Había estado trabajando hasta tan tarde que no había tenido tiempo ni ánimos de recorrer las tiendas; después de todo, tampoco tenía mucha urgencia por comprar un regalo, ya que no pasarían la Navidad juntos. En cinco años de matrimonio, sería la primera de quién sabe cuántas.
Se detuvo delante de una vidriera iluminada con guirnaldas y luces de colores y apenas se percató de que detrás suyo se encendieron los faroles de la vía pública. El cielo estaba nublado y gris, y pensó que nunca se había sentido más acorde al clima como ese día.
Oscurecía rápidamente, luchando el sol con las temperaturas para ver quién descendía por completo antes, así que entró a la tienda para resguardarse de sus pensamientos y del exterior.
Su hermana y el marido le habían propuesto pasar Nochebuena con ellos, pero no aceptó. Tenían ya suficiente con un hijo pequeño del que ocuparse. Prefería en cambio pasar la noche en la calma del departamento acompañado por Agumon, la cena y las voces de alguna película a la que no le prestaría la debida atención, pensando en el bienestar y el lejano retorno de su esposo y su compañero digimon. Se preguntó qué estaría haciendo en ese preciso instante, y una bola de nervios se le instaló en la boca del estómago al mirar hacia el cielo nocturno y no poder hallar en él a la luna. Tuvo también la horrible impresión de que era demasiado pequeño, demasiado significante como para que estuviera pensando en él en vez de en las maravillas que seguramente había encontrado en el espacio. Probablemente ni siquiera había tenido tiempo de pensar en él, embriagado por la emoción de aquel nuevo viaje.
Notó el frío del anillo contra su piel al formar un puño. Asió con fuerza la tira de la bolsa de la tienda, notando vagamente que había olvidado ponerse nuevamente los guantes para afrontar las reducidas temperaturas externas que, si las nubes hubiesen decidido deshacerse del agua que cargaban, hubieran convertido a las gotas de lluvia en suaves copos de nieve. No se detuvo a ponérselos y se dispuso a regresar al departamento.
De camino a este, pasó por una tienda de comida china y compró una porción para sí y otra para la criatura digital. El contacto del empaque caliente contra su mano ya entumecida era agradable, y se apresuró a llegar al edificio para evitar que se enfiara, aún sin saber si sería capaz de probar un bocado.
Después de un tiempo extraño —demasiado corto para ser horas, y muy extenso para haberse tratado de minutos— colocó la llave en la cerradura y la giró hasta que el pestillo se retrajo y le permitió abrir la puerta.
Lo primero que vio no fueron las garras blancas de Agumon como la lógica indicaba, sino un par de pies enfundados en calcetines. Sus ojos cansados se abrieron enormemente y se deslizaron hacia arriba, descubriendo las piernas y posteriormente el torso. Finalmente, llegó hasta el rostro.
Se demoró en sus ojos. Eran tan azules y tan intensos como la última vez que los había visto. Tuvo que sujetar con fuerza ambas bolsas cuando notó que por un instante su agarre se aflojó, y sin ser consciente de cómo, los dejó sobre el armario del calzado en menos de un parpadeo.
La bola que se le había formado en el boca del estómago aumentó en tamaño, cayendo por su peso hasta el bajo vientre y luego rebotó para posarse en la garganta. No supo cómo pudo caber allí.
Era sabedor de que su cuerpo temblaba, de que tenía los ojos acuosos y de que su pecho subía y bajaba impulsado por los espasmos del llanto contenido. Se obligó a cubrirse la boca con las manos heladas. Nada de eso le importó. Había estado reprimiendo su malestar por demasiado tiempo como para poder seguir soportándolo; comprendió entonces que había llegado el momento de dejar de pretender ser fuerte y dejarse vencer por sus emociones.
Matt lo abrazó sin decir nada. Entendía perfectamente lo que Tai estaba sintiendo, y se unió a él en un llanto silencioso sin lágrimas. El cuerpo de Tai subía y bajaba con los espasmos a la misma velocidad con que las manos de Matt recorrían consoladoramente su espalda.
El departamento se había enfriado: Tai había dejado la puerta abierta. Matt la cerró sin separarse por completo de su esposo, y cuando volvieron a pegar sus cuerpos, el castaño alzó los brazos para interponerlos entre ambos pechos.
Matt bajó la cabeza a la vez que Tai alzaba la suya. Era apenas un poco más alto que el moreno, por lo que sus narices se encontraron.
—¿Esta es mi bienvenida? —preguntó en voz baja, temiendo que al hablar más fuerte se rompiera la magia de aquel momento.
En algún momento las piernas habían dejado de sostenerlos y se habían deslizado hasta el suelo de madera.
Los labios de Tai temblaron, y por un segundo pensó que se quebraría definitivamente. Pero inspiró hondo y pudo reforzar el agarre de aquellas piezas que amenazaban con desprenderse.
—Yo... Yo no lo sabía. Se suponía que volverías en dos meses. No te compré nada. Tampoco tengo dinero para ir a cenar fuera —hablaba con cierta torpeza, con la lengua dura no por el frío, que ya se le había ido casi por completo del cuerpo, sino por los nervios de tener a su esposo ante sí después de un mes de incertidumbre.
El rubio sonrió. Hasta entonces Tai no había notado lo que el otro había cambiado: tenía la barba un poco larga y el cabello le caía hasta las orejas. Una sombra gris cubría la piel debajo de sus ojos, y la mirada la tenía cansada. A pesar de eso, no podía negar que conservaba su encanto.
—No me importa.
A pesar de lo cerca que habían estado, de lo prolongado del abrazo y de que lo había recorrido por completo con la mirada cuando llegó, no fue hasta entonces que se percató de que su esposo no llevaba ropa. El calor de la calefacción y de sus múltiples abrigos le llegó en un parpadeo, y antes de que pudiera reaccionar a quitárselos, las manos de Matt se encargaron de ello.
—Tampoco tenía pensado salir, ¿sabes? —Matt habló enarcando una ceja.
Tai se quedó con una camiseta y uno de esos horrendos pulóveres que su cuñado T-K le había regalado y que usaba solo para no helarse en el trayecto del trabajo al departamento.
—¿No? —logró articular. —Qué curioso: estaba pensando lo mismo.
Acabó de desajustarse el cinturón del pantalón y se dejó guiar por Matt que caminaba de espaldas a través del piso.
Lo oyó decir que Gabumon y Agumon estaban en el servidor para evitar que los interrumpieran, y solo pensó en que esperaba despertarse sin la ayuda de su digimon para llegar a tiempo al trabajo al día siguiente.