahora busca los libros ¡Inútil! —volvió a chillar el que había hecho el pedido, pero recibiendo enseguida un golpe en la cabeza con un garrote de madera podrida que llevaba un compañero suyo haciendo que su casco se sumiera hasta cubrirle los ojos completamente.
—¡Hey! ¡¿Quién apagó la luz?!
—¡Su Majestad dijo que no llamáramos inútil a nadie!
Ron movió la cabeza de un lado a otro y jaló del brazo a Harry.
—Vamos afuera. Están empezando a asustarme.
Ginny era inmune a la curiosidad, así que cuando ellos salieron, ella ya llevaba rato esperándolos y aparentemente estaba de mal humor.
—¿Viste eso? ¿Qué son? —insistió Ron para ver si alguien le ahorraba el trabajo de investigación.
—Alguna cruza entre duende y elfo ¿Qué importa?
—No ves algo así todos los días —reprochó su hermano calmando sus ánimos en vista de que no conseguiría mucho de una mujer enfadada.
—Es desagradable ¿Por qué no vino él mismo? ¿Por qué enviarlos a ellos?
—Han de ser sirvientes.
—¡Precisamente eso! Qué desagradable, apenas pueden cargar con el peso.
—Tranquila Ginny —dijo Harry queriendo reconciliar la situación.
—¿Dónde están los chicos? Vamos a Florean Fortescue a reunirnos con los demás.
Comentarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
