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Capítulo IX

Informes de incidentes

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Enfermería

La enfermera era una mujer en sus cuarentas, con la nariz respingada y pómulos pronunciados, el cabello amarillo recogido en un moño apretado oculto bajo la cofia, de complexión delgada pero bien formada y conservada, caminaba con pasos apresurados y silenciosos. Hacía no menos de veinte minutos que había confirmado que los dos alumnos de Slytherin con el percance en la clase de pociones se encontraban perfectamente. Los mareos, la confusión y la inestabilidad se había ya desvanecido tras recibir el antídoto adecuado, pero era precisamente eso lo que tenía a la mujer alterada, se rehusaba a dejarles ir hasta que se aclarara el asunto con el director, que en esos momentos atendía a alguien en su despacho, y como su sobrino era uno de los involucrados, no lo dejaría pasar.

Jareth permaneció sentado en una pequeña e incómoda silla al otro lado de las tres camas ocupadas, con las piernas y brazos cruzados, la cabeza hacia atrás con la expresión del rostro aún molesta y un mal humor notable para cualquiera.

—¿Profesora Weasley? —llamó suavemente la enfermera en cuanto la bruja empezó a reaccionar —¿Profesora Weasley? —preguntó de nuevo ayudándole a incorporarse.

—¿Dónde… dónde estoy?

—En la enfermería, la ha traído el profesor Jareth.

Hermione abrió mucho los ojos olvidándose de la conmoción inicial con la que se había despertado.

—¡¿En dónde está él?! —chilló, pero lo encontró casi al instante, pues, aunque alejado, estaba prácticamente frente a ella.

De un salto se bajó de la cama y apartó sin ninguna dificultad a la enfermera para alcanzarlo como si fuese a desaparecer en algún momento. Él realmente tenía pensado hacerlo desde hacía rato, pero debía esperar al director so riesgo de no poder tener controlado lo que fuera a decirse si se desocupaba antes de que él pudiese enterarse.

—¡¿Cómo se atreve?! —volvió a gritar Hermione colorada de furia. Jareth se puso de pie en un solo movimiento para refrenar el avance consiguiéndolo al mostrarse indispuesto a retroceder ante ella, la mujer se plantó a unos dos pasos de distancia con los puños apretados y el rostro hacia arriba debido a la diferencia de estaturas.

—Yo no me escabullí con una capa de invisibilidad a un despacho ajeno —dijo él seriamente con un dejo de irritación bien justificada.

—¿Es que no puede ser menos necio? —preguntó ella ignorando esa parte y aferrándose a lo único seguro que tenía en esos momentos —¡Este es el peligro de no controlar las clases de acuerdo al programa!

El mago entornó los ojos mirándola con el mismo sentimiento rabioso.

¿Quién se sentía ella? ¿Qué la impulsaba a tanto descaro?

Pasos cortos y apresurados se abalanzaron hasta donde estaban ellos, con aliento jadeante, el muy anciano director del colegio, Filius Flitwick y la subdirectora Pomona Sprout pararon en seco antes de embestirlos en la carrera.

—¿Profesor Jareth? ¿Profesora Hermione? —preguntó el director dubitativo con la varita bien sujeta en la mano —¿Qué ha pasado aquí? —su voz aguda de repente sonó grave, él solía ser más tranquilo y ameno, pero tenía que reafirmar su posición de autoridad cuando ocurrían incidentes, sentía que el control se le iba de las manos, la desacreditación de la escuela era terrible y luchar por una buena imagen no tenía como opción permitir riñas internas, que era evidentemente lo que sucedía entre esos dos, aunque ninguno tuviera en mano una varita.

—¡Nada! Solo que, debido a su capricho de educación liberal, ha incitado a los alumnos a experimentar irresponsablemente, aquí las consecuencias —expuso Hermione acusadoramente, señalando a los dos muchachos que yacían sentados sobre las camas, la enfermera estaba de acuerdo con ella, si bien las consecuencias de las que hablaban en ese momento eran nulas.

El pequeño director giró para mirarlos, examinándolos solo con la vista, levantando una ceja al verlos a ambos muy sanos y hasta sonrosados, como un bebé que acaba de despertar de buen humor, sin saber lo que pasaba a su alrededor.

—Señorita Greengrass, ¿en qué estado se encuentran los muchachos? —preguntó con amabilidad a la enfermera del castillo que mantenía el ceño muy fruncido.

—Perfectamente, señor director, el profesor Jareth les administró un antídoto adecuado y su salud no corre ningún peligro.

—¿Y por qué están aquí?

—Para que usted juzgue la situación, señor director —respondió regiamente como si fuese muy obvio.

—¿Qué hay que juzgar, señorita Greengrass?

—Un antídoto solo debe ser suministrado por un sanador cualificado, esa es la primicia de todos los sanadores. Y el profesor Jareth no es un sanador.

—Ya, ya, sí, sí, lo entiendo, pero en el reglamento de la escuela dice también que un profesor puede hacerse cargo directamente de los incidentes que, por una actividad organizada por él, surjan como imprevistos que comprometan la vida, salud y seguridad del estudiante.

La enfermera y Hermione fruncieron los labios casi al mismo tiempo.

—¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué salió mal? — continuó.

—El caldero de Scorpius fue saboteado por otro estudiante, se introdujo asfódelo en una confección para confusión.

El profesor Flitwick cerró los ojos haciendo una mueca de dolor. Jareth levantó el rostro, pero no mantuvo la mirada sobre el director, sino que la puso sobre Hermione.

—Un descuido del que me hago responsable.

—Muy honorable, profesor, no obstante, si sabe el motivo por el que la poción de práctica salió mal, asumo que conoce al autor de la fechoría —volvió a preguntar el pequeño director.

Jareth asintió.

—¿Lo vio o solo lo adivina? —interrumpió Hermione ácidamente.

—Profesora Weasley —dijo de repente el pequeño mago reparando en ella —¿Usted que hace aquí?

—Le he lanzado un aturdidor —confesó el otro apresurándose a responder, Hermione apretó los dientes, estaba avergonzada, le diría al director que entró a su despacho a escondidas, se viera como se viera, sonaba demasiado mal. Jareth giró de nuevo inclinando la cabeza para encarar al director.

—Otro descuido de mi parte, olvidé que la profesora estaba en el aula como observadora, cuestiona mis métodos de enseñanza así que la invité a la clase, cuando ocurrió el accidente llevé a los muchachos al despacho y ella nos siguió, pero me encontraba alterado, comprenderá que el asfódelo es de cuidado, no quería dos alumnos con secuelas de sueño sin despertar, se acercó por detrás y me sobresaltó. Ya sabe que no he estado por aquí en mucho tiempo, reaccioné por instinto, me disculpo por eso —dijo hablando con naturalidad, enseguida volvió a mirar a la bruja, estupefacta pero silenciosa, tanto como los dos estudiantes que no iban a pronunciar palabra y se empeñaban en simular que no estaban ahí.

—Mis más sinceras disculpas, profesora Weasley —dijo inclinando mansamente la cabeza, Hermione asintió casi imperceptiblemente, con semejante número montado, de negarse, ella sería la loca insensible.

—Ha hecho su punto con mi clase, reconsideraré el modo de impartirla.

—¡Tonterías! —exclamó de repente la profesora Sprout antes de que Hermione saboreara la victoria.

—Los accidentes suceden en todas las clases y todos los años, nada más en lo que va de la semana, Rolanda ha traído aquí más fracturados por caídas de escoba que víctimas de sabotaje de pociones, y ni hablar de sus resultados, profesor, los muchachos no paran de hacer preguntas, su clase los tiene encantados e impulsa mucho el interés en Herbología, los jóvenes nunca han sido buenos para seguir estrictas instrucciones, les gusta experimentar. ¿No es así profesor Flitwick?

—Completamente de acuerdo, yo no tengo ningún problema con su método, los exámenes son prometedores y espero impaciente los resultados.

Hermione sintió hervir su sangre cuando percibió en el rostro de Jareth una sonrisa de triunfo y suficiencia, la bruja supo entonces que él sabía muy bien dónde estaba parado: bajo la gracia del director y en la devoción del alumnado, contra eso no se podía luchar y se lo demostraba con un falso acto de humildad en que le cedía la razón que sabía, nadie más se la daría, como pasear frente a la nariz de un perro hambriento un filete que no se le dará.

—Tanta es la fe que nos trajo, profesor, que en mi oficina estaban unas personas del Ministerio, insisten en que le dé más clases a impartir ahora que algunos de nuestros colegas están cerca del retiro.

La sonrisa en el rostro del mago se esfumó dando paso a una mueca entre sorpresa y horror.

—No me atrevería a tomar tal honor —respondió rápidamente.

—Ya veremos, y si la señorita Greengrass dice que la vida de nadie está en peligro, creo que nos podemos ir todos. ¡Que tengan buena tarde! Ah, profesor Jareth, envíe por favor a mi oficina al responsable, y de ser posible, señorita Greengrass, primero convoque a los jefes de casa en estos asuntos.

—Así será entonces, señor director.

El director y la subdirectora se marcharon siendo acompañados por la enfermera, pero los otros se quedaron plantados en su sitio.

—¿Por qué no me acusaste? —masculló Hermione, molesta por saber que le debía una.

Jareth recobró la compostura, finalmente serenando su rostro, ocultando la rabia que sintió al escuchar que aquellos desgraciados del Ministerio lo querían encadenar al colegio.

—Sé cómo se juegan muchos juegos, y el que tú has escogido yo lo he ganado por varios años.

—Según tú, ¿qué jugamos? Porque para mí, esto es muy serio.

—Control.

El mago se dio la vuelta encaminándose a la salida, los dos chicos saltaron de la camilla, Albus detrás de Scorpius. Y Hermione permaneció ahí un rato más, ocultó el rostro con las manos y pensó. Definitivamente ese no era el despacho de Jareth, había sido el de Snape pero ahora parecía más una bodega de librería.

¿En dónde estaba el suyo? ¿En la torre donde daba las clases a Hugo?

La capa ya no servía, había gastado mucho tiempo y energía en hacer ese hechizo desilusionador para hacerla invisible y el aturdidor disipó casi toda la magia, debió esperar a la noche, aunque también quería ver esa clase, y con los muchachos perfectamente, se supo imprudente para las imprudencias, Harry lo habría conseguido sin cometer fallos.

Sonrió agriamente. Ella siempre fue autor intelectual, Ron y Harry hacían casi todo lo duro, especialmente las incursiones, pero ahora no estaban ellos para apoyarla.

Sacudió la cabeza y decidió dejar la enfermería antes de que Daphne Greengrass regresara a desquitar la amargura de su derrota con ella.

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Torre Norte

Jareth no se detuvo, sabía que los dos chicos le seguían, pero no tenía intenciones de parar a conversar, tenía que ver a Minerva McGonagall con urgencia, si los del Ministerio estaban intentando anclarle a Hogwarts tenía que darse prisa.

—¡Profesor! —llamó entonces Albus, se detuvo, definitivamente ya no podía fingir que pensaba que no le estaban siguiendo y solo caminaban casualmente al mismo lado. Giró la vista cuidando que no se notara su ansia en el rostro, con la cortesía que se obligaba a tener. Pronto, los dos le alcanzaron.

—¿Sí?

—Yo… he… las clases de Hugo…

Jareth cerró los ojos, había olvidado eso completamente.

¡¿En dónde tenía la cabeza?!

Estaba tan molesto por lo del Ministerio que pasó de todo lo demás, si dejaba plantado al niño la madre se le echaría encima y sin duda esa bruja empezaba a hacerse sentir como una molestia de tiempo completo.

—Sobre eso, los veré una hora más tarde, tengo algo muy urgente que resolver antes.

—Sí, claro, entiendo —mustió Albus, pero recobrando valor —¿Puede Scorpius acompañarnos?

Jareth levantó una ceja mirando al rubio.

¿Qué decía? ¿Que tres era una multitud? ¿Que, de hecho, dos era más de lo que él había accedido en un inicio?

—¿Te interesa la adivinación? —preguntó de momento, maquinando lentamente una idea que no se le había ocurrido antes, pero que era tremendamente conveniente. Scorpius asintió, aunque no estaba convencido del todo.

—¿Seguro? —volvió a preguntar haciendo algo que hacía muy pocas veces, tan pocas que casi las contaba con la mano: se agachó a su altura, con una rodilla tocando el suelo de fría piedra del pasillo que conducía a la Torre Norte. Le miraba directamente a los ojos, enfrentando su azul-café al gris del chico.

—Quiero ir —dijo con seguridad sin comprometer su interés en la adivinación, pero empapando sus palabras con la verdad de su corazón y eso el mago lo pudo apreciar a la perfección.

—Supongo que tres es un número cordial —dijo sonriendo mientras se ponía nuevamente de pie.

—Una hora más tarde, entonces, puedes explicarle lo que hemos estado haciendo con el afflatus ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Bien, pueden marcharse —señaló haciendo un gesto con la mano, pero reaccionando un instante antes de que ellos se marcharan.

—Busquen un salón de práctica, tiene que recuperar tres semanas —agregó arrojándole un cristal en el que se veía un interior nebuloso.

—¿No podemos usar la torre? Los alumnos de quinto para arriba acaparan casi todas las zonas de práctica.

Jareth bufó y se llevó una mano a la sien dándole un masaje, aún no le dolía la cabeza, pero para allá iba.

—Bien, solo no te olvides de Hugo.

Empezó a caminar con los chicos detrás, recorrieron el camino de la torre al que con algo de trabajo Albus se había acostumbrado. Scorpius tenía la mirada expectante, no había dicho nada, pero ponía atención a todo.

Llegaron finalmente a la cima de la torre, el viento silbó, el rubio se encogió en el cuello de la túnica. Albus dejo caer la esfera rompiéndola y liberando dos círculos. En voz baja empezó a decir las instrucciones, antes de que se dieran cuenta, Jareth les había dejado solos.

—¿A dónde lleva el otro lado de las escaleras? —preguntó Scorpius después de su primer intento con el círculo.

—No lo sé, creo que a su despacho ¡Afflatus!

—¿Has podido hacer esto?

—No.

—¿Y Hugo?

—Tampoco, pero una vez pareció que el humo tembló.

—¿Significa algo?

—Todo y nada, dice que fue una reacción débil pero que por algo se empieza.

El rubio soltó un suspiro y de repente parecía más animado pese a lo tedioso del encargo que tenían.

—Gracias.

Albus lo miró de soslayo y asintió.

—No tienes que escribirle a tu abuelo que tomas las clases con Hugo y conmigo.

—Lo siento por eso.

Los dos niños se quedaron quietos de repente.

—¿Escuchaste?

Albus asintió. Se aferraron a sus varitas y lentamente se dirigieron al pasillo de donde había provenido el ruido, pero por el recto corredor no se veía absolutamente nada. El ruido, como un chirrido metálico, se produjo de nuevo, golpes contra el suelo, ecos metálicos, como cadenas arrastrándose y un chasquido de engranes oxidados.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó Scorpius siendo el primero en adelantarse. Naturalmente que no hubo respuesta, pero el sonido continuó insistente.

—¿Crees que sean otra vez ellos? —preguntó Albus refiriéndose a los chicos de su clase.

—No… no creo que hubieran encontrado la entrada por su cuenta.

Saltaron sobre su sitio y se resguardaron a un costado de la puerta cuando el ruido se hizo más fuerte, acercándose. De pronto, vieron claramente una enorme cosa metálica avanzando, casi atascándose en el angosto pasillo, era como una placa deformada, achatada a golpes por las orillas, llena de puntas de lanza de todos tipos, púas y cuchillas.

Los dos chicos soltaron un grito, aterrados.

¡Bombarda! —reaccionó Albus agitando la varita. Por un instante, la cosa metálica frenó su avance con un horrible sonido, pero hubo algo como un resplandor blanco y no se produjo el efecto que debiera tener el hechizo. Enseguida volvió a avanzar con su infernal ruido.

¡Bombarda Maxima! —secundó Scorpius asomándose, nuevamente el destello blanco, pero en esa ocasión el blanco cambió a rojo.

—¡Abajo los dos!

Apenas escucharon a Jareth, obedientes como ninguna otra vez en su vida, se dejaron caer boca abajo cubriendo sus cabezas con los brazos, el chirrido metálico se detuvo, pero el hechizo de Scorpius, que había sido rebotado, estalló en la columna de piedra detrás de ellos con un ensordecedor ruido.

—¿Qué se supone están haciendo? ¡Idiotas!

Albus respingó y levantó la cabeza, aunque enseguida se dio cuenta de que no se refería a ellos, Jareth agitó la varita oculta en la fusta rompiendo el viento con violencia y la cosa metálica se desarmó cayendo en pedazos, haciendo el ruido de trastos de cocina.

—¡Alteza! —chillaron los tres goblins.

—¡Trío de ineptos! ¡¿Cómo no los he hundido en el pantano del hedor eterno?! ¡¿Cómo no les he arrancado las colas?! —rugió amenazando a uno con la fusta muy cerca de su nariz.

—¡Su alteza dijo que le habían declarado la guerra!

—¡No así, cabezas huecas! ¡No voy a pasarle una barredora a una madre histérica!

Los tres goblins, estaban abrazados entre ellos y temblando.

—¿Entonces no vamos a ocupar a los Fuegos? —preguntó uno con un hilo de voz.

Jareth se quedó perplejo.

—¿Los Fuegos? —preguntó incrédulo —¡¿Trajeron a los Fuegos?! —bramó, pero evadieron el embiste de la fusta apenas por nada, Jareth no intentó perseguirlos, saltó por encima de ellos y corrió por el pasillo. Albus y Scorpius intercambiaron miradas, se pusieron de pie y corrieron detrás de él.


Comentarios y aclaraciones:

When the sun goes down (when the sun goes down)

And the bads are back again (and the bads are back)

The brothers comeround (the brothers comeround)

I get out of my dirty bed (my dirty bed)

I shake my pretty little head (I shake my pretty little head)

I tap my pretty little feet (I tap my pretty little feet)

Were brighter than sunlight

Laouder than thunder

Dancing like a yo-yo, wooh

¡Gracias por leer!