De nuevo estoy por aquí. Al fin traigo la segunda parte de esta historia a la que cada vez le queda menos.
He tardado un poco más de lo esperado debido a mi intento de hacer esto lo más canon posible. Este capítulo tiene más parte narrada que dialogada, eso también ha hecho que tardara más en acabarlo y tener el resultado adecuado.
Espero que lo disfruteis.
Dislaimer: Los personajes de MK no me pertenecen, solo creo historias intentado mantenerme lo más fiel posible al canon que nos presenta su autor.
Capítulo 2 — Contrarreloj
Su cuerpo estaba frío, sentía como a cada segundo la nieve se acumulaba sobre ella. Parecía mentira que por un descuido hubiese acabado cayendo por un pequeño precipicio. La nieve no era su elemento, eso estaba más que claro. sin embargo, esa vez no habían sido los esquís los que habían producido su caída. Había sido su culpa por no tener cuidado y alejarse sola. Se lo tenía merecido por inconsciente.
Intentaba moverse, pero al intentar mover sus piernas notaba como la izquierda le dolía horrores. Su cuerpo estaba débil, pero con todas las fuerzas que tenía, consiguió sacar la cabeza de la nieve, ya que por suerte aún no era demasiada. Intentó abrir los ojos, pero el fuerte viento la obligaba a cerrarlos inmediatamente. Probó arrastrarse con ayuda de sus manos, al no poder disponer de ambas piernas, pero no podía hacer mucho. Sin ver era inútil. Debía esperar ayuda, aunque ni siquiera sabía si esta llegaría. Temblaba de arriba abajo y sentía que sus prendas estaban mojadas, pues la nieve había calado a pesar de sus protecciones.
Estaba en problemas. Su cuerpo parecía volver a ceder, pero antes de hacerlo completamente, la imagen del mago apareció en su mente, dándole la esperanza de que él daría la voz de alarma y que pronto alguien la encontraría.
Kaito no estaba muy lejos de ella. El viento era un enemigo feroz, pero el mago si llevaba todas las protecciones posibles para vencerlo. Sabía que no tenía tiempo para perder. Aoko estaba sola, quizás herida en mitad de la nieve. Akako se lo había dado a entender, si él no llegaba ella no viviría. El solo pensamiento le provocó un fuerte dolor en el pecho, que aumentaba al pensar en sus últimas palabras hacia ella, causa de todo aquel problema. Se maldecía una y otra vez por esa discusión, por cada palabra que en realidad ni siquiera sentía.
Adoraba a aquella chica como a nadie. La quería, y sin embargo siempre era causante de su sufrimiento. A pesar de que solo quería verla reír, él solía ser el causante de sus lágrimas, tanto como Kaito como Kid. La búsqueda de la joya se estaba alargando y sabía que no podía mentir para siempre, pero tenía tanto miedo de perderla que seguía escondiéndole la verdad. Temía perderla por Kid, y, sin embargo, en esos momentos estaba más cerca de que su verdadera identidad fuera la culpable.
Cuando al fin divisó aquel precipicio sintió su pecho saltar, estaba cerca, solo debería resistir un poco más. Se asomó, vio que no era demasiado alto, pero sí lo suficiente para hacerse daño. Intentó buscar la figura de su compañera, pero la niebla lo impedía. Chasqueó la lengua, debía bajar para encontrarla. De uno de sus compartimentos, sacó una cuerda, que había tomado a prisas para ese momento. Se acercó al árbol más cercano y se aseguró de dejar bien atada y apretada la cuerda, para después lanzarla al vacío.
Bajó, tomándose su tiempo, pues las prisas podrían costarle caras. El viento lo empujaba con fuerza contra la pared de hielo, pero no le importaba, solo necesitaba encontrarla pronto. No sabía cuánto tardó, pero cuando sintió la nieve bajo sus pies no dudó en comenzar su caminata hacia arriba. Aoko no debería haber caído muy lejos del borde, por ello, se quedó cerca de la pared, ayudándose de ella a la hora de avanzar. Anduvo y anduvo, asegurándose de recorrer con su mirada todo el terreno, hasta que, al fin, una irregularidad en la nieve le llamó la atención.
Corrió a ella quitándole la nieve superficial hasta hallar el cuerpo de su amiga. La alegría lo embargó, pero desapareció al notar su estado. Se acercó a ella y comprobó su respiración. Era demasiado débil.
La tomó entre sus brazos con delicadeza, y fue consciente de que debía buscar refugio rápido y hacerla entrar en calor, algo que le facilitaría esa joya que Akako le proporcionó. Miró a los alrededores, ¿qué podría encontrar? Necesitaba algo, cualquier cosa que los guareciera del frío. Siguió caminando hacia arriba. Con ella en ese estado no podría subir por la cuerda, volver atrás sería perder el tiempo, pues llevaba andado un buen trecho y no había visto nada que pudiera ayudarles. Prestó especial atención a la pared, cualquier hueco en ella podría ocultarlos lo suficiente. No iba mal encaminado, tras varios minutos encontró un agujero en la piedra. No era demasiado grande, pero si lo suficiente para los dos y que sobrara algo de espacio. No tenían opción, así que tras asegurarse de que era seguro, introdujo a su amiga y a él mismo. El techo era tan bajo que la única opción era estar o acuclillados o en horizontal, por suerte la anchura le dejaba algo de margen para los movimientos.
Una vez dentro, soltó a su compañera en el suelo, sacando en ese momento la piedra de Akako. En ese momento se dio cuenta de que no sabía cómo hacerla funcionar, pero para su suerte parecía estar programada para saberlo. Sin hacer nada, la joya empezó a flotar, colocándose en el techo, produciendo una luz roja, haciendo que cada vez aquel pequeño lugar se hiciera cálido, al punto de hacerle desear quitarse alguna prenda.
Sonrió al conseguirlo para por fin enfocar toda su atención en su compañera. Ahora debería poder ayudarla mejor. Solo mirarla le encogía el corazón, su estado era culpa suya. A pesar del calor cada vez mayor, la chica seguía temblando, aunque su respiración actual parecía algo más regular.
Con rapidez se quitó los guantes para tener mayor posibilidad de acción. Tocó su rostro, retirando su mano al instante. Estaba congelada, lo más seguro es que estuviera en un estado de hipotermia. A continuación, rozó su ropa, soltando una maldición al notar que estaban mojadas. No podía dejarle esas ropas puestas.
Ante de hacer nada intentó recordar la pequeña explicación sobre esos casos que les dieron antes de llegar allí. Maldijo el no haber prestado demasiada atención ese día, sin embargo, recordaba conceptos vagos: la necesidad de cuidar sus movimientos para no producir daño, retirar las ropas mojadas, controlar la respiración y dar calor mediante mantas. Suspiró preocupado, ella necesitaría atención profesional, pero estaba seguro de que nadie aparecería pronto. Decidido se quitó su chaqueta, colocándolo en el suelo, para a continuación hacer lo mismo con su sudadera, para así evitar que Aoko tuviera contacto con la nieve. Cuando lo preparó, miró a su compañera. No sería la primera vez que la vería desnuda, pero estaba seguro que a la muchacha no le haría demasiada gracia lo que iba a hacer, pero era una situación de urgencia.
Con sumo cuidado y lentitud, desabrochó su chaqueta, sacando sus brazos. Fue retirando cada prenda de la parte superior, hasta dejarla únicamente con un sujetador deportivo. Tragó saliva, pidiendo que este estuviera seco. Sin embargo, no era así. Decidió que antes de retirarlo quitaría primero las ropas de la parte baja. Con la misma cautela siguió su cometido, hasta tenerla solo con la ropa interior. Pensó entonces en qué haría. El lugar estaba bastante cálido, pero eso no bastará para hacerla entrar en calor. Tampoco disponía de mantas, solo podía ayudarse por sus propias prendas. La miró y la única idea posible pasó por su mente. El calor invadió sus mejillas ante la idea de lo iba a hacer, pero intentó alejar la vergüenza, a fin de cuentas, sería por un bien mayor.
Miró a la chica, aún cubierta por esas dos prendas minúsculas. La recostó entonces encima de las ropas secas y le retiró esas prendas, para después retirar las propias una a una. Cuando él mismo estuvo también desnudo, tomó el cuerpo de la muchacha, sintiendo el frio correr por su cuerpo ante el tacto. La abrazó con fuerzas y se tumbó con ella. Sin soltarla acariciaba con cuidado su espalda, brazos, piernas y cara, intentando darle calor poco a poco. Solo esperaba que reaccionara pronto.
Miraba por la ventana, viendo como la tormenta cada vez era mayor. Pensó en el mago, solo esperaba que hubiese encontrado a la ojiazul y se hubieran puesto a salvo. Su cabeza insistía en recordarle que aquello era, en parte, culpa suya. Ella, con sus ansias de sentirse triunfadora y sus distracciones había evitado prevenir a los jóvenes antes de que todo ocurriera.
El dolor se instaló en su garganta, sintiendo una sensación que pocas veces había sentido. Sus ojos le escocían, pero no podía, sino, perdería todo lo que era. De pronto, y para su suerte, una mano apareció frente a ella, tendiéndole una taza de humeante chocolate. Subió la mirada, encontrándose con esos orbes castaños que tantas dudas le provocaban.
— Ten, te vendrá bien — manifestó en joven, instándola a tomar la bebida.
— No tenías que haberte molestado, no era necesario — articuló la joven, accediendo a pesar de ello, tomando el recipiente ante su mirada atenta — Gracias, aun así.
El hombre sonrió, señalando entonces el sitio vacío a su lado — ¿Te importa si te hago compañía? — inquirió, recibiendo un leve asentimiento por su parte, sentándose en el acto — No debes preocuparte, él siempre sale de los peores apuros. Una tormenta no es rival para él.
La pelirroja asintió. Sabía que tenía razón, pero la culpa no se iría hasta verlos a salvo. Ya intentó matar al mago una vez, y desde entonces se había convertido de cierta manera en su protectora, evitando situaciones en las que pudiera ser descubierto o asesinado si estas conllevaban mucho riesgo — Lo sé, pero aun así, estoy preocupada. Están ahí fuera, solos. Si pudiera hacer algo — se insultó mentalmente por esa última frase. Había podido hacerlo y no lo hizo. Menuda hipócrita estaba hecha.
— Sé que es complicado no preocuparte por la persona a la que quieres — pronunció entonces el detective, tomando su mano, haciendo que ella lo mirara con sorpresa — Pero debes creer en que volverá. Nosotros estaremos aquí esperando por ellos.
Akako observó sus ojos y sus manos unidas de manera intermitente. Aquel contacto le otorgaba una sensación de calidez que nunca antes había sentido. Pudo acabar con él, pero no quería. Le gustaba la cercanía del detective, por mucho que se lo hubiese querido negar últimamente. No sabía si se volvería a repetir, así que lo aprovecharía mientras tanto — Sí, aquí estaremos esperando — aseguró, recostándose sobre su hombro, tras beber un poco del dulce.
Hakuba se sorprendió, pero no se movió. Ambos permanecerían ahí, a la espera de las noticias, disfrutando de la cercanía del contrario.
El tiempo pasaba y ella no reaccionaba. Cada segundo su preocupación crecía, así como las dudas sobre si habría hecho algo más. Se tranquilizaba cuando la escuchaba respirar, pero eso no era suficiente. Ella no daba ninguna otra muestra de vivir. Seguramente estaba algo agobiado y eso fuera lo que le provocaba toda esa sensación, pero no podía evitarlo. Era Aoko de quien se trataba.
— Por favor, despierta pronto — suplicó, colocando sus labios contra su frente, notando que está ya no estaba congelada como antes. Finalmente depositó un beso.
Se sentía tan inútil, tan impotente. Daba igual quien fuera, todo lo que consiguiera fuera de aquel sitio, las veces que escapó de la muerte…Eso ahora quedaba en el olvido. Era capaz de mucho, pero no podía salvar a una persona a la que quería. ¿De qué le servía entonces todo?
Sus pensamientos negativos iban creciendo hasta que un leve movimiento lo hizo parar. Miró a la mujer durmiente, notando como parecía empezar a reaccionar. La ilusión y la esperanza volvieron con fuerza. Siguió con su tarea, acariciando partes de su cuerpo con el fin de darle más calor.
No supo cuánto tiempo más pasó, pero al fin pudo ver como empezaba a abrir sus ojos, aunque pareciera que la tarea le costara horrores. Estaba débil, eso era fácil verlo.
— Aoko, estoy aquí, todo ha pasado ya — dijo el mago, dándole palabras de ánimo, intercalando también caricias en su rostro. Ella parecía oírlo, intentando enfocar su rostro.
Ella movió la boca, intentando pronunciar palabras, pero solo salió un sonido ahogado. La morena volvió a intentarlo, a cada vez su voz se sentía más nítida, pero podía notar que estaba bastante ronca — No intentes hablar, podrías hacerte más daño — expuso el mago preocupado, la joven le hizo caso.
Ya con sus ojos completamente abiertos y plena visión, Aoko observó el rostro del joven, que ahora mostraba un gran alivio. Querría preguntarle, pero era incapaz de hablar. A pesar de que estaba mucho mejor, seguía bastante débil. No era capaz de moverse o hablar, y el solo hecho de mantener los ojos abiertos le costaba.
— Espero que pronto pare la tormenta. Entonces podremos volver — comentó el ilusionista, al ver como sus ojos deseaban cerrarse, algo que era preferible que no pasara — Necesito que resistas despierta Aoko. Si te duermes…no sabemos qué puede pasar.
Aoko lo entendía. Lo había escuchado muchas veces. Sin embargo, el pesar era cada vez mayor.
— Cuando vi que no volvías, temí lo peor — explicó el mago, captando toda su atención. Vio el miedo en sus ojos, y supo que decía la verdad. Kaito no le mentiría en algo así — Supe que algo te había pasado y también que era mi culpa. No debí haber dicho lo que dije Aoko, no pienso nada de ello. Casi te pierdo por una tontería, solo espero que puedas perdonarme — expresó acariciando su mejilla.
La chica hubiera querido decirle que no era solo culpa suya, que también ella tuvo parte de culpa. Verlo así, tan abatido le dolía. Pocas veces podía ver a Kaito de esa manera. Normalmente era alguien que irradiaba alegría y optimismo. Podía contar con los dedos los momentos en que no era así. Y sin embargo ahí estaba, por ella. Le dolía, pero a la vez, sentía una gran felicidad al saber que ella era importante para él hasta tal punto. Él era igual para ella, solo pensar que algo le sucediera le provocaba un gran dolor.
— Si que es cierto que eres patosa a la hora de esquiar — comentó entonces, la mujer lo miró incrédula. ¿Acaso no le estaba pidiendo perdón? — No podemos negar lo obvio — añadió él con una mirada dulce — Al igual que yo soy negado para el patinaje sobre hielo, algo en lo que sin duda eres espectacular — señaló divertido, ella sintió alegría al ver que una parte de él volvía — A lo que iba, no debería haberlo dicho tanto sabiendo que te molestaba. Pero lo peor fue cuando dije lo del concurso — dijo, mirándola a los ojos, necesitaba que viera que no mentía en nada — El año pasado, cuando me dijiste que ya tenías pareja me enfadé, y mucho — reveló, la muchacha se sorprendió ante ese dato – No contigo Aoko, sino más bien conmigo mismo. Yo quería ser tu pareja, pero no te lo dije y no podía hacer nada si tú habías elegido a Fujie. Sin embargo, cuando lo vi y supe que él anhelaba estar con Koizumi vi mi oportunidad, y le insté a cambiar de puesto, algo que no fue muy difícil — confesó recordando aquel día. La tristeza y desconcierto al saber que Aoko no lo había elegido como compañero y el truco de Akako que descubrió — Cambié de lugar por mi egoísmo, porque deseaba esquiar contigo. No fue una muestra de caridad o algo así, y cuando te vi allí arriba, llamándome idiota, por muy raro que suene — comentó, con una sonrisa en sus labios al recordarlo – Me alegré muchísimo. Y te puedo asegurar, que repetiría ese momento una y mil veces — admitió con un pequeño rubor en las mejillas.
Decir que Aoko estaba sorprendida sería decir poco. Su corazón bailaba en su pecho ante aquellas palabras, que seguramente serían lo más parecido a una confesión que podría recibir de él. Esas frases despertaban tantas dudas. ¿Qué era ella entonces para él? Quería preguntarle por qué lo repetiría, el porqué de esa alegría extrema, pero en no podía, y en el fondo no sabía si tendría el valor de preguntárselo.
— ¿Quieres saber el por qué? — inquirió entonces el mago, pillándola desprevenida.
Su cercanía era mayor. Sus ojos mar la observaban fijamente, haciéndola ruborizar. Su rostro estaba tan cerca. Sin duda, si quería que le diera un ataque, estaba cerca de conseguirlo.
— ¿Sabes? Después de todo lo que ha pasado, de ver como casi te pierdo — expuso, doliéndole el solo pensar eso último — Sé que debo contarte muchas cosas, varios secretos que te he ocultado por miedo a dos cosas: que te pasara algo o que te alejaras de mí — enumeró, la chica a cada segundo estaba más perdida en todo aquello — Pero, con todo esto, he visto que casi consigo las dos cosas sin decirte la verdad, y no es justo. Por ello, cuando salgamos de aquí sabrás todo, y solo esperaré que puedas perdonarme por ello.
Aoko quiso gritarle que era imposible que no pudiera hacerlo. No sabía que era ese secreto, pero dudaba que fuera algo de lo que no pudiera perdonarlo. Su cabeza le recordó entonces al ladrón blanco, aunque intentó negarlo. Sin embargo, su mente le repetía una y otra vez aquella escena. A pesar de que aquel día creyó disipar sus dudas, la verdad es que aún en ese momento sospechaba de él, y más tras oír sus palabras. Si esa sospecha fuera cierta, ¿sería capaz de perdonarlo? No quería pensar en ello, aunque su corazón ya tenía una respuesta clara a esa pregunta.
Intentó dejar de pensar en eso, fuera lo fuera pronto lo sabría. No tenía que agobiarse aún. A la hora de cambiar sus pensamientos se fijó en la situación en la que estaban y por primera vez notó un detalle que hizo que la vergüenza se apoderada de ella. Parecía mentira que apenas se diera cuenta de la situación en la que se encontraban. Ambos estaban completamente desnudos, o al menos así parecía, y abrazados sin dejar espacio entre sus cuerpos. Aunque supuso que era para mantener el calor, no pudo evitar maldecir el hecho de que Kaito la hubiera visto completamente desnuda.
— No tenía opción, tu ropa estaba completamente mojada — dijo de pronto el mago, al parecer deduciendo el rumbo de sus pensamientos — Si te consuela, te diré que he mirado lo mínimo — añadió, aunque fuera una pequeña mentira piadosa.
El mago pensó en incluir en la frase alguna de sus bromas, pero reflexionó a tiempo. Por culpa de sus bromas sin tacto estaban allí, además, estaría volviendo a mentir si soltaba alguna de las frases que tenía en su cabeza y que podía definir como hirientes. Pudo ver como su compañera no parecía muy conforme con su respuesta, pero tampoco podía hacer nada más.
— Eso ahora no importa — soltó, intentando que dejara de pensar en ello — Lo importante es que estás bien Aoko. No pienses más en ello, solo era algo necesario — articuló, buscando tranquilizarla.
Aoko suspiró. Era difícil dejar de pensar en ello tan rápido. En el fondo también prefería preocuparse por eso y no por todas las verdades que él le diría tras ese día. No quería esperar, no podía, necesitaba saberlo. Subió su mirada, en busca de la de él, que no tardó en encontrar. Su mirada mostraba la preocupación, el cariño y algo similar al miedo. Los observó varios segundos, arrebatándole la decisión que tenía, a la vez que una convicción aparecía. Fuese o no cierto lo que pensaba, debía de tener una razón que lo justificara. Él no le mentiría sin razón, ya lo dijo, lo hizo por miedo a perderla.
La decisión fue tomada. Esperaría a estar seguros y escucharía todo lo que tuviera que decirle.
Las horas siguieron su curso. Kaito por momentos hablaba de algún tema banal, diferente al inicio de esa noche, con el objetivo de no permitirle caer dormida. Antes de que pudiera notarlo, la tormenta acababa y el sol salía con fuerza. Con eso, su estancia en aquel refugio acababa.
— La ropa ya debe estar seca — le informó el mago, levantándose de su lado, arrebatándole su calor.
La morena no pudo evitar fijarse en él. Contrario a sus sospechas, Kaito si llevaba algo puesto, aunque solo fuera la ropa interior. Ella era la única completamente desnuda, aún tapada por la ropa de él. Con el paso de las horas, había ido recuperando la movilidad, aunque su pierna izquierda era la excepción. Lo más seguro era que, en la caída, se la hubiera dañado. Se reincorporó como pudo, aún cubierta por aquella prenda, mientras veía como el mago iba vistiéndose, para después ir a por las prendas de ella.
— Me giraré, puedes vestirte tranquila — comentó, cumpliendo su palabra, alejándose de ella y dándole la espalda.
Se vistió tan rápido como pudo, agradeciendo el detalle del mago. Conociéndolo, no esperaba que cumpliera su palabra, pero la sorprendió gratamente, pues no hizo el más mínimo movimiento.
Cuando acabó, le avisó con palmas. Él se dirigió a ella, arrastrándose ambos fuera de aquel lugar tras tomar todas las pertenencias, cogiéndola una vez en el exterior a caballito tras notar la molestia en su articulación. Era hora de volver, aunque ambos sabían que pronto todo cambiaría.
