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Capítulo XX
La dama del Lago
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Casa Scamander
Hermione miró el movimiento de los ojos de Ron, había recobrado el sentido, pero le obligó a dormir para que se quedara quieto el tiempo que le tomaría a la poción hacer efecto para sanar sus heridas. El sofá de la sala de estar de Luna era lo suficientemente grande como para que se quedara ahí tendido a todo lo largo, así que estaría bien.
Miró sobre su hombro, los gritos se escuchaban como un susurro debido al hechizo que Harry había puesto en el sótano. Le vio de pie frente a la puerta, con una mano en la boca, con cierto aire ausente, seguro preguntándose si lo que estaba haciendo realmente lo valía.
Agachó la cabeza, ni siquiera tuvo el valor para oponerse a Draco cuando se volvió a la casa en la que tenían al mago prisionero, cegado por una furia con la que supo enseguida, Harry empatizaba, o al menos hasta que debió silenciar el ruido.
Hermione se puso de pie. Llevaba los vaqueros húmedos, llenos de tierra, manchas verdes y rotos en las rodillas, que se había raspado en alguna de las caídas. Todavía le dolía el cuello y la piel de las muñecas, que era lo que había evitado que la estrangulara el hechizo. Se pasó una mano por el cabello, sintiendo cómo los dedos se le enredaban.
Caminó despacio hasta la misma puerta, debiendo tocar el hombro de Harry para sacarlo de sus pensamientos.
—Déjame entrar.
—No.
La respuesta inmediata la sorprendió.
—Harry…
—No —repitió, cruzándose de brazos.
No estaba segura de qué hacer a continuación. No se sentía con la fuerza suficiente como para imponerse a él, y se horrorizó al comprender que esa inmutabilidad significaba que estaba completamente dispuesta a aceptar los métodos de Draco, justificándose en el amor a su hijo.
Esta súbita comprensión le hizo sentir repudio por sí misma. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo que, debido a eso, las lágrimas se habían escapado de sus ojos.
Desde que Rose había nacido, algo había cambiado en su analítica forma de ser. Cada cosa que hacía, cada decisión que tomaba y que comprometía sus principios, por difícil que fuera, solo la podía resolver de una única manera.
¿Cómo se lo explicaría a sus hijos?
Así qué, ¿qué le iba a decir a Rose y Hugo cuando preguntaran por qué no movió un dedo por aquel mago que solo buscaba la supervivencia de su gente?
Dejó escapar un suspiro, de los que provoca el llorar. Pero enseguida levantó su varita.
No necesitaba el permiso de Harry para hacer lo que creía correcto.
Anuló los dos encantamientos que su amigo había puesto, y para cuando tomó el pomo de la puerta, él ni siquiera intentó detenerla, quedándose de pie, mirándola bajar las escaleras con esa determinación suya que muchas veces había envidiado.
Volvió a levantar la varita, desarmando a Draco, luego lo expulsó de la habitación, cerrando por dentro.
El prisionero yacía en el suelo. Seguía vestido y no había manchas de sangre o cualquier otro tipo de violencia, así que eso solo podía significar que había usado maldiciones imperdonables. Se arrodilló a su lado, girándolo un poco y sosteniendo su cabeza para que pudiera beber, sin ahogarse, lo que quedaba de la poción que había preparado para Ron.
Estaba sudando, por lo que el pelo se le pegaba a la cara. Le apartó unos mechones castaños, dándose cuenta con horror que era demasiado joven. Quizás llegaba a los veinticinco, no más.
Pronto volvió en sí, trató de apartarse, pero el dolor de su cuerpo no se lo permitió.
—Espera —le dijo —. Espera a que la poción haga efecto.
Se escuchó de nuevo suspirar.
—Sé lo que trata de hacer Jareth —le dijo —. Y lo que teme que el Ministerio haga.
—¿Tratarás de convencerme de que eres mi amiga y no mi enemiga? —preguntó con la voz baja, levemente áspera.
—Sí.
El muchacho sonrió, pero cerró los ojos.
—Ustedes los de arriba, no entienden nada.
—¿Por qué desprecian tanto lo no mágico? —preguntó —. Somos parte del mismo mundo, la convivencia ha generado grandes cosas.
—Nosotros no los despreciamos, fueron ellos a nosotros.
Hermione pensó en muchas cosas, todas relacionadas con el Malleus Maleficarum.
—Ha sido duro —dijo, sin poder negarse a la realidad de sus temores —. Incluso ahora, es una lucha constante para que los que no provenimos de una familia mágica, seamos considerados como iguales.
—¿Igualdad? —preguntó, todavía con los ojos cerrados —. Esto no se trata de una lucha social. Es supervivencia, ¿qué crees que harán con nosotros? ¿con nuestra magia? No podemos regresar la página. Somos una pieza que no encaja en el rompecabezas, no tenemos lugar acá arriba, nuestras vidas están en Underground.
—Es una ilusión —repuso Hermione, sintiendo que estaba por llorar otra vez —. Encerrarse en una burbuja, no hace que la realidad sea diferente.
—¿Una ilusión? —preguntó —¿No parece más una ilusión pretender que algún día seremos iguales? Tal como lo llamaste. Te preocupa la aceptación de los magos que se creen sangre pura, pero, ¿qué hay de los que no son magos? ¿Por qué ustedes viven escondidos como ratones? Eligen una calle, la encantan, y fingen que su mundo es ese. Encadenan a los dragones para que no crucen los cielos de las ciudades, les imponen encantamientos a sus hijos para que no se manifieste su magia, se disfrazan para caminar en público. ¿Quién está viviendo una ilusión? En Underground somos libres de ser quienes somos, tengamos magia o no.
—¿Quieres decir que no solo hay magos de sangre pura en Underground?
—No, que tontería. Los magos que eligieron irse, llevaron a sus familias y amigos, para que no fuesen juzgados solo por su proximidad con un sospechoso de hechicería. Muchos de ellos no tenían magia.
Hermione levantó el rostro, a la vez que cerraba los ojos, dejando que la extraña sensación que se había apoderado de su cuerpo, fluyera. No podía comprender si se trataba de alivio, o tristeza, o una cosa indefinida que vagaba entre ambas.
Concentró sus pensamientos, todos los recuerdos más hermosos de su vida.
Se inclinó hacia el frente, sin soltar su varita.
El mago abrió los ojos al sentir sobre su rostro las lágrimas de la bruja, y no se opuso cuando el vínculo que creó le permitió entrar en su mente.
La dejó mostrarle los campamentos con sus padres, los domingos de teatro, las fiestas de té con su madre engalanando la pequeña mesa rodeada de muñecas. El festival de la escuela básica en el que la habían obligado a vestirse de pato, y cuya foto, con el rostro enfurruñado, estaba en la repisa sobre la chimenea. Su carta de Hogwarts, los viajes en tren, los problemas que fueron surgiendo, los amigos que fue conociendo…
La primera vez que alguien la llamó sangre sucia, y a Bellatrix Lestrange sobre de ella marcándole el brazo.
La frialdad de las noches en la búsqueda de los horrocruxes y la horrorosa batalla de Hogwarts, con todos esos niños muertos.
Su primer trabajo en el Ministerio, su boda con Ron… sus hijos…
—Hemos cometido tantos errores —le dijo Hermione —. Y es seguro que los seguiremos cometiendo, pero mientras haya alguien que luche por lo que es correcto… saldremos adelante. No soy tu amiga, quizás nunca lo sea, pero no voy a permitir que el Ministerio les haga daño. No tienen porqué pelear estaba batalla solos.
Sin darse cuenta, él mago había empezado a llorar. No solo había vinculado sus recuerdos, sino también las emociones ligadas a ellos.
—El camino de Ávalon era la única puerta que quedaba— le dijo —. Si ya se ha cerrado, solo Jareth puede entrar y salir.
—Debe haber, alguna manera…
—No lo sé. Si la hay, solo la dama del lago podría ayudarte a encontrarla.
—¿Dama del lago? ¿La esposa de Merlín?
—La dama del lago, no es alguien en particular. Es una forma para referirse a la persona en la que un mago vuelca todo su ser, convirtiéndose en su mayor fuerza, y en su mayor debilidad. Tu familia es tu dama del lago, y la de Jareth, es Sarah.
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Barrio francés de Nueva Orleans
Hermione se acomodó la bolsa en el hombro al tiempo en que miraba discretamente a un lado y otro de la calle. Aparecerse en puntos no controlados por el Ministerio, era un quebrantamiento a las regulaciones, por el riesgo que implicaba la incertidumbre sobre posibles testigos, y la inseguridad del entorno. Un auto mal aparcado, un contenedor, cualquier elemento no considerado podría provocar un accidente. Sin contar, por supuesto, que había cruzado la frontera internacional.
Sin embargo, era más seguro hacer eso, para no poner en riesgo toda su misión.
Nunca había visitado Estados Unidos. La única imagen mental que tenía al respecto, era lo que aparecía en las películas: muchas vistas de la bulliciosa Nueva York. En cambio, lo que tenía ahí, era totalmente diferente.
Mediando entre lo conservador, con sus fachadas de madera y balcones sobresaliendo, y lo moderno, con sus tiendas de electrónica y videojuegos.
Para cuando el sol se ocultaba en el horizonte, cruzó el puente de piedra para llegar a lo que podría considerarse los suburbios, aunque le dio más la impresión de estar en algún tipo de bosque encantado, más parecido al de los cuentos de hadas que leía de niña, que a las reservas protegidas por el Departamento de regulación y control de Criaturas Mágicas.
Siguió el camino hasta el final de la calle, encontrando la casa color azul añil. Miró el piso sintiéndose maravillada por el círculo de piedras, uno de los encantamientos más antiguos que se conocían para proteger lugares, caído en desuso por lo evidente que era, siendo reemplazado por otros más discretos.
Se preguntó qué pasaría si lo cruzaba, si ella, por ser una bruja, sería repelida, o todo dependería de sus intenciones al cruzar. Claramente no tendría por qué alejar todo, sería un problema con el cartero y los vendedores puerta a puerta.
—¿Puedo ayudarla?
Hermione se sobresaltó al escuchar que la llamaban. Detrás, una mujer poco mayor que ella, la había alcanzado. Llevaba una bolsa de papel, de la que sobresalía una rama de apio y una lechuga.
—Lo siento, es que me llamó la atención…
—¿El círculo de hadas? —preguntó con una risa —. Lo hice con mi hermano hace años, para alejar a los monstruos que buscaban refugio bajo su cama, o en los armarios.
—¿Significa entonces que solo puedo pasar con su permiso?
—Todos los amigos son bienvenidos.
—Mi nombre es Hermione Weasley. Estoy buscando a Sarah Williams.
—Soy yo. Lo siento, pero no creo recordarla.
—Es que no me conoce, ¿puedo pasar?
—Por supuesto.
Dubitativamente, Hermione puso un pie al frente, aunque enseguida se dio cuenta de que ningún encantamiento se activó, por lo que llegó hasta el pórtico, detrás de Sarah, ayudándole a sostener la bolsa mientras se hacía cargo de los cerrojos.
—No es de por aquí, ¿verdad?
—No, yo soy de Londres.
—Me lo imaginaba, por su forma de hablar, por favor no se ofenda, es solo que es inconfundible.
—Para nada, sería algo difícil de ignorar.
Luego de que la invitara a la sala de estar, la dejó sola mientras iba a la cocina para dejar sus compras. Entonces, Hermione aprovechó para mirar el lugar: los cuadros con las fotografías familiares eran perfectamente normales, en la mayoría aparecía ella, había también un matrimonio mayor, que supuso eran sus padres, y dos muchachos, uno rubio de grandes ojos azules que aparentemente era jugador de baseball, y otro de cabello oscuro que se parecía mucho a ella, del que solo podía saber que se habría graduado de algo, no estaba segura, quizás la secundaria. Pero todas esas fotografías eran como las que había en casa de sus padres. Las decoraciones, el mobiliario, los libros de la estantería, todo era tan… muggle.
Sarah volvió a aparecer, llevando dos vasos con limonada.
—Perdón por no preguntar —dijo —. Es solo que me serví y pensé que…
—Descuide, está bien. Gracias.
Hermione aceptó el vaso.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?
—La verdad es que es un tema muy difícil, pero es sobre un conocido en común. Yo… no conozco su apellido, pero su nombre es… Jareth.
Miró con atención la reacción de la mujer, pero ella no hizo más que un gesto de incomprensión.
—Lo siento, no me suena demasiado ese nombre en alguien real y es ridículo, lo primero que pensé es un personaje de un cuento que me gusta mucho —respondió volviendo a reírse.
—¿Un personaje de un cuento?
—Sí, Jareth, el rey de los Goblins.
Hermione suspiró, su corazón latía con fuerza, era incapaz de ver si le decía la verdad o solo estaba acatando cabalmente el Estatuto Internacional del Secreto Mágico. Abrió la bolsa de mano para sacar su varita, si la exponía, sabría que podría hablar con ella, pero quizás…
Detrás de Sarah había una fotografía considerablemente más grande que las demás del muchacho de cabello oscuro, entonces solo un bebé, sentado en el estudio de algún retratista profesional. A esa distancia, pudo notar un detalle que en las otras fotos no se notaba. El pequeño sonreía a la cámara mostrando un único diente, pero sus ojos fueron lo que llamó su atención, esos ojos inconfundibles, el derecho azul y el izquierdo café.
—Es su hijo… —susurró.
Sarah se tensó, presa de un horror que comprimió su estómago dolorosamente. Con los ojos llenos de lágrimas saltó hacia Hermione tomándola con violencia de los hombros, haciendo que su bolso cayera al suelo, escuchándose un estrepitoso sonido, como de muchas cosas cayendo, aunque solo salió por entre la abertura, una caja de mentas.
—¡Repite eso! —gritó —¿Quién es Jareth?
En ese instante, viendo su rostro desencajado, amable hasta ese momento, Hermione supo que de verdad no sabía de qué le estaba hablando.
—En cuanto cumplí los veintiún años —dijo Sarah sin soltarla, la bruja solo puso las manos sobre las de ella, sin intentar quitársela de encima —. Me fui de esta casa, pero no tengo recuerdos de lo que pasó los siguientes dos años… mis padres me encontraron en un hospital de Los Ángeles, y ya tenía cuatro meses de embarazo.
Las lágrimas caían por sus mejillas acentuando la desesperación de su voz.
—¡¿Sabes quién es el padre de mi hijo?!
Hermione sintió un nudo en la garganta.
"Jareth, ¿qué hiciste?", pensó.
Sin embargo, antes de que alguna de las dos pudiese decir o hacer algo más, un ruido rompió el silencio. Un ruido de cristal, como el que Hermione había escuchado ya otras veces. Giró la vista hacia su bolso caído, y vio la esfera que Jareth le había dado hacía tiempo.
La esfera rodó lentamente ante la mirada de las mujeres, deteniéndose a los pies de Sarah, entonces empezó a brillar de una forma tan cegadora que ambas cerraron los ojos. Hermione la escuchó gritar, y sin dudarlo siquiera, la abrazó, tratando de apartarla del objeto aquél.
Para cuando todo volvió a la normalidad, ambas estaban en el suelo. Hermione debió quitarse de encima, y enseguida revisó a la mujer, seguía llorando, pero estaba aparentemente bien, con la fuerza suficiente como para llevarse ambas manos a la cara, girándose para hacerse un ovillo.
Preguntándose qué sucedió, Hermione buscó la esfera de cristal sin poder encontrarla.
Sarah se incorporó, apoyándose en el sillón, alcanzando la mesita en la que estaba el teléfono.
—Espera, ¿qué estás haciendo? —preguntó Hermione.
—¿Gal? —llamó Sarah sin escuchar a la bruja —, por favor, vuelve a la casa.
—¿Qué haces? ¡Por favor, dime qué sucede!
Sarah se giró hacia ella. Sus mejillas arreboladas, el cabello desordenado y sus ojos verdes reluciendo por el efecto de las lágrimas, pero ya no había dolor en ellas, no había esa desesperación cuando sugirió el nombre del padre de su hijo. Hermione se tensó cuando le echó los brazos al cuello, a lo que solo pudo corresponder torpemente.
—Jareth me sacó del laberinto cuando el títere de Voldemort se convirtió en ministro de Magia, sería cuestión de tiempo antes de que supiera de nuestra existencia.
Hermione abrió mucho los ojos, apartándola para mirarla a los ojos.
—¿Pius Thicknesse? ¡Han pasado veinte años de la derrota de Voldemort!
Sarah desvió la mirada llevándose una mano a la cabeza, intentando concentrarse.
—Espera… ¿cómo es que lo recuerdas ahora? —preguntó la bruja.
—Jareth tenía que borrar todo, un solo desliz destruiría Underground…
—¿Por qué?
—Porque yo tengo la solución al laberinto. Y el laberinto es la última defensa del corazón de Underground.
Comentarios y aclaraciones:
¿Lo esperaban? Jareth le dijo desde el principio a Hermione que el cristal le daría las respuestas que quería.
Solo lo comento.
¡Gracias por leer!
