El arte de guardar un secreto
Estaba sobre la cama con los ojos cerrados, hacía rato que había despertado, pero la primera visión que tuvo le causó tanto miedo que pensó que era un sueño, no obstante, una parte de él, la que le aseguraba que todo era tan real como el dolor de todo su cuerpo, barajaba las posibilidades de que estuviera bajo el efecto de alguna droga de prueba, ya fuera como simple conejillo de indias del sistema de salud o porque le iban a extirpar sus órganos para venderlos en el mercado negro.
La otra opción era que no se trataba de una alucinación por drogas y simplemente estaba loco. Después de todo, uno nunca sabe en qué momento se pierde la razón, si se supiera, nadie en los psiquiátricos renegaría de su diagnóstico.
—¿Qué es lo que puede recordar? Desde el principio. ¿Cómo se llama? ¿De dónde es? —preguntó nuevamente la misma voz femenina con admirable paciencia.
—Mi nombre es Aleksandr Mijáilovich Kuznetsov, nací en Middlesbrough, en 1978…
—Bien, tranquilo, no se esfuerce. Es normal que esté cansado y confundido, puede abrir los ojos.
—No.
— ¿Por qué?
—Porque hay un retrato que se está moviendo.
La mujer rio un poco, él se asustó, definitivamente estaba loco.
—Ahora yo estoy enfrente, y si abre los ojos, me verá a mí y entonces le contaré un secreto.
Lentamente se armó de valor para hacerlo sin confiar completamente, pero tal como lo había prometido, la mujer estaba inclinada al frente ocupando la mayor parte de su visión. Su cara era agradable: redonda, de mejillas sonrosadas y ojos azules, pero no estaba vestida del impecable blanco de las enfermeras, lo que lo asustó aún más, pues significaba que no estaba en un hospital.
—Bien, señor Kuznetsov, está usted en la sala Llewellyn para mordeduras serias del Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas.
Sasha contuvo el aliento hasta que empezó a marearse. Se relamió los labios descubriendo que su gusto era amargo y pegajoso. Sin que la mujer se quitara de enfrente volvió a sonreírle.
—Inténtelo de nuevo. ¿Qué es lo último que recuerda antes de perder el conocimiento?
Tartamudeo, no quería decir que un monstruo lo había atacado porque, por más que trataba de hacerse a la idea de que había sido un perro rabioso o algo parecido, la imagen de la criatura erguida frente a él se burlaba de su sentido común.
—Probablemente no me vaya a creer —se animó a decir entre tartamudeos.
—Inténtelo.
—Me atacó una criatura como… como animal… pero…
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda al tiempo en que el escozor en sus brazos le recordaba las garras clavándose en su carne.
—Es usted muy afortunado, ningún muggle había sobrevivido al ataque de un hombre lobo en los últimos setenta años.
Hubo dos palabras que ocasionaron que el cerebro de Sasha casi colapsara, pero muggle no era ninguna de ellas, no le importaba lo que significara, incluso si era un insulto. ¿Esa mujer había dicho "hombre lobo"?
La pregunta debió reflejarse en su cara porque ella se precipitó para continuar.
—Lo encontramos en Little Whinging ¿Recuerda lo que hacía ahí?
—Fui a cenar con mi jefe, estaba esperando el autobús.
—Muy bien, y dice que recuerda a la criatura ¿No?
—Creo… que sí…
—Mire, señor Kuznetsov, en unos momentos vendrán unas personas a hacerle algunas preguntas, no tenga miedo de responder con la verdad, yo sé lo que vio y ellos también, solo queremos ayudarle. ¿Está bien?
Asintió aún con el temblor presente, la mujer volvió a sonreírle y se quitó de enfrente, quiso cerrar los ojos para no ver el cuadro, pero al final no lo hizo, descubriendo que estaba ahí colgada la pintura de una cortina y nada más, como si faltara el retrato de la persona que debía de estar ahí. Respiró profundamente, pero cuando buscó a la mujer, ya no estaba tampoco, ni ella ni nadie más en la habitación, aunque había un total de seis camas dispuestas.
Tal como lo había prometido ella, al poco rato llegó un hombre con una capa verde oscuro debajo de la cual había un traje de pantalón y chaleco marrones, le acompañaba una jovencita con un traje azul, oculto en parte por una capa negra más corta que la del hombre, también llevaba una tabla de notas en las manos y una pluma, no un bolígrafo, una pluma de ave color marrón. Quiso sonreírles, pero al final solo hizo un sonido parecido a un gemido desdichado.
—Buenas tardes —saludó el hombre acercándose hasta él con la mano extendida —. Mi nombre es Amos Diggory, trabajo en el Ministerio de Magia, en el Departamento de regulación y control de Criaturas Mágicas, división de seres. Y ella es la señorita Hermione Granger, mi asistente.
Sasha los miró, si podía caber más espanto en él, fue capaz de expresarlo sin palabras, porque si se trataba de una broma era sin duda una muy elaborada. Quiso incorporarse para aceptar el saludo.
—Tiene más fuerza y mejor semblante de lo que podría esperarse de alguien en su condición, señor… ¿Mijalovich?
—Mijáilovich. Aleksandr Mijáilovich Kuznetsov, Mijáilovich es en realidad mi patronímico, mi apellido es Kuznetsov.
— ¡Vaya! Eso es difícil de recordar. ¿Lo pudo anotar, señorita Granger?
—Sí, señor— respondió la joven.
—Todos me llaman Sasha, si le parece más sencillo.
—Definitivamente. Mire, me temo que no puedo ahondar en detalles por ahora, en tres semanas ocurrirá la luna llena de noviembre y entonces podremos corroborar el grado en que usted se contagió de licantropía, dependiendo de los resultados se establecerá un protocolo. ¿Está bien?
Negó rotundamente con la cabeza.
—¿Para qué show es esto? ¿Es legal hacerlo con personas heridas?
—¿Show? —preguntó el señor Diggory confundido —. Perdón, no entiendo a lo que se refiere.
Hermione se aclaró la garganta pidiendo la palabra.
—Esto no es una broma —dijo seriamente —. Sé que puede parecerlo, pero créame que esto es muy serio.
La joven se acercó más, hasta quedar a su lado descubriendo el vendaje de las heridas de sus hombros, Sasha miró cuatro franjas profundas y simétricas que recorrían sus hombros hasta el pecho, eran tal como las recordaba, solo que sin la sangre.
—Por difícil que le resulte creerlo, eso que lo atacó fue un hombre lobo, uno que habíamos estado buscando desde hace varios meses, había cobrado ya muchas víctimas, y, a decir verdad, es usted el único que ha podido vivir para contarlo.
Las marcas estaban enrojecidas, no era una cicatriz normal, era como si su cuerpo hubiera sido siempre así, con ese faltante en la carne. Las tocó, ya no dolía, pero la sensación del desgarre regresó a su mente.
—¿Un… hombre lobo? —preguntó en voz alta aún crédulo —. Los hombres lobo no existen— aseguró mirando a la joven.
—¿Tampoco la magia? —le preguntó ella levantando una ceja.
—Tampoco.
Estaba seguro de eso, no por amargura sino por practicidad, y aún con todo y que disfrutaba bastante de los espectáculos de ilusionismo, no creía que la magia existiera realmente.
—Está bien, lo entiendo, pero al menos estará de acuerdo en que sus heridas son muy reales y necesita descanso. ¿No?
Sasha asintió.
—Pero tengo un problema con el seguro. ¿En qué hospital estoy? No sé si mi trabajo cubrirá todos los gastos.
—De eso me ocuparé yo. No hemos podido encontrar algún familiar al cual notificar.
—Es que no tengo, no aquí en Inglaterra.
—Ya veo.
—¡Pero mi trabajo! ¡Debo informar a mi jefe!
—El señor Dursley ya lo sabe. De verdad, creo que lo mejor será que se quede aquí por unas tres semanas.
—No se ven tan graves —dijo mirando de nuevo las heridas de su hombro.
—Bueno, la herida cerró, pero aún persiste la infección, uno nunca sabe que enfermedades puede tener un animal.
El joven volvió a asentir, esa explicación le había parecido más razonable y la aceptaba.
—Si ya estamos de acuerdo en eso, y en vista de que usted es responsable de usted mismo, creo que solo deberá firmarme unos documentos —intervino el señor Diggory luego de que su asistente consiguiera cambiar el semblante del paciente.
—¿Consentimientos médicos? —preguntó, tomando la pluma con extrañeza.
—¿Disculpe?
—Sí, son los consentimientos médicos, medicación y tratamiento —se apresuró Hermione antes de que su jefe preguntara a qué se refería. En esencia era lo mismo.
Sasha tenía toda la intención de leerlos, pero empezó a sentir la vista cansada, casi con amenaza de que sus ojos se cerrarían para quedarse dormido, así que se apresuró a firmar al final de las páginas que el hombre le indicaba.
—Si no le molesta, y si se encuentra en condiciones, la señorita Granger vendrá después a hacerle algunas preguntas, de rutina más que nada.
—Sí, está bien.
Le regresó la tabla y la pluma acomodándose entre las almohadas, sentía mucho sueño y de hecho no tardó en quedarse dormido.
—Podría suceder que no se transforme —dijo el señor Diggory ajustándose las gafas con un semblante triste.
—Podría, pero el que no haya muerto en primer lugar, significa que es lo suficientemente fuerte como para recibir la maldición —dijo Hermione.
Se quedaron callados, solo mirándolo dormir.
—Mi muchacho tendría su edad.
La joven bruja inclinó la cabeza, aún después de tanto tiempo, la muerte de Cedric seguía flotando a su alrededor, y seguramente sería así para siempre, buscándole en cada joven que tuviera la misma edad que su hijo podría tener.
—¿Cuál sería el protocolo si se transforma?
—Tendremos que establecerlo, señorita Granger, hace setenta años que no había sobrevivido un muggle al ataque de un licántropo.
—¿Y qué pasó con él?
—Se suicidó.
—¿Y antes de él? ¿Los casos registrados?
—Muy poca gente se dedica al estudio de los hombres lobo, y los hombres lobo por sí mismos no se dejan estudiar, nadie quiere admitir lo que es. Y el ministerio no siempre puede encontrar a todos los contagiados, le aseguro que el registro que tenemos en la oficina, no es una cuarta parte de la población real con licantropía.
—Creo que la marginación social de la que son víctimas tiene que ver — aseguró la chica como un reclamo que, sin embargo, su jefe no tomó personal.
—En todo caso, si no llegase a cambiar, solo tendríamos que borrar sus recuerdos y hacerle creer que lo atacó un animal común. Regresemos a la oficina.
Hermione dedicó una última mirada al muchacho, no tenía caso explicarle las cosas en ese momento, si debían borrarle la memoria poco iba a importar, y si se transformaba, entonces habría que esforzarse menos en convencerlo.
Tal como lo había anunciado el hombre, la jovencita volvió a visitarlo varias veces, pero él se sentía cada vez más débil y estaba convencido de que trataban de matarlo con aquél horrible brebaje que le hacían beber sin falta.
—Hoy van a cambiarlo de sala —anunció Hermione.
—Me contagió de algo, estoy seguro, nunca me había sentido tan mal —consiguió decir Sasha. Sentía que trasudaba como si fuese un helado bajo el sol de verano y mantenerse despierto le costaba trabajo. El dolor se había apoderado de cada parte de su cuerpo, estaba tan débil que no podía ni mantenerse sentado, así que pasaba el día y la noche recostado, apenas consiguiendo girarse un poco.
—Esta noche vendrá lo peor.
Hermione tragó saliva, todo apuntaba a que sí iba a cambiar. Los sanadores habían estado suministrándole la poción matalobos durante el transcurso de la semana, solo por si acaso, y evidentemente había sido lo más indicado.
No era el primer lobo que vería cambiar, recordaba al profesor Lupin durante su tercer año de escuela, pero no por eso sería menos impresionante, además él siempre lo había descrito como el dolor más horrible que cualquier hombre podría sentir, solo superado por la maldición imperdonable de tortura.
Pronto llegaron su jefe, un hombre alto de piel oscura llamado Gershon Shacklebolt, que era el instructor personal que el ministro había puesto a Harry para recibir el entrenamiento obligatorio para auror, y el propio Harry.
—¡Qué bueno que llegaron! —dijo la joven bruja
—Aún faltan varias horas para el anochecer —dijo Harry saludándola con la sonrisa más débil que había tenido en toda su vida.
—¿Te sientes bien, Harry? —preguntó preocupada. El mago se acercó a ella para susurrarle.
—Este hombre busca la manera de matarme legalmente.
La bruja había escuchado que el entrenamiento para auror era el más difícil de todas las especializaciones de la magia, pero ver a Harry en tal estado de agotamiento superaba por completo las expectativas de ello. Con horror, se preguntó cómo es que Ron lo estaría sobrellevando, a él lo habían enviado a recibir su entrenamiento en Escocia y aunque aparecía por su casa algunos fines de semana para invitarla a salir, tal parecía que procuraba hacerlo cuando ya había comido y dormido lo suficiente como para no parecer un muerto viviente.
Se unieron a la comitiva dos sanadores que tomaron la camilla avanzando hacia la habitación privada en la que Sasha debía estar resguardado durante la luna llena.
—¿A dónde vamos? —gimió Sasha empezando a ser consiente del movimiento y de toda la gente a su alrededor.
—Tranquilo, esta noche todo se va a aclarar —respondió Hermione, regresando su atención a él, tratando de sonar tranquila, aunque en realidad se encontraba muy ansiosa.
La habitación asignada era en toda regla una celda. El muro era de piedra sólida y gruesa, sin ventanas ni más puerta que por la que habían entrado.
Los sanadores acercaron la camilla al centro junto a otra mesa que más parecía la roca de sacrificio de una aldea pagana, lo pasaron ahí y se apresuraron a sujetarle los brazos y piernas.
—Esto es indignante, la poción matalobos los vuelve inofensivos —reclamó Hermione a su jefe con el ceño fruncido.
—Es su primera vez, y no importa que sea un muggle, no sé tú, pero yo estaría muy confundido, asustado y con un juego de garras y colmillos que no sé controlar —le respondió mirándola por encima de sus anteojos, pero para la joven, la respuesta no era suficiente y con el transcurso de las horas se volvía cada vez más incómodo el siquiera mirar al muchacho que empezaba a retorcerse, luego salieron de ahí, cerrando con varios encantamientos la puerta de barrotes.
Hermione soltó un chillido cuando le vio gritar y forzar sus ataduras.
—Ya empezó —anunció solemnemente uno de los sanadores al mismo tiempo en que empezaban a escucharse los gritos.
La bruja se encogió en su lugar, completamente incapaz de alejarse de la puerta, no recordaba que la transformación del profesor Lupin fuera tan dramática. Volvió a tragar saliva, solo mirando. Harry y su tutor estaban como parte del protocolo de seguridad, aunque ya estaba más que comprobado que no había manera de controlar a un hombre lobo.
—¡No puede ser! —exclamó alguien.
Las correas con las que habían sujetado sus muñecas se habían roto y la criatura, a medio camino entre hombre y bestia, se irguió. Era definitivamente mucho más grande que el profesor Lupin, más ancho y fornido.
Luego emitió un largo aullido.
Los magos se prepararon para lo peor, solo deseaban confirmar que la poción había surtido el efecto adecuado y aún con la imponente figura de la criatura de pie, en la roca que le había sujetado, nadie hizo nada. El hombre lobo se quedó quieto, mirándolos con sus ojos amarillentos que destellaban un poco en la oscuridad de su prisión.
—¿Señor Kuznetsov? —preguntó el señor Diggory que había quedado detrás del auror cuando este se hubo acercado luego de que la joven bruja gritara.
El animal gimió y todos respiraron aliviados al verle encogerse, no obstante, fue Hermione la primera en decir algo más.
—Está bien, Sasha. Solo debes quedarte aquí esta noche, por la mañana hablaremos.
—Señorita Granger, la poción matalobos realmente no les devuelve la conciencia humana. Recordará el proceso de transformación, pero nada más —dijo Gershon Shacklebolt tomándola por el hombro.
Habiendo sido exitoso el procedimiento, por poco positivo que pudiera resultar la licantropía, Harry y su tutor se despidieron, pero los otros debían de quedarse, apenas recobrara su forma humana, habían de darle la información completa sobre el mundo al que acababa de entrar.
Esperaron el amanecer en la cafetería, no servía de mucho permanecer fuera de la celda tan solo escuchando los sollozos del lobo.
—¿Entonces seguiremos el protocolo que planeamos? —preguntó la joven con un dejo de tristeza.
—Tal parece que sí, señorita Granger. El Ministerio se hará cargo de las cuentas hospitalarias hasta ahora, pero deberá hacerse de una poción matalobos cada mes si no quiere problemas, es parte del tratado de no agresión que debe firmar mañana, y es una poción costosa, deberemos trabajar arduamente en estos días para lograr ubicarlo dentro de la comunidad mágica, con un trabajo que le permita vivir dignamente y costearse la poción, ya que él mismo es incapaz de prepararla.
Pero la realidad era un poco más complicada que eso, Hermione había enviado solicitudes a diversas colocaciones de trabajo, pero nadie contrataba a un hombre lobo bajo ningún concepto, pues, aunque las leyes que promovían su caza se habían abolido, tampoco se había promulgado ninguna que les facilitara reubicarse y los empleadores estaban en su derecho de negarse a aceptarlo.
Hermione rodó los ojos mirando a través del cristal, al otro lado del pasillo que separaba la cafetería de la tienda de regalos, y vio un mostrador que exhibía diversos artilugios, entre los cuales pudo distinguir uno familiar.
—¿Puedo salir un momento? —preguntó.
—Supongo que sí, no estamos haciendo nada en especial —respondió el hombre.
Hermione no espero que se lo repitiera dos veces, simplemente se apareció en el callejón Diagon que ya empezaba a terminar las actividades del día y fue directo hasta la tienda que se encontraba en el número 93.
—¡George! —gritó mientras el pelirrojo estaba cerrando la puerta, listo para marcharse a su casa. Giró la cabeza al escucharla y ensanchó una sonrisa pícara.
—Lo siento, ya está cerrado, si vuelves mañana tal vez considere atenderte —dijo.
La bruja restó importancia a su comentario.
—Necesito un favor.
—Yo no hago favores.
—Tienes que hacerlo porque no se me ocurre a nadie más que quiera contratar a un hombre lobo.
Los ojos de George se abrieron exageradamente.
—¿Y por qué yo querría a un hombre lobo? Tener a mi hermano es suficiente.
—Él no es un hombre lobo de verdad, y este sí, hoy fue su primera transformación y necesita un trabajo urgentemente.
El mago se cruzó de brazos con aire arrogante.
—Aun considerando que no le tengo miedo a los hombres lobo. ¿Qué gano yo?
Hermione abrió la boca muy indignada, pero George no le dejó hablar.
—Llegas intempestivamente a la hora de cierre sin decir primero: "Hola George, luces excelente esta noche. ¿Qué tal tu día?", y me exiges contratar un ayudante que no necesito, sea licántropo o no.
—¡No puedes ser tan mezquino!
—Negocios son negocios, te sorprendería saber que con la misma prontitud con la que meto el dinero a la caja debo sacarlo para pagar a proveedores. Lo que me recuerda que mañana llega el pedido de Perú. Así que, si no te importa…
Había girado sobre sus talones cuando la voz de la bruja retumbó como un atronador grito de su madre.
—¡Escúchame bien, George Weasley! ¡Alguien, en toda esta necia comunidad mágica va a dar el primer paso para cambiar las cosas, y tú vas a darlo conmigo!
El pelirrojo giró la cabeza sin desaparecer la sonrisa de su rostro, aunque había perdido el matiz burlón por uno nervioso.
¡¿Cómo era que Ron sobrevivía a eso?!
—¡Ahora! —reafirmó la bruja.
Comentarios y aclaraciones:
Después de un muy largo rato, estamos de regreso.
¡Gracias por leer!
