Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.
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LA COSITA DE MIYAKO Y KEN
Sobre la mesa, Gato mueve el rabo hacia un lado y hacia otro mientras sus pupilas siguen los movimientos de sus manos. Las de ambos, pero en especial las de Miyako.
—… y no es que la maquina estuviera rota, es que Hosoda estaba metiendo la tarjeta al revés —termina Ken, amasando un triangulito de arroz. Lo deja a un lado y toma otro poco de arroz y una cucharada de relleno. Mira a Miyako tras su excesivo silencio. No es la anécdota más graciosa del mundo, pero esperaba un ingenioso comentario por su parte. Entiende que no lo va a encontrar al ver lo que está haciendo—. Estás rellenando el onigiri con la comida de Gato.
Miyako, con la mirada perdida hasta entonces, enfoca la lata abierta frente a ella y el arroz entre sus manos. Como si fuera algo planeado, lo deshace frente a Gato, que empieza a comer.
—No te estaba haciendo caso —dice, sin rastro alguno de culpabilidad. Su franqueza impresiona un poco a Ken, mientras ella se olisquea las manos—. Estaba pensando en mis cosas. —Estira las manos a Gato que hace un alto en su comida para lamérselas. Las retira y se las limpia, mientras Gato regresa a su comida—. De nuestras cosas en realidad… una cosita en concreto —susurra al final.
Ken mantiene una expresión tierna en todo momento, quizá no muy acorde con la que debería de portar un hombre que está siendo completamente ignorado. No es algo que le importe demasiado porque prefiere mil veces recrearse en ese adorable rostro despistado de Miyako. Observa como se muerde el labio, como parece preparar algunas palabras que mueren en el silencio, como hace amago de retomar el arroz y como finalmente exhala, aprieta los puños y lo encara.
—¡Ken! —A pesar de que ha sido testigo de todo el proceso, no puede evitar sobresaltarse—. ¡Hicimos ADN digievolución!
Su mirada se ha vuelto determinada, pero el distraído ahora es Ken.
—¿Hikari y tú?, ¿pasó algo?
Miyako hace un gesto de extrañeza que Ken no percibe por estar esmerándose en amasar ese perfecto triángulo.
—¿Por qué metes a Hikari? —Ken la mira sin entender—. Hablamos de nuestras cosas, ¡nuestras!, ¿qué tiene que ver Hikari?
—¿Wormmon y Hawkmon?, que raro. Además, Wormmon estuvo todo el día conmigo —reflexiona Ken—. ¿O es algún tipo de simulación que has probado?
Esta vez sí percibe la expresión de Miyako, resultándole un poco intimidante su estupefacción.
—¿De qué estás hablando Ken? Te digo que son nuestras cosas, ¡nuestras! ¡Nuestra cosita!
El hombre queda en silencio. La determinación que Miyako expresó en su mirada ha sido eclipsada por la excitación de sus palabras. Trata de buscarles una coherencia, pero al no hallarse inspirado para encontrarla, lo compensa con una sonrisa culpable.
—Creo que me he perdido un poco, Miyako.
—¡Demonios Ken! —Miyako se lleva las manos a la cabeza. Resopla con impotencia. Su labio tiembla y su pecho palpita. En un impulso toma un palillo que está sobre la mesa y lo encara—. Veintitrés cromosomas míos y veintitrés tuyos se han juntado y…. —Clava el palillo en la bola que Ken elabora entre sus manos—. ¡Cigoto, embrión, feto y bebé! ¡Todo eso en nueve meses!... ¡aquí!… ¡dentro! —termina señalándose el vientre con los dedos.
Y así queda, buscando una reacción en Ken, mientras su cerebro juzga todo lo que acaba de decir y sobre todo cómo lo acaba de decir. Se arrepiente momentáneamente al ver la parálisis de su novio, que desvía la mirada unos instante a su vientre, para volver a dejarla sobre sus ojos. En el proceso, el arroz que Ken mantenía entre sus manos, que ya casi era triángulo perfecto, se deshace cayendo primero el relleno y siguiéndole los granos. Cuando se agacha para limpiarlo, como si eso fuera lo prioritario, se encuentra el rostro de Miyako a milímetros.
—¿Por qué no dices nada?, ¿por qué recoges arroz?, ¿qué estás haciendo?, ¿estás nervioso?, ¡dime algo!
Las respuestas de Ken quedan a medio pensar entre las preguntas de Miyako. De sus dedos temblorosos escapan los granos de arroz. Decidió recogerlos uno a uno en una acción que obviamente no pasó por su cerebro. Su respiración se va acelerando conforme los segundos pasan, aunque tampoco pueda asegurar que se deba a que ya procesó la información.
—Estoy… un poco... nervioso.
—¡No puedes! —exclama Miyako aterrada.
—No puedo —repite Ken, mirándola aterrado. De la impresión pierde los granos de arroz.
—No, porque yo estoy nerviosa y si tú también estás nervioso, ¿quién me tranquiliza a mí?
Otra vez silencio. Él está asustado, pero aún es capaz de percibir, tras los nervios de ella, un miedo que siente que no puede permitir. Todavía sin recapacitar sobre lo que está viviendo, decide concentrarse en su respiración. Inspirar y espirar. Si es capaz de regularla, todo lo verá con calma y claridad y así podrá tranquilizarla. Él es el sosegado de la relación, así que no es justo para ella ponerse nervioso en momentos transcendentales.
—Ya está, no estoy nervioso. Estoy calmado, ¿ves? —Tiende su mano que tiembla. La toma de la muñeca con la otra mano para detenerla pero ni aún así es capaz de eliminar el temblor.
Se disculpa con la mirada, y Miyako, tras una mueca de desesperación acompañada de un largo gemido, alza el dedo como si le hubiera sido revelada la clave a todos los problemas del mundo.
—¡Hay otra opción!
—Quiero escucharla —suplica Ken, ante su fracaso de mantener una respiración pausada.
—Podemos ponernos histéricos ambos, gritar lo primero que nos venga a la cabeza y luego ya pensamos sobre nuestras cosas y nuestra cosita.
—¡Elijo esa opción! —pide Ken como si fuera un salvavidas.
Sin impedimento alguno, deja que su corazón se desboque y que su respiración enloquezca y que sus manos tiemblen y el arroz se esparza, mientras, la sonrisa de Miyako vira entre la ilusión y la demencia.
—¡Es mi preferida!
—¡Y la mía! —exclama Ken, contagiado de su sonrisa.
Libre de miedos, nervios, dudas y hasta de responsabilidades, Miyako al fin lo siente. Miyako al fin lo asume. Miyako al fin lo grita:
—¡Voy a ser madre!
La misma liberación recibe Ken al escucharla.
—¡Y yo padre!
—¡Estoy en una nube!
—¡Y yo estoy muy feliz!
De rodillas sobre granos de arroz y relleno de atún, Ken extiende los brazos para recibir a Miyako. Risas, besos y emocionadas lágrimas componen su maravilloso e inolvidable primer ataque conjunto de histeria.
Sobre la mesa, Gato, que ya terminó su comida, avanza hacia el relleno de los onigiris.
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