.
Capítulo V
El primer fin de semana
.
Honeydukes
—Ron, por favor, los chicos se comportan mejor que tú —dijo Ginny mirando a su hermano asomarse a todos los estantes coloridos y tomando algo de uno y otro.
—No seas aguafiestas, Harry ha perdido la apuesta y quiero cobrársela muy cara por subestimar a mi chica.
Hermione frunció el ceño solo por unos segundos y sonrió. "Mi chica", aunque eran adultos la seguía llamando así de vez en cuando, nunca le había gustado "mi mujer", era como violento y machista, pero "mi chica" aunque en esencia era lo mismo, le causaba un cosquilleo en el estómago como si tuviera quince años. Muy a su manera, Ron era demasiado dulce cuando no era un idiota.
—¿Sobre qué apostaste, Ronald? —preguntó usando su nombre completo para fingir molestia, aunque la sonrisa en su cara desmentía todo y junto con Ginny, y el propio Harry, caminaban detrás de él. Harry carraspeó adelantándose al mostrador para esperar que su amigo diera por satisfecha la compra de dulces.
—No quieres saber —intervino Ginny levemente ruborizada.
—¿Ron? —volvió a preguntar Hermione un poco más seria, si su cuñada no quería decirle, algo turbio había en medio.
—¿Ginny?
La bruja aludida soltó un suspiro.
—Ronald apostó que antes del primer fin de semana Rosie enviaría una carta desesperada para que te obligaran a regresar y dejar las clases. Harry dijo que sería hasta los exámenes.
Hermione frunció más las cejas tensando en conjunto todos los músculos de la cara.
—¿Significa entonces que Rosie le escribió ya esa carta? —preguntó verdaderamente molesta, no estaba segura si con Rosie, con Harry, con Ron o con los tres. Ginny se encogió de hombros, pero más que como un gesto de desentenderse de la situación, fue como una afirmación tímida.
—Vamos, no te lo tomes a pecho —dijo Ron alcanzando cuatro plumas de azúcar.
—¡¿Qué no me lo tome a pecho?! —chilló poniendo los brazos en jarras.
—Eso mismo, Rosie está en "esa edad", ya sabes, tú te lanzaste contra la profesora Trelawney, y ella no armó un escándalo, aunque la insultaste a ella y a su clase.
—¡Ella me insultó a mí!
—Dijiste que era una porquería, ¿Qué iba a hacer?
—Nunca en su cara.
—Pero sí frente a todo el que pudiera escuchar tus pestes de ella —y enseguida se encogió de hombros —. Rosie no ha hablado con nadie más que conmigo, ya se le pasará, es una buena chica, nunca haría algo que te dañara —la mirada de Ron se volvió seria, completamente seguro, como si acabara de afirmar un hecho tan innegable y obvio como que el sol salía para todos, pero ella no podía verlo.
Hermione desvió la mirada cruzándose de brazos. Odiaba cuando Ron le hacía notar lo mucho que su hija se parecía a ella misma, y odiaba no poder continuar una discusión con él, que a últimas fechas se estaba volviendo más frecuente. Aunque aún hiciera bromas con gases, realmente era todo un hombre, un gran mago y un excelente padre.
—¡Ahí están otra vez! —exclamó de repente el pelirrojo con los brazos llenos de dulces, regresando a su rostro la jovial inmadurez que lo asaltaba de repente.
—¡Mira, Hermione! —exclamó señalando con dificultad la puerta de entrada por donde justamente pasaban las criaturitas que había visto en la librería y que Hermione desacreditó al no poder encontrar algo que se ajustara a la descripción. La bruja miró olvidando su enfado inicial, entreabriendo los labios para responder con el nombre de su especie, pero las palabras no llegaron a su mente y menos a su boca porque no estaba del todo segura ¿Duendecillos?
—¡Es aquí! ¡Es aquí! —chillaba uno dando saltos —¡Mire Su Majestad, es aquí!
Entraron tres de ellos y detrás, un hombre hizo su aparición. Hermione lo reconoció enseguida y su humor volvió a agriarse. Alrededor de aquel mago, las alumnas que estaban con permiso de visita empezaron a cuchichear y reír tontamente.
—¡Buenas tardes, profesor Jareth! —saludaron casi a coro, el hombre giró la cabeza para verlas y les dedicó una mueca intento de sonrisa, muy digna de portada de revista, obteniendo en las niñas precisamente aquel efecto.
—¡No puede ser! —exclamó Ron casi tirando sus compras no pagadas.
—¿Lo conoces? —preguntó arisca Hermione.
—¿Es el nuevo profesor de pociones? —preguntó él siguiendo con la mirada al hombre mientras atravesaba el pasillo.
—Sí.
—¡No lo creía! ¡Neville me dijo que era la versión competente de Gilderoy Lockhart! Pero definitivamente Lockhart no tenía algo así en su guardarropa.
Hermione bufó y al parecer Ginny compartía parcialmente su sentimiento. La pelirroja también pudo caer presa de la sonrisa, pero el aire de superioridad activó sus alertas "sangre pura engreído" evitando el embate completo.
—Sí, claro, competente. Es un cretino, no está siguiendo nada del programa.
—Rosie ama su clase y a Hugo también le agrada —intervino Ron.
—James está encantado, dice que tiene estilo. Albus no ha dicho nada al respecto y Lily parece estar del lado de Hermione —comentó Ginny bajando un poco la voz, se sentía extraña hablando de alguien que no participaba en la conversación pese a estar cerca, en el mostrador, ahora junto a Harry, hablando con la joven dependienta, nieta de los ancianos dueños que ya no estaban tanto tiempo en la planta baja.
—Bien, me alegra que mi sobrina tenga sentido común.
—Quiero pensar que ya pelearon ¿No? ¿Por qué tú nunca me cuentas cosas interesantes? — preguntó Ron adelantándose al mostrador para que le cobraran, aunque con la clara intención de interceptar al profesor.
—Realmente no te agrada. ¿Verdad? —preguntó Ginny tímidamente, recibiendo por respuesta otro resoplido.
.
Las Tres Escobas
Harry soltó una carcajada ante el último comentario de Ron que gesticulaba exageradamente y hacía ademanes con las manos.
—Pero no importa cuánto lo intente George, nunca superará los originales de Honeydukes —dijo a modo de conclusión.
—De manera que a tu hermano le interesan las ramas alternativas de la magia —dijo Jareth con neutralidad, tal vez solo por decir algo, manteniendo el paso que marcaban los otros dos magos, algo apresurado para su gusto.
Ron volvió a reír.
—Ramas alternativas, suena tan genial así, se lo diré a George. Pero sí, aunque ha hecho trabajos de todo tipo, lo suyo es experimentar, si promete ser desastroso, lo hace, no hay más.
Jareth movió los hombros acomodando con un grácil movimiento la capa color marfil que se movía de su sitio mientras caminaba ante la atenta mirada de Ron que seguía en modo examinador, no pudiendo creer que un tipo como él fuera profesor, estaba más acostumbrado a ver el estereotipo en las revistas de su hija.
—Ya no hay muchos magos así —dijo Jareth manteniéndose serio. Harry miró sobre su hombro a las dos brujas que se rehusaban a integrarse a la conversación. Hermione por convicción propia y Ginny por solidaridad. La pelirroja sonrió a su esposo.
—¿Con quién es la cita en Las Tres escobas? —preguntó Ron haciendo saltar el azúcar de una pluma que empezó a mordisquear.
—Una vieja amiga. Vive cerca según tengo entendido.
Ron se adelantó en cuanto los tres goblins* -ahora ya sabían lo que eran- empujaron la puerta de la taberna para permitir el paso. Por un instante, Jareth se puso rígido, cerró los ojos y soltó un pequeño suspiro, se repuso y entró seguido de Ginny y Harry, por último, Hermione, enfurruñada y decididamente molesta con Ron por ofrecerse a acompañarle a Las Tres Escobas ya que "de todos modos iban para allá".
Como siempre, el lugar se encontraba bastante concurrido, los chicos que estaban de visita giraron la vista y algunos prefirieron ignorarlos, después de todo ¿Qué se supone haces cuando te encuentras, en un lugar que no es la escuela, con un profesor exigente como Hermione Weasley?
Rápidamente la pequeña comitiva se encaminó al área privada para mayores de edad, así los alumnos mantenían su privacidad, y los profesores tenían la suya. Harry ubicó inmediatamente a James, que estaba sentado entre Roxane y Lucy, cerca de Albus y Rose. La más joven estudiante de bruja los miró entrar, pero giró la cabeza rápidamente a otro lado, Albus encontró a su padre y sonrió, ninguno de los dos avisó a James que tenía a una pequeña audiencia absorta con su plática. Harry asintió y decidió no interrumpir, tenían algunas cosas que atender y eran de suma importancia, al menos eso decía la carta de Hermione que los había convocado a esa reunión.
Ya estando en la zona adecuada, sin uniformes merodeando, buscaron una mesa libre. Una mano se agitó sobre las cabezas y los sombreros.
—¡Neville! —exclamó Harry yendo a su encuentro y recibiendo un abrazo. —¡Profesora McGonagall! — exclamó enseguida notando la presencia de la muy anciana mujer, pero que conservaba aún la dignidad suficiente como para no encorvarse.
—Buenos días, señor Potter —saludó ella haciendo uso de un bastón para ponerse de pie y saludar a los demás también.
—Siempre he pensado que tú naciste para estar en una corte, Minerva, pocas mujeres pueden llegar con gracia a tu edad.
Todos giraron la cabeza instintivamente. Jareth se había rezagado con la emoción de los estudiantes que se reencontraban con una antigua y apreciada profesora. El rostro del hombre era serio, el porte impecable que había mantenido de alguna manera se volvió más arrogante y con el mentón ligeramente levantado acortó la distancia que lo separaba de la profesora. Esta movió la cabeza en un gesto negativo y se inclinó un poco, como si pretendiera reverenciar, pero sin hacerlo. Jareth se inclinó también, los demás permanecieron en silencio aún entre el bullicio de la taberna.
—Siéntense por favor —invitó Neville.
La mesa era grande, y todos tomaron su lugar a excepción del mago de la capa marfil que sobresalía demasiado entre las ropas oscuras de prácticamente toda la concurrencia.
—¿Sucede algo, Jareth? —preguntó la profesora mirándolo por encima de sus anteojos, con un gesto inquisitivo que solía lanzar a los alumnos cuando sospechaba algo de ellos.
—¿No es amplia la concurrencia? —preguntó queriendo sonar solemne, pero matizando su voz con una duda más cercana al miedo.
—Tu asunto lo trataremos más tarde, pero me interesa que escuches lo que la señorita Granger tiene para decir.
—Señora Weasley —corrigió Hermione en absoluto feliz por incluir a ese hombre en una conversación íntima y meramente familiar, pero nunca levantaría la voz a la profesora McGonagall.
—Oh, lo siento, es la costumbre —se disculpó sinceramente la anciana.
Los movimientos de Jareth nuevamente se vieron agarrotados, pero los goblins ya habían acercado la silla mirándolo con sus expectantes y brillantes ojos. Tras unos momentos se sentó a la mesa despojándose de la capa para colocarla en el respaldo de la silla. Sus tres acompañantes rápidamente se apresuraron a tomar las puntas para que no tocaran el suelo, manteniendo los brazos en alto.
—Bien, Hermione. ¿Qué es lo que nos tienes que decir? —preguntó Ron recargando los codos en la mesa.
La mujer se removió incómoda en su asiento. Los había llamado a todos, excepto a Neville y Jareth, para comentarles sobre la particular experiencia con Hugo y su aparente talento profético. Neville no la incomodaba, pero al otro lo sentía fuera de lugar. Se pasó un mechón de cabello detrás de la oreja y sin despegar la vista de la mesa relató el suceso en el vagón del tren, profundizando en la reacción de trance del chico más que en lo que dijo. Ron abrió mucho los ojos y la boca, más que Harry, mientras que los demás permanecían con cierta calma.
—¿Por qué no me lo contaste? —exigió Ron aún exaltado por una emoción indefinida que iba desde el escepticismo a la euforia, algo parecido a la reacción que imaginó cuando recibió una carta de respuesta al decirle la selección de casa para Hugo.
—Yo — suspiró de nuevo —, no estaba segura, podría ser un error.
—La profecía no es un don que se equivoque —intervino Jareth alcanzando un nuevo y más alto nivel de expresión seria, casi enfadada.
—Nadie en mi familia es siquiera mago, y jamás en la familia de Ron ha habido algo parecido —se escudó Hermione aún sin animarse a ver a los ojos a alguien —. Y quería estar segura de que no fuera algo que le causara problemas, hablé con el profesor Flitwick, y él me sugirió consultarlo con la profesora McGonagall que, aunque es escéptica, sería objetiva en el asunto y como me negué a decirle a la profesora Trelawney…
—Yo sostengo que la adivinación es imprecisa, pero la profecía es otra cosa, Hugo es un vidente auténtico, es una habilidad tan real y contundente como cualquier otra, aunque sigue siendo ambigua en la interpretación, solo hay que ver el caso del señor Potter y el señor Longbottom.
Los dos aludidos solo hicieron involuntariamente un movimiento de cabeza. Jareth bufó y subió las manos a la mesa, no se había quitado los guantes de suave piel negra y cuando cerró los puños estos hicieron un ruido inconfundible.
—La adivinación es imprecisa para quien no la practica, la mayoría de los adivinos habla confuso al momento de profetizar porque no están totalmente seguros de lo que ven, escuchan y sienten, los más experimentados son capaces de mirar el futuro sin siquiera entrar en trance.
—No ha habido un caso así desde Mopsus, tal vez —dijo la profesora.
Jareth negó con la cabeza.
—Él aún se perdía algunas de sus propias profecías porque no había alguien a su lado que se las recordara.
—Estábamos hablando de Hugo —interrumpió Ron notablemente más calmado, había decidido que debía portarse como un adulto y padre del chico en cuestión.
—Lo peor que le puede pasar es que entre en trance mientras las escaleras se mueven, si mantienen a alguien cerca de él para evitar que se accidente, todo estará bien —resolvió serenamente la profesora McGonagall.
—Has visto al muchacho, Jareth —dijo después, dirigiéndose a él —¿Su ojo interior podría salirse de control? —preguntó al notar que aquella solución no era la que Hermione buscaba, que se limitó a levantar una ceja y mirar al mago en cuestión comprendiendo levemente el motivo por el que la profesora requirió su presencia. La anciana bruja había comentado que conocía a alguien que podría ayudar en determinado caso, seguramente se refería a él. Casi enseguida a comprender lo que implicaba la presencia del profesor, su rostro se transformó en una mueca de horror verdadero ¿Acaso él era vidente?
—¿Quieres que responda hasta dónde puede llegar su poder? —preguntó Jareth entrecerrando los ojos y levantando una mano a la altura de su rostro. Inmediatamente, tras un leve destello, en su mano apareció una pequeña esfera de cristal completamente transparente y pulida, se miraba frágil como una burbuja, pero era resistente, pues se mantuvo jugando con ella, haciéndola rodar por su mano.
—A su madre no le hace gracia alguna que no pueda ser un mago de instructivo, Minerva, sabes tan bien como yo que la adivinación no se enseña en libros, y muchos estudiantes con talento acabaron con las mentes volcadas en un tiempo del que ya no pudieron volver, pregunto de nuevo ¿Quieres que te diga cuál es su alcance?
Se hizo el silencio en la mesa. Un silencio tenso y que volvía difícil el respirar, como si el aire se hubiera solidificado y lo único con movimiento libre era esa esfera que se paseaba en la mano de su dueño poniendo los nervios de Hermione en punta aguda, al extremo en que debió carraspear para liberar su garganta.
—Reconozco que mi postura ante la posibilidad de ver el futuro no me hizo tomar prontas decisiones, y no, nunca he tenido aprecio por la adivinación y sus estudios adjuntos. La simple idea me repudió en el colegio y hasta hace unos días, mi opinión no había cambiado. Pero negar la habilidad de Hugo me resulta tan cobarde que lo soporto menos. Conozco los casos de los videntes de San Mungo que no pudieron regresar a su tiempo, leí todo lo que pude esta semana, quiero saberlo, quiero tomar una decisión que no sea personal y si profesional, por el bien de mi hijo.
Ron asintió firmemente y alcanzó la mano de su esposa dándole un apretón.
La profesora McGonagall asintió y Jareth solo movió un poco la cabeza para regresar la vista al cristal que ya había mantenido fijo en la punta de sus dedos.
—Puede hacerlo. Puede convertirse en el vidente más potente de los tiempos modernos. Con la debida instrucción alcanzará límites insospechados, quieres saber si será un problema, la videncia por sí misma no, pero hay un peso inmenso que debe cargar, eso sí le traerá problemas, estoy convencido de que ese niño nació para algo grande, puedo verlo como un líder, un dirigente.
Hermione desvió la vista y sonrió despectiva, odiaba la adivinación porque no te decían las cosas claras y concretas, sonaba más a la fortuna de una galleta de restaurante chino.
—La debida instrucción, ¿tú se la darás? —preguntó huraña sin formalismos. Jareth negó.
—No me interesa, tengo problemas más importantes que resolver, tal vez Sybill le pueda enseñar algo, ella tiene mucho conocimiento teórico, pero ya que Hugo tiene el ojo interior más poderoso, muchas cosas tendrán más sentido para él que para ella.
Hermione sacudió la cabeza de un lado a otro.
—En realidad te concierne más de lo que crees, Jareth —dijo la profesora McGonagall con un aire de misterio que bordeaba el elegante chantaje, muy poco habitual en ella. Consiguió la atención del hombre enseguida, pero él se mantuvo sereno como si no creyera que fuera posible.
—¿Serías tan amable de repetir las palabras exactas que usó Hugo en su profecía, querida? —dijo a Hermione. La bruja cerró los ojos evocándose a ese momento, se las había dicho en la carta cuando pidió consejo y tal vez de tanto repetirlas, en esa última reunión no las había considerado importantes, por eso pasó de ellas.
—Al hechicero le quedan solo fragmentos de imaginación, ecos de un grito silencioso, recuerdos de una vida que nunca ocurrió, todo lo que fue no significa nada, todo lo que quiso se escapó, todo ruinas, todo cae, ser rey es perder el ser… deja el trono sin rey… un hacedor de caminos llegará con él…
Jareth súbitamente se había puesto pálido, se levantó abruptamente derribando la silla que casi aplastó a los tres goblins, en cuanto la madera chocó contra el suelo los gritos de sorpresa de los demás presentes no se hicieron esperar al reventarse instantáneamente los vasos, tarros y calderos que estaban consumiendo.
Sin decir absolutamente nada, Jareth desapareció.
Comentarios y aclaraciones:
*goblins=duende, pero creo que toda la vida lo he referido como "goblin", en inglés, me permitiré seguir así.
¡Gracias por leer!
