¡Hola a todos!

Nueva historia, esta vez de pocos capítulos. Realmente hacía mucho desde que esta historia se planificó, pero jamás empecé a escribirla, pero bueno, ya era hora.

Espero que os guste.

Dislaimer: MK no me pertenece para nada, sino habría más capítulos como el de la nieve.


Capítulo 1 – Desaparecidos

Todo apuntaba a que sería un gran día.

El sol había salido potente esa mañana, iluminando con su luz las nevadas pistas de esquí. Sin embargo, el frío no había dado tregua, pues soplaba un leve aire que parecía prevenir sobre una tormenta, pero nadie quiso pensar mucho en ello.

En el refugio de montaña, en aquella tienda de enseres deportivos y souvenirs, dos muchachas paseaban. No era la primera vez que estaban allí, pues, justo el año anterior habían acudido con la escuela, igual que en aquella ocasión. Una de ellas, de cabello más claro y ojos verdes cubiertos por gafas ojeaba los distintos objetos, sin mucho ánimo. Finalmente, tras revisar la tienda por tercera vez, suspiró derrotada.

— Me rindo — articuló, dirigiéndose hacia la zona que funcionaba de salón, sentándose en uno de los sillones, siendo imitada por su acompañante — Hay lo mismo que había el año pasado.

— ¿Qué querías encontrar? — preguntó su amiga, una morena de ojos azules.

— La verdad, quería algo relacionado con Alicia en el País de las Maravillas — explicó, apoyando su cara sobre sus palmas.

— Alicia en el Espejo fue tu tema en la competición de esquí el año pasado — recordó su compañera, recordando por un momento su propio disfraz, sonriendo inconscientemente — ¿Tiene algo que ver Keiko?

— Pues claro que sí Aoko — afirmó la de ojos verdes, mirando a aquella chica. Se mordió los labios — Quería, regalarle algo sobre eso. Ya sabes, él fue mi pareja en esto.

Aoko sonrió comprensiva. Keiko y ese chico tenían algo. No hacía falta ser muy experta para verlo. A fin de cuentas, dudaba que cualquiera de aquellos adolescentes fuera capaz de ponerse un vestido solo porque una chica se lo dijera, a menos que fuera algo más que una chica cualquiera.

— ¿Estáis juntos? — preguntó, colocando su mano sobre su rodilla, en señal de apoyo — Sabes que me lo puedes contar.

— Aoko, es que aún no hay nada que contar. Solo somos amigos — suspiró, tocándose el pelo de una de sus coletas — Obviamente, para mí es más que eso, pero él no lo sabe, o pretende no saberlo.

— Estoy segura que no se habrá dado cuenta. ¿Sabes? Se dice que el amor te hace algo ciego – expuso, consiguiendo una sonrisa en su compañera — Sé nota a leguas que le gustas. Si lo que planeas es declararte, tienes todos mis ánimos. Estoy segura de que pronto podré felicitaros.

Keiko sonrió y abrazó a su amiga. Aoko era dulce y comprensiva, aunque a veces también pudiera presumir de un mal carácter, aunque este solía ser provocado por cierto mago travieso.

— Gracias Aoko. Te prometo que serás la primera en saberlo — aseguró, tomando su mano y apretándola — Así mismo, espero que yo también sea la primera en saber cuándo Kuroba y tú estéis juntos.

Al oírlo, la morena no pudo evitar que el rojo ocupara su rostro, intentando taparlo con su cabello suelto — Solo somos amigos.

— Aoko, al igual que tú dices verlo, yo también puedo hacerlo — explicó, haciendo referencia a las palabras recientes — Se nota a leguas que os gustáis. Sé que si lo niegas no es porque no me tengas confianza, pero por favor, debes empezar a ser sincera.

Aoko bajó la mirada. Claro que no era por falta de confianza — No quiero que Kaito se entere. Si lo hace…

La frase quedó a medio responder, pero ambas entendían lo que seguía. La imagen de Kaito rechazándola apareció en su cabeza. Si eso ocurría, todo cambiaría para ella. Ese mago había estado con ella durante muchos años. Eran mejores amigos y temía que sus sentimientos pudieran cambiarlo todo.

— Te equivocas – dijo la castaña, interrumpiendo su flujo de pensamientos – Si él se enterara, no dudaría en lanzarse por ti. La forma en que te mira es diferente. Muchas veces parece un ligón, pero se ve que con la única con la que lo hace enserio es contigo — aseguró la muchacha — Aunque bueno, no tienes que preocuparte si no quieres. Tarde o temprano acabaréis juntos, eso es seguro.

Aoko sonrió levemente. No quería quitarle la ilusión a su amiga, pero ella no veía ese destino tan claro. Kaito tenía a muchas chicas interesadas en él, entre ellas la propia Akako, quién se lo confesó el año anterior, y, aunque ella sonrió, en el fondo envidiaba a la de ojos carmesí, pues, ella sabía que Kaito pegaría mucho más con alguien como ella. Ella como amiga solo podía desear la felicidad de él, aunque no fuera a su lado.

Sin embargo, al cerrar los ojos volvía a vivir aquel momento tan especial hacía un año, en aquel mismo lugar. Ella con su traje de inspector en la cima, sola, triste y con el corazón roto, gritándole al aire lo idiota que era su amigo, sin esperar respuesta ni solución. A pesar de ello, él estuvo allí, junto a ella, como siempre había sido. Vestía como Kaito Kid, el enemigo de su padre y, en una parte también de ella, y sin embargo, no pudo evitar sonrojarse como una boba. Era Kaito a fin de cuentas. Una sonrisa apareció cuando recordó como él cambió su ropa y tomándola en brazos esquiaron juntos, obteniendo la victoria.

Eran esos momentos los que le hacían creer que era posible tener una oportunidad. Kaito sabía crear esos momentos, y ella, como enamorada que estaba, en cada uno de ellos caía aún más por él, incluso cuando pensaba que eso no era posible.

Keiko se levantó, sacándola de sus recuerdos, y tendiéndole una mano, la ayudó a levantarse — ¿Algún consejo para sustituir a Alicia?

Aoko pestañeó confusa, hasta recordar la razón por la que no habían salido a la nieve — Creo que lo mejor que podrías hacer es dejar a Alicia de lado y ser solo tú. Quizás, Alicia no le traiga un buen recuerdo, le hiciste ponerse vestido y peluca — murmuró, viendo como el aludido entraba por la puerta.

— Y se fue volando — rio su compañera, recordando el momento. Miró hacia la puerta, tras su enamorado, estaba el amigo de su compañera – Mientras que, en vuestro show, los que volasteis fuisteis vosotros. No es de extrañar que ganarais.

Aoko sonrió, mirando disimuladamente a su mejor amigo. Su rostro estaba algo enrojecido por el frío, y sus labios algo morados. Seguramente había abusado de sus fuerzas mientras demostraba su habilidad esquiando. Lo vio mirar alrededor, seguramente buscando a alguien, hasta que sus miradas se unieron y él se encaminó a su lado. La buscaba a ella, y eso hizo a su corazón vibrar.

— Hey Aoko — saludó, colocándose frente a ella — Creí que ibas a practicar para mejorar tu esquí.

— He estado algo ocupada, pero no tardaré mucho en ir — aseguró sonriendo al mago por su preocupación.

— Te iba a ofrecer ayudarte, ya sabes, no te vendría mal tener a un experto enseñándote — se jactó, sonriendo orgulloso.

— Te lo agradecería, pero lo primero sería que te calentarás aquí dentro. Estás congelado — avisó, tocando su mejilla.

El mago se sonrojó ante ello, pero su rostro, ya rojo por el frío no dejó verlo. No era la primera vez que Aoko se acercaba tanto a él, pues, más de una vez acercó sus frentes para medir su temperatura. Ella no sabía lo que su cercanía provocaba, ni debía saberlo aún.

— ¿Te apetece un chocolate caliente? — inquirió la morena, retirando su mano, pues empezaba a ser demasiado consciente del mismo — Ayudará a que entres en calor.

— Nunca rechazaría uno — aseguró, sonriendo pícaramente, esa era su sonrisa típica.

— Keiko, luego nos vemos — se despidió la muchacha, pero antes de alejarse, musitó unas palabras de ánimo a su amiga.

Tras ello, mientras Kaito y ella se encaminaban a la cafetería, veía como Keiko se acercaba a aquel joven. Sonrió, sin duda, esa misma noche recibiría una feliz noticia.

— ¿A quién estás mirando para sonreír así? — cuestionó el mago, escondiendo la molestia que aquella idea le producía.

— Solo me alegro por una amiga — le informó, sonriéndole a él, rechazando la idea de que aquella pregunta pudiera ser fruto de un sentimiento más profundo.

— ¿Keiko? — preguntó él curioso.

— Pronto lo sabrás — aseguró, pues, el chico, amigo de él no tardaría en contárselo. Lo tomó del brazo para apresurarlo — Anda démonos prisa, sino se hará de noche.

Kaito asintió y apresuró su paso, disfrutando de la cercanía que la morena le ofrecía.

A lo lejos, en la escalera que llevaba a las habitaciones superiores, una mujer de ojos carmesí y cabello rojo observaba la escena. Miró a la pareja, si todo seguía su rumbo no tendría que preocuparse más por la molestia que la ojiazul significaba en su objetivo de poseer el corazón de aquel mago, sin embargo, algo en su interior esperaba que el destino no se cumpliera, pues en el fondo sabía que no se perdonaría no evitarlo. Las cosas habían cambiado.

— ¿Te sucede algo Koizumi? — inquirió tras ella una voz con marcado acento inglés — Pareces preocupada.

Al girarse vio al detective inglés, otro de sus compañeros de clase. Sus ojos castaños la observaban con interés, mientras que su cabello del mismo color y con reflejos rubios parecía algo fuera de lugar, algo inusitado en aquel joven. Le dedicó una sonrisa seductora — No es nada Hakuba, solo, observaba a la multitud.

El detective observó a los presentes en aquel lugar. Pronto su vista se fijó en la pareja que minutos antes había estado observando la pelirroja — A Kuroba para ser más precisos, ¿verdad?

Akako se quedó callada. No era mentira, pero confesárselo a aquel no le era grato. Ese último año habían sufrido un acercamiento debido a la Brigada de Kid, creado por la hija del inspector. Algo había cambiado en ella, pero se negaba a admitirlo.

— Puede ser — contestó, retirándose un mechón con coquetería.

— Puedes aspirar a algo más. Tienes a muchos hombres a tus pies. ¿Por qué ir a por el único que te ignora? — inquirió algo molesto.

— Los retos son interesantes — contestó, recreándose en aquel tono que él había utilizado — ¿Acaso te molesta?

— No me gusta ver cómo te trata — explicó, serenándose — Lamente haberte hablado de ese modo. Sé perfectamente que no tengo derecho alguno a decirte nada, pero, sinceramente creo que no te merece. Además, si sigues por ese camino, sufrirás.

— ¿Lo dices por Nakamori? — inquirió algo molesta. Sin duda, esa chica era molesta – Si es así, podría decirte lo mismo.

El castaño la miró unos segundos en silencio, para después suspirar — Yo sé que intentar algo con ella es una lucha imposible. Es una buena amiga, nada más.

— No es eso lo que pareces sentir — recriminó la bruja, sabiendo que se estaba pasando, pues, ella tampoco tenía derecho a criticar nada.

— Quizás es porque observas tanto a Kuroba que obvias lo que hay alrededor — expuso el detective, comenzando a caminar, pasando a su lado — Cuando mires mejor, quizás ves cosas que no habías notado — musitó, siendo oído a la perfección, para después añadir —Por cierto, el pelirrojo te queda mejor.

Tras ello bajó las escaleras, dejando de nuevo sola a la pelirroja, con las mejillas algo arreboladas por ese último comentario. Tomó uno de sus mechones rojos, observándolo con cariño. Ese era su color natural, no el azul que había usado hasta hacía un tiempo. Sonrió dulcemente, pero, al notarlo negó contrariada. Volvió a girarse, pero esta vez su vista se enfocó en aquel muchacho, que en esos momentos hablaba con algunos de sus compañeros. Sin duda era atractivo, no podía negarlo, pero tampoco iba a admitirlo en voz alta. Mientras su vista era únicamente dirigida a él, por la puerta salían la pareja de amigos de la infancia, arrebatándole a Akako la única oportunidad que tenía para evitar una desgracia.


Nada más salir al exterior, Aoko sintió un fuerte viendo congelarle la cara, obligándola a colocarse rápidamente las gafas protectoras.

— Hace algo de viento, pero tranquila, no es incompatible para esquiar — le dijo Kaito, imitando la acción de ella.

Aoko asintió y dirigida por él se encaminaron hacia los equipos de esquíes, tomando uno cada uno de ellos.

— ¿Estás lista? — inquirió el mago, tomando su mano. Aoko se sonrojó fuertemente, y lo miró con sorpresa. Él desvió su mirada avergonzado – Si te suelto, lo más seguro es que empieces a caerte. Ya sabemos que no te llevas bien con la nieve y sinceramente, no tengo ganas de tener que cargarte.

Ella sonrió agradecida por el gesto. Seguramente en otro momento se hubiera cabreado con él, pero su tono en ese momento no denotó burla ninguna. Agradecía los momentos que Kaito simplemente era atento con ella, pues no era muy habitual que lo mostrara.

Juntos subieron hasta la cima en el telesilla y empezaron. Pero, como era de esperar, lo que primaron fueron las caídas de la muchacha que al final arrastraba a Kaito al suelo con ella a tal punto de parecer premeditado.

— Sigo sin entender como consigues caerte cada pocos segundos — comentó el muchacho, sentado sobre la nieve tras otra caída. A su derecha la chica se frotaba el trasero, dolorida — Creo que podría considerarse un talento.

— Tú eres igual patinando sobre hielo — le recordó, intentando levantarse, pero volvió a fallar, cayendo sobre el muchacho.

— Aoko…Me aplastas — articuló el mago.

— Lo siento, no lo hago queriendo — se disculpó, pero esta vez en vez de levantarse, volvió a sentarse a su lado.

— No, si lo bueno sería que fuera queriendo — ironizó el mago, levantándose él y ayudando posteriormente a su compañera.

— Lo peor es que no me faltarían motivos — sonrió la ojiazul tomando su mano, consiguiendo mantener el equilibrio.

Él la miró de reojo. Sin duda, si supiera la verdad sí que tendría verdaderos motivos para hacerlo. Cerró los ojos cansado, esa mentira estaba durando demasiado, y sabía que aún quedaba mucho para el final. Pandora podría no existir y la organización cada vez era más cuidadosa y peligrosa en sus apariciones. Si todo seguía así, pronto podrían descubrir su nombre, y entonces, ella estaría en peligro.

— ¡Que exagerada eres! — exclamó desviando su mirada de ella, usando un tono que denotaba burla — Menos mal que sé que esto solo es fruto de tu torpeza extrema.

— Te vuelvo a recordar tu torpeza en el hielo, a tal punto de tener que arrastrarte cogiéndote de la mano, como si fueras un niño pequeño — replicó, toda la tregua que parecían haber creado estaba rompiéndose. Sabía que era torpe, no hacía falta que se lo repitiera tantas veces.

— ¡Serás desagradecida! Encima que te intento ayudar — contratacó él, reprendiéndose en su cabeza. No quería discutir con ella, menos por esa tontería, pero no podía callar, no ahora que había comenzado.

— ¿Ayudar? Por lo que parece lo que pretendes es recalcarme repetidas veces mi falta de talento en esto y lucirte por ello. Creí que enserio querías ayudarme y pasar un buen rato, pero claro, eso es imposible viniendo de ti — criticó, y nada más decirlo supo que se había pasado. Estaban discutiendo por una tontería después del día tan tranquilo que llevaban.

— Quizás si tendría que haber dejado que el año pasado mostrarás tu inutilidad en aquel estúpido concurso disfrazada de tu padre. Pero no, ahí estuve para ayudarte como un imbécil. Debí dejar que hicieras el ridículo ya que tú misma rechazaste mi compañía — articuló el mago con rabia. Ese último comentario le había dolido. ¿Qué demonios les pasaba?

Aoko tragó saliva para contener sus palabras. Él tenía razón, él no tenía por qué haber hecho eso, pero ahí estuvo, a su lado, y ese era un recuerdo que adoraba. Le dolían los ojos, quería llorar, pero no lo haría, no tenía derecho. No quería seguir hablando, porque, si seguían así dirían muchas más cosas de las que luego se arrepentirían, estaba segura de ello.

Se giró dándole la espalda y empezó a caminar sin decirle nada. No podía hacerlo. Kaito la miró, y cuando vio cómo se alejaba la llamó — Aoko…

Ella paró, pero no se dio la vuelta — Ahora no quiero hablar — susurró, manteniendo la voz lo más estable que pudo — Diría cosas de las que luego me arrepentiría.

Kaito la entendió, él sabía que estaban en la misma situación. Sus discusiones nunca solían llegar a tanto, pero extrañamente ese día no había podido obviarla como otras tantas veces — Aun así, no deberías ir sola.

— Necesito estar sola — aseguró ella y volvió a emprender el paso. No esquiaría, eso solo podría provocarle más heridas.

Tras ella Kaito suspiró, y cuando la vio lejos empezó a bajar esquiando, sin saber que en algunos minutos se arrepentiría de esa acción.

La ojiazul cuando perdió de vista su compañero se desvió. No quería bajar, no tan pronto. A la izquierda podía ver una gran cantidad de abetos cubiertos de nieve. Aún quedaba tiempo para que oscureciera, así que, volvió a caminar, pero esta vez, a través de ese bosque.

Necesitaba tranquilizarse para enfrentar a su amigo. Aún no comprendía como habían acabado discutiendo de aquel modo. Siguió caminando, hasta que a lo lejos distinguió un precipicio. Curiosa caminó hacia él, ignorando las señales de peligro, algunas destrozadas, despintadas o escondidas por la nieve. Quería observar la altura. Cuando llegó pudo ver que, aunque no era mucha, si era la suficiente para hacerse daño. Suspiró y pensó que debía dar la vuelta antes de preocupar a alguien. Pero no pudo hacerlo. Al dar un paso adelante con intención de girarse, comprobó tarde que no era suelo, sino nieve e irremediablemente cayó al vacío.

La caída se sintió eterna, y al tocar el suelo perdió el conocimiento. Minutos después comenzaba a nevar, cada vez con mayor fuerza. La tormenta estaba empezando.


Kaito se paseaba nervioso de un lado a otro. Nada más llegar se había acomodado en uno de los sofás de la entrada para esperar a su compañera con el deseo de que el paseo la hubiese tranquilizado. Sin embargo, los minutos pasaban y ella no aparecía. Acabó levantándose del asiento, caminando de un lado a otro incapaz de continuar sentado. Si estaba cabreada era normal que hubiera ido más lenta. Pero, cuando pasó media hora se hartó de esperar. Algo podía haberle pasado, y conociendo su torpeza en la nieve, era mejor prevenir.

Se encaminó hacia la salida, convencido de lo que tenía que hacer, pero una figura le cortó el paso. La joven, de cabellera roja y ojos carmín lo miraba seria y cerraba toda ruta de escape.

— Koizumi, no tengo tiempo — articuló, con intención de que lo dejara marchar. No estaba de humor para sus tonterías de brujas.

— Un precipicio — musitó, recibiendo la mirada extrañada del mago — Ten cuidado con el precipicio, si no, caerás igual que ella.

El ilusionista abrió los ojos como platos. Con algo de fuerza cogió a la bruja por los hombros, aunque ella parecía impasible — ¿Qué quieres decir?

— Irás diga lo que diga, así que solo te aviso. Ella ha caído por el precipicio que está tras el bosque de abetos. Si vas a buscarla, al final llegarás ahí y caerás. Te necesito vivo, así que no puedo permitirte morir — explicó, escapando del agarre del mago. Le había mentido, él no hubiese caído, pero no podía dejarla morir — Pero hay algo más. Pronto la tormenta será más fuerte. Si te vas, puede que no vuelvas.

— Si no voy, ella será la que no vuelva, ¿verdad? — inquirió, recibiendo el silencio de la bruja, dándole toda confirmación que necesitaba. Chasqueó la lengua y se dirigió a la puerta, pero Akako lo retuvo cogiéndolo por el brazo.

Cuando iba a quejarse, ella le tendió un hermoso rubí — Al frotarlo conseguirás que se convierta en fuego — recitó, para después soltarle y marcharse.

Kaito la miró confundido. Observó la piedra, era bastante pequeña, pero si lo que ella decía era cierto, sin duda la necesitaría. La apretó con fuerza y la ocultó de forma segura en uno de sus bolsillos, para después salir de allí para buscar a su amiga.

Media hora después de su ida, los encargados de aquel lugar advirtieron del peligro de la tormenta de esa noche, prohibiendo la salida. Sin embargo, al hacer recuento de los presentes faltaban dos personas. Rápidamente se contactó con los equipos de rescate, pero la peor sospecha se confirmó. En las próximas horas no podrían hacer nada.

Akako, que ya lo sabía parecía desinteresada, pero en el fondo el pecho le dolía, pues ella podría haber evitado aquello desde un principio, pero no lo hizo. Ahora había puesto a los dos en riesgo. Cerca de ella, el inglés la observaba de reojo.

La noche se acercaba y había dos personas desaparecidas.