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Capítulo XXI
El regreso al Laberinto
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Casa Williams
Hermione se quedó impresionada cuando el hijo de Sarah apareció en la casa, se notaba que había corrido, aunque cabía destacar su complexión atlética, por lo que se justificaba el poco tiempo que le tomó.
Sin reparar en la mujer extraña en su casa, corrió hacia su madre haciéndole mil preguntas sobre lo que la había alterado. Sarah, aún llorosa, pero con una sonrisa, tomó su rostro entre sus manos para calmarlo.
—Necesito que ahora, más que nunca, confíes en mí. Necesitamos ayudar a tu padre.
—¿Mi… padre?
El muchacho se quedó en blanco, incluso pareció que su corazón, desbocado hasta ese momento, se detuvo, al igual que su respiración. Entonces, Sarah se dirigió hacia Hermione.
—Tenemos que irnos —le dijo —. No sé qué esté planeando con los niños, pero estoy segura de que nunca los lastimaría, y si ordenó que volvieran, seguramente es para acuartelarse.
La bruja intentó tragar saliva, pero no lo logró, su garganta simplemente no se lo permitió.
—¿Eso significa…?
—Sí. Probablemente el enfrentamiento es inminente. Hermione, él es mi hijo, Galahad.
Sarah tomó su chaqueta del clóset de la entrada y le pidió a ambos que la siguieran. Aún azorado, el muchacho fue detrás. Resultaba curioso que, siendo un joven alto, casi adulto, se viera en ese momento como un niño inseguro. De hecho, verlo tomando de la mano a su madre, provocó algo en Hermione, realmente quería creerle que Jareth no haría nada a los niños.
Fueron por detrás de la casa, apenas en el límite del jardín con el bosque, cruzando por un puente de piedra apenas en pie, sin nada más que una hendidura por debajo, único vestigio de que ahí, quizás hubo un riachuelo.
—Ayúdame —le dijo Sarah a su hijo, luchando por mover la maleza que cubría una pesada tapa de madera medio podrida con un soporte de hierro oxidado. Galahad así lo hizo, y quedó al descubierto un pozo.
Los tres se inclinaron al frente, olía a encierro, moho y abandono. Hermione frunció el ceño, tenía una sensación extraña, indudablemente había algo mágico ahí adentro, pero no entendía qué. Miró a la mujer rebuscar entre lo que llevaba, hasta que, haciendo un gesto de resignación, se quitó un anillo que llevaba y lo arrojó.
—A tu abuela no le va a hacer gracia, pero es oro viejo —dijo, aunque la broma no tuvo efecto alguno en el muchacho, a diferencia del rugido que provino del fondo, que lo hizo temblar de pies a cabeza.
—Guardian de la puerta, ¿estás ahí? —dijo, inclinándose aún más hacia el pozo.
—¿Quién va? —rugió una voz en el fondo.
El chico bien pudo echar a correr en ese momento, pero la quietud de su madre lo detuvo.
—Mi nombre es Sarah Williams. Jareth, el rey Goblin es mi esposo.
—¡El laberinto no tiene reina! —reclamó el pozo, con una voz hueca y cavernosa, completamente horripilante.
—No dije que lo fuera.
—¿Mamá? —preguntó Galahad. Tal vez eso no era en absoluto lo que quería decir, pero fue lo único que pudo balbucear.
La tierra se sacudió nuevamente.
—Treinta caballos blancos en una sierra colorada, que cuando cabalgan machacan y trituran, pero luego descansan. *
Hermione levantó una ceja, el chico a su lado se había puesto más pálido, incluso pensó que se desmayaría, por el contrario, se abalanzó hacia su madre cuando esta se encaramó en el borde del pozo.
—Los dientes —respondió Sarah con simpleza, dándole una palmada en mano a su hijo para calmarlo —. Los veo allá.
Tembló. Súbitamente, el olor a moho se desvaneció, y una corriente de aire ascendió desde el fondo. Entonces, sin más, se dejó caer sin que nadie pudiera detenerla.
Hermione y el muchacho intercambiaron miradas, podían ver el fondo del pozo lleno de maleza, pero no a Sarah.
—¿Qué diablos está pasando? —preguntó el chico a Hermione —¿Es como una pesadilla o algo?
—Eso quisiera yo, pero me temo que es más real que lo que fuera que hacías esta misma mañana. Guardián de la puerta, ¿estás ahí? —preguntó la bruja.
—¿Quién va? —preguntó de nuevo la voz.
—Mi nombre es Hermione Weasley. Jareth, el rey Goblin es mi amigo.
—¡El rey no tiene amigos!
—¿El asunto es llevar la contraria? —preguntó —¡Los tiene! ¡Los quiera o no!
Hubo un momento de silencio, Hermione después pensó en que la respuesta quizás era completar con "solo seguidores y enemigos", que sería lo más normal. Sin embargo, antes de intentar de nuevo, el pozo habló.
—Todos pueden vivir sin aliento; y son fríos como los muertos. Nunca tienen sed y siempre beben. Todos en mallas, siempre en silencio. *
Hermione suspiró, pensándolo un momento.
—¿Los peces?
Volvió a sentir el aire, y alentó al muchacho a saltar, sin embargo, cuando lo hizo, solo se hundió en la maleza hasta la cintura, cuando sus pies tocaron tierra firme.
—Parece que solo puede pasar quien responde —dijo Hermione tendiéndole una mano para ayudarlo a subir.
—Entonces baja, iré detrás.
Hermione tomó aire, decidida a aguantar la respiración como hacía cuando usaba la red flu, y se dejó caer.
No fue en absoluto como un tobogán de parque acuático, ni siquiera una resbaladilla de parque normal; piedras y tierra se enredaron en su ropa y cabello, aunque más que deslizarse, sentía como si la estuviesen jalando por los pies en un tramo más largo de lo que había sospechado al principio.
Cuando llegó finalmente al suelo, rodó un poco, adolorida y levemente mareada, Sarah la ayudó a incorporarse, y lo primero que revisó, fue que la bolsa no se hubiera abierto y la varita estuviese bien.
Casi enseguida, por el mismo hueco de donde ella había salido, Galahad rodó a sus pies, quedándose en el suelo unos instantes.
—Esto tiene que ser un sueño —dijo mientras se incorporaba.
Sonriendo, Sarah le sacudió la tierra.
Hermione notó algo extraño en el polvo que le quitaba y no pudo evitar darse cuenta de que pasaba lo mismo con ella; no era normal, parecía tener una parte de purpurina plateada por cada dos de tierra marrón.
Siguió a los demás que se encaminaban al borde de un barranco.
—Prometo contarles todo, pero primero, tenemos que llegar al castillo.
Hermione contuvo el aliento, desde ahí se podía ver un inmenso laberinto de piedra que se extendía hasta el horizonte, y en el centro, se alzaba un castillo, cuyas torres no tenían nada que envidiar a las de Hogwarts.
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Castillo del Laberinto
Hugo se había hecho un ovillo en una esquina de la habitación, con Albus y Scorpius a su lado.
Los cinco magos y Jareth estaban siendo atendidos por otros. Ninguno usaba el uniforme de sanador, pero se mostraban especialmente alarmados por la herida en el pecho de Jareth, mientras que el resto solo tenía algunas lesiones menores.
El que se había enfrentado a su madre empezó a dar órdenes. Algunos salieron a toda prisa, seguramente para hacer lo que se les había dicho, y entonces una mujer que llevaba una túnica violeta, reparó en los tres niños. Se inclinó hacia ellos, notando la sangre que tenía Hugo en la cara, y usando uno de los paños húmedos que llevaba, lo limpió. Luego les preguntó algo, y había sido amable, pero no pudieron entenderle.
Hugo bajó la mirada, sintiendo que iba a empezar a llorar. La imagen de la sangre saltando había sido demasiado impactante. Estaba seguro de que habían atravesado a su maestro por completo, sin embargo, este recobró el sentido y por indicación suya, la mujer de la túnica violeta los acercó a él.
Jareth se tensó cuando Hugo lo abrazó. No le gustaba ese tipo de demostraciones afectivas, aunque se encontraba más extrañado de que el niño sintiera la necesidad de hacerlo, porque implicaba que asumía una relación personal con él.
—Estoy bien —dijo con mucho trabajo, poniendo la mano en su cabeza, intentando revolverle el pelo, aunque no lo consiguió del todo —. Necesito que hagan algo por mi —siguió, buscando el amuleto que siempre llevaba colgando, aunque debido a la intervención para tratar su herida, estaba fuera de lugar.
Scorpius fue el primero en percatarse de lo que quería y lo alcanzó.
—¿Qué es lo que necesita? —preguntó.
—Tienen que ir a la sala del trono.
Se interrumpió a sí mismo por un acceso de tos que manchó con más sangre su ya de por sí arruinada ropa, y pese a las circunstancias más críticas en que se encontraba, eso le fastidió bastante.
—Debajo del trono hay una trampilla, con esto la pueden abrir. Traigan el libro que está ahí.
Los tres chicos salieron corriendo, y los demás volvieron a su tarea de atenderle. Sin embargo, casi enseguida un grupo de goblins entró en tropel dando chillidos eufóricos que ninguno de los magos pudo controlar, las criaturas no parecían siquiera considerar que existían y no se detuvieron sino hasta que estuvieron en el lecho, rodeando de cerca al rey.
—¡Ella ha vuelto! —exclamó por fin uno, sobreponiéndose a los demás —¡Ha vuelto como Su Majestad dijo!
Todos los presentes intercambiaron miradas.
—¿Por qué esa mujer volvería? —preguntó uno de los que habían atendiendo a su llamado.
Molesto, decidido a que dejaran de socavar su autoridad, Jareth reunió fuerzas para incorporarse.
—Está aquí porque así debe de ser —le dijo, sintiendo que los brazos le temblaban —. Sarah es mi esposa, y es la legítima guardiana del laberinto.
Consiguió levantarse, pero eso solo avivó los sentimientos de sus compañeros.
—¡No lo sería si no lo hubieras regalado como si fuera una pera en dulce! ¡¿Cómo se te ocurrió?!
—¡Tenía que hacerlo! ¡Los fanáticos de Voldemort estaban demasiado cerca de nosotros, cambiar la configuración del laberinto era la única opción!
—¡Y mira lo bien que ha salido! —reprochó otro —¡Tenemos que llamar al resto de las coronas y todos los abanderados, es cuestión de tiempo antes de que empiecen a llegar!
—No van a pasar de aquí —insistió Jareth.
—¡Nos van a matar a todos!
—¡No mientras yo sea el rey!
El silencio fue absoluto. Tanto que pudieron escuchar un sollozo.
Jareth giró la vista, y su semblante cambió por completo. Ya le habían dicho que estaba ahí, así que no debería ser sorpresa de ninguna manera, sin embargo, en ese momento comprendió que no estaba realmente listo.
Sarah corrió hacia él, echándole los brazos al cuello mientras rompía a llorar.
Jareth levantó una mano en un claro ademán, e incluso los magos con los que había estado discutiendo salieron de la habitación, y los goblins, que se habían arremolinado en la cama, hicieron una expresión de enternecimiento y burla a la vez, antes de estallar en carcajadas y salir a tropel.
—Te eché tanto de menos —dijo Sarah despegándose un poco para mirarlo a los ojos.
—Eso no es verdad —respondió Jareth —. Tomé todos tus recuerdos.
—Mi corazón —repuso ella poniéndose en puntas de pie para besarlo. Jareth no se resistió, se inclinó levemente, pues seguía siendo más alto, rodeándola por la cintura, aunque el dolor en su pecho le arrancó un quejido.
Alarmada, Sarah le hizo volver a recostarse, por su parte, Hermione se sintió completamente confundida. El hombre que estaba ahí no era, en absoluto, el mismo que había llegado al callejón Diagon, y menos el que se incorporó a la plantilla docente de Hogwarts. Incluso parecía más humano de lo que nunca creyó.
—Gal —llamó Sarah, extendiendo la mano hacia su hijo.
Él no quería acercarse, no quería siquiera aceptar que eso estaba pasando.
Cuando era niño, sus abuelos le habían dicho que su padre había muerto en un accidente mucho antes de que naciera, pero aun así insistía en saber su nombre, a qué se dedicaba, cómo se habían conocido.
Sin embargo, desde hacía un par de años, y hasta esa misma mañana, estaba convencido de que las circunstancias de su nacimiento eran dolorosas, con un matiz criminal, por eso había dejado de preguntar, porque no quería causarle ningún dolor a su madre.
Lentamente avanzó, sin llegar a entablar ningún contacto.
—Tenemos mucho de qué hablar —le dijo Jareth con cierta altives —, pero no ahora. Tengo que hablar con esa bruja amargada.
Hermione hizo un mohín. Todo lo conmovida que se había sentido en esa escena de reencuentro, se había esfumado. Sin embargo, tampoco se sentía enteramente molesta. Suspiró cuando Sarah se puso de pie, llevándose a Galahad de ahí. Seguramente empezaría a explicarle algunas cosas.
—¿En dónde están los niños? —le preguntó, sentándose a su lado, con el bolso en sus piernas para empezar a buscar un par de pociones que le serían de ayuda.
—En el salón del trono. Están bien.
—Eso no es verdad —repuso, destapando el primer frasco, ofreciéndoselo, aunque como si fuese un niño pequeño, Jareth se rehusó a tomárselo, si bien acabó haciéndolo de todos modos —. Los hiciste cruzar una línea que jamás deberían. Son solo niños. No soldados.
Jareth se quejó cuando la poción empezó a hacer efecto, sus entrañas parecían comprimirse y en un quejido, Hermione aprovechó para darle la segunda.
—Tienes que recuperarte —le dijo —. Se ha desatado el caos.
—No había otra manera —respondió —. Yo solo no habría podido entrar al ministerio.
—Pudiste pedírmelo a mí, trabajo ahí.
Él volvió a suspirar, y la buja sintió que de nuevo estaba insultando su inteligencia.
—Hay una cámara en el Departamento de Misterios en la que se encuentra la primera puerta a Underground, aquella en la que cerró el hechizo para ocultarnos. Me tomó tiempo, pero la encontré. Solo que ni siquiera el ministro de Magia británico puede abrirla solo, necesita de otros ministros, y ninguno le ayudaría sin una causa de peso, por eso empezó a armar el caso de Audiencia disciplinaria. Si conseguía convencer a todos que somos un peligro, podría convencerlos de entrar. Necesitaba de Hugo para ayudarme a transmutar el hechizo, para que ni siquiera con todos de acuerdo pudieran abrirla. Llamé a las coronas como distractor, sacar a la mayor cantidad posible de gente del edificio.
—¿Por qué no me puedes decir lo que hacen con los niños?
Jareth se rio quedamente.
—Solo me divertía a tu costa —le dijo, sonriendo de medio lado. Hermione hizo un mohín, siempre parecía estar molesto con ella, no que se estuviera divirtiendo —. Además, eso te mantenía ocupada y lejos de mis verdaderos asuntos.
—¡Pero la profesora McGonagall dijo que te llevaste a su hermano Robert!
—Hay varias cosas que tengo que hacer como rey de Underground, una de ellas es buscar un legítimo sucesor. Que alguien rechace a un niño o no, es irrelevante. Desde pequeña, Minerva ha sido extraordinaria, pensé que podría ser ella, así que la puse a prueba.
—¿Resolver el laberinto?
Él asintió.
—Resolver el laberinto es la prueba del pensamiento libre. Muchos magos viven encasillados en sus propios paradigmas, para poder resolver el laberinto tienen que desprenderse de ellos. No sé si intentaste algo camino acá, o solo dejaste que Sarah te guiara, pero no puedes usar magia entre sus muros. Pero resolverlo no es suficiente, la siguiente prueba es más simple, tiene que enfrentarse a mí en un duelo de alteración de la realidad, yo haré unas modificaciones, y el aspirante debería ser capaz de, o crear otras, o devolverlas a su estado anterior. Ahí fue cuando Minerva falló, así que le devolví a Robert y la regresé a su casa. Nunca me he quedado con ningún niño, y tampoco permito que los goblins lo hagan, los tratan como juguetes. Y solo traje a Robert porque Minerva no quería venir.
—Ya veo, basaron toda la acusación en rumores y folklore.
—Mientras más citaciones tuviera, más tiempo tenía para buscar lo que quería.
Las pociones que le había dado Hermione cumplieron su propósito, así que volvió a levantarse.
—Realmente eres talentosa —dijo, palpándose la herida del pecho.
Hermione se hinchó de orgullo.
—Deberías ser más receptivo con las pociones estandarizadas. Algo de progreso e investigación sustentada no le harían mal a tu mundo.
Jareth sonrió de medio lado, apareció entre los dedos una esfera de cristal.
—No sé por qué no lo has considerado —le dijo, entregándosela —. Pero quizás, en el fondo, sabes que también te traje, mucho antes de tu primer año.
—¿A mí?
Hermione, con el ceño fruncido, tomó la esfera, mirándola con extrañeza. Sin embargo, recordó varias conversaciones que había tenido con él, y entendió que varias veces lo había insinuado.
—¿Por qué no lo recuerdo? ¿También borraste mis memorias?
—No. La verdad es posible que solo lo hayas asimilado como un sueño.
Ella trató de escudriñar el interior, pero solo veía imágenes borrosas. Se dio por vencida, nunca iba a poder mirar a través de un cristal. Sin embargo, tener de nuevo uno de esos entre los dedos, le hizo recordar algo más.
—Sé que, desde la primera vez que nos vimos —le dijo —, te he causado antipatía, por decir lo menos. Y que mis acciones solo te irritaban cada vez más. Aun así, me diste algo tan valioso como los recuerdos de Sarah, ¿por qué?
Jareth la miró desde su sitio en la cama, con el semblante pálido por la pérdida de sangre que no se recuperaba del todo.
—Porque sé, que nunca la lastimarías, ni siquiera en nombre de un bien mayor.
Comentarios y aclaraciones:
*Saqué las adivinanzas de El Hobbit, no se me ocurría nada.
Siempre habrá un lugar especial de mi corazón, una fantasía de Jareth y Sarah como familia.
La tensión se siente, y lo peor está por suceder.
Abrí una fanpage de Facebook: El moleskine de Kusubana.
¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.
Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!
Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.
¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto
¡Gracias por leer!
