Era culpa de él

Disclaimer: Todos los personajes y locaciones le pertenecen a J.K. Rowling. El resto, lamentablemente, es mío.

Summary: Por su culpa tenía tanto miedo y había sido tan indeciso. Como nunca con nadie, se había abierto a él, le había contado -y estaba dispuesto a contarle- todo. Pero Theo no lo había hecho. Nunca le decía nada ni le pedía nada. Sentía como si hubiera una muralla invisible y gruesa separándolos. Una muralla que a veces lograba agrietar, pero que Theo se empeñaba en volver a reconstruir. Blaise estaba decidido a tirarla abajo de una buena vez.

N/A: Un agradecimiento enorme a valitos, Mango, AngelinaPriorincantatem y ImHollyBlue por revisarme esto. De verdad, infinitas gracias.

¡Hola, leyentes!, ¿cómo están?, ¿todo bien? Pues me alegro. Bienvenidos a la nota de autora más larga de la vida (supongo que se la pueden saltar xd).

Hace mucho no publico nada, ¿no? Qué cosas. Entonces… Blaise y Theo. Quienes me conocen saben que soy muy fan del canon y esta pareja… ¿no es canon pero tampoco es anti-canon? Quiero decir, no sabemos NADA de lo que pasa ni con Theodore Nott ni con Blaise Zabini después de la guerra (obviamente, aceptando que El Legado Maldito es un chiste malo), y sabemos bien poco acerca de lo que ocurre con ellos antes. Por ello, me he dedicado a escarbar en los rincones más recónditos (pero slightly canon) de Internet para reunir información sobre ellos e inventarme una historia coherente. Por cierto, todos los nombres de personas (apellidos, sobre todo) y de libros, etc., son canon y/o reales/apegados a la realidad.

Bueno, pero ¿qué es esto? Esto es una precuela, desde el punto de vista de Blaise, de Superficial Love.

¿Es necesario leer Superficial Love para entender este three-shot? No. Sin embargo, el tercer capítulo de este three shot contiene spoilers del capítulo cuatro y seis de Superficial Love. Aprovecho de decir que me encantaría que se pasaran por esa historia si no lo han hecho ya, y me dejaran sus reviews, comentarios, críticas, ataques personales, etc. Ahí les dejo la oferta.

¿Es necesario leer el three-shot para entender Superficial Love? No, pero lo recomiendo (después de leer el sexto capítulo). Especialmente porque da un background de lo que ocurrió en Hogwarts durante la guerra antes de que quedara la cagá con las cartas de Hermione. Y también queda más clara la relación de los cuatro Slytherin más importantes de la historia: Draco, Theo, Blaise y Astoria.

¿Por qué demonios te gusta el «Bleo» (BlaisexTheo), María, por Dios? No sé xd. Yo sólo sé que detesto el Nottgood o Thuna (TheoxLuna) y tampoco es de mi agrado el Blinny (BlaisexGinny), así que la mejor forma que se me ocurrió de evitar esas parejas fue juntando a Theo con Blaise. Pude juntar a Luna con Ginny, sí, pero Luna no me gusta (además que ella está con Rolf Scamander) y Ginny con Harry son endgame, so… Me quedé sin más opción que el Bleo. Luego me dio la impresión de que esta nueva pareja se parece a una fusión de Romione y Dramione, y en cuanto esa idea cruzó mi cabeza, me volví loca.

En fin, les comento cosillas musicales que pueden escuchar mientras leen, si es que leen escuchando música (admito que yo no suelo escribir con música, me distrae, pero sí escuché en bucle estas canciones cuando planeaba y pensaba la historia):

Never Fade – Katelyn Tarver

Goodnight N Go – Brandon Dougherty (cover, original de Ariana Grande)

Crazy – Taylor Swift

Irresistible – One Direction

Boys – SAKIMA (cover, original de Charli XCX. Escuchar con precaución, nsfw)

Cierro esta nota de autora casi tan larga como este fic. Les advierto que es un poco lento al comienzo, pero les aseguro que la información previa es necesaria. No supe, porque tengo cero talento, cómo acotarla más. Espero me perdonen.

Enjoy!


Era culpa de él

«Eran [los helenos] de talla regular; fuertes, de tez blanca. Tenían (...) el cabello castaño, fino y suavemente ondulado; la cara, de forma rectangular, con mandíbulas bastante prominentes; los labios, finos; la nariz, recta; y los ojos, de mirada brillante y poderosa. Era el pueblo de los ojos más bellos del mundo».

- Adamantio, Fisonómica

1997

(septiembre)

Sabía que sería un año difícil.

Aun así, eso no lo preparó para lo que venía.

Apenas transcurrida la primera semana de clases, las sonrisas se volvieron inusuales, las conversaciones eran en voz baja y las risas sonaban forzadas. Se sentía como si una nube oscura hubiera descendido sobre el castillo, el país, el mundo entero.

Como si hubiera dementores por todas partes.

Los presuntos nacidos de muggles no regresaron para un nuevo año en Hogwarts. El trío de oro brilló por su ausencia. Severus Snape tomó el cargo de director. Estudios Muggles pasó a ser obligatorio y Alecto Carrow fomentaba el odio hacia los muggles y sangre sucia. En las clases de Artes Oscuras, les enseñaban a conjurar maleficios y usar objetos tenebrosos. Amycus Carrow les advirtió que pronto aprenderían a usar las maldiciones imperdonables.

Sin excepción.

Si alguien se oponía, sería castigado y los castigos iban a ser más graves. Al parecer, pasar una tarde limpiando baños o haciendo deberes ya no era suficiente. Ahora, según la razón del castigo, tocaría maldecir o torturar, o ser maldecido o torturado.

Severus Snape lo permitió todo. O no impidió nada. Daba igual.

Y aunque de pronto ser alumno de Slytherin y sangre pura parecía una ventaja, él no lo percibía así. Todo lo contrario: las expectativas, por un lado; el miedo y odio, por el otro.

Pero decidió hacer la vista gorda. No había mejor manera de evitar caer en ese deprimente estado de ánimo que evadir la realidad. Fingir no le resultaba difícil. Había pasado casi seis años perfeccionando su técnica. Sólo tenía que fingir que todo estaba igual, que ninguna guerra había estallado. Sólo tenía que ignorar el hecho de que él no tenía un bando, que no sabía cuál elegir porque ninguno lo convencía.

Sólo necesitaba una distracción.

Por suerte, no le costó encontrar una.


Él era apuesto, lo sabía. Era consciente de las miradas de las que era objeto y que habían comenzado en su tercer año. Estaba igualmente acostumbrado como complacido por las atenciones de los demás. A veces, eran sólo cumplidos; otras, pequeños regalos; y, algunas veces, eran gestos más atrevidos, más placenteros para él.

Suponía que algo de su genética, riqueza y sangre italiana tenían que ver.

Además, años de experiencia le enseñaron muchas cosas. Si en algo era bueno, aunque fuera en una sola cosa, era en interpretar señales. Reconocía los síntomas de la atracción: sabía leer ojos anhelantes, rubores traicioneros, manos temblorosas. Distinguía con facilidad la voz chillona de las chicas, la voz ronca de los chicos; las sonrisas y risas nerviosas; el constante y a veces prolongado contacto visual; o el tocarse y retocarse el pelo innecesariamente. Tenía perfectamente claro que los hombres tendían a sentarse más erguidos y a sacar el pecho; que las mujeres, en cambio, extendían su cuello y cruzaban y descruzaban sus piernas. Todo para intentar verse mejor, para atraer la atención.

Por eso, era capaz de advertir cuando alguien comenzaba a sucumbir a sus encantos, aún sin él haber intentado encantar a nadie.

Y Astoria había comenzado a sucumbir. A mediados de septiembre, no le cabía duda de ello. Empezó a hablarle más, a buscar excusas para pasar tiempo juntos y a solas y para tocarlo.

Fue una curiosa casualidad. Astoria parecía estar en el mismo tren de pensamiento que él. Ella también fingía. No se lo había dicho, no directamente, sin embargo, su forma de actuar fue más que suficiente. Era de las pocas personas que seguía riéndose, de las pocas que sonreía abiertamente y que comentaba cada trivialidad como si nada hubiera cambiado.

Él sabía por qué.

Su familia, los Greengrass, eran conocidos por permanecer neutrales. Así habían mantenido limpio el apellido aunque, al mismo tiempo, seguían sin ser «de los buenos». En territorio de nadie por siempre.

Se preguntaba si era cómodo ese lugar.

A fines de mes, después de semanas de miradas de reojo, abrazos innecesariamente largos, charlas sobre nada y besos en la mejilla muy cerca de la boca, dio el paso.

Ella, como se hizo costumbre, lo había ido a ver a un entrenamiento de quidditch. Blaise no estaba del todo seguro si la Copa llegaría a celebrarse ese año. Tenía el presentimiento que no. Aun así, no abandonó el deporte, pues era otra de sus distracciones.

Al terminar el entrenamiento, la joven bajó de las gradas y se acercó a él moviendo graciosamente las caderas. Él sonrió con suficiencia al notar las miradas de envidia del resto de los jugadores mientras Astoria lo alagaba por sus habilidades como cazador, posando una de sus delicadas manos en el pecho de él.

A propósito, se demoraron en su camino al castillo, dejando que el resto los adelantara y les dieran privacidad. Durante su trayecto hacia las mazmorras, Blaise la observó. Ella hablaba sobre unas recetas que había encontrado en una revista. Le contaba sobre sus ganas de probarlas pronto, preguntándose en voz alta si sería posible colarse a las cocinas.

Pero él no la escuchaba, no realmente, no cuando su atención estaba capturada por algo más: por su cabello café oscuro, que resaltaba su piel de porcelana; por sus ojos, grandes y verdes, los que eran bellísimos, hipnotizantes, enmarcados por unas espesas y largas pestañas igual de hermosas; y por sus labios rojos, sensuales y elegantes al mismo tiempo.

Toda ella brillaba, ya sea a la luz de la luna o de las antorchas de los pasillos.

Astoria era hermosísima, pensó entonces. En realidad, lo había pensado antes, pero en ese momento la realización le pegó más fuerte. Era sencillamente hermosa, incluso más que Daphne, quien era de las más guapas de Slytherin, sino de todo el colegio.

Faltaban pocos minutos para que empezara el toque de queda. Ella caminaba tan cerca de él que, a pesar de ser unos centímetros más baja, sus brazos se tocaban y los dorsos de sus manos se rozaban. Justo cuando doblaban la última esquina antes de llegar a la sala común, él le dio un suave empujón de hombro para llamar su atención. Se detuvieron.

—Gracias por ir a verme —le dijo, inclinándose hacia su oído.

Astoria le lanzó una mirada coqueta que lo dejó sin aliento.

—Siempre es un placer —murmuró, girándose levemente y rozándole la mejilla con sus labios.

Advirtió cómo los ojos de ella bajaban de sus ojos a su boca, deteniéndose ahí un segundo. Luego, soltando una elegante risa, se alejó y siguió su camino.

Pero él no la iba a dejar irse así.

Con un movimiento rápido, la sujetó de una muñeca, la giró y la presionó contra la pared. Astoria soltó un grito de sorpresa que él se apresuró a enmudecer. Ella no tardó en devolverle el beso y en segundos estaban comiéndose furiosamente la boca del otro.

Y fue perfecto. Fue justo a tiempo. Ella iba a ser su perfecta distracción. Él iba a ser la distracción de ella.

A partir de esa noche, coquetear, besarse y follar se sintió tan normal, tan bien, que realmente lo hizo olvidarse del desolador ambiente. Casi llegó a creer que nada había cambiado.

Sin embargo, algunas cosas seguían siendo iguales.

Usar a las personas no está bien. Las personas no son objetos desechables. Él lo sabía. Por eso, desde que no supo corresponder los sentimientos sinceros de aquellos con los que se enrollaba, decidió dejarle muy en claro a todas sus compañías que él no estaba para algo serio ni tenía relaciones formales. Él no era novio de nadie.

Iba a usar a las personas, sí, pero les advertiría antes y esperaría su consentimiento.

Resultaba gracioso que, aun así, algunos albergaban la esperanza de cambiarlo. A veces, se preguntaba cuántas chicas y chicos se acercaron sólo con la intención de ser el «indicado» para luego terminar con el corazón roto.

Y resultaba aún más sorprendente que su fama de rompecorazones no hiciera más que aumentar la lista de personas interesadas en él.

Y luego estaba Astoria, su nueva distracción.

—Lo entiendes, ¿no, Tory? Esto no es serio. No somos novios.

—Sí, sí, ya entendí. Sólo ven aquí, por favor.

Fue un error creerle, por supuesto. Ella era una de esas personas que, quizás inconscientemente, se creía capaz de cambiar a otras. Pero, o las personas cambian por sí mismas o no cambian.

Y él no iba a cambiar. No por ella.


(octubre)

El primero en ser castigado fue Longbottom. Dejando a todos sorprendidos, contradijo a Alecto en plena clase y no quiso disculparse. Blaise no tenía clases con él, así que se enteró por rumores. De hecho, fue el tema de conversación durante varios días. Además, los moretones no pasaban desapercibidos. Daba la impresión de que Longbottom no hacía nada por ocultarlos.

Pronto, más alumnos empezaron a agregarse a la lista de maldecidos. Algunos de ellos, ya no por Alecto ni Amycus, sino por otros alumnos, la mayoría de ellos obligados. Gran parte de los castigados eran de Gryffindor, muy seguido por los de Hufflepuff. Pocos Ravenclaw.

No hubo ninguno de Slytherin hasta mediados de octubre.

El primero fue Theodore Nott.

La clase de las maldiciones imperdonables los pilló desprevenidos a todos. Una de las cosas que había aprendido Blaise ese año era que existían múltiples formas de torturar con magia. Sin embargo, la maldición Cruciatus definitivamente era la peor. Y fue a Nott a quien le ordenaron practicar el Cruciatus por primera vez con la chica rara de Ravenclaw, Lovegood, que había desesperado a Alecto con sus comentarios en una de las clases de sexto, razón suficiente para ganarse un castigo.

Blaise estuvo en primera fila para vislumbrar el titubeo y duda en el rostro del chico.

—No puedo hacerlo —musitó finalmente Nott, bajando la varita.

Todos se quedaron quietos de la sorpresa. Amycus Carrow, sonriendo maliciosamente, decidió él mismo practicar la maldición con Nott por no obedecer una orden. El grito del chico fue tan doloroso, tan agudo, que Blaise se vio obligado a apartar la vista. Eso le permitió concentrarse mejor en los insultos de Amycus.

—Siempre una asquerosa decepción, ¿no? ¿Qué pensaría tu padre si viera lo débil que eres? Mírate, lloriqueando como una niñita. Qué vergüenza le das a tus antepasados y a todos los sangre pura.

Luego, con un Imperio, hizo que Theo obedeciera la orden.

El problema no fue sólo que le resultó imposible olvidar los desgarradores gritos de Nott y Lovegood, ni siquiera con ayuda de Astoria. No, el problema fue que supo que tendría que seguir escuchando más gritos. Gritos de otras personas. Y temía no ser capaz de soportarlo.

Theo nunca más volvió a negarse.


(noviembre)

A principios de noviembre, le tocó a él. Ni siquiera fue por un castigo, sólo le ordenaron hacer la maldición como un ejercicio para la clase.

Se dio cuenta que lo peor no era presenciar las torturas, sino llevarlas a cabo.

Los gritos comenzaron a atormentarlo durante la noche y ya no podía dormir bien. No le pasó desapercibido el hecho de que Nott tampoco parecía ser capaz de conciliar el sueño, a diferencia de Greg y Vince, quienes dormían profundamente todas las noches. Y luego estaba Draco, quien hacía más de un año no dormía.

—Necesito que duermas conmigo, Tory —le dijo luego de diez días con pesadillas.

—Pero si ya...

—Me refiero a que te quedes después.

La forma en la que le sonrió y le brillaron los ojos le dolió. Sabía que eso podía darle falsas ilusiones. Y eso lo volvía un imbécil incluso para sus propios ojos. Pero lo necesitaba. Ella era su distracción.

—Claro, cuando quieras.

Acurrucarse con ella funcionó, le resultó más fácil y rápido quedarse dormido. Y aunque las pesadillas no se fueron, tenía a alguien que lo consolaba al despertar.


(diciembre)

Nunca había estado tan poco entusiasmado por las vacaciones. Aún sin las tormentosas clases, el ambiente sombrío permanecía latente.

Astoria volvió a casa de sus padres para las festividades junto con su hermana. Lo dejó solo junto con un puñado de otros alumnos que tampoco tenían un lugar al que regresar.

Blaise, querido, ¿qué tal […]?

[…]estaré en Stresa, ¿puedes quedarte en Hogwarts? Las medidas de seguridad se han endurecido por estos[].

Saludos,

Mamá.

Se dijo que no le importaba.

Pero, en el fondo, sintió que esa carta fue la gota que colmó un vaso sin nombre. Ni siquiera se molestó en contestar.

Y, entonces, se vio encerrado con tres compañeros: Vincent, Gregory y Theodore. Draco se había ido a su mansión en Wilshire. De todos modos, su ausencia apenas se notaba, era su presencia la que llamaba más la atención, pues casi nunca estaba en el castillo. Blaise se preguntaba si realmente valdría su séptimo año o si tendría que repetirlo, se preguntaba qué hacía Draco durante sus largas ausencias y si eso que hacía era la causa de su evidente deterioro. Pero no se preguntaba por qué no le importaba nada de eso. Él nunca fue su amigo. Le envidiaba demasiado para tener una amistad. Y si se estaba destruyendo a sí mismo, era cosa suya. Al fin y al cabo, él aceptó ser un mortífago.

Bueno, al menos él sí había tomado una decisión.

Por eso, Vincent y Gregory, títeres de Draco, no eran una opción para intentar entablar una vana amistad, aunque fuera temporal. ¿Siquiera pensaban por sí mismos? Si su corazón fuera menos egoísta, hubiera sentido lástima por ellos.

Casi se olvidó de sus compañeras: Pansy y su séquito de chismosas, algunas de séptimo y sexto. Sin embargo, ellas le atraían incluso menos que el par de troles. Pansy era intocable, todos lo sabían, y las otras se notaban demasiado necesitadas y él no quería ser perseguido por alguna llorona. Además, ninguna era lo suficientemente guapa para tentarlo.

De modo que sólo le quedó Nott.


Nott era… un misterio. Un enigma. Un acertijo. Algo así.

La primera vez que platicó con él, sentados en la mesa de Slytherin luego de que el sombrero los enviara ahí, notó que era demasiado tímido. Además, se veía delgado, frágil, enclenque. No fue una buena primera impresión.

Apenas recordaba haber hablado con él durante los siguiente años.

Blaise había tenido la intención de ser popular, de formar un grupo grande e influyente de amigos, dominar el colegio. Siempre le gustó la atención y el poder.

Nott nunca le pareció el tipo de persona que… congeniara con otras personas.

Sin embargo, igualmente había llamado su atención. Advirtió que a Nott tampoco le agradaba Draco, a pesar de que, como buen Slytherin, lo ocultaba bastante bien. Se fijó en sus expresiones cuando Malfoy llegaba a la sala común a pregonar sus «venganzas» contra Potter y compañía; en cómo apretaba la mandíbula cuando Draco se burlaba cruelmente de los Weasley o insultaba a los otros alumnos que consideraba inferiores a él; o en cómo evidentemente contenía rodar los ojos cuando el otro no paraba da hablar de sí mismo o de su padre.

También notó que era inteligente. Académicamente. Tenía buenas notas; le iba bien. Estaba casi seguro de que sólo lo superaba Granger.

Y, finalmente, el incidente con la chica de Ravenclaw. Algunas noches, mientras escuchaba a Nott moverse al otro lado de las cortinas de su cama, Blaise pensaba en eso. ¿Por qué no se atrevió a lanzarle un Cruciatus a Lovegood? ¿Acaso le gustaba? ¿Estaban juntos? ¿No sabía que, para ese entonces, ya había un acuerdo tácito entre los alumnos de no culpar a nadie por tener que cometer esas atrocidades? ¿Por qué no lo hizo?

¿No estaba de acuerdo con los mortífagos?

Quizás sólo no sabía cómo hacer la maldición. Al fin y al cabo, la siguiente vez no hubo vacilación de su parte. No lo volvieron a castigar.

Sin embargo, algo le decía que había más.

Y él lo iba a averiguar.


—¿Te importa si me siento?

Era la primera noche de vacaciones. La sala común estaba casi vacía a excepción de ellos y unos chicos de cuarto que conversaban calladamente junto a las ventanas.

Nott levantó la vista del libro que estaba leyendo y lo miró. Blaise enarcó una ceja y esbozó una sonrisa ladeada. Esperaba que se mostrara más sorprendido. Estaba casi seguro de que era la primera vez que le dirigía la palabra ese año. De que se le acercara siquiera.

Pero el rostro del chico era de pura indiferencia.

—Adelante —dijo Theo, apartando los ojos y volviendo a concentrarse en su libro.

Blaise, sonriendo más abiertamente, se sentó en el sillón individual junto al chico. Miró el fuego frente a ellos unos instantes y luego se permitió observar a Nott otra vez.

—¿Qué lees?

Nott, sin moverse, lo miró inexpresivo por encima del libro. Blaise supuso que estaba considerando si valía la pena responder.

Los Mirmidones de Esquilo —dijo finalmente.

—¿Mimi… qué?

—Mirmidones.

Blaise sonrió divertido.

—¿Quiénes son ellos?

El chico se removió en el sillón.

—Un pueblo mitológico griego.

—¿Griego? —repitió.

Nott asintió.

—Y… ¿de qué se trata? —preguntó Blaise fingiendo más interés del que sentía.

Notó un parpadeo nervioso en los ojos de Theo. Su rostro seguía inexpresivo, pero no se le escapó que cerró el libro, dejando su dedo índice como marcador temporal.

Bien.

—¿Te suena el nombre «Aquiles»?

Blaise lo meditó un momento.

—No en verdad.

—Es un héroe mitológico. Griego —puntualizó—. Es bastante conocido en… en el mundo muggle por una obra de Homero, la Ilíada. Ahí relata una guerra en la que participa Aquiles. Él es uno de los protagonistas.

Blaise frunció un poco el ceño.

—¿También es uno de los protagonistas de Mimidornes?

—Mirmidones.

—Eso.

—Sí, él y otros personajes de la Ilíada, como Patroclo. Lidera a los Mirmidones. Es sobre la misma guerra, en realidad.

Blaise movió afirmativamente la cabeza, pensativo.

—Pero Homero no escribió Los Mimidornes.

Theo soltó un resoplido de fastidio y Blaise contuvo una sonrisa apretando los labios.

—No, te dije que lo escribió Esquilo. Y es Mirmidones.

—Entonces, ¿Esquilo le robó los personajes y la historia a… Homero?

El chico arrugó la frente, haciendo que Blaise celebrara internamente.

—Es una manera de verlo—respondió lentamente Theo.

—¿Y qué hace Esquilo con los personajes? ¿Cambia algo de la Ilíada?

—Sí, algunos detalles de la guerra de Troya y de los personajes, especialmente de Aquiles. Esquilo fue más valiente que Homero.

—¿Por qué dices eso?

Theo se aclaró la garganta, aumentando la expectación de Blaise, quien ahora estaba sinceramente interesado.

—Porque Los Mirmidones es una tragedia griega que también trata abiertamente la relación entre Aquiles y Patroclo.

—¿Relación?

—Sí, de amantes y no sólo amigos muy cercanos como en la Ilíada.

Hubo un segundo de silencio.

—Oh… claro, entiendo —dijo Blaise, pensando que, quizás, los griegos eran igual de anticuados que la mayoría de los magos, especialmente los sangre pura—. ¿Y tú prefieres la versión de Los Mimidornes que la de la Ilíada?

—No lo sé. Es la primera vez que leo a Esquilo. —Abrió el libro y pasó algunas páginas como si buscara algo—. Creo que prefiero a Homero… por cómo escribe.

Blaise asintió y volvió a fijar la vista en el fuego. Al rato, de soslayo, vio cómo Theo continuaba su lectura. Sin dejar de mirar las llamas, preguntó casi susurrando:

—Son muggles, ¿no? Homero y Esquilo.

Nott se demoró en contestar.

—Sí —dijo, apenas audible.


Durante los días siguientes, confirmó que Theo era un hombre de pocas palabras. Apenas hablaba. Apenas iniciaba conversaciones. Casi se limitaba a sólo contestar. Y, sin embargo, cuando contestaba…

—La soledad no es algo físico, Zabini. También es estar rodeado de personas y seguir sintiéndote solo.

—No te das cuenta de que no elegir también es una elección.

—El bien y el mal son convenciones, pero hay convención por algo; algo más fundamental.

—Simplificar las opciones a estar con ellos o contra ellos es infantil. La vida no se separa en blancos y negros. Existe el gris.

—Nada te garantiza qué va a ocurrir. No puedes asegurar que mañana despertarás. No tomes decisiones sólo por su garantía.

—Si no actúas como piensas, terminarás pensando como actúas.

Blaise entendió que Theo era un hombre de pocas palabras porque no necesitaba muchas. Y, por primera vez en su vida, comenzó a sentir auténtica admiración por alguien. Disfrutaba conversar con él. O conversarle, más bien.

Le gustaba su compañía.

La sabiduría y brutal honestidad del chico hicieron que comenzara a confiar en Theo como en nadie antes, y sólo en unos pocos días. Además, analizando los libros que leía (sabrá Merlín de dónde los sacaba) y las cosas que le respondía, sus teorías acerca de la lealtad del chico se iban fortaleciendo.

—¿Qué lees? —volvió a preguntarle la cuarta noche de vacaciones, un día antes de Navidad. Nuevamente, lo encontró sentado frente al fuego, muy concentrado.

La filosofía de lo terrenal de Egg.

—¿Egg? No suena como un nombre serio —se burló Blaise.

Inclinándose, le quitó el libro de las manos.

—Zabini.

Le gustaba el tono grave que usaba cuando decía molesto su apellido. Era gracioso. Y… agradable.

—¿De qué se trata? ¿Por qué los muggles prefieren no saber? ¿Qué clase de subtítulo es ese? —preguntó, ojeando el libro y sentándose en el apoyabrazos del sillón donde se encontraba Nott.

El chico se aclaró la garganta.

—La mayoría de los muggles no creen en la magia. Cuando ocurren sucesos mágicos a su alrededor, buscan otras causas para explicarlos, excusas. Egg las estudia.

Blaise sonrió sorprendido. Le devolvió el libro a Theo, pero no se levantó.

—¿Y qué tiene de interesante estudiar esas «excusas»?

—Genera conciencia.

—¿Conciencia de qué?

Advirtió la impaciencia de Nott. Eso también era gracioso. El chico intentaba tanto ser impasible que sacarlo de su aparente indiferencia se convirtió rápidamente en uno de los pasatiempos favoritos de Blaise.

—En Perspectiva moral mágica se cita este libro —dijo Theo—. ¿Lo has leído?

—No leo a menos de que me obliguen.

—Algunos creen que tenemos una responsabilidad para con los muggles. De eso trata Perspectiva moral mágica. Dice que debemos ayudarlos en todo lo que podamos, pero sin que lo noten, sin que tengan que inventarse excusas absurdas. Y, claro, sin perjudicarlos con la magia. Por eso se cita a Egg. Este estudio sobre los muggles es interesante porque genera conciencia mostrando lo mucho que podemos afectarlos.

Lo dejó leer tranquilo por un rato mientras meditaba todo lo que le había dicho. Pero no era bueno para permanecer en silencio.

—¿Tú estás de acuerdo? —preguntó finalmente.

Theo alzó bruscamente la cabeza. Blaise, al estar aún sentado en el apoyabrazos, inclinó el rostro hacia abajo. El movimiento hizo que quedaran muy cerca uno del otro. Y, fijándose en los ojos de Theo, lo vio: sus pupilas aumentando de tamaño y oscureciendo sus ojos oceánicos; un levísimo rubor rosado tiñendo sus pómulos marcados, contrastando con su claro tono de piel; un parpadeo nervioso y casi imperceptible.

Se obligó a no sonreír coquetamente al escucharlo aclararse la garganta.

—¿Q-qué? —dijo Theo nervioso, bajando la mirada al hombro de Blaise.

—¿Crees que tenemos una responsabilidad con los muggles? —repitió, observando intensamente al chico, ahora mucho más interesado en sus reacciones. De pronto, su lectura de Aquiles y Patroclo le hizo más sentido.

Theo tragó saliva y volvió a mirar su libro.

—Eso es lo que intento averiguar.


A la mañana siguiente, al descorrer las cortinas de su cama, se encontró con Theo despierto, vestido y sentado en el borde de su cama sosteniendo un paquete.

—¿Te llegaron regalos? —dijo Blaise, desperezándose. Escuchó el ronquido de Greg a sus espaldas y se preguntó si los demás también recibirían regalos ese año.

—No.

Se giró frunciendo el ceño.

—¿Y eso que es entonces? —preguntó señalando el paquete con el mentón.

Nott evitó sus ojos. Estaba nervioso a juzgar por el movimiento de su pie izquierdo.

—Es para ti.

El rostro de Blaise se iluminó.

—¿Para mí? ¿De ti? —Se levantó y en dos zancadas llegó a la cama de Theo. Sentándose junto a él, lo suficientemente lejos para que sus piernas no se tocaran pero lo suficientemente cerca para que un leve movimiento las juntara, lo observó divertido. Theo lo miró de reojo. Blaise se dio cuenta de su intento por mantener su rostro impasible, como siempre—. ¿Puedo?

Le entregó el regalo y en cuestión de segundos estuvo desenvuelto.

Era un libro. Blaise soltó una carcajada al leer el título: «El corazón peludo: guía para los magos incapaces para comprometerse».

—¡Vaya, Theo! ¿No creerás que me quiero casar con Tory, o sí? —dijo, examinando muy entretenido la contraportada del libro.

—Es una broma, Zabini. Te las presento. Y es un libro que estaba en mi biblioteca. Lo saqué por curiosidad y hace algunos años lo tengo olvidado en mi baúl. Nunca lo he leído, pero pensé que te podría ser más útil a ti que a mí. —Luego de un titubeo, agregó con voz grave—: Y te obligo a leerlo.

Blaise le dio un juguetón codazo, sin dejar de reír y sonreírle. El chico se ruborizó y Blaise pensó que no debería jugar con sus sentimientos.

—Gracias. Yo no te tengo nada, perdón por ser tan mierda —dijo poniéndose de pie.

Theo rio, tomándolo por sorpresa.

—No te molestes, es sólo una broma, no tienes que darme nada.

—Espera.

—En serio, no es necesario.

Blaise rebuscó apresuradamente en su baúl hasta dar con una baraja de cartas. Contento, se acercó a Theo y se la tendió.

—Ya que tú me regalaste algo usado, no me siento mal pasándote esto. Es un Snap Explosivo. No lo he usado nunca y también lo tengo guardado hace años.

Con reticencia, Theo alargó la mano. Al tomar la baraja, sus dedos se tocaron. Fue breve el contacto, pero Blaise sintió como una corriente eléctrica lo recorría desde la punta de los dedos de su mano hasta la punta de los pies. Theo retiró la mano rápidamente y comentó nervioso algo sobre el desayuno. Blaise, sin embargo, no alcanzó a procesar lo que dijo. Se quedó observando sus dedos. De repente, su corazón latía muy rápido.

Se dio cuenta que nunca había tocado a Nott antes; nunca había tocado su piel. Y era extraño, pues solía ser una persona de mucho tacto. Quizás había notado que Theo era más reservado e inconscientemente había estado respetando su espacio.

—¿Zabini?

Levantó la vista y miró a Theo parado bajo el marco de la puerta. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado, indicando fuera de la habitación, y sonreía sutilmente. Blaise notó unos hoyuelos en sus mejillas y pensó que sus ojos eran muy azules.

Unas cortinas se descorrieron a su izquierda.

—H-hola —bostezó Vince, recién despertando.

—Hola —respondió por inercia.

—Blaise —llamó Theo—, ¿vamos?

Saliendo de su ensimismamiento, asintió.

—Eh… sí, voy. Dame un minuto.

Confundido, se vistió rápido y salió con Theo.


1998

(enero)

—Por un año más.

—O uno menos.

Chocaron sus botellas de cerveza y tomaron un largo trago. Frente a frente, con las piernas cruzadas, estaban sentados en la cama de Blaise. Los envolvía una tenue luz verdosa, pues habían cerrado las cortinas para tener «privacidad». Pero, en realidad, no había necesidad. Vince y Greg probablemente no iban a volver esa noche a la habitación debido a la pequeña e ilícita fiesta de Año Nuevo que se estaba llevando a cabo en una de las aulas del castillo.

Acababan de interrumpir una partida de Snap Explosivo para celebrar la medianoche. Llevaban un buen rato jugando y bebiendo, y Blaise estaba seguro de que, si se levantaba, el mundo iba a girar bajo sus pies.

—¿Por qué te quedaste en Hogwarts? —preguntó entonces Theo—. ¿Por qué no fuiste a celebrar a tu casa?

Estuvo a punto de responder con una broma, como preguntar a cuál de sus cuatro mansiones en Italia se refería, cualquier cosa para desviar la conversación a algo ameno. Pero no pudo. A veces, el alcohol no le dejaba rehuir situaciones así.

A veces, sólo cuando se sentía en confianza, le soltaba la lengua.

Jugando con la botella en sus manos, le contó de su madre ausente, de su padre muerto que nunca conoció, de sus múltiples padrastros (muertos también), de su familia millonaria pero rota. Le habló de su mansión en Stresa, la más linda de las cuatro y la que ese año no había podido pisar porque su madre simplemente decidió no invitarlo. Le comentó sus sospechas sobre otro pretendiente pudiente y probablemente senil. A su madre no le gustaba que él estuviera cerca cuando tenía la intención de aprovecharse de otro mago sin amor propio. Él se convertía en un estorbo, aunque, en cierto modo, siempre había sido uno. Lo de las medidas de seguridad era un pretexto para mantenerlo lejos.

—Me siento tan jodidamente solo —confesó finalmente con voz temblorosa.

En cuanto sacó todo eso de su sistema, sintió que su pecho se liberaba de un peso que había estado aplastándolo. Nunca se lo había dicho nadie. Todo el mundo creía que su vida era perfecta, llena de lujos y sin preocupaciones. Él mismo se había encargado de alimentar esa imagen.

Se sentía bien admitir que no era cierto, que eso no lo hacía feliz.

Intentó tomar otro sorbo de cerveza, pero ya se le había acabado. Era la tercera botella.

—¿Tú por qué te quedaste? —preguntó.

Theo no respondió. Siguió jugando como si Blaise no hubiese hablado y él no insistió. Terminaron la partida y comenzaron a ordenar juntos las cartas para otra más. Entonces, sus manos se rozaron. Esta vez, más notoriamente y por más tiempo. Ambos alzaron los rostros y se miraron a los ojos. Theo apartó la vista, sonrojado. Blaise sonrió con suficiencia y dejó escapar un resoplido divertido, alejando su mano.

Había pasado una semana desde que comenzó a sentir un agradable cosquilleo cuando pensaba o estaba con Theo. Sospechaba lo que le estaba pasando y se sentía impresionado, curioso y asustado, todo al mismo tiempo. No estaba seguro de cómo actuar ni qué debía hacer, cosa que no le había ocurrido hace mucho.

Además, estaba Tory.

—¿Y qué mierda estás haciendo con Astoria, entonces? —rompió Theo el silencio, como si hubiese leído su pensamiento, repartiendo las cartas.

Blaise sólo se encogió de hombros. No sabía qué mierda estaba haciendo con Astoria. En el fondo, ella ya no era su distracción. Ya no iba a serlo, no más.

Recordó el libro que Theo le había dado unos días atrás y se dio cuenta de que no había pensado en Astoria ni una vez durante todo ese tiempo. No la había extrañado ni un poco.

Y se le ocurrió que sí extrañaría a Theo. Echaría de menos sus conversaciones, su ñoñismo, su conocimiento, su maldita sinceridad y su casi carente sentido del humor. Su risa, sus hoyuelos y sus ojos. Además, con él ni siquiera necesitaba el contacto físico para poder dormir bien. Desde que habían comenzado a frecuentar, la cantidad de pesadillas había disminuido. Y en las pocas que tenía, él ya se encontraba en ellas para confortarlo, convirtiéndolas en sueños.

Aunque la idea de tenerlo más cerca…

Agradeció el oscuro color de su piel. Era casi imposible que delatara la corriente de sus pensamientos.

Tomó sus cartas y las acomodó en sus manos. Miró las de Theo y notó que él tenía menos.

—Oye, ¡estás haciendo trampa! —exclamó de inmediato, indignado.

—¿Qué? No…

Blaise se abalanzó para agarrar sus cartas, pero Theo levantó el brazo dejándolas fuera de su alcance. Mareado, Blaise se inclinó más; tanto que Theo cayó de espaldas sobre la cama. Forcejearon unos momentos hasta que Blaise se hartó y se encaramó encima del chico y le quitó bruscamente las cartas.

—¿Ves? —dijo, descansando sobre el cuerpo tendido de Theo y mostrándole los dos conjuntos, cada uno en una mano—. Tienes seis y yo, ocho. Eres un tramposo.

—Zabini…

Su aliento olía a cerveza. Pero su piel olía a pergamino viejo, naranja y madera. O quizás era su pelo. Entonces, se dio cuenta de que la respiración pesada de Theo se mezclaba con la suya y que él lo miraba asustado a los ojos y que sus ojos estaban muy cerca y que eran de un azul asombroso y que seguramente deberían combinar con el color de sus labios y que probablemente sus labios estaban muy cerca también.

—¡Blaise!

Theo se enderezó y lo empujó. Quedaron casi en la misma posición inicial, uno frente al otro, sólo que Theo había puesto una almohada sobre sus piernas cruzadas y en la que ahora apoyaba sus brazos.

Blaise cerró los ojos un momento, tratando de controlar el mareo.

—Te dije que estabas haciendo trampa. —Le lanzó las seis cartas y se acomodó otra vez en su sitio.

Theo las tomó y sacó dos más del mazo.

—Perdón, es la cerveza —musitó roncamente.

Blaise se rio y sin más empezó la partida. Se sentía sin aliento y acelerado, y algo le decía que había hecho una estupidez.

Continuaron jugando en silencio por los siguientes minutos hasta que Theo dijo:

—Yo siempre he estado solo.

Blaise parpadeó y lo miró extrañado. Le costó entender de dónde venía eso, pero lo entendió. Y lo había dicho tan indiferentemente que Blaise pensó que era aún peor que si lo hubiese hecho entristecido.

Acercándose, posó una mano en su muslo. Su piel se sentía cálida, incluso con la tela de su grueso pijama interponiéndose. Theo se tensó bajo su toque y le devolvió la mirada, otra vez asustado. O nervioso. Quizás ansioso. ¿Podía ser excitado?

—Ya no. Yo estoy aquí. Y no pienso irme a ningún lado.

Pensó que con esas palabras se relajaría. Sin embargo, Theo seguía tenso. Avergonzado. Incómodo.

Decidió retirar inmediatamente la mano.

—Ahora pásame otra carta, tramposo —pidió Blaise, fingiendo un tono amigable, tragándose el disgusto.