Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.

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GABUMON & SORA

Y

PIYOMON & YAMATO

—¿Cómo dices?

La ceja enarcada de Yamato recalca el tono sorpresivo de su pregunta. Sí tiene reflejos para atrapar la bebida que Sora le arroja. Ella se vuelve a la maquina para sacar otra bebida mientras se seca el sudor de la frente con la muñequera. Yamato estira los músculos del cuello y abre su botella, al mismo tiempo que Gabumon los alcanza.

—¡Te gané!

—Se supone que era correr, no volar —refunfuña Gabumon, sentándose junto a la maquina.

Agradece la bebida que Sora le da acompañada de una sonrisa. Piyomon, al verlo, tiende sus alas y recibe otra. Se deja caer junto a su amigo, mientras Sora se aproxima a Yamato. Se mantiene cerca del parque, donde tanta gente se junta para hacer ejercicio del mismo modo que ellos habían hecho aquella mañana. Ayudada de un árbol, Sora inicia su rutina de estiramientos. Yamato opta por sentarse en un banco y beber su refresco con tranquilidad.

—¿Te parece una locura?

Este encoge los hombros, dejando que la brisa refresque su rostro enrojecido. Echa la cabeza hacia atrás para observar a sus compañeros que en una alegre conversación, comparan los sabores de sus bebidas. Regresa la mirada a Sora.

—No, pero no sé hasta que punto es necesario. Ya convivimos juntos en el Digimundo.

Sora ríe y alza el tronco, incapaz de mantener su estiramiento por más tiempo.

—Éramos niños, estábamos en su mundo, en una situación extrema y si mal no recuerdo yo abandoné el grupo en una ocasión y tú en otra, así que tampoco es que obtuviéramos un sobresaliente en convivencia.

Yamato la escucha tamborileando los dedos en la botella sin demasiado convencimiento. Sora vuelve a flexionar el tronco y a hacer que sus palmas rocen la hierba.

—¿Piyomon está de acuerdo?

—Piyomon está entusiasmada con la idea. —Sora se sienta al fin junto a Yamato y se dispone a disfrutar de su refresco de té de melocotón—. Si vamos a vivir juntos en un futuro próximo, eso también implica a nuestros compañeros. —Da un trago y sonríe—. Tómalo como una prueba de compatibilidad.

El ceño de Yamato se frunce ligeramente por esas palabras. Inevitablemente su mirada vuelve a buscar a los digimon. A Piyomon concretamente, que ahora revolotea alrededor de Gabumon, enseñándole cómo ganó esa carrera que en realidad solo fue una competición en la mente del ave. Mira a Sora, cuyo rostro está perlado en un sudor que el sol primaveral resalta.

—¿Y si resulta que Piyomon y yo no somos compatibles?

Sora lo enfoca extrañada, pero no puede evitar la carcajada por ver su rostro preocupado. Yamato aparta la mirada sonrojado y Sora le da un divertido toque en la pierna para animarlo.

—Si estás tan segura de nuestra compatibilidad no veo por qué tenemos que hacer esto —musita molesto, antes de dar un largo trago.

La observa de reojo al no escuchar su respuesta. Mantiene la sonrisa pero ha perdido su expresión jovial. Con las manos bajo sus rodillas, balancea las piernas mientras un punto fijo del cielo ocupa su mirada.

—Porque quiero conocer mejor a Gabumon y creo que es justo que él me conozca mejor también. Y porque quiero que Piyomon te quiera no solo porque yo te quiero.

Entiende que es importante para ella y en cierta forma, comparte también esa sensación. Es egoísta pensar como personas individuales en una relación cuando lo que son se lo deben al vínculo con esos maravillosos digimon. Es justo tomarlos en cuenta. Corresponde la sonrisa que Sora le otorga, se levanta y enfoca a los digimon.

—¡Piyomon, nos vamos!

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Tarareando una alegre cancioncita entre saltitos, Piyomon curiosea el apartamento donde vivirá los próximos días. No es cómo que nunca haya estado en él, pero siempre lo ha hecho junto a Sora y aunque con Gabumon y Yamato se respira una gran familiaridad, nunca había dejado de ser una invitada. Le emociona estar ahí de esta nueva manera. Repara en un arreglo floral y se vuelve a Yamato.

—¿Lo hizo Sora, verdad? —Él asiente con un gruñido—. ¿Qué más cosas tienes que te haya regalado Sora?

Sorprendido por la inesperada pregunta, Yamato observa a su alrededor. Le lanza unos imanes de la nevera cuando alguien llama a la puerta.

—Me trajo esto en alguna ocasión.

Piyomon observa los imanes de lugares significativos de Japón, pero no puede llegar a realizar ninguna valoración porque los invitados irrumpen y ella los recibe entusiasmada.

—¡Takeru, Taichi!

Yamato, tras ellos, no muestra tanta emoción en su rostro ni mucho menos.

—¿Qué se os ha perdido aquí?

Su hermano comparte una sonrisa trol con Taichi. Se lleva las manos a la nuca y Patamon, hasta entonces sobre su gorra, echa a volar al encuentro de Piyomon.

—Así que era cierto. Ha habido un intercambio de parejas.

Se dirige a Taichi que alza las cejas insinuante, sacando el celular.

—Por fin va a comenzar.

Takeru saca también su celular, lo junta con el de Taichi en el aire como si estuvieran haciendo la épica danza de la fusión y gritan al unísono:

—¡La batalla definitiva por el amor de Sora!

Y una música épica se escucha de los celulares totalmente descompasada.

Yamato cruza los brazos y entrecierra los ojos con desconfianza, buscando una reacción parecida en Piyomon. Le alerta ver un brillo que traspasa la curiosidad en su mirada. Es una determinación absoluta, como si la vida de Sora estuviera dependiendo de este momento. Para la música y Takeru saca un sobre con stickers. Uno de ellos queda en su dedo, mientras con la otra mano sujeta el celular y lee la pantalla. Suena un redoble de tambor desde el celular de Taichi.

—Por un Pikachu detective. —Y muestra al aire el citado sticker—. ¡Yamato!, ¿cuál es el color favorito de Sora?

Suena un tic tac desde el celular de Taichi que provoca el irremediable nerviosismo de Yamato.

—¡Rojo! —Siente la necesidad de gritar.

Takeru hace un gesto de fingida tristeza y rebota a Piyomon.

—¡Bermellón! Porque es el color del otoño y a Sora le encantan los colores otoñales.

—¡Correcto!, Pikachu para ti.

Del celular de Taichi se oyen aplausos y Piyomon bota de alegría al ver como Takeru le pega ese Pikachu en el pico. Yamato observa la escena como si de una obra surrealista se tratara. Todavía sin ser consciente de su error, y sin ser capaz de visualizar el bermellón, el tic tac vuelve a sonar y Takeru muestra un nuevo sticker.

—Por un Pikachu surfista. ¡Yamato!, ¿cuál es el color favorito de Sora para vestir?

Sacude la cabeza sintiéndola en blanco. El tic tac cada vez más rápido no le ayuda en absoluto.

—Eh… ah… ¡azul!

La mueca de dolor es más dramática si puede en Takeru, dando el rebote a Piyomon.

—¡Amarillo! Porque es su color de la suerte y Sora dice que siempre le pasan cosas buenas cuando lo lleva, como conocerme a mí, o que Yamato acepte sus sentimientos —dice sin tapujos, provocando la incomodidad de Yamato y las risitas de sus amigos.

Aplausos y un nuevo Pikachu adorna el pico de Piyomon que sonríe orgullosa. Otro sticker es mostrado al aire.

—Por un Pikachu astronauta. —Esa palabra capta la atención de Yamato. Quiere ese sticker. Quiere acertar una maldita pregunta. Es ya una cuestión de orgullo. Ya está inmerso en ello—. Yamato, ¿cuál es el color favorito de Sora para vestir… ¡kimonos!?

Queda un segundo pensativo. No quiere responder lo primero que piense porque sabe que no resultará. Sin embargo, aunque dude que los kimonos que le gusta vestir a Sora puedan calificarse solo en un color, hay uno que suele predominar. Esta vez no puede fallar. Inspira convencido.

—¡Azul!

Takeru mantiene la mirada unos instantes dándole emoción, para finalizar cerrando los ojos y negando.

—Incorrecto, rebote para Piyomon.

—¡Celeste! —responde y el Pikachu astronauta, así como los aplausos son para ella ante la atónita mirada de Yamato.

—¡Venga ya, eso es azul!

—¡No!, es el color del cielo y Sora dice que se siente ella misma cuando lo lleva —reclama Piyomon con enojo. Yamato le dedica una mirada fulminante.

—Se considera color diferente, viene en la wikipedia —apresura a explicar Taichi de forma conciliadora, mostrando dicha página en el celular.

Yamato lo aparta con la mano, negando, mientras Takeru ya sostiene en su dedo un sticker que le hace sobre actuar impresionado.

—¡Por un Raichu!

—¡Me deslumbra tanto poder! —dice Taichi, siguiendo el teatrillo. Los ojos de Piyomon brillan entusiasmados.

—¡Yamato!, ¿cuál es el color…

—¡Ni hablar!, no más colores.

—En ese caso pasaremos a… —empieza Takeru— ¡deportes! —finaliza al unísono con Taichi.

Una cancioncita suena en su celular para dar paso a la nueva categoría. Ambos bailan al igual que Piyomon mientras Yamato suspira pesadamente, dejándose caer en la silla.

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Discretamente, Gabumon entra en la casa. Espera a que Sora se quite las deportivas y esté a su lado para dar el siguiente paso. Al igual que Piyomon, tampoco es la primera vez que visita el hogar de la novia de su compañero, pero casi siempre lo ha hecho con Yamato. Es raro encontrarse ahí sin él, además el ambiente que se respira es tan diferente que le cuesta actuar. Sora no le da indicaciones verbales, tan solo le otorga sonrisas que él entiende como invitaciones para sentirse más cómodo.

La sigue a la habitación, dónde ella adecúa una pequeña camita que entiende que será para él. También le tiende unas toallas.

—¿Te sueles bañar con la piel o la lavas aparte? —La pregunta sorprende a Gabumon que se lleva la garra a la piel en acto reflejo. A Sora le extraña su desconcierto— ¿Acaso nunca la lavas?

El digimon abre los ojos sobresaltado.

—¿Por qué?, ¿te ha dicho Yamato que huelo mal?

Sora apresura a negar con los brazos. Lo último que desea es crear un cisma en la relación de su novio y su compañero. Además, es cierto que nunca ha escuchado queja alguna por parte de Yamato. Finalmente sonríe.

—Olvídalo. Estará bien como lo hagas.

El digimon sigue a Sora todavía sujetándose la piel con algo de inseguridad, mientras esta saluda alegremente a su madre que acaba de regresar. Como es habitual ha saludado a Piyomon, por ello se sorprende al ver a Gabumon en su lugar.

—Buenas tardes mamá de Sora —saluda con timidez.

Recupera la compostura enseguida, esbozando una cordial sonrisa.

—Hola Gabumon. —Mira a su alrededor—. ¿Y Yamato?

—No está aquí —contesta Sora.

—¿Le ocurre algo? —pregunta la maestra preocupada. Lo normal, si está Gabumon, es que Yamato lo acompañe.

—No, está bien. Está con Piyomon —responde Sora con una enigmática sonrisa.

Dando por hecho que es alguna clase de juego entre la pareja, Toshiko no indaga más en el tema. Sí suspira algo apenada.

—Compré para hacer el dango favorito de Piyomon, ¿cuándo regresará?

Sora encoge los hombros sin querer responder y mira a Gabumon, que irremediablemente ha salivado. Sus ojos también muestran un brillo característico. Los de Piyomon brillan así ante la perspectiva de rica comida. Sora ríe.

—Seguro que a Gabumon también le gustan —se dirige a él, guiñándole un ojo con complicidad—, ¿verdad que sí?

El digimon, todavía tímido ante la madre de Sora, no dice palabra alguna, pero sí asiente vigorosamente con la cabeza, provocando la sonrisa en la maestra y la risa más fuerte en su amiga humana. Gabumon se rasca la nuca sonrojado, pero le puede la dicha de sentirse comprendido.

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Una nueva canción que desquicia a Yamato suena desde el celular. Piyomon, como en todas las anteriores, baila moviendo sus plumitas. No queda ninguna parte de su cuerpo en la que no haya un sticker de Pikachu, Pichu o Raichu. Yamato, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, no es capaz de contenerse más y se levanta.

—No tengo tiempo para más tonterías. ¿No tenéis algo de provecho que hacer con vuestras vidas?

La canción se para abruptamente y las miradas de Takeru y Taichi quedan en él. Entonces Taichi comprueba la hora en su celular y da un respingo.

—¡Hace como diez minutos que tenía que estar en mi nuevo trabajo!

No tan dramático como su amigo, pero Takeru hace una invitación a Patamon para que regrese a su cabeza.

—Y yo debería estar en el club. No puedo faltar ya que este año soy senpai.

Yamato respira aliviado cuando se van. Siente que por fin podrá relajarse y hallar un poco de paz. Cierra los ojos y cuando los abre, le sobresalta encontrarse a Piyomon a milímetros. Por un momento había olvidado que ella no era parte de la visita.

—¿A qué jugamos ahora, Yamato?

Deambula en un intento fallido de pasar desapercibido. Como una sombra, Piyomon sigue todos sus movimientos. Finalmente la enfrenta. Se repeina con la mano y desvía la mirada en una señal de nerviosismo.

—No te lo tomes a mal, pero tengo cosas que hacer.

—¡Te ayudo!

Yamato la enfoca apurado.

—No puedes. Ya sabes, debo estudiar y esas cosas aburridas.

La digimon sonríe.

—¡Entiendo! No te preocupes, no te molestaré. No molesto a Sora cuando está ocupada.

Yamato asiente sin demasiado convencimiento a esas palabras. Entra en su habitación con la digimon siguiéndole. Se sienta en su estudio y esparce los libros. Mira de reojo a Piyomon que, modosa, ha quedado sentada en el suelo. Le invade una sensación extraña verla tan silenciosa. La mira un par de veces más para comprobar que está bien antes de quedar sumergido entre sus libros universitarios.

Un ruido consigue traspasar su concentración. Arruga el entrecejo para ignorarlo y seguir con su estudio pero ya le resulta difícil hacerlo. No sabe el tiempo que ha transcurrido pero supone que es el suficiente para que su cerebro reclame un descanso. Lo hace, echando la espalda hacia atrás en un estiramiento y entonces escucha el ruido con total consciencia, otorgándole un significado. Se vuelve a Piyomon, que sigue en la posición inicial. Había olvidado que estaba ahí. El ruido suena más fuerte.

—¿Son tus tripas?

La digimon mantiene la misma expresión sonriente.

—¿Te he molestado? Lo siento. —Baja el pico lastimosa.

Yamato se levanta. El fuerte ruido de la silla asusta a Piyomon que lo observa sobresaltándose al ver su rostro porque parece terriblemente enojado. Este mira el reloj y refunfuña.

—Es tardísimo, ¿por qué no me dijiste que estabas hambrienta? —La digimon se encoje—. ¿Qué haces? —Asoma el pico entre las plumas por el reclamo de Yamato. Su ceño sigue fruncido, pero ya no percibe ese enojo. No con ella por lo menos. Nota las piernas entumecidas cuando se levanta y toma la mano que le tiende Yamato. Al hacerlo, el rostro de él dibuja una sonrisa culpable—. Vamos, te prepararé algo rico.

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Gabumon se asoma discretamente a la encimera donde Sora ha esparcido tanta cantidad de ingredientes. Tiene la tentación de probarlos, pero se reprime, buscando primero la aprobación en Sora. Le alarma ver sus ojos anegados en lágrimas y reacciona rápidamente como lo habría hecho con Yamato, abrazándose a sus piernas.

—No te preocupes Sora. Sé que echas de menos a Piyomon, pero yo te cuidaré igual que ella.

Sora, sin entender, mira a Gabumon apurada por verlo tan alterado. Lentamente toma consciencia, por la fija mirada de Gabumon a sus ojos, de las lágrimas que resbalan por sus mejillas y ríe enternecida.

—Es la cebolla Gabu, no te preocupes.

El digimon se muestra confuso, todavía abarcando las piernas de Sora. Esta se agacha para acercarle la cebolla y al olisquearla y sentir el escozor de sus ojos, entiende a lo que se refiere.

—Entonces, ¿no estás triste? —pregunta, frotándose con fuerza los ojos.

—No, pero gracias.

Cuando el digimon se recupera, vuelve a asomarse con interés. Sora trocea y prepara ingredientes con gran destreza. Sonríe a Gabumon.

—¿Quieres ayudarme? —No muy seguro, pero el digimon asiente. Sora le tiende un trozo de carne.— Trocéala, por favor.

Sin pensar que pueda hacerlo de otra forma, Gabumon le da un potente corte con sus garras. Tan fuerte que hace añicos la tabla de corte. Sora lo ve horrorizada y más cuando escucha a su madre desde la sala.

—¿Pasa algo, Sora?, ¿necesitas ayuda?

—¡No!, ¡todo bien! —exclama, escondiendo esa tabla.

La carne, eso sí, también ha sido cortada por lo que Gabumon se muestra más satisfecho que culpable. Sora suspira divertida, tendiéndole un cuchillo.

—Prueba con esto para el pescado.

El digimon toma el cuchillo con algo de dificultad. Trata de usarlo pero con sus garras no resulta muy cómodo. Al verlo, Sora sale un instante, regresando con una cinta. Se aproxima a Gabumon que suelta el cuchillo.

—Déjame un segundo —dice ella, con intención de sacar las garras de su mano. Ante eso, Gabumon retira la zarpa. Ella sonríe mostrándole confianza—. No te voy a quitar la piel, te lo prometo.

Se deja hacer, viendo asombrado la delicadeza con la saca sus garras y las ata con un lazo que rodea su cuerpo. Lo mira orgullosa y asiente, mientras Gabumon comprueba la movilidad de sus manos desnudas maravillado.

—Así es como siempre se han atado las mangas de los kimonos para que no molesten cuando se trabaja.

—Sabes cosas muy interesantes, Sora —dice, ya tomando el cuchillo y cortando suavemente el pescado.

—¿Tú crees?, gracias. —Le da una sonrisa, antes de corregirle el corte. Le sorprende que sea bastante torpe—. ¿Es que nunca cocinas con Yamato?

El digimon queda pensativo. Le ayuda a poner la mesa o a recogerla pero pocas veces con la comida en sí. Mira la encimera con tantas cosas y entiende que es muy diferente al aspecto que suele tener cuando Yamato cocina. Niega con una cariñosa sonrisa por pensar en su humano.

—Yamato no suele usar tantas cosas y hace todo más rápido. Él lo llama cocina de supervivencia.

Sora medita esas palabras. En verdad la cocina de Yamato, aunque sabrosa, suele ser simple. Solo cuando cocinan juntos experimenta con más ingredientes o platos. Se podría decir que es entonces cuando disfruta de la cocina. Nunca había escuchado lo de cocina de supervivencia, pero no lo siente extraño. Entiende a qué se refiere.

—Es normal. Yamato aprendió a cocinar por necesidad, en cambio, yo lo hice por placer.

Gabumon contempla ensimismado los movimientos de Sora. Sus palabras desprenden un cálido sentimiento. Ríe dichoso por creer que es en Yamato en quién está pensando.

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Para cuando Piyomon ha conseguido quitarse todos los stickers que proclamaban que es la más conocedora de Sora y se adentra en la cocina con intención de ayudar, la cena ya está servida.

—¿Ya está? —pregunta estupefacta, sentándose frente a su bol.

—¿Huh? —La mira Yamato, ya sorbiendo los fideos—. Come antes de que se enfríe.

La digimon lo hace. Realmente estaba hambrienta y agradece que Yamato, sin necesidad de pedírselo, le rellene de nuevo su bol. Ni sabe cuantas veces ha repetido hasta que se siente totalmente saciada. Eructa, lo que provoca la risa de Yamato y el sonrojo de la digimon.

—La cocina de Sora es más rica, pero supongo que esta sirve también.

Yamato no contesta, se limita a levantarse y recoger los bols. Muestra una sonrisa que Piyomon no es capaz de descifrar.

—Yamato, no estás enfadado conmigo, ¿verdad?

El joven pierde la sonrisa, enarcando una ceja extrañado. No es muy comunicativo y quizá su comportamiento haya podido ser malinterpretado por la digimon. Se sienta a su lado.

—¿Por qué iba a estarlo?

—Por ganar la batalla definitiva por el amor de Sora —musita.

En un primer momento consigue mantener la carcajada, pero viendo su rostro lastimoso no puede resistirlo por más tiempo y estalla descaradamente lo que provoca la furia en la digimon que se levanta sobre la silla, moviendo sus alitas.

—¡No te rías!, ¿es que eso te importa, Sora?

Tapándose la boca con la mano, Yamato al fin se calma. En verdad esa digimon se había tomado aquel juego como asunto de vital importancia. La risa da paso a la ternura. No se resiste a palmear su cabeza, haciendo que la digimon vuelva a tomar asiento.

—Está bien Piyomon, lo siento. En realidad sabía que no tenía ninguna oportunidad contra ti.

Le hace una mueca cómplice que Piyomon no recibe. Ha quedado pensativa. Sabe muchas cosas sobre Sora porque ese siempre ha sido su mayor meta: conocer a Sora todo lo posible. Y por suerte, en el último tiempo, no existía prácticamente nada que Sora le negara sobre sí misma. Con cariño y paciencia le explicaba sus gustos y compartía recuerdos. Le hablaba sobre sueños, pero pocas veces sobre miedos. Y eso le provoca una profunda impotencia que no sabe manejar. No es tonta y sabe que existe una Sora a la que todavía no puede alcanzar.

Yamato se inquieta, creyendo que algo malo ha dicho, al ver lágrimas en los ojos de la digimon.

—En realidad te envidio. A ti y a Gabumon, siempre os he envidiado.

—¿Cómo? —musita el chico, incapaz de reaccionar.

—El vínculo que Gabumon tiene contigo es mucho más profundo que el que yo tengo con Sora. Hasta el vínculo que tú tienes con Sora es más profundo que el mío. Os comprendéis de una forma que yo soy incapaz. Cuando Sora está mal nunca puedo hacer nada. ¡Ni tan siquiera pude protegerla de esa cueva! Quiero saber todo de Sora para poder cuidarla como Gabumon te cuida a ti, pero no sirve de nada… —Rompe a llorar desconsolada, dejando a Yamato totalmente descolocado.

Finalmente reacciona, dándole un ligero toque en la cabeza. No es comunicativo, pero sabe que esa digimon siempre ha necesitado de palabras. Ella no es Gabumon, igual que él no es Sora.

—Como puedes ser tan tonta —dice tiernamente. Ella ha dejado de llorar, deseosa de escuchar palabras de consuelo—. Lo que tú eres capaz de darle a Sora nadie más puede dárselo. Es normal que Sora no quiera compartir cosas malas contigo para no preocuparte. A veces también le cuesta compartirlas conmigo, ya sabes lo terca que es, pero no tengo duda de que sabe que tú eres la que cuidas de su corazón. No por nada eres la que le recordaste todo el amor que hay en ella. Si no es por ti, yo nunca podría haberla alcanzado.

La digimon se mantiene en silencio unos instantes. Lo que tarda en interiorizar cada palabra y notar el sentimiento que desprenden. De verdad se siente tonta por dudar de sí misma y sobre todo de su compañera. Si Sora la descubriese en esta situación seguro que se pondría triste y se sentiría culpable y no puede permitirlo. Yamato sonríe.

—Sin duda eres la compañera perfecta para Sora.

Ella ríe sonrojada, terminándose de secar las lágrimas.

—Y Sora es la novia perfecta para ti, ¿verdad?

El sonrojado ahora es Yamato, que desvía la mirada, pero entonces Piyomon salta a sus piernas mimosamente.

—Aunque no aciertes ninguna pregunta, eres el novio perfecto para Sora.

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Gabumon entra a la sala palmeándose la tripa. Se retrasó porque quedó un rato más comiendo el rico dango que le hizo la mamá de Sora. Al verlo, Sora, que está en la mesa baja con sus lápices y un cuaderno, sonríe.

—Parece que también es tu favorito.

El digimon se aproxima a ella y toma asiento pesadamente. Apoya la cabeza contra la mesa. Los lápices de colores enseguida captan su atención.

—¿Qué es?

Como si hubiera estado esperando su interés, Sora se junta más a Gabumon, mostrándole los dibujos.

—Diseños que me gustaría llevar a cabo algún día.

El digimon los mira con una curiosidad que se hace perplejidad al creer reconocer de que se trata.

—Se parecen a mi piel.

—Son tu piel —confirma la chica orgullosa—. Siempre que vamos a la playa me apena que no te bañes por no quitártela o porque se te moje. Así que si tienes algún recambio te será menos difícil desprenderte de ella.

No sabe que pensar. Sora parece ilusionada hablando del tema y eso le produce una agradable sensación. Realmente ha pensado en él. Sin embargo, está tan arraigado a su piel que ve muy difícil que algo la puede sustituir, aunque sea para ocasiones puntuales.

—No sé…

—¡Así podrías variar de estilo! —le anima Sora—, ¿crees que si digievolucionas llevando este traje verde Garurumon será verde?

Gabumon se lo imagina por un instante y niega asustado.

—Creo que no funciona así.

Sora ve su rostro de apuro y sonríe dejando a un lado los diseños.

—Está bien, era solo una idea. A mí también me gusta más tu piel.

El digimon mira su piel y se sonroja. Seguramente sea la primera vez que alguien le diga que le gusta su piel. Yamato no suele decir esa clase de cosas con palabras, aunque en acciones sea el defensor número uno de su piel.

—A veces me ponía ropa de Yamato, pero ahora ya me va muy grande —dice tras un silencio. Sora se muestra receptiva y el digimon entiende que todos esos dibujos tan solo eran una excusa para compartir algo. Señala divertido la sudadera que viste Sora—. Esa es de Yamato.

La apreciación la toma desprevenida. Se ruboriza.

—Sí, su ropa es grande y calentita.

—Yamato es grande también —asiente Gabumon orgulloso.

—Y calentito —añade Sora, sin pensar.

Se avergüenza al cruzar la vista con Gabumon que parece más incómodo con el comentario que ella misma. Viendo su rostro, no puede evitar reír.

—¿Qué ocurre? —pregunta Gabumon sin entender.

—Nada —niega Sora, entre risas—, es solo que eres totalmente diferente a Piyomon. —El digimon permanece a la espera, hasta que Sora se calma—. Piyomon habría aprovechado para avergonzarme con mil preguntas. —Ríe otra vez, echándose hacia atrás—. ¿Crees que estará acosando a Yamato con preguntas?

El digimon visualiza la escena y comparte la risa de Sora.

—Sería divertido ver a Yamato.

—Espero que no le haga perder la paciencia —dice Sora, sin llegar a sonar preocupada, pero sí un poco inquieta porque pueda haber algún malentendido.

—No te preocupes —dice Gabumon con confianza—. Yamato de verdad quiere a Piyomon. Le está muy agradecido de que siempre te haga sonreír.

Sora queda momentáneamente sin palabras. Nunca había parado a pensar cómo veía Yamato a Piyomon. Descubrir esa faceta hace que le invada un sentimiento de ternura. Observa al digimon compañero de la persona que ama. El ser con el que compartió sus peores momentos y que fue capaz de devolverlo a la luz. Siempre lo admiró, pero nunca ha tenido oportunidad de decírselo.

—Cuando Yamato abandonó el grupo, sabía que regresaría en parte porque tú estabas a su lado. —Hace una pausa. Gabumon no esperaba este cambio de tono y permanece a la expectativa—. Lo sabía porque yo ya había experimentado el sentirme sola y el entender el vínculo tan grande que compartía con Piyomon. Sabía que cuando Yamato entendiera ese vínculo y todo lo que conllevaba regresaría. Sabía que tú podrías alcanzar su corazón. —Sonríe emocionada e inclina la cabeza en señal de respeto—. Te estoy muy agradecida por la forma en la que cuidas de Yamato. Eres increíble.

El digimon se rasca la nuca ruborizado, bajando la mirada.

—En realidad, tú me das mucha tranquilidad —tartamudea con nerviosismo. Sora, reponiéndose aún de su confesión, aparta la mirada para no parecer tan intimidante. Le da su tiempo—. Aunque yo estuviera siempre con Yamato, tenía miedo a que decidiera una vida en solitario por miedo a cometer errores… —La mira y sonríe dichoso—. Pero, empezó a salir contigo y todo esos miedos se desvanecieron, porque entendí que se atrevería a hacerlo, a ser abierto y formar esa familia que siempre ha querido proteger. Así que, gracias por querer a Yamato.

Incapaz de decir nada, Sora siente la humedad en sus ojos. Por un momento ve el rostro apurado de Gabumon pero sonríe para darle a entender que está todo bien, que son lágrimas de las buenas. Lágrimas que limpia en su piel cuando no puede resistirse a abrazarlo.

—Muchas gracias, Gabu.

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Al entrar en la habitación ya de noche, Yamato encuentra a Piyomon adormecida. Le tiende unos cojines y la zarandea levemente.

—Échate ahí para estar más cómoda.

La digimon abre los ojos y sacude la cabeza queriendo disipar su sueño. Sigue a Yamato que se ha sentado en la cama y sube a su lado. Yamato es consciente entonces de que es probable que Piyomon ya no baje de ahí en toda la noche. No le importa demasiado tampoco. Lo que le pilla desprevenido es que Piyomon tenga ganas de hablar. Hablar sobre él.

—Este intercambio es para conocernos, así que tienes que contestar a mis preguntas Yamato.

Se talla lo ojos. Está cansado pero no quiere ser rudo con la digimon, más después de que le haya abierto su corazón. Asiente con desgana, provocando una radiante sonrisa en Piyomon.

—¿Cuál es tu color favorito?

—Azul.

—¿Qué tipo de azul?

—Azul, sin más —responde Yamato. Piyomon arruga el entrecejo sin convencimiento.

—¿Por qué?

Yamato encoge los hombros.

—Porque es azul, sin por qués.

Mantiene la mirada a Piyomon, que entrecierra los ojos con sospechas. Su mueca le parece divertida a Yamato.

—¿Cuál es tu flor favorita?

—¿Flor? —repite Yamato desconcertado—… eh… esa pequeñita que pone Sora siempre en sus arreglos… —Piyomon mantiene su mirada firme—, en los que hace para mí, claro —prosigue Yamato, tratando de hallar la ayuda de Piyomon.

—Nomeolvides —dice sin pestañear.

—¡Eso!

—¿Por qué?

Yamato resopla, empezando a exasperarse.

—También me gustan las rosas.

—¿Por qué?

—Porque son rojas —contesta, sonriendo con provocación. Piyomon ni se inmuta. Para ella es asunto de vida o muerte.

—No estás siendo serio —niega decepcionada y con un poco más de dramatismo de lo que la situación conlleva.

Yamato echa la cabeza hacia atrás.

—No soy bueno en flores, pregunta otra cosa.

—De acuerdo, ¿cuál es tu estación favorita? —Yamato medita un instante, cuando Piyomon, con un tono más jovial, irrumpe sus pensamientos—. ¡Sora no tiene estación favorita!

Yamato la mira perplejo.

—Dijiste otoño en la batalla definitiva por el amor de Sora. Ganaste un Pikachu detective con ello.

—Dije que otoño es su color favorito.

—Otoño no es un color —niega Yamato en tono paternal, pero Piyomon se pone en pie enérgicamente.

—¡Claro que sí! Lo que pasa que el otoño comprende muchos colores que a Sora le gustan y como no podía calificarlos todos escogió el bermellón en representación, pero en realidad su color favorito es el otoño.

Yamato no es capaz de contener la risa por verla otra vez tan combativa. Cuando habla de Sora, siempre se le ilumina la mirada. Y para que engañarse, Sora es sin duda, el tema favorito del que hablar de Piyomon. En cuestión de segundos, ya está inmersa en ella.

—No tiene estación favorita porque todas representan algo especial para ella. En otoño fue consciente de que sentía por ti un amor especial —dice, como siempre sin filtros. Yamato traga apurado, mientras el rubor cubre sus mejillas—, en invierno se declaro a ti y empezasteis a salir, en primavera florecen las flores que le hacen estar unida a su madre y en verano me conoció a mí. —Para unos instantes y se vuelve a Yamato con un leve sonrojo—. No me lo dice porque es tímida, pero seguro que su favorita es el verano.

Yamato sonríe y asiente.

—No tengo dudas.

Como si su voz le recordase que era a Yamato a quien estaba conociendo, la digimon recupera la seriedad y su mirada vuelve a quedar fija en él.

—¿Cuál es tu estación? —repite.

Yamato, que por un instante había creído que esto había finalizado, vuelve a resoplar.

—Azul —dice al fin. Se produce un silencio conteniendo la risa y las ganas de mirar el rostro ingenuo de Piyomon.

—Azul no es una estación.

La enfoca, tratando de mostrarse lo más serio posible.

—Claro que sí, es la estación del cielo, que es Sora.

La digimon hace un divertido gesto de confusión, tratando de encontrar un sentido a esas palabras. Lo hace porque le gusta la idea de que Sora sea una estación y obviamente sea la favorita de Yamato (también sería la suya). Se sacude con enojo al ser consciente de que le está tomando las plumas.

—¡Así nunca podré conocerte!

—¿De verdad quieres conocerme?

Piyomon asiente, mientras Yamato se levanta. Lo sigue con la mirada: como saca del cajón un objeto que enseguida identifica. Vuelve a su sitio con él en la mano.

—Ya no suena tan bien como entonces. Debo comprar una nueva, pero creo que servirá.

Lleva la armónica a los labios y una melodía sale de ella. Piyomon sonríe al reconocerla. Es aquella que tocó en el Digimundo, tras la noche en la que fue Garudamon por primera vez. Antes de que termine la melodía, ha quedado profundamente dormida contra el pecho de Yamato.

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Sora está extendiendo el futón cuando escucha las pisadas de Gabumon. Contiene la risa por verlo envuelto en esa toalla. Al final decidió bañarse con la piel puesta por lo visto.

—Estaré mojado durante horas —susurra deprimido.

Sora se levanta rápidamente y cuando Gabumon la enfoca, ya tiene entre sus manos un secador de pelo.

—Quita la toalla —pide, pero el digimon niega, pegándola más a su cuerpo. Se siente ridículo con la piel mojada—. No seas terco —insiste ella, accionando el aparato.

La deja caer conforme va sintiendo ese aire caliente. Le gusta más la brisa fría de una buena helada, pero no puede negar que se siente bastante agradable. En unos minutos su piel está completamente seca y él la mira anonadado.

—Está suave y reluciente.

Sora observa divertida su asombro.

—En serio, ¿desde cuándo no la lavabas? —Se lleva la garra a la barbilla pensativo, y viendo su incapacidad para responder, Sora niega—. Olvídalo.

—Quizá esté bien que me hagas uno de esos diseños, así podría lavarla más a menudo —comenta el digimon, mientras se acomoda en su camita. Sora se echa en el futón, contenta por encontrar a Gabumon más receptivo en ese tema.

—Oye —dice al cabo de unos minutos. El digimon levanta la cabecita para enfocarla—, ¿Yamato te ha visto sin piel?

Agacha la cabeza.

—No te lo diré. Eso es cosa de mi humano y mía.

Sora ríe por su adorable reacción.

—Koushiro cree que te pareces a Agumon con un cuerno, ¿es cierto?

Nota un movimiento del digimon así como un gruñido como respuesta. Sora ríe con más fuerza y el digimon vuelve a enfocarla.

—Pareces Piyomon con sus preguntas inoportunas.

—Y tú pareces Yamato con sus gruñidos como respuesta.

La risa es compartida esta vez y Sora decide que ya ha provocado suficiente al tímido digimon. Apaga la luz.

—Buenas noches Gabu.

—Buenas noches.

No pasan demasiados minutos hasta que Gabumon vuelve a levantar la cabeza. El bulto que es Sora se mueve bastante y eso le inquieta.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Es solo que tengo un poco de frío.

Casi sin acabar la frase escucha las pisadas de Gabumon y lo nota echarse a su lado. Enternecida, descubre al fin lo que ya suponía, que la piel de Gabumon es increíblemente calentita.

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—¡Oh, venga ya! —exclama Yamato, tirando las cartas sobre la mesa.

—Es buena —dice su padre, echando las suyas.

Piyomon, que sigue mostrando su jugada orgullosa, se vuelve a Yamato.

—Gané otra vez, así que responde mi pregunta —empieza. Yamato bufa, llevándose la mano a la mejilla aburrido—. Cuéntame una anécdota divertida de cuando eras pequeño.

—No tengo anécdotas, mi infancia fue gris y aburrida —despacha, recogiendo las cartas.

Obviamente tal repuesta no es válida para Piyomon y por suerte para ella ya no tiene que luchar contra Yamato para saber cosas de él. Se dirige a su padre.

—Papá de Yamato, cuéntame algo sobre Yamato.

Ignorando la mortal mirada de su hijo, Hiroaki ríe entre sus recuerdos.

—Hubo una temporada en la que le gustaba ir desnudo.

—Oyaji, ¿no deberías estar trabajando? —interrumpe Yamato, rojo de ira y de vergüenza.

—¡Ni hablar!, esto es más divertido. Aún no tendría ni tres años, sí porque todavía no había nacido Takeru. Una vez empezó a correr desnudo escaleras abajo y…

—¡Oyaji! —exclama Yamato, tapándole la boca.

No les han escuchado llegar, pero Sora y Gabumon están ante ellos.

—Sora-chan, que alegría verte —saluda el hombre, ya cuando Yamato lo libera.

—Buenos días Ishida-san —corresponde Sora cordialmente, pero dado su enrojecimiento, Yamato no duda que ha escuchado el principio de esa anécdota.

Tampoco puede desesperarse demasiado debido a que su cabeza es incrustada contra las cartas cuando Piyomon salta sobre ella para impulsarse hacia Sora. Se tira a sus brazos dramáticamente.

—Sora, te he echado tanto de menos —dice, restregándose en su pecho.

—Si solo fueron un par de días, exagerada. —La acaricia Sora con dulzura—. ¿O es que Yamato te trató mal? —inquiere, mirando a su novio en un fingido reproche.

—No, estuve bien. Quiero mucho a Yamato, pero te quiero más a ti —dice la digimon, provocando la tierna risa de Sora.

Con una discreción que contrarresta la efusividad de Piyomon, Gabumon ya ha alcanzado a su compañero y al padre de este. Yamato alza la cabeza al sentirlo a su lado. Arruga el entrecejo y olfatea.

—Hueles raro.

—¿Huelo mal? —apresura a preguntar el digimon angustiado.

—No, al contrario. Me recuerdas a Sora —dice desconcertado.

—Usé su champú —anuncia orgulloso, mostrando su piel reluciente.

Pero Yamato no comparte en absoluto su emoción.

—Eso es raro. No vuelvas a hacerlo —sentencia—. ¿No habrás sido una molestia, verdad?

—Claro que no. Somo amigos —responde el digimon—. Los amigos no son una molestia, Yamato.

Yamato no reprime la sonrisa por sus palabras. Mira a Sora, que sigue con una emocionada Piyomon entre sus brazos y mira a su camarada, que ya ha tomado el asiento que hasta hacía unos segundos había pertenecido a Piyomon. Viendo la felicidad de ambos, no duda que el experimento, por decirlo de alguna manera, ha sido un éxito. También para él, pues ha tenido la oportunidad de conocer un poco mejor a ese ser que tanto ama a Sora. Y aunque eso le da tranquilidad y bienestar por aquel futuro en el que compartan sus vidas, hoy quiere centrarse en un futuro más inmediato. Se levanta.

—Ahora que ya hemos comprobado nuestras compatibilidades, es hora de que Sora y yo comprobemos también nuestra compatibilidad por un fin de semana, por ejemplo —dice, aunque en realidad solo se dirige a Sora, que entiende al momento su invitación.

Ruborizada, porque el padre de él está ante ellos, pero acepta la mano que Yamato le tiende.

—Sora, ¿a dónde vas? —reclama Piyomon.

—Te veo en un par de días Piyo.

—Cuídate Gabu, adiós oyaji.

El hombre alza la mano en señal de despedida. Se van dejando a los dos digimon con una expresión absoluta de abandono. En realidad a Piyomon que es más dada al dramatismo, Gabumon se lo toma con un poco de indiferencia.

Cuando Hiroaki es consciente de que tiene a dos digimon lastimosos sentados a su mesa, sin apartar sus miradas de él, sonríe con resignación y tiende las cartas.

—¿Poker?

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