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Capítulo VI
Clases especiales
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Área de estudio
Louis entró al salón de estudio con cuatro libros en los brazos, encima un tintero y la pluma con algunos rollos de pergamino limpios, dirigió una mirada a la mesa casi del final, sus finas facciones se contrajeron un poco con molestia y pensaba pasar de largo ante los presentes, ya que no había sido invitado a esa aparente reunión familiar, pero Lily levantó la mano indicándole que se acercara.
—No sabíamos cómo encontrarte, que todos estemos en casas diferentes no facilita mucho las cosas —dijo la niña haciéndose a un lado para que se sentara en el banco. El niño seguía sin decir palabra, pero dejó sus libros sobre la mesa, frente a Hugo, Rose y Albus.
—Aún esperamos a James, viene con Roxane y Lucy.
—¿Y Dominique? —preguntó Louis, finalmente relajando su tensión, sentándose con elegancia exagerada.
—Le dije a Fred que la avisara y buscara a Molly también.
El jovencito asintió y en silencio esperaron por diez minutos más, hasta que los siete Weasley y los tres Potter ocuparon la mesa.
—¿Y bien? ¿Es Navidad? ¿O por qué está la familia completa? —preguntó James, que era el único animado y desinhibido, pese a que Molly, la hija mayor de su tío Percy, no era su persona favorita ni de broma. La joven pelirroja correspondía esos sentimientos, no obstante, respondió al llamado solo por la cortesía familiar. Rose torció la boca y sacó una carta de entre su túnica. Louis interrumpió sus labores, ya había empezado a hacer sus ensayos de tarea cuando notó que la "sesión" iba a comenzar.
—Pues tengo esta carta de mi madre.
—¿Por qué rayos te escribió si su despacho está aquí en la escuela? —preguntó James, Rose optó por ignorarlo.
—Hugo tiene un problema y me pidió que los reuniera para pedirles un favor al respecto, Hugo no puede quedarse solo en ningún lado, al menos no hasta nuevo aviso.
—¿Y se puede saber por qué? —preguntó Molly, Lucy se despegó un poco de James, a quien originalmente tenía abrazado y enlazó su brazo al de su hermana, como si temiera que fuera a hacer algo violento y con ese agarre fuese a impedírselo.
—Parece que mi hermanito es adivino —dijo sin mucho ánimo y como si fuera la cosa más corriente del mundo.
—¿Vidente? —volvió a preguntar Molly.
—Vidente —confirmó Rose —. Mi madre piensa que puede entrar en trance en un mal momento, especialmente en las escaleras, por ejemplo, sería feo.
Todos asintieron, pero Molly volvió a acomodarse.
—Eso es absurdo, no hay videntes en la familia Weasley y mucho menos en la Granger.
James giro la cabeza con una expresión seria.
—No es cuestión de que lo creamos o no, si dice que lo es, lo es.
—Somos nueve, no debe ser difícil —interrumpió Roxane haciendo un ruido con la boca parecido a un chasquido.
—¿Y en qué momento se supone que le acompaño yo? No tenemos ni una sola clase en común —preguntó nuevamente Molly mirando fijamente a Rose, desentendiéndose de James.
—Yo puedo estar con él siempre en la sala común —dijo Albus a sabiendas de que no había otra opción.
—Lily puede ser su compañera en las clases que comparten con Gryffindor: Pociones y Encantamientos, y acompañarlo el camino hasta las aulas. ¿No? —preguntó James.
—También compartimos Vuelo —añadió Lily.
—Bien. ¿Ravenclaw comparte clases con Slytherin? —volvió a preguntar James refiriéndose a Louis. El pequeño rubio asintió.
—Herbología y Defensa contra las Artes Oscuras, cambiaron los grupos a donde hubiera menos rivalidades para evitar accidentes como el del año pasado.
—¿Puedes hacerte cargo en ese rato?
Él movió la cabeza nuevamente.
—Dominique, Fred, ¿Pueden hablar con un prefecto de Hufflepuff para conseguir un compañero para las clases que comparten con Slytherin?
—Ahora que lo pienso —dijo Dominique con ademán de levantarse—. La hermana pequeña de Jacob entró este año a curso, hablaré con él — continuó poniéndose de pie —. Lo siento chicos, pero somos prefectos, no podemos quedarnos mucho tiempo con ustedes, te prometo que haremos lo posible, Rosie.
—Gracias, Dominique.
—Nos veremos después, vamos Fred.
La muchacha se puso de pie y estiró su mano para acariciar la cabeza rubia de su hermano pequeño que ya había vuelto su atención a los deberes y finalmente lo besó en la coronilla, Louis se dejó consentir, al final fue Fred quien se llevó a la chica.
—Bien, ignoraré mis celos por tanta atención a Hugo y ya que tenemos la mayor parte de los tiempos cubiertos, solo quedan los ratos de estudio, los partidos de Quidditch y cosas sin importancia que iremos cubriendo conforme surja la necesidad. ¿Alguna duda?
Nadie decía nada mientras James había tomado la dirección de las cosas y aparentemente todos se encontraban conformes, nadie estaba sacrificando tiempo personal. Incluso la renuencia de Molly se apaciguó, ella no debía más que darle una mirada de vez en cuando en el comedor o la biblioteca.
—Arreglado este asunto, quiero recordarles que estamos haciendo las pruebas para quidditch, primer año no participa, pero pueden ir a ver volar a los grandes. ¿Nos acompañan?
Rose se puso rápidamente de pie, tomando sus cosas con algo de prisa, Louis negó con la cabeza.
—Tengo… clases especiales —susurró Hugo. Era martes, solo habían tenido dos clases oficiales, por lo que su madre le había reorganizado los tiempos libres para sus "clases especiales".
—¿Quién irá contigo? —preguntó James mirando a los que quedaban.
—Yo —dijo Albus.
—¿No tienes clases?
—Hasta la noche, Astronomía.
—¿Puedo irme a jugar quidditch con la conciencia tranquila? — volvió a preguntar. Los dos chicos de Slytherin asintieron.
—Entonces nos veremos durante la cena. Señoritas.
Roxanne y Lucy rieron y se colgaron una en cada brazo de James que se ofreció a conducirlas. Rose movió la cabeza de un lado a otro, caminando detrás de ellos sin despedirse de los demás. Ya lo había dicho James, se verían más tarde y por tiempo indefinido, tal vez más seguido de lo usual. Molly también se marchó, bien librada del compromiso familiar y quedaron solo tres chicos en la gran mesa.
—Creo que se lo tomaron muy bien —comentó Albus.
—Bueno… creo que…
—Somos familia, y no es como si nos hubieras dicho que te salió una segunda cabeza que te pide matarnos a todos —comentó Louis tranquilamente sin despegar la vista de su pergamino.
Los otros dos esbozaron una tímida sonrisa, pero no dijeron nada más por varios minutos. Louis era primo suyo, de su edad, pero su carácter era un poco "raro", no era de los que salían a jugar y hacer tonterías, era más reservado, como si él mismo se considerara delicado y temiera romperse, por ello, el trato era distinto a como era con los demás.
—Tenemos que irnos, Louis —dijo Hugo, pues en efecto ya era hora de partir. El pequeño rubio solo les sonrió mostrando sus dientes perfectos, una sonrisa que era difícil de ver con sus expresiones serias y altivas, enfatizadas por la absurda belleza que había heredado de sus padres, de gran atractivo natural ambos.
—¿Son clases de adivinación? —preguntó.
—Sí, mi mamá decidió que tengo que controlarlo, si es que se puede, y que no tengo que esperar hasta que me toque cursarla regularmente, tampoco le agrada mucho la profesora Trelawney.
—¿Me contarás después?
—Claro.
Albus y Hugo salieron del salón.
—Lamento hacer que te quedes conmigo —dijo Hugo con la mirada clavada al piso, por lo que no vio que el otro se encogía de hombros.
—Igual me sirve de estudio, creo que ya sé por qué tu mamá no aprecia a la profesora Trelawney, esta semana ha sido una pesadilla con las hojas de té y sigo sin estar seguro sobre si lo que vi en la taza de Scorpius era un augurio de muerte o un presagio de amor.
Hugo sonrió.
—¿Así de aburrido será?
—Solo hay una forma de saberlo.
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Torre Norte
—Aquí está el salón de adivinación —dijo Albus —. Y oculto por ahí tiene que estar el despacho y la habitación de la profesora Trelawney. No lo entiendo, esa torre no tiene más que unas endemoniadas escaleras de caracol y un rellano diminuto con una trampilla circular en el techo — explicó el mayor reconociendo el lugar.
—¿Hay alguna indicación especial?
Hugo negó con la cabeza y empezaron a subir las mareantes escaleras hasta que llegaron precisamente a aquél diminuto descansillo.
—Mira, solo está la placa de la profesora Trelawney.
Hugo sacó la tarjeta que le había dado su madre y claramente decía Torre Norte, y su madre no se equivocaba, así de simple. Los dos empezaron a mirar el techo y muros buscando alguna otra placa, trampilla, puerta, palanca o lo que fuera.
—Aquí no hay nada —se lamentó Hugo, pensando en lo tarde que se hacía.
—No creo que sea una broma.
Albus dio un respingo.
—¿Qué es eso? —preguntó mirando uno de los muros: un diminuto casco de púas redondeadas se asomaba en un extraño juego óptico por la pared. Poco a poco, pareció emerger una figura que apenas alcanzaba a pasar las rodillas del muchacho de tercer año.
—¿Son estúpidos? —preguntó la pequeña criatura acercándose a ellos.
—¿Qué? —preguntó Albus aún sin salir de su sorpresa.
—He preguntado que si son estúpidos.
— ¡Claro que no!
—¿Entonces porque no cruzan la puerta que está frente a ustedes?
—¡Porque ahí no hay una puerta! —objetó Albus señalando el espacio del que había salido.
—Entonces son estúpidos —confirmó el pequeño dándose la vuelta —. A Su Majestad no le gusta que lo hagan esperar, esta torre está llena de puertas, justo ahí está la que lleva al salón donde Su Majestad los espera— y diciendo eso caminó a la pared, dio una vuelta y desapareció frente a ellos.
—¿Eso era un elfo doméstico? —preguntó Hugo a un boquiabierto Albus.
—Pues no se parece nada a Kreacher.
Hugo siguió los pasos de la criatura y estiró la mano para alcanzar la pared, sus ojos le decían que estaba tocándola, pero sus dedos no sentían nada, siguió avanzando y notó que efectivamente ahí había un vano con otra pared al fondo que daba esa ilusión de no estar, a la derecha e izquierda había escaleras.
—¿Por dónde vamos? —preguntó Albus.
—¿Dará igual?
—Creo que la criatura fue por allá
Subieron por la escalera de la derecha, Hugo pegó la mano a la pared, de manera que pudiera sentir la textura en caso de que apareciera un nuevo espacio con otro pasillo. Había mucha luz, pero no se distinguían ni ventanas ni antorchas, solo luz. Sin cuadros como los demás pasillos del castillo, ni la presencia de algún fantasma, únicamente piedra amarillenta y relativamente suave que manchaba la punta de sus dedos con polvo.
—Hugo, esta escalera no se tuerce —observó Albus, y así era, la escalera iba recta hacia arriba —. Tampoco veo al elfo.
—No es un elfo.
— ¿Qué es?
—No lo sé. Pero ya es tarde, de verdad espero que no sea tan estricto como tu mamá.
Al pequeño pelirrojo le recorrió la espalda un escalofrío.
—¡Aquí! —exclamó de repente cuando sus dedos dejaron de sentir el polvo. Los dos se detuvieron y miraron a la derecha, solo se veía la pared, pero la mano de Hugo iba más allá, el mismo truco del descansillo de la profesora Trelawney. Los dos niños entraron y esta vez solo había pasillos.
—¿Derecha o izquierda?
—Otra vez derecha.
El pasillo se les antojó absurdamente largo. Al cabo de unos minutos, finalmente vieron el final que desembocaba en una amplia sala con un cielo raso altísimo y grandes ventanas desprovistas de cristal, de modo que el viento entraba por ellas y revoloteaba en el interior para salir por otro lado.
—Treinta y cuatro minutos de retraso, y les dieron ayuda.
Hugo se puso colorado, Albus saludó cordialmente al profesor.
Jareth no usaba la capa, solo tenía unos pantalones negros ajustados y botas de cuero apenas por encima de la rodilla. La camisa era azul medianoche, casi negra, pero con un brillo suave que solo podía dar una tela satinada revelando el color real. Los botones estaban desabrochados hasta la mitad del pecho y sobre la piel d un medallón de un triángulo curvado hacia adentro en la base, con un decorado espiral justo en el centro. Un chaleco plateado se ajustaba a su abdomen y espalda rematando en un cuello alto que cobijaba los vuelos de la camisa. Guantes a juego con las botas, el cabello rubio desordenado, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces, pero distaba mucho de verse desaliñado, era como si formara parte del estilo completo. Estaba sentado en un sillón con más cuero y lo que parecían ser como colmillos de elefante o cuernos de otros animales no identificados, una piel encima hacía de tapicería y ocultaba gran parte.
Jareth se puso de pie acercándose a ellos con un andar lento, casi en coreografía, hasta que estuvieron frente a frente. Los miró unos instantes y soltó un suspiro, medio resignación, medio cansancio.
—Bien, Hugo, vamos a trabajar un poco con el ojo interior. ¿Sabes lo que es eso?
Hugo negó con la cabeza y Jareth miró a Albus sin pronunciar palabra.
—La habilidad para la videncia —respondió el joven Potter en voz baja, el profesor asintió.
—¿Va a empezar con hojas de té? —preguntó Albus enseguida torciendo la boca, odiaba el té y seguramente después de ese curso lo odiaría más. ¡Solo él se había anotado a esa clase pese a las advertencias de su padre!
—No. Desconozco los detalles del método de Sybill, pero primero hay que encontrar el punto de apertura para el ojo interior de Hugo, determinar su elemento afín y un método sencillo para que pueda tener acceso a esa puerta. Vengan.
Dio la vuelta sobre sus talones y tomó del sillón de cuero donde antes estuviera sentado, un látigo negro con empuñadura de plata y un cristal, aunque más que látigo, era una fusta que usaban los jinetes para los caballos. De unos cuarenta centímetros, remates de cuero por el lado contrario al del cristal con plata. Albus abrió mucho los ojos y seguramente palideció debido a la reacción preocupada de Hugo.
—¿Para qué es eso? —preguntó con un hilo de voz, James le había dicho de castigos físicos -como colgar por los pulgares con cadenas en los sótanos- para quienes quebrantaban reglas, pero siempre pensó que eran cuentos exagerados.
—Para trazar el círculo, naturalmente.
El muchacho dejó escapar el aire que sostenía.
—¿Es su varita?
—Sí.
El mago se movió al centro de la sala y trazó un círculo en el aire, pronto fue visible en color blanco, como un hilo de humo, sobre él empezó a dibujar más símbolos.
—Vas a hacer un movimiento con la varita, de arriba a abajo, debes apuntar al círculo y decir: afflatus ¿Entendido?
—Sí.
Hugo sacó su varita, la levantó a la altura de su cabeza y la bajó repitiendo la palabra… no sucedió nada.
—Bueno, puedes entretenerte con eso.
Se alejó un poco e hizo otro círculo.
—Tú intenta con este —dijo a Albus.
—Pero yo no tengo el ojo interior —replicó el chico.
—¿Prefieres ser parte de la decoración?
—No… no, señor.
Dio un par de pasos hasta el círculo y sacó la varita para hacer lo que había dicho durante las instrucciones. Pero tampoco sucedió nada.
—¿Qué se supone tiene que pasar?
Jareth se recargó en una columna cerca de uno de los ventanales, peligrosamente cerca con el viento moviendo su cabello, dejando una mano en el bolsillo del chaleco y la otra jugueteando con la fusta.
—Una reacción, así de simple, si tu elemento es fuego, el humo se incendia, si es agua cae condensada al suelo, el aire lo hará desaparecer y la tierra lo solidificará.
—Es magia antigua —dijo Albus.
—La más eficiente ¡Afflatus! —exclamó de repente apuntando el látigo al círculo, enseguida el humo blanco entre crujidos se volvió una sólida roca que tenía tallados los símbolos que fueran trazados sobre el aire, la gran piedra cayó al suelo con un ruido aparatoso, pero no se rompió y solo levantó polvo.
—Algo así, dependiendo de su afinidad, no piensen en nada, mente en blanco, como si estuvieran tomando un baño relajante o dormitando, de esa manera será más sencillo liberar su verdadera naturaleza.
Hugo miró la piedra con los ojos muy abiertos, desatendiendo al profesor que hacía el reemplazo del círculo que hubiera utilizado.
—Es su propia magia, no la que alguien ha influenciado en ustedes.
—¿Como la que a veces sucede por accidente en los niños pequeños? —preguntó Albus.
—Sí. Un bebé no sabe de hechizos y varitas, solo lo hace.
Los dos niños suspiraron con más ánimo y empezaron a mover la varita.
Jareth se subió en el balcón, con la confianza que tendría alguien que solo se asoma por la ventana de una planta baja, solo que era la cima de la torre Norte, sesenta metros o más del nivel más próximo en caso de caída. Recargó la espalda en la columna y empezó a jugar con dos esferas de cristal en las manos, miraba el horizonte del lado contrario a donde estaban los chicos. Pasaban de las seis, el atardecer empezaba a aparecer entre los nubarrones dispersos del impredecible clima. Bajó la mirada, una de las esferas reflejaba entre un nubarrón solo un eco de las palabras de la profecía, fue todo lo que pudo rescatar. Ver el futuro era una cosa a la que estaba más habituado, ver el pasado era un poco más problemático para él, aunque los historiadores se mofaran de ello. Si acercaba la esfera a su oído podía escuchar la voz deformada del muchacho:
"Al hechicero le quedan solo fragmentos de imaginación, ecos de un grito silencioso, recuerdos de una vida que nunca ocurrió, todo lo que fue no significa nada, todo lo que quiso se escapó, todo ruinas, todo cae, ser rey es perder el ser… deja el trono sin rey… un hacedor de caminos llegará con él…"
Solo de escucharla se le erizaban los vellos de la nuca, y si la había guardado, no era por nada más que una tendencia masoquista para sufrir emocionalmente, o como un estímulo para no rendirse, no dejar que el Ministerio lo aplastara.
La segunda esfera era más nítida, un presente distante, muy distante, cerca del mediodía al otro lado del mundo en el tráfico citadino, una camioneta azul que conducía un muchacho de cabello oscuro, muy concentrado en el camino que no podía transitar. En el asiento del copiloto una mujer en sus cuarenta años hablaba moviendo mucho las manos, la complexión fina heredada al muchacho, incluso en los mismos tonos de piel, cabello y esa mirada, como una reproducción hecha con intención de perpetuar la imagen que, sin embargo, se veía completamente masculina. Y en ella la feminidad enmarcaba su belleza… porque así era, la mujer más hermosa que había conocido jamás.
Las dos esferas descansaban en su palma y las dejó flotar como si burbujas de jabón fueran, los dos recordatorios de que un rey podía caer.
Comentarios y aclaraciones:
Muchos Weasley, a veces yo misma olvido quien es quien.
¡Gracias por leer!
¡Felices fiestas!
