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Capítulo XIII
El encanto del súbdito
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Gran comedor
—¿Qué haces?
La pregunta tomó desprevenida a Rose que se apresuró a intentar cubrir lo que estaba haciendo sobre la mesa.
—De-deberes —tartamudeó. Pero su hermano ya había visto algunas flores de papel que no quedaban para deberes de ninguna materia, así que Hugo solo se inclinó hacia el frente para corroborar sus sospechas.
—Eso es una carta.
—¡No te importa!
—Es para el profesor Jareth, se reportó enfermo y sus clases las cubrirá la profesora Weasley —dijo Lily, que, aunque era su tía, procuraba siempre llamarla de esa manera formal.
—¿Enfermo? —preguntó el niño contrariado, apenas hacía un momento se había encontrado con él en el pasillo, le había pedido que le buscara en la torre en su primer descanso, y para nada se veía enfermo.
—Rose está muy enamorada de él —susurró Lily en tono acusatorio, demostrando su clara molestia, ya que no era su profesor favorito desde el primer día del curso que la evidenció frente al resto de la clase.
—¡No es cierto! —se defendió Rose completamente sonrojada.
—¡Solo te faltó ponerle corazones!
Hugo movió la cabeza de un lado a otro, dejando a las niñas discutir mientras se marchaba a la mesa de su casa. Scorpius ya estaba ahí, comía con lentitud y más parecía pensar en algo que preocuparse por acabar el desayuno.
—¿A qué hora estás libre? —preguntó el joven mago al niño que acababa de llegar.
—A las doce, si es que mamá no se excede del tiempo de clases, parece que ella nos dará Pociones.
—Nos veremos más tarde entonces. Yo no entraré a clases.
—¿Tú sabes por qué se reportó enfermo el profesor?
Albus se encogió de hombros, pero Scorpius giró la vista un instante.
—Sí.
Claramente no iba a decirlo, solo terminó su jugo, se limpió la boca y se despidió para marcharse.
Hugo lo miró alejarse y le pareció que era demasiado extraño, tenía la sospecha de que se perdía de algo, pero no quiso darle mayor mérito, no había motivos para eso, era consciente de que era un profeta, pero había leído de algunos que solo hicieron una sola profecía en toda su vida, nada le garantizaba que él no fuera como esos casos.
Se dedicó a comer del plato con avena mientras trataba de tener una charla con el ausente Albus, que solo respondía con monosílabos.
Fuera del gran comedor, Scorpius había empezado a correr desabotonándose la capa. No llevaba puesto el uniforme, no quería explicar a su madre el motivo por el que pudiese quedar rasgado o manchado. Llegó hasta la torre de Adivinación, el grupo que tenía clase se acercaba, podía escuchar el barullo de los muchachos, pero él se adelantó para entrar al pasillo que lo llevaría al despacho de Jareth.
La larguísima escalera recta finalmente llegaba ante una puerta de madera que tenía una fea cara por aldaba, llamó dos veces y la puerta se abrió. Jareth estaba dentro, ordenando libros y un montón de cosas del escritorio.
—Hugo y Albus llegarán a las doce, Majestad —dijo quitándose la capa.
—Muy bien, entonces habrá que tomar ventaja de la mañana. Ven aquí.
Lo llevó hasta una fuente circular en la que había lo que parecían ser enanos sosteniendo una piedra esférica por encima de sus cabezas de la que salía un chorro de agua que bañaba completamente a las figuras.
—Esto es magia avanzada y gasta mucha energía, pero el Aqua Volatem es la forma básica de todo lo que quiero que aprendas ¿Entendido?
Asintió, ya había consultado en la biblioteca, ese y todos los hechizos y encantamientos de agua desde el descubrimiento de su naturaleza, aunque aún no era del todo capaz de ejecutarlos con facilidad. Los logros con un vaso de agua no se podían considerar la gran cosa frente a aquella enorme fuente.
Jareth subió al borde y señaló con la fusta hacia ella. El agua tembló y empezó a elevarse como una gran bola.
—No la vamos a arrojar a nada todavía, por hoy me conformo con que la puedas sostener.
Scorpius lo imitó, pero en su caso el agua tardó mucho en reaccionar, y era considerablemente menor el volumen, además de inestable y no precisamente tan redonda.
—No lo fuerces, Scorpius, solo déjala ser, no trates de obligar a tu magia a entrar en el agua, que sea el agua la que busque tu magia.
El joven aprendiz sintió que su brazo temblaba y soltó el agua, no obstante, no esperó que le ordenara hacerlo de nuevo, él mismo volvió a dirigir su varita hacia el agua con el mismo resultado.
Jadeó cuando perdió el control de nuevo, su brazo temblaba demasiado pese a que fueron dos intentos demasiado pobres, sentía el calambre recorrerle desde el hombro hasta el dedo meñique.
—Tengo que dejarte un momento para arreglar unas cosas, si el dolor se vuelve demasiado fuerte o sientes que vas a desmayarte, comete uno de estos —le dijo dándole una bolsa de lo que parecían ser dátiles secos —. Te recomiendo descansar un poco después de tres intentos. Volveré antes de que lleguen los otros.
El chico asintió mientras el mago caminaba hacia la salida dando largos pasos.
Hizo el tercer intento sin variar en el resultado, salvo por su brazo que tuvo un movimiento involuntario que lo obligó a soltar la varita, dejándola caer al agua, pero no pudo recogerla sus piernas le fallaron y él se fue de espaldas al piso.
Decidió quedarse tirado un momento, al menos mientras se le pasaba la sensación de cansancio y dolor.
El despacho era mucho más grande que el de otros profesores y el desorden era realmente espantoso, su madre tendría un ataque o algo así si viera la forma en la que libros y plantas convivían, peceras de cristal y trastos de metal junto ramilletes de hierbas secas. En los muros, había viejos pedazos de papel clavados con cuchillos y alcanzó a ver en una parte, una colección de pergaminos.
¿Serían las tareas?
Consiguió incorporarse no sin algo de trabajo para llegar hasta el montículo de pergaminos confirmando que eran sus ensayos, abrió uno, era de Rose, con su perfecta letra y gran extensión, había señaladas en tinta azul algunas palabras y notas al margen que hacían correcciones, y en algunos casos preguntas sobre temas que no se ahondaban.
Le pareció extraño, habría creído que no las revisaba porque en lo que iba del curso no les había regresado ninguna, de hecho, estaba convencido de que los rollos de tarea que pedían los profesores eran para avivar la chimenea de sus dormitorios.
El desorden era peculiar, nunca se habría imaginado que preocupándose tanto de su arreglo personal, dejara de lado el arreglo de su espacio, sin embargo, había algo más extraño todavía, estaba absolutamente seguro que todo estaba lleno de un tipo de polvo, lo podía sentir en la punta de sus dedos, pero era… brillante; como pequeños destellos que reflejaban la luz que se arrojaba, sobre los muros especialmente.
Muchos de los libros no los conocía, tomó uno, y al abrirlo se encontró con que estaba en otro idioma.
Encontró un cuadro oculto tras una cortina, era Jareth en el sillón que usaba en la torre, pero lo más inquietante era el bebé que tenía en su regazo, un pequeño bebé rubio con un traje a rayas rojo y blanco. Dejó la cortina en su lugar y regresó a la fuente para intentar de nuevo el encantamiento.
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Mazmorras
Eldred Goyle, el compañero de banco de Hugo había hecho un movimiento oscilatorio con la cabeza al estar a punto de caer dormido y eso le hizo gracia, solo su madre tenía un poder somnífero tan poderoso sin que esa fuera su intención. La bruja había decidido que en esa oportunidad que tenía de tomar control sobre las clases de Jareth, "rescataría todo lo básico que deberían saber", y ello implicaba las diferencias entre los distintos tipos de calderos, la influencia del color de las flamas sobre las cuales se ponían a hervir las infusiones y por supuesto, la variación de resultados sobre si se mezclaba a la derecha o a la izquierda.
En la mazmorra había un reloj, y aquel artilugio era lo único que evitaba que él también cayera dormido, si ponía atención a las manecillas, en la forma en la que el minutero temblaba al pasar la segundera junto a ella, constituía un fenómeno más fascinante que la lectura incesante de su madre.
Al verla de pie, ahí frente a todos, tratando de enseñarles sobre pociones le parecía extraño, quizás si explicara como hacía en casa con Rose para ayudarle con sus deberes de vacaciones, sería más sencillo para todos, era tan distinta a Jareth que no le extrañaba que por eso mismo discutieran tanto.
Al hacer esa comparación, recordó al profesor por la mañana, de acuerdo a Scorpius, la enfermedad no era el motivo real de su inasistencia y la urgencia para verlo en un horario en el que regularmente no tomaba las clases especiales, le seguían siendo una incógnita, pero para verle faltaba al menos media hora, si conseguían hacer que su madre se callara.
Eldred Goyle volvió a mover la cabeza, pero esta vez chocó con su hombro en donde se quedó recargado un instante antes de que le despertara para que no llamara la atención con su ronquido.
—Por piedad, que el profesor Jareth se recupere pronto —gimió adormilado.
Hugo apenas consiguió no reírse en voz alta, pero regresó a su propia estrategia de supervivencia en clase, mirando fijamente el reloj. Las tres manecillas estaban a solo unos segundos de alinearse, y en ese momento se percató de que absolutamente todos estaban mirando lo mismo que él, casi escuchaba sus pensamientos llevando la cuenta regresiva.
—Y bien, es todo por hoy, necesito que lean los primeros capítulos del libro que les comenté, lo encontrarán en la biblioteca, harán un resumen de no menos de 1500 palabras, más su comentario.
Toda el aula se vio envuelta en un movimiento desesperado por llegar a donde el aire fresco pudiera regresarlos a un estado más lúcido, y el pequeño aprovechó el tumulto para escapar, fingiendo que no había escuchado a su madre llamándolo.
El frío de octubre chocaba contra sus mejillas enrojecidas, pero se sentía entusiasmado, hacía mucho tiempo que el pavor a sus clases especiales se había esfumado, eran infinitamente más divertidas, aunque mucho muy cansadas. Generalmente, llegaba arrastrándose hasta los dormitorios, a veces se quedaba con la ropa puesta hasta la mañana siguiente cuando Albus lo despertaba a tiempo para darse un baño y bajar a desayunar.
Y como tenía claros avances para el resto de las clases, al menos en participaciones, se preguntaba si de verdad los colegios de magia eran tan importantes. Podía notarlo, no era la mismo tomar clases con otros veinte que solo con Albus y Scorpius.
En la torre, la clase de adivinación ya había terminado, así que subió a toda prisa antes de que llegara el siguiente grupo, pero al llegar al descansillo casi chocó con la profesora Trelawney. La muy anciana profesora hizo una exclamación chillona ya que iba a caerse, pero el pequeño se apresuró a detenerla.
—¡Hay, querido niño! —dijo recobrando el precario equilibrio —¿Qué te trae por aquí?
—Vine a ver al profesor Jareth.
—Ah, claro, pasa, querido, pasa.
Hugo pasó a su lado temiendo que, si la tocaba, por lo delgada que era, la haría perder el equilibrio de nuevo.
—Querido. ¿No eres tú el hijo de la señorita Granger?
—Sí.
Tardó en responder porque aún no se acostumbraba que muchos de sus maestros se refirieran a su mamá con su nombre de soltera. La profesora entonces acercó sus huesudas manos a su cara sosteniéndolo entre ellas un instante.
—Hay mi niño, perdona que te lo diga, pero al igual que tu madre, tú también tienes muy poca receptividad a las resonancias del futuro.
Hugo quiso alejarse, pero los huesos de la mujer lo tenían bien sujeto. Era extraño que dijera eso cuando el resto del mundo parecía estar convencido de que era un profeta nato. Pero también había escuchado que la profesora solo era buena en la teoría de la adivinación, pero que en la práctica no era especialmente talentosa, al menos no más que sus propios alumnos.
—Si, supongo que se hereda —dijo para no meterse en problemas, aun así, ella no lo soltaba.
—No deberías meterte en problemas, especialmente la noche de brujas.
Sin más lo soltó con una expresión distraída mirando a su alrededor.
—¿Para qué había bajado? —se preguntó a ella misma. Hugo retrocedió despacio hasta alcanzar la falsa pared que lo llevaría al despacho, según Jareth solo debía de ir a la izquierda en lugar de la derecha.
La enorme puerta de madera estaba frente a él, pero tenía un problema, ni aun levantándose en las puntas de sus pies alcanzaba la aldaba. Golpeó la madera con las manos, pero no había logrado más que un leve sonido. Sacó la varita y se decidió a usar un encantamiento levitatorio, pero detrás de él llegó Albus que tenía la estatura adecuada.
—Tú mamá te está buscando.
Hugo torció la boca, se sentía un poco culpable, pero no le podía decir que estaba con la persona que más le molestaba de toda la escuela.
—¿Le dijiste en dónde estaba?
El chico negó con la cabeza y tocó la aldaba un par de veces. La puerta se abrió enseguida, recibiéndolos con una ventisca de sofocante aire caliente.
—Será mejor que se den prisa, no hay mucho tiempo —dijo Jareth desde el interior, los dos entraron, aunque la temperatura aumentaba a medida que se acercaban más.
El mago se había quitado la chaqueta y llevaba desabotonada casi completamente la camisa blanca, que entre la humedad y el sudor se pegaba a su cuerpo, tanto como su cabello que solo insistía en quitárselo de la frente.
Scorpius estaba ahí, en el suelo, también empapado y respirando con dificultad, parecía quejarse de dolor y su brazo derecho tenía pequeñas contracciones en los dedos.
—¿Qué sucede? — preguntó Hugo —¿Para qué deseaba vernos, profesor?
Jareth tomó aire, con un ademán exagerado, acomodó su cabello y puso los brazos en jarras.
—Necesito decirles un par de cosas, y saber si están dispuestos a servirme.
Albus arqueó una ceja sin comprender enteramente a qué se refería y el motivo por el que usaba una palabra como "servir" y no "ayudar".
—Esto, aunque no lo crean, empieza como un cuento, porque érase una vez, en un reino lejano, un rey que tenía una responsabilidad muy importante…
Comentarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
