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Capítulo XII

Acertijos y verdades

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Cabaña de Rubeus Hagrid

—Empezaba a sentir que te habías olvidado de mi —dijo Hagrid sirviendo el té mientras soltaba una risa seca sin real reclamo en su tono.

—Claro que no, Hagrid, es solo que tengo la cabeza hecha un lío.

—Escuché de tus diferencias con el nuevo profesor que envío la profesora McGonagall.

—Y yo, que tú dijiste algo sobre los duendes que le hacen la corte.

El semigigante volvió a reír, pero con menos autenticidad, la bruja comprendió entonces que no era su intención hablar de aquella información. Ella misma sonrió cuando le escuchó lamentarse de haberlo dicho. No importaba cuánto tiempo pasara, algunas cosas no cambiaban.

—Son solo chismes, Hermione. Hay muchos en la ciudad, es como la sensación.

—¿Los escuchaste en la taberna?

Él asintió finalmente, ocupando su lugar en la mesa y tomando su propia taza que parecía más una jarra. La bruja fingió beber, pues simplemente seguía encontrando asquerosa esa preparación que hacía para recibir visitas.

—Un tipo habló de ello —empezó a explicar.

Hermione se sintió extrañamente feliz, ya no era una niña, y él lo reconocía ya que, en lugar de mostrarse esquivo como lo hubiera hecho en otro tiempo, estaba dispuesto a darle la información que había escuchado.

—Un hechizo de transformación, ya sabes; príncipes sapos, princesas cisne… Personalmente no creo que sea el caso, tal vez solo se trata de una especie muy particular y endémica del lugar que viene, Luna y su esposo nos han demostrado que aún hay muchas especies mágicas desconocidas.

La bruja seguía mirando su reflejo en el agua turbia, no se sentía completamente satisfecha. Además, luego de recuperar un poco de paz tras los últimos acontecimientos y descubrimientos, su mente había rescatado un dato que casi pasaba por alto.

—Me conoce de antes —dijo con seguridad.

—¿El profesor Jareth?

—Sí.

—Bueno, el mundo es muy pequeño.

—Hagrid, eso no es posible —continuó, pero sin animarse a compartir lo que Ron le había dicho sobre las cláusulas que le permitían salir, ni siquiera estaba segura sobre si debía hablar de ese lugar apartado de magos que no se sometían al Ministerio de Magia.

—¿No lo recuerdas entonces?

—Para nada, no había pensado mucho en eso, pero ahora que le doy vueltas al asunto, yo no conocí a ningún mago hasta que recibí mi carta de aceptación a Hogwarts. Y él no me da la impresión de ser alguien discreto como para conocerle de antes y haberlo ignorado.

—¡Para nada discreto! —y soltó una estrepitosa carcajada —. Déjalo ser, Hermione, es algo extravagante, pero un buen hombre.

—¿Has hablado con él? —preguntó escéptica, no podía concebir al altivo y orgulloso mago entablando una charla amistosa con Hagrid sin al menos haber hecho una mueca. No era muy distinto a los otros magos de sangre pura; vanidoso y pedante, con la firme idea de que las cosas sucedían como él deseaba y no menos, solo había accedido a tener bajo su tutela a Hugo porque le convenía hasta donde podía entender.

—Bueno… no sé si fue una conversación. Creo que no —respondió, pero antes de que la bruja pudiera arremeter con cualquier comentario, se aclaró la garganta y alcanzó su pañuelo para secar sus barbas sobre las que había derramado algo de té en su prisa por retomar la palabra.

—La semana pasada, el profesor Flitwick me mandó llamar porque encontraron un nido de doxy en el castillo, los huevos aún no eclosionaban, pero quería que consiguiera doxycida, medio millar de hadas mordedoras no van a ayudar a la imagen del colegio ¿Verdad? El asunto es, que estaba alistándome para salir cuando él llegó aquí. Me tomó por sorpresa, de repente estaba ahí frente a la puerta mirándome con mucha seriedad. Pensé que quizás había estado llamando y no lo escuché, estoy volviéndome un poco sordo ¿Sabes? Me pidió que dejara lo del doxycida, que él se haría cargo y desapareció. Como me confundió, fui de nuevo con el profesor Flitwick y me dijo que estaba de acuerdo, que lo dejaría hacerse cargo. Justamente ayer por la noche bajó la ladera ¡Lo hubieras visto, Hermione! ¡Llevaba una capa del mismo color que las alas de los doxy!¡Y lo que nunca he visto en toda mi vida! ¡Le hicieron caso! ¡Entre chillidos y risas se alejaron directo al interior del bosque! No sé Hermione, pero si eso no es un buen hombre, no sé qué es.

La bruja guardó silencio con la cabeza inclinada. Impresionar a Hagrid era sencillo si se demostraba talento para tratar con criaturas mágicas ¿Pero eso buscaba realmente Jareth? ¿Impresionar al guardabosques? Interceder por una plaga y liberarle después, todo entre los horarios de trabajo y actividades extracurriculares: clase de pociones con tercer año, calificar los ensayos de quinto, organizar un baile de máscaras, clase de pociones con cuarto año, clases con Hugo Weasley, vigilar el nido de doxy, clases con séptimo año, pensar qué túnica va a usar al siguiente día, revisar las tareas de primer año y tratamiento en el cabello antes de dormir.

Era cosa de risa.

Se removió en su lugar, buscando en su túnica la esfera de cristal que le regaló y se la extendió a Hagrid que la tomó con cuidado, pensando que por ser tan pequeña la desharía completamente, no tentó su suerte así que no se atrevió a manipularla con libertad.

—¿Qué es esto? —preguntó con curiosidad.

—Dijo que un cristal, ya lo he revisado, no es como el que se usa para las bolas de adivinación, aunque pensé que era eso. Me lo regaló, dijo que me daría las respuestas, pero no veo nada ahí.

—Bueno, nunca fuiste muy talentosa para adivinación.

—¡Hagrid!

—Disculpa, lo siento, pero sabes que es verdad, quizás si le preguntas a alguien más, alguien que sepa más de adivinación.

Hagrid había tenido cuidado de no mencionar a la profesora Trelawney como posible solución, aunque no se le ocurría nadie más que pudiera ser de utilidad, ya que Firenze no usaba bolas de cristal.

—¿Y si no se trata de adivinación? —insistió la bruja torciendo la boca con un gesto pensativo, dejó sutilmente la taza a un lado para emplear sus manos en la numeración que pensaba hacer —Ya intenté todo lo que se me ocurrió: hechizos, encantamientos, runas, incluso intenté magia lunar.

—Preguntaré por ahí si quieres, Hermione, aunque dudo que pueda obtener algo, si la bruja más brillante del siglo no ha encontrado la manera, dudo que haya alguien capaz.

Hermione sabía que se había ruborizado, pero se apresuró a cambiar el tema. A la fecha, no estaba segura de cómo reaccionar ante un cumplido, agradecer le parecía presuntuoso porque le daba la razón, negarlo daría la impresión de falsa modestia porque sabía que se encontraba sobre la media respecto a sus capacidades intelectuales. Por eso, sonreír y cambiar de tema era la opción más viable.

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Biblioteca

El bibliotecario la miró por encima de la montura de sus anteojos y sonrió, más que amablemente, con cierto coqueteo. Hermione sacudió la cabeza sin evitar reírse también. Dennis Creevey era solo cuatro años menor que ella, y desde que se hubiese formado el Ejército de Dumbledore, junto con su hermano, formaron parte de los más leales compañeros que resistieron hasta el final. Era un chico espabilado con cierta tendencia a idolatrar a Harry, a últimas fechas había canalizado su atención a ella, que era lo más cercano. No iba en serio, no podía serlo, sabía que estaba casado y tenía un hijo pequeño en su casa de Hogsmeade, solo era parte de su personalidad y muestra de lo triste que era para él ver brujas o muy jóvenes o muy viejas, como para poder hacer eso con ellas.

—Puedo ayudarle, de verdad, profesora Hermione.

—No te preocupes, por ahora no es la gran cosa, pero si requiero asistente te lo haré saber ¿Sí?

—¿Y si lo que quiero es un poco de conversación?

—Deberás buscar otro lugar, te recuerdo que estamos en la biblioteca —dijo finalmente, apartándose del mostrador con la llave para la sección prohibida, doblemente prohibida, porque estaba la sección prohibida de sus tiempos donde al menos los profesores podían entrar libremente, pero ahora había una sección prohibida verdaderamente prohibida, o al menos a ella le tomó casi dos semanas conseguir las autorizaciones pertinentes para que Dennis le entregara la llave. Caminó a toda prisa porque, además, solo tenía permiso para estar ahí hasta las seis de la tarde.

Pasó la primera sección cerrando la puerta a su espalda y prácticamente corrió hasta la segunda introduciendo la llave. El picaporte cedió con un chasquido, enseguida se escuchó el correr de varios cerrojos más con un eco metálico y chirriante. La puerta se abrió con lentitud, dando paso a una oscuridad total con olor rancio.

Levantó su varita conjurando luz, frente a ella se extendían cuatro hileras de altísimos libreros que se prolongaban más allá de donde alcanzaba su vista. Sintió una opresión en el estómago, las nuevas regulaciones para la enseñanza privaban de muchos textos que ella consideraba realmente buenos para tener en cuenta durante la vida profesional y, sin embargo, estaban ahí acumulando polvo.

La ignorancia no traía la paz. La privación de conocimientos solamente hacía que estos se obtuvieran de manera oscura.

Dennis tenía catalogada esa sección como si fuese una biblioteca nueva, no una extensión de la otra, así que fue más sencillo conducirse a donde le interesaba: Enciclopedia de cristales, gemas y metales mágicos. Casi hasta el principio, los doscientos veintiocho gruesos volúmenes de encuadernado rojo con letras doradas se encontraban juntos, escrito a finales del siglo XX, resultaba ser el gran compendio de los conocimientos sobre las propiedades del reino mineral hasta entonces descubiertas. Lo último en investigación, considerado peligroso por la facilidad con la que podían ser conseguidas muchas de ellas y su uso para maldiciones, el propio Ministerio había dictaminado que esa enciclopedia solo podía ser consultada por profesionales altamente capacitados.

Afortunadamente, ella era considerada como tal en su departamento, y en la escuela misma. Sacó el cristal de su bolsa y lo examinó ¿Debería empezar por la A?

Encontró un candil y lo encendió, no tenía mucho tiempo para meditar el asunto, serían las dos de la tarde cuando mucho, afortunadamente domingo así que no debió disculparse con sus alumnos. Sujetó con fuerza el primer ejemplar que rebasaba por un buen tramo la amplitud de su mano y lo jaló hacia fuera.

Con toda su determinación empezó a leer, no se detuvo sino hasta que hubo llegado cerca de un cuarto del total de páginas, y lo hizo porque un ruido la sobresaltó. Víctima de un arranque de nervios, apagó el candil y contuvo la respiración.

"Hermione Weasley, ya no eres una estudiante, eres una profesora y tienes permiso oficial para estar aquí", se dijo severamente por su infantil impulso.

El ruido provenía de la sección contigua, la que era prohibida, pero con más facilidad de acceso. Distinguió la voz de Dennis, pese a ser el bibliotecario, conservaba en perfecto estado el volumen y tono, incluso se permitía alguna risa ocasional, si bien trataba de mantener el control para no convertir el lugar en un segundo gran comedor.

—La siguiente entrada, profesor, debe estar abierta. Si necesita algo más, puede llamarme, estoy a unos pasos —dijo antes de que la puerta se escuchara cerrar.

La bruja retrocedió conteniendo la respiración mientras la puerta se abría. ¿Quién tenía su mismo nivel de injerencia para conseguir el permiso para estar ahí? Cobijada por las penumbras, escuchó los pasos y un pequeño golpe de madera, no habían arrastrado la silla, la habían levantado y hecho retroceder como indicaban las reglas de buena costumbre. Muy suavemente, el pasar de las hojas, como si se buscara algo con calma y lentitud en un libro específico.

Otro ruido llamó su atención, la esfera de cristal había rodado de la mesa donde estaba ella, cayendo con cierta gracia sobre las baldosas de piedra y rodaba tranquilamente hacia el otro lado de la habitación. Por unos instantes dudó, pero mirándola rodar muy decididamente, le siguió.

Tal como sospechaba, le condujo ante la presencia del mago que menos puntos tenía en su escala de simpatía a últimas fechas. Igual a la última vez, él apenas se agachó por el cristal interceptando su salto al atraparla al vuelo.

—No escuchaste ni una palabra de lo que te dije ¿Verdad? —preguntó con cierto aire ofendido mientras se ponía de pie.

—¡No dijiste nada útil! —reclamó ella poniendo los brazos en jarras.

—¡¿Nada?! ¡¿Nada?! ¡Si no fueras tan torpe ya lo habrías descifrado! —estalló como si no le importase que estuvieran en una biblioteca, también había levantado los brazos haciendo ademanes exagerados, pero que le salían demasiado naturales.

—¡¿Torpe yo?! ¡Este estúpido cristal no tiene nada de mágico! —chilló furiosa.

Los ojos bicolor del mago chispearon con cierta rabia que detuvo los gritos de Hermione que solamente atinó a levantar más el rostro para no mostrar sumisión a la evidente amenaza. Jareth sostenía el cristal en la mano, lo frotaba con insistencia, como si considerara la opción de arrojárselo en la cara, justo a la nariz.

—¿Es tan difícil decir las cosas claras? —preguntó la bruja haciendo un nudo a su ira para no montar una escena en la que Dennis debiera de intervenir.

— ¡Claridad! ¡Orden! ¡Reglas! ¡Todo aquí es igual! ¡Por eso su magia está muriendo! —continuó gritando, poniendo en evidencia que no le importaba llamar la atención del bibliotecario. Pronto comenzó a pasearse como león enjaulado sin dejar de mirarla con el semblante serio, iracundo.

—¡¿Qué quieres de mí?! ¡¿Por qué diablos te importa lo hago o dejo de hacer?!

—¡Quiero la verdad!

—¡¿Cuál verdad?! ¡¿La del Ministerio?! ¡¿La mía? ¡¿La que quieres oír?!

—¡La verdad! ¡Solo la verdad! —insistió con desesperación ¿Cómo podía ser tan irritante? ¡Claro que solo había una! ¿Por qué no lo veía tan sencillo como era?

No dijeron nada por unos momentos, Jareth detuvo sus movimientos justo frente a ella y permaneció muy quieto, con las cejas juntas y los labios apretados, los ojos clavados en la bruja que podía sentir el peso de su temperamento como una inmensa roca que la aplastaba poco a poco.

Eran realmente contados con una mano los magos o brujas que lograban un impacto así en Hermione, siempre había sabido sobreponerse a las presencias dominantes porque ella misma lo era también, magos tenebrosos la conocieron y temieron de alguna manera, sus jefes la llegaron a considerar como un igual, aunque fuese subordinada, pero ahí, frente a ese mago en particular sentía la imperiosa necesidad de inclinar la cabeza, pedir una disculpa por el alboroto y marcharse.

La pregunta que la inquietaba era ¿Por qué?

¿Por qué se sentía como una estudiante testaruda e impertinente? ¿Por qué tenía la sensación de que era inexperta y torpe en su presencia?

Al mismo tiempo quería saber de dónde se conocían, qué eran realmente los goblins, si era verdad lo que Ron le contó sobre su audiencia disciplinaria, lo de la guerra ¡Tantas cosas! ¡Y él se iba por las ramas con sus acertijos indescifrables!

Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de rabia

Levantó el rostro para no llorar, eso siempre funcionaba porque el cerebro no podía conectar adecuadamente con las emociones que generan el llanto, lo había leído en una revista en casa de sus padres. Casi enseguida se calmó, y tras unos instantes volvió a bajar el rostro para mirarlo. Él seguía exactamente en el mismo lugar, con los brazos cruzados y recargado en una de las mesas de lectura.

—Estoy siendo todo lo paciente que puedo ser, pero no tolero que alguien se inmiscuya en mis asuntos —susurró como si le estuviese amenazando de muerte, le devolvió la esfera de cristal, enseguida giró sobre sus talones haciendo ondear la capa negra que usaba y salió de la sala cerrando con fuerza la puerta detrás de él.

La bruja tragó saliva y respiró profundamente, como si se hubiera liberado de una gran presión, casi sin quererlo, alcanzó a ver el libro que había empezado a consultar Jareth y no pudo sino temblar:

Directorio de Sangre Pura.


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