LABIAL
Eran aproximadamente las doce de la noche. La paz reinaba en el santuario mientras Aioria de Leo daba su "acostumbrado" paseo nocturno de "vigilancia". Había bajado desde su casa hasta Aries sin que hubiera nada extraño. Sus compañeros parecían no tener ganas aquella noche de hacer un rondín como él y permanecían en sus casas.
Se detuvo y escudriñó los alrededores por unos minutos. Cuando el dorado se hubo cerciorado por completo que, la tranquilidad de la noche no iba a ser interrumpida por nada ni nadie, se escabulló más allá del santuario a un lugar que desde hacía meses conocía muy bien: La Cabaña de Marin.
Todo había sucedido inesperadamente una noche: Se habían encontrado en una de las rondas nocturnas del caballero de Leo. Él había iniciado la plática y con todo el miedo del mundo y sin tenerlo planeado se había terminado por confesar en ese momento. Sorpresivamente Marin admitió sus sentimientos por él también, sin embargo, le había dicho que no podían tener nada y le pidió distancia, cosa que Aioria lamentó, pero respetó. Sin embargo, con el pasar de los días nada de lo que la amazona le pidió que hicieran, resultó. Se alejaron en un principio, pero una noche él fue a buscarla a su cabaña, sin previo aviso entró encontrándola a ella sin máscara. Marín se asustó, pero no hizo nada para volver a ponerse aquel velo que la separaba del mundo cosa que el dorado aprovechó para plantarle el beso que hacía tanto tiempo moría por darle y entonces, una cosa había llevado a la otra y así fue como terminaron por estar juntos cada noche que podían.
Aioria llegó frente a cabaña y llamó tres veces. Era la señal. Se abrió la puerta y cuando entró ella lo recibió con un beso apasionado.
— Yo también te extrañé —dijo él riendo audiblemente mientras le acariciaba el rostro al águila. Ella se sonrojó y sonrió tímidamente. Él se tomó un momento para admirarla: Le encantaban sus hermosos ojos azules, su nariz respingada, su tez blanca, su piel tersa, sus labios carnosos… pero sobretodo lo volvía loco cuando usaba su labial rojo, dándole un toque más sensual y atrevido a su imagen—. Me encanta que uses ese tono de labial… te ves súper sexy.
— Y tú te ves súper sexy sin tener que usar absolutamente nada… —comentó ella alzando una ceja.
— Entonces ¿qué te parece si… me pongo en modo sexy? —sugirió juguetonamente.
— Creo que es una excelente idea…
En un movimiento rápido, Aioria se quitó la armadura mientras ambos se besaban. Marin se quitaba el peto y la hombrera y todo iba quedando regado en el lugar. La pelirroja, comenzó a besarlo por el cuello hasta que él estuvo libre de toda la ropa y la cargó y la depositó sobre su cama. Ella se estremeció ante el contacto de los brazos musculosos de Aioria. Cuando cayó sobre el lecho, le tocó a ella ser la que le observara tan bien labrado cuerpo que la volvía loca. A veces se recriminaba por todas esas ocasiones en las que lo había rechazado. Se había estado perdiendo de muchísimas cosas, pues a parte de ser un hombre sumamente guapo y sensual, Aioria era dulce y romántico con ella. Aquello era un sueño vuelto realidad, del cual ya no pensaba despertar.
Aioria se colocó encima de ella y le separó las piernas suavemente mientras le robaba el aliento con un beso al cual Marin correspondió con frenesí mientras hundía los dedos en el suave y dorado cabello de él.
Sin previo aviso, la tomó por el rostro y en un suave movimiento la penetró. La danza entre ellos comenzó de inmediato entre gemidos y jadeos.
— Yo también te extrañé —susurró ella en su oído, extasiada.
— Me gusta que nos extrañemos —ronroneó él mientras lamía su cuello.
Aioria se despertó de sobresalto y miró el reloj que Marín tenía junto a su cama en el buró. Las 8:00 am.
El santo dorado se paró de golpe y comenzó a vestirse. Era tarde, demasiado tarde para él y el inicio de sus labores. Maldijo por lo bajo por haberse confiado. Marin se despertó también por el ruido que hacía su amado león y se dio cuenta de que ambos estaban retrasados. Los dos rieron mientras se vestían velozmente y aunque aquella espléndida noche que había terminado por agotarlos tanto que habían caído rendidos, no se arrepentían de nada.
— Iré yo primero, espera unos minutos… —le dijo acercándose a ella y besándola en los labios.
— Suerte… espero que nadie te vea.
— Yo también… bueno, te veré pronto —le dijo guiñándole el ojo mientras ella le soplaba un beso coqueto.
Para su suerte no había nadie en el camino y mientras rezaba porque no se encontrara a sus compañeros en plena ronda matutina o entrenamiento, se pasó por el costado de las casas de los otros dorados con sigilo mirando a todas direcciones. Cuando estuvo en Cáncer, el alivio lo invadió, estaba a punto de llegar ileso a su propia casa. Pasó por el jardín aledaño a la construcción cuando sin querer pateó algo que salió disparado a metros frente a él. Aioria caminó y se agachó para tomar aquel objeto: Era un tubo color negro, que medía unos 6 centímetros de largo. Lo giró entre sus dedos sin encontrarle forma, nunca había visto nada parecido. Estaba a punto de guardarlo cuando los gritos de Afrodita y Máscara que llegaban hasta el jardín de Cáncer, irrumpieron en el lugar y lo sobresaltaron.
— Te dije que aquí no vas a encontrar nada, resígnate —decía Máscara, harto de su compañero—. ¡Haces un alboroto por nada! No puedo creer que me hayas sacado de mis actividades sólo por esta tontería…
— ¡Me niego! ¿Sabes cuánto me costó? —reclamaba Afrodita, ofendido ante el comentario de Máscara.
— ¡Cómprate otro! —exclamó Cáncer, poniendo los ojos en blanco.
— ¡Hey! ¿Qué pasa? —gritó Aioria, pues sus amigos se habían detenido a unos metros de él.
— Pues que a Afrodita se le perdió un labial caríiiiiiiiisimo y lo estamos buscando, más bien, me obligó a buscarlo con él.
— ¡Es mi tono de rojo favorito! No es posible que lo haya perdido… ¿No lo has visto? —El león lo miraba estupefacto—. ¡Ash! ¿Por qué me molesto? Obviamente ninguno de ustedes sabe cómo es un labial porque en su vida han visto uno y han estado con una mujer. Te explico, es un tubo alargado color negro…
— Oye Leo, ¿No es muy tarde como para que vengas de esa dirección? Tu ronda matutina debió acabar hace una hora —dijo Máscara Mortal, lanzándole una mirada acusadora. Aioria se quedó petrificado en su lugar agarrando el objeto que acababa de encontrar mientras lo escondía entre su mano. Sus dos compañeros comenzaron a acercarse más hacia él.
— Si… se me hizo un poco tarde, es que tuve una mala noche y… —comenzó a decir nervioso.
— Supongo que por los mosquitos que te picaron el cuello ¿no? —dijo Máscara al darse cuenta de unas marcas que se asomaban en la piel del león.
— ¡N-No! E-Eso… —comenzó a balbucear mientras Afrodita se acercaba acusadoramente a él.
— ¡Aioria de Leo! ¡Tienes marcas de labial rojo en…!
— ¡Ten! —dijo el acusado poniéndole a Afrodita en las manos su labial y se echó a correr. Cuando piscis se dio cuenta de que el objeto que tenía en sus manos era el causante de su dolor de cabeza, fue algo tarde para que alcanzara al hábil Aioria que ya había desaparecido del lugar.
— ¡Desgraciado tú me robaste mi labial!
Querido lector, si usted no sabe que acaba de leer pues yo tampoco sé que acabo de escribir pero me divertí muchísimo haciéndolo! Ya tenía mucho tiempo atorada esta letra, pero la cuarentena y la inspiración se unen para que empiece a trabajar en mis pendientes, así que esperen más actualizaciones de este y mis demás fics incomclusos :P
Quiero dedicar este capítulo a mis adoradas amigas Fuego Valcarengi, Sakura Ofiuco, Andy Elric y Suki90, quienes me impulsan y me echan porras para que siga escribiendo aunque tenga años sin hacerlo y mas sobre el fandom de Saint Seiya.
Espero les haya gustado! Un abrazote!
Princesa Saiyajin!
