Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.

.

.

OTOSHIDAMA

Lo ve tras el ventanal, pero él, inmerso en su laptop, no repara en los viandantes que abarrotan el centro. Es necesario que deje las bolsas y el casco sobre la mesa para que Takeru regrese al mundo real. Baja la tapa del laptop para recibirlo, mientras le tiende el café con el que ya le estaba esperando. Yamato, cansado y agobiado, se lo agradece sin ser capaz de esbozar una sonrisa, lo que provoca la risa de Takeru.

—¿Apenas me ves en todo el año y ni una sonrisa para mí?

—Perdona —musita Yamato resoplando.

Por suerte para Yamato, Takeru no está por la labor de recrearse en su estado decaído. Dirige la mirada a sus bolsas.

—Te perdono si me has comprado un regalo.

Su hermano mayor da un sorbo al café, mientras con la otra mano cubre las bolsas impidiendo el acceso a Takeru.

—Tú confórmate con que aún te dé el otoshidama.

—¿Nada de eso es para mí? —pregunta, con una dramática mueca de decepción.

Yamato niega, dejando el café.

—Son para Sora. —Enrojece por la sonrisilla de Takeru. Desvía la mirada hacia el ventanal, observando ahora del otro lado. Takeru se mantiene en silencio—. Este año apenas hemos estado juntos y quiero compensarlo de alguna manera.

Tras terminar la universidad, había conseguido acceder al centro espacial de Tsukuba, y aunque la distancia no fuera excesiva, la carga de trabajo le había impedido regresar a casa todo lo que hubiera deseado. Había juntado todos sus días libres para poder quedarse hasta los festivos de año nuevo.

—Tu presencia en vuestro aniversario lo compensará, sin duda —dice Takeru, disfrutando de la vergüenza de su hermano.

—No es tan sencillo. —Le sorprende su tono excesivamente apagado. Takeru ríe incrédulo, a lo que Yamato niega, desviando la mirada al café—. No lo entiendes, tú aún no has perdido a Patamon. —Cierra los ojos al segundo de pronunciar sus palabras. Frunce el ceño y aprieta la mandíbula en señal de culpabilidad. Mira a su hermano—. Lo siento, no quería decir eso. Ojalá no lo pierdas nunca más.

A decir verdad, en un primer momento sus palabras le habían turbado, pero solo fue el segundo de irracionalidad al escucharlas. Al igual que a su hermano, su razón le había hecho ver su arrepentimiento que, por otra parte, tampoco era necesario. De sobra sabía lo que Yamato opinaba y deseaba. De sobra sabía por lo que había luchado y seguía luchando.

Niega con una sonrisa tranquilizadora.

—Tranquilo hermano. Entiendo que has querido decir.

Él asiente entre una larga exhalación. Por mucho que pase el tiempo siempre es un tema incómodo. Más sabiendo que esa espada de Damocles todavía amenaza a su hermano y su generación.

Sus dedos tamborilean en esa sirena que adorna el vaso de cartón que contiene su café. Él no era muy asiduo a este tipo de establecimientos. Siempre prefirió lugares más tradicionales para comer con un amigo, más marginales si lo que buscaba era aislarse escuchando blues con una par de cervezas. En la intimidad de su hogar era donde últimamente más disfrutaba de la compañía de su novia. Sin embargo, en Tsukuba ha empezado a frecuentar una de estas cafeterías. Quizá porque su hermano —del que tampoco podía decir cuando se había aficionado— se lo había inculcado sin darse cuenta. La de cambios y conductas que se asimilaban sin darse cuenta.

Sorbe su café y de nuevo su mirada queda en el cristal que refleja luces y alegría. Él se mantiene lejos de ellas.

—Para Sora Nochebuena no es solo nuestro aniversario. —Mantiene la tensión en su mandíbula apretada. Es difícil reconocer todo aquello—. No es algo de lo que me hubiera dado cuenta antes porque no son cosas de las que te des cuenta si no faltan. Es posible que Sora tampoco lo supiera antes, pero Nochebuena también es el día que liberó sus sentimientos. Eso la conecta con Piyomon y... lo entiendo porque yo tengo una conexión similar con Gabumon, pero también hace que… —Aparta la mirada. La lleva a la servilleta que dobla con nerviosismo, con impotencia—… esté triste en Nochebuena.

Hace una mueca de incomodidad al encontrarse con la mirada de Takeru. Finge una sonrisa en un intento de quitar importancia a su narración. Cuando Takeru es consciente de que su tristeza es tan patente que está preocupando a Yamato, cambia de actitud. No puede permitirlo porque es Yamato quien tiene derecho a estar triste. Él todavía no puede estarlo. No debe estarlo. Le regala una amplia sonrisa.

—Bueno hermano, ¿y con qué maravillosos regalos le vas a deleitar?

Agradecido del cambio de tono de Takeru, Yamato lleva las manos a las bolsas. Se ruboriza ligeramente. No suele hace este tipo de cosas. Compra regalos a veces, no en plan indiscriminado, pero sí puede tener detalles, no obstante, pocas veces los comparte con alguna persona más a parte de la interesada.

—Son tonterías.

—Ya, enséñame —insiste Takeru, tratando de arrebatarle las bolsas. Queda modoso al ver que Yamato empieza a actuar.

Saca un cuaderno y un estuche.

—Es un cuaderno de mandalas y los lápices que usa para colorear, por supuesto. Ayer cuando llegué me di cuenta de que le quedaban pocas páginas al que ya tenía, y que sus lápices estaban muy desgastados.

—No sabía que Sora hiciera esto —dice Takeru, observándolo con curiosidad.

—Lo descubrí cuando empezamos a vivir juntos —responde Yamato. Ríe ilusionado por recordarlo. Por recordar todas las cosas que aún le quedan por descubrir de ella.

El más joven lo deja a un lado y vuelve a enfocar a Yamato.

—¿Qué más tienes?

Yamato titubea, sacando una caja. La abre tímidamente.

—Sora tenía un despertador de una gallina, pero la primera semana viviendo juntos lo rompí de un manotazo sin querer. No he encontrado una gallina, pero el pingüino es gracioso también. ¿Verdad? —dice, mostrando ese pingüino con un reloj en su vientre.

Takeru lo examina. Le da a la cabeza y suena un canto que le sobresalta. Deduce que es algo parecido a lo que harán los pingüinos.

—Yamato… ¿Estás seguro de que quieres despertarte todos los días con esto? —pregunta, volviendo a dar a la cabeza.

—Es divertido —excusa Yamato. Su hermano repite la acción y Yamato se lo arrebata, entrecerrando los ojos—. Sí... vale... tienes razón, lo rompería la primera mañana.

—Enséñame que más tienes —pide Takeru.

Esta vez a Yamato le cuesta más enseñar el regalo, pero finalmente lo hace entre un largo resoplido.

—También le he comprado unos patucos para dormir —dice, mostrando esos calcetines gorditos con dibujitos de estrellitas sonrientes y cuartos de lunas adormecidas.

Enrojece, no permitiendo que Takeru llegue a tocarlos.

—¿Sora tiene los pies fríos? No me lo esperaba.

—Ya sabes el dicho —empieza Yamato, guardándolos—: manos calientes, pies fríos.

El más joven pestañea desconcertado. No es capaz de recordar si escuchó antes esa expresión pero tampoco le va a dar más importancia. Queda a la espera otra vez, no obstante le desconcierta no ver más movimiento en Yamato, salvo guardar tranquilamente el pingüino en su respectiva caja.

Se comunica con su hermano que evita su mirada expectante por unos segundos, hasta que no puede aguantarlo más y se lleva las manos a la cara, frotándose con fuerza.

—Son un asco, ¿verdad?

Desconcertado, porque realmente Takeru esperaba algo un poco más exquisito, niega en un intento de ánimo.

—No, están bien… —dice. Hace una pausa y baja la mirada, incapaz de mantener su farsa—... si se los regalase su abuela. —Resopla, sobresaltando a Yamato—. Por favor Yamato, eres su novio, es vuestro aniversario y estos regalos son… son… —Muestra el cuaderno de colorear al aire—. ¿Sabes lo que parece que le estás diciendo con esto?, que es una histérica que debe relajarse.

—Que tontería es esa —espeta Yamato, ofendido. Se lo arrebata—. A ella le gusta. Le inspira.

Pero Takeru la toma ahora con el pingüino.

—Y con esto, ¿sabes lo que parece?, parece que le dices que es una perezosa a la que le cuesta levantarse.

—Eso es estúpido. Le rompí el despertador, es normal que le compre otro —defiende Yamato.

—Y este es el peor de todos... —Yamato abre los ojos aterrado al ver que se ha apropiado de los patucos—. No puedes decirle a una chica que tiene los pies fríos. Debes dejar que se los caliente en los tuyos y aguantar con una sonrisa.

Yamato trata de decir algo pero no le salen las palabras. Ve el conjunto de sus regalos esparcidos sobre la mesa e irremediablemente comparte la visión de Takeru. Se sujeta la cabeza con las manos desmoralizado.

—Soy un novio lamentable. Ahora que por fin vivimos juntos la abandono casi todo el año y cuando vuelvo para nuestro aniversario le doy unos regalos de mierda.

—Ya, hermano. No desesperes —tranquiliza Takeru. Se golpea en el pecho con expresión de triunfo—. Aquí está tu hermano pequeño para salvar el día.

Seguidamente deja un sobrecito sobre la mesa, empujándolo hacia Yamato.

—¿Qué es esto? —Enarca una ceja con sospechas. Ya es mayor para recibir otoshidama. Impensable recibirlo de su hermano pequeño. Y encima más de una semana antes de año nuevo.

—El regalo que Sora merece.

Takeru sorbe su café con aparente calma, mientras Yamato abre el sobre con cierto recelo.

—¿París? —dice Yamato, al ver esos billetes de avión.

El más pequeño deja el vaso y se inclina hacia su hermano desbordando emoción.

—Disfrutaréis de una romántica Navidad parisina —dice, impostando un exagerado acento francés.

Yamato queda unos segundos en silencio, observando los billetes y a su hermano. Finalmente resopla con desprecio, devolviéndolos.

—Esto es absurdo. Además, aún estoy en capacitación, por lo que mi salario es anecdótico.

—Es un regalo, hermano. —Ríe Takeru. Por sus palabras y por su rostro gruñón.

—¡Si tu principal fuente de ingreso es el otoshidama!

Takeru pierde la sonrisa y desvía la mirada.

—Que importa de quien sea.

—¿Mamá?

—¡Que importa de quien sea! —exclama otra vez, empezando a enfadarse por la reticencia de su hermano.

—También involucraste a papá, ¿cierto? —dice Yamato en tono acusador. Su hermano gime con impotencia —. ¿O lo planeaste directamente con los abuelos?

—Hermano, no le pongas pegas y acéptalo —pide Takeru derrotado, incapaz de prolongar más el berrinche.

—Ni hablar.

No le sorprende que su hermano se cruce de brazos en actitud defensiva. Sabía que era una posibilidad, mejor dicho, la única posibilidad. Demasiado tiempo lleva conociendo a su hermano para saber que, a pesar de todo su crecimiento, todavía le cuesta aceptar la preocupación de otros. La protección de otros. Pero él ya es mayor también para empezar a imponerse, para aceptar otro rol en su relación.

—¡Hermano! Apenas aprovechaste cuando tenías oportunidad de viajar con el smartphone digital porque estabas demasiado ocupado incluso para pasar tiempo con tu compañero —dice Takeru tajantemente. Yamato descruza los brazos y frunce el entrecejo con enfado. Takeru sabía que esta iba a ser su primera reacción, pero no se detiene—. Así que no cometas el mismo error y no pierdas más tiempo con las personas que amas. —Su tono se suaviza, al igual que la expresión de Yamato. Takeru lo encara perdiendo contundencia, pero ganando dulzura—. Deja que yo te cuide de vez en cuando, por favor.

El enfado inicial se ha disipado. Le invade una profunda ternura, que aunque agradece, también le descoloca. No está acostumbrado a encontrarse en esta posición. Mira a su hermano, que también es mayor. Él siempre será el mayor, pero Takeru no siempre será pequeño. Es justo tener una relación de iguales.

—No sé… —Todavía se resiste, mirando los billetes—. De todas formas es precipitado. Es un viaje largo, quizá a Sora no le apetece…

—Como quieras hermano —corta Takeru, ya sin un ápice de delicadeza. Toma los billetes—. Iré yo con ella.

—¿Tú?

—Disfrutaremos de la Navidad en la ciudad del amor —dice, de nuevo con ese impostado acento francés.

—¿Tratas de ponerme celoso? —Yamato estalla en carcajadas—. Siento desilusionarte, pero para Sora siempre serás el adorable niño un poco llorón que no pasaba dos palmos del suelo —dice divertido. Definitivamente, su relación no siempre será de iguales.

No esperaba la provocadora sonrisa que esboza Takeru.

—También estará el abuelo.

Y al cruzar en su mente la imagen de su apuesto abuelo francés, y su debilidad por las chicas bonitas, Yamato recupera la seriedad y tiende la mano, recuperando los billetes.

—Dame eso. —Quien no retiene ahora la carcajada es su hermano. Yamato lo ignora, así como su enrojecimiento, mientras chequea los billetes. Abre los ojos impresionado—. ¡Takeru!, ¡el avión sale en tres horas!

—Y tú perdiendo el tiempo con lloriqueos... —dice Takeru con parsimonia mientras los movimientos de su hermano se vuelven frenéticos—. Y ahora que mi maravilloso regalo ha salvado tu relación, ¿te importa si me quedo con el pingüino?

Yamato, ya de pie, lo mira mientras se pone la chaqueta y busca su teléfono.

—Todo tuyo.

—Y con esto soluciono el regalo de mamá —sigue Takeru, examinando el cuaderno de mandalas. Yamato lo ve, pero no lo detiene. Se lleva el teléfono a la oreja. Aprovechando la situación, Takeru se estira hacia la bolsa que le falta—. Y esto para…

En un veloz movimiento, Yamato se apropia de la bolsa que contiene sus valiosos patucos.

—Son fríos —recalca.

Takeru sonríe.

—Hermano, llevan nueve años pero parecen noventa —dice, tratando de sonar aburrido.

Pero su hermano, sintiéndolo como un halago, le sonríe de vuelta.

—Gracias. —Se revuelve al escuchar su voz al otro lado del teléfono—. Sora, no hay tiempo para explicaciones, ¿estás en casa?… ¡perfecto! Mete en una mochila cosas básicas de ambos y espérame abajo. Te recojo en media hora. ¡Ah!, y no olvides nuestros pasaportes.

—¡Que diligencia hermano! —exclama Takeru, gratamente sorprendido por su actitud. Yamato opta por no contestar. De sobra conoce ya su tono burlesco. Se limita a frotarle la cabeza en señal de agradecimiento al pasar a su lado—. ¡Quizá vaya a veros en año nuevo! —dice, mostrando el smartphone.

El mayor se voltea y, con una radiante sonrisa tan solo para Takeru, se lleva la mano por dentro de la chaqueta.

—¡No te molestes, ya eres mayor para el otoshidama! —exclama, arrojándole un estuche.

Se va haciendo un saludo con el brazo en el que carga el casco de motocicleta. Cuando Takeru puede reaccionar, repara en el estuche que esta entre sus manos. No es el clásico sobrecito y por tanto no resguarda el tradicional dinero. Lo abre y encuentra un bolígrafo fino, metalizado, elegante. Ríe al leer la marca y ser consciente de que no es un bolígrafo cualquiera. Es un Space Pen, o lo que siempre se había conocido como el bolígrafo de los astronautas; aquel capaz de escribir en cualquier lugar y a cualquier condición.

Lo sabe no porque sea un experto en bolígrafos ni en tecnología espacial, aunque la segunda opción está mas cerca del motivo. Recuerda haber hablado vagamente con Yamato en los últimos tiempos sobre cosas varias de astronautas. De hecho, cada vez que veía algo relacionado, lo compartía con Yamato aunque casi siempre fuera por motivos de troleo. Ni sabe por qué llegó a conocer la existencia de ese bolígrafo, pero sí que se lo había comentado a Yamato cuando lo descubrió. Una broma de que lo necesitaría cuando tuviera que firmar autógrafos a los alien fans de los Teen Age Wolves lo acompañó.

Una tarjetita se esconde bajo el bolígrafo. Identifica los trazos rápidos e imprecisos de Yamato, mientras la saca con cuidado. Una cálida sonrisa ocupa su rostro cuando la lee.

Escribe un buen final para tu libro. ¡Y déjame leerlo de una vez!

Tu hermano.

.

.

N/A: Otoshidama es el dinero que tradicionalmente se les da a los niños o jóvenes sin ingresos de las familias en año nuevo.