¡Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad!
Bueno, como viene siendo tradición, aquí está la, en este caso, finalización de este fic. Después de un año más que movido, en el que empecé esta historia, hoy la finalizo. Aún tengo otras, algunas con más años, pero, creía oportuno acabar ya esta historia.
Espero que os haya gustado, y que su final, también os agrade.
Sin más, hasta pronto.
Dislaimer: Magic Kaito y sus personajes no me pertenecen, yo solo expongo situaciones, en este caso creo que lógicas, y que incluyen a mi adorada otp.
Capítulo 3: Encontrados
El camino de regreso a pie fue más corto de lo que esperaban. Por suerte, tras caminar un par de metros, se encontraron de frente con un grupo de rescate que estaba en su busca desde que el clima lo permitió con seguridad. Poco tardaron en separarlos y asegurarse, aunque fuera in situ, de su estado.
Todo se arregló con una rapidez increíble. Antes de lo que hubiesen planeado estaban de vuelta en el refugio. A su llegada, pudieron ver como todos los alumnos se habían mantenido despiertos esperando su regreso, suspirando aliviados. Muchos intentaron acercarse, pero no se les permitió. Entre ellos vio el rostro lloroso de Keiko, a la que tranquilizó con una sonrisa. Después, se los llevaron a las habitaciones, donde no tardaron en hacerles a ambos un más exhaustivo chequeo médico. Como ella creía, su pierna izquierda se había dañado, pero no llegó a ser un esguince, simplemente sanaría con varios días de reposo. Su garganta por otra parte solo necesitaba un descanso, en un par de días podría hablar con normalidad. Todo parecía estar bien, no hubo daños ni pérdidas que lamentar, y se sentía feliz por ello. Sin embargo, algo había cambiado. Habían pasado un par de días y Kaito no había dado señal de vida desde aquel momento en que los separaron. Como ella bien sabía, él no sufrió daño alguno, por lo que pronto dejaron que se marchara, desde entonces no lo había visto y eso le dolía en el alma.
A principio pensó que solo quería darle tiempo para que sanara un poco, pero con el transcurrir de las jordanas ella seguía allí, en la habitación, descansando y sola. Su cuerpo había logrado mejorado bastante, especialmente su garganta, permitiéndole hablar, aunque fuera en un tono mucho más bajo de lo habitual en ella. No debía forzarla tampoco. Su pierna también estaba mejor, aunque se apoyaba en todo lo que podía con el fin de permanecer en pie. Quería salir de allí lo antes posible y enfrentar a su amigo ya que él no se atrevía.
Tras el amanecer del quinto día, la joven morena seguía durmiendo de manera apacible. Las horas pasaron hasta que el sol llegó a un punto adecuado para que sus rayos impactaran en su rostro, sacándola de aquel letargo en el que podía haber permanecido más tiempo, pues, a fin de cuentas, no tenía nada mejor que hacer. Sin embargo, para hacerlo aquella molesta ventana debía de ser cubierta, algo que no podía hacer, así que con molestia aceptó. Reposó su espalda de nuevo en el colchón y observó la hora. Era casi media mañana, así que pronto ella aparecería y le haría compañía. Efectivamente, minutos después la puerta de aquella habitación se abría, dejando ver a la joven de castaños cabellos y ojos verdes, con una gran sonrisa y una bandeja llena de deliciosos y apetitosos manjares para su desayuno.
— Buenos días Aoko, te traigo la comida — saludó aún desde puerta, mostrando los alimentos, haciendo que Aoko se relamiera los labios.
Keiko había sido su cuidadora durante aquellos días. Cuando al fin dejaron que la vieran, ella no dudó lanzarse a sus brazos, aunque pronto se apartó para no hacerle daño. Ella le confesó que lamentaba haberla dejado sola aquel día y obligarla a ayudarla a buscar un regalo para su enamorado, pues eso provocó que saliera tan tarde. Aoko solo le restaba importancia, pues al final la culpa era meramente suya por no mirar por donde andaba.
— Buenos días Keiko — saludó de vuelta, recibiendo una mueca de la chica — Estoy harta de estar callada, además, ya estoy mejor, solo debo mantener este volumen — señaló al ver como deseaba regañarla, dirigiéndole una sonrisa.
— Si tú lo dices — aceptó a regañadientes, colocando la bandeja a su alcance.
— Gracias por encargarte de cuidarme. Sé que sería más divertido estar allí fuera con tu novio — comentó la ojiazul, logrando que la castaña negara insistentemente con la cabeza, haciéndola reír — Keiko, es un hecho. Yo misma me aburro aquí metida, y eso que esquiando soy la peor – rio, siendo imitada por su amiga.
— Me extraña que Kuroba no haya venido a hacerte más amena tu recuperación — comentó entonces Keiko, clavando un poco más la espinita que sentía Aoko ante ese tema — Al parecer tampoco va a esquiar por lo que me han dicho, así que no sé dónde puede estar.
Aoko cerró los ojos con pesar. Kaito estaría en cualquier sitio donde nadie le increpara por su distancia con ella — Estará por ahí haciendo cualquier tontería, no te preocupes. No vendrá porque creerá que podría ponerme peor — mintió, pues ella sabía muy bien que Kaito no haría eso, menos durante tantos días.
— Quizás tienes razón, solo le estaré dando demasiadas vueltas – aceptó la castaña, al ver la molestia que le producía el tema a su amiga, aun así, decidió hacer una última pregunta — Aoko, solo una cosa, ¿pasó algo entre vosotros esa noche?
Aoko sintió como el calor subía a sus mejillas al recordar todos los sucesos de esa velada. La cercanía entre ambos, su propia desnudez y el ambiente tan íntimo que los rodeaba. Sin embargo, todo ese precioso escenario se borraba cuando recordaba ese secreto que Kaito debía contarle, ese que, en el fondo ya sabía, pero no aceptaría hasta escucharlo de sus propios labios. Recordó entonces que Keiko estaba delante, mirándola para ver como una sonrisa pícara se pintaba en sus labios. Negó con la cabeza, seguro que ella estaba pensando acercamientos mucho más profundos de los que verdaderamente hubo — No Keiko, no ocurrió nada de lo que estás pensando, te lo aseguro — articuló avergonzada, Keiko parecía no creerla — Te lo aseguro. Kaito estuvo cuidándome toda la noche para que no muriera congelada, nada más.
—¿Cómo lo hizo? — inquirió divertida al ver las reacciones que provocaba en Aoko. Contrario a lo que pensó, el tema no la apenaba, sino que parecía darle energía — Que yo sepa, no tenía nada para dar calor.
— Hizo un fuego — inventó, pues realmente aquella gruta era cálida, pero Keiko no creería tal cosa. Bueno, al parecer nada de lo que contara. Suspiró — Keiko, te digo la verdad. Entre Kaito y yo no ha pasado nada de lo que crees, sino te lo diría.
— Está bien, te creeré — aceptó la castaña — Pero dime, ¿te hubiera gustado que hubiera pasado?
La castaña volvió a sentir los colores en sus mofletes. ¿¡Cómo se le ocurría a Keiko preguntar aquello!? Aquel escenario era algo que se había planteado alguna vez, pues estaba enamorada de su amigo, pero jamás lo desearía en las circunstancias que ella planteaba — Claro que no Keiko. Estaba congelada, herida y sin voz. Además, Kaito y yo no somos nada — explicó, esta vez sin mentiras.
— No sois nada, todavía — señalizó la castaña, viendo como Aoko arrugaba el ceño. Sonrió comprensiva — Aoko, por mucho que tú lo niegues, todos sabemos que Kuroba está enamorado de ti, y tú de él. No digo que sea hoy o mañana, pero está claro que acabaréis juntos.
Aoko suspiró y no contestó mientras engullía su desayuno. ¿Para qué negarlo? Keiko era demasiado insistente, y dijera lo que dijera, ella seguiría y en esos momentos, lo último que quería era hablar de Kaito.
— Por cierto, esta noche no podré hacerte compañía – articuló de pronto Keiko. Aoko la miró con la boca llena, esperando la explicación que sabía que vendría a continuación — Nuestra querida profesora ha decidido repetir el concurso de esquí con disfraces. Así que esta noche, estoy obligada a volver a ser Alicia – comunicó, escapándosele una sonrisa.
— Supongo que volverás a tener la misma pareja — comentó Aoko.
— Por supuesto — afirmó con notoria felicidad.
Ambas hablaron de otros temas más banales mientras Aoko terminaba su desayuno. Las risas llenaron la habitación, y por un momento, Aoko pudo olvidarse de todas las preocupaciones que tanto la carcomían. Entre esos temas, estaba el de la competición de esa noche. Keiko le contaba que una de las parejas sorpresa era formada por Hakuba y Akako, quiénes, desde la noche de la tormenta, habían pasado bastante tiempo juntos.
— Oye Keiko, si todos están practicando para el concurso, ¿eso significa que el refugio está vacío? — cuestionó la morena mientras hablaban del suceso de esa noche, con intención de aprovecharlo en su favor, ya que por razones obvias no podría participar.
— Por el momento, sí. Aún es por la mañana, así que las excursiones que tenían su llegada hoy aún no han podido entrar, y nuestra clase al completo está practicando para no repetir el desastre del año pasado — informó la castaña después de pensar unos segundos —¿Por qué preguntas?
— La verdad, estaba pensando en las ganas que tengo de bañarme en las aguas termales exteriores — confesó la ojiazul, divertida — Y, si no hay nadie, ¿por qué no aprovechar?
—¿Estarás bien? – inquirió la chica, a lo que la morena asintió repetidamente. Suspiró, sabiendo que no podía negarle eso, porque lo haría con o sin su consentimiento — Pues será mejor no esperar.
Aoko tuvo que insistir varias veces a Keiko para que la dejara a solas. Sabía que a la castaña no le importaba acompañarla en todo momento, ni lo veía como una obligación, pero ella no quería privarla de las horas que les quedaban en aquel lugar. Era la última excursión que harían todos juntos antes de graduarse, y, aunque ella no pudiera disfrutar esos días, Keiko sí se merecía hacerlo. Así que, tras varios intentos, consiguió que la castaña claudicara, aceptando irse también a practicar con los esquís para el concurso, no sin antes conseguirle una muleta para que pudiera moverse bien.
Aoko no lo creyó cuando por fin salió de aquella habitación, y menos aun cuando pudo introducirse en aquellas aguas termales exteriores, tras Keiko asegurarse de que no hubiera nadie. El cálido líquido la rodeaba, haciendo que se relajara de verdad después de tantos días. Estar encerrada en aquella estancia, sin poder moverse libremente y sin ser capaz de entonar palabra, había sido complicado para ella, acostumbrada a no parar quieta. Pero eso no había sido lo peor, sino verse sola y con demasiadas preguntas sin respuestas. Es cierto que Keiko había estado siempre dispuesta a estar a su lado, algo que agradecía. Pero le faltaba él, sus bromas, sus discusiones…Simplemente tenerlo ahí con ella en esos momentos, y más después de todo lo que había pasado.
Suspiró entristecida. No podía relajarse, ni siquiera en ese lugar, no sin haber hablado aún con él. Kaito era fundamental en su vida, llevaban juntos demasiados años y su ausencia era dolorosa, más que el dolor en su garganta y su pierna.
Subió la vista, mirando el cielo despejado. Parece que no volvería a haber ninguna tormenta en esos días. Se dedicó entonces a observar aquel lugar. Harta de estar quieta, con cuidado, se fue desplazando por el agua, sin apoyar la pierna herida en ningún momento. Estaba sola, así que no molestaría a nadie. Se movió entre las rocas, notando la amplitud de ese baño, hasta que oyó un chapoteo.
—¿Hay alguien? — inquirió en voz alta, aunque ella sabía bien la respuesta. Se tapó con las manos lo más posible, mientras volvía a repetir la pregunta hasta que harta del silencio, advirtió — Sé que hay alguien, así que más le vale contestar sino quiere problemas.
Volvió a sentir el movimiento del agua detrás de una de las rocas. Esperó, hasta ver la figura del otro bañista. Sus ojos celestes chocaron con los zafiros que tanto conocía, que rápidamente rehuyó su mirada. Quién diría que de todos los lugares lo encontraría precisamente ahí.
— Se supone que deberías estar guardando reposo — dijo él, desviando su mirada lejos de ella.
Sintió rabia, ¿acaso no era capaz siquiera de mirarla después de tantos días sin verla? Es más, ¿cómo se atrevía a decir eso? — Eso no es asunto tuyo — contestó con enfado.
El mago la miró unos instantes, cuestionándose seguramente si debía o no hablar, y si lo hacía, qué debía decir — Lo siento — dijo al final.
Aoko esperó a que siguiera hablando, pero no dijo más — ¿Eso es todo lo que piensas decir?
— Creo que será mejor que me vaya. Así te dejo que te bañes tranquila — articuló, con intención de marcharse.
En cuestión de segundos, antes de que pudiera marcharse, Aoko se situó frente a él, y puso sus manos en sus hombros, sujetándolo para que no fuera capaz de salir del agua. Kaito miró al frente, notando la poca distancia que los separaba, así como también de la completa desnudez de ambos.
—¡Idiota! Podrías hacerte daño al moverte así — reclamó de pronto, al recordar su pierna herida.
—¿Eso es lo único que piensas decir? — murmuró, haciendo que Kaito notara al fin su voz ronca – Llevas días ignorándome y…
— Lo siento. Creía que necesitarías algo de tranquilidad — la cortó, desviando la mirada a un lado. Si seguía mirándola tendrían un problema pronto.
Aunque Aoko solo se cabreó más ante este gesto — No he tenido tranquilidad desde que me dijiste que me ocultabas algo — contestó, sin hacer caso a la situación tan comprometida en la que estaban. Quería respuestas, y le daba igual qué hacer para conseguirlas — Todos estos días, no he podido dejar de darle vueltas a la cabeza, aunque, creo que sé lo que me ocultas desde hace mucho tiempo — confesó obligándolo a enfrentar su mirada, moviendo su rostro con sus manos — Por favor, déjame descansar de verdad, y cuéntamelo.
Él fijó su mirada en ella. Entonces lo supo, estaba aterrorizado, temía su reacción, y, en el fondo lo entendía. Si él era quién ella creía, le había dado razones para creer que se ganaría su odio eterno.
— Júrame que me dejarás explicártelo — suplicó, tomándola de las mejillas con cuidado — Que escucharás todo antes de juzgarme.
Te lo prometo — respondió segura. Claro que lo escucharía, creía en él, y que nada de lo que hubiese hecho fuera sin motivo — Tampoco es que pudiera salir corriendo — bromeó, intentando rebajar la tensión.
El mago respiró, esbozando una leve sonrisa, su mirada no se apartaba de ella, ni sus manos la soltaron. Temía que se fuera — Hace más de un año, descubrí que la muerte de mi padre no fue un accidente — comenzó a narrar, dejando a la mujer sorprendida. No se esperaba ese comienzo. Quería preguntar, pero sabía que era mejor no interrumpirlo — Fue justo después de enterarme de que él había sido Kid — su confesión reforzó lo que ya creía saber, aunque sabía que aún le quedaba mucho por decir — Kid ya había aparecido en aquel momento. Fue ese día en el que dijiste que él era mejor que yo — un amago de sonrisa apareció en su rostro. Ella también recordaba aquel día, en el que posteriormente descubrió su ictiofobia — Ese día, mientras estaba cabreado por tu afirmación, descubrí una sala secreta, en la que había mensajes de mi padre y todo lo que utilizó para ser Kid. Dispuesto a saber qué estaba pasando, me puse el traje y fui al edificio dónde Kid robaba. La persona que se hizo pasar por Kid estaba buscando a los asesinos de mi padre, e incluso me confundió con él. Eso fue el principio de todo. Prometí seguir siendo un ladrón para saber quién mató a mi padre, y hacerle pagar por ello — el silencio reinó. El mago parecía haber acabado, pero ante el mutismo de Aoko, siguió — Si no te lo dije, era porque no quería inmiscuirte en esto. No pensé que tardaría tanto, ni que detrás de su muerte hubiera personas peligrosas. Creí que, ocultándotelo, te protegía.
— Si hay personas peligrosas implicadas — comenzó a decir la muchacha tras varios segundos en silencio — Tú eres el que está en peligro. Dime, ¿crees que estaría segura si un día te pasaba algo a ti? ¿Crees que no hubiera buscado respuestas? — inquirió, enfrentado su mirada, mientras sentía temblar su cuerpo ante la idea.
— No quise pensar en ello, o al menos, prefería creer que no encontrarías nada. Nadie se dio cuenta de que mi padre fue asesinado, solo las personas que sabían su doble identidad... — comentó, rodeando su cuerpo al sentir su temblor, extendiendo sus manos en su espalda, pero sin atraerla a él, sería demasiado comprometedor — No me importa el peligro en el que estoy, yo lo he decidido, accediendo a todas las consecuencias. Pero tú…Si te pasara algo nunca me lo perdonaría. Pensé que Kid sería el peligro, pero el otro día, fui yo el que provocó que casi murieras. Por eso, me prometí contarte la verdad. Sin embargo, tenía miedo de hacerlo, por eso no he ido a verte en estos días. Lo siento.
El silencio cayó entre ellos. Aoko sentía sus mejillas arder, y no precisamente por las termas. Se mordió el labio, tentada a preguntar el por qué, ese que prometió que le diría. En el fondo, temía su respuesta, y lo que provocaría en ella. Pero no podía evitarlo — ¿P-Por qué no te lo perdonarías?
La mirada del mago se clavó en ella, dejándola sin aliento ante tanta intensidad. Sus labios se curvaron levemente, mientras una de sus manos se posaba en su mejilla, acariciándola con el dedo pulgar.
— Porque, además de ser mi mejor amiga desde la infancia — comenzó, permitiendo que sus dedos cayeran hasta su cuello, mandando un escalofrío en su cuerpo, para después, posarse en su nuca — Estoy enamorado de ti.
Su confesión fue recibida con sorpresa. A pesar de creer y soñar con ese momento, aún le sorprendía que estuviera ocurriendo.
Hizo amago de hablar, pero Kaito se lo impidió, colocando un dedo en sus labios — No necesito que respondas. Sé que, después de todo lo que te he dicho, no puedo pedirte una respuesta. Así que, actuemos como si no te lo hubiera dicho. Ahora, descansa y disfruta del agua. Creo que es mejor que me vaya — expuso, sonriéndole gentilmente.
Aoko quería quejarse. ¿Quién era él para elegir si le respondía o no? Sin embargo, le dejo hacer. Kaito se marchó, dejándola sola. Una sonrisa traviesa se pintó en sus labios, ante la idea que había aparecido en su mente. Con cuidado, salió del agua, dirigiéndose a la zona dónde había dejado sus pertenencias. Tomó su móvil, y llamó a cierta castaña.
— Keiko...Necesito tu ayuda.
Si Kaito pensaba que no le respondería estaba muy equivocado, sin embargo, dejaría que durante esas horas siguiera con la duda, como un pequeño pago por esos días sin hablarle.
Tenía claro que había sido un cobarde. Literalmente, había huido de Aoko y, además, la evitó durante esos días, por miedo a ese momento que recién acababa de vivir. Suspiró. Allí, tumbado en su cama recordó el momento. Sin duda, en otras circunstancias lo sucedido podría ser muy distinto. Sonrió débilmente, convencido de que sus sueños eran imposibles. No había querido escucharla, porque, en el fondo, sabía su respuesta. Nunca había creído posible ser correspondido. Era un imbécil, que muchas veces había hecho comentarios más que hirientes, aunque en el fondo la adorara. ¿Cómo demonios iba a quererlo como pareja?
La puerta de su habitación se abrió. En un principio, se levantó raudo creyendo que podía ser Aoko, pero al ver al pomposo, volvió a tirarse. No tenía ganas de irritarse hablando con él. La sonrisa que llevaba plasmada solo lo ponía de mal humor.
—¿Se puede saber por qué tienes esa cara de amargado? — inquirió burlón. El mago, aguantó el soltar ciertos descalificativos por su boca — Yo de ti intentaría cambiarla. Esta noche tendrás que hacer una exposición de esquí, y, como mínimo, deberías sonreír.
—¿De qué demonios estás hablando? — inquirió, extrañado con eso último — Te recuerdo que, como ganador de año pasado no se me permite competir.
— Y no competirás, pero harás una pequeña exhibición, al haber sido el ganador. Al parecer, la profesora no confía mucho en el talento del resto esquiando — explicó, mientras recogía un par de elementos.
— Los ganadores fuimos Aoko y yo — matizó arrugando el entrecejo.
— Pero como Aoko no está en posición de hacerlo, lo harás tú solo — sonrió, más que divertido ante la cara del contrario, así cómo también todas las maldiciones que estaba soltando.
El detective, se dio la vuelta, habiendo ya informado al mago, divertido al saber el motivo de esa idea en la profesora. Bajó las escaleras con una sonrisa. Sin duda esa noche sería divertida. Con ese pensamiento, caminó hacia la salida, donde la pelirroja que sería su compañera de esquí lo esperaba.
La noche de la competición llegó pronto. Todos los alumnos aguardaban en la cima, ansiosos, su turno. Si bien, el primer año, les pareció una molestia, ese último, lo veían como un adiós. La mayoría, por ello, coincidió en los disfraces del año anterior, decididos a divertirse.
Entre todas las sonrisas, una expresión neutra se posaba en el ladrón de guante blanco. Miraba a su alrededor, viendo a mil y una pareja, ya fueran amorosas o amistosas, mientras él, aguardaba solo su turno, que sería el último.
Por una vez, en muchísimo tiempo, se sentía completamente solo. Veía la felicidad a su alrededor, pero, era incapaz de tenerla o fingirla.
Minuto a minuto, las personas iban desapareciendo de la cima, dejándolo cada vez más solo. Había observado a Keiko, deslizándose con su amigo por las pistas, esta vez como enamorados; al pomposo y Akako, con una complicidad especial; a Fujie con un nuevo amor...Y él allí, sin su Aoko.
No tardó mucho en verse completamente solo, sin nadie a su alrededor. Quería gritar, maldecir al mundo por ponerlo en la tesitura en la que estaba, pero eso no serviría de nada.
Caminó hacia la orilla, dispuesto a acabar con aquel paripé.
—¡Alto ahí, ladrón! — esa voz que tanto amaba sonó, haciéndolo girar bruscamente, observándola con aquel atuendo que ya le colocó el año anterior, con su dedo índice señalándolo acusadoramente. Estaba preciosa.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado? — inquirió, acercándose rápidamente a ella, buscando algo en lo que hubiera podido moverse — Deberías estar descansado. Hace mucho frío, y tu pierna aún no ha sanado — expuso, tomándola con celeridad en sus brazos, para no permitir que siguiera forzando su pierna, sin importarle mucho si se quejaba.
— Tenía que darte una respuesta — explicó, ahora con un tono suave, irguiéndose en sus brazos, tomando su rostro entre sus manos.
— Te dije que no hacía falta — le recordó nervioso, rehuyendo su mirada.
— Sí que hace falta — afirmó la chica, obligándolo a mirarle — Llevo mucho tiempo queriendo que llegara el día en que pudiera decirte esto. La verdad, nunca pensé que sería correspondida — soltó, sonriendo levemente, dejando bloqueado al muchacho, al entender lo que eso significaba — Sin embargo, — continuó, haciendo tragar a Kaito con nerviosismo — Sí sospeché que fueras Kid. Es más, aunque me lo haya tratado de negar, había algo que seguía ahí, que me decía que lo eras. Tenía miedo de que no tuvieras un motivo adecuado, que todo acabara entre nosotros si era así…Pero, apenas ha comenzado. Entiendo tus motivos, y, aunque no estoy satisfecha con tu modo de operar, te quiero, y te apoyaré en esto — manifestó, dejando mudo al mago.
El silencio se instauró, mientras el ilusionista asimilaba todo lo que había dicho. Parecía un sueño, pero no lo era. La felicidad lo embargaba, y la sonrisa que empezaba a formarse en sus labios lo delataba.
—¿Estás segura? Si aceptas estar conmigo, te aseguro que no te dejaré marchar — cuestionó, afianzando su agarre.
— Entonces, nunca me dejes marchar, porque yo tampoco te lo permitiré — aceptó gustosa, notando como una de las manos del mago, la sujetaba por la nuca.
En aquella colina, llena de nieve, y completamente solos, sus labios se unieron por primera vez, para después, con alegría volver a deslizarse por aquellas pistas llenas de luces, volviendo a ser Kaito Kid y la princesa Nakamori.
Un año después, volvían a estar en aquel refugio, como los dos años anteriores, pero ahora como una verdadera pareja. Aoko sonreía, a pesar de estar apresada por los brazos del mago, que aún dormía.
Después de aquella exhibición en la volvieron a llenar de color aquellas pistas de esquí, todo había cambiado. Por ello, debía de dar las gracias a Keiko, por insinuarle a la maestra la idea de una exhibición, permitiéndole crear aquel momento entre ambos que guardaba con cariño, igual que todos los momentos que compartía con él.
Intentó reincorporarse, teniendo especial cuidado para no despertar al mago. Misión que resultó imposible, pues, cuando se veía libre, el mago volvió a rodearla con sus brazos, colocándola debajo de él, mirándola con una sonrisa burlona.
—¿A dónde pretendías escapar? — inquirió, tomando un mechón de su cabello, enredándolo entre sus dedos.
— Pretendía pedir el desayuno para que, cierto mago dormilón desayunara cuando despertará, y así tomara fuerzas para seguir enseñándome a esquiar — explicó, con fingida molestia.
—¿Esquiar? ¿No te parece mejor que nos quedemos los dos aquí, calentitos, solitos…? — cuestionó al aire, subiendo y bajando repetidamente las cejas, dejando clara la idea que tenía.
— No, ni de broma — se negó. Si estaban allí era para disfrutarlo, no para vaguear y sucumbir a los deseos del libidinoso mago.
— Bueno, había que intentarlo — rio, volviendo a caer a la cama, a su lado.
Ella sonrió divertida — Esta noche, si quieres — ofreció, desviando la mirada, sabiendo la sonrisa que se había pintado en sus labios — Ahora vamos, desayunemos y empecemos el día.
Juntos vivieron ese día, que tantos recuerdos les traía. Pasaron por lugares que ya habían visto, y se divirtieron, pero sin dejarse atrapar por los recuerdos del pasado. Seguían su camino, avanzando en sus vidas. Tenían mucho que afrontar, incluso más allá de Kid. Pero juntos, continuarían. Porque, después de perderse aquel día, hacía un año, por fin, volvieron a encontrarse.
