Capítulo 4

Cuestión de suerte

En el Departamento de Seguridad Mágica había siete tipos de memorándum distinguidos por colores: los amarillos los usaban ellos en la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia, los naranjas eran para los Servicios de Administración del Wizengamot, los azules para la Oficina de Aurores, los violetas eran interdepartamentales, los verdes estaban destinados a las urgencias, los rosas para las citaciones y sólo te podía llegar uno de color rojo cuando habías cometida una falta y estabas al borde del despido.

A su jefe le había llegado un memorándum rojo unos días antes y eso había significado tener a Lawler de mal humor desde entonces. Se había dedicado a gritar, ordenar y despreciar a todo el mundo. Un chico de la fila de atrás había dimitido esa mañana y Charlotte Meave había sido despedida el día anterior por levantarse para ir al baño. Draco tampoco se había librado de su genio. Su pila de pergaminos seguía siendo más alta que la de los demás y, sin poder distribuirla entre sus compañeros, había tenido que trabajar más que nadie para poder irse a casa sin una broca por parte de su jefe.

Se estiró por completo cuando terminó con su último expediente y aprovechó que Lawler había entrado en su despacho para recoger sus cosa e irse casa. Tenía los hombros resentidos, apenas sentía los dedos, le dolía toda la espalda por estar encorvado y las rodillas de pasarse tantas horas seguidas sentado. Se encaminó hacia el ascensor, pensando en el increíble baño y la taza de té que iba a tomarse en cuanto llegase a casa. Tal vez debería hacer caso a los demás, y añadir su firma a la petición de queja que estaban redactando sus compañeros para despedir a Lawler.

Concluyó que la suerte no era parte de su vida cuando al llegar al ascensor, se encontró a la única persona que quería evitar en ese momento.

—Potter —saludó, con voz cansada.

—Malfoy.

Soltó un suspiro y se quedó de pie a un distancia prudente mientras esperaba. Las puertas del elevador se abrieron y una voz anunció el departamento en el que estaban. El moreno no se movió del sitio y entendió que estaba esperando a que él entrase primero, así que sus posibilidades de esperar a otro ascensor se extinguieron en ese momento. Estaba demasiado agotado como para discutir si entrar o no, con lo que dio un par de pasos y se metió en el cubículo.

—¿Vas al Atrio?

—Sí —respondió.

Había pensado que sería más fácil subir e ir a la zona de aparición directamente a casa en vez de utilizar una chimenea y luego caminar. Ahora, mientras Potter se colocaba demasiado cerca de él, empezaba a dudar que fuese una buena idea.

—¿Qué haces tan tarde en la oficina?

Draco parpadeó, le envío una mirada de soslayo al otro y resopló. Encontró una genuina curiosidad en los ojos verdes, lo cual le hizo sentirse algo receloso. Potter nunca le miraba con curiosidad. Normalmente había sospecha, acusación, rabia o odio, pero nunca solo curiosidad.

Se preguntó si Aaron tenía razón, y el moreno había cambiado. Desechó el pensamiento de inmediato.

—Mi jefe ha estado insoportable desde que le enviaste el memorándum rojo.

Escuchó que hacía un ruido no comprometido y le vio asentir con la cabeza.

Había supuesto que el dichoso memorándum que les había hecho la vida imposible a todos venía de Potter, porque esos mensajes sólo los podía enviar un superior y él era el único por encima de Lawler o de cualquier otro encargado de una oficina.

—Estoy pensando en despedirle —admitió—. Esa oficina no necesita un supervisor y tener a Lawler es peor que tener a nadie.

Abrió la boca para decirle que le despidiese lo antes posible o media oficina dimitiría, pero se vio interrumpido cuando el ascensor se detuvo con un golpe seco que le hizo agarrarse a una de las tiras del techo para evitar tropezar.

No estaba en el atrio y dudaba que estuvieran en algún lado, ya que delante de ellos solo se veía lo que parecía una enorme oscuridad.

—¿Qué has hecho? —acusó, frunciendo el ceño.

—¿Por qué crees que he hecho algo?

Porque era Potter, pensó. Abrió la boca para decírselo.

—Porque... —un chillido hizo eco desde la oscuridad. Draco sacó su varita y dio un paso atrás de manera automática—. ¿Qué ha sido eso?

Parecía un sonido de algún tipo de pájaro, aunque por lo fuerte que había sonado, el pájaro debía ser enorme.

—Protego —Potter no tenía su varita a la vista, sino que había lanzado el hechizo con su mano izquierda abierta y era tan potente que podía ver el grosor del escudo. Parpadeó con algo de asombro mal disimulado y luego se giró hacia el moreno cuando extendió su brazo derecho, esta vez con su varita—. Expecto Patronum.

El escudo ni si quiera se tambaleó mientras un ciervo brillante se materializó frente a ellos. Escuchó que Harry decía algo, pero estaba demasiado ocupado notando como su piel se erizaba con tal despliegue de magia como para preocuparse de ello. Volvió en sí cuando el ciervo desapareció y el chillido se escuchó de nuevo.

—¿A dónde lo has enviado? —preguntó. Se alegró de que su voz sonase mínimamente aburrida.

—A la Oficina de Mantenimiento Mágico.

Draco asintió. Bien podría haberle dicho que había resucitado a Voldemort que le habría dado igual. En ese instante, estaba más entretenido en observar el rostro concentrado de Potter, quien miraba atentamente hacia el frente, con las cejas surcadas y los labios apretados. Notó que no llevaba gafas y se preguntó cuando las había dejado atrás. Se dio cuenta también que llevaba su habitual túnica burdeos, que tenía unos finísimos ribetes en sus costados y que aparentaba ser dos tallas menos de la necesaria porque se veía bastante ceñida en sus hombros y en su cintura. Se arrepintió de respirar profundo cuando se dio cuenta de que Harry olía como debía oler el cielo después de un orgasmo.

Sus pensamientos se cortaron al ver un patronus en forma de zorro aparecer en el ascensor.

—Los sentimos, en este momento está paralizado el servicio debido a un inconveniente en el Departamento de Misterios. Intentaremos reanudar la red lo antes posible. Para su seguridad, activamos los pabellones de emergencia. Atentamente, Oficina de Mantenimiento Mágico.

Draco percibió la magia de los pabellones a su alrededor y supuso que Potter también lo había notado porque dejó caer su escudo, aunque no guardó su varita. Soltó un suspiro exasperado y se cruzó de brazos. Solo quería irse a casa y descansar, no estar encerrado en un pequeño espacio con un hombre peligrosamente atractivo y poderoso. Era una maldita pesadilla.

—¿Te importa si fumo?

Se encogió de hombros. Era mucho mejor para su salud mental oler a humo que a la colonia de Harry.

—Haz lo que quieras.

Le vio sacar un cigarrillo y, al contrario que la primera vez, en esta ocasión ni siquiera chasqueó los dedos para encenderlo, sino que al inhalar, ya estaba encendido.

Draco le odió un poco más.

Mantuvo su atención hacia el frente, aunque no había nada que ver allí, ignorando el sensación de sentirse observado. Notaba los ojos de Potter sobre él, pero se negaba a hacerle caso. Solo tenía que esperar hasta que el elevador volviese a funcionar y entonces podría encerrarse en la seguridad de su casa.

—¿Siempre estás tan tenso?

—Estoy encerrado en un ascensor contigo —espetó—. Discúlpame si no es mi plan ideal.

Hubo un silencio que a Draco le incomodó. Miró hacia al lado a regañadientes, solo para encontrar la expresión atenta del otro sobre él. Agitó la mano y el cigarrillo desapareció.

—¿Estarías menos tenso si en vez de estar encerrado conmigo, estuvieses cenando conmigo?

Su corazón golpeó en su pecho como si quiera romperle el tórax. Se preguntó si había escuchado bien y luego observó el semblante entre divertido y expectante del otro.

—¿Qué? —preguntó.

Posiblemente se había desmayado en su escritorio, tal vez incluso estaba en San Mungo, ya que no entendía en qué situación paralela Harry Potter le estaría invitando a salir.

—Que si quieres venir a cenar conmigo.

Al menos ahora estaba seguro de que había escuchado bien.

—¿Por qué?

Entrecerró los ojos. El ascensor se agitó e inmediatamente volvió a moverse. Draco negó con la cabeza, sin entender todavía la absurda situación. ¿Cuando su trayecto a casa se había convertido en esto?

—Porque me apetece.

—Nos odiamos —dijo. Y eso debía ser argumento suficiente para que Potter viese que su invitación era un disparate.

—Yo no te odio, ciertamente.

Intentó no estremecerse ante ese tono que dejaba entrever que había algo que no le estaba contando.

—Yo a ti sí.

—¿Cómo puedes odiarme si no me conoces?

Draco estaba perdiendo la paciencia. Respiró hondo, haciendo acopio de toda su serenidad.

—Creo que se te olvida los siete años que pasamos discutiendo —replicó, irritado.

—Dejé atrás Hogwarts hace años.

La voz del elevador anunció que ya había llegado al Atrio. Su interior le dijo que saliese corriendo de allí, pero se esforzó en aparentar que sus nervios no estaban al límite.

—No quiero salir contigo ni a cenar, ni a ningún otro sitio —contestó tajantemente.

Abandonó el cubículo sin mirar atrás y caminó a paso rápido hacia el punto de aparición.

Cuando llegó a su casa, se dio cuenta de que todo su cuerpo temblaba.


El pub estaba abarrotado y había un ruido tedioso de fondo por la música y todas las conversaciones que se escuchaban a la vez, por eso agradeció sentarse en la mesa y que un silencio le cubriese los oídos.

—Deberíamos cambiar de local —dijo, haciéndole señas al camarero para que se acercase.

Astoria, sentada a su lado, rodó los ojos mientras bebía lo que parecía ser un gin-tonic. Pansy en cambio, continuó mirando sus uñas esmaltadas de rojo como si fuesen más importantes que Draco. Probablemente lo eran. Había visto a su amiga maldecir a gente por romperle una uña.

—Siempre dices lo mismo pero nunca sugieres otro sitio —replicó Parkinson.

—¿Dónde está Theo?

—En su elegante despacho de abogados.

De todos ellos, Theodore era el único que se podía decir que tenía un empleo digno. Había estudiado derecho en Manchester, había sido contratado por el Wizengamot poco después y había estado allí hasta que pudo abrir su propio despacho. Pansy, en cambio, trabajaba en la Oficina de Realojamiento de Elfos Domésticos, —un puesto casi tan malo como el de Draco— y Astoria llevaba dos años intentando que sus padres le abriesen una tienda de ropa en el Callejón Diagon.

—¿Y Blaise? —preguntó.

—Justo detrás de ti.

Se dio la vuelta para ver a Zabini caminar entre la gente, vestido con unos pantalones ajustados y una camisa de color claro casi sin abotonar. Parecía que acabase de tener sexo en un baño. Lo cual no sería de extrañar, viniendo de él.

—Chicos —saludó cuando llegó hasta ellos, tomando asiento al lado de Pansy—, estoy de luto.

Los tres se quedaron mirándole extrañados. El camarero los interrumpió y Blaise se tomó la libertad de pedir whisky de fuego para los cuatro. Cuando uno de ellos "estaba de luto" significaba que había roto con su pareja, así que iban a necesitar algo fuerte de beber.

—¿Qué ha pasado con Paul?

—Me he dado cuenta de que no soy un Veela pero tengo alas y tener pareja es como estar enjaulado —explicó.

—¿Esa es tu manera de justificar que eres un promiscuo? —rió Pansy— Ni siquiera te ha durado dos semanas.

—No soy promiscuo, es solo que mi mente es demasiado liberal para algunos.

Se carcajearon sin poder evitarlo. Todos tenían la creencia de que Blaise iba a seguir los pasos de su madre e iría de matrimonio en matrimonio para ser un "alma independiente", —como a él le gustaba llamarle— con mucho dinero en Gringotts.

—No puedo creer que hayas dejado a Paul. Ahora ya no tendremos entradas gratis para el quidditch.

Draco asintió mientras recibía su bebida. Que su amigo estuviese liado con un jugador de los Tornados de Tutshill siempre era una ventaja.

—Lo realmente malo es que ahora ya no tengo a nadie que caliente mi cama.

—Cariño —murmuró Astoria, divertida—, tu cama es como una playa en pleno verano; siempre está llena de gente.

—Y es gratuita —añadió él.

La chica rió y elevó su vaso para celebrar un pequeño brindis. Blaise, en cambio, le fulminó con la mirada y le señaló acusador.

—Tú no puedes hablar. Tu culo debe haber vuelto a ser virgen porque tu única actividad sexual te la da tu mano.

—Eso es verdad —apoyó la morena—, deberías dejar la relación que tienes con el blandito ese y buscarte a un hombre que te empotre y...

—Pansy —interrumpió—, me ha quedado claro tu punto. Y estoy bien así. Ya tengo suficiente con mi jefe y con Potter, como para buscarme una relación que me de más problemas.

—¿Con Potter?

Draco parpadeó durante un segundo, con el vaso de whisky a medio camino de su boca y repasó mentalmente lo que acababa de decir. Mierda.

—¿No lo sabes? —exclamó Pansy, como si acabase de escuchar un crimen. Alzó una mano y llamó al camarero, que esta vez no tardó nada en venir. Suponía que tener un vestido con un escote hasta el ombligo ayudaba bastante—. Tráeme El Profeta —pidió, luego volvió su atención a Zabini—. Potter ha vuelto a casa y no sé en qué momento, se ha vuelto un orgasmo visual.

—¿En serio?

El camarero trajo el periódico y su amiga lo desplegó y les enseñó la portada donde había una foto entera de Potter. Debía ser del día de su conferencia, porque estaba junto a Relish, con su presencia firme y bien plantada.

—Joder —murmuró Astoria, arrebatándole el diario—. Los biólogos debería criar en cautividad a hombres como él. No podemos dejar que se extingan.

Draco rodó los ojos. Tenía que admitir que la instantánea era bastante impresionante, tomada justo en el momento en el que Potter le daba la mano a su antecesor, para después elevarla hasta su cabello y pasar los dedos por sus hebras.

Apartó la mirada y se arrepintió de hacerlo porque se encontró con los ojos de Pansy, que lo observaba como si supiese que estaba ocultando algo. Esa mirada siempre significaba problemas para cualquiera.

—Una vez un vegano me dio una mamada y me dijo que no quería tragar porque no ingería nada proveniente del animal. Ni siquiera el semen —todos se quedaron mirando a Blaise con diferentes grados de perplejidad. Su amigo se encogió de hombros—. Me ha venido a la mente por lo del biólogo —añadió, como si eso explicase algo.

—¿Con qué clase de gente extraña te acuestas? —preguntó Astoria, arrugando la nariz.

—Volviendo a Potter —habló Pansy—. Apostaría lo que fuera a que debe de tenerla enorme. ¿Tú qué crees, Draco?

—¿Por qué me lo preguntas a mi?

—Porque eres el que lo tiene más cerca.

—Claro, y le meto la mano por debajo de la túnica todos los días —respondió, sarcástico.

—Yo le metería cualquier cosa —opinó Zabini, una vez que pudo ver de cerca la fotografía.

—Pero te lo habrás encontrado alguna vez, ¿no? —continuó la morena.

Sabía que no iba a levantarse esa silla hasta que ella no consiguiese hacerle escupir hasta el último de sus secretos.

—Nos hemos cruzado un par de veces.

—¿Y...?

Gruñó por lo bajo, puso los ojos en blanco y bebió un gran trago de su bebida. A veces odiaba que lo conociesen tan bien.

—Y me ha invitado a cenar —admitió.

Pansy chillo emocionada, Astoria jadeó a su lado y Blaise aplaudió orgulloso.

—¿Cuando tienes la cita?

—Nunca —respondió, tranquilamente.

—¿Qué?

—¿Cómo?

—¿Perdona?

Los tres hablaron a la vez y le observaron como si estuviera loco.

—¿Me estás diciendo que le has dicho que no a esto? —cuestionó Astoria, señalando a la imagen del diario.

—¿Soy el único que recuerda que nos llevamos mal?

—¡Eso fue hace siglos! —exclamó Parkinson— Yo quise entregarlo a Voldemort y ahora me pondría de rodillas frente a él si hiciera falta.

—¿Cuando te lo pidió? —habló Blaise.

—Hace un par de días, cuando nos quedamos encerrados en un ascensor —respondió, hundiéndose en la silla. Su cabeza empezaba a sentir un ligero mareo por el alcohol—. ¿Sabíais que es capaz de convocar un patronus a la vez que mantiene protego?

—¿Y no te lo follaste ahí mismo? —la voz de Blaise sonaba escandalizada— ¿Eres tonto?

—¡Oye!

—¿Cómo pudiste haberle rechazado? —siguió, ignorándome olímpicamente— Merlín le da pan a quien no tiene dientes.

—Solo quiero tener una vida tranquila y que Potter se olvide de mi existencia.

—Querido, eres muy ingenuo. Lo peor que puedes hacer delante de un depredador es huir y este hombre —Pansy volvió a coger El Profeta y señaló con su perfecta uña pintada la fotografía—, es un jodido león.

Le arrebató el periódico y lo arrugó para luego tirarlo debajo de la mesa. Lo hubiera desaparecido, si no empezase a sentir los estragos del whisky en su cuerpo.

—¿Podemos cambiar de tema, por favor?

Sus amigos se apiadaron de él y no volvieron a hablar de ello. Draco, en cambio, se quedó con las palabras de Pansy dando vueltas en su cabeza durante el resto de la noche.


¡Holaaa!

Ciao! Salut! Hello! Yassou! Hallo! Hej! Alô! Privyét! Ni hao! Konnichiwa! Namaste!

Annyeong haseyo!

Ahora que ya estáis saludados todxs,

Lo primero que voy a decir, antes de que se me olvide, es que dejaré aquí un link de un blog con un diccionario sexual (sí, como lo lees) relacionado con el BDSM, para que aquellos que no tengan ni idea como yo, puedan aprender.

De paso voy a dar las gracias por los mensajes que he recibido como guía en este tema, han sido de mucha ayuda.

Aquí el link (si por algún casual al publicar el capítulo no aparece el enlace, sólo tenéis que buscar en Google o cualquier buscador el blog "Lelo" e ir al apartado de BDSM):

/es/blog/sexo-diccionario-bdsm-terminos-kinkster-sumisos-dominantes/

Dicho esto... Me encanta un Harry poderoso y un Draco que se caliente en el proceso. Y los amigos entrometidos de Draco, también.

Creo que acabo de decidir que voy a meter aquí todas las fantasías, fetiches y cualquier cosa que se me ocurra jaja

¿Cómo estáis viendo la historia de momento?

Ya tengo el siguiente capítulo listo así que... ¡Hasta el viernes que viene!