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Capítulo VIII
Viejos hábitos
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Aula de encantamientos
—¿Quería verme, profesora?
—James Sirius Potter —dijo Hermione desde su escritorio en el aula de encantamientos. Faltaban unos diez minutos para que empezara la clase, pero había mandado traer al muchacho antes de tiempo, y él, aunque la había llamado con formalidad por mera burla, pronto debió tragar saliva. Nombre completo igual a problemas, y rápidamente rememoró todas sus recientes actividades en un orden descendiente para encontrar alguna que ameritara esa cita privada.
¿O podría ser respecto a Hugo?
Sonrió ampliamente con una coquetería propia y exclusiva de él, de la que se sabía portador desde que era más niño y con los años fue madurando para servir a sus propósitos. "Mírame, soy adorable, no una amenaza" decía con esa gesticulación, pero Hermione era total y completamente inmune a los encantos carismáticos, todos los que la habían conocido podían dar cuenta de ello. La bruja levantó el rostro altiva y serena.
No. Definitivamente no iba sobre Hugo el asunto.
—Toma asiento, por favor —dijo ella.
—Estoy bien así, gracias.
—Como desees. He estado revisando los ensayos que me entregaste sobre encantamientos desilusionadores, realmente magníficos.
—Gracias, uno hace lo que puede.
—Y en tu caso, lo que puedes, es prometerle atención especial a Bärbel Bulstrode ¿La llevarás a tomar un té en Madame Tudipié el próximo fin de semana?
James abrió mucho la boca, pero incapaz de gesticular palabra alguna, parpadeó varias veces y levantó los brazos dejándolos caer casi enseguida.
—¿Quién te enseñó ese feo juego, James? Si fuera por dinero tal vez sería menos desagradable, pero, ¿abusar de los sentimientos de una chica?
El muchacho se encaminó rápidamente hasta detrás del escritorio cayendo de rodillas a su lado.
—Te juro que ella sabe bien que no la quiero ni nunca la querré, y ella a mí tampoco. ¡Te lo juro! Sabes bien que soy… soy… soy popular, y a una chica como ella le levanta el estatus social estar un rato conmigo, eso es todo lo que quiere, es la pura verdad, los sentimientos de nadie están heridos, es un acuerdo decente, aunque pienses lo contrario —explicó rápidamente.
Hermione asintió quedamente y mentalmente le dio puntos por defender primero el honor y la ingenuidad de la muchacha antes que su propia vergüenza al saberse descubierto en plena trampa.
—No se lo digas a mi madre, se volverá loca, y no sé si de furia o vergüenza —siguió diciendo con sincera súplica en sus hermosos ojos. Y vaya que el muchacho de verdad era guapo.
—Por esto puedo hacer una suspensión de tu participación en actividades extracurriculares. ¿Sabes? —comentó muy seriamente, siendo obvio que se refería al quidditch —. Y por supuesto, el castigo que el director crea pertinente.
James tartamudeó poniéndose más pálido.
—Haré lo que sea, seré asistente en la conserjería, pero por favor, no le digas a mi mamá…
Hermione levantó las cejas y desvió la mirada sintiéndose mal en esos momentos porque iba a hacer algo bajo, pero era por un bien mayor, y según se ajustara el acuerdo, todos podrían ganar algo, hasta Bärbel Bulstrode que de todos modos tendría su cita.
—Bien, bien ¿Por qué estamos hablando a solas y no con el jefe de la casa o el director? —preguntó levemente enrojecida. Pero pese a lo espabilado que podía ser en ciertos temas, mucho se alegró de que no encontrara la idea al hilo, ello daba cuenta de su aún existente inocencia.
—¿Perdón?
Hermione suspiró.
—Préstame el mapa del merodeador y dejaré el asunto de lado, yo nunca supe nada.
El jovencito volvió a pasmarse, aún arrodillado.
—¿Eh?
—Harry dice que lo tomaste de su despacho en la casa.
James movió la cabeza de un lado a otro, como si estuviera en un sueño, como si no hubiera escuchado bien, como si quisiera confirmar que ahí enfrente estaba Hermione Weasley, estricta profesora, implacable trabajadora del Ministerio ¿Chantajeándolo? Súbitamente se puso de pie.
—¿Para qué lo quieres?
La bruja hizo una mueca de sorpresa.
—¿Vas a sermonear a un adulto sobre los usos indebidos de una herramienta de quebrantamiento de reglas?
James volvió a parpadear con escepticismo, entreabrió los labios…
—¿O prefieres no volver a jugar en el equipo de quidditch? Les va a doler perder a su cazador estrella cuando recién empieza la temporada.
El chico se humedeció los labios y el ruido de la puerta abriéndose le hizo dar un salto, retrocedió varios pasos hasta su sitio donde estaban sus cosas para tomar clase, tomó un libro y lo hojeó sustrayendo el dichoso mapa en blanco, lo sostuvo entre sus dedos un instante, como si sopesara qué valía más. Al final volvió a cerrar el libro y caminó al escritorio mientras los demás de la clase entraban entre conversaciones animadas.
Lentamente, no queriéndose desprender de él, tendió el papel amarillento frente a la mujer que lo recibió con igual lentitud, concediéndole el gusto de la despedida.
—No me odies, James ¿Sí?
Él no dijo nada, pero dándole la espalda regresó a su lugar.
Ante ese silencio, Hermione definió su propio estado como cruel e insensible, había usado el chantaje, le había humillado, le había puesto de rodillas -aunque en realidad no le obligó a ello- y le había robado un tesoro que suponía una victoria ante la leyenda de Harry Potter. Torció la boca con amargura, no se había sentido así con Rita Skeeter.
Se puso de pie y saludó a la clase pidiéndoles que abrieran el libro en la última página que habían revisado. Sin mirarlos, solo escuchó el murmullo y el ruido de las hojas al pasar. En un pequeño papel que había en el escritorio garabateó una nota y con un encantamiento la pasó al lugar de James sin que nadie más que él lo notara.
"Uno hace lo que puede" decía, ya después le explicaría.
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Mazmorras
Rose había conseguido conservar su lugar justo en la primera fila y aunque su compañera de mesa no era su persona favorita, poco le importaba, nerviosamente se pasó una mano por el cabello como para querer arreglarlo, pero este caía lacio hacia abajo sin problemas, tampoco con gracia. Se arregló un poco el uniforme, mató nervios y tiempo alineando sus libros.
A la hora en punto, la puerta se abrió y entró el profesor.
En perfecto orden, Gryffindor y Slytherin se pusieron de pie para saludarle, este los miró de soslayo. Con aire de ego bien alimentado, por costumbre se soltó la capa, la dejó sobre la silla y se giró hacia ellos.
—¿Hicieron lo que les pedí? —preguntó recargándose en el escritorio y cruzando los brazos, el movimiento empezó y Rose levantó la mano.
—¿Qué ocupas? —preguntó Jareth mirándola.
—Rosas, margaritas, belladona y uñas de Grindyllow.
El mago hizo un movimiento de manos, apareció la esfera de cristal que no importaba cuantas veces saliera de la nada, siempre creaba la misma expectativa, suavemente la arrojó sobre la mesa de la niña y con un chasquido se rompió dejando en lugar de cristales rotos, la lista que había mencionado ella.
La joven bruja se remangó la túnica y deshojó las flores.
—¿Solo ella? —preguntó Jareth mirando a los demás con un gesto severo, el movimiento empezó de nuevo y el profesor empezó a caminar entre los lugares mirando sus listas y dejándoles sus respectivos materiales con el mismo espectáculo empleado con Rose.
—¿No crees que esto sea ilegal? —preguntó Scorpius con las cejas muy juntas mientras el cristal reventaba frente a él. Albus, su compañero de mesa, lo miró de soslayo.
—¿Ilegal?
—Hay muchas reglas para la invocación, para mantener el orden y control de las clases sociales, aparecer cosas, así como así…
—Creo que todo sale de la despensa. Pero creo que también has notado que le gusta el espectáculo.
—Bastante. Mi abuelo me envió una carta ayer —continuó hablando el rubio sin mirar a su lado, concentrado en la experimentación que tenía al frente. Albus tampoco lo miraba y solo pronunció un monosílabo para que continuara.
—Leyó lo que escribí, sobre mis impresiones de los profesores después de un mes, ya vez, mi papá me obligó, dijo que, si seguía decayendo el nivel de la escuela, me enviaría a Durmstrang. Así que envié "mi informe" —explicó deteniendo su labor con los ingredientes solo unos segundos para hacer las comillas con los dedos. Su compañero asintió.
—Pensé que se iba a poner histérico y enviaría por mí, por esta clase, tenemos solo un libro muggle y nos prohíbe cotejar recetarios, pero no, dijo que, si era posible, buscara hacerme su favorito.
En ese momento, Albus giró para verle. Scorpius, no correspondió el gesto.
Albus Severus Potter.
Scorpius Hyperion Malfoy.
Cuando entraron a curso y quedaron asignados a la misma casa, las apuestas iban por una prolongación al odio generacional entre ambas familias, pero por el contexto no fue así. Su sociedad tal vez distaba de la amistad, ambos lo sabían, pero Albus era rechazado por su colocación en la casa, ningún Potter había estado nunca con sus jurados enemigos Slytherin, marcado como traidor, como una posible torcedura en la heroica tradición de la familia que luchaba contra magos tenebrosos, la mayoría emergidos de la casa de la serpiente.
Scorpius tenía otro estigma: nieto, sobrino e hijo de mortífagos, de los más tenebrosos, de los fugados de Azkaban, de los asesinos del más renombrado y amado director de Hogwarts. Repudiado por su ascendencia por quienes habían sufrido la causa demencial del señor tenebroso, como si vieran ahí la continuación de una mala hierba, el recordatorio de la maldad pura, aunque él fuera tan diferente, más sereno, cauto, menos arrogante, todo lo contrario a lo que su apellido significaba, más pegado a la naturaleza dócil y apacible de su madre, lo que lo alejaba de quienes veían como un orgullo venir de líneas puras y poderosas, que pudieron conquistar el mundo mágico, débil ante sus ojos e indigno de ser hijo de su padre, nieto de su abuelo, sobrino de su tía.
Dos puntos medios, que no eran ni de un lado ni de otro.
—Sé que te está dando clases privadas —dijo de pronto Scorpius mirándolo finalmente con sus ojos grises, más que fríos, tristes y cansados, absurdamente cansados para alguien que solo tenía trece años, con todo el peso de un oscuro y pesado apellido reflejado en ellos.
Albus no soportó esa mirada por lo que bajó la vista a la mesa.
—Son para Hugo en realidad, yo soy algo así como escolta —dijo quedamente queriendo regresar la atención a la lista, pero la pálida mano de Scorpius se puso sobre ella con un golpe apresurado.
—Llévame —dijo en voz baja pero firme, Albus movió la cabeza de un lado a otro.
—Pregúntale al profesor, no a mí, yo no puedo disponer de nada, no soy nadie ahí, te lo he dicho, Hugo es… es por él que yo estoy ahí.
Scorpius se acomodó frente a la mesa.
—Por favor, háblale de mí.
—¿Es tan importante?
—No me preocupa que me deshereden, no lo harán porque no hay otro heredero y de cualquier forma el dinero no me importa, pero no quiero ir a sentarme en la cena de Navidad siendo diferente, como si no perteneciera ahí, como si mi casa no fuera mía, mi abuelo se avergüenza y su opinión influye mucho la de mi padre… la abuela Narcisa era la única que no me veía como una deshonra, antes de morir me dijo que era lo más hermoso que había tenido la casa Malfoy en siglos… Ahora estoy solo en ese lugar Albus, me devora mi propio nombre.
La voz del muchacho se quebró y en ese momento Albus quedó completamente paralizado mirando su perfil, mantenía derecha la espalda con la cabeza en alto, pero esos ojos eran la puerta a un sitio que no podía imaginar. Sabía que estar en Slytherin era ponerlo diferente entre toda su familia, con generaciones enteras en Gryffindor, pero su padre calmó sus ánimos, nadie reprochó nada, nadie decía que era un problema o algo, aun así, él se sintió mal, sufrió mucho, solo de imaginar que su padre lo llamara deshonra le comprimía el estómago y el pecho.
—Tengo que hacer algo que lo haga sentirse orgulloso, y no quiero ir a Durmstrang tampoco.
—Yo… lo haré —confesó entre tartamudeos sacudiendo la cabeza y regresando a su trabajo.
Scorpius tragó saliva.
—No pretendía causar lástima —dijo queriendo excusarse.
—No lo hiciste. Creo que eres la última persona en esta escuela de la que se puede sentir eso, pero es bueno hablar de vez en cuando.
En su mesa se hizo el silencio, pero para el resto de los alumnos, la expectativa crecía. Albus cayó en cuenta de que el profesor había dado algunas indicaciones y ellos no se habían enterados, Rose los miraba, tres lugares más al frente del otro lado, con un gesto reprobatorio.
—… la vida moderna es muy cómoda, así que este tipo de pociones las utilizarían para fines diversos, deportivos tal vez, aunque— Jareth se interrumpió dudando por un instante bajando el tono de voz — ¿Podré hablar de eso? Preguntaré después — y volviendo a hablar en voz alta continuó —, de darse la situación de magos con intenciones delictivas, para aquellos que se interesen en dedicarse a ser aurores, es una excelente opción de sometimiento, la confección para confusión les dará una buena ventaja, bien hecha no causa complicaciones en el hechizado, mal hecha…
Antes de que terminara, del lado de Slytherin se escucharon unos gritos, el mago giró la vista al punto en cuestión y en largos pasos alcanzó la mesa ya evacuada de Scorpius y Albus, el joven rubio tosía con fuerza mientras un humo violeta hacía inverosímiles espirales sobre el caldero. Albus lo sostenía, pero parecía mareado también.
Jareth lanzó su mejor mirada intimidadora a la mesa contigua donde dos muchachos reían estrepitosamente. La furia abordó sus ojos enseguida, adivinando los detalles de aquél incidente.
—¡Todos fuera! —estalló con un poderoso grito que puso a todos de pie en un salto y calló las risas cambiando la expresión de burla por una cara de espanto total.
Tomó por un hombro a Albus y sostuvo con el otro a Scorpius a quien las piernas ya le flaqueaban.
—Ustedes acá —dijo conduciéndolos a la puerta posterior del salón, en otros tiempos despacho del profesor de la clase, los introdujo con cuidado, Scorpius amenazaba con vomitar por el movimiento.
—Contrólate chico —dijo poniéndolo sobre un sillón cercano a la chimenea apagada y a Albus en el otro. El lugar se encontraba lleno de libros apilados, los que no alcanzaban en los libreros estaban sobre el escritorio, otras sillas y rincones.
—Tómate esto —indicó dándole un vaso con un líquido amarillento que ninguno vio de donde salió o qué contenía, pero no les importó mucho, Scorpius inclinó completamente el vaso, queriendo beberlo de un solo trago antes de que las náuseas lo obligaran a vomitar. Tosió un poco cerrando muy fuerte los ojos para que el despacho dejara de darle vueltas.
—¿De quién era la poción? —preguntó Jareth incorporándose con las manos en la cintura.
—Mía —confesó el rubio sin animarse a abrir los ojos —. Pero no sé qué pasó.
—¿No estabas mirando el caldero? —cuestionó seriamente.
—Yo… yo solo…
—Tus amigos le arrojaron asfódelo, no sé de dónde lo sacaron, pero lo voy a averiguar — dijo —. De suerte tu mezcla neutralizó los efectos más fuertes y no hizo más que marearlos.
Albus empezó a respirar profundamente, halando grandes bocanadas para tranquilizarse, el primer impacto cuando empezó la reacción la recibió su compañero, él solo estaba demasiado cerca pero aun así el malestar era definitivamente motivo para no querer moverse en un rato.
Jareth se alejó de ellos aún molesto, resoplando por lo bajo se llevó una mano a la frente y caminó en círculos sin pronunciar palabra. Los leves quejidos de los chicos lo hacían mirar de tanto en tanto, pensó si debía llevarlos a la enfermería, ya estaban bien, solo tenían rezagos del efecto de la flor de los muertos. Pero un leve ruido llamó su atención, como si pisaran una hoja de papel, las alertas del mago se encendieron, sin dudarlo agitó la mano sacando de la manga la fusta que tenía su varita y lanzó un encantamiento sin palabras al punto de donde provenía aquel ruido. Ratón o no, no estaba de humor para sorpresas.
Un chillido meramente femenino le hizo abrir mucho los ojos y maldecir como no lo había hecho en mucho tiempo, si las cosas se habían puesto mal por un accidente en clase, ahora estaban peor.
—¿Tía Hermione? —preguntó Albus entreabriendo los ojos y encontrando a su tía derribada en el suelo con los restos de un encantamiento desilusionador aún en algunas partes de su capa.
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