A-Z Saint Seiya

KIMONO.

— ¡Vuelve aquí mocoso! —gritó Tatsumi furioso irrumpiendo en la tranquilidad de aquella mañana de verano en la mansión Kido—. ¡No tengo tiempo para esto! ¡Ven acá holgazán! —el pequeño Seiya corría con su acostumbrada sonrisa socarrona entre los puestos de comida. Cada año, el señor Mitsumasa organizaba un festival para todos sus empleados de la fundación Graude como agradecimiento a su esfuerzo y dedicación. Los empleados acudían con sus familias y disfrutaban de cantidades de puestos de comida y juegos tradicionales que se extendían desde el gran salón de la mansión hasta el bien cuidado jardín. Aquella celebración era una de las muy contadas a las que dejaban ir a Seiya y sus demás hermanos, sin embargo, sólo tenían permitido deambular por el patio. Estaba estrictamente prohibido entrar a la mansión y cualquiera que lo intentara se llevaría senda reprimenda por parte del cruel mayordomo. Muchos chicos lo habían intentado antes, y aunque eran más ágiles que Tatsumi y en el momento no podrían ser atrapados, lo peor venía después en los días posteriores de entrenamiento. La golpiza tarde o temprano llegaba, sin que nadie pudiera hacer nada. Aquello le molestaba bastante al pequeño Seiya. Suficiente habían soportado todos el ser arrancados de sus vidas normales como para encima soportar distinciones, malas caras, prohibiciones y malos tratos. Así que, bastante harto de esa situación se propuso ser el primero en ese año que lo intentaría, así terminara en el hospital de la fundación Graude. Hubiera querido que sus hermanos se le unieran, pero no logró convencer ni a Hyoga y Shiryu que le dijeron que estaba loco, ni a Shun que lo miró con bastante temor y mucho menos a Ikki que no estuvo interesado. Ellos prefirieron mezclarse entre los invitados y sus hijos y disfrutar lo de cada año.

Así pues el castaño aventurero había sido descubierto por el calvo mayordomo, intentando colarse dentro de la casa por una de las ventanas traseras. El chico salió corriendo, trastabillando entre los puestos y las personas, cosa que le ayudó a perder a su agresor por mucha diferencia. Seiya se detuvo detrás de un puesto de carpas japonesas para poder tomar aire, por su mente pasó el desistir de su plan pero cuando estaba a punto de tirar la toalla, se dio cuenta que la puerta trasera de la cocina estaba a escasos metros de él, abierta.

El niño se acercó a la puerta, echó un vistazo a su alrededor, buscando el rastro del mayordomo pero no hubo nada fuera de lo normal, así que decidió entrar. La cocina estaba extrañamente vacía así que imaginó que la servidumbre se estaba volviendo loca afuera atendiendo a los invitados. Con sigilo, se asomó por la ventana redonda de la puerta de la cocina hacia el exterior: estaba lleno de gente y niños, cosa que le pareció excelente pues pasaría inadvertido por un tiempo. Se tomó un momento de igual forma para buscar a Tatsumi pero no lo vio por ningún lado así que decidió salir.

Caminó por el pasillo volteando a todos lados y pasando al lado de los invitados que no le prestaron atención. Se abrió paso hasta que llegó a la entrada principal y vislumbró frente a él las escaleras. Seiya volteó hacia ambos lados para comprobar que Tatsumi no estuviera cerca. Se quedó un momento al pie del lugar, temeroso de subir. Nunca había llegado tan lejos ahí dentro. Sabía que en la planta de arriba no encontraría nada del festival pero sentía mucha curiosidad por explorar aquella casa.

— ¡Seiya! ¡Maldito mocoso! ¿Qué haces en este lugar? —la voz del mayordomo se escuchó peligrosamente cerca, Seiya volteó y divisó la calva de Tatsumi que corría hacía él así que se echó correr escaleras arriba sin mirar atrás. Otro largo pasillo le dio la bienvenida. Había muchas puertas en él que intentó abrir inútilmente pues tenían llave. Preso un poco del pánico, se dirigió hasta la última puerta al fondo y rezó en voz alta que estuviera abierta para poder refugiarse. No escuchaba los pasos de su agresor pero estaba seguro que era cosa de nada para que lo encontrara.

Seiya llegó a la puerta, tomó la perilla y la giró, entró al cuarto y cayó de rodillas. En un reflejo, pateó la puerta desde el piso para cerrarla y se quedó ahí tendido en el piso tratando de recuperar el aliento.

— ¡Oye, tú! ¿Qué estás haciendo aquí? —una voz con tono molesto lo sobresaltó. Cuando Seiya alzó la vista se encontró cara a cara con Saori Kido. Se puso de pie de un salto y retrocedió unos cuantos pasos. Estaba en presencia de aquella niña berrinchuda y si el hecho de haber entrado a la mansión sin permiso le traería problemas, el estar en la habitación de ella no hacía más que empeorar las cosas. Estaba seguro de que Tatsumi iba a matarlo.

— Te pregunté algo, ¿no vas a contestarme? —le retó. Seiya estuvo a punto de molestarse por el tono empleado hacia él pero sabía que estaba en su territorio, tenía las de perder.

— Yo... eh... d-discúlpame, Tatsumi me viene persiguiendo y entré aquí para esconderme no fue mi intención... ya me voy... —balbuceó dándose la vuelta y tomando aire para enfrentar lo que le esperaba afuera.

— A ustedes no los dejan entrar aquí

— Eso ya lo sé —comenzó él, enojado. No era necesario que se lo restregara en la cara—, no tienes que recordarme que tu abuelo y tu... oye ¿qué te pasa? —el semblante de la niña se entristeció. El niño dejó su reclamo y se acercó a ella sin saber muy bien qué hacer ante los ojos llenos de lágrimas de Saori.

— A mi no me dejan salir y aquí adentro no tengo con quien jugar, todos son adultos y están en sus pláticas... por eso subí y me quedé en mi cuarto —en ese momento Seiya reparó en la ropa que usaba la niña: Saori traía puesto un kimono turquesa estampado con flores de sakura y su cabello corto y recto estaba adornado con un tocado a juego. Al pequeño Seiya se le aceleró el corazón. No pudo evitar pensar en que esa parte malcriada que había visto en tantas ocasiones contrastaba con la apariencia dulce y triste de la niña en esos momentos.

El castaño la miró por un momento y supo que no quería ver tristeza en los ojos de Saori. Por alguna extraña razón quería que fuera feliz, quería verla sonreír y hacerle compañía... y aunque estaba casi seguro que esa tregua sólo duraría unas cuantas horas, creía que valía la pena.

— Yo entré aquí por esa razón y sé que me espera un buen castigo cuando Tatsumi me encuentre, así que ¿quieres ir allá abajo? ¿Al jardín? —a Saori se le iluminó la cara y asintió y olvidándose de todas las formalidades y haciendo un lado su forma engreída de ser le tomó la mano a Seiya y ambos se dirigieron al patio.

Ante la mirada atónita de sus hermanos y del propio Tatsumi (que Saori ordenó que no se acercara a ellos dos), ambos niños pasearon por los puestos del festival como si de los mejores amigos se tratase. A Saori le cambió totalmente la cara y Seiya se descubrió disfrutando observarla sin que ella lo notase. Era algo extraño, pero se sentía bien... se sentía feliz.


Seiya contemplaba a Saori sin que ella se diera cuenta. La chica trataba atrapar un pez sin éxito alguno y en el intento sus facciones se volvían todo un deleite para él. Era su primera cita oficial como novios y habían decidido mostrarse juntos en el festival anual de los Kido y todo iba marchando mejor de lo que ambos esperaban. El paso no había sido nada fácil para los dos, pero una vez en que estuvieron seguros de que los dos estaban vueltos locos por el otro, no hubo más que la decisión de querer enfrentar al mundo entero de la mano.

— No puedo Seiya esto es imposible —dijo ella encogiéndose de hombros.

— ¿Tan rápido te vas a rendir, mi amor? —ella asintió, lo tomó de la mano y lo jaló para que se pusiera de pie y comenzaron a recorrer el festival. Seiya se acercó a Saori por detrás, colocó su rostro a la altura de la oreja de ella y le susurró al oido—. Tengo que decirte que te ves hermosa con ese Kimono —ella rió nerviosa—. Justo como cuando éramos niños... desde entonces me gustabas, pero eras insoportablemente berrinchuda y terca... —Saori rió a rienda suelta—.

— ¡Mira quién habla! ¿Tengo que recordarte que todo empezó por tu culpa? —se detuvo ella y rodeó a Seiya por la cintura.

— Eso no es cierto —sonrió, coqueto mirándola fijamente—, todo empezó por tu culpa porque después de ese día, de verte con ese Kimono no pude dejar de pensar en ti.


Al fin! Destrabé esta letra! No saben cuánto me costó terminar esto tan pequeñito y al fin lo logré! Me siento muy feliz. Cuando llegué a esta letra primero me costó mucho trabajo elegir la palabra con "K" y cuando ya la tuve el desarrollo me costó mucho más, no quería que fuera algo tan "burdo" peor me gustó el resultado tan lindo. Sé que es difícil de creer porque ya sabemos que estos dos se llevaban como perros y gatos cuando eran niños peeeeero es lindo pensar que pudieran tener aunque sea un buen momento así y que de grandes estén tan enamorados.

Espero que les haya gustado! Gracias por leer! Besos y abrazos.

Princesa Saiyajin.