Con los brazos abiertos
Hermione respiró profundamente. Había momentos en que parecía que no conocía de nada a George Weasley, y la actitud de él, en lo que iba de la mañana, no hacía más que acentuar ese hecho mientras lo miraba con su traje verde brillante y capa a juego.
Sin duda era un conjunto nuevo, no uno que le hubiera pasado Percy, aunque al verlo sentado detrás de su enorme escritorio, sí le daba un aire parecido al ilustre ganador del premio anual que actualmente asistía personalmente al Ministro de Magia, como tenía a bien comentar cada que lo encontraban, como si ese fuera el sueño cúspide de toda su vida.
—Si te parece bien, fijaremos entonces tu sueldo en ocho galeones a la semana —dijo George seriamente.
Sasha asintió mustiamente, pero antes de que pudiera decir algo más, Hermione había golpeado la mesa con tal fuerza que la pluma que descansaba en el tintero tembló.
—Acordamos quince galeones.
George hizo un sonido parecido a un carraspeo y luego sonrió.
—Va a librar una semana al mes, y se la voy a pagar.
—¿Y los fines de semana?
—¡Una semana al mes! —repitió George —. Además, el fin de semana es el día de más ventas ¿Para qué contrataría un ayudante que no me va a ayudar cuando de verdad lo necesito?
—Eso es verdad —dijo Sasha, pero enseguida volvió a guardar silencio cuando la jovencita le miró con el ceño fruncido.
Habiéndole sido ya informado el tipo de cambio, ocho galeones a la semana estaba en un margen aproximado a lo que le pagaba el señor Dursley, solo que en Grunnings descansaba únicamente los feriados oficiales y un martes cada dos semanas. Pero si ella deseaba actuar como jefa del sindicato de trabajadores, no tenía problema, más allá del temor de que el empleador acabara por retirar su oferta y se quedara sin oportunidades laborales.
La joven bruja volvió a poner su atención en el testarudo hermano de Ron.
—Acordamos quince galeones.
George volvió a resoplar.
—Ocho galeones, y yo le procuraré la poción matalobos.
Fue turno de Hermione para suspirar, pero a los dos hombres les pareció más como un gruñido.
—No puedes. Según el Código de conducta del hombre lobo, solo un sanador cualificado puede preparar la poción.
—No dije que yo la iba a hacer, solo que la iba a conseguir.
La bruja arqueó una ceja.
—Es legal —fue todo lo que añadió.
Sasha consiguió armarse de valor para poder decir que para él estaba bien el acuerdo, con lo que esperaba que dejara de hacer cálculos mentales o lo que fuera que estaba haciendo, pero solo consiguió otra mirada severa.
Al cabo de unos minutos en silencio, Hermione se dio por vencida; comparado con la otra propuesta de trabajo que había conseguido, George se mostraba sumamente benévolo, pues como empleado de lo que ella consideraba trabajos forzados, le ofrecían la espantosa cantidad de dos galeones a la semana, y solo descanso un día antes y otro después de la luna llena.
Ante esa perspectiva, ocho galeones con tres días antes y después de la luna llena era con toda seguridad lo mejor que iba a conseguir.
—Quiero el certificado del Sanador —dijo poniéndose de pie.
Sasha hizo lo mismo, más que por querer marcharse también, por una costumbre de cortesía que su madre se empecinó en enseñarle desde niño.
—Toma —dijo ella sacando de su bolso una tarjeta en la que había anotado su nombre, la dirección de su oficina y un número de teléfono.
—Usualmente no tengo señal en el móvil porque paso mucho tiempo en lugares mágicos, pero por la noche, cuando estoy en casa, funciona perfectamente. ¿Tienes duda sobre cómo mandar una lechuza?
Él negó con la cabeza.
—Paso por ti en la tarde, es insufrible ubicarse por los callejones mágicos de Londres cuando no los conoces.
Hermione volvió a mirar a George.
Sabía que era una buena persona; un hombre criado por Molley y Arthur Weasley no podría ser de otra forma. Sin embargo, había algo en él que no le inspiraba una fe ciega como sucedía con el resto de sus hermanos, a excepción de Percy también.
Suspiró resignándose a que la confianza era lo único que le quedaba, al fin y al cabo, nada de lo que hiciera ese mago podría poner en riesgo la vida de Sasha ni de nadie más, solo alguna broma que lo mantuviera espantado, así que sería suficiente con mantenerse al tanto de lo que le contaba para desmentirlo.
Puso su capa en el brazo donde también llevaba su bolso, se aseguró nuevamente de que no quedaba nada pendiente y caminó hacia la salida.
En ese momento fue cuando George saltó de su sitio, adelantándose para guiarla a la puerta sin quitar de su rostro en ningún momento la última sonrisa que la derrota de la bruja le había causado.
Hermione bajó con cuidado las escaleras, no se movían como las de Hogwarts (hasta donde ella sabía), pero cualquier cosa podía saltarle encima desde su anaquel.
Pasó al lado de un montón de bocas que hicieron trompetillas.
"¡Qué infantil!" pensó.
La campanilla de la puerta sonó en cuanto la abrieron, y una vez que estuvo afuera, George cambió el letrero de "cerrado" a "abierto".
Sasha se cohibió un poco cuando el chico pelirrojo, apenas mayor que él y casi de su altura, le puso las manos en los hombros. No sintió dolor pese a que inintencionadamente había apretado un poco las heridas dejadas aquella noche.
—Tienes que cambiarte —le dijo.
Asintió y se dejó conducir hasta lo que parecía el sótano y almacén.
Descubrió que no había tal cosa como un cuarto de empleados ni gavetas ni nada por el estilo, un pequeño espacio en una repisa le fue señalado y con espanto vio una prenda doblada color magenta.
—Tengo otra ayudante, Verity, ella llegará en un rato.
Pareció detenerse en lo que estaba diciendo, como si acabara de llegar a él una problemática que no había contemplado.
—¿No debo decirle que soy…?
George chasqueó los dedos haciendo un ruido similar con la lengua.
—Eres muy listo. No es personal, pero sería malo para el negocio.
Sasha asintió, ni siquiera podía decirlo él mismo en voz alta, mucho menos se veía capaz de contárselo a alguien.
—Dile que eres un squib.
—¿Un qué?
George trató de dar una explicación sencilla, y cuando parecía haberle quedado claro al chico, la campanilla de la puerta se escuchó como si la tuvieran al lado de ellos.
—Vamos arriba, tienes mucho que aprender. Por cierto, debes referirte a mi como señor Weasley ¿Entendido? ¿Cómo debo llamarte? ¿Alex? ¿Kuzne?
—Todos me llaman Sasha.
George arqueó una ceja.
— ¿Por qué tienes nombre de chica?
Sasha se encogió de hombros, explicar patronímicos e hipocorísticos rusos era complicado para cualquiera, aunque eso no significaba que cuando se le preguntara a un ciudadano promedio del país, respondiera algo más que "así ha sido siempre".
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El sol ya se ocultaba en el horizonte. La chica menudita que era su compañera de trabajo se había marchado hacía unos minutos cuando su novio pasó a recogerla y solo quedaba el señor Weasley en su oficina revisando los cierres del día. Le había dicho que podía esperar dentro si lo prefería, pero la verdad era que deseaba ver el atardecer.
Los negocios empezaban a cerrar, las mercancías expuestas sobre la calle se replegaban por sí mismas con solo una indicación del dependiente, y cuando la oscuridad empezó a dominar, el encendido de las farolas de la calle le pareció tan extraño.
En realidad, no recordaba nunca haber puesto atención a cómo o en qué momento se encendía el alumbrado público, era algo que sucedía sin mayor trascendencia, pero desde hacía unas horas, nada le había pasado desapercibido, incluso la más elemental de las tareas, como llevar una caja de un sitio a otro, se había convertido en algo que requería de atención activa.
Tragó saliva cuando un hombre anciano, de capa marrón remendada, pasó a su lado deseándole que pasara bien la noche. Le respondió de igual forma, pero no estaba seguro sobre si le había escuchado o no, porque antes de terminar de hablar, simplemente desapareció.
Pronto sintió que la puerta se abría a su espalda y al girarse vio al chico pelirrojo.
—Te abandonaron, ¿eh?
Sonrió de medio lado.
—Que tenga buena noche, señor Weasley.
Él asintió como agradeciendo y caminó por la calle, pero apenas había dado un par de pasos cuando se detuvo girando sobre sus talones.
—Te invito un trago.
Sasha sintió que el rubor se apoderaba de sus mejillas, pero decir que no bebía desapareció pronto de su mente como una posibilidad, y sin pensárselo más, se puso de pie. Con toda honestidad, el regresar pronto a su nuevo hogar era algo que no se le antojaba demasiado, le aterraba incluso, así que, si podía postergarlo un rato más, sin duda lo haría.
—¿Pero, la señorita Granger?
El mago sonrió con picardía desviando la mirada.
—Está bien, sabrá en dónde encontrarnos.
El señor Weasley, pese a lo agotador que había sido el día, mantenía un humor envidiable. Con una sonrisa ancha y andar despreocupado, iba despidiéndose de todas las personas que se cruzaban en su camino.
Siguiendo la peculiar y serpenteante línea que trazaba el empedrado, llegaron justo al sitio por el que había entrado al callejón por la mañana. Se sorprendió de sí mismo al recordar la casa pese a su parecido con el resto de las construcciones, y algo que le llegó incluso a aterrorizar, fue que también pudo recordar otra cosa: el olor.
Se trataba de una esencia distintiva; una mezcla de tierra mojada, césped recién cortado, pachuli, bergamota, toronja y limón. Justo al momento en que su acompañante abrió la puerta, aquel olor le había prácticamente golpeado del mismo modo que en la mañana, pero algo había cambiado, la primera vez no fue capaz de reconocer qué era específicamente, y había simplemente escondido la nariz en el cuello de su rompevientos, pero en esa segunda visita su mente se había movido vertiginosamente, dándole imágenes muy concretas.
Tragó saliva y prácticamente se escondió detrás del pelirrojo que fue directo a la barra.
Una chica rubia de rostro sonrosado se acercó a ellos y les preguntó qué les servía.
Después de unas presentaciones protocolarias, supo que Hannah Abbott era su nombre y resultaba, pese a su corta edad, ser propietaria del establecimiento.
—En realidad aún no lo termino de pagar —aclaró mientras regresaba con dos enormes tarros de lo que le fue presentado como cerveza de mantequilla.
De color ambarino y espumeante, algo en su garganta se quejó al oler la mantequilla, que venía de la leche, que se obtenía de una vaca.
La risa estridente de una mujer a su espalda hizo que se le erizara la piel y aunque estaba a un par de metros, tuvo la impresión de que estaba en su propio oído. Movió la cabeza de un lado a otro para quitarse la sensación casi dolorosa.
—¿Todo bien? —preguntó el mago mientras daba un sorbo a su tarro.
Él asintió, decidiendo que ultimadamente ya no importaba nada de su vida anterior, y sin más, le dio un trago a aquella bebida tibia y dulzona.
Pasó el trago encontrándolo ligeramente amargo al final. Consiguió no hacer gestos aún con el reparo que le daba la cerveza en general, y antes de darse cuenta, ya se había terminado lo que en un inicio parecía una enorme jarra para compartir.
George no podía apartar su mirada de él, tan solo la noche anterior había ocurrido la luna llena y pese a todo lo que había escuchado sobre los hombres lobo, que permanecían como moribundos al amanecer, únicamente se le notaba pálido y desganado, quizás más por su nueva realidad que por el abrumador efecto que pudiese dejar rezagado la transformación.
Con notable fuerza, se las había arreglado para mover toda la mercancía sin necesitar una varita. Si podía mantener ese ritmo, nadie tenía porqué sospechar que era un hombre lobo, ni molestarse porque sus hijos iban a la tienda a ser atendidos por una bestia imposible de domesticar, sin embargo, ese pensamiento agrió su humor al recordar porqué su hermano se había quedado sin empleo, justificado estúpidamente con una necesidad de recorte de personal debido a la crisis post-guerra.
Él y Fleur se habían marchado con los padres de ella a Francia, era imposible que los Weasley, aun cuando la mayoría trabajaba, pudiesen ayudar al joven matrimonio y su bebé. Y no por falta de interés, sino porque ni siquiera las impresionantes notas y recomendaciones de Fleur, lograron sobreponerse a la etiqueta "esposa del hombre lobo".
No tenía pruebas de que las cicatrices dejadas por Fenrir Greyback fueran la excusa real de su despido, pero había demasiados hechos circunstanciales que podía fácilmente darle la razón.
Bill no solo era el mago más inteligente que conocía, a su lado, Percy era un idiota y Hermione a lo mucho una estudiante aventajada. También tenía carisma, talento y una orden de Merlín tercera clase, pero eso no lo habían tenido en cuenta cuando le enviaron una carta de agradecimiento por sus años de servicio.
Y si Bill lo había pasado mal pese a todos sus logros, un tipo cono Sasha no tenía ninguna oportunidad de hacer algo más con su vida que merodear los bosques y pueblos marginales.
Pidió otra ronda de cervezas preguntándose qué tan ofendida estaría su madre si cenaba fuera. No quería llevarlo consigo a La Madriguera, una cosa era sentir simpatía por él, y otra muy diferente considerarlo un amigo, además su madre aún tenía problemas para verlo sin llorar y no deseaba una escena frente a un extraño.
Sintió algo que pocas veces sucedía: estaba de mal humor y volvía a revolotear en su cabeza la idea de dejar el nido, algo que ya había pensado incluso desde que dejó la escuela, pero por las circunstancias, habría sido irresponsable hasta para ellos.
—Prepárame un asado. ¿Si, Hannah? —dijo sonriéndole a la chica rubia que solo asintió.
—¿Tú que vas a pedir? —preguntó después a Sasha, este solamente sacudió la cabeza, realmente tenía hambre, pero no le gustaba comer fuera, o en lugares en los que no conocía las variedades que no tenían carne.
Hannah se dio la vuelta y entró en una pequeña puerta que seguramente era la cocina.
Unos instantes después, mientras la puerta volvía a abrirse para que la chica saliera, una ráfaga de aire caliente llegó hasta Sasha con un olor peculiar que siempre había conseguido revolverle el estómago desde que era niño: carne sanguinolenta.
Sintió súbitamente cómo sus piernas temblaban y tal como lo esperaba, su estómago se agitó violentamente.
Le pareció absurdo que pudiese detectar el olor desde la habitación contigua y la reacción de su cuerpo también le pareció exagerada, pero eso no fue el horror real. Sintió la salivación en su boca, tanto que tuvo que tragar.
—¿Estás bien? —preguntó George cuando lo vio encogerse en su sitio cubriéndose la boca con ambas manos.
Sasha sacudió la cabeza, estaba convencido de que si se quitaba las manos de la boca iba a empezar a jadear. Sus ojos se volvieron acuosos, creía que se trataba de todos los síntomas para vomitar, pero no sentía las arcadas, sino el deseo irrefrenable de llevarse eso que estaba oliendo a la boca.
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Hermione miró su reloj, luego a su jefe y después a la puerta.
Había mandado una lechuza a Sortilegios Weasley para avisar que iba retrasada y a riesgo de quedar endeudada con George, le había pedido que acompañara a Sasha a Harribord, en donde había conseguido una pequeña, y un poco maltrecha casa para él, puesto que un departamento, posada u hostería había resultado imposible debido al propio código de conducta del Hombre lobo, que prohibía tener vecinos magos a menos de 10 metros y muggles a menos de 250 metros.
No veía cómo 250 metros podrían asegurarle a un muggle una mayor oportunidad de sobrevivir si es que durante una luna llena, Sasha olvidaba tomar su poción matalobos, pero eso era lo que se tenía a la mano respecto a reglamentación.
Recordó al profesor Lupin, la maleta que siempre llevaba consigo y que nunca desempacaba por completo porque nunca pasaba demasiado tiempo en ningún lugar.
Casi no quedaba gente en la oficina, parecía que la crisis por la que tanto ella como Amos Diggory fueron retenidos estaba controlada, pero no se había dicho en voz alta que ya podían marcharse.
Entonces, una nota entró volando y se dejó caer en su escritorio.
Pensando con desgana que era otro detalle de último minuto, la abrió parsimoniosamente, sin embargo, al terminar de leerla se puso de pie con tanta violencia que su jefe hizo lo mismo.
—¡Tengo que ir con Sasha! —gritó.
—¡Tenemos! —corrigió él, tomando su capa.
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Hannah Abbott volvió con una manta de lana y la puso sobre los hombros del tembloroso muchacho mientras George, con una expresión indescifrable en el rostro miraba el balde encantado que le había pasado para que vomitara.
Todos respingaron en cuanto la puerta se abrió, entrando una muy exaltada bruja, preguntando qué era lo que había pasado.
George la miró, sin reírse, ni siquiera una sonrisa.
Sasha levantó el rostro, con los ojos enrojecidos, llorosos, la piel más pálida de lo que debería de ser, pero lo alarmante eran las comisuras de sus labios y el mentón, manchados con lo que evidentemente era sangre.
—Se comió medio cordero —dijo el mago con un tono bajo, pero con solo escucharlo el muchacho volvió a contraerse para vomitar.
Hermione se horrorizó.
—Ya estaba muerto —aclaró rápidamente Hannah —, lo tenía atrás para preparar las cenas de los huéspedes de las habitaciones, de pronto entró en la cocina y sin más se acercó hasta ahí… yo… no creí que lo fuera a hacer —continuó diciendo con las cejas arqueadas y también pálida.
—¡Por la barba de Merlín! —exclamó el señor Diggory —. ¿Qué desayunó, señorita Granger? El señor Kuznetsov, quiero decir.
Hermione dudó, no podía recordarlo porque no lo había preguntado ni le había dado importancia.
—En Anarquía lupina, Emerett Picardy dice que los hombres lobo se caracterizan por su imperiosa necesidad de alimentarse de carne fresca. Creí que solo era un prejuicio, su trabajo no tiene ni un ápice de fundamentación comprobable… pero…
Hannah gimió sin moverse de su lugar, no se le había ocurrido que el muchacho fuese un hombre lobo, sobre todo porque la luna llena recién había pasado.
—A Bill no le pasa eso —dijo George con el ceño fruncido y palmeando la espalda de su empleado.
—Por enésima vez, Bill no es un hombre lobo —respondió Hermione.
—Pero tampoco tolera la comida demasiado cocida o condimentada, y come más de lo que hacía antes.
La joven bruja se acercó arrodillándose a un lado de Sasha.
—Lo siento… incluso nosotros sabemos muy poco sobre los hombres lobo.
Sasha gimoteo, pero no pudo responder nada más. Le dolía demasiado el estómago y la garganta, pero aún más, el ser consciente de lo que acababa de hacer.
Comentarios y aclaraciones:
Me reservaré algunas características de los hombres lobos, no mentiré, mucho sale de las pocas escenas de Fenrir Greyback en las películas, y más que nada del folklore, excluyendo ya lo que se considera canónico como la inutilidad de la plata.
Por cierto ¿Alguien ya leyó Harry Potter y el legado maldito?
¡Gracias por leer!
