Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.
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CRASH de CHRISTMAS!
La llamada le había tomado por sorpresa. Ni tan siquiera había valorado que Miyako regresara para estas fechas, aunque obviamente fuera lo lógico. Es lo que pensó después de interiorizar su llamada, junto con la ilusión de que quisiera encontrarse con ella. Regresaba a Tokio tras meses en el extranjero, ¿no debería tener un montón de amigos y familiares con los que estar? Seguramente sí, y ella al parecer se encontraba entre una de esas amigas prioritarias. Miyako era una chica completamente imprevisible.
Dejó de remover el chocolate y alzó la mirada al escuchar la puerta abrirse. Sonrió de inmediato al verla. Hacía tiempo que no la veía en persona. Le parecía más alta y estilizada cada día. Se levantó para recibir su abrazo y un beso en cada mejilla que, a priori, le descolocó. Rio, entendiendo que era una de esas costumbres que había adquirido.
Se sentaron y Miyako pidió otro chocolate. Hablaron un poco sobre su estancia en el extranjero cuando Miyako le comentó que en España era típico untar churros en el chocolate, lo que hizo que tuviera que explicarle a Sora lo que era un churro y la diferencia entre un churro y una porra. Hawkmon no la acompañaba en este encuentro porque se había quedado en casa con sus padres, deseoso de un poco de serenidad porque a veces le costaba seguir la hiperactividad de su humana. Se mordió la lengua tras estar minutos hablando alegremente sobre su compañero y aunque en el rostro de Sora percibió su tristeza, le alivió que pronto le regalara una sonrisa de tranquilidad.
Obviamente, Miyako no había querido encontrarse con Sora para entristecerla recordándole a su compañera desaparecida. Todo lo contrario. Había querido encontrarse con Sora porque era Nochebuena. Y Nochebuena era sinónimo de parejas. Y la pareja que más admiraba era la que Sora componía con Yamato que precisamente se creó en Nochebuena. Lo que significaba que si alguien podía ayudarla con su preocupación navideña era Sora.
—Sora-san, ¿cómo fue tu primer beso con Yamato? —preguntó al fin, como si formara parte de su conversación casual.
—¿Cómo? —Sora se sobresaltó por pregunta tan repentina. Sintió un leve calor en sus mejillas. —Fue hace mil años, no lo recuerdo.
—Sora-san, no me des respuestas de anciana —protestó Miyako.
Sora levantó la mirada de su taza ya vacía y dejó de juguetear en el fondo con la cuchara. Se recostó hacia atrás, mirándola detenidamente. Mantenía toda su atención en cada uno de sus gestos.
—¿A qué viene esa pregunta de todas formas?
La que apartó la mirada ahora fue Miyako. Y las mejillas sonrosadas fueron las suyas.
—Ken todavía no me besa —susurró.
—¡Vives en España! —exclamó Sora impresionada. No esperaba semejante reclamo.
—Pero he regresado —justificó Miyako, mirándola de soslayo. Su dedo dibujaba círculos en la mesa.
—¡Ayer! —repitió Sora, sin salir de su asombro. Quedó pensativa— Además, ¿desde cuando sois novios?
Miyako cambió la dirección de sus círculos, mientras su mirada deambuló por las diferentes mesas donde la gente se calentaba con un humeante chocolate.
—Le pedí que me esperara —musitó, sin estar del todo convencida—, y he regresado.
Sora apretó los labios para retener la risa. No sabía exactamente que clase de relación mantenían, pero como casi todo su alrededor, sí se había percatado de la debilidad que siempre habían mostrado el uno por el otro. Era esa clase de amistad que si terminaba en noviazgo no pillaría por sorpresa a nadie. Su mirada quedó en ese dedo nervioso que en vez de círculos ya dibujaba corazones. Sintió una irremediable ternura.
—Pero no definitivamente, volverás a irte tras año nuevo —dijo, en tono conciliador.
—Sí, lo sé… —empezó. Cerró los ojos y chasqueó con molestia, apretando los puños—. ¡Pero he regresado!
Frunció el ceño al escuchar la risa de Sora. Esta le pidió disculpas con la mirada, al mismo tiempo que extendía sus manos para recoger la suya. Siempre cálidas. La miró a los ojos.
—Miyako, dudo mucho que Ken sepa que debe besarte.
—¿Qué quieres decir? —Enarcó una ceja confusa.
—Que dudo que Ken sepa que están en ese punto de la relación. Seguro esperara a tu regreso definitivo para hacer las cosas correctamente.
Eso sonaba lógico. En realidad era lo lógico. Ni tan siquiera habían tenido nunca una cita como pareja. No eran pareja, y obviamente, conociendo a Ken, jamás la besaría sin ser su pareja. O por lo menos sin estar totalmente seguro de que era lo que Miyako deseaba.
—Ya… pero he regresado y es Nochebuena. No creo que sea pedir tanto un beso en Nochebuena. —Sonó como una niña pequeña. Interpeló a su amiga—: ¿O sí Sora? ¿Yamato te besó en Nochebuena?
El enrojecimiento regresó a su rostro. Soltó su mano, a pesar de que Miyako quiso retenerla, y la llevó a la taza. Miró el contenido vacío y suspiró. Cerró los ojos, mientras se recostaba hacia atrás y se humedecía los labios.
—No, fue más tarde.
—Pero te besó —recalcó Miyako, sin darle tregua.
La enfocó.
—Sí, eso sí. —Hizo una respiración profunda adquiriendo nuevamente una pose más receptiva. Sonrió tiernamente—. Si tanto quieres ese beso, dáselo tú. Siempre has sido una chica decidida, Miyako-chan. No sé que te detiene ahora.
—Sí, podría, pero…
—Quieres que te lo de él —terminó Sora, leyendo sus pensamientos. Ella también había sido una chica a la espera de su primer beso. Pensar eso, le hizo reír.
—¿De qué te ríes? —inquirió Miyako con apuro.
—Nada, solo que tú has besado a más chicos que yo. Me resulta gracioso que me pidas consejo.
—¡Pero tú has besado a Yamato-san! —exclamó, tan fuerte que Sora paró de reír, mirando a su alrededor tratando de contener la vergüenza. Algunas personas se había vuelto a ellas—.Y Ken para mí es como Yamato-san para ti —susurró afligida.
En ese caso, no había duda de sus sentimientos. Ken no era un chico común. No era un enamoramiento fugaz ni una confusión pasajera de sentimientos amistosos. Era su gran amigo por el que había desarrollado un amor real. Era, probablemente, el hombre con quien compartiría su futuro.
—¿Sabes si él besó a alguna chica antes? —preguntó, con su tono más afectuoso—, porque no es fácil dar tu primer beso.
—No creo, me habría enterado.
—¿Os contáis ese tipo de cosas?
—No exactamente... —No le hablaba a Ken sobre otros chicos. No en profundidad. Al igual que Ken no solía preguntarle, pero sí la escuchaba si tenía algo que contar—. Pero posiblemente si no me besó a mí, no haya besado a ninguna.
De nuevo Sora ahogó una risa, lo que provocó que Miyako tuviera la necesidad de defenderse.
—¡Es cierto Sora!, Ken es adorable, guapo y popular con la chicas pero también es tan, tan, tan… ¡ya sabes a lo que me refiero! —exclamó, incapaz de hallar la palabra correcta. En realidad no existía, era más bien una sensación; una forma de ser—. Yamato-san también es un poco así.
—Sí, creo que te entiendo. —Rio Sora. Era cierto que estaban enamoradas de hombres con algunas actitudes semejantes—. Solo que Yamato en versión gruñón —añadió divertida.
—Sí, Ken tiene más facilidad para ser encantador, es como una actualización de Yamato-san. Pero una actualización buena no como Windows 7 que fue una tremenda basura.
No entendía muy bien el símil, pero le gustaba compartir este ambiente ameno con Miyako. La sentía más cercana que nunca. Su heredera del amor. Una muy digna heredera. La tomó de la mano dulcemente.
—En ese caso, tú serás una actualización mejorada de mí.
—Sora-san. —Apretó su mano emocionada. Había sido una buena idea acudir a ella. Siempre era buena idea hablar con Sora, en realidad—. Entonces, ¿tu primer beso fue con lengua?
—¡Miyako! —exclamó Sora, totalmente roja. Había sido un inesperado cambio de ambiente.
—¡Qué! —Defendió ella, como si fuera una pregunta rutinaria—. Tengo que saber cómo actuar.
Sora se llevó las manos a las sienes, masajeándolas como si fuera un ritual para invocar su paciencia. Observó a la muchacha. La vital y decidida Miyako que era toda una mujer, pero parecía una niña perdida a sus ojos. Suspiró derrotada.
—No Miyako, no lo fue. Fue un inocente beso de catorce años, pero también te digo que si mi primer beso con Yamato se ubicara en el contexto en el que tú estás con Ken habría lengua, mucha lengua, y probablemente la cosa no quedaría solo en un beso —concluyó, reafirmándolo con un gesto con la cabeza.
Definitivamente Miyako esperaba otra evasiva, porque respuesta tan contundente la descolocó. Se llevó las manos a la cabeza con desesperación.
—¡Sora, no me metas más presión!
—Miyako, no sé que más decirte —dijo Sora, ya cansada. Aún así tuvo ánimos para regalarle una última sonrisa—. Actúa con el corazón y será una cita inolvidable.
—Eso… —Rio Miyako con nerviosismo—. Aún no tengo una cita con él.
—¡¿Qué?!, ¡¿y te preocupas del beso?!
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No. No había acordado ninguna cita de Nochebuena con Ken. Tampoco es que hubiera tenido ocasión teniendo en cuenta que llevaba en la ciudad tan solo un día. Sí había intercambiado algún mensaje en dónde él le preguntó por su viaje y ella, presa todavía del jet lag, le contestó con emoticonos durmientes.
Hubiera tenido la oportunidad de encontrarse con él cuando acordó una cita con Daisuke y Hikari (no tendría problemas en ver a Takeru y Iori en estos días porque seguían siendo vecinos), pero Ken no pudo acudir. Aunque en cierta forma, lo agradeció.
Esta vez fue un café lo que pidió (bebida a la cual se estaba aficionando en España), mientras sus amigos degustaban su chocolate. Daisuke pareció muy interesado en eso de los churros y las porras, mientras el interés de Hikari se perdía en esa gigante bola de helado de vainilla que sobresalía de su taza.
—Y ya que estás aquí, ¿haremos algo esta Nochebuena? —preguntaba Daisuke, tratando de robar con la cuchara un poco de helado.
Hikari se lo impidió con un golpe de su propia cuchara, dedicándole una radiante sonrisa.
—Yo ya tengo plan.
—¿Con quién? —inquirió Daisuke.
—No te lo diré —dijo la chica con contundencia.
—Sí, o volverás a aparecer disfrazado para vigilar —dijo Tailmon, esta sí comiendo de ese helado sin impedimento. Negó—. Patético.
—¡Fue en secundaria! —exclamó Daisuke, ofendido por el tono de la digimon—. ¡Y fue para protegerte no por celos! Además, Miyako también vino —señaló.
La chica, que estaba medio ida manoseando su teléfono, dio un respingo. Miró a Hikari aterrada porque un oculto secreto hubiera sido descubierto. Esta la miraba con interés, pero predominaba la mueca divertida. Enrojeció.
—Fue por curiosidad, no por celos.
Hikari esbozó una sonrisa, degustando con parsimonia su helado. Daisuke, por su parte, se dejó caer contra la mesa con excesivo dramatismo.
—No paras de romper mi corazón, Hikari-chan —dijo, mientras V-mon le palmeaba la cabeza en señal de ánimo. Hikari no hizo nada por retener la carcajada.
Miyako, aliviada por no llevarse ningún reproche de Hikari con carácter retroactivo, negó.
—Daisuke, algún día deberás dejar de hacer el ridículo y dejar ir a tu crush de la infancia —dijo, impostando un tono de superioridad. Gritó y se le resbaló el teléfono de las manos al notarlo vibrar y ver el nombre de Ken en la pantalla. Su crush de infancia hacía acto de presencia.
—¿Qué haces? —cuestionó Daisuke, al igual que Hikari, impresionado por la reacción de Miyako. Se asomó a la pantalla—. Si es Ken.
Miyako lo miró con nerviosismo. Sí, era Ken. Su querido amigo. El amigo con el que esperaba formalizar una relación a su regreso. El amigo del que esperaba un beso y por supuesto una cita en Nochebuena. Y hoy era Nochebuena y su amigo la llamaba. Era lo que estaba esperando y sin embargo le había llegado de sorpresa.
—Trae. —No pudo reaccionar. Quedó viendo como Daisuke le arrebataba el teléfono y contestaba la llamada—. ¡Ken-chan!, ¿dónde estás?, oye, ¿preparamos alguna salida para esta noche?… ¡Au!
Daisuke se apartó el teléfono, llevándose la mano a la espinilla. Miró a Hikari, la responsable de esa serie de patadas, pero no le dio tiempo a pedir explicación alguna porque esta le arrebató el teléfono y se lo entregó a Miyako, que no supo si agradecer a su amiga o matarla.
—¡Ken! —dijo al fin—. Siento muchísimo el trauma que te ha debido causar escuchar la desagradable voz de Daisuke al llamar a mi número.
Escuchó la risa de Ken al otro lado y toda su inquietud desapareció.
—No te preocupes, me ha gustado escucharla porque eso significa que tú ya estás en Tokio —dijo, derritiendo más a Miyako.
—Miyako, pon el altavoz, que todos queremos enterarnos —decía Daisuke—. ¡Ya vale con las patadas Hikari, ¿qué pasa?!
Hikari resopló al cielo, mientras su compañera negaba, terminando esa bola de helado. V-mon también apuraba el chocolate de su humano.
—Mira que es simple —bufó Tailmon.
Hikari se levantó, tirando del brazo de su amigo.
—Acompáñame a ir de compras
Ajena a esto, Miyako ya sentía como si el tiempo no hubiera pasado. En realidad, hablaba con Ken a menudo, pero normalmente vía mensajes por culpa de la diferencia horaria. Escuchar su voz, era como por fin, regresar a casa.
—Miyako, sé que es precipitado —dijo al cabo de unos minutos—, pero me gustaría invitarte a pasar la Nochebuena conmigo, si no tienes ya otros planes.
Ahí estaba al fin. Con una tranquila llamada. Su esperada cita de Nochebuena.
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—Esto no es lo que esperaba —murmuró Miyako, al ser recibida en aquella casa.
Unos sonrientes padres de Ken le habían abierto. Le extrañó en un principio que le pidiera ir a su casa, pero pensó que al lugar donde tendría previsto llevarla sería más fácil llegar desde la estación de Tamachi. Y llevando también a Hawkmon, tal vez era para que este quedara junto con Wormmon mientras ellos disfrutaban de su íntima cita. Se equivocó rotundamente. Se cercioró de eso al entrar y ver a Ken, con una sonrisa a juego a la de sus padres y un jersey de estrellitas navideñas que posiblemente le había regalado su madre. Wormmon se posaba en su hombro con tranquilidad no dando en ningún momento la sensación de tener la intención de que la cita transcurriera en otro lugar que no fuese su hogar.
Tan trastocada había quedado, que Hawkmon tuvo que darle un codazo en la pantorrilla para que reaccionara a los gestos de la madre de Ken, entregándole el abrigo, la bufanda y el gorro. Una larga melena perfectamente alisada para la ocasión cayó sobre sus hombros, mientras una pulsera de piedritas, regalo que Ken le hizo en un lejano cumpleaños, centelleó en los ojos de la mujer.
—Gracias por aceptar nuestra invitación, Miyako-chan —dijo la madre—. Estás radiante.
Ruborizó levemente a la chica, que se inclinó junto a Hawkmon.
—Estamos bajo su cuidado —dijo la fórmula de cortesía.
Le salió tan natural que parecía que no había pasado los últimos meses en el extranjero obviando dichos hábitos. Pero era imposible no envolverse por el ambiente que producía la madre de Ken, su casa, todo su alrededor.
—Cuando Ken nos dijo que regresabas, le propuse que hiciéramos una fiesta como esas que hacíamos cuando era niño. Es una pena que ninguno de tus demás amigos haya podido venir, ¿verdad Ken? —dijo la mujer, mientras dejaba las cosas de Miyako y regresaba a la sala.
La sonrisa de Ken desapareció momentáneamente, también desvió la mirada que mantenía en Miyako.
—Sí, estaban ocupados —dijo con un poco de dificultad.
A Miyako no le pasaron desapercibidos ni sus gestos de nerviosismo, ni sus palabras. No estaba segura de los demás, pero Daisuke por lo menos, no solo estaba libre sino que le había propuesto organizar algo. Estuvo a punto de comentarlo pero por alguna razón filtró este pensamiento. Regaló una sonrisa a sus anfitriones.
—¡Y bien! —Dio una palmada—. ¿Qué hay para cenar?
—Estaba preparando un poco de udon, okonomiyaki y sopa de miso. Nada del otro mundo, en realidad —dijo la señora Ichijouji un poco apurada. Esa chica venía del extranjero, quizá la comida común de su país ahora le parecía pobre.
Conforme hablaba, tanto Miyako como Hawkmon olfatearon hacia la cocina. Finalmente Miyako se relamió y suspiró.
—Me encanta la comida de España, pero en verdad había extrañado estos platos. Y más si son caseros —dijo juntando las manos con fascinación.
Esa reacción renovó las confianzas de la madre de Ken. Ayudada por este, empezaron a servir la cena mientras Miyako no tardó en enfrascarse en una apasionante charla con el padre de Ken sobre biotecnología. En un momento dado tuvieron que ser cortados, ya que quizá tampoco era el tema de conversación más adecuado para una cena de Nochebuena. Hablaron entonces de temas más hogareños y por supuesto, de la estancia de Miyako en el extranjero.
—¿Paella? —cuestionó la madre.
—Sí, es mi comida favorita —respondió Miyako, ya degustando las bolitas de mochi que componían el postre.
—Pero es arroz, ¿no? —preguntó el padre. Miyako asintió—. ¿El exótico plato del extranjero es arroz con cosas?, que curioso. —Rio.
—No es un arroz cualquiera, lleva unos ingredientes muy específicos… por lo visto hay un cisma nacional bastante importante con ese asunto —explicó Miyako.
Los Ichijouji se miraron impresionados. Los padres en realidad, Ken tan solo sonreía divertido por la pasión con la que Miyako explicaba las cosas.
—Es como si el ramen tuviera una receta única para poderlo llamar ramen y todo lo demás fuera fideos con cosas —dijo Hawkmon.
—¡Pero eso es horrible!, ¿qué haría Daisuke-kun? —expresó la madre de Ken con preocupación.
El digimon se encogió de hombros, mientras su compañera pareció pensárselo.
—Paella de fideos —dijo Ken de repente, provocando las risas de sus padres.
Miyako lo miró por unos instantes asombrada. Siempre le maravillaba verlo ocurrente y despreocupado. Sonrió, rellenando su bebida.
—¿No sería eso fideuá, Miyako? —preguntó Hawkmon, tan conocedor ya de la cocina española como su humana.
Su compañera balanceó la cabeza reflexiva, llevando el vaso a sus labios.
—Supongo que más o menos, pero no lo digas muy alto por si acaso.
De nuevo las risas inundaron la sala. Se prolongaron más allá de la cena. Siguieron entre charlas distendidas y varios juegos. Para cuando Miyako tomó noción del tiempo, ya hacía rato que los últimos trenes que conectaban a Odaiba habían salido. El ferry que le podría haber llevado hasta la isla artificial en la que vivía también había finalizado su horario.
—Es tardísimo —dijo, al tomar consciencia—. No comprobé si había horario especial de Nochebuena —musitó angustiada a Hawkmon. La idea de volar cruzó por su cabeza levemente.
—Ni te preocupes por eso Miyako-chan, se quedan a dormir aquí —fue la contundente respuesta de la madre de Ken, reafirmada por el señor Ichijouji.
Por consideración, Miyako reparó en Ken, que sonreía con un adorable sonrojo decorando sus mejillas. Ella no se vio, obviamente, pero si notó, que ese calor también acompañaba sus propias mejillas.
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De todas las posible Nochebuenas que había ideado en su cabeza esta sin duda era la última que se le hubiera ocurrido. Hallarse en una habitación vacía en la casa de la familia de Ken, junto a Hawkmon que ya dormitaba y llevando un pijama de su madre. Había una pequeña cama, un armario y alguna caja con recuerdos almacenados. Nunca había entrado en esa habitación antes. Dio un respingo al sentir a Ken detrás.
—Esta era mi habitación cuando era pequeño. —Miyako volvió a revisarla con la mirada, como buscando algo que corroborara esa información—. Después me cambié a la de mi hermano, porque era más grande y ya estaba amueblada como para un estudiante... —prosiguió Ken, con un deje de melancolía.
Viendo la reacción de Miyako, entendió que ella había pensado lo contrario, que esta había sido la habitación de Osamu. No obstante, al revelar esta información, Miyako empezaba a apreciar que era una habitación detenida en la más temprana infancia. Como dijo Ken, no había escritorio, ni libros de texto por ningún lado. Seguramente las cajas aún guardasen algunos de esos juguetes que quedaron a un lado antes de tiempo. Era posible, que por algún rincón, aún se hallase una de esas pajitas cortadas con restos de agua jabonosa. No era la habitación de un genio, era la de un niño que hacía inocentes pompas de jabón.
—… y porque quería reemplazar a mi hermano —añadió al final, ensombrecido.
Fue entonces cuando Miyako se volteó hacia él. Ya se había despojado de su jersey que le daba ese aspecto alegre y vestía su apagado pijama. No halló su mirada porque su cabeza estaba gacha. No era tonta. De sobra sabía quien era Ken. Era un chico bueno y maravilloso cuya sonrisa la desarmaba, pero también era un chico que todavía cargaba con sombras. Sombras que posiblemente jamás terminaran de disiparse. De hecho, aunque no pudiera evitar incomodarse, también agradecía que Ken no le intentara ocultar sus sombras. Así estaba segura de conocerlo de verdad y poder amarlo en consecuencia.
Sin embargo, aunque lo aceptara, no era algo en lo que le gustara recrearse.
—Entonces, ¿soy la primera chica que entra en tu habitación? —dijo de repente, en un tono jovial. Rotó sobre sí misma, abarcando la estancia.
Ken alzó la mirada descompuesto de primeras. Pestañeó con incredulidad como si fuera irreal que aquella chica estuviera en la habitación que era suya cuando Osamu existía, paseándose alegremente. Irremediablemente rio. Porque era más divertido reír, porque era lo que le apetecía cuando tenía cerca a Miyako.
La chica, adicta a su risa desde niña, se detuvo, mirándolo con ternura.
—Gracias por venir hoy —dijo, devolviendo la seriedad al momento—. Es la primera vez que regresas y es Nochebuena, seguro que preferías una fiesta con tus amigos o estar con tu familia y sin embargo has aceptado mi invitación. —Se rascó la nuca con nerviosismo—. Mis padres siempre dicen que traes alegría a esta casa.
En un primer instante, Miyako quedó cohibida por sus palabras. Era una responsabilidad que tampoco sintió que la fuera porque no tenía que hacer ningún esfuerzo para actuar así. Era su yo más natural. Se recolocó las lentes en actitud pensativa. Cuando lo miró a los ojos, Ken apreció una inesperada mirada provocadora.
—¿Y por qué les mentiste? —Le pareció graciosa la reacción de pánico de Ken—. Venga Ken, sé perfectamente que no invitaste a ninguno más de nuestros amigos, ¿o me equivoco?
Quizá sí se equivocaba y estaba a punto de hacer un ridículo legendario. Ni lo pensó en ese momento. Era Nochebuena y estaba ante el chico del que estaba enamorada. En su habitación de infancia, sonrojándose con nerviosismo. Se sentía guapa, alta, inteligente y genial. Tenía derecho a creer que Ken la había invitado solo a ella. Además, Daisuke no estaba por ahí, por lo que podía ser más que una creencia.
—Eh… ah —tartamudeó Ken, desviando la mirada. Miyako se acercó intimidante. Finalmente suspiró y confesó—: quería pasar la Nochebuena contigo. —Todo el arrojo de Miyako desapareció de repente. Sitió un nudo en la boca del estómago. Era más fácil fantasearlo que vivirlo—. Sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero… pensé que ya has regresado, aunque solo sea para unas semanas, tú… has regresado y yo… yo… te he esperado.
Su mirada quedó en sus finos labios al pronunciar esas últimas palabras. Te he esperado, retumbó nuevamente en su cabeza. Y ella había regresado. Aunque volviera a marcharse, eso no importaba en este momento. No lo habían hablado explícitamente, pero desde que marchó, ya fue como si no necesitaran hablarlo. Ambos fueron conscientes de lo que les había pasado, de que estaban enamorados.
Lo miró a los ojos, él, ruborizado, le mantuvo la mirada. Su cita romántica de Nochebuena no había sido la soñada, pero había sido perfecta. Sonrió, convencida de su siguiente paso. Ser ella misma, confiar en sí misma. Cerró los ojos y juntó sus labios con los de Ken.
No fue un beso, fue un BINGO!
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