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Capítulo XI

El rey del laberinto

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Las tres escobas

—Tranquila Hermione, sabes que eres buena para exagerar las cosas —susurró Ron besándole el cabello mientras la abrazaba.

—Pero sabes que, generalmente, tengo razón.

—Generalmente no es "siempre".

La pareja estaba acurrucada en una mesa esquinera, con un muro a sus espaldas, disfrutando de la relativa intimidad mientras daban sorbos a la cerveza de mantequilla, infaltable para beber en aquel lugar. La bruja levantó la vista para encontrar los ojos de su esposo.

—¿También te tiene encantado?

Ron soltó una carcajada.

—¡Estás loca!

—¡Claro que no! ¡También lo encuentras encantador!

—¡Solo lo he visto una vez en mi vida, Hermione! Si me puso un hechizo no puede ser más fuerte que el que tú me has lanzado más de veinte años —dijo tomando de su tarro, sin notar realmente que acababa de hacer un cumplido que sosegó a la mujer.

—Pero, ¿quieres saber lo que escuché en la oficina?

Hermione abrió los ojos con sorpresa. Ron se encogió de hombros.

—Quería saber si había una razón verdadera para que estés tan nerviosa de él.

—¿La hay?

—Sí y no.

—¡Explícate!

Ron se acercó más a ella, para hablar solo a su oído.

—Tiene… mmm… una audiencia disciplinaria —comentó no muy convencido, pues sabía que, si Hermione no armaba un escándalo ahí, lo haría en la escuela, frente a él.

—¡¿Por qué?!

—Bueno, cuando escuché eso me puse a buscar por todos lados, Harry también, y Luna nos ayudó mucho, ya sabes que, si hay algo que no tiene sentido, ella lo entiende, y tenemos algo, algo raro ¿Has leído el cuento del Rey de los Goblins?

—¿Lo del secuestro de bebés? Sí, es un cuento viejo, espera ¡No!

Ron asintió.

—Parece que hace referencia a él, bueno, a su familia, realmente no creo que tenga edad para cubrir el tiempo que tiene de existir el cuento. El Ministerio no ha existido siempre, Hermione, eso ya lo sabes, antes de que existiera esta… esta organización que tenemos, los magos y brujas hacían lo que querían, algunos usaron el anonimato, otros sometieron pueblos y se proclamaron reyes o dioses o lo que fuera, cuando empezó a existir la organización y se fundó el primer Ministerio que acordaba el primer Estatuto Internacional del Secreto, muchos no estaban de acuerdo, no les parecía tener que dejar a los muggles con la mayor parte de todo, pero bueno, los magos hemos sido siempre minoría, y ni hablar de las criaturas mágicas, sabes que los muggles se las arreglaron para casi extinguir a los dragones, ni hablar de criaturas más inofensivas. Resulta pues, que la familia de tu profesor y algunas otras, como no querían vivir con ese nuevo acuerdo de convivencia pacífica, usaron su magia para hacer algo, no sé bien, no lo entendí del todo, pero lo asumo como un mundo aparte donde solamente hubiera criaturas mágicas, en el Ministerio se refieren a él como Underground, lo que me lleva a pensar que está bajo tierra, pero la cosa no es esa.

—¿Es por los bebés? —insistió Hermione y Ron asintió.

—Parece que, en su mundo perfecto de magia exclusiva, algo salió mal e hicieron el pacto mejor guardado en secreto hasta hace medio año: la regla de las palabras mágicas. Según esta regla, nadie de Underground, puede abandonar ese mundo si no es llamado precisamente por las palabras mágicas, tal vez el ministro de aquél entonces pensó que, con esa restricción, esos magos que no quisieron obedecerle jamás saldrían.

—Pero el plan no les resulto, y se han estado llevando niños —señaló la bruja con obviedad.

—El cuento del Rey de los Goblins salió de alguna manera. Ahí todo se me volvió leyenda, pero el problema para él son las nuevas legislaciones para la protección de gente no mágica.

—¿Qué van a hacer? ¿Abolir esa regla? Eso solo haría que pudieran entrar y salir a voluntad y se llevaran a más gente inocente.

—Verás, esa regla también tiene otra restricción, las personas que pueden llevarse son solo aquellos que son rechazados por un ser amado. Es decir, aquellos que no son queridos, pues.

Hermione frunció el ceño, el primer ministerio se las arregló muy bien para tratar de desaparecer a los que no se sometieron.

—Y, además, hay una cláusula en la que quien regaló al niño, puede recuperarlo, si lo consigue tiene el derecho para poder reclamarlo y marcharse, aunque un hechizo de olvido le borrará los recuerdos de lo que vio en Underground.

—No entiendo cuál es el problema. Aunque no me guste la idea, tiene bastante sentido y el control es bueno.

—Quieren sellar permanentemente la puerta que conecta Underground con nuestro mundo.

—Pero…

—Según el argumento de Jareth, eso los destruiría, pero no quiere ser más explícito al respecto ni especificar la necesidad de llevarse a los niños de aquí, lo que sirvió para que lo acusaran de sacrificarlos, cosa que él también ha negado. El ministro le ofreció amnistía para los magos que se rindieran y se sometieran con juramento inquebrantable al Ministerio.

—¿Y nadie quiere?

Ron negó con la cabeza.

—Desean conservar su independencia del Ministerio, eso es lo que está negociando aquí.

Hermione seguía con las cejas muy juntas y los labios apretados. Pero Ron le acababa de poner orden a todas las incoherencias que ella veía, por ejemplo, que en su oficina no hubiera nada de información disponible sobre su caso, que el estilo de magia fuera distinto, que hubiera negado pertenecer a una casa de la escuela, su forma violenta de reaccionar, seguro que, con tanta gente renuente a obedecer reglas, los duelos entre magos eran más frecuentes. Sus aires de grandeza y la servidumbre ¡Él era un Rey de verdad!

—¿Y decidió meterse de maestro para solventar sus gastos mientras está aquí? —preguntó de pronto, notando que la docencia no tenía ninguna relación con los problemas políticos.

—No da clases porque quiere. Esa misma Regla de las Palabras Mágicas dice que no puede permanecer en este mundo si nadie lo necesita, es decir, que limitan su estancia a atender el llamado y ya, si da clases, un montón de niños lo van a necesitar y eso lo mantiene anclado.

Hermione soltó un chillido de sorpresa.

—¡Por eso el Ministerio quiere darle más clases! ¡Así fortalecen el lazo y se aseguran de que no se marche! ¿Pero por qué no querrían que volviera? ¿Por qué no solo regresarlo y cerrar la puerta sin más discusiones? No es como si el Ministerio realmente entendiera de compasión ante lo que es una amenaza al modo de vida que tenemos.

—Ya te lo he dicho, él es el Rey, si él está aquí ¿quién controla las cosas allá?

Ron mostró una expresión triste y abrazó más fuerte a su esposa.

—Hermione, escúchame pero no hagas escándalo, solo te estoy diciendo lo que piensa Harry como jefe de Aurores y loco paranoico que es… nada está decidido, pero él piensa que el Ministro pretende tomar la magia de Underground para restablecer el sistema y la seguridad, la guerra dejó tanta destrucción, tanto desorden, tanta desconfianza, que aunque han pasado veinte años… los mortífagos aún existen, Azkaban está sobre su capacidad y en Underground ese lugar hay hechiceros muy poderosos, criaturas increíblemente útiles.

A Hermione se le hizo un nudo en la garganta y su estómago se contrajo con fuerza.

—No pueden hacer eso —dijo con la voz ahogada —. No pueden empezar una guerra, no otra vez — agregó enterrando el rostro en el pecho de Ron.

—Shh, tranquila, ya te dije es solo una idea de Harry, ya sabes que ve enemigos hasta en su sopa.

La bruja quiso reír por la broma, Harry era ciertamente desconfiado, pero no a ese extremo. Sin embargo, solo emitió un pequeño gemido sin significado.

—Entonces ¿vas a seguir empeñada con el rey Goblin? —preguntó Ron.

—No puedo ignorarlo, lo nombré instructor especial de Hugo.

—¿Cómo va él?

—No ha tenido ningún problema, creo que todo es demasiado exagerado y podría dejar seguir las cosas sin la ayuda de Jareth.

—¡Jo! Decidida a botarlo entonces… eh, tengo una mala noticia— dijo Ron torciendo los labios.

—¿Peor de mala que una guerra de conquista?

Ron asintió.

—Sí, porque esa guerra hasta ahora es imaginaria y el recorte de mi sueldo es una realidad.

—¡¿Qué?!

—Así es, descuento del diez por ciento y recorte de personal dejando seis plazas menos, sin contar las dos bajas que tenemos por incapacidad médica.

—¡¿Por qué?!

—Harry —Ron suspiró —… Harry dice que tal vez el departamento de Aurores, como tal, desaparezca, y no fue su idea ese recorte, órdenes del ministro.

—Pero ¡¿cómo puedes estar tranquilo?! —dijo poniéndose de pie, Ron la miró con el aire despistado de su juventud y eso exasperó más a la bruja.

—Hermione, es en serio, no puedes pelear todas las batallas, si te dije lo que sé de Jareth es para que estés tranquila, estás aquí porque tomaste la misión de salvar Hogwarts, sálvale. Harry y yo salvaremos nuestro departamento, o nos uniremos al nuevo. Hemos sobrevivido a peores, y sabes que sí.

Ella volvió a sentarse.

—Dime qué se siente tener once de nuevo —inquirió con una sonrisa burlona. Hermione se puso roja.

—¿Rose te lo contó?

—En sus cartas, cuenta mejores historias que tú, eso sí. Hugo me ha hablado de sus clases especiales, él a diferencia de ti, cree que está mejorando para muchas cosas con los ejercicios que le pone Su Majestad Lockhart II.

Hermione rio por el nuevo apodo.

—Fue raro, pero me quedé en el comedor hasta la media noche, Hugo no dejaba de mirarme, su madre era una niña de su edad, no puedo creer que nunca imaginara que un día me vi así.

—Me hubiera gustado verte.

Ron consiguió el objetivo, hinchó su pecho de orgullo por eso, Hermione había accedido a cambiar de tema, hablando más tranquila.

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Torre Norte

Jareth se paseaba de un extremo al otro frente al sitio donde se alzaba su sillón de osamentas y pieles. Jugueteaba con tres esferas de cristal, paseándolas entre los dedos de su mano izquierda mientras que la derecha hacía ademanes al tiempo en que hablaba. Hugo, Albus y Scorpius lo miraban desde sus sitios, tres sillones pequeños pero cómodos que habían aparecido ahí luego de que se quejaran por "tomar clase" en el suelo. El viento silbaba entre los enormes vanos, pero no hacía frío realmente. Recién terminaba septiembre y la túnica los abrigaba bien, aunque una vez que pasaran a la parte práctica, resentirían menos el clima.

—… así que, si realmente se empeñan notarán que no es tan complicado como aparenta y la premisa, ante todo, es la práctica. Son magos, son magia…

El discurso era envolvente, pero con sus palabras Jareth no pretendía levantarles la moral, sino adormecerlos. Había pasado un mes entero desde que tratara de saber cuál era la afinidad de Hugo y Albus, una semana de Scorpius, pero los niños eran completamente incapaces de hacer reaccionar el círculo, estaban tan sugestionados y afectados por el control minucioso de magia al ser menores de edad, que no podían revelar su verdadera naturaleza. Eso debería de ser un crimen, someter de tal forma el talento.

—Ahora lo pueden olvidar todo…

La hipnosis colectiva había funcionado, podía ver sus rostros relajados, adormilados, apenas consientes.

—Todo da vueltas —se quejó Hugo, sin embargo, no se movió.

—Está bien —dijo Jareth en voz baja.

Scorpius cayó completamente, incluso de la silla que no tenía brazos para soportarle. El rubio no se inmutó con el golpe y Jareth dejó ir una de las esferas que lentamente flotó a él como una burbuja de jabón, en cuanto lo tocó, le dejó capturado y reducido en el interior. Enseguida Albus dejó ir la cabeza hacia atrás y sobre su hombro Hugo finalmente dejó de luchar. Las otras dos esferas en manos del mago fueron hacia ellos.

Jareth miró a través de la primera, Scorpius estaba en una gran sala rodeado de magos encapuchados y con máscaras, había humo gris, denso y se oscurecía más a medida que seguían apareciendo por los rincones, la chimenea y las ventanas. Una serpiente empezó a arrastrarse por sus pies mientras que los encapuchados se acercaban a él. El muchacho pronto apareció una reluciente espada en sus manos y asestó el golpe letal contra el reptil que se enroscaba entre sus piernas. Al momento de cortarla, toda la oscuridad desapareció envolviéndose él en un halo de luz blanca y brillante, la espada desapareció y dio paso a su varita que levantó contra los magos.

—Muy bien Scorpius, veamos qué eres —murmuró acercando la esfera al círculo de práctica. Nuevamente le dejó volar hasta que se posara justamente en el centro.

Afflatus…—susurró, la esfera estalló y Scorpius reapareció cayendo de espaldas la escasa altura que lo separaba del suelo con un rudo golpe, pero en cuando tocó el vaho blanco del círculo, este reaccionó con un chasquido volviéndose agua, que se precipitó al suelo junto con el estudiante, dejándolo empapado de pies a cabeza. El agua estaba fría y eso hizo reaccionar al joven que abrió mucho los ojos.

—¿Do… dónde estoy?

—Tranquilo Scorpius, no te muevas, me faltan dos —dijo Jareth arrojándole uno de los lienzos que colgaban del techo y hacían de cortinas decorativas. Él se envolvió rápidamente en ellas, aunque eran inmensas, pero había empezado a tiritar y eso prometía ser cálido.

Jareth dispuso la segunda esfera, Albus se había visto rodeado de leones en un salón escarlata y dorado. Los animales rehuían de su encuentro y le miraban con indiferencia. El joven mago seguía en el juego de cazar compañía cuando Jareth le puso sobre el círculo. La reacción fue más violenta, llamas rojas saltaron y Albus soltó un chillido cubriéndose el rostro con las manos, Jareth lo tomó por la túnica atravesando el círculo de fuego, jalándolo hacia afuera sin ningún daño para uno u otro, le dio un par de palmadas en la espalda para calmar su tos, pero tampoco esperó a verle completamente recuperado.

Sin decir palabra, repitió el proceso con la tercer y última esfera, donde Hugo permanecía completamente solo en un espacio en blanco donde ni siquiera se definía lo que era arriba de abajo, por un segundo Jareth dudó, pero al final hizo lo mismo que con los demás.

Scorpius gritó cuando su espalda impactó contra una columna que evitó que saliera despedido hacia afuera de la torre como casi ocurría con Albus, que solo estaba sujeto por la mano de Jareth, mientras la mitad de su cuerpo colgaba hacia el vacío.

El mago tenía los pies bien plantados en el suelo, todo se revolvía con la fuerza de un tornado a escala que se desataba donde debiera estar el círculo de Hugo. Pronto todo se calmó y Hugo quedó en el suelo aparentemente dormido. Albus pudo entrar de nuevo a la habitación desde el vano y los tres se acercaron al niño.

El rostro de Jareth era indescifrable, pero había un brillo en sus ojos de distinto color, algo parecido a una rabia contenida. Albus se apresuró a tratar de hacer reaccionar a su primo, pero para el Rey, el Rey Goblin, en esos momentos todo cobraba un sentido muy diferente.

Rememoró la adivinación que había hecho sobre el muchacho, había visto mucho poder casi aplastándolo, y no era el poder de la videncia. Recordó también las palabras de la propia profecía del chico: "deja el trono sin rey… un hacedor de caminos llegará con él".

¿Sería acaso posible que ese pequeño le arrebatara ya lo único que le quedaba? Miró con rabia cómo abría los ojos presa de una confusión total. Había proyectado en el cristal un espacio en blanco, solo, apacible. No quedaron dudas para él, apretó los puños, consciente de que, si seguía con esas sesiones de instrucción mágica, sería su ruina como rey del laberinto, porque no había error, Hugo Weasley era un hacedor de caminos, su legítimo sucesor.


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