Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.
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CORAZÓN
Si abría los ojos, veía un lugar que no reconocía. Jamás regresé al Digimundo, entonces, ¿por qué me fui de su lado? Era una ciudad grande en donde estaba perdida, se parecía a Tokio pero por alguna razón sabía que era diferente. Había luces y árboles adornados, por lo que ya debería ser Nochebuena. ¿No era verano hacía un minuto?
El puente de nuestras batallas, aunque a mí me gustaba recordarlo como el hermoso puente iluminado desde donde se veían los fuegos artificiales reflejados en el agua. Todos los años, Sora me llevaba a verlos. Tenía que llevarme este año también, aunque ya hubieran pasado los de verano, sí estaba a tiempo de ver los de año nuevo. Pero tenía que encontrar a Sora primero.
Cruzando el puente, podía llegar a Odaiba. Era trabajoso volar tanto. ¡Con lo rápida que llegué a ser en el Digimundo! Pero no me importaba si así encontraba a Sora. Seguro que había estado preocupada por mí todos estos meses.
Llegué a su apartamento, pero nadie me abrió, así que volé hasta la ventana. No vi a Sora y tampoco a su mamá. Había unas personas que no reconocí. Tampoco reconocí los muebles y la decoración. Me asustó, porque estaba segura que era la casa de Sora. ¿Le habría pasado algo a Sora y a su familia?
Volé más de lo que nunca había volado, aunque Sora no estuviera para verme y sentirse orgullosa, cuando la encontrase se lo contaría y seguro que se pondría feliz. Busqué en su universidad pero no estaba. Nadie me hizo caso tampoco. Ni se asustaron, ni se impresionaron, ni se alegraron al verme. Fue como si no existiera. Empezaba a sentirme angustiada, pero pensé que si era Nochebuena, probablemente estuviese con Yamato.
«¡Yamato!, abre soy Piyomon, ¿está Sora ahí?»
Por mucho que golpeé a su puerta nadie abrió. Al mirar desde la terraza vi que todas las luces estaban apagadas así que seguramente no había nadie en casa. Volé otra vez. Quizá ni Sora ni Yamato vivían ya en sus casas. Habían pasado algunos meses desde la última vez que la vi, y ellos ya planeaban vivir juntos desde hacía un tiempo. Igual ya lo hacían en una casa nueva que desconocía. Puede que ni estuvieran en Odaiba. De todas formas, alguien tendría que saber dónde estaban, así que probé en las casas de todos los amigos de Sora, pero o vivían otras personas o no me hicieron caso.
Cansada de volar por Odaiba, regresé a la ciudad de grandes arboles iluminados y me posé en uno de los más bonitos. La sensación de extrañeza se hacía cada vez mayor y hasta que no encontrara a Sora estaba segura de que nada iba a estar bien.
Había volado hasta ese lugar sin querer, pero en realidad Sora y yo siempre íbamos ahí por navidad. Nos encantaba ver los árboles decorados de Ginza. Después solíamos ir a la escuela de la mamá de Sora y ya casi de Sora, que estaba en uno de esos edificios, en el bloque ocho. ¡Igual Sora estaba ahí!
Volé y me asomé por la ventana. Había varios estudiantes en la clase que la mamá de Sora estaba dando. Estuve a punto de llamar con el pico, pero me contuve porque no quería molestarla. Aunque era muy amable y me quería mucho, no le gustaba que la molestaran cuando estaba concentrada. En eso se parecía a Sora. Entré al edificio y llegué hasta la puerta del salón. Si entraba sin hacer mucho ruido no creo que se molestase. Muchos de sus alumnos ya me conocían. Algunos hasta me llamaban Piyo-sensei.
Pero antes de poder abrir, sentí un dolor en mi pecho. Era muy fuerte, así que me senté para esperar a que se me pasase. Cada vez se hacía más fuerte y creí que me iba a hacer datos para siempre y que nunca más volvería a ver a Sora, pero entonces paró. Lo hizo de repente. Fue en el momento en que la vi.
«Sora...»
Me acerqué. Me sentía débil, como si hubiera luchado en estado Garudamon toda la noche, pero ya no me dolía nada. Sora estaba parada junto al ascensor de donde acababa de salir. Como tenía la cabeza gacha, me costó reconocerla. Creo que la reconoció más el dolor de mi pecho que yo misma. Su cabello estaba más corto y llevaba un uniforme que no conocía.
«Sora, ¿dónde estabas?»
La alcancé, pero ella siguió sin mirarme. La noté respirar muy fuerte y apretar sus puños. Escuché un murmullo: Madre, ha pasado un tiempo... No. Madre sé que reniega de mí… No. Madre sé que no estuve a la altura. ¡No! ¿De qué servirá sino me quiere? Maldita Iemoto.
Se dio la vuelta y volvió al ascensor. Con las pocas fuerzas que me quedaban logré colarme tras ella.
«Sora, ¿qué te pasa?, ¿por qué hablas así de tu madre? ¡Sora!»
No me escuchaba o hacía como si no me escuchase, como el resto del mundo. Fui a tirarle de la falda para llamar su atención, pero la atravesé. Me miré las plumas, creyendo que ya me había hecho datos. Estaba entera, así que intenté volver a tocarla y otra vez la atravesé. Me tiré a su cuerpo y choqué contra la pared del ascensor. ¿Qué me estaba sucediendo?, ¿era un feo Bakemon? En el reflejo del espejo por lo menos era Piyomon. La Piyomon que Sora conocía.
Rompí a llorar. Entonces Sora alzó el rostro, pero no me miró. Lo único que hizo fue retocarse el labial frente al espejo. Busqué su mirada y no la recocí. No tenía brillo, ni alegría. Tampoco era triste. Estaba como apagada.
«Sora, ¿qué te ha pasado?, ¿es porque me fui?, ya estoy aquí, Sora.»
La seguí por las calles de Ginza. Al principio tenía cuidado de esquivar a las personas, hasta que atravesé accidentalmente a un par y me di cuenta de que no tenía que molestarme. No se que estaba sucediendo, pero yo no estaba realmente ahí. Por eso Sora no me veía. Nadie me veía. Por eso todo era extraño. Tomó un tren y monté con ella. Me sentía como uno de esos espíritus de los que el papá de Sora hablaba.
Estuve observándola todo el trayecto. A veces miraba por la ventana con la mirada perdida y me parecía reconocer a una vieja Sora. Una que conocí hace mucho tiempo. Pero durante casi todo el trayecto estuvo chequeando el teléfono. Me asomé cuando escribía un mensaje: Muy bien, hasta la noche. Lo envío a un tal Kenta y guardó el teléfono. No conocía a nadie que se llamara así, y mucho menos que tuviera que pasar esta noche con Sora. Era Nochebuena, ¡la noche de Sora y Yamato!
No me di cuenta en que estación abandonó el tren, pero no era un lugar que soliese frecuentar Sora. Rascacielos de oficinas sobresalían en ese barrio. Sora entró en uno de ellos, subió en ascensor no sé hasta que planta y al salir pasó una tarjeta mientras saludaba a la recepcionista. Por lo visto conocían a Sora ahí y ella les conocía porque les habló muy amablemente. También sonreía, lo que me llamó la atención porque fue la primera vez que la vi sonreír desde que la había encontrado. Pero me preocupó un poco que no fuera su sonrisa. La sonrisa de Sora de verdad. Estaba portando una máscara.
Las chicas de ese lugar llevaban su mismo uniforme. Algunas cargaban papeles de una lado a otro, ocupaban la fotocopiadora, llevaban cafés a salas de reuniones donde había hombres trajeados y mujeres sin uniforme, o estaban sentadas en mesas tecleando en los ordenadores. Sora se sentó en una de esas mesas. La escuché resoplar al ver el montón de papeles y archivadores que tenía sobre su escritorio. Empezó a mirarlos y entendí que estaba trabajando. Este era su trabajo.
Curioseé la oficina desconcertada. No sabía que tipo de trabajo hacían, pero no parecía muy entretenido. Tecleaban informes y hojas con un montón de datos. Quedé sentada junto a Sora.
«Entonces, ¿ya terminaste la universidad?»
Su escritorio estaba muy ordenado y en minutos ya había hecho un planning de esos archivadores con distintas tiras de colores. Eso sí que era muy de Sora, aunque eché de menos algo más cálido en su escritorio como una plantita o unos dibujitos de mí. Tecleó algunas cosas y me atravesó para recoger los papeles que salían de la impresora. No me acostumbraba a que me atravesara.
Se levantó hacia la fotocopiadora. Había otro chica ahí: ¿El informe del 2012?, oí que le preguntaba a Sora y que esta asentía. Empezaron a hablar sobre personas que no conocía, pero pensé que serían sus jefes y… ¡un momento! ¿2012?
Me asomé a esos papeles. No entendía mucho, pero sí sabía identificar las fechas. Hablaba sobre todos los meses del año 2012. Busqué a mi alrededor, encontrando un calendario tras el arbolito de Navidad. Era veinticuatro de diciembre del 2012 lo que significaba que habían pasado más de dos años desde la última vez que vi a Sora.
Volví donde estaba Sora, que seguía hablando con esa chica: Kobayashi-san nos quiere invitar a tomar una copas esta noche, ¿vendrás?, le preguntó. Sora le dedicó esa sonrisa que no era de verdad y le dijo que ya había hecho planes con ese tal Kenta. ¿Tu novio?, volvió a preguntarle esa chica. Sora asintió, manteniendo su sonrisa. Recogió los papeles y volvió a su escritorio. Yo no la seguí de momento porque no me sentía capaz de asimilar tantas cosas en tan poco tiempo. No habían pasado ni dos años y la vida de Sora era totalmente diferente a como la recordaba. No se llevaba con su madre, tenía un novio que no era Yamato y estaba trabajando de oficinista.
«Sora… ¿todo esto es culpa mía?»
Y lo peor era que ya no sonreía como antes.
Estuve con ella todo el tiempo que permaneció en esa oficina que fue increíblemente largo y aburrido. Creí que Sora no quería un trabajo como ese. La última vez hablamos sobre encontrar su camino, pero no me imaginaba que fuera algo tan diferente. Ella quería seguir con el Ikebana. Le gustaba dibujar y ser creativa. Quería hacer grandes cosas en el futuro junto a mí. No quería ser como su madre, pero tampoco quería renunciar a ella. Y en cuanto a Yamato… nunca imaginé que dejara de quererlo.
Estaba con Sora, pero era tan diferente que apenas podía reconocerla.
Sora fue prácticamente la última en abandonar la oficina. Tan solo quedaron hombres trajeados en sus despachos que posiblemente dormían ahí para seguir trabajando (el papá de Yamato lo hacía a veces). No se fue hasta que su torre de papeles desapareció. Era muy estricta en su trabajo.
La seguí aunque ya no sabía ni por qué la seguía porque era obvio que no podía ni verme, ni sentirme. Pero si no seguía a Sora, tampoco sabía a donde ir. Entró en un supermercado y entonces me di cuenta de que no tenía hambre. No había tenido hambre en todo el día. Me resultó un poco extraño, pero como todo era extraño no me importó.
Echó a su cesta casi todo productos precocinados lo que me pareció raro también. ¿En estos dos años también se le había olvidado cocinar? O igual, ahora que trabajaba tanto, ya no quería cocinar. Paró ante la zona refrigerada y quedó mirando. Yo miré lo que le había llamado tanto la atención y me sorprendí de que fueran las tortas de Navidad. Sentí una ligera esperanza, porque la torta de Navidad era muy significativa para Sora. Aunque nunca la había comprado, siempre la había cocinado. Tomó una y la miró de cerca.
—Piyomon.
Di un respingo al escuchar mi nombre y reconocer su voz. Me volteé y sentí tanta felicidad que creí que me iba a desmayar.
—¡Gabumon!, ¡estás aquí! —Corrí y le tomé de las manos—. Y puedo tocarte y tú puedes verme.
Esbozó una media sonrisa, pero permaneció su rostro triste. No le presté mucha atención porque entendí que si Gabumon estaba ahí, probablemente Yamato también estaría. Como pensé, un hombre alto miraba las tortas de Navidad refrigeradas. Su cesta de la compra daba más pena que la de Sora y su aspecto lucía bastante desmejorado.
—¿Es Yamato?
—Ajá.
—¿Y ese gorro?
—Creo que no le apetece peinarse.
—Tiene pelos en la cara.
—Creo que no le apetece afeitarse.
—Su ropa está muy descuidada.
—Creo que le da igual no verse genial.
Sacudí las plumitas. Estaba claro que la ruptura con Sora le había afectado, pero era Nochebuena y estaba en el mismo lugar que Sora, por lo que era posible la reconciliación.
—Ahora todo va a estar bien Gabumon, porque Sora y Yamato se van a encontrar y se reconciliarán.
—No sé…
Me molestó el pesimismo de Gabumon. Tenía que suceder de esta manera. Y posiblemente, cuando Sora volviera a brillar de amor, yo podría reencontrarme con ella. Esperé ansiosa a que sus miradas cruzaran, pero cuando estuvieron a punto de hacerlo el teléfono de Sora sonó. ¡Devimons, por lo visto era ese tal Kenta! ¿Qué vas a una fiesta con tus compañeros? No te preocupes. Sí, pásalo bien. Cortó la llamada, en su cara desapareció la sonrisa falsa. Las palabras también habían sido falsas. Dejó la torta en su sitio.
—¿Quién era? —preguntó Gabumon.
—El idiota de su novio —respondí de mala gana. Quería que estuviera con Yamato, pero me molestaba que le dieran plantón en Nochebuena, aunque eso abría la puerta a la reconciliación con Yamato.
—Ne me cae bien ese tipo —dijo Gabumon.
—Yo también prefiero a Yamato —gemí, viendo a Yamato, que seguía mirando las tortas—. Aunque no a ese Yamato.
Entonces sonó el teléfono de Yamato. ¿Para esta noche? Sí, no hay problema. Ahí estaré.
—¿Es su novia? —pregunté apurada.
Gabumon negó.
—Creo que es un trabajo. Se ha pasado todo el día descargando cajas en varios almacenes y cosas así.
De modo que Yamato no solo había cambiado físicamente, también estaba trabajando en algo totalmente inesperado.
—Creí que Yamato estaba estudiando libros complicados de astrofísica.
—Lo estaba cuando lo dejé.
Esto era demasiado. Gabumon no ayudaba en absoluto con ese aspecto deprimente a juego con Yamato. Era imposible que sus vidas hubieran cambiado tanto en estos dos años. Era como si… Dejé de pensar cuando vi que Sora y Yamato al fin se encontraban frente a frente y... se cruzaron como si fueran completos extraños.
«¡Sora!, ¡que demonios haces!, ¡Sora, es Yamato!, ¡no le ignores!, ¡Sora!»
Gabumon me sujetó cuando quise volar hacia ella. Tan solo la habría atravesado y me habría estampado contra uno de los estantes, pero no me habría importado. Me revolví. Lloraba furiosa por todo lo que estaba pasando. Podía soportar que yo no existiera para Sora, pero no podía soportar verla así de infeliz.
—Como puedes estar tan tranquilo, Gabumon. Todo es un desastre. Esa no es la Sora que yo conocía. Es como, es como, es como…
—Si nunca nos hubieran conocido —terminó Gabumon, lo que yo no me atrevía a decir. Noté que su voz era triste. Vi que también estaba llorando—. El Yamato que creció conmigo había aprendido a ser valiente y decidido. Ya no se dejaba llevar por malos pensamientos, ni se quedaba estancado en el pasado. Ya no se sentía innecesario porque sabía lo especial que era para muchas personas e iba a luchar por cumplir todos sus sueños… y nunca saldría de casa tan mal arreglado.
Mi ira se había ido. Ahora, como Gabumon, sentía una gran tristeza.
—Mi Sora había aprendido a entenderse con su madre. Ella sabía lo querida que era y que no necesitaba ocultar sus carencias tras una máscara de sonrisas y complacencia. Había aprendido a ser ella misma porque todo el mundo la ama siendo ella misma. Ella iba a luchar por buscar su hueco en el mundo sin perder lo que le hace especial que es el amor de todas las personas que la rodean… además nunca saldría con un tipo tan estúpido como Kenta.
Lloré. Lloré. Y lloré desconsolada junto a Gabumon. Esto era una total pesadilla. Peor que veinte Vamdemons atacándome. Era como si nada de lo que hubiéramos vivido existiese ya. Era como si Sora hubiese perdido su corazón. Me sentí abrumada y un dolor me consumió. Dejé de ver a Gabumon y el supermercado donde me encontraba.
¿Entonces así acabó? ¿Simplemente desapareció mi existencia? ¿Tener un compañero humano acababa así? ¿Para eso esperé tanto y tanto y tanto su llegada? ¿Todas las risas, lágrimas, peleas y sentimientos no habían servido de nada? ¿Fue todo un sueño?… no, no, ¡NO! ¡No iba a dejar que se llevasen mi existencia! Había sido importante para la vida de Sora. Gracias a ella pude existir, pero gracias a mí ella pudo ser la verdadera Sora. La Sora que ríe, sueña y se le iluminaba la mirada cuando habla de amor. Cuando habla desde el corazón.
Sentí una repentina tranquilidad. Como si todo en ese momento encajara. Como si todo dejara de ser extraño. Era eso. Era donde en realidad siempre existí. En el corazón de Sora. En ese caso no podía rendirme. Sora nunca me lo perdonaría. Dará igual que crezcas porque seguiré viviendo en tu corazón y encontraré la manera de alcanzarte de nuevo. Solo espérame, Sora. Llegaré, te lo aseguro. Sora. Sora. ¡SORA!
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Rocé la piedra con las uñas. A pesar de este tiempo no me había acostumbrado a su frío tacto y tenía la esperanza de no hacerlo nunca. Le di unos toquecitos y suspiré. Aunque quedara bonito decir lo contrario, sí había tenido días en los que no había pensado en ella. Pero realmente eran los menos, porque casi siempre había un momento; un gesto, una acción que me evocaba su recuerdo. Y el malestar en mi interior se hacía patente. Era ya posible, que empezara a acostumbrarse a vivir con esta sensación. Que fuera asimilando su ausencia.
Recogí la piedra y la guardé en el cajón. El vistoso arreglo floral con temática navideña que estaba encima se bamboleó un poco por el brusco movimiento. Había sido la responsable de dicho evento en la escuela de mi madre. El primer evento que había organizado, de hecho, y había resultado bastante exitoso tanto en participación como en crítica. Sin embargo, fue triste el no poder compartirlo con ella.
Comprobé que mis ojos estuvieran secos y, frente al espejo, me cercioré de no haber arruinado mi maquillaje. Tomé el labial para retocarme cuando los pasos que me habían hecho actuar tan rápidamente se detuvieron. Inspiré con confianza de no delatar mi tristeza y busqué su reflejo a través del espejo.
—¿Aún estás así?
Lo miré de soslayo fingiendo no haberlo escuchado. Yamato estaba elegantemente vestido mientras yo aún llevaba el jersey extragrueso que en algún momento del pasado le había pertenecido y los jeans más desgastados y por tanto más cómodos que tenía. Me mantuve sentada sobre mis rodillas y mirándome al pequeño espejo, terminé tranquilamente con el lápiz de labios. Entonces lo enfoqué, regalándole una provocadora sonrisa.
—Ya casi estoy, solo me queda vestirme.
—¿Vestirte?, ¿y qué estuviste haciendo hasta ahora?
Lo preguntó sin fijarse en mí, obvio, así tampoco pudo ver el entrecejo que fruncí. Al cruzar la mirada conmigo por fin reparó en mi expresión, pero creo que también en mi rostro porque una mueca de asombro apareció de forma espontánea. Hecho que sentí como una victoria. Fruncí los labios, mostrándoselos a Yamato.
—¿Te gusta el color?
Era rojo, pero no en un tono que se apreciara como exagerado. Según Mimi, se incorporaba muy bien en mi rostro y en mi mirada resaltada con un maquillaje sutil, pero eficaz. Me daba un aspecto estiloso, según Mimi, claro. Yo simplemente me veía bien y más cuando vi la sonrisa bobalicona de Yamato.
—Estás preciosa —me susurró, inclinándose para robarme un fugaz beso.
—No es de los que se van —dije impostando un tono de superioridad. Siempre que utilizaba un labial fuera de mi rutina, Yamato se proponía arrebatármelo a besos. Y siempre lo conseguía.
—Ya veremos —me advirtió Yamato.
Reí con los labios apretados aceptando su reto. En realidad, ya me estaba imaginando el ímpetu con el que mi novio querría cumplir su advertencia, pero no quería parecer tan obvia. Guardé mi maquillaje y me levanté. Fue entonces cuando me extrañó que Yamato estuviera sin camisa.
—¿Qué haces?
Enmudeció en un primer momento. Abrió el armario, buscando otra camisa.
—Me di cuenta de que no hace juego con tu labial —dijo entonces, dedicándome una dulce sonrisa.
Obviamente sus palabras no me convencieron, en primer lugar porque la camisa que tomó era del mismo color que la que se había quitado, es decir, negra; y en segundo lugar porque al humedecer mis labios, tras su beso, había notado un agradable sabor a fresa.
—¿Te manchaste?
No contestó. Abrochándose la camisa, de espaldas a mí, pude percibir el leve enrojecimiento en sus orejas lo que me hizo reír. Adoraba verlo avergonzado. Entonces escuché su resoplido.
—Solo iba a probar una fresa pero la maldita resbaló y me manchó de nata —explicó, cerciorándose de que la nata no le hubiera salpicado el pantalón.
—Puedes comer, si quieres.
—La comeremos después, tranquilamente —me respondió, volteándose.
Me fijé en como se terminaba de acomodar los puños de la camisa. Supongo que por no mirarle a los ojos, bajé el rostro antes de hacer patente la tristeza que de repente me había asaltado. Aunque fuera injusto para Yamato, esa torta ahora también me traía recuerdos amargos. Era con ella con quien la cociné por primera vez y era con ella con quién siempre la cocinaba. El primer año sin ella, fue con Yamato con quién la cociné. De hecho, él la terminó, cuando yo me sentí incapaz de contener más las lágrimas. Fue la torta más amarga de mi vida.
En realidad, no quería cocinarla más y este año tenía la excusa perfecta para no hacerla, pero Yamato me la pidió, y yo no sentí que fuera honesto negarme.
—No sé porque quisiste que la hiciera de todas formas, si este año vamos a cenar fuera —dije, haciendo un imposible para que mi voz no me delatara.
Le miré de soslayo al no hallar respuesta inmediata. Él había apartado también la mirada reflejando ese pesar que implícitamente siempre nos acompañaba. Me sentí estúpida por haberlo invocado cuando estábamos disfrutando de un agradable momento. Hoy debería haber sido uno de esos días en los que no me acordara de ella.
—No importa Sora. Pase lo que pase quiero que siempre la hagas. Es como… —paró un segundo, el rubor resaltó en sus mejillas claras y me miró—, nuestra tradición. No quiero perderla también. —Bajó la mirada.
Inconscientemente sentí que mi corazón reclamaba lo mismo. Demasiadas cosas habíamos perdido ya. No debía dejarme llevar por sentimientos negativos ni desesperantes. Ella estaría muy decepcionada si así lo hiciera, y seguro que también si dejara de hacer esa torta de Nochebuena.
No tuve que hacer mucho esfuerzo para empaparme de ese cálido sentimiento y entonces la sonrisa vino sola, recuperando esa atmósfera que debía tener este día. Este día de Nochebuena, que aunque comiéramos torta en casa, íbamos a cenar fuera. ¡Y yo aún estaba desarreglada!
Empujé a Yamato. Me hizo gracia que lo tomé desprevenido.
—Si quieres que me vista, sal de aquí de una vez.
Creo que también le tomó por sorpresa el regreso de mi tono juguetón.
—Sora, llevamos diez años juntos —recalcó.
Lo seguí empujando sin poderme creer semejante argumento.
—Pero apenas dos de convivencia, todavía guardo muchos secretos que desconoces Ishida. —Reí por sus cejas enarcadas. Me miraba como si buscara otra cabeza en algún lugar de mi cuerpo. Lo eché y corrí la puerta sin darle opción a protesta.
Sí, ya habían pasado diez años desde mi confesión. Todo se hacía tan familiar que resultaba muy cómodo estar a su lado. Nunca imaginé que sería tan fácil compartir mi vida con una persona siendo yo misma. Eso antes de que ella me abriera los ojos y el corazón, claro. A pesar de eso, desde que se había ido, había días donde imaginaba como habría sido mi vida si nunca hubiera estado a mi lado. Si nunca la hubiera conocido. Si, simplemente, nunca hubiera existido.
¿Habría superado los malentendidos con mi madre? ¿Habría sabido lo que es el amor? ¿Habría sido valiente para buscar mi propio camino? ¿Sabría quien era la verdadera Sora?
Sentía angustia por pensarlo. Lo diferente que podría haber sido mi vida si no hubiera existido. Y era por ella, por todo lo que me dio, por lo que debía esforzarme en ser feliz. En que encontrara una sonrisa cuando volviera.
Una respiración fuerte cuando me levantaba el suéter me devolvió a la realidad. Miré inquieta hacia la puerta y resoplé entre aliviada y cansada al darme cuenta que había quedado una rendija y un ojo celeste se veía a través de ella. La verdad que no sé de que me sorprendía. Tomé la camisa que Yamato había dejado desparramada junto al armario —un tema que debíamos tratar, por cierto—, hice una bola y se la arrojé.
—¡Fuera! —exclamé contagiada de la risotada que el dio al alejarse.
Entonces la habitación quedó prácticamente a oscuras. Había conseguido hacer desaparecer ese ojo chismoso, pero la camisa había dado al interruptor de la luz. Gemí agotada, arrastrando los pies hacia la puerta. Al menos podía guiarme por la escasa luz que entraba de la rendija. Palpé la pared en busca del interruptor, pero como no estaba segura de la distancia rocé demasiado brusco con las uñas y temí que se hubiera roto mi manicura. Retiré la mano un instante, pero cuando iba a regresarla, una inesperada iluminación me detuvo. De repente la pared, el interruptor, y mi uña la cual no había sufrido daño alguno, estaban iluminados por una tenue luz rojiza.
El fuerte latido de mi corazón me hizo despertar de la incomprensión inicial. No intenté buscarle una lógica porque en mi interior supe al instante de donde procedía. Me giré lentamente y mi respiración se agitó al constatar que la luz provenía del cajón primero, bajo ese arreglo floral que ahora parecía que desbordaba magia. No pude reaccionar al momento, porque no podía tener una reacción racional. Era mi corazón quien debía tomar las riendas y así lo hizo cuando me arrojé al suelo y abrí precipitadamente el cajón. La luz iluminó por completo la estancia y sentí como sosegaba mi corazón agitado. No. En realidad era mi corazón quien emanaba esa luz.
Tomé la piedra, que había dejado ser piedra y sentí esa calidez que nunca podría olvidar. Aunque hubiera días que no pensara en ella, mi corazón siempre estaba con ella. Mi corazón era ella.
La busqué rápidamente a mi alrededor, aunque estaba tan conmovida que podría haber visto a Devimon jugando a los naipes con Angemon que no me habría dado cuenta. Con el dispositivo vibrando en mi mano me levanté y salí de la habitación. Encontré a Yamato sin necesidad de buscarlo. Parado, sostenía una piedra que tampoco era piedra ya, mientras sus ojos eran iluminados de un tono azul que no pertenecía a este mundo.
Fui incapaz de pronunciar su nombre, pero aún así logramos comunicarnos. Nuestras miradas se encontraron y al sentir el sabor salado en mis labios fui consciente de las lágrimas que estaba derramando. Reí por ver su mirada cristalina. El rio apretando ese dispositivo lleno de vida. Lloramos entre risas sin saber que decir. No hacía falta decir nada, solo queríamos disfrutar del momento. Recrearnos en este sentimiento. Reencontrarnos con nuestro corazón.
Entonces, escuché su voz.
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N/A: ¡Hasta aquí llego!, ¡se acabó!, ¡estoy retirada!
Quiero agradecer especialmente a SkuAg por su incondicional apoyo. Eres la mejor.
