Lluvia ácida

Hermione Granger, asistente de Amos Diggory, funcionario del Departamento de regulación y control de Criaturas Mágicas, división de seres, del Ministerio de Magia, se había presentado puntualmente a las nueve de la mañana en el Hospital San Mungo de enfermedades y heridas mágicas, llevando consigo todo el papeleo concerniente al caso que estaba siguiendo.

Sasha aún no despertaba, y de acuerdo con los sanadores, no lo haría sino hasta quizás medio día. La labor de transformación de hombre a bestia era dolorosa, aunque el resultado era algo que se describía como "vigoroso", para referirse a la necesidad de salir corriendo a atrapar lo primero que pudiera matar. Pero hacerlo a la inversa, por algún motivo, resultaba mucho más agotador y los afectados, con su forma humana, terminaban dormidos por largos periodos de tiempo.

Habiéndose reunido con su jefe, volvió a revisar el plan de acción, dependiendo de cómo funcionara el seguimiento de ese caso se podría hacer la solicitud adecuada para las reformas legislativas en las secciones concernientes a los hombres lobos.

Había que explicarle que la magia era posible y que, de hecho, ahora se le podía considerar un miembro de la comunidad mágica. Se le tenía que enseñar a diferenciar los lugares muggles de los mágicos, a acceder a ellos, ya que por sí mismo no poseía magia alguna, el sistema económico, las leyes de convivencia, advertirle sobre los magos tenebrosos y las criaturas mágicas de las que tenía que cuidarse, entre más detalles.

Como modelo introductorio, habían adoptado el que se usaba para los magos nacidos de padres muggles que eran aceptados en el colegio de magia, pero claramente tenían el problema de tener que explicarle que, hasta ese momento, su condición lo convertía en un tipo de paria social sin posibilidades de aprender magia, lo que rompía todo el buen panorama que podía tener un nuevo miembro de la comunidad mágica.

La mujer que había estado atendiendo a Sasha se llamaba Lora Jones, y hasta donde la bruja pudo entender, no tenía ningún tipo de prejuicio contra los hombres lobo, de ahí que accediera a tratar con un infectado de licantropía que, además, era muggle.

No obstante, sus superiores consideraban que la salud del resto de los internos no se debía comprometer, así que, hasta dar de alta al paciente licántropo y hacer una valoración completa a la joven, había sido cesada de otras actividades, por lo que en ese momento se dedicaba a hojear un número atrasado de Corazón de Bruja.

—Gilderoy Lockhart está teniendo avances increíbles, pero su control de magia no regresa —dijo para romper el silencio en el que las dos se habían sumido luego de que el señor Diggory saliera de la habitación.

Hermione arqueó una ceja, francamente no había pensado en ese profesor después de su desencanto en segundo año.

—¿En serio? —preguntó solo por no parecer grosera.

—No es mi área, pero, la bruja que lo cuida, dice que tal vez nunca pueda volver a usar un hechizo correctamente. Es una pena, a veces pienso en la ayuda que hubiera podido prestar en la guerra. ¿No lo crees?

Hermione sonrió débilmente, no le quería contar la verdad porque seguramente ni siquiera le creería y porque realmente no había necesidad de tal cosa, todo lo malo que pudo haber hecho ese hombre ya lo estaba pagando con creces. Lo único que le quedaba era su leyenda.

Lora suspiró, dejando la revista a un lado, pasando la atención a sus uñas, cortas y limpias por reglamento, pero en su caso también lucían una manicura perfecta.

—Voy a ver a Sasha —dijo ante la poca conversación que le daba Hermione, enfrascada en la lectura de sus hojas.

La joven bruja levantó la mirada viéndola salir y se preguntó si sentía real simpatía por el joven, o solo era curiosidad morbosa.

Suspiró despejando su mente de cualquier pensamiento negativo, necesitaba aliados en su batalla contra la discriminación hacia los hombres lobo, no alejar a cualquiera porque lo consideraba sospechoso. Por el momento, en esa causa solo estaba George, que había aceptado a regañadientes contratarlo, y Lora Jones que cuidaba de él, pero desafortunadamente no estaba calificada como para suministrar la poción matalobos, ella acababa de dejar la escuela y aún era aprendiz.

Cinco personas, contándose a ella misma y a su jefe, era un grupo muy aceptable. Podía convencer a la familia Weasley, estaba segura de que apoyarían en la medida de lo posible, así como algunos compañeros del colegio que recordaban con afecto al profesor Lupin. La imagen de Harry, que indudablemente se colocaría a su favor, sería también un punto clave en el momento crucial de solicitar las reformas.

Después buscaría armar el caso respecto a los elfos domésticos.

—Un paso a la vez —dijo para sí misma antes de pensar en la reestructuración de su plan de liberación de elfos domésticos, empezando por otro nombre.

—¿Todo bien, señorita Granger? —preguntó el señor Diggory al encontrarla con las manos en la cara.

—Sí, señor. Solo estaba pensando que no va a ser tan fácil.

—Esto es realmente impresionante; el señor Kuznetsov está despierto. Algunos sanadores se muestran curiosos al respecto y parece que se encuentra inesperadamente lúcido respecto a su nueva condición. ¿Lista para el curso introductorio a la comunidad mágica?

Hermione asintió.

Sasha estaba de regreso en la habitación en la que había despertado la primera vez, la misma cama frente al retrato de un hombre que se mecía mientras parecía examinar el periódico dejado en la cama cercana. Pero Sasha no se preocupó por lo absurdo que era el hecho de que un retrato se interesara por la actualidad, ni siquiera por el movimiento que este poseía atentando contra todo sentido común.

No había podido dejar de temblar. Con solo recordar la metamorfosis a la que había sido sometido en lo que su mente insistía en recordar como un sueño, su cuerpo vibraba con la intensidad que solo podía existir en la realidad. Un calor sofocante se negaba a abandonarle y podía sentirla, casi escucharla… la bestia era real, el miedo que había inundado a la humanidad desde que buscaran refugio en las cavernas, el horror que había perdurado con los siglos abriéndose camino entre los muchos avances de la ciencia, vivía dentro de él.

La joven bruja de las muchas preguntas estaba de vuelta con su jefe.

—Bueno, se ve mejor de lo que esperaba —dijo el hombre acercándose a él con un inverosímil entusiasmo.

Estaba pálido, más de lo que podría esperarse de un hombre rubio, y aunque seguía manteniendo la misma estatura y complexión musculosa, definitivamente daba la impresión de haberse vuelto pequeño. Encogido en la cama, envuelto en las sábanas y mirándolos con aire ausente. Entonces, Hermione comprendió que, aunque ya sabía que no iba a ser fácil el proceso burocrático, realmente no dimensionaba el horror que embargaba al muchacho, porque no solo acababa de descubrir que la magia existía, sino que los monstruos también.

—Tenemos que hablar —dijo sentándose a su lado.

—Decías la verdad —susurró.

Ella asintió sin pronunciar palabra.

—La comunidad mágica vive aislada del resto, creo que no es necesario explicar los motivos. Usualmente el Ministerio de Magia tiene el control apropiado para que las personas sin magia no se involucren, especialmente en circunstancias peligrosas. Lo que ha sucedido contigo es responsabilidad de un mago fugitivo contagiado con licantropía.

—¿Sigue vivo?

—No, de hecho, no. Aplastaste por completo su cabeza.

—Pero… pero… no tenía plata…

—Señor Kuznetsov, existen una serie de mitos relacionados a los hombres lobo que no son especialmente acertados, los más difundidos son los relacionados a la forma de darles muerte. Créame, no se necesita de plata para lograrlo, no son fáciles de enfrentar, pero siguen siendo tan mortales como el resto de las criaturas. Y usted tiene una historia que nadie más podría contar, ha logrado acabar con uno usando nada más que sus propias manos. A veces, ni siquiera un mago con varita sale vivo al enfrentarse a un hombre lobo.

—Pero ahora yo soy —tragó saliva y los dos magos vieron que su labio temblaba mientras abría mucho los ojos.

—Así es —dijo Hermione —; ahora eres un hombre lobo.

Pudo ver en su mirada la expresión resultante de haber comprendido una realidad extraña, casi grotesca.

—¡Hay otros mitos también! —se apresuró a decir la bruja —. Los hombres lobo solo cambian en lunas llenas, no todas las noches, y bebiendo una poción ni siquiera son peligrosos, tú mismo ya has pasado por eso. El que te atacó a ti, no la bebió porque tenía intenciones de asesinar todo lo que pudiera.

—Pero de todos modos cambiaré…

La bruja torció la boca, había pensado en un buen discurso para introducirlo al mundo de la magia, pero había pocos argumentos sobre la ventaja de ser un hombre lobo que no podía hacer hechizos.

—No hay una cura definitiva para la licantropía, solo la poción para evitar que seas peligroso.

Hubo un momento de silencio.

— ¿Y se supone que siga con mi vida como si nada? —se animó a preguntar finalmente.

—Me temo que eso no es posible.

El señor Diggory sacó de su maletín varios pergaminos que puso en la mesa de noche.

—Como ha dicho la señorita Granger, la comunidad mágica vive apartada de la no mágica, y su caso tiene un énfasis mayor, pues aun considerando que beba sin falta su poción, su situación está catalogada como imposible de domesticar.

—¿Domesticar?

—Suena ofensivo, pero verá, el Departamento de regulación y control de Criaturas Mágicas, donde trabajo, clasifica a todas las bestias, seres y espíritus conocidos en relación a su nivel de peligrosidad, y los hombres lobo están en el escalafón más alto, obviamente solo durante su transformación, el resto del tiempo usted seguirá siendo tan cuerdo y razonable como siempre. No obstante, si mira estos documentos…

Le extendió el primer pergamino que por encabezado tenía: Estatuto Internacional del Secreto Mágico.

Era un poco extenso y él no era un lector veloz, así que aceptó de buena fe el resumen verbal que el hombre le ofrecía, enriquecido con detalles históricos más o menos familiares como la cacería intensiva de brujas.

—Usualmente, cuando un niño nacido de padres muggles es recibido en un colegio de magia, son los padres o tutores quienes deben firmar y hacerse responsables del ocultamiento, pero es lo suficientemente mayor como para hacerse responsable de usted mismo.

—En resumen, no puedo hablar con nadie de esto.

—Sí, es la idea básica. Si contrae matrimonio con una mujer muggle, la ley le permite hablarle de su situación, lo mismo con sus hijos y sus parientes próximos, tratándose estrictamente de padres o hermanos con los que conviva íntimamente, pero sería a criterio personal. Aunque si estas personas incurrieran en una indiscreción, personal calificado del Ministerio de Magia borraría su memoria y sería necesario no volver a hablar del tema con ellos.

Sasha no respondió, solo firmó al final del pergamino para después suspirar y sonreír, Hermione temió que le daría una crisis nerviosa porque no había otro motivo para sonreír. A sus padres, les tomó casi seis horas entender que no se trataba de una broma, sin embargo, el muchacho no hizo nada más que esa sonrisa antes de mirar el siguiente pergamino cuyo encabezado era: Acuerdo para la protección a personas no mágicas que intervienen activamente en la comunidad mágica.

—Este es solamente para reafirmar su condición de muggle y carencia de habilidades para realizar magia, pero su conocimiento sobre la existencia de esta. Usualmente solo lo debe firmar el Primer Ministro y alguna autoridad gubernamental muggle, pero en su caso es necesario.

Sin intentar cuando menos leer, firmó al final de la página y esperó el siguiente, el título era el que estaba esperando, palabras más, palabras menos: Código de conducta del hombre lobo.

—Me temo que este sí lo tiene que leer completo.

Afortunadamente no era muy extenso, y dócilmente Sasha leyó en silencio. Al cabo de unos minutos nuevamente suspiró, como derrotado.

—No puedo pagar otro departamento —dijo al fin.

Todas las cláusulas eran en cierta medida razonables, se trataba de detalles como comprometerse a beber la poción matalobos para aminorar su necesidad asesina y encerrarse adecuadamente, tanto para no ser visto como para proteger a las personas de su entorno, pero la de reubicarse a una zona segura lejos de comunidades muggles, era la que más le había preocupado.

—Me temo que la vivienda que ocupaba antes del ataque se considera inapropiada para un miembro de la comunidad mágica. Sus vecinos tienen un contacto muy cercano, y todos ellos son muggles, sería fácil que, incluso por accidente, alguien notara su condición.

—¡No puedo pagar otro sitio!

Amos Diggory carraspeó.

—Por favor, no se exalte. Como le mencioné en algún momento, actualmente tanto la señorita Granger como yo, somos responsables de su inserción en la sociedad mágica. Ya tenemos resuelta su reubicación, incluso un nuevo trabajo, ya que me temo que su antiguo empleador no se mostró especialmente comprensivo ante el motivo de su ausencia.

— ¡¿Le dijeron al señor Dursley lo que pasó?!

—El señor Dursley fue tutor de un mago muy apreciado en nuestra comunidad, creímos que, en su posición, resultaría comprensivo, pero…

Hubo un momento de entendimiento para Sasha: el señor Dursley odiaba la noche de brujas con toda su alma por un buen motivo, él había lidiado con suficiente magia en su vida. Se relamió los labios y volvió a sonreír manteniendo los ojos como dos enormes discos de plata en su rostro blanco.

—No importa eso ahora —se apresuró a decir Amos —, el señor Weasley le ha recibido en su tienda, y el sueldo le permitirá vivir dignamente.

Lo que esperaba Hermione finalmente sucedió, el muchacho prorrumpió en sonoras carcajadas.

El señor Diggory se hallaba claramente consternado, pero su joven asistente le puso una mano en el brazo y con un movimiento de cabeza le indicó que solo lo dejara. El chico consiguió calmarse, estaba perlado de sudor, aun usando lo que parecía un pijama, con las sábanas revueltas y en el ajetreo había quedado recostado completamente y solo miraba el techo.

—Lo siento, no me he reído de usted —consiguió decir.

—Lo entiendo, está bien.

Aunque lo cierto era, que Amos Diggory no lo entendía. Había atendido varios casos de licantropía después de la guerra, pero se trataba de magos que solamente deseaban desesperadamente morir, o se resignaban a su nueva existencia en la más profunda tristeza. Que a alguien le causara gracia ser un hombre lobo, era una novedad.

—Me comentan que usted ya puede marcharse, aunque si lo desea podemos esperar un poco más. Es imperativo que le mostremos el lugar, su nueva residencia y lo presentemos con su empleador.

—Creo que no tiene caso postergarlo más.

Sasha se incorporó haciendo tronar su espalda. Cuando bajó de la cama, Hermione se espantó, aparte de Hagrid, no conocía a muchas personas altas, y no un tipo de altura cualquiera, porque los ingleses en general eran altos, pero delgados, y este era alto y ancho en el sentido musculoso, no de obesidad como el primo de Harry, de ahí que fuera perfectamente normal que su forma lobuna fuera más enorme de lo que había visto.

Los hombres lobo eran interesantes en distintas maneras, empezando porque respetaban una ley de conservación de la materia que la magia ignoraba completamente. La fórmula era tan sencilla como que el tamaño de la persona era proporcional a la del lobo, más orejas y cola.

El profesor Lupin era delgado y, de acuerdo con Sirius, ya era enfermizo antes de contagiarse. La licantropía solo acentuaba los síntomas en los días previos a la transformación, sin contar que vivió sumido en una profunda depresión tras la muerte de los Potter, el encarcelamiento de Sirius y su marginación social vivida en soledad por doce años. Cuando se restableció la Orden del Fénix y pudo incluso, aunque brevemente, formar una familia, su aspecto mejoró notablemente.

En su momento, cuando lo vio transformarse, pensó que se trataba de una criatura imponente de la que tuvieron que huir para que no los matase, sin embargo, cuando vio la transformación de Sasha, le quedó claro que ese lobo que conoció en el colegio era francamente enclenque y no duraría mucho en un enfrentamiento uno a uno con otro de su especie.

Con esos enormes brazos, la ancha espalda y todos sus músculos en general, comprendió porqué pudo deshacerse del peligroso mortífago que llevaban buscando hacía casi dos años.

—Creo que no puedo salir vestido así.

Hermione reaccionó buscando el traje que le había comprado. Era de segunda mano, pero se encontraba bien conservado.

—Si parece que no te queda, solo estíralo un poco, se ajustará a tu talla.

Sasha arqueó una ceja, pero no hizo preguntas en voz alta, solo se dio media vuelta para desabotonarse la camisa de franela.

—¿Todos los muggles tienen un cuerpo así de extraño? —preguntó el mago en voz baja a su asistente.

—Yo… yo espero afuera— mustió Hermione al ver que la ropa caía sin ningún tipo de inhibición.

El señor Diggory no le prestó demasiada atención al hecho, pero la bruja se había sonrojado.

Ella estaba acostumbrada a ver hombres semidesnudos, a veces Ron y Harry olvidaban que estaban con ella y se cambiaban de ropa sin reservas, pero sus amigos tenían vello adolescente y formas más bien redondeadas y tonificadas, chicos normales y corrientes… pero ese otro… se parecía más a los modelos de Calvin Klein.

Se llevó una mano a la mejilla. No culpaba a Harry y Ron por olvidar que era una chica, a veces ella también lo hacía.


Comentarios y aclaraciones:

Espero no haberlos aburrido, pero tenía que explicar la situación actual de Sasha con la poca información que hay sobre hombres lobo.

¡Gracias por leer!