Capítulo 2:

Marcando las distancias

No podía respirar. Su piel sudaba, su cuerpo se encontraba tenso y expectante. Todo dentro de él ardía. Sus ojos se cerraban con fuerza y su interior se balanceaba. Intentaba respirar y no podía. Y eso le excitaba tanto. Estaba tan caliente. Sus músculos se retorcieron deliciosamente con la presión. Su pecho se quejó por el esfuerzo, su conciencia cada vez iba más a la deriva. Más y más y más... No podía respirar. La excitación se extinguió tan rápido como el fuego de una cerilla. El pánico le inundó. No podía respirar. Sacudió sus brazos pero estaban anclado, sus piernas no respondían. Su pecho era incapaz de retener algo de aire.

Rojo —graznó con esfuerzo, pero nada ocurrió. La presión continuaba en su garganta— ¡Rojo!

Se despertó de un sobresalto, con el pánico recorriendo cada gota de su sangre. Su cuerpo estaba empapado de sudor, su sienes palpitaban y sus ojos eran incapaces de enfocar nada a su alrededor. Aun así se levantó y se dirigió hacia el baño. Parpadeó frenéticamente hasta que pudo distinguir su reflejo en el espejo y llevó rápidamente sus manos hacia su cuello. No había nada. No habían marcas ni cicatrices. Su piel estaba perfectamente normal y sus pulmones estaban llenándose de aire.

No pasa nada. Ha sido una pesadilla, se dijo a sí mismo.

Respiró hondo, apoyando las manos en el frío mármol del lavamanos con la cabeza gacha y los ojos cerrados. Abrió el grifo del agua fría y se mojó la cara con lentitud. Intentó tragar saliva, pero su boca estaba seca. Se enderezó después de secarse, para luego dirigirse hacia la cocina.

Hacía pocos minutos que había amanecido, así que su apartamento aún se encontraba parcialmente en penumbras. Se sirvió un vaso de agua y se apoyó en el ventanal del salón. Le gustaba disfrutar de los amaneceres, aunque pocas veces los veía. Le gustaba más dormir. Esas últimas semanas, por el contrario, había visto cómo el cielo se aclaraba más veces de lo normal. Y por mucho que Draco adorase ver cómo el sol irrumpía en la oscuridad, odiaba sentirse cansado, que sus párpados se cerrasen involuntariamente, las ojeras bajo sus ojos y los dolores de cabeza.

Y odiaba a Harry Potter, sobre todas las cosas, porque todo era culpa suya. Había roto su paz, su esquema bien formado en el trazaba su vida. Había desmoronado todo a su alrededor como si fuese un castillo de naipes. Un castillo en el que Draco había puesto todo su empeño, y que Potter había destruido como un vendaval.

Y eso que ni si quiera he hablado con él, pensó, sardónico. Casi sintió la necesidad de reírse por su absurda situación.

Se enderezó, llevó el vaso a la cocina y se dirigió al baño para ducharse. Aun faltaba más de una hora para que su turno empezase, así que caminó por la calle a paso lento, se detuvo en su cafetería favorita, donde Laura le esperaba con su café de siempre y se sentó en una de las mesas, observando a la gente ir y venir de vuelta a casa o de camino al trabajo. Pagó su cuenta cuando terminó su bebida, y se dirigió hacia el Callejón Diagon y de allí hacia el Ministerio. Se colocó la túnica que llevaba colgada en el brazo antes de atravesar la chimenea, y giró bruscamente a la izquierda en el segundo, sin darle una mirada al ala de la Oficina de Aurores.

Soltó un largo suspiro al ver la pila de pergaminos que había en su mesa. En esa ocasión, ni si quiera intentó distribuirlos entre sus compañeros. Se sentó en su escritorio, cogió su pluma, agarró el primer pergamino del montón y leyó:

Nombre: Johanna Morrison

Fecha de nacimiento: 24-05-1985

Ubicación: Número Catorce de Downing Street. Londres, Gran Bretaña.

Incidencia: Infracción del Estatuto Internacional del Secreto Mágico.

Motivo: Utilización del encantamiento "Vermillious" en presencia de una persona no magica.

Resopló, poniendo los ojos en blanco. Nunca entendería porque la gente se arriesgaba a enfrentarse al Ministerio por un hechizo tan simple. Seguramente la chica lo había hecho para impresionar a su novio o a una amiga. Redactó una advertencia estándar, mientras negaba con la cabeza y la apiló en el lado contrario de su escritorio. El siguiente contenía una vulneración más grave de la ley, así que miró el pergamino encantado donde se distribuían las citaciones del Wizengamot, los horarios y las salas disponibles. Tachó la cita del siguiente martes por la tarde, y la escribió en el pergamino que pronto iría a parar a manos del acusado.

Ya había redactado casi la mitad de las citaciones, cuando notó que algo a su alrededor era diferente. Alzó la vista, frunciendo el ceño. Algunos de sus compañeros estaban igual de confundidos que él, mientras que otros parecían anonadados. Entonces lo escuchó: unos pasos firmes y decididos hacían eco en la sala, callando todo a su paso. Cuando Draco consiguió centrar su atención en el sonido, sintió que su cuerpo se sacudía.

Harry Potter avanzaba por el pasillo central con una expresión indiferente, una mirada casi aburrida y una atmósfera a su alrededor que gritaba autoridad. Vestía con su reglamentaria túnica de jefe de departamento, su cabello estaba revuelto y sus movimientos eran tan sólidos que parecían ficticios. Por un momento se preguntó si Potter había estado ensayando para poder caminar con esa presunción.

Y entonces odió, realmente odió, que su mesa estuviese tan cerca del despacho de su jefe, porque Potter se paró a su lado sin mirarle, y llamó secamente a la puerta. Nadie abrió, obviamente. La gente volvió a sus quehaceres poco a poco, aunque algunos aún mantenían la mirada en el moreno. Tres toques volvieron a sonar en la sala, junto con el sonido característico de las plumas rasgando los pergaminos. Draco estaba empezando a asfixiarse con ese ambiente tenso que había allí, con el ruido de los tinteros y los pergaminos, con los resoplidos de sus compañeros y los suaves chirridos que las sillas producían cuando alguien se movía. Y el repiqueteo incesante de Potter.

—No hay nadie —bramó con la mandíbula apretada. El moreno se giró hacia él. Sus ojos verdes mostraron sorpresa durante una fracción de segundo, y luego arqueó una ceja con agudeza—. Hyde siempre se va a almorzar a esta hora.

—¿Y cuando vuelve?

Tragó nerviosamente al escuchar el timbre grave y bajo del otro. Era... vibrante.

—¿Tengo cara de ser su secretaria?

Su tono áspero no impidió que Potter riese, avanzando hacia su mesa para inclinarse sobre ella, casi sentándose en el borde.

—No sabía que trabajabas aquí.

—Y yo no sabía que habían abierto las puertas del infierno y te habían dejado salir.

La risa del moreno se hizo más sonora y resonó entre el silencio de la estancia. Se removió incómodo cuando se dio cuenta de que algunos de sus compañeros les miraban curiosos. Agarró su pluma y el siguiente pergamino, y se esforzó en leer lo que ponía.

—¿Cómo has acabado aquí, de todos modos?

Rodó los ojos, leyendo por segunda vez el nombre del infractor.

—Me ofrecieron el puesto y lo acepté —contestó secamente.

Esa era la historia simplificada. La realidad había sido que Draco había postulado para un puesto de Inefable solo porque sabía que iba a ser difícil que le admitiesen. Pero era precisamente eso lo que le gustaba: saber que iba a ser difícil, que tendría que ser el mejor. Quería probarse a sí mismo, quería pertenecer a esa escasa elite en el Ministerio, poder mirar a su alrededor y decir: lo he conseguido por mis propios méritos. Su padre no había estado del todo de acuerdo, pero la posición determinante de Draco le había dicho que no tenía nada que rebatirle a su hijo.

Así que había estado estudiando día y noche durante meses y al final había conseguido aprobar el examen con la mayor nota de todas. Su regocijo había sido tan grande cuando había recibido aquella carta del Departamento de Misterios diciéndole que querían hacerle una entrevista personal. Los exámenes eran anónimos, y sabía que uno de los requisitos era ser entrevistado antes de contratarle. Por un momento se vio con su sueño alcanzado, pero entonces llegó el día de la entrevista. Ni si quiera recordaba el nombre del hombre, pero su cara de disgusto se le había grabado en la memoria. Desde que entró en aquel despacho, supo que daba igual que hubiera sido el mejor de todos, porque su apellido estaba manchado y su antebrazo estaba marcado. Dos semanas después había recibido otra carta donde le decían que, a pesar de sus alta calificaciones, no estaba preparado para ser Inefable. Aun así, no quería dejar escapar a potencial, y le habían ofrecido un puesto en el Departamento del Uso Incorrecto de la Magia. Su primera respuesta había sido rechazar el puesto, pero se dio cuenta de que si no trabajaba allí, no tendría ningún sitio al que ir. Sus amigos había encontrado sus propias ocupaciones, habían empezado relaciones sentimentales, habían viajado, avanzaban, mientras él se iba a quedar estancado. Quería salir de la Mansión Malfoy, quería obtener sus propios logros, quería mejorarse a sí mismo, y para ello tenía que trabajar, dejar de depender de sus padres y labrarse su propio camino.

Y por eso había llegado hasta allí, en ese trabajo de mierda.

Al menos le daba para subsistir y pagar su propio alquiler en el mundo muggle. Estaba orgulloso de decir que todo lo que tenía lo había adquirido bajo su esfuerzo, sin necesidad de acudir a las arcas de la familia Malfoy ni una sola vez.

—Interesante.

Parpadeó, saliendo de su ensoñación. Su mano se había quedado a medio camino de escribir algo con su pluma.

—¿El qué? —preguntó.

Estaba tan aturdido que se había olvidado de poner su tono tosco y había dejado que su curiosidad saliese a flote. Potter sonrió enigmático pero no contestó. En cambio sacó algo de uno de los bolsillos de su túnica, que luego reconoció como un cigarrillo y lo encendió con un chasquido de dedos a la vez que un tempus flotaba sobre su cabeza. Draco se tensó en su asiento, con la respiración acelerándose un poco. Había hecho dos hechizos no-verbales a la vez, sin varita. Dos malditos hechizos. Se relamió, observando con cuidado como Potter exhalaba el humo por la boca. A Draco siempre le había gustado el poder y el moreno acaba de realizar algo que demostraba una destreza mágica digna de enmarcar y exponer en un museo.

Algo se encendió dentro de él.

—Disculpe la tardanza, señor Potter.

Parpadeó, saliendo de su ensoñación al ver a su jefe allí, sudando y jadeando porque seguramente había venido corriendo. Se arrepintió de inmediato por haberse dejado llevar y haber estado mirando a Potter como una de esas admiradoras que le pedían autógrafos y fotografías. No iba a dejar que le afectase, no dejaría que Potter se metiese bajo su piel otra vez.

—No se preocupe.

—¿Necesita algo? —le preguntó Hyde mientras le conducía a su oficina—. Malfoy, tráenos dos cafés.

Si las miradas matasen, su jefe ya estaría bajo tierra.

—No hace falta —intervino Potter—. Estoy seguro de que Malfoy prefiere terminar con su trabajo. Además, no me gusta el café.

Si hubiera sido otra persona, se lo hubiera agradecido. Pero se trataba de Harry Potter, así que se limitó a fulminarle con la mirada, cosa que el moreno ignoró olímpicamente.

—Sí, sí, por supuesto. Pase, por favor.

Chasqueó la lengua. Nunca habría pensado que Hyde iba a ser tan lameculos.

Draco fue incapaz de relajarse durante los siguientes minutos. Su pierna rebotaba incesantemente hacia arriba y abajo, los sonidos a su alrededor habían empezado a molestarle y su cuerpo estaba incómodo ahí sentado. Se sobresaltó cuando la puerta a su lado se abrió. Potter se fue igual que había venido: a paso firme y con un aire impávido a su alrededor. Ni si quiera le dirigió una segunda mirada a Draco, y se dijo a sí mismo que debía sentirse aliviado por eso.

El resto del día se lo pasó estresado, con un cúmulo de nervios en el estómago que le hizo estar en tensión hora tras hora. Apenas pudo dormir esa noche, y a la mañana siguiente pensó en lo ridículo que estaba siendo. Solo era Potter, su antiguo compañero de colegio. Había tenido una conversación con él y no había muerto, que ya era bastante. Ahora solo tenía que ignorarle y centrarse en su trabajo.

Aunque debía haber adivinado que nada sería tan sencillo cuando se trataba del niño-qué-vivió.

Una mañana después se encontró con un regalo sobre su escritorio. Era rectangular, plano y estaba envuelto en un elegante papel dorado. Lo miró durante unos segundos, mientras se sentaba en su silla y dejaba su café sobre la mesa. No había recibido un regalo de un compañero de trabajo ni por su cumpleaños, así que no tenía que ser muy intuitivo para saber de quién era. Se planteó devolverlo sin ni si quiera abrirlo, pero la curiosidad se arremolinó dentro de su cuerpo, junto con los nervios que habían permanecido con él desde ayer.

Alargó la mano y despegó el papel con mucho cuidado. Draco reconoció la caja en cuanto la vio. Eran unas caras y deliciosas trufas de chocolate importadas desde Bélgica. Recordaba que su madre siempre se las compraba y se las enviaba a Hogwarts cuando se acercaba navidad. Potter debía haberse fijado en eso porque hacía años que habían dejado de venderlas, por lo que debía haberlas encargado específicamente.

Respiró hondo, notando como su corazón latía cálidamente. Tenía que admitir que era un bonito detalle, pero no podía aceptarlo. No cuando el regalo venía de Potter. Sus ojos cayeron sobre un pequeño papel doblado en una de las esquinas de la caja. Lo cogió con el pulso tembloroso.

"Me alegro de haberte encontrado"

Negó con la cabeza, dejando la nota bruscamente sobre la mesa. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué lo decía como si hubiera estado buscándole? Su nerviosismo se convirtió rápidamente en ira. No sabía qué pretendía Potter, pero no iba a dejarle salirse con la suya.

Cogió su varita con decisión para envolver el regalo de nuevo y se levantó para encaminarse enfurecido hacia el despecho del moreno. Azotó las puertas de la Oficina de Aurores y siguió su recorrido hasta llegar al despacho del moreno. Le recibió una mujer de avanzada edad, la cual estaba sentada en un gran escritorio. Su cabello oscuro se clareaba por las canas y sus gafas caídas le daba un aire de suspicacia. Supuso que era su secretaria.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Quiero ver a Potter.

Más bien quería hechizarle, pegarle incluso.

—Ahora mismo el señor Potter no se encuentra en su oficina. Si quiere reunirse con el, deberá pedir un cita...

—Da igual —interrumpió con un además, dejando la caja encima de la mesa de la mujer—. Solo encárguese de devolverle esto.

—Oh, está bien. ¿Quiere que le deje algún recado?

Pensó en negar, pero luego asintió con una sonrisa angelical.

—Sí —dijo dulcemente—, dígale que se lo meta por el culo.

La mujer boqueó mirándole espantada, lo que le hizo sentirse un poco mejor consigo mismo. Reanudó su andar hacia su departamento, y se sentó otra vez en su silla con un suspiro cansado. Cogió un memorándum y escribió una única palabra:

"Olvídame"

Dio un par de golpes con su varita por encima de la nota, convirtiéndolo en un avión de papel que voló rápidamente hacia su destino. Esperaba que Potter captase el mensaje, porque más claro no podía ser.

Cuanto más lejos de él, mejor.


Acabo de darme cuenta de que tenía esto escrito desde agosto del año pasado y ni lo recordaba jajaja

Lo siento, de verdad. Pero la buena noticia es que ya he terminado "Áureo" y voy a centrarme por completo en esta historia con la que estoy súper emocionada.

Solo espero que me perdonéis por la espera y que os haya gustado este primer encuentro entre Harry y Draco.

¡Nos leemos!