Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.

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LAS COSAS DE SORA Y YAMATO

«Buenos días. ¿Dormiste bien?»

Un mensaje rutinario.

«Da tu mejor esfuerzo como siempre.»

Suele ser rutinario también.

«Y recuerda que hoy tenemos una cita.»

Un mensaje que empieza a ser rutinario. Pudiera pasar por un recordatorio del dentista pero se trata de su novia, Sora.

No es algo que haya aparecido espontáneamente. Es algo que ha ido derivando a lo largo de los meses, y por lo tanto, como cualquier comportamiento que se va instaurando gradualmente no es percibido de inmediato. Por ninguno de los dos involucrados. Por eso se sintió tan extraño. Una punzada de desconcierto, al leer un mensaje que ya casi era rutinario y sentirlo tan alejado.

Hacía tiempo que Sora no se presentaba en su casa a cualquier hora, como había hecho años atrás. También era cierto, que hacía tiempo que era difícil encontrarlo en su casa sino era para dormir. Envuelto en la universidad: asiste a diversas materias, se apunta a varios talleres, se involucra en distintos grupos, busca nuevos intereses. Dejó la música para centrarse en un futuro que todavía desconoce. Y cada vez más escorada queda su relación con Sora. La relación que empezó en la secundaria media y sobrevivió a la superior. La relación que empezó entre las ilusiones adolescentes e intenta sobrevivir entre las frustraciones adultas.

Pero es un pensamiento fugaz. Es como un escalofrío. Un mensaje que no deja secuelas inmediatas, porque ante todo es un mensaje feliz. Con esta dinámica de universidades separadas, horarios dispares y tiempo ocupado, la perspectiva de ver a la persona que ama se impone a cualquier pequeño malestar. La relación escorada durante su rutina vuelve a quedar en el centro como en aquellos días de secundaria. Los mensajes impersonales ya no importan cuando ve su sonrisa, escucha sus palabras y siente sus besos.

—¿Cuándo te viene bien la próxima?

Él aún ni ha tomado el té. Ni por supuesto se ha vestido decentemente. Sora, en cambio, ya está perfectamente arreglada. No es algo que no haga de normal cuando pasa la noche en su casa. Siempre se arregla para salir de la habitación por si está el padre de él, pero lo que sí es anormal, o por lo menos a él se lo parece en este momento, es que no se siente tranquilamente a disfrutar de su desayuno. Y sustituya su mirada por ese teléfono. Y no aproveche para hacerse unos últimos mimos si están solos, como es el caso.

—¿Quieres sentarte tranquila y dejar eso?

—Imposible, tengo clase a primera hora.

—¿No vas a desayunar?

—Tomaré algo cuando llegue.

El té queda a medio sorber al sentir otra vez esa punzada. Esa extrañeza. Hacía semanas que no se veían y ni siquiera desayunarán juntos. Con ese teléfono, Sora espera darle cita como si fuera una consulta.

—Podría hablar con mi madre para cambiar mi clase con ella del martes. Y sino dentro de dos fines de semana podemos hacer algo porque el que viene tengo una actividad del club cultural.

—Ridículo.

Lo siente en sus entrañas. Un malestar que empieza a parecerse a la furia, pero que no pasará de tristeza. No sabe explicarlo. ¿Cuándo coincidirá con ella sino? No está en la secundaria para verla a cada hora. Ya no tiene responsabilidades laxas que pueda cambiar o aplazar. Sora lo está haciendo bien. Es la forma para poder llevarlo. Para que la relación no quede atrás.

Pero si es lo correcto, ¿por qué lo siente incorrecto?

«Buenos días. ¿Dormiste bien?»

Un mensaje parecido se encuentra todos los días. También desde la última vez que la vio. Una amargura le invade desde entonces cuando los lee.

«¿Cuándo nos vamos a ver? Mándame los días que puedes, por favor.»

Ya no se maquilla con nada. Ya se puede constatar. Su relación ha cambiado aunque Sora no deje de intentarlo como ella cree que debe hacerlo. Le invade una agridulce ternura al entenderlo, al sentir el esfuerzo que está haciendo. Le duele pensar en ello porque es consciente de la deformación que ha provocado este tiempo. Era más fácil cuando pasaba inadvertido. Entonces podía excusarse en que no se daba cuenta, en que todo estaba bien, en que todo seguía igual. Ahora, en cambio, ya nada puede camuflar la verdad.

Hacía tiempo que no iba a recogerla en motocicleta a la universidad. No sin haberlo hablado previamente y confirmado con un mensaje recordatorio. Por un momento, ve el rostro de Sora y todo ese amor solapa lo que durante días le está revolviendo. Esboza una breve emoción infantil que no tarda en transformarse en desconcierto. Un desconcierto que le regresa duramente a la realidad.

—¿Qué haces aquí?

Y en el teléfono Sora no encuentra ningún mensaje que justifique su presencia, porque él ha decidido hacerlo de otra forma. Ha decidido afrontarlo a su manera. No puede dejar que Sora siga cargando con ello.

La mirada de Sora es tan diferente a la de cuando están en una cita que hasta le incomoda. Aunque aceptó su propuesta, Sora no es capaz de ver que esta puede ser también una cita. La expresión de su rostro es como esa que se pegaba al celular cuando debería haber disfrutado de su mirada mientras desayunaba. Nunca había sido así cuando, hacía unos años, la asaltaba tras las prácticas de tenis o cualquier otra actividad. Nunca había sido una molestia que quisiera pasar con ella un poco de tiempo improvisado.

Una molestia.

—He estado pensando en nuestra relación últimamente.

¿Últimamente? Mentira, porque si lo hubiera hecho no estaría en esta situación. Lo dejó pasar porque ese tiempo a su lado compensaba todo lo demás. Esa sensación de pérdida. Esa sensación de añoranza… no apareció en un último mensaje. Fue consecuencia de unos meses en los que se dio por hecho que todo seguiría igual, sin darle importancia al hecho de que las reglas habían cambiado.

Al menos, Sora sí lo intentó.

—Igual, no es compatible mantener nuestra relación con la vida universitaria.

No interpreta el rostro de Sora porque ya no está seguro de si es capaz de interpretarlo. No quiere ni intentarlo.

—Creo que tienes razón.

Lo nota en su pecho, como una piedra grande y pesada lo aprisiona. Se sumerge en sus recuerdos mientras esa motocicleta acelera. Recuerdos de tiempos cálidos, sin embargo, es frío lo que le otorgan. Sora ya no se sujeta a su espalda. Es posible que ya nunca lo haga, pero está bien. Ya acabó. Fue una fase. Una fase hermosa que quiere mantener intacta. El amor de la secundaria, tan lleno de ilusiones y nuevas experiencias. Porque eso es lo que fue junto a Sora. Un amor que jamás debió transformarse en una carga.

Frente al espejo no se reconoce, porque le es difícil reconocerse con un dolor tan fuerte en el corazón. Hacía tiempo que no le dolía. Mucho tiempo. Demasiado tiempo. Quizá Sora lo mal acostumbró en ese aspecto. Siente raro pensar sobre ella. No sabe cómo debe hacerlo a partir de ahora. Ahora que que ya no comparten un camino hacia el futuro. El futuro. ¿Cuándo fue que se le olvidó hablar con Sora sobre el futuro?

Se frota los ojos. Hay lágrimas. Pero si es lo que decidió como correcto, ¿por qué duele?, ¿por qué deja un vacío tan pesado?, ¿por qué se siente irreal?, ¿por qué desea mandar un mensaje diciendo «Olvida lo que dije. Te amo.»?

No hay mensaje rutinario a la mañana siguiente, ni tampoco a la siguiente, ni a la siguiente...

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Sus dedos se detienen cuando ya ha escrito la primera palabra. Lo borra. Sería raro mandar mensajes de buenos días a Yamato como si todo siguiera igual. Nada es igual aunque no es capaz de percibir la diferencia. En realidad, tampoco es que piense mucho en ello. Se frota los ojos. No hay lágrimas. No ha llorado ni una sola vez desde que acabó su relación de cinco años. ¿Acabó?

Lo hizo. Ni siquiera sabe cómo deben acabar las relaciones. En cierta forma, es similar a cómo empezó: una exposición de sentimientos y una aceptación. A partir de ahí, todo siguió igual salvo sutiles diferencias. Diferencias como que Yamato tomaba su mano y ella lo llamaba más a menudo. Diferencias como caminar juntos a casa y compartir parte de su tiempo libre. Diferencias como besos, caricias, suspiros y confidencias. Diferencias que fueron instauradas de tal forma que nunca llegó a ser consciente de ellas.

Así que de momento continúa su rutina con la única diferencia de la que se obliga a tomar consciencia. No envía mensajes a Yamato. Tampoco le envía esas bromas que comparten en el grupo de la universidad, ni esos vídeos de gatitos que suelen compartirle sus amigas. Por supuesto, tampoco debe concertar ya con él ninguna cita como si fuera una oficinista.

Visto así, no parece un gran drama el fin de su relación. De hecho puede resultar hasta liberador. Pero no lo es en absoluto. Siente un vacío extraño el cual le da miedo explorar. Sin embargo, lo que más le perturba es que no lo siente como algo nuevo. No es consecuencia directa del fin de su relación. Esta circunstancia ha revelado tales sensaciones pero no las ha provocado. Habían permanecido camufladas hasta ahora. ¿Por qué?

La enmascarada había ido tomando las riendas desde que su vida empezó a escapar de su control. Desde que los cambios se sucedieron sin estar preparada para ellos. Entre asignaturas, clubs, actividades y clases formales con su madre… Una hiperactividad engañosa como método defensivo ante la responsabilidad de tener que afrontar su futuro. Un futuro que ni siquiera veía con claridad. Y en medio de todo el caos, como un oasis de estabilidad y sosiego, estaba su relación con Yamato. Lo único que no había cambiado. Lo que debía mantener como fuera.

Entonces, ¿por qué había acabado?, ¿por qué estuvo de acuerdo?, ¿por qué lo sintió correcto?

«¡Takenouchi-san!, ¿ese que vino a buscarte el otro día en motocicleta era tu novio?»

«¡Se veía lindo!, ¿es tu novio desde la secundaria?»

«Yo también tenía novio en la secundaria, pero lo dejamos. Él no vino a Tokio a estudiar así que iba a ser un poco complicado mantener la relación.»

«Nosotros lo intentamos, pero no duramos ni dos meses. Empezó a salir con otros grupos de amigos y apenas nos veíamos…»

Son las cosas que suceden. Son las cosas que escucha. Son las situaciones reales de la vida real. Tal vez, lo que vivió hasta ahora fue irreal. Irreal, pero tan feliz que era imposible no intentar mantenerlo en el mundo real. Esforzarse al máximo por ello. Debía evitar que los cambios a su alrededor cambiaran también su relación. Debía saludarle todos los días, interesarse por sus cosas, buscar tiempo para estar juntos.

Y si había hecho todas esas cosas, ¿por qué no eran un feliz recuerdo?, ¿por qué se veía tan alejado a ese amor que quería mantener?

Ella se había esforzado. Había hecho lo que debía. Lo que debía. Debía, debía, debía… ¿debía?, ¡quería es lo que debía ser!

Se obligó a enviarle mensajes diarios pero se olvidó de llamar a su puerta sin avisar. Se obligó a pasar tiempo a su lado pero se olvidó de mirarle a los ojos al desayunar. Se obligó a perpetuar una relación del pasado pero se olvidó que estaban frente al futuro.

Pueden acabar tras la secundaria, en la universidad, tras años de casados... o pueden formar un sólido matrimonio aunque nunca vivan en la misma ciudad. Las relaciones no tienen normas establecidas y por lo tanto no pueden estar sujetas a obligaciones. Al igual que las personas que las componen, están en evolución constante.

Por primera vez en días deja de sentir ese vacío. Hay una explosión en su interior. Una liberación de sentimientos, dudas y certezas. Se frota los ojos. Hay lágrimas al fin. Sin máscaras, el amor arde en su corazón, pero también toma consciencia de la situación. Su relación ha acabado. Yamato le puso fin y ella lo aceptó como si no hubiera otra opción. Como si solo pudiera resignarse a desaparecer ante la selección natural de relaciones. La suya será recordada como de esas que mueren al empezar la universidad. De esas frágiles que ante el primer cambio a su alrededor fracasan. De ese primer amor que estaba condenado a ser idealizado.

«¿Qué fue del chico de la motocicleta?», le preguntarán, las personas que no los conocieron.

«Salimos juntos y aunque no funcionó, seguimos siendo buenos amigos.», será su estudiada respuesta, incapaz de hallar una verdadera.

Porque eso serán, ¿verdad? Amigos, como antes. De los que no se besan, acarician, suspiran ni tienen confidencias. De los que no se acompañan a casa ni comparten su tiempo libre. De los que no se toman la mano ni se llaman con asiduidad.

Amigos, de los que no se aman ni miran al futuro juntos. Y entonces, ¿qué hará con todo este amor que aún siente por Yamato?

Amor. Porque eso lo que siente. Amor. Porque eso es lo que funciona. Amor. Porque eso es por lo que debe esforzarse. Se esforzó en mantener una relación como fuera y se olvidó del amor que la componía.

Sin embargo, aún está a tiempo. Siempre se es está a tiempo de llamar a una casa sin avisar.

—Sora...

Es consciente, al ver su rostro, del tiempo que llevaba sin disfrutarlo. En estos meses lo había besado y amado y sin embargo no se había parado a contemplarlo. A redescubrir en su mirada sus pesares e ilusiones. A dejarse envolver por ese amor que paraliza el tiempo.

Aunque Yamato quiera camuflarlo, ella encuentra sin dificultad la angustia en su mirada. No solo en ella, también en sus gestos y en su voz. No se deja llevar por la culpabilidad porque prefiere recrearse en la ternura que le produce su significado. La carga que quiso asumir impulsado por su amor. Porque Yamato la ama. Está tan segura de eso como de sus propios sentimientos.

Por eso no se va a desanimar. Ella ha sido culpable de no saberlo llevar, pero Yamato también ha sido culpable de no saberlo interpretar. De dar una solución que en realidad no es solución. Porque ninguna relación se arregla sin estar juntos.

—He estado pensando y creo que no tienes razón. Sé que me he equivocado en estos meses, pero tu solución es todavía peor. Acabamos de empezar la universidad y un nuevo mundo se abre ante nosotros, ¿y qué? Significa que lo único estable en mí en estos momentos eres tú, lo que siento por ti… Y siento que aún me quedan muchas más cosas que sentir por ti, porque todavía me falta descubrir muchas facetas de ti… y quiero descubrirlas y acostumbrarme a ellas y amarlas y seguir creciendo a tu lado y sentir tu apoyo y poder dártelo mientras no sabemos que hacer con nuestras vidas. Las cosas ya no son como eran antes, pero ya encontraremos nuestra fórmula para que funcione... no sé si es lo correcto o no, pero... Yamato… te amo…

El corazón se le desboca al sentir tanta liberación. Similar a esa declaración de aquella Nochebuena, no en palabras ni en franqueza, obviamente, entonces la timidez con Yamato y sus sentimientos era lo que sobresalió. Presa de los nervios, pero el vacío ha desaparecido. Aunque Yamato no esté de acuerdo, aunque siga manteniendo su decisión, ha sido sincera con su corazón. Ha hecho, por fin, su mejor esfuerzo.

Deja fluir su llanto al sentir los brazos de Yamato a su alrededor.

—No quería convertirme en una carga.

—Tonto, tú siempre me has dado alas.

¿El amor puede ser una carga? Será un amor deformado, porque el amor que ella conoce se siente ligero. Es un amor que le hace volar a lo más alto del cielo.

—Bien, porque no estoy en absoluto interesado en alejarte de mi. Eso sí, no quiero volver a ver mi nombre en esa agenda del infierno.

Volver a bromear. A reír. A ser natural y familiar. Hacía tiempo que se había perdido. Es increíble recuperar toda esta felicidad de golpe en este nuevo contexto.

—Tranquilo, mi agenda para ti va a estar aquí a partir de ahora.

En el corazón. Ahí es donde van a estar sus citas con Yamato. Porque Yamato va por libre a todo lo demás. Los asuntos de agenda son obligaciones, pero Yamato es lo que ama. Ese futuro que sí ve claro en sus ojos.

—¿Aquí?

—Idiota.

Esa sonrisa ladeada de Yamato que había olvidado. Esa mano traviesa que había extrañado. Esa complicidad que había traicionado. Todo eso regresa con un simple «Te amo.»

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«Buenos días. Mira el video de gatitos que te he enviado.»

Un mensaje poco común. El primero en bastante tiempo. Tiene más de diez mensajes de Sora.

—¿Qué haces?

Se frota los ojos aún adormecido. Sora está con el teléfono y una sonrisa radiante que le dedica a él.

—Tengo un montón de cosas atrasadas para enviarte.

—Creo que podré vivir sin ellas.

La recuesta bajo su cuerpo. Sora deja el teléfono a un lado para recibirlo. Besos que nunca debieron quedar atrasados. La felicidad sincera. Esa que en perspectiva se verá como algo irreal y se querrá proteger frente a todo. Sora gime pesarosa y él, sabiendo lo que significa, aprovecha para besarla un poco más, hasta que el gemido de Sora se convierte en suspiro y sus manos quedan en su pecho, deteniéndolo.

—Tengo clase. Debo irme.

—Pero, ¿quieres quedarte?

—Quiero quedarme, pero debo irme.

Se hace a un lado dramáticamente. Sora le regala una amorosa mirada mientras se arregla. Él no tiene clase hasta media mañana por lo que puede quedar tranquilamente en la cama. Tranquilo, porque todo está bien, está como siempre…

Esa sensación extraña le invade abruptamente. El desasosiego de los últimos meses quedó atrás con la euforia de las últimas horas, pero con la vuelta a la vida real teme que todo haya sido otra vez un espejismo. Sora dijo que debía existir una fórmula para ellos y que la encontrarían. Sin embargo, ¿cómo saber cuál es la correcta?

Sora lo intentó, pero lo único que consiguió fue que su relación se relegara a una obligación que cumplir para que no desapareciera. Él no lo había intentado. Directamente huyó con la pesada carga de preservar el recuerdo de esa relación que tanto había amado.

En su corazón. Es dónde Sora dijo que lo llevaría. ¿Seguir al corazón? Bonito en la teoría, pero desde pequeño entendió que eso tampoco bastaba, que el amor, a veces, tampoco era suficiente para que una relación perdure. Debe esforzarse. Todas las relaciones requieren un esfuerzo, sobre todo las adultas. Ya no está protegido por el halo bucólico de la adolescencia. Ahora debe afrontar el futuro. No quiere algo idealizado, quiere algo real. Un camino construido con el día a día. Con palabras, con sentimientos, con acciones.

—Si te acerco en la motocicleta nos da tiempo a desayunar juntos, ¿verdad?

Siente el calor de la sonrisa de Sora apaciguar su inseguridad. Se dejará llevar por eso. Es la fórmula más fiable que conoce. Una fórmula que quizá no siempre sea válida porque, en la búsqueda del resultado más idóneo, puede variar con el tiempo. Está bien. No se quedarán nunca más atrás. La buscarán y la encontrarán todas las veces que sea necesario. Por su amor. Por su futuro. Por su relación.

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