Era culpa de él
"I was trying to fly, but I couldn't find wings
But you came along and you changed everything
You lift my feet off the ground, spin me around
You make me crazier, crazier
Feels like I'm falling and I
Am lost in your eyes, you make me crazier"
-Crazy, Taylor Swift
1998
(febrero)
La había cagado.
No estaba seguro del cómo, pero la había cagado.
Desde la noche de Año Nuevo, Theo se había mostrado distante. Muy distante. Cada vez que Blaise intentó entablar una conversación, sus respuestas cortas y sin interés, o derechamente su silencio, lo desalentaron. Cada vez que se sentó junto a él, tanto en la sala común como en el comedor, apenas lo miró, y se paró y retiró en cuanto le fue posible.
Le dio la impresión de que lo intentaba alejar. Y lo peor de todo fue que lo logró. Una vez que se reanudaron las clases y Tory volvió, dejaron de juntarse.
No podía contar las veces que se contuvo de acercarse a él y preguntarle qué estaba leyendo cuando lo veía junto al fuego, o de sugerirle jugar una partida de Snap, o de simplemente contarle de su día e intentar hacerlo reír por muy difícil que fuera.
Sin quererlo, al estar inevitablemente más atento a él, se dio cuenta de que el chico acostumbraba salir a correr en las mañanas. Casi todas las mañanas. No estaba seguro de si era una rutina de toda la vida o algo reciente, pero, reflexionando sobre ello, Theo siempre había sido el primero en estar en pie.
Se obligó a no pensar en ello.
Tenía cosas más importantes y urgentes de las que preocuparse. Todas ellas haciendo que los meses de enero y febrero avanzaran más tortuosamente lentos.
Algo había ocurrido con Potter y el ambiente estaba llegando a límites horribles de tensión.
Habían regresado menos alumnos de los que se habían ido.
No regresó Lovegood.
Por la falta de alumnos, se suspendió la Copa de Quidditch.
Y su situación con Tory era muy delicada. Él tenía la intención de mantener la misma relación de antes. Realmente quería intentarlo. Sólo que… ella ya no era con quien deseaba compartir su tiempo y ella quería algo más.
A finales de febrero, Astoria explotó.
—No te tomas esto en serio. ¡Apenas nos vemos y lo único que hacemos es tener sexo!
Esa era la idea, ¿no? ¿Acaso no se lo advirtió desde el principio?
—Pensé que era sólo una etapa.
Quizás reírse estuvo mal. No, definitivamente estuvo horrible. Ella estaba llorando, por Merlín santo.
—Ya está, terminamos. Yo no puedo más con esto. ¿Qué sentido tiene? ¿Pretendías usarme toda la vida? ¿Desecharme como un sucio pañuelo usado? ¡Me das asco!
Le pudo responder muchas cosas.
«No puedes terminar algo que nunca empezó».
«¿Sentido? Pues follar, obviamente».
«No, no toda la vida. Hasta que me aburra, y seguro eso pasa antes de que muera».
«Eres muy guapa para compararte con un pañuelo usado».
«¿De verdad? No pensabas eso anoche».
Pero se quedó callado y la vio salir furibunda de la habitación, cerrando de un portazo que se escuchó como si estuviera a muchos kilómetros de allí. Aun así, no se le escapó el sollozo que salió de sus labios antes de desaparecer.
Horas más tarde, tendido boca arriba en su cama, miraba sin mirar el techo. No entendía por qué, de pronto, sentía un vacío tan grande en el pecho.
Quizás era la culpa porque, si ella se había hecho ilusiones, era culpa de él.
Había sido un idiota y ella tenía razón: daba asco.
Se pasó las manos por el rostro, tratando de calmar sus pensamientos.
¿Acaso era su culpa no sentir por ella lo que ella sentía por él?
—¿Es la primera vez?
No necesitaba mirar para confirmar quién estaba parado a su lado. Reconocería esa voz en medio de un griterío y su olor era demasiado agradable para pasarlo por alto.
A pesar de su buen juicio, sintió un cosquilleo de emoción en su estómago.
Durante todo su tiempo distanciados, casi dos meses, se preguntó constantemente, y levemente resentido, qué fue lo que espantó a Theo. ¿Había sido realmente su «incidente» de Año Nuevo? ¿Acaso temió que él fuera a hacer algo más? ¿Temió lo que podría pasar después? ¿O quizás estaba celoso?
No podía saberlo. Theo nunca le dio la opción de preguntarle. Prácticamente lo apartó de su vida.
Por eso, le sorprendía que le hablara otra vez. Apenas había iniciado conversaciones durante las vacaciones. Además, no pudo evitar pensarlo, no era casualidad que le hablara justo después de que Astoria lo dejara.
No podía ser casualidad.
Qué imbécil.
Pero lo extrañaba. Lo extrañaba horrores. Todo él lo sabía, por eso se sentía emocionado con la idea de volver a ser ¿amigos? Por eso, su estómago cosquilleaba y su piel se erizó. Lo había extrañado tanto que, en parte, había agradecido que las clases comenzaran otra vez para distraerlo. Tanto que, en parte, lamentaba en serio que Astoria le «terminara».
Quizás por eso se sentía tan vacío.
El colchón se hundió a la altura de su torso.
Para el desagrado de su parte resentida, su corazón dio un vuelco.
Aun así, permaneció en la misma posición, tapándose el rostro, sin responder.
—¿Es la primera vez que te cortan?
Cayó en la cuenta de que sí, era la primera vez.
No se lo había dicho a Tory, pero lo había pensado: también tenía razón en eso, él usaba hasta que no le servía, hasta que se aburría, porque así funcionaba para él. Así le había funcionado hasta entonces. Y él siempre había sido el primero en aburrirse, pues solía aburrirse rápido.
—¿Así es como duele? —se escuchó preguntar, su voz amortiguada por sus manos.
Sintió la mirada de Theo sobre él. Podía imaginar perfectamente su ceño fruncido, sus espesas cejas oscuras acercándose una a la otra, arrugando la piel de enmedio. Su boca apretada. Su mandíbula tensa. Sus ojos azules entrecerrados.
—No te duele que lo haya terminado, te molesta no haberlo terminado tú. Nunca se te habían adelantado. No sabías lo que se siente y no te ha gustado saberlo. Así que no, no es así como duele.
Quitó sus manos de la cara y le devolvió la mirada.
—Pero me duele.
Theo se quedó quieto un segundo. Entonces, posó una mano en su hombro y el corazón de Blaise dio otro salto. Theo lo miró con tal intensidad que, por un momento, creyó que no podría sostenerle la mirada. Pero lo hizo.
—Por supuesto que te duele. Te duele no sentir nada, que lo que tuvieron no signifique nada a pesar de haber compartido tanto tiempo juntos. Y sabes que siempre ha sido así. Saltas de relación en relación, todas sin compromiso y superficiales porque nunca aprendiste a querer de verdad. Porque tu madre, aunque esté, está ausente. Porque nunca conociste a tu padre y jamás has tenido una figura paterna. Todos tus ejemplos de relaciones han sido de utilidad. Y por esa falta de afecto, has estado buscando erróneamente amor en otras personas. Y has dado también una errónea clase de amor, si es que lo puedes llamar así. Estás tratando de llenar un vacío con más vacío, pero las cosas no funcionan así, Zabini. Tienes que cambiar de estrategia. Si sigues así, nunca te dejará de doler. Y, de paso, le seguirás haciendo daño a otros.
Blaise parpadeó sin saber qué decir. Lentamente, bajó la mirada y se detuvo en sus labios. Eran rosados.
Y sí, combinaban con sus ojos.
Se enderezó, quedando medio sentado, más cerca de Theo, quien aún tenía su mano apoyada en su hombro.
—¿Qué hago entonces? —susurró.
El chico aclaró su garganta.
—Eso tienes que averiguarlo tú.
Dicho eso, retiró su mano y se levantó. Por un segundo, Blaise estuvo tentado a detenerlo. Pero luego pensó que no sería correcto pedirle que se quedara, que lo acompañase esa noche. Pensó que quizás se negaría y que sería un golpe muy bajo para su orgullo.
Lo dejó ir.
Se quedó solo con sus remordimientos.
(marzo)
Nunca imaginó que la cancelación de la Copa de Quidditch le afectaría tanto.
El ambiente en el castillo jamás había estado tan violento. Muchos alumnos habían desaparecido, todos ellos integrantes del Ejército de Dumbledore. Longbottom fue el primero en desaparecer luego de muchas muestras de rebeldía. Severus Snape y los Carrow no lograban entender cómo unos adolescentes consiguieron escapar bajo sus propias narices y con tantos sistemas de seguridad. Por otro lado, y quizás debido a las desapariciones, los castigos se volvieron más frecuentes y severos, a veces sin un motivo real. Y algunos padres, aquellos que estaban a favor del régimen de Voldemort, empezaron a reunirse con sus hijos en el castillo. Ninguno decía para qué.
Así, sin el quidditch y sin Astoria, y con la guerra pisándole los talones, se vio con demasiada energía a causa de la ansiedad. Debía consumirla de alguna forma o se volvería loco.
De modo que, una mañana de finales de marzo, muy temprano, cuando vio a Theo levantarse, lo detuvo.
—¿Vas a correr? —preguntó, semi acostado en su cama, apoyándose en sus codos.
Theo, con un respingo, se volvió.
—Eh… sí.
Blaise observó su vestimenta. Llevaba unos pantalones holgados y una sudadera. Él no tenía nada de eso, pero quizás el equipo de quidditch podía funcionar.
—¿Puedo acompañarte? —dijo, enderezándose.
Resultaba un poco extraño lo cauteloso que estaba siendo con Theo. Blaise no era la clase de persona que pedía permiso.
Aunque habían vuelto a juntarse, todo se dio de modo distinto. Se acercó poco a poco. Primero, sentándose junto a él durante las comidas. Luego, a su lado en clases. Finalmente, acompañándolo en la sala común, frente a la chimenea; usualmente, en silencio; rara vez, él hablando y Theo escuchando, o él preguntando y Theo respondiendo. Eventualmente, dejó que lo acompañara a la biblioteca. Mientras Theo leía o estudiaba, Blaise aprovechaba de terminar sus deberes atrasados. Y luego de demasiado tiempo para el gusto de Blaise, volvieron una costumbre jugar Snap Explosivo durante las noches (algunas, también bebiendo), protegidos por las cortinas de su cama o de la cama de Theo.
Para todo pidió su permiso, a pesar de que era más propio de él llegar y unirse o simplemente imponer una actividad. En un caso normal, en vez de preguntarle a Theo, se hubiera levantado sin más y lo hubiera seguido hacia donde fuera que iba a correr.
Pero no quería espantarlo de nuevo. No otra vez.
—Claro.
Luego de vestir su equipo de quidditch, lo siguió en silencio. Theo lo guio hasta los jardines del colegio en dirección al lago. Se respiraba mucha paz. El sol aún no salía y el cielo era de un color azul oscuro; las lechuzas volaban hacia la torre para descansar; el viento mecía suavemente las ramas de los árboles del Bosque Prohibido; y, aunque la nieve se había derretido indicando el fin definitivo del invierno, hacía frío.
Cuando llegaron al borde del lago, sin decir nada, Theo echó a correr. Blaise, algo contrariado, lo imitó. Y aunque se moría de ganas por igualar su ritmo, le resultó imposible. No estaba acostumbrado a ese tipo de ejercicios.
No supo cuántas vueltas dieron. Sólo sabía que, cuando Theo se detuvo, había pasado mucho tiempo y que él estaba muy cansado. Theo empezó a hacer ejercicios de estiramiento, dándole la espalda al lago, y Blaise, sintiendo una punzada en su costado izquierdo, se dejó caer de espaldas en el pasto a su lado.
Fue como una visión al Olimpo.
Los primeros rayos del sol aparecieron justo cuando Theo, de pie junto a sus pies, se quitaba la sudadera, pasando a levantar su camiseta. Blaise ni siquiera intentó detener sus ojos.
No tenía los músculos abdominales muy definidos, pero estaba... muy bien.
¿Bien? Un calor que nada tenía que ver con el sol saliendo se extendió por todo su cuerpo.
Recordando cómo lo conoció, siendo un chico enclenque, le asombró lo benefactora que la pubertad había sido con él. Notó lo alto que estaba y se le ocurrió que, quizás, contra todo pronóstico, ahora era el más alto de su generación en Slytherin. Y aunque los tiempos eran oscuros y descansar o dormir no eran tareas fáciles de llevar a cabo, no se veía demacrado ni enfermo. Se veía… bien, muy bien, incluso para sus altos estándares.
Miró la piel de su torso, cintura y el comienzo de sus caderas, donde un poco de vello se asomaba en el inicio de la V que formaban sus huesos y músculos abdominales oblicuos. Miró hasta que su camiseta volvió a su lugar. Embobado, observó cómo el chico dejaba caer, con un movimiento elegante, su sudadera al suelo y cómo luego se echaba para atrás su cabello castaño.
Era un castaño especial, medio cobrizo. Y lo tenía más largo de lo que habitualmente se veía en otros chicos. Y con suaves ondas.
Y sus brazos no eran delgados.
Y sus manos eran grandes.
Y sus dedos eran largos.
Y su perfil era perfecto.
Blaise nunca lo negaría: él se sabía muy superficial. Por eso, pensó, era raro que no se hubiese fijado en esos detalles de Theo con anterioridad. Había estado tan enfocado en el cerebro del chico, en su persona, que, sorprendentemente, no se había fijado en su cuerpo. Apenas sus ojos, sus increíbles ojos azules, habían capturado su atención.
Y cayó en la cuenta de que nunca lo había visto desnudo. Jamás, en sus casi siete años compartiendo habitación, lo había visto vestirse o desvestirse.
Pero al fin lo había hecho. Más o menos. Más menos que más. Una camiseta mojada y pegada a su piel por el sudor hizo que su imaginación volara y quisiera saber cómo era el resto de él.
Se autoconvenció de que esa no era la única razón por la que siguió acompañándolo a correr de vez en cuando, incluso odiando correr.
(abril)
Se sentía un poco imbécil. No, inmaduro. Como si no tuviera diecisiete años, sino doce otra vez. Como la primera vez que alguien se le insinuó y él no supo cómo reaccionar. Como la primera vez que alguien le confesó que le gustaba. La primera vez que lo intentaron besar. La primera vez que él quiso actuar.
Era absurdo. Blaise estaba seguro de que Theo gustaba de él. Todas las señales estaban ahí. A veces, se preguntaba si al chico no le importaba ocultarlo o si simplemente no sabía hacerlo. Resultaba demasiado evidente. Bueno, evidente para él. Ni siquiera necesitaba ponerlo a prueba.
Aunque eso no lo detenía de ponerlo a prueba.
—¿Qué crees que deba hacer con Astoria? —le preguntó una tarde, atento a sus expresiones.
Los celos en sus ojos eran incuestionables.
—Disculparte —le escupió sin mirarlo y sin dejar de leer.
La única diferencia con todas las otras veces cuando supo que alguien gustaba de él y él estuvo igualmente interesado era que nunca se había sentido… igual.
Por un lado, se sentía extremadamente torpe y nervioso. Tímido, incluso. Temía dar un paso en falso y espantarlo. Le asustaba la posibilidad de haberlo interpretado mal, como si no fuera obvio que le gustara. Y le irritaba verlo hablar con otras personas (cosa nada común) como si fuera a dejarlo por alguien más.
Pero, por otro, de sólo pensar en su voz grave, en su risa poco frecuente, en sus conversaciones (tanto en las triviales como en las «profundas», pero sobre todo en las «profundas»), en su olor embriagador o en sus ojos azules, se le ponía la piel de gallina. Cada vez que se le acercaba mucho o que lo tocaba, algo que ocurría menos seguido de lo que le gustaría, olvidaba cómo respirar. Y su corazón latía tan rápido que muchas veces llegó a creer que él lo escucharía. Podía pasar horas tendido en su cama, soñando despierto con él, a veces complaciéndose a sí mismo, consciente de que Theo se encontraba apenas unos metros más allá, probablemente también acostado en su cama.
En más de una ocasión, se vio tentado en besarlo. Durante sus partidas de Snap, la idea de inclinarse un poco más era tan fuerte que sus manos temblaban. O cuando le hablaba de libros frente a la chimenea, imaginarse descendiendo del apoyabrazos del sillón y dejándose caer en su regazo para rodearle el cuello con los brazos provocaba hormigueos en su estómago. O cuando salían a correr y se sentaban frente al lago a descansar, uno al lado del otro, con los hombros tocándose, contenía el impulso de tirarlo sobre el pasto y volverse él la causa de su respiración agitada.
O como en ese mismo momento, una noche más en la biblioteca. La luz de las velas, que poco podía contra la oscuridad, producía destellos rojizos en su cabello, hacía brillar su piel y se reflejaba en sus ojos y en sus labios.
Sólo tenía que quitarle el endemoniado libro y besarlo. No era difícil. Lo había hecho miles de veces. Seguro le devolvería el beso, ¿no? Claro que sí. Pero, ¿y si no? No quería que volviera a alejarse. Sin embargo, si nunca lo intentaba, nunca sabría si...
¿Era un mal momento?
—Theodore Nott.
Ambos levantaron la cabeza. Severus Snape los miraba con frialdad. Blaise tragó, temiendo lo peor.
—¿Sí, señor?
—Tu padre está aquí. Sígueme.
El hombre se giró y caminó hacia la salida de la biblioteca, su túnica negra ondeando detrás de él. Theo se paralizó un momento, observando casi con terror al director alejarse. Luego, con un solo movimiento de varita, metió todas sus cosas en su mochila y se la colgó en el hombro.
—No me esperes —dijo, antes de levantarse y seguir a Snape.
Pero no había forma de que Blaise no esperara impaciente su regreso, aunque tardara cien años en volver.
—Mierda —gruñó Theo.
Blaise parpadeó y se detuvo.
—Lo siento.
—No, está bien —dijo Theo, cerrando los ojos con fuerza—, sólo arde como el infierno.
Lo miró preocupado. ¿Lo estaba haciendo mal? Él nunca había tenido que cuidar de nadie. Curar a nadie, para ser precisos. Era una sensación extraña. No se sentía mal, pero tampoco bien.
—¿Sigo?
—No. —Lo vio apretar los dientes mientras se levantaba del borde de la mesa—. Puedo hacerlo yo. Siempre lo hago.
«Siempre», repitió Blaise en su cabeza. ¿Cuántas veces había ocurrido? A juzgar por las cicatrices en su cuerpo, muchas.
Apartando ese pensamiento, lo sujetó rápidamente por el hombro sano, sentándolo otra vez. Volvió a acercar el paño bañado en esencia de díctamo a sus heridas. Lo sintió tiritar, pero no lo detuvo ni lo alejó.
Blaise no podía dejarlo así, no luego de verlo. Tampoco podía permitirle que hiciera como si nada hubiera sucedido, ni consentirle esconder esos vestigios de violencia con capas de ropa. Si Nott no quería que Pomfrey lo curara, entonces iba a hacerlo él mismo, aunque no supiera cómo hacerlo.
—Tergeo.
La sangre se limpió. Sin embargo, como las heridas, aunque ahora desinfectadas y sin moretones, continuaban abiertas, ésta volvió a chorrear y manchó nuevamente sus ropas y sus manos.
—Theo, no sé cómo detener esto. —Su voz tembló ligeramente.
—Está bien, no importa, puedo hacerlo yo.
—Theo —insistió, enterrando aún más sus dedos en su hombro sano por si pensaba levantarse otra vez.
Su piel estaba tan pálida... Ya de por sí era increíblemente blanca en contraste con la suya. Pero, ahora, por la pérdida de sangre, estaba casi blanca.
Lo escuchó soltar un suspiro.
—¿Están limpias?
—Sí.
—Hay que cerrarlas. Vulnera sanentur.
Blaise sintió que se le iba el aire.
—¿Esto es por un Sectumsempra? —preguntó asustado.
El chico negó con la cabeza.
—Me estaría muriendo si lo fuera. Ese hechizo se utiliza para cerrar muchas heridas.
Contuvo una expresión de alivio.
—¿Y cómo lo hago? ¿Cuál es el movimiento?
Theo tomó su varita y le enseñó. Imitándolo, Blaise recitó el hechizo sobre sus heridas. Para su sorpresa, éstas se cerraron inmediatamente y la hemorragia se detuvo.
—¡Genial! Creo que…
—Gracias —lo cortó Theo, soltándose de su agarre y apartándose para tomar su camisa, la que estaba tirada en el centro de la mesa en la que se encontraban sentados.
Blaise frunció el ceño, molesto. Quiso responderle algo. Desde que se encontraron en los pasillos, donde lo había estado buscando después de pasar muchas horas sentado en su cama esperándolo, advirtió que Theo intentaba alejarlo otra vez.
¿Acaso podía culparlo por preocuparse? ¿Cómo esperaba que no intentara nada al verlo con su ropa manchada de sangre y escucharlo quejarse con cada paso que alcanzó a dar frente a él? Con suerte llegaron a las cocinas, el lugar más cercano en ese momento, por lo débil que se había encontrado Theo. En su carrera hasta la enfermería, Blaise agradeció haber corrido con él durante muchas mañanas: llegó justo a tiempo con lo necesario para curarlo antes de que el chico perdiera el conocimiento.
Quiso decirle algo. Sabía por qué estaba comportándose así y quería decirle que era un idiota.
Pero, de pronto, viéndolo pasar sus brazos desnudos por las mangas de la camisa escolar, cayó en la cuenta de que sus manos habían tocado su piel. Directamente, sin tela de por medio. Él, con sus manos, había recorrido la piel de uno de sus hombros, de su brazo y de gran parte de su espalda. La sangre y la gravedad de las lesiones lo habían distraído. Por eso, una vez que ambas cosas desaparecieron, sus dedos le empezaron a cosquillear y sus mejillas se calentaron. Y partes de su cuerpo se despertaron.
Por suerte, la iluminación de las cocinas era escasa a esas altas horas de la noche. Lo observó abotonarse la camisa. Parecía nervioso. Algunos botones le costaban.
Entonces, se le fue la molestia y se le ocurrió una idea.
—Podríamos aprovechar para tomar algo.
Las manos de Theo se interrumpieron y levantó la vista.
—¿Tomar algo? —dijo. Blaise asintió—. ¿Cómo qué?
—Veamos que tienen los elfos para ofrecernos —respondió con una sonrisa, poniéndose de pie. Caminó hacia los enormes aparadores, donde se guardaban todo tipo de cosas, desde cubiertos hasta verduras. Mientras inspeccionaba todos los muebles y abría todas las puertitas, escuchó los pasos de Theodore a sus espaldas. De reojo, con pesar, advirtió que ya estaba vestido—. Ajá, justo lo que estaba buscando.
Se movió a un lado y le mostró al chico un espacio lleno de licores, la mayoría para cocinar. Theo lo miró con escepticismo y el ceño levemente fruncido.
—¿Y si los Carrows se enteran?
—¿De qué? ¿De que nos bebimos un… —sacó una botella y sonrió ampliamente— delicioso whiskey de fuego añejado en roble? Ni se darán cuenta.
Sacó dos vasos pequeños y chatos de un estante y volvió, con ellos y la botella en mano, a la mesa en la que habían estado antes. Luego de un titubeo, Theo resopló y lo siguió. Blaise esperó a que se sentara a su lado para entregarle uno de los vasos con whiskey servido.
Alzó la mano con la que sujetaba su bebida y Theo lo imitó.
—¿Por qué brindamos?
—Por el insólito comienzo de mi carrera como sanador —dijo Blaise, guiñándole un ojo.
Theo bufó con burla y chocó con un tintineo los vasos. Ambos se tomaron el whiskey al seco. Blaise cerró los ojos por la sensación de ardor en su garganta. Odiaba y amaba el alcohol a partes iguales. Era una mierda asquerosa, pero resultaba útil. Bueno, a veces. Puede ayudarte a hacer cosas que uno ansía llevar a cabo sobrio. Y él necesitaba un poco de ese coraje. Y también esperaba que le soltara la lengua a Theo.
Después de un segundo trago al seco, observando el vaso vacío en sus manos, se atrevió a hablar.
—No tienes que sentir vergüenza.
De reojo, lo vio girarse hacia él.
—¿Qué?
Blaise le devolvió la mirada. Se concentró en sus ojos. Eran azules, muy azules. Más azules que el azul del cielo en verano. Un poco más intenso. Un poco más azul.
—Que no tienes que sentir vergüenza por necesitar ayuda. No conmigo. —Observó cómo su manzana de Adán subía y bajaba al tiempo que tragaba—. ¿Recuerdas lo que me dijiste? ¿Hace unos meses, cuando Astoria me dejó? ¿Eso de que no puedo parar de tener miles de relaciones sin compromiso, que mi «falta de afecto» me ha hecho buscarlo mal en otros? ¿Lo de llenar vacío con más vacío y que las cosas no funcionan así? —Theo lo miraba en silencio. Se sirvió más whiskey y tomó un sorbo antes de seguir—. Tenías razón. Tienes razón. Como el jodido genio que eres, siempre tienes razón. Pero parece que sólo puedes analizar así a los demás y no a ti mismo, así que déjame decirte qué te pasa a ti.
Era culpa de él. Por su culpa tenía tanto miedo y había sido tan torpe, tan indeciso. Como nunca con nadie, se había abierto a él, le había contado -y estaba dispuesto a contarle- todo. Todo, lo que quisiera saber, cualquier cosa. Pero Theo no lo había hecho. Nunca le decía nada. Nunca le pedía nada. Sentía como si estuvieran a muchos kilómetros de distancia, o como si hubiera una muralla invisible y gruesa separándolos. Una muralla que a veces lograba agrietar, pero que Theo se empeñaba en volver a reconstruir.
Blaise estaba decidido a tirarla abajo de una buena vez.
Sin quitarle los ojos de encima, dejó el vaso vacío a un lado y se inclinó hacia el chico, quien lo miraba impasible y quieto.
Lo conocía lo suficiente para saber que Theo sentía todo menos indiferencia.
—No tengo idea qué pasó con tu madre y tengo pocas ideas, aunque ninguna buena, de tu relación con tu padre. Pero estoy seguro de que tampoco sabes querer de verdad. Como a mí, nunca te enseñaron. O te enseñaron mal. A ambos nos «faltó afecto». Pero tú ni lo intentas. Estás solo y no te gusta estarlo, pero estás tan asustado al mismo tiempo de… no sé, de que te pillen desprevenido o de que te hagan daño quizás, que no permites que nadie se te acerque. Prefieres quedarte sólo, fingir que no te importa, fingir que nada te afecta. Y cuando alguien se te acerca y te das cuenta de que te ha tocado una fibra, lo alejas. O lo mantienes a raya, como a mí. No permites que se involucre en tu vida, que sepa más de ti o de tus problemas. Vendes una imagen de persona imperturbable y crees que todos se la creen, pero yo no me la creo, Theo, sé que es pura mierda. Y es por ella que has estado solo todos estos años. Y lo peor de todo es que tú lo has elegido. No sólo no sabes querer, es que no te sabes querer ni a ti mismo. Te avergüenza admitir que quieres compañía real. Que la necesitas. Y la necesitas, Nott, incluso más que yo. Así que te lo digo de nuevo: no te avergüences, no conmigo. No eres débil ni una vergüenza por necesitar apoyarte en alguien o te ayuden a cargar con tus problemas. No tienes por qué hacerlo todo solo. Y puedes confiar en mí. Espero que sepas que siempre puedes contar conmigo. Que puedes confiar en mí como yo lo hago en ti. Que conmigo no tienes que fingir.
Sí, sus ojos eran un azul impresionante.
—Yo...
Y su aliento cálido fue la señal que Blaise necesitaba para saber que él había respondido. Miró brevemente su boca y regresó a sus ojos.
—¿Qué pasó con tu padre?
La mandíbula de Theo se tensó. Él lo miró con más determinación. Dudaba de que alguien lo hubiera dejado sin palabras antes. ¿Se sentía orgulloso por eso?
Sí.
—Quiere que siga sus pasos —musitó al fin.
—Pensé que era una elección.
Theo soltó un resoplido.
—Entonces eres un imbécil, ¿piensas que Draco tuvo elección?
—¿No la tuvo?
El joven negó con la cabeza.
—Lo hubieran chantajeado, o incluso matado, si hubiera dicho que no. Él siempre ha sido un imbécil, pero al menos su imbecilidad lo salvó. Ahora está tranquilo y mimado en su mansión.
—Pero tú no quieres —dijo Blaise, acercándose aún más y apoyando su mano sobre la de Theo—. No quieres seguir sus pasos, ¿no?
—No.
—¿Por qué?
Necesitaba que le respondiera para confirmar sus sospechas, sus teorías. Necesitaba que alguien más lo apoyara y acompañara en sus dudas, alguien que le ayudara a resolverlas. Con Astoria nunca habló de los problemas que veía en la supremacía de sangre o en las malditas tradiciones de los sangre pura. Nunca sintió la confianza suficiente. Bueno, realmente, con ningún Slytherin la había sentido. Seguramente, Astoria respondería algo neutral o intentaría desviar el tema. Daphne era harina del mismo costal, mientras que Pansy un caso perdido. Vince y Greg, las marionetas de Draco, no tenían el cerebro suficiente para pensar por ellos mismos. Y el propio cerebro de Draco estaba demasiado lavado para tener sus propias ideas, ajenas a las de Lucius. Pero Nott… Nott era inteligente. Era brillante. Era un genio. Blaise nunca se había encontrado a sí mismo admirando tanto a alguien. Su admiración era tan grande que sentía que había disminuido su vanidad. Desde que lo había conocido, desde que lo conoció de verdad, se sentía distinto.
Nunca se había sentido igual. Nunca había conocido a alguien en quien verdaderamente confiar, con quien podía tener una conversación real.
Y si Nott creía que todo era una puta mierda, que esa insistencia en la pureza de sangre sólo era una asquerosa excusa que algunos usaban para enemistar a los magos y alcanzar más poder a través de la división… si Theo creía eso, entonces él... él…
Entonces, él no estaría solo. Entonces, juntos podrían luchar contra los que habían contaminado su mundo.
—Mi padre mató a mi madre, Zabini. Yo la vi morir —dijo mirando sus manos ahora entrelazadas—. Y ni siquiera fue por una maldición asesina. La había maltratado tantos años que fue la acumulación de heridas y torturas lo que la terminó matando. Sólo necesitó un Cruciatus más y… —Cerró un instante los ojos, tragando. Blaise le dio un apretón a su mano—. Nunca la amó. Se casó con ella porque necesitaba un heredero para preservar el apellido y fue su única alternativa. Pero ni con eso se contentó. Aunque ambos eran demasiado mayores para tener un hijo, aunque fuera casi un milagro que yo naciera, no fue suficiente. Nací demasiado débil, demasiado enfermo para su gusto. Le echó la culpa. Quiso «fortalecerme» usando magia oscura, pero ella se interpuso y me protegió… —Su voz se cortó un segundo, pero se recompuso sorprendentemente rápido y siguió—: Entonces, mi madre comenzó a dudar del Señor Oscuro y de los ideales de sangre pura, especialmente desde que le conté que me gustaba un compañero. Se dio cuenta que todo eso era muy dañino para ella y para mí, de que, en realidad, todo era una locura. Y mi padre perdió la cabeza cuando se enteró de sus dudas y de mis… gustos. Siempre fuimos una desgracia para él, una vergüenza, pero eso fue el colmo. Desde que murió mi madre, al no haber alguien que se lo niegue, se ha encargado de «fortalecerme y encauzarme en la dirección correcta», siempre usando maldiciones.
—No creerás que por tu culpa ella…
—No —lo cortó Theo—. Lo pensé mucho tiempo, pero ya no.
Blaise asintió aliviado.
—¿Por eso dudaste a principio de año? ¿Por tu madre?
—No lo sé… creo que sí —suspiró—. Ella tenía razón. Están locos, Zabini, todos están jodidamente locos. Todo es una absoluta locura. Y se está saliendo de control otra vez. Es cierto que los muggles no son tan poderosos como los magos, que nosotros podemos hacer todo lo que ellos hacen, pero ellos no todo lo que nosotros. El problema es que eso no significa que seamos mejores o superiores, que podamos dominarlos y aprovecharnos de ellos, significa que…
—…que tenemos una responsabilidad con ellos —terminó Blaise.
Theo, impresionado, asintió.
—Sí.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —se escuchó preguntar.
Theo frunció el ceño, confundido.
—¿Qué quieres decir? ¿Hacer con qué?
—Bueno… —Blaise titubeó—, hay una guerra ahora mismo, ¿no? ¿Qué vamos a hacer? —preguntó nervioso—. ¿Fingir que estamos de acuerdo con los mortífagos y seguir haciendo lo que nos pidan para aparentar que somos uno de ellos? ¿Vamos a seguir actuando para hacerles creer que pensamos igual?
Aún con el ceño fruncido, Theo dijo perplejo:
—¿Qué otra cosa podríamos hacer?
—No lo sé, algo —soltó temblorosamente Blaise. Miró sus manos entrelazadas, consciente de la calidez de la piel de Theo contra la suya—. Nunca me hizo sentido la superioridad mágica, ¿sabes? Quizás fue por rebeldía; mi madre insistió… insiste mucho en eso. Además, casi desde que tengo memoria he admirado a los muggles por las cosas que pueden hacer y… me parecía absurdo creer que los magos estaban por sobre ellos. —Entrecerró los ojos y tragó—. Pero me guardé todas mis dudas porque sabía que nadie de nuestro círculo las aceptaría. Creí que si las ignoraba y sólo hacía y decía lo que el resto, podría tener un buen espacio en la sociedad, ser popular. Pensaba que eso me iba a hacer feliz. —Levantó la mirada. Theo apenas se había movido, pero sus ojos brillaban—. Estaba equivocado, obviamente. No creo que el lujo o la comodidad o el poder hagan feliz a nadie. No si… no si uno no es… —balbuceó, sin saber qué palabra buscaba.
—¿Auténtico? —aventuró Theo, bajando otra vez la mirada a sus manos—. O consecuente con lo que piensa.
—Sí, eso, y estoy harto —dijo Blaise, de pronto sintiéndose más animado—. Theo, nunca he tomado una decisión de verdad en mi vida porque preferí seguir la corriente. Y eso que me dijiste una vez sobre la soledad —siguió—, eso de que no es sólo algo físico… es cierto. He estado solo porque no había encontrado a nadie que tuviera mis mismas dudas, que pensara como yo. Y por eso nunca hice nada y sólo me dejé llevar.
—¿Y ahora? —susurró Theo, todavía sin mirarlo.
—Me abriste los ojos —respondió enseguida—. Todo este tiempo, he necesitado a alguien; alguien que esté de mi lado, que me ayude a aclarar mis inquietudes. Necesitaba a alguien en quien confiar para atreverme a dejar de fingir y… hacer algo.
Blaise le dio otro apretón a su mano y Theo alzó la vista. Sus rostros estaban muy cerca. Podía sentir su aliento acariciando su piel, su olor colándose por su nariz, su suave y cálida piel contra su mano. Y pudo ver mejor sus ojos. Se dio cuenta que no sólo eran azules.
Eran hermosos.
—Y estoy seguro de que tú también lo necesitas.
—¿Necesito? —murmuró Theo, confundido.
—Sí, necesitas a alguien que esté a tu lado, que te acompañe a resistir, que piense como tú, que te cure las jodidas heridas que te deja el desgraciado de tu padre, que te defienda de él —dijo con ímpetu—. Alguien en quien confiar.
Lo oyó tomar un respiro hondo. Como si estuviera sin aire. Como si el aire estuviera pesado.
Y lo estaba.
—Dímelo —pidió, inclinándose un poco más a él—. Dime que lo necesitas.
—Blaise, yo…
—Dímelo, Theo —insistió con un dejo de desesperación—. Por favor.
Estaba seguro. No lo conocía hace mucho, pero lo conocía lo suficiente. Miró más profundamente sus oceánicos ojos, apretando su mano.
—Dímelo.
—Te necesito.
Su corazón dio un vuelco.
—Otra vez.
—Te necesito, Blaise. Te quiero.
No alcanzó a reaccionar. Theo lo sujetó de la nuca y terminó de acortar los milímetros que los separaban. Hasta que no hubo aire entre ellos. Hasta que no hubo vacío.
Sus labios, finos y delgados en comparación a los suyos, permanecieron presionados a su boca unos segundos, los suficientes para que Blaise se recuperara de la impresión. Soltó mano, y se abrazó a su cuello, como había soñado tantas veces, profundizando el beso. Sabía a whiskey, pero seguía oliendo a pergamino, naranja y madera. Para su gusto, Theo le correspondió con igual entusiasmo. Y sus manos… sus manos lo sujetaron con fuerza. Lo estrujaron. Lo levantaron. Y quedaron tendidos sobre la mesa.
Lo último que pensó fue que él también lo quería. Y que debía decírselo.
Luego, su cerebro dejó de funcionar.
(2 de mayo)
Cuando lo vio a lo lejos, no dudó ni un instante.
De algo tenía que servir haber practicado tantas veces las maldiciones imperdonables, pensó con ironía, aunque nunca había usado esa en particular con un ser humano.
Se acercó sigilosamente, entre escombros, cuerpos inmóviles y ceniza y humo en el aire, esquivando hechizos y maldiciones.
Cuando estuvo a un metro de distancia y el hombre mayor se giró hacia él, lo apuntó con la varita.
En sólo dos días había acumulado suficiente odio para hacerlo con la potencia necesaria.
La luz verde golpeó de lleno su pecho.
