Capítulo 3:

Recuerdos enfrascados

Se removió sobre el sofá, sin poder encontrar una postura cómoda. Leyó otra vez el párrafo del libro y aún así, no logró entender nada. Resopló hastiado, dándose por vencido y dejando el libro encima de la mesa de café, para luego recostarse del todo. Su mente era incapaz de concentrarse, y no entendía porqué. No había ningún motivo para que estuviera tan disperso. Había sido una semana tranquila, llena de rutina y aburrimiento.

Entonces, ¿por qué se sentía tan intranquilo y, en cierto modo, vacío? Tenía misma sensación que cuando Potter lo había rechazado a los once.

Cerró los ojos con fuerza, frotándose la cara. Tenía que dejar de pensar en él, pero era incapaz. Su mente se desplazaba una y otra vez hacia la figura del moreno sin poder evitarlo. Pero siempre había sido así, ¿no? Potter había sido una constante en su vida desde que lo había conocido en aquella tienda. Siempre estaban uno en la sombra del otro. Excepto cuando el-niño-que-vivió había decidido desaparecer del mapa, y Draco había pensado que su fijación se había extinguido con él. Pero sabía que no era así.

Se levantó del sofá para dirigirse hacia su habitación. Solo tenía que abrir el tercer cajón de su cómoda para saber que el moreno, de una forma u otra, siempre había estado presente en su vida.

Dio un par de golpes con su varita y un compartimento camuflado se hizo visible. Cogió el pensadero que había dentro, junto con tres viales, cada uno de ellos con un recuerdo dentro. Esa era la prueba visible de que no había podido olvidar a Harry. Tal vez, había una parte recóndita de él —en la que prefería no pensar—, que no había querido olvidarle.

Quizás si se rendía un poco, ahí en la soledad de su casa, su mente por fin le dejaría descansar.

Miró los viales, soltando un suspiro tembloroso. Sabía perfectamente los recuerdos que contenían, los había visto tantas veces que había perdido la cuenta. Hubo un tiempo en el que podría haber admitido que se había obsesionado un poco con ellos.

El primer frasco era el recuerdo que tenía de Potter y aquella fatídica noche que lo había encontrado en una aula de desuso con un chico atado a la mesa y susurrando su nombre en un desliz. La noche en la que algo dentro de él se había removido.

Se estremeció sin querer. Podía notar como su pulso empezaba a acelerarse. No quería pensar en lo bien que sonaba su nombre en la boca de Potter, así que mordió su labio inferior, ignoró ese recuerdo y agarró el vial de al lado para vaciarlo en el pensadero. Dudó durante unos segundos mientras miraba el hilo plateado flotando, pero decidió sumergirse en el recuerdo antes de poder arrepentirse.

Un conjunto de imágenes se arremolinó a su alrededor antes de que la oscuridad lo envolviese. Estaba en uno de los pasillos de Hogwarts, en el quinto piso, de noche y en completo silencio. Pasaron exactamente siete segundos hasta que su "yo" adolescente hizo acto de presencia. Sostenía la Mano de Gloria mientras que con su varita mantenía un muffliato para que nadie lo escuchase. Únicamente era capaz de ver su propia silueta con la poca luz que había, pero sabía que en ese entonces estaba ansioso, con la respiración superficial y la piel sudándole. Caminó siguiéndose a sí mismo cuando giró la esquina, se vio resoplar con frustración, a punto de darse por vencido, cuando un murmullo de voces se escucharon a lo lejos.

Su corazón latió acelerado como en aquel entonces, hacía casi siete años. Sintió un déjà vu al sumergirse en la oscuridad de aquel pequeño pasillo, siguiendo el murmullo de las voces con la adrenalina recorriendo sus venas. Vio su propio cuerpo pegándose contra la pared para mantenerse escondido, pero en ese instante, mientras se miraba a sí mismo, parecía que necesitase algo en lo que aferrarse.

Era curioso, porque todas y cada una de las veces que se había sumergido en aquel recuerdo, había admirado a Harry metido otra vez en aquella aula en desuso, había mirado su cuerpo, su expresión, su manera de hablar y había estudiado a Anthony Goldstein, el chico que le acompañaba. Lo había retenido todo con sumo cuidado en aquel vial, pero nunca se había fijado en él, en el Draco de dieciséis años que observaba la escena.

Estaba tenso, expectante, con la boca entreabierta. Parecía que estaba jadeando y, Merlín, sus ojos brillaban como si estuviera aterrorizado o emocionado por algo. Casi se sorprendo al verse, porque no había recordado sentirse así en aquel momento. Estaba tan centrado en contemplar Potter, que se había olvidado de sus propios sentimientos.

—Harry, por favor.

Era Goldstein. No le estaba mirando, pero sabía que el chico estaba frente a Potter, suplicándole con la mirada. La puerta estaba totalmente abierta en esa ocasión, así que Draco tenía una visión completa de lo que sucedía allí, mientras se pegaba a una columna para ocultarse.

—Anthony, déjalo. No sigas.

—Por favor.

—No.

—Harry —lloriqueó—, no me dejes. Mira... me da igual que te guste Malfoy, no me importa. Fóllame imaginando que soy él si quieres.

—Por amor a Merlín —exclamó el moreno—, ¿te estás escuchando? Tú mismo lo dijiste ayer, es humillante.

—Ayer me sorprendió, pero hoy le he estado pensando y puedo soportarlo. Además, esto es lo que te gusta, ¿no? Humillar...

—No así. No lo entiendes y no voy a continuar con esto, en serio.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Es por Malfoy? ¿Estás... estás enamorado de él?

Draco había memorizado el rostro serio de Potter, sus ojos verdes entrecerrados y esa actitud firme. Sabía que estaba apoyado en un viejo escritorio, con los brazos cruzados sobre su pecho y mirando a Goldstein como si estuviera perdiendo la paciencia. Había algo, en todo ese ambiente a su alrededor, que agitaba a Draco.

—No es de tu incumbencia —contestó fríamente—, pero no, no estoy enamorado de él. Y para que te quede claro, si no quiero seguir con esto es, precisamente, porque no voy a follarte pensando en otro. Tuve un desliz, lo siento por ello y no quiero que se repita.

Hubo un silencio pesado, y luego un lloriqueo. Anthony enterró su rostro contra sus manos y se lamentó. Luego se puso de pie, y salió del aula con la cabeza gacha. Potter suspiró sonoramente, y se quedó allí por lo que parecieron siglos. No se movió, simplemente dejó que su mirada vagase por todo él aula, hasta que sacó un pergamino de su túnica. No sabía que era lo que contenía, pero el moreno levantó la vista apenas unos segundos después, acercándose a la entrada del aula con la varita en alto.

Su pulso se aceleró como en aquel entonces, y su respiración se enganchó en su garganta cuando le escuchó murmurar:

Lumos —la luz le apuntó directamente. Sabía que en ese entonces se había encontrado aterrorizado de ser descubierto bajo los intensos ojos de Potter—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

—Podría preguntarte lo mismo —contestó, sin dejarse amedrentar.

Sabia que el moreno se apoyaría en el marco de la puerta, y bajaría su varita manteniendo el hechizo para iluminar el pasillo, que alzaría una ceja suspicaz y le sonreiría torcidamente. Pero en ese momento no miró a Harry, sino que se concentró en sí mismo. Estaba sudando, con la espalda apoyada en la pared, sosteniendo la Mano de Gloria con pulso tembloroso. Sabía que sus mejillas estaban coloreadas porque recordaba haber sentido un calor asfixiante en aquel entonces. Y se dio cuenta en ese instante, después de tantos años, de que precia casi... emocionado. Feliz, incluso.

—No debería inmiscuirte en asuntos que no son tuyos, Malfoy.

—¿O qué? ¿Me atarás y me follarás? —increpó.

—Tal vez debería azotarte también.

Vio a su versión más joven jadear, abriendo los ojos. La gente que no lo conocía no sería capaz de apreciarlo, pero Draco lo pudo ver con claridad en su propio rostro de adolescente: estaba emocionado, excitado. Como si las palabras de Harry le hubieran encendido.

—Ya te gustaría —le dijo, antes de salir huyendo.

El recuerdo se extinguió. Draco sacó su rostro del pensadero jadeando por aire. El recuerdo le había dejado un mar de dudas en su mente. No sabía cómo no se había dado cuenta de sus propios sentimientos en aquel entonces. Sabía que Harry había sido su precursor, que si no hubiera sido por el, Draco jamás habría explorado sus límites hasta tal punto, pero nunca hubiera imaginado que le afectaría de tal forma. Se equivocaba, al parecer. Su curiosidad despertó después de aquella noche y, cuando la guerra pasó y Draco ya no tenía que cumplir las expectativas de nadie, decidió explorar esa curiosidad. Fue culpa de lo que vio aquella noche, fue culpa de Potter que Draco descubriese sus preferencias.

Y luego los límites se habían roto y Draco ya no había vuelto a sentirse seguro con nadie. Y, aunque no había sido Potter quien había sobrepasado esos límites, no podía echarle algo de la culpa.

Soltó un suspiro, observando el tercer vial que quedaba. Ese era el recuerdo que menos le gustaba rememorar pero que había decidido guardar de todas formas. Cogió el vial con pulso tembloroso y lo vertió en el pensadero. Tragó grueso, respiró profundamente y se metió en el recuerdo.

No miró a su alrededor para ver el escenario cuando se materializó. Sabía que volvía a estar en Hogwarts, en uno de las escaleras hacia el segundo piso. Sus padres se encontraban en el Gran Salón, donde los supervivientes curaban sus heridas y lloraban sus pérdidas. En las paredes podían verse la huellas de los hechizos y las maldiciones y había un zumbido eléctrico de magia subyacente en todo el lugar.

Draco se dirigió hacia una de las estatuas del pasillo junto con su "yo" de ese entonces. Encontró a Potter apoyado en una de las paredes, al lado de una estatua a medio derruir. Tenía los hombros encorvados y la mirada fija en el suelo, su cabello caía revuelto y había suciedad y sangre por toda su ropa. Se acercó a él sigilosamente, aunque el silencio que reinaba en el lugar le delató rápidamente.

—¿Qué quieres? —la voz del moreno era cansada y sus ojos solo mostraban una desazón enorme.

Recordaba que en ese momento pensó en el cuerpo de uno de los gemelos Weasley, el del profesor Lupin y de Colin Creevey en el suelo del Gran Salón. Pensó, también, en que él podría haber sido uno de ellos si Harry no le hubiera salvado la vida dos veces aquella noche.

—Gracias —dijo en voz tan baja que si no fuera por el silencio que había no se hubiera escuchado a sí mismo—, y lo siento.

Potter exhaló, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Draco aprovechó ese momento para dar un par de pasos hacia delante con cautela para acercarse al otro.

Observó su propio recuerdo desde la distancia.

Se había detenido a un metro del moreno, pero en aquel entonces le había parecido que estaban mucho más cerca. Casi podía sentir, después de tanto tiempo, que su pulso se aceleraba y su respiración se volvía superficial. No quería acercarse a la escena porque sabía que iba a pasar ahora.

—Deberías irte —murmuró Potter.

—Me van a enviar a Azkaban.

Dicho así, y viéndolo desde fuera, parecía sólo un comentario simple de los acontecimientos que iban a suceder. Sí, los Malfoy iban a ir a Azkaban, tanto su padre como él mismo por ser Mortífagos y su madre por encubrimiento de varios delitos y uso de magia oscura. Había tenido mucho tiempo para asumir que iba a pasarle tanto si ganaba Voldemort como si no lo hacía, y su familia no iba a salir beneficiada en ningún caso.

Y ahí, frente a Potter, se había dado cuenta de que el momento había llegado y se sintió vacío. En su mente, la afirmación de que estaba a punto de ser arrestado por los Aurores solo había sido una excusa para acortar la distancia con Harry y juntar sus labios. Había sido un beso casto y torpe, demasiado brusco y corto. Draco observó cómo el Potter adolescente se quedaba rígido contra la pared, con los ojos abiertos y las manos cerradas en puños. Había notado su sorpresa en que momento y por eso se había separado con rapidez a propósito.

Harry le había mirado asombrado, con la boca firmemente cerrada y el pecho subiendo y bajando con fuerza. Supuso que fue precisamente por ese aturdimiento que Potter no sacó su varita cuando Draco le apuntó directamente con la suya.

Obliviate.

El rostro del moreno pasó de la sorpresa a una neutralidad confusa. Draco guardó su varita y caminó por el pasillo a paso ligero, dirigiéndose hacia el Gran Salón, a esperar a que lo arrestasen.

Lo último que vio, antes de que el recuerdo se desvaneciese, fueron los ojos verdes de Potter fijos en su persona.


Draco estaba en camino de beberse una botella entera de vino cuando sonó el timbre de su casa. Gruñó y volvió a llenarse la copa vacía que sostenía en la mano, dispuesto a ignorar a cualquier persona que quisiera perturbar su tranquilidad. El timbre sonó una segunda vez y el rubio se levantó, con la copa en la mano y su varita en la otra porque si era Blaise iba a hechizarle hasta las uñas de los pies.

No era Blaise, sino Aaron.

—¿Esperabas a alguien más? —preguntó el chico, mirando entre él y su varita.

Frunció el ceño, a la vez que bajaba el brazo y daba una paso hacia atrás para dejar entrar al otro.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Habíamos quedado para cenar.

—Oh —farfulló. Balanceó su copa, con el vino tinto agitándose peligrosamente hacia el borde—, lo había olvidado.

—¿Draco Malfoy olvidando algo? —se burló Aaron. Su mirada se tornó divertida al ver que iba en serio— Creo que esto es un hito.

—Sí, ya —camino de vuelta al salón, decidiendo que no iba a beber más—. ¿Podemos pedir algo para cenar aquí? No tengo ganas de ir a ningún sitio.

—Claro.

Pidió comida china y después volvió a sentarse en su sofá, con las piernas sobre la mesa de café y la cabeza dándole ligeras vueltas por el alcohol.

—¿Como te ha ido el día? —preguntó.

Aaron empezó a hablar de cosas que muchas veces no tenían sentido y Draco dejó de escuchar mientras reflexionaba que tal vez había sido demasiado precipitado dejar el vino.

Había conocido a Aaron Jensen mientras esperaba a hacer su entrevista para ser Inefable. Se habían sentado en la sala de espera junto a otros candidatos. Aaron había estado nervioso y no había parado de hablar en todo momento, crispándome los nervios. Había agradecido al cielo que el chico entrase al despacho a hacer la entrevista ya que fueron treinta minutos de silencio y paz, y se alegró todavía más de que su turno llegase inmediatamente después. No se alegró tanto de que Aaron le estuviese esperando a la salida, pero le había ofrecido un café por haber sido un poco insoportable y Draco había aceptado porque no tenía nada mejor que hacer.

Un tiempo más tarde había sabido que Jensen sí había pasado la prueba y era un Inefable ahora. Mentiría si no dijese que le había sorprendido un poco. Aaron era Hufflepuff, un par de años mayor que él, atento, cariñoso, inteligente, dedicado,... Pansy lo llamaba inofensivo y sí, lo era. Por eso Draco mantenía esa relación sin nombre con él, donde habían sido amigos durante años y ahora se besaban y salían a citas pero nunca pasaban de ahí. A veces pensaba que a Aaron le costaba aceptar que era gay y no se atrevía a dar un paso más allá de lo que tenían.

—¿Y tú día, cómo ha estado?

Parpadeó, saliendo de su ensoñación. Volvió llenarse la copa.

—¿Sabías que Potter es el nuevo jefe del departamento? —fue lo único que dijo.

—Oh, sí —rió Aaron—. Creo que ha reorganizado toda la Oficina de Aurores.

—Solo a alguien como él le darían un puesto de alto rango después de estar cinco años desaparecido.

—Supongo que el Ministro confía en Potter —respondió el otro, encogiéndose de hombros—. Vosotros estabais en el mismo año en Hogwarts, ¿no?

—Sí, pero no nos llevábamos bien.

Agradeció que la comida llegase en ese momento porque no quería seguir con esa conversación. Ni si quiera sabía porqué había sacado el tema. Pensó que el vino sería suficiente para dejar de darle vueltas a Potter y a sus recuerdos, pero a la vista estaba de que se equivocaba.

—¿Por qué? —cuestionó Aaron cuando volvió al salón— ¿Por qué no os llevabais bien?

—Somos demasiado diferentes.

—En la época de Hogwarts, tal vez. Pero no eres ese niño ya, y puede que Potter tampoco lo sea.

Se sentó en el sofá con una caja de tallarines en la mano y no contestó, esperando que soltase el tema. Aaron nunca le había juzgado por su pasado, había accedido a conocerle como el hombre que era y no el adolescente que había sido en el colegio. Ese fue el principal factor de porqué le había permitido entrar en su vida. Habían pocas personas tan poco recelosas como Aaron y había sido agradable ver que alguien le daba una oportunidad sin pensar en su apellido o en su marca en el antebrazo.

—Hoy Becca me dijo que Collete Hitman y Denna Sean están saliendo —comentó, optando por cambiar de tema directamente

Aaron lo observó durante un par de segundos, pero al final lo dejó pasar. Se entretuvieron hablando de cotilleos mientras comían y veían la televisión. Draco le invitó a quedarse cuando terminaron, e intentó no sentirse muy aliviado cuando el chico negó y le dijo que prefería irse a su casa. Se despidieron con un beso casto y una promesa de verse en unos días.

Agitó su varita para recoger los restos de la cena y se fue a dormir. Miró el tercer cajón de su cómoda, donde guardaba los recuerdos. Tenía que deshacerse de ellos. No era sano tenerlo allí, y menos que ahora tenía a Potter de vuelta en su vida.

Mañana, pensó.

Mañana se desharía de ellos.


¡Hoooooooola pajaritos sin cola!

No sé qué me ha pasado. Tal vez es porque he merendado un plátano y el potasio se me ha subido al cerebro porque me he puesto a trazar una línea argumental para esta historia y me han salido 30 capítulos de la nada. Y eso, viniendo de mi, es un logro.

Ahora solo me falta escribirlos... Ja. Ja. Ja.

La verdad es que estoy muy emocionada. No sé nada sobre BDSM y cada vez que escribo un lemon me siento incómoda pero oye, voy a intentarlo y por mis sagrados ovarios que termino esto. Por cierto, he cambiado la portada de la historia. Estoy en todo lo alto. Solo digo que todo subidón tiene un bajón, así que voy a empezar a pedir disculpas de antemano cuando estéis un par de semanas sin saber de mí porque mi cerebro se haya puesto a hibernar como hace cada dos segundos.

En fin.

¡Nos leemos seguro la semana que viene porque ya tengo escrito el siguiente capítulo!

(Sí, ya dije que estoy en todo lo alto. A ver cuánto me dura).