—¡Eres un egocéntrico, un fanfarrón y un pedante!

—Ah, ¿¡sí!? Me parece que se equivocaron de emblema: deberían haberte dado el de la sinceridad, porque es obvio que eres un estúpido y un cobarde.

—¿Sí? ¡Pues bien!

—¡Bien!

Después de haberse tomado por las camisetas y darse empujones hasta caer al piso, donde rodaron y se llenaron de tierra, Matt le dio un último puñetazo a Tai en la mejilla antes de levantarse.

Sin sacudirse el polvo de la ropa, el rubio se alejó del grupo de durmientes y de Tai, que lo miraba tumbado de espaldas aun en el piso.

Matt no demoró en oír las pisadas de Gabumon siguiéndolo, pero no aflojó el paso para permitir que el digimon lo alcanzara sin problemas, sino que continuó avanzando apresurado en la oscuridad en dirección al bosque.

—Matt, por favor, no deberíamos andar solos en la noche. Alguien podría atacarnos.

—Para eso puedes digievolucionar, ¿no? —Las palabras sonaron como una orden, y Gabumon se dedicó a mirar el piso de un verde oscuro apagado mientras continuaba caminando cabizbajo, ahora junto a su humano.

El niño iba pateando piedritas que fueron convirtiéndose en trocitos de ramas a medida que se iban internando más y más en el bosque. De pronto, un crujido a sus espaldas los sobresaltó.

—¿Qué fue eso? —preguntó Matt, volteándose rápidamente en la oscuridad. La luz de la luna que hasta entonces se había estado filtrando por entre las ramas desnudas de los árboles secos y también de los más jóvenes, había quedado cubierta por una gran y espesa nube gris.

—Quédate cerca —pidió Gabumon en un murmullo para que, si lo que habían oído antes era un enemigo, le costara más encontrarlos por las voces —. Prepara el digivice.

La criatura se colocó en posición de pelea al percibir que algo o alguien se acercaba no muy lentamente.

—No lo traje —admitió también en una exhalación, notando cómo su cuerpo comenzaba a temblar por el miedo más que por el frío: en el calor del momento, con la pelea de Tai, no se había dado cuenta de que se había dejado el dispositivo digital en el montón de hojas que fungían como cama.

Gabumon ahogó un quejido, y más ramitas se quebraron a unos cuantos metros delante de ellos. Ni Matt ni Gabumon podían ver más allá de sus propias palmas.

El niño tragó saliva sonoramente, e instantes después supuso que había sido aquello lo que atrajo a la criatura hasta ellos.

—¡Al fin los alcanzo! —La voz de Tai se hizo presente al mismo tiempo que la luz de su diminuta linterna, por entre medio de unos árboles que acababan de pasar. Al avanzar, el chico apagó la linterna y volvió a sumirlos en las siluetas de la naturaleza de la Isla File.

Inmediatamente los músculos de Matt se relajaron y su digimon dejó escapar un suspiro. Pero el niño volvió a tensarse y cerró las manos en sendos puños.

—¡Eres un idiota!, ¿no ves que podríamos haberte atacado?

—¿Qué, sin esto? —La distancia entre ambos elegidos se había disminuido tanto que ahora podían verle la cara a Tai y a Agumon, cuya presencia no habían advertido hasta entonces. El castaño le enseñó al rubio su digivice. Este último, un poco ruborizado, desvió la mirada hacia el césped que sentía humedeciéndole el borde de los pantalones.

»Toma —dijo, y se lo lanzó al pecho.

Matt, falto de reflejos por la oscuridad y por haber estado mirando hacia otro lado, reaccionó un poco tarde a la palabra, provocando que el dispositivo rebotara contra su pecho. Logró atraparlo entre las manos después de que rebotara otras dos veces en ellas, pero al menos pudo evitar que cayera al suelo.

—¿Por qué nos seguiste?

—Porque te habías olvidado el digivice y pensé que podrías necesitarlo.

—Qué considerado —respondió con sarcasmo. Para Matt, el único culpable de que él y Gabumon se hubieran alejado del grupo, era Tai.

A menos de un metro suyo, el castaño se encogió de hombros.

—Mira, no quiero pelear contigo. Lamento lo que dije antes —y se dio la vuelta—. No creo que seas un pedante... —la voz del chico se volvió un poquito más aguda y con tono titubeante —en realidad, ni siquiera sé lo que significa —admitió, aun de espaldas a Matt y rascándose un poco la nuca, como solía hacer siempre que se ponía nervioso. Hablaba como si minutos atrás no hubiera empleado montones de palabras en contra del elegido de la amistad, lo cual enfureció a este a un más y apretó la mano alrededor de su dispositivo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Eres un idiota redomado.

—Quizás —le cedió. Le hablaba de espaldas, por lo que la voz le llegaba al otro un poco amortiguada.

Una nueva nube se hizo con la tenue luz de la dama de plata, y Matt lanzó un suspiro de hartazgo.

—Vamos, Gabumon —. Sin esperar la reacción de su compañero, el niño comenzó a caminar, esquivando al líder del grupo por unos pocos milímetros.

Los elegidos de la amistad no demoraron en ser seguidos por los del valor. Avanzaron seguros y sin miedo por el bosque, porque sabían que no era un enemigo el que les pisaba los talones.

En cuanto regresaron al improvisado campamento, Matt tomó, como le correspondía, el puesto de guardia, relevando a un soñoliento Joe al que seguramente Tai había despertado para ir junto con Agumon en busca de él y Gabumon.

De aquello habían pasado ya veinte años.

Matt, sentado en el asiento del vehículo, se acomodó el casco blanco y aseguró el cinturón cuando la alarma comenzó a sonar. Detrás suyo, oyó a Gabumon enganchando el suyo. El chico a su izquierda, el piloto, se tronó los dedos y les hizo un gesto con el dedo pulgar antes de imitarlos.

Era la primera vez que Matt y Gabumon viajarían juntos, y tan lejos. El chico había soñado durante mucho tiempo aquello, y finalmente se estaba cumpliendo.

Ya escuchamos las sirenas.

Se perdió el miedo a volar.

Y aprendimos que recibes

lo que esperas

cuando dejas de esperar.

Delante de sus ojos pudo notar por primera vez los números descendiendo en la enorme computadora central. No era como si hubiesen aparecido de pronto frente a él, pero no había reparado en ellos hasta que, finalmente, se hubo asegurado a su asiento.

Inspiró profundamente, notando la clásica sensación de vacío en el estómago que deviene antes de un despegue.

120 segundos, indicaba la computadora entonces.

A medida que estos se reducían para llegar al 0, y que las voces de la planta corroboraban el estado de la maquinaria y los viajeros, Matt aisló todos los ruidos y todas las imágenes del presente y fue capaz de contemplar su vida entera como si de una película muda se tratase: desde la separación de sus padres, pasando por las batallas en el Digimundo y los espectáculos con las bandas, hasta la universidad; y finalmente, su primer entrenamiento como astronauta.

Te partiste el corazón

intentando ser uno más.

Solo alguien que aprendió

a otorgarle a cada cosa

su lugar.

Y mírate, cómo has crecido,

en qué te has convertido

y quien creció contigo

sabe bien que llegarás a ser

lo que querías ser ya desde crío.

Se llevó por puro instinto los dedos índice y pulgar de la mano derecha al anular de la izquierda, pero el anillo de bodas estaba cubierto por el traje blanco.

100 segundos.

Había hablado muchísimo con la persona que llevaba el otro anillo sobre la descabellada idea de viajar a otro planeta con su compañero digimon.

«¿Y si ninguno de los dos vuelve?» solía preguntarle, y Matt trataba de que recobrara la calma. Trataba de darle el valor que incluso a veces a él mismo le faltaba, sobre todo los días anteriores al lanzamiento, cuando ya no había marcha atrás.

Sus demás amigos estaban emocionados.

Sora, sumamente conmocionada, algunas veces prometía que vería el despegue con la nariz pegada al televisor, y otras, juraba que no podría soportarlo. No sabiendo que pondrían las imágenes tantas horas antes, mientras ella sufría pensando en que el cohete podría estallar en cualquier momento, dentro o fuera de la Tierra.

Superamos las escenas.

Se perdió el miedo a llorar.

Las heridas de mil guerras

que, aunque duelan,

ya han dejado de sangrar.

Te partiste el corazón

intentando ser uno más.

Solo alguien que escapó

del eterno abrazo de la soledad...

30 segundos.

Matt se separó un poco del respaldar de su asiento para ver a Gabumon. La criatura estaba completamente inexpresiva, con los ojos rojizos clavados en el traje especialmente diseñado para él. Al rubio le pareció que se sentía un poco incómodo, inseguro, y eso le produjo un nuevo revolvimiento de estómago, ahora nada que ver con el conocimiento de lo que venía a continuación.

10 segundos.

En ese punto, los números habían pasado a ser de un blanco opaco a un rojo intenso, y el chico tuvo la impresión de que disminuían a una velocidad mucho mayor a la que lo habían estado haciendo hasta entonces.

La robótica voz de la computadora contaba regresivamente a la vez que el 0 se acercaba, haciendo resonar las palabras en los oídos aturdidos de Matt.

Un sacudón se apoderó del cohete y de los cuerpos de los astronautas cuando el contador llegó al final.

Con un estrépito amortiguado, el gigante de metal se vio envuelto en humo blanco y salió disparado hacia arriba, dejando tras de sí el humo y, eventualmente, la estratosfera.

Solo digo...

No estés triste

habrá pasado lo peor

para cuando llegue el frío.

Lo real de lo que quieras,

lo que no, lo sabrá quien fue contigo

de crío.

Matt cerró los ojos. Delante de ellos tenían el todo que era, a la vez, la nada.

Respirando ligeramente de manera entrecortada, una calma increíble y ya experimentada se apoderó de él al pensar en Tai, su esposo, que lo esperaba sentado en el sofá del comedor, seguramente mordiéndose las uñas de las manos hasta la raíz y con Kari y la bebé al lado tratando de distraerlo para que piense en otras cosas.

Imaginó a TK al día siguiente escribiendo sentado frente a la computadora inventada por Izzy las aventuras del Digimundo; el aroma del ramen recién hecho del puesto callejero de Davis; el dulzor del pastel de zanahorias y chocolate horneándose en la tienda de Mimi; a Cody sentado frente a un juzgado, defendiendo a algún inocente de una estafa. A Yolei cuidando de sus hijos con ayuda de Hawkmon. Y comprendió entonces el miedo que debía estar sintiendo en ese momento Tai, al no saber si su esposo no regresaría alguna vez a casa.

Cómo has crecido.

En qué te has convertido.

Y quien creció contigo

sabe bien que has conseguido ser

un poco crío.