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Capítulo XIV
Maravillas ambulantes
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Torre Norte
Hermione sentía que su respiración era pesada, como bufidos, pero si en esos momentos incluso resultaba capaz de exhalar una bocanada de fuego no le habría sorprendido en absoluto, y francamente deseaba poder hacerlo.
Con pasos firmes iba por el corredor que llevaba a la torre norte. Los alumnos se apartaban, sintiendo la furia que dominaba a la profesora de Encantamientos, no deseaban arriesgarse a descubrir el motivo y se limitaban a que nada, ni nadie, se atravesara.
Las escaleras circulares no hicieron sino irritarla aún más, siempre odió las clases que se daban al final de ellas y recorrerlas le traía esos recuerdos, de cuando su día tenía unas ocho horas más que los demás, y Harry y Ron tenían el descaro de quejarse de sus propios horarios.
Llegó al descansillo, pero no había más puerta que la del aula de Adivinación, y supuso que ahí no podría estar alojado también el despacho de Jareth. Giró la cabeza furiosamente de un lado a otro buscando una segunda puerta que no estaba en ningún lado, pero tenía que estar ahí, de lo contrario, Hugo se lo habría dicho.
Pero el pensamiento sobre su hijo solo logró enfurecerla más, estaría castigado por el resto del año, no haría los deberes en ningún otro sitio que no fuera su despacho con ella, y solo saldría para sus clases regulares, cenar y dormir ¡Y al demonio con las clases extras con ese mago creído!
Estaba tan furiosa que, si debía de derribar los muros con un hechizo explosivo lo haría, porque sus pensamientos no estaban obedeciendo al sentido de las buenas costumbres. Sin embargo, en ese justo momento una cabeza pelirroja apareció por entre los bloques de piedra, como si hubiese ahí un espacio que ella no había podido ver antes.
Entonces, Hugo Weasley, movido por un poderoso deseo de auto preservación, regresó a la seguridad del pasillo oculto.
—¡Hugo Weasley!
El bramido, más poderoso que cualquier vociferador de la mejor calidad, estremeció el cuerpo del niño que emprendió la huida de regreso al despacho de Jareth.
Hermione, habiendo descubierto el truco de la pared, le siguió con la misma furia de un dragón guardián que ha descubierto un intruso, y el niño solo emitió un chillido agudo mientras trataba de alcanzar la aldaba. De pronto, la puerta se abrió y Albus, que iba de salida, fue envestido por la pequeña presa de la bruja más iracunda que habían visto en toda su vida. Hugo se apresuró a cerrar la puerta.
—¡Mamá! ¡Por favor! ¡Te lo puedo explicar! —chilló con todas sus fuerzas para que, entre la gruesa madera y la rabia, ella pudiera escucharlo, pero no fue así y ambos debieron apartarse apenas el estallido del picaporte evidenció que iba a entrar sin importarle que el otro profesor estuviera ahí.
—¡Ven conmigo ahora mismo! ¡Y tú también Albus Severus!
El chico Potter se estremeció tanto o más que su primo, que blanco como el papel, tan solo tartamudeaba mientras ella se abría paso.
—Tía Hermione, de verdad hay una razón —mustió Albus, pero ella no le hizo caso, solo giró el rostro para encontrarse con un muy tranquilo Scorpius que la miraba como quien haría con un enfermo mental por el que siente lástima. Y ella volvió a estallar.
—¡Ciento cincuenta puntos menos para la casa de Slytherin! ¡Por cada uno!
El joven Malfoy solo respiró profundamente, como inhalando dignidad y se mantuvo sereno.
—¿Qué es todo este escándalo?
Jareth salió por una de las seis puertas que había en todo el despacho, llevaba una toalla de mano con la que secaba su cabello. Recién bañado y cambiado, sentía que se había recuperado de la sesión intensiva de entrenamiento a la que había sometido a los chicos durante el día, pero lejos del buen humor que usualmente tenía después de un baño, la presencia de la bruja con la clara destrucción de la puerta de su despacho, le obligó a fruncir el ceño.
—¡Y tú! ¡Tú nunca volverás a dar clases en Hogwarts ni en ningún colegio de magia! ¡Será mejor que vayas empacando!
—Si eso fuera tan fácil —empezó a decir el mago con resignación.
—¡No te sientas tan protegido por el Ministerio!
Jareth giró sobre sus talones, continuando la labor de quitarle el exceso de agua a su melena dorada hasta llegar a un espejo de cuerpo completo. Al lado había una caja de la que sacó un peine y tranquilamente empezó a arreglarse. Hugo, al ver la expresión de su madre que estaba siendo ignorada, sintió ganas de reírse, pero apretó los labios con fuerza porque a ella no le estaba haciendo gracia.
—¡Ustedes tres van a ir a la oficina del director!
Ya que no sabía cómo lidiar con aquel hombre, había cambiado la estrategia, enfocándose en los chicos.
—Hermione, Filius fue muy claro la última vez, primero hay que ir con el jefe de casa —dijo Jareth sin mirarla, aun atendiendo su peinado que no terminaba de tomar forma debido a la humedad, problema que con algo de magia podía arreglar.
Los tres muchachos le miraron implorantes, pero ya que él no prestaba la menor atención, optaron por entregarse pacíficamente, caminando por el corredor, seguidos de la bruja que estaba a casi nada de usar hechizos prohibidos.
Hermione no les dirigió ni una sola palabra en su camino al despacho de Bathsheda Babbling, odiaba reconocerlo, pero él estaba en lo correcto, a su favor lo único que tenía era que, cuando menos, la profesora de Runas Antiguas era una persona sensata que entendería razones.
En ese momento, Jareth había conseguido terminar de secar su cabello acomodándolo como usualmente lo usaba.
—¡La bruja está rabiosa! —dijo un goblin riendo estrepitosamente mientras pasaba por encima de la puerta destruida. Detrás de él, quienes parecían ser Albus y Scorpius, llevaban una capa negra con plumas azules de jobberknoll en el cuello y ribetes plateados. El mago se las quitó para ponérsela, luego hizo un movimiento con la mano y los dos muchachos se vieron convertidos en goblins que se reían tontamente.
—Nos descubrieron, ni hablar. ¿Me veo bien para visitar al honorable director? —preguntó con una ancha sonrisa a sus tres goblins que solo asintieron frenéticamente. Solo de imaginarse la expresión de la mujer cuando el director le dijera que era más probable que la despidieran a ella antes que a él, fue capaz de soportar su grosera irrupción y la destrucción de su puerta.
Aún frente al espejo, se aseguró de que todo estuviera en orden. Por un instante, dejó de ensayar la sonrisa y miró con fiereza su reflejo. Estaba demasiado cerca de ganarle al Ministerio como para que una bruja histérica le arruinara todo por lo que había trabajado en el último año, con mayor intensidad el tiempo que llevaba enseñando privadamente a los chicos.
—Aunque en algo tiene razón —dijo en voz alta, sus tres súbditos le miraron expectantes, él volvió a sonreír mirándolos desde arriba —. Será mejor que empaquen, esta será mi última noche en este castillo.
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Oficina del director
Si Hermione no estuviera tan enfadada, habría notado las sustanciales diferencias en la oficina desde que perteneciera a Albus Dumbledore, especialmente aquellas adecuaciones para la estatura y edad del actual director. En ese momento, lo único que le importaba era que todos los profesores habían acudido con prontitud ante el llamado.
Incluso la profesora Trelawney había bajado de su torre, a su lado, las profesoras Vector y Sinistra, Seamus, Neville y Ernie, con los brazos cruzados parecían hacer un muro detrás de los tres muchachos Slytherin como si estos pretendieran escapar. Hagrid también había subido, pero Hermione se había puesto a su lado, porque a él si lo creía capaz de ayudar a los tres a salir bien librados de la situación.
Los otros tres profesores, y que no hacía mucho se había enterado que egresaron antes de que ella fuese admitida, miraban con reprobación a los estudiantes, y solo por eso Hermione ya los consideraba bajo el techo de su gracia.
Frente a todos, el director Filius Flitwick y la subdirectora Pomona Sprout, detrás del imponente escritorio en el que estaban expuestas las tres varitas de los alumnos como evidencia, solo permanecían en silencio.
Y en medio de la multitud de magos y brujas adultos, los tres niños, sentados en banquillos como los acusados que eran, no podían aún decir nada en su defensa, aunque poco o nada de lo que dijeran sería justificación suficiente como para que el grupo decidiera perdonarles el no haber asistido a clases por casi un mes.
De acuerdo al protocolo requerido, Hermione los había llevado a la oficina de Bathsheda Babbling, jefa de la casa de Slytherin. Serían cerca de las ocho y, tratando de controlarse, consiguió exponer el caso a la profesora quien, escandalizada, solicitó una reunión urgente en la oficina del director a la que también debían asistir todos los profesores, al menos los que daban clase a los niños, pero resueltamente toda la plantilla docente se había reunido.
—De manera que los goblins habían estado reemplazándolos en sus clases regulares. ¿Cómo es que se dio cuenta, profesora Weasley? —preguntó el director con su chillona voz endurecida por la indignación.
—Naturalmente, que Hugo es mi hijo, señor director —llegando a ese punto solo pudo sonrojarse, era su hijo y no notó la diferencia sino hasta después de varias semanas.
—Le notaba algo extraño, pero dadas sus circunstancias… pensé que solo era estrés por un exceso de trabajo, pero mis sobrinos me lo confirmaron, que no era el mismo, que estaba actuando diferente, al igual que Albus, señor. A decir verdad, del señor Malfoy no me di cuenta hasta que lo vi en la oficina del profesor Jareth.
Claramente no iba a decir en voz alta que en realidad se dio cuenta porque notó algunas inconsistencias en el mapa del merodeador que le había confiscado a James después de chantajearlo porque hacia trampa en sus tareas.
Pero la explicación "oficial" había sido suficiente para el director, que solo asintió.
—Antes de que el profesor Jareth llegue, me gustaría saber qué tienen que decir, señor Weasley, señor Potter, señor Malfoy.
Albus y Hugo levantaron el rostro luego de permanecer mirando hacia abajo, pero Scorpius había conseguido mantener la cabeza en alto y la expresión controlada, a diferencia de los otros dos cuyos rostros eran del blanco más puro, incluso las pecas de Hugo se habían desvanecido. Intercambiaron miradas, y dado que el más pequeño sentía que se soltaría a llorar si abría la boca y Albus no encontraba la manera adecuada de hablar, fue Scorpius quien, con toda dignidad se dispuso a explicar, al menos la versión oficial que Jareth le había dicho que dijera en caso de "ser capturados".
—Bueno, sucede que después de la segunda guerra mágica y con todas las reformas, no solo educativas sino de todos los departamentos del Ministerio de Magia, es un hecho que la magia se ha limitado a… nimiedades. Albus y yo estuvimos comparando los temas de clase con los que recibieron nuestros padres. ¿Verdad?
Albus tartamudeó, pero como no pudo decir nada, asintió con la cabeza.
—Así que el profesor Jareth se ofreció a enseñarnos adecuadamente.
—¡Están aprendiendo magia prohibida! —interrumpió Hermione, pero la mirada que le dirigió Scorpius la hizo guardar silencio, por un instante, aquellos ojos grises que siempre estaban tristes, se mostraron más fríos que nunca.
—No estamos aprendiendo Artes Oscuras —dijo tajantemente.
Ante aquella declaración, Albus pareció recobrar valor.
—Nos hemos mantenido al corriente con los temas de clase, es solo que… que… la magia se volvió más fuerte de lo que podíamos controlar.
—Explíquese, señor Potter —insistió el director.
Albus se relamió los labios mientras extendía la mano, sintió que sus dedos temblaban, un cosquilleo caliente que los recorría y que ya era familiar. Puso rígido su brazo para controlarlo y se levantó de la silla, todo su cuerpo se estremeció al tiempo en que, entre sus dedos, una llama empezaba a bailar.
—¿Eso es magia elemental? —preguntó el director, ajustándose los lentes.
Pero no se detuvo ahí, la flama creció hasta cubrirlo, como hacía un fénix al momento de su muerte, solo que él no se consumió. Tras unos instantes el fuego regresó a su mano y se apagó.
—El profesor Jareth dice que la magia es natural, y es antinatural querer controlarla… que la varita es solo una herramienta de precisión, no el objeto indispensable para hacer magia.
Apenas Albus terminó de hablar, el ruido de la escalera se escuchó, entraban Jareth y la jefa de la casa de Slytherin.
—No esperaba que hubiera tanta gente —dijo Jareth sin dejar de sonreír. Pero en ese momento, todos parecían solidarizados con el enfado de Hermione y le miraron severamente.
—Supongo que sabe el motivo por el que está aquí. ¿No es así, profesor? —preguntó el director, no quería demostrar que estaba sorprendido por haber enseñado a un estudiante tan joven magia tan avanzada, porque de verdad estaba molesto por el hecho de que los muchachos hubieran estado ausentes de sus clases regulares.
—Sí, supongo que tiene que ver con las lecciones extra clase que les doy. ¿No es así?
Hermione logró mostrarse más enfadada, Jareth solo desvió la vista para encontrar un reloj de pared que indicaba casi las diez, se había armado todo un alboroto en apenas dos horas.
—Con todo respeto, lo único que lamento, es que los chicos se hayan perdido la cena de Noche de Brujas, me han comentado que es la mejor después de Navidad. Quería que bajaran un rato, pero Hermione los atrapó antes de que pudieran dejar la torre —respondió con toda tranquilidad.
—¿Todo lo que le importa es la cena? —preguntó Hermione, consiguiendo no gritar.
Jareth asintió, pero al agachar la cabeza su sonrisa se desvaneció dejando su expresión neutral, lo que permitía ver mejor los rasgos de su rostro, pulcramente arreglado.
—Después de todo, era la última que tendrían en el castillo.
Hugo suspiró mientras los otros dos mayores saltaban de sus lugares para alcanzar las varitas que les habían sido confiscadas.
Seamus reaccionó primero, pero tan solo en el momento que le tomó sacar su varita de la manga, Jareth ya había arrojado uno de sus cristales al suelo, este, al romperse, liberó una nube de humo violeta. Los niños corrieron hacia el profesor, y a su vez, los cuatro corrieron hasta entrar a la escalera.
—¡Hugo! —gritó Hermione.
—Ella va a matarme cuando me atrape —dijo Hugo aterrorizado, mientras la escalera empezaba a girar dejando a la bruja dentro de la habitación.
—Por eso es importante que no lo haga. Odio no poder aparecerme aquí, habría sido una salida más digna y más rápida —repuso Jareth mientras corrían, tenían que dejar los terrenos de Hogwarts cuanto antes.
Dentro de la oficina del director, el humo se había expandido a gran velocidad y aunque el hechizo de Hermione lo disipó, lo que supuso que era algo para confusión había surtido el efecto deseado en casi todos los profesores, que no hacían otra cosa más que dar tumbos. La bruja, no pudiendo controlar correctamente sus piernas, llegó como pudo hasta la puerta, pero los cuatro ya habían escapado.
Hagrid, que presentaba una fuerte resistencia a la mayoría de los hechizos dada su ascendencia de gigante, la ayudó a levantarse mientras llevaba al director en un brazo.
—Vamos Hermione, hay que darnos prisa. Vamos a la enfermería ¡Vamos! —dijo en cuanto la escalera volvió a permitir el acceso.
Ella trató de soltarse para correr detrás del mago que se había llevado a su hijo.
—Hermione, en este estado no puedes hacer nada —insistió Hagrid consiguiendo levantarla para echarla sobre su hombro.
Hagrid la venció pese a su edad, quizás él no podía caminar en línea recta, pero aún estaba lo suficientemente consiente de hacia dónde ir y tenía la fuerza necesaria para obligarla a ella.
—Pero ¡¿qué pasó?!
James se soltó del brazo de la chica con la que iba riendo tontamente por el corredor y se dirigió a toda prisa hacia ellos, Hermione, aunque mareada y aturdida, reconoció su voz.
— ¡James! ¡Llama a tu padre y a Ron! ¡Tienen que venir ahora mismo! ¡Ese maldito se llevó a Hugo y Albus!
Comentarios y aclaraciones:
En mi opinión ellos se fueron por voluntad, pero ¿quién puede llevarle la contraria a Hermione?
¡Gracias por leer!
