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Capítulo XIX

El camino de Ávalon

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La discusión había sucedido a partir de un reclamo inicial, más o menos del tipo "¿Por qué no me lo dijiste?". La respuesta obligada era "No lo sabía". Después, Draco exigía todos los detalles que pudieran o no, ser relevantes desde el inicio de la historia.

Valorando con total honestidad, el inicio, o al menos la parte de la que ella tenía conocimiento, había sido con la profecía de Hugo. Añadiendo y relacionando, lo que había contado la profesora McGonagall, la línea de eventos resultantes se rastreaba hasta un año atrás. Sin embargo, todos coincidían en que lo que hubiese tramado Jareth con los chicos, surgió a raíz de las clases especiales.

"A menos que con sus grandes dotes de vidente, hubiese previsto la llegada de los chicos y armara el plan desde entonces", pesó Hermione irritada.

Pero toda la conversación había sucedido en su cabeza. Draco se había comportado menos histriónico de lo que esperaba.

Tenía las venas de las sienes marcadas exageradamente en su pálido rostro, incluso sus ojos habían adquirido una tonalidad rojiza y los labios le temblaban ligeramente. No había estallado en gritos, apenas había dicho que esperarían a reunirse con los otros para hacer una sola explicación y se puso en marcha.

Lógicamente, Hermione no esperaba que dijera algo tan estúpidamente infantil como "mi padre se enterará de esto", pero esa fría y silenciosa ira, le hacía dudar sobre lo que haría.

¿Le lanzaría una maldición imperdonable a Jareth apenas lo viera?

Harry y Ron aparecieron pronto, y los cuatro entraron en Las tres Escobas, pidiendo un reservado.

—¿Encontraron algo? —preguntó Ron —. Porque con lo que nosotros descubrimos, todo está mal.

Hermione suspiró. No esperaba esas noticias.

Luego de contarles lo que habían descubierto, incluyendo lo del hacedor de caminos, Ron les contó lo que Charlie, Bill y Fleur vieron.

—Te lo juro Hermione, los chicos no corrieron hacia Charlie, corrieron hacia él, para esconderse en su capa.

—¿Crees que los tenga bajo algún hechizo? —preguntó Hermione.

—¿Llevaron al mago que capturaron al ministerio? —preguntó Draco.

—No —respondió Harry a la segunda pregunta—. Ya tenía mis dudas, y con lo que Hermione acaba de decir, definitivamente no se los voy a entregar —se pasó la mano por la boca, aunque no había nada que limpiar, era nada más como un gesto de nerviosismo—. Por un momento, solo por un momento, pensemos que la profesora McGonagall tiene razón, y este tipo quiere a los muchachos para llevarlos a Underground, el único que sabría decirnos cómo llegar, es el mago que tenemos. Hay que obligarlo a hablar.

—Eso no es difícil —repuso Draco metiendo la mano en su túnica, en uno de los bolsillos internos, para luego poner sobre la mesa una botella de cristal con tapa dorada.

—¿Eso es…? — empezó a preguntar Harry.

—Veritaserum —respondió Draco—. Pese a lo que mi familia piensa, es más útil en un interrogatorio que una cruciatus. ¿Vas a preguntarme por mi licencia, Potter?

Harry gruñó, les extendió la mano a sus amigos y Draco debió de tomar la de Hermione para que los pudiera aparecer en el sitio en donde había dejado al mago.

Se trataba de una pequeña casa de campo con fachada de piedra y techumbre de paja, las ventanas estaban cerradas con tablas y bordeadas de flores. Usando varios encantamientos, Harry abrió la puerta y dejó pasar a todos.

—¿Es una casa de seguridad? — preguntó Draco —. El ministerio debe de tenerla en la mira.

—No. Es la casa de Luna.

Ron y Hermione giraron el rostro para mirarlo con horror ¡¿Cómo se le ocurría involucrar a Luna en un desacato al ministerio?!

—Está de viaje —respondió el mago adivinando lo que pensaban solo por su expresión—, de vacaciones con su familia, sus hijos empiezan el colegio el próximo año y querían aprovechar para una excursión en América del sur.

Se había vuelto un poco evidente que la casa no estaba abandonada; con los muebles, las estanterías de libros y muchas otras curiosidades decorativas, parecía una casa normal.

—Si hubiera usado una casa de seguridad, me hubieran encontrado enseguida.

Bajaron al sótano, al encender las luces, un hombre asegurado en una silla reaccionó, sin embargo, no hizo escándalo, solo los miró con dureza.

Imperio —dijo Draco apuntando la varita, dejando a los otros tres horrorizados—. Abre la boca.

El mago así lo hizo y Draco le vació el contenido de la botella, hasta la última gota.

—Trágatelo.

—¿Sabes a dónde llevó Jareth a los niños? —preguntó Hermione, intentando controlar su tono de voz para no sonar tan espantada como estaba. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sido testigo de una maldición imperdonable.

El mago apretó la boca.

—¡No te atrevas a morderte la lengua! —ordenó Draco, sosteniendo la maldición —¡Respóndele!

El mago cerró los ojos con fuerza, empezando a trasudar.

—Está sufriendo —susurró Hermione.

—Tiene que luchar contra el efecto de la poción y el imperio al mismo tiempo, por supuesto que está sufriendo —respondió Draco.

Hermione tragó saliva.

—Potter — llamó Draco apenas mirándolo —¿Eres capaz de sostener una maldición imperius?

Harry dudó.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Puedes o no?

Harry carraspeó y levantó la varita. Draco hizo lo mismo y Harry reconoció enseguida el movimiento como el que hacía el profesor Snape cuando le estaba enseñando oclumancia. Ahogó un jadeo. Entonces, el mago prisionero dejó caer la cabeza.

Se quedaron en silencio, Ron tomó la mano de Hermione porque notó que estaba temblado, y se quedaron así por unos minutos que parecieron horas.

El gesto de Draco pasó de concentrado a arisco.

—No sabe a dónde va a llevar a los niños, ni para qué los quiere— dijo—, pero acordaron reunirse en trece horas en lo que llaman "el camino de Ávalon", está en Somerset. No tengo la dirección exacta, pero pude ver un dolmen en una colina, y el mar desde ahí.

—¿Sabes a qué hora empezaron a correr las trece horas? —preguntó Harry.

Draco volvió a tomar control.

—A la media noche. Casi no nos queda tiempo.

—Ya déjenlo —dijo Hermione.

Harry bajó su varita enseguida, pero Draco seguía apuntando.

—Draco —insistió la bruja, temiendo que la ira que veía en sus ojos fuera a peor.

—¡Malfoy! —exclamó Harry con tono grave, a lo que el otro finalmente reaccionó —. Tenemos que irnos.

Los ojos grises del mago se detuvieron un instante más en el prisionero.

—¿Qué hacemos con él?

—Solo serán unas horas—dijo Ron —. Y está muy cansado, no irá a ningún lado.

Los cuatro salieron de la casa, volvieron a colocar los encantamientos y se aparecieron en la costa de Somerset.

El viento helado chocó en sus caras, le revolvió el pelo a Hermione y obligó a Ron a esconder el cuello en la capa. Harry, sin embargo, no apartó la mirada de Draco, quien conservaba la expresión arisca desde su intromisión en la mente del mago capturado.

—¿Qué más viste?

Era obvio que algo de ahí lo molestaba, y dudaba que fuese la falta de precisión en la dirección.

—Ese tipo— respondió—, no confía en Jareth.

—¿Qué? ¿No se supone que ellos lo nombraron Rey? —preguntó Ron.

—Sí, lo hicieron —dijo —, y parece que hizo bien el trabajo por mucho tiempo, signifique lo que signifique, pero hace un tiempo pasó algo que, al menos este tipo, no le puede perdonar.

—¿A qué te refieres?

—No estoy seguro, se esforzó mucho en ocultar eso, pero se trata de algo que está dentro de un laberinto.

—¿Eso no significaría que está protegiendo a Jareth? —insistió Ron.

—Significa que acepta que no hay alguien más para el puesto, y le guste o no, aún le debe obediencia por el bien común — dijo Harry—. Esta es una situación de crisis, y por la forma en la que eligen a su Rey, no le quedan muchas opciones.

—No es todo —interrumpió Draco —. Estaba buscando algo sobre los muchachos, pero él mismo ignoraba su existencia hasta que los vio cuando Jareth los llamó, y no sabe quiénes son o porqué estaban ahí.

—¿Qué se supone significa eso? —preguntó Ron, desesperado.

—Que Jareth está compartimentando su plan —dijo Hermione con el ceño fruncido —. Tiene un plan con esos magos que llama coronas, tiene un plan con los chicos y es casi seguro que tiene un plan para sí mismo.

—Granger, repite la profecía de Hugo.

Hermione lo hizo le mala gana, pero apenas terminaba de repetirla, ella misma vio con claridad eso que Draco había deducido.

—¡Un hacedor de caminos llegará con él!

—Uno de los muchachos es un hacedor de caminos, no les estaba enseñando solo la magia elemental, estaba entrenando al hacedor de caminos —aclaró Draco antes de que Ron volviera a hacer preguntas.

—Pero no se lo ha dicho a sus compañeros —agregó Harry.

—Porque no quiere que sea su sucesor, solo que lo cubra —dijo Hermione —. La profecía dice que dejará el trono sin Rey, ¿deberíamos entender eso como que Jareth acabará muerto?

—O que Underground va a desaparecer.

Todos quedaron en silencio, hasta que Ron habló.

—Si solo uno de los chicos es el hacedor de caminos, ¿para qué quiere a los otros dos?

Nadie le pudo dar una respuesta.

—Hay que buscar el camino de Ávalon — dijo Harry—. No es muy específico lo que sabemos, pero es la única pista que tenemos —luego sacó de entre su túnica un espejo—. Solo tengo un espejo doble, y no creo que sea buena idea ir solos, así que nos moveremos por parejas.

Todos estuvieron de acuerdo en eso.

—Ron, ve con Hermione —agregó, imaginando que ella no querría seguir con Draco luego de lo que acababa de suceder en el "interrogatorio". De cualquier forma, no estaban en primer año cumpliendo su castigo en el bosque prohibido, estarían bien.

Volaron en silencio, resistiendo los embates del terrible clima que anunciaba una posible tormenta, guiados sólo por la intuición y lo que alcanzaban a distinguir en esa mañana nublada.

Hermione se sintió en desventaja, recordó entonces lo que Jareth le había dicho en la enfermería, tras el incidente en la clase de pociones: él jugaba a conservar el control, y era bueno en eso. Tenía que serlo luego de haber estado tanto tiempo en el trono. De acuerdo con la historia de McGonagall, debía de tener más de un siglo de edad. Ningún mago del que hubiera noticias llegaba a esa edad aparentando no más de 35, y eso le hacía preguntarse qué cosa era el corazón de Underground, qué era esa magia que supuestamente el ministerio quería tomar.

Y más importante aún, ¿de qué lado tendría que estar?

Ciertamente, no toleraba siquiera la idea de que aún existiera el concepto de sangre pura, pero eso no implicaba su aceptación en lo que suponía una invasión y conquista de un grupo de magos que habían decidido vivir aislados para no tener que encontrarse con un muggle en toda su vida.

Inclinó la escoba para bajar como lo estaba haciendo Ron y divisó el conjunto de piedras.

Respiró profundamente. La prioridad, en cualquiera de los casos, era salvar a los niños.

—¿Qué hora es? —preguntó Hermione. Ron consultó su reloj de bolsillo.

—Casi las doce —respondió —. ¿Crees que sea este? Debe de haber cientos en todo el condado.

Hermione se arrodilló. Sentía su corazón desbocado, pero si no era ese, perderían la oportunidad de interceptarlo.

—Avisa a Harry —le dijo apoyando la frente en la piedra. Tenía que ser ese, podía sentir una sutil, casi inexistente vibración mágica.

—Vienen para acá —respondió Ron—. Pero hay que ocultarnos, si Jareth nos ve por aquí, podría cambiar el punto de reunión.

Hermione asintió, pero tuvieron que usar algunos encantamientos porque la colina estaba al descubierto, sin árboles o arbustos y lo hicieron apenas a tiempo.

Ron sujetó con fuerza a Hermione en cuanto vieron la primera bola de fuego caer.

—No es él, espera— susurró.

El mago que había llegado se inclinaba hacia el frente, halando profundas bocanadas de aire mientras recargaba las manos en las rodillas. Se le notaba agotado, llevaba la ropa sucia y el rostro sudoroso. En solo unos minutos ya eran cinco, y ninguno de ellos se veía especialmente bien.

—Hay que empezar a trazar la puerta, en cuanto llegue Jareth, nos vamos —dijo uno.

Tres se colocaron como puntos de referencia y un cuarto empezó a caminar entre ellos dejando un hilo de luz dorada.

Hermione reconoció la figura.

—Ron — susurró —están haciendo una puerta.

—¿No parece muy fácil para un sitio súper secreto? Me refiero a su reino.

—Creo que puede estar vinculado al dolmen.

El nudo de triqueta se mantuvo en el aire un momento, los magos lo sostenían con las varitas, resistiendo el terrible clima, apenas apartándose de la cara el agua de la llovizna que empezaba a dejarse caer.

De pronto, algo se apareció, Hermione temió que fuera Harry, sin embargo, en cuanto los tres magos hicieron que la triqueta bajara causando un poderoso estremecimiento, supo que se trataba de Jareth.

Saltó apenas reconoció la cabeza pelirroja de su hijo, y algo dentro de ella se comprimió dolorosamente al darse cuenta de que sus pecas se veían opacadas por un salpicadero de sangre.

—¡Hugo! —gritó lanzando un hechizo para apartarlo de Jareth, pero uno de los magos lo desvió prácticamente saltando entre ambos y perdiendo la varita en el acto.

El horror se calmó solo por un segundo cuando se dio cuenta de que uno de los magos se había puesto a Jareth sobre los hombros, quien apenas reaccionaba.

—¡Mamá! ¡No! —gritó Hugo en cuanto arremetió de vuelta, aunque al mago desarmado lo cubrió otro —¡Papá! —exclamó otra vez al darse cuenta de que su padre estaba debatiéndose con alguien más.

—Hay que irnos —dijo uno de los que sostenían a Jareth saltando por el agujero que acababan de abrir. Scorpius ni siquiera lo dudo para ir detrás, pero Albus se quedó quieto, justo al lado de Hugo.

—¿Hugo? —preguntó mientras el duelo entre magos continuaba, habiendo quedado ellos detrás de las tres coronas. Su primo giró el rostro, la sangre aún estaba fresca y salvo por el color intenso que aún tenía, bien podrían parecer sus pecas. Sus ojos, exageradamente abiertos, empezaban a ponerse acuosos.

—Ya no podemos dar la vuelta —dijo tomándolo suavemente por los hombros.

Hugo saltó, su madre había gritado porque su padre había salido volando, quedando inconsciente y rodando cuesta abajo. El momento en que su madre dudó sobre si bajar con él para ver si estaba bien, o seguir luchando, fue decisivo.

Hermione cayó de rodillas a causa de un hechizo incarcerous que no pudo evadir, y entre gritos solo pudo ver cómo Hugo tomaba la mano de Albus, y saltaban juntos con los otros magos hacia la puerta, que enseguida volvió a estremecerse, apagándose la luz dorada, dejando solo la lluvia del día gris.


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