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Capítulo XVII

En la mansión Malfoy

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Las enormes puertas de la mansión Malfoy se abrieron y Lucius se adelantó para entrar primero.

A Hermione se le antojó como un gesto infantil, absurdo y fue perfectamente capaz de imaginarlo tocando los muebles y objetos decorativos diciendo: ¡Esto es mío! ¡Y esto también!

Draco sostenía a su esposa y entró después de ella, luego giró el rostro para mirarla.

—Llevaré a Astoria a la habitación —le dijo —. Mi padre te llevará a la biblioteca.

Lucius carraspeo, pero fue totalmente incapaz de oponerse.

Desde que habían recibido la notificación del secuestro de Scorpius, Draco, quien toda su vida se había mostrado condescendiente ante él, deseoso de conseguir su aprobación y lo enaltecía en cada ocasión, había finalmente convertido todos esos sentimientos en la más pura de las rabias: Todo es tu culpa!", le había dicho.

¿Y cómo podía negar aquello si fue él quien convenció a Scorpius de acercarse al mago?

Estaba convencido de que los sagrados veintiocho habían caído en desgracia, muchos buscaban incluir mestizos en sus líneas familiares para luchar contra el estigma de que, por ser de sangre pura, guardaban afinidad con el señor tenebroso, y aunque algunos sí la tenían, preferían guardárselo para sí mismos que pasar el resto de sus vidas en Azkaban.

Había creído que aquellas familias de sangre pura que se habían aislado desde hacía tantos siglos, serían la salvación de su linaje. Estrechar relaciones con magos de antigua y poderosa estirpe debía de convertirse en una fortaleza, en cambio, ahora ni siquiera estaba seguro de que su único nieto estuviese a salvo.

Inclinó la cabeza levemente, pero no se dirigió hacia la bruja, solo caminó en dirección a dónde se le había indicado como si fuese casualmente.

Hermione no esperaba una bienvenida más cálida que esa, y separándose de Draco y su esposa, fue detrás de Lucius.

Justo en el momento en que cada uno tomó su camino, fue que su cuerpo se estremeció, como si su mente hubiera notado finalmente el lugar en el que estaba, más allá de la espalda del mago: el piso de mármol, la hermosa chimenea, los muros, las columnas, las ventanas.

Ella ya había estado ahí.

Su cuerpo se estremeció violentamente mientras sentía la necesidad de sujetarse el brazo en donde estaba su cicatriz.

No era una cicatriz como la de Harry, ligada a la persona que se la había hecho como resultado de una maldición, pero lo cierto era que tampoco se trataba de una marca ordinaria, pues no la había podido quitar con ninguna poción, encantamiento o ungüento. A veces desaparecía por un buen tiempo, pero cuando menos lo esperaba, las pequeñas y apretujadas letras volvían a emerger en su piel con el mismo escozor que cuando se las habían hecho la primera vez. Fuera de ese momento, tampoco le dolía el resto del tiempo y a veces la olvidaba por completo, pero era imposible ignorarla estando de nuevo en aquella sala.

Lucius miró sobre su hombro. Se reservó todo comentario, aunque era perfectamente consciente de lo que pasaba por la cabeza de la bruja. Habían pasado muchos años desde que sucedió, pero seguramente ella estaría incluso escuchando la risa desquiciada de Bellatrix Lestrange.

A veces, él también creía escucharla, aunque ya había indagado lo suficiente como para saber con toda certeza que Bellatrix no se había convertido en un fantasma.

Abrió las puertas de la biblioteca solo levantando el bastón en el que ocultaba la varita y se apartó para dejarla pasar, no pensaba quedarse a solas con ella, suficiente era tenerla invitada en la casa como para que le obligaran a servir de anfitrión.

Hermione comprendió todo al instante y no dijo nada cuando las puertas se volvieron a cerrar a su espalda.

El lugar no era tan grande como la biblioteca de Hogwarts, pero era mucho más impresionante de lo que ella había visto jamás.

Lo libreros iban de piso a techo, elevándose más de ocho metros de altura. Grandes ventanales iluminaban claramente toda la estancia dando destellos verdes debido a las vidrieras que coronaban cada uno de ellos.

Podía ver el jardín, el bien recortado césped y los cuidados arbustos.

Además de libros, había vitrinas en las que descansaban todo tipo de peculiares objetos que, con solo tocar sus puertas de cristal, supo enseguida que se trataba de artilugios mágicos.

Cuando la puerta se abrió por segunda vez y Draco entró en la habitación, respiró profundamente, intentando controlar el creciente dolor que sentía en el estómago y enfocando su mente en lo que era verdaderamente importante: Hugo, Albus y Scorpius.

Se recogió el pelo rizado en una coleta, se remangó la blusa hasta los codos y puso las manos en las caderas.

—¿Hay algo como las crónicas de la noble y ancestral casa Malfoy?

Draco ignoró el tono sarcástico e hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera hacia el ala derecha, frente a otra chimenea de mármol sobre la que había una pintura de un librero. A Hermione le dio la impresión de que debería ser un retrato, solo que la persona estaba ausente de él. La inscripción en la placa dorada debajo corroboraba su teoría y lo marcaba como Brutus Malfoy. El nombre le sonó familiar, y pronto lo recordó por Brujo en Guerra, el periódico de activismo anti-muggles.

Draco golpeó con el bastón una secuencia de mosaicos en el suelo, y como sucedía con varios pasadizos secretos, la chimenea se movió hacia atrás.

El espacio era pequeño, solo había tres paredes ocupadas por repisas mientras que la cuarta tenía un escritorio, sencillo en relación al resto de los muebles de la casa y una única silla.

El mago encendió el candelabro de araña que colgaba del techo y señaló uno de los costados.

—Se llama Legítima historia de la histórica casa Malfoy.

Hermione se acercó al librero tomando un grueso volumen de pastas marrones con cantoneras doradas, pero al abrirlo notó que no se trataba de la historia de la familia, sino un álbum de fotografías en la que reconoció enseguida a Narcisa Malfoy, aunque la nota la ponía como Narcisa Black y era considerablemente más joven de lo que ella recordaba haberla conocido.

Tendría unos dieciséis años y llevaba puesto el uniforme escolar. La fotografía estaba en blanco y negro, aunque era obvio que llevaba los distintivos de la casa Slytherin.

No sonreía, pero eso no mitigaba el impacto de su belleza, el de una dama digna de una ilustración del romanticismo gótico. Pensó que, aunque había creído que Scorpius le recordaba en demasía a Draco, en realidad era más parecido a su abuela.

Recordó que los Black formaban parte de los sagrados veintiocho. La línea masculina se había extinguido tras la muerte de Sirius y su hermano, pero lo cierto es que había herencia en Scorpius y Teddy, cuyas abuelas eran Black.

Frunció el ceño un poco, en Scorpius había un dos por uno respecto a familias antiguas.

—El nombre de soltera de Astoria es Greengrass ¿Verdad? —peguntó en voz alta.

—Sí —respondió Draco.

—Es tres en uno —repuso Hermione, pues creía recordar que también ese nombre figuraba en la lista.

—Cuatro —agregó el mago una vez que comprendió de qué hablaba —. La abuela Druella Black era de soltera, Druella Rosier.

Hermione pensó en Hugo entonces, Black aparecía de nuevo en la línea familiar y también Prewett.

Resopló con suma molestia, Jareth pudo considerar la opción de elegir solo a los tres chicos que resumían uniones de sangre pura en lugar de elegir uno de cada uno.

—Necesito un directorio de sangre pura —dijo.

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Lucius había decidido permanecer en su estudio, sentado en un sillón tapizado en terciopelo bermellón, frente a la chimenea apagada.

Intentaba recordar por su cuenta si su abuelo le había dicho algo que hubiese pasado por alto hasta el momento, respecto a aquello pactado hacía tantos años, pero en general no podía recordar demasiadas conversaciones con él.

Estaba casi seguro de que si había algo útil para rescatar a Scorpius, había salido de la boca de su abuelo, no de su padre, pues solía con cierta frecuencia hablar de un mundo ideal, algo como una sociedad de magos en la que no había necesidad de esconderse de la vista de los muggles, en donde el poder real estaba en manos de magos poderosos y no muggles idiotas, y todas las criaturas mágicas eran devotos súbditos que encontraban en los magos lo que siempre debió de ser un rey: un dios, un elegido.

Pero siempre parecía más como un cuento.

Cuando los rumores sobre Jareth comenzaron, recordó algo respecto a un cuento infantil llamado El Rey de los Goblins, que se llevaba bebés a su reino en donde los convertía en criaturas mágicas.

Sonaba tan infantil que no se lo tomó en serio, sino hasta que Scorpius escribió una larga carta en la que hablaba de su nuevo profesor de pociones y su peculiar estilo de enseñanza.

Aún quedaba gente en el ministerio que le debía favores, así que los cobró para enterarse a detalle de lo que ocurría y así había concluido que Jareth debía de ser ese Rey.

Con cada nueva carta, esa idea se volvía más firme, tanto como su convicción de que Scorpius lograría comprender la utopía del mundo mágico que representaba Underground, y lo imaginó emparentándose con alguna bruja de sangre tan pura, que jamás había sido cuando menos vista por un muggle.

¡Que se extinguieran los sagrados veintiocho! Estaba demasiado cansado como para siquiera molestarse al mirar la mezcla de sangres que estaba llevando a una mezcla de costumbres; las brujas jóvenes ya no usaban vestidos y túnicas a juego, sino pantalones ajustados y zapatos de goma, los magos adoptaban opciones de transporte diferentes, de modo que incluso la oficina contra el uso incorrecto de los artefactos muggles reducía cada vez más la lista de prohibiciones.

Resopló con fastidio, era demasiado difícil concentrarse mientras escuchaba los reclamos de los retratos. Alguien, no sabía quién, había reconocido a Hermione Granger y había corrido la voz al resto de familiares que ahora le exigían, todos juntos en el cuadro de Armand Malfoy que estaba sobre la chimenea, saber el motivo de la presencia de aquella mujer sangre sucia.

—Cierren la boca —dijo apretando los dientes para no gritar.

Todo el ajetreo de las pinturas mágicas le estaba causando un fuerte dolor de cabeza, pero ni siquiera podía interrogarlos porque no eran más que mustios recuerdos de lo que fueron en vida y estaban limitados por el conocimiento que el pintor pudiera tener sobre lo que se esperaba de su modelo.

Todos los Malfoy guardaron silencio.

—Esta familia ha caído en desgracia, se ha recibido una sangre sucia como invitada —dijo Armand, con su suave acento francés.

—¡No habrá más familia Malfoy si Scorpius no regresa! —exclamó Lucius poniéndose de pie abruptamente.

—¡Ese niño es una decepción, ya lo dije una vez y lo sostendré hasta el final! —respondió Brutus con la misma obstinación que su descendiente vivo —¡Nada es un signo más seguro de magia débil, que una debilidad por las personas no mágicas*!

—Scorpius fue encontrado digno de Slytherin como nosotros —repuso Lucius.

—Escribe cartas a los mestizos Potter y Weasley, lo he visto escabullirse en las noches para enviarlas —dijo Nicholas.

—¿Y qué se puede esperar de Slytherin si ahora incluso un Weasley puede serlo? —preguntó Abraxas recordando otro detalle que había causado revuelo en los retratos a inicio del curso.

El resto de los Malfoy murmuraron entre ellos. Luego de unos instantes, Septimus, quien había permanecido en silencio, se puso al frente de todo el grupo de personajes retratados.

—Mejor será que ese niño no regrese. Un amigo de traidores de la sangre y mestizos, no es digno sucesor de esta familia. Los Malfoy se extinguirán mientras sean lo que han sido siempre: orgullosos de la limpieza de su sangre.

Lucius Malfoy levantó su varita apuntando hacia el cuadro y ejecutando un hechizo sin palabras, hizo que se incendiara. Lo único que había logrado era que los retratos de sus familiares se movieran de vuelta a su sitio, salvo Armand que debería de buscarse uno que ocupar mientras decidía si iba a reparar su cuadro o no.

Luego de aquél intempestivo momento destructivo, volvió a dejarse caer en el sillón llevándose las manos a la cabeza.

—Él tiene que volver, tienes que hacerlo volver —dijo una suave voz al otro lado de la habitación.

Giró la vista sin detenerse a intentar ocultar sus ojos llorosos.

Era Narcisa.

Aunque había sido retratada siendo ya mayor, mantenía aquella belleza que siempre la caracterizó. Llevaba un vestido negro impecable, un collar de perlas con un camafeo de madreperla y rubíes.

Lucius gimoteó, pero hacerle promesas a ese retrato era tan estúpido como discutir con los otros, porque al final no era ella realmente, y la única familia que le quedaba eran Draco y Scorpius.


Comentarios y aclaraciones:

*Cita textual de la wiki.

¿Alguien ya leyó Harry Potter y el legado maldito?

¡Gracias por leer!