Capítulo 6:
Barreras
Se arrepintió. Lo hizo nada más enviar su respuesta y, para el momento en el llegó a casa, quería golpearse la cabeza contra la pared por ser tan estúpido de aceptar una cita con Potter. Pensó en diferentes excusas que podía utilizar para cancelar la cena y estuvo gran parte de la noche con una pluma y un pergamino delante de él, dispuesto a enviarle una carta al moreno y de paso excusarse en el trabajo para no ir al día siguiente.
No hizo ninguna de las dos cosas. Al final optó por prepararse una taza de té, sentarse a ver la televisión y convencerse de que no era para tanto. Había estado con él en casa de Andromeda y había sobrevivido. Podía hacer eso. Además, si iba a la cita, cabía la posibilidad de que Potter se diese cuenta por fin de que no congeniaban bien y le dejase en paz.
Con esa idea en la cabeza, se fue a dormir y se levantó al día siguiente para ir a trabajar. Paró en la cafetería para recoger su café y caminó hasta el Caldero Chorreante como hacía todos los días. Se llevó una grata satisfacción cuando recordó que su jefe había sido despedido y que de ahora en adelante cualquier incidencia o consulta debían gestionarla directamente con Potter como jefe del departamento.
Intentó concentrarse en los expedientes que tenía que escribir ese día y no sentirse nervioso mientras veía como las horas pasaban con una inusual rapidez. No funcionó, porque cuando caminó hacia los ascensores, ya tenía un nudo ansioso que había estado creciendo allí a medida que el día se terminaba y su cita se acercaba.
Volvió a lamentarse una vez más al llegar a su apartamento y, después de ducharse, se paró delante del armario para escoger una túnica adecuada. Se dijo a sí mismo que no necesitaba impresionar a Potter, pero aún así eligió una túnica hecha de damasco en diferentes tonos de azul con botones plateados.
Su cuerpo se sobresaltó cuando el timbre sonó y se maldijo interiormente por ello. Respiró hondo, miró una vez más su reflejo en el espejo y se encaminó hacia la puerta.
Harry iba vestido con una túnica verde tan oscura que parecía negra, hecha de algo parecido a la seda o al mikado porque había un ligero brillo en ella y se notaba suave a simple vista. Su cabello estaba revuelto aunque era evidente que había tratado de peinarlo y su expresión no detonaba nada, lo que le hizo sentirse aún más nervioso.
—Potter —saludó.
Draco intentó no encogerse mientras el moreno paseaba su mirada sobre su persona con total descaro, para luego parpadear un par de veces antes de sonreír sugerente.
—Te queda bien el azul —halagó. Parecía genuinamente sincero.
—Gracias.
—¿Listo para aparecernos?
Le tendió una mano enfundada en un guante de cuero negro que le hizo tragar en seco. Asintió antes de dar un paso hacia delante, cerrar la puerta de su apartamento y aceptar la mano de Potter. Esperó la incómoda sensación de vértigo que producía la aparición, pero esta nunca llegó y un segundo más tarde se encontraban de pie en una calle poco transitada, iluminada por algunas pocas farolas. Había una hilera de edificios de colores a su derecha, y a su izquierda, un enorme lago donde unos cuantos botes flotaban en la orilla.
—¿Dónde estamos? —preguntó. No se parecía en nada a Londres.
—En Varenna. Es un pueblo mágico de Lombardía —contestó, soltando su mano y caminando hacia un restaurante ubicado a unos pocos metros de ellos.
—¿Estamos en Italia?
No intentó disimular la sorpresa en su voz. De hecho, tampoco se abstuvo de observar al otro con evidente desconcierto.
—Sí.
—Claro —murmuró—. Quién necesita trasladores cuando eres Harry Potter y puedes aparecerte directamente en otro país.
Sacudió la cabeza, mientras Potter se encogía de hombros con una ligera sonrisa y le abría la puerta del local para que entrase primero.
—No estamos a tanta distancia.
Arqueó una ceja con mordacidad.
—No, solo a unas cuantas millas —replicó con ironía.
—¡Bouna notte, Harry! —exclamó una voz en cuanto estuvieron dentro— Era da un po 'che non ti vedevo.
Un hombre alto, de ojos claros y cabello oscuro se acercó a ellos. Era bastante más mayor que ellos pero tenía una sonrisa brillante y amable que le rejuvenecía.
—Spaciente, Marco. Non ne ho avuto il tempo.
Tendría que haber sido evidente que Potter sabría hablar en italiano como si hubiera nacido en Roma. Por supuesto.
—¡Scuse, scuse, scuse! —replicó el hombre con simpatía. Se giró hacia Draco, asintiendo con la cabeza a modo de reconocimiento—. Benvenuto... Oh, bienvenido a La Farfalla. Discúlpeme si mi idioma no es perfecto. Por favor, acompáñeme a su mesa.
Se sentaron en una mesa al lado de una vidriera desde la que se veía parte del lago. La Farfalla era un restaurante pequeño, que olía a orégano y a pan recién hecho. El suelo era de madera y las paredes de un bonito color neutro que contrastaban con las columnas llenas enredaderas, donde nacían pequeñas flores y que servían de apoyo para la decena de mariposas que volaban por el techo. La tenue iluminación y el hecho de que solo habían dos parejas más sentadas a unas mesas alejadas de ellos daba un aire de intimidad que hizo que el corazón de Draco se acelerase.
Escuchó a Marco decir algo que no entendió pero tampoco le presto mucha atención mientras se fijaba en el delicado bordado rojo del mantel blanco.
—¿Intentando impresionar? —inquirió con un aire de suficiencia que no sentía.
—Decidí venir aquí porque es mi restaurante favorito —contestó sin darle mucha importancia—, pero pensé que te gustaría.
Le gustaba, en realidad. La vista era bonita y el lugar acogedor, aunque no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta. Si hubiera estado con otra persona, se habría sentido halagado.
Marco volvió, entregándoles una carta de vinos y otra con el menú. Se fijó en que Potter no leyó ni una ni la otra y llegó a la conclusión de que era verdad que conocía este lugar a la perfección.
—¿Quieres elegir el vino?
Draco parpadeó, frunciendo el ceño. Era una pregunta hecha con ese tono de ya saber la respuesta. Había escuchado a su padre hablar así continuamente. Era la típica entonación de alguien que estaba acostumbrado a que le obedeciesen.
—No —contestó, casi con demasiada brusquedad—. No sé de vinos —mintió, esa vez más uniforme.
Si le dio importancia, Potter no lo demostró. Solo se encogió de hombros y le dirigió una mirada ilegible antes de dirigirse al camarero.
—Una botella de Bellavista Franciacorta Cuvée —solicitó—. Y tomaré el saltimbocca allá Romana.
—¿Y un tiramisú de postre?
—Por supuesto —rió el moreno, como si fuese una broma interna.
—Rissotto de espinacas, por favor —pidió cuando Marco dirigió su atención hacia él.
El camarero afirmó con la cabeza y se ausentó durante un instante para traer su bebida. Les volvió a dejar a solas poco después, haciendo que Draco se sintiese incómodo y extrañamente vulnerable.
No estaban en la cocina de Andromeda esta vez y no tenía a Teddy como barrera entre ellos. Lo que tenía era a Harry Potter observándole con todo su interés mientras probaba el vino. Ese pensamiento le hizo ser consciente de la situación y su cuerpo se tensó sin poder evitarlo.
—¿Bien? —quiso saber Harry.
Draco asintió, dejando su copa con cuidado. El vino era ligero y espumoso. Tenía un ligero sabor frutal que dejaba un regusto agradable en el paladar.
—Así que sabes hablar italiano —comentó, intentando que no se formase una atmósfera aún más embarazosa.
—Viví en Lecco durante un tiempo.
—¿Por qué Italia?
—Porque me ofrecieron un puesto de trabajo y lo acepté.
Resopló, entrecerrando ligeramente los ojos.
—Eso no es una respuesta —se quejó.
Potter sonrió divertido y ladeó la cabeza con gracia.
—Es la que me diste tú cuando te pregunté por tu trabajo.
Abrió la boca indignado y luego apretó su mandíbula cuando vio al moreno ensanchar su sonrisa para mostrar sus dientes.
—Pero lo mío es verdad.
—¿Qué te hace pensar que estoy mintiendo?
Puso los ojos en blanco y emitió un sonido lleno de frustración. Desvío su mirada hacia el paisaje tras la ventana y respiró hondo para darse paciencia.
—Sigues siendo insufrible —espetó.
—Y tú un insolente —pensó en decirle que no sabía porque insistía en tener una cita con él si tan insolente le encontraba pero decidió guardar silencio porque Marco escogió justo ese momento para traer sus platos—. Hagamos una cosa: yo te cuento cómo llegué a Italia y tú me cuentas qué a sido de ti estos últimos años.
—¿Con respuestas concretas?
—Y sinceras.
Draco se llevó un bocado de rissotto a la boca, maravillándose con su sabor y luego asintió lentamente. Lo último que quería era para toda la cena en medio de un silencio incómodo.
—Bien —aceptó—. ¿Por qué te fuiste de Inglaterra?
Harry soltó una risa exhalada y grave que provocó que su pulso oscilase durante un segundo.
—¿Ansioso por saciar tu curiosidad? —se burló. Alzó una mano para sujetar su copa de vino y la miró como si estuviese perdido en sus pensamientos— Era demasiado. Estar allí, asistir a todos los funerales y a los juicios, ser conscientes de los espacios vacíos que dejaron los que ya no estaban... Yo fui el responsable, en cierta manera, y no era capaz de soportarlo.
—Y huiste.
—Sí —reconoció—. Me fui a Canadá. El verano es agradable pero el invierno es un infierno, así que solo estuve allí unos meses.
—¿Y...?
—Y ahora te toca a ti contarme algo —interrumpió.
Los ojos de Harry se alzaron y los clavó en los suyos con intensidad. Enmudeció de inmediato. Por la manera en la que había hablado, no parecía haber ninguna posibilidad de replicar. Draco carraspeó, intentando no sentirse inquieto.
—No he hecho mucho. El primer año después de la guerra estuve en Hogwarts para terminar mis estudios —comentó, aunque sabía que no era del todo verdad—. Luego oposité para ser Inefable pero me rechazaron. Así fue como llegué a la Oficina de Uso Incorrecto de la Magia.
—¿No te has planteado volver a presentarte a la convocatoria del Departamento de Misterios?
—No.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Me descartaron en la entrevista personal —explicó—. No fue por no pasar el examen o por no ser competente. Fue por quien era y por mucho tiempo que pase, siempre voy a ser el mismo.
No recibió ninguna respuesta a eso y prefirió no mirar al otro porque no quería vislumbrar su simpatía o su lástima. O peor, la comprensión de entender porqué no era adecuado para un puesto como Inefable.
—Me mudé a Nueva York, después —continuó Potter al cabo de un tiempo, siguiendo con su acuerdo tácito. Draco agradeció el cambio de tema—. Estuve tres años. La vida allí es una locura pero vale la pena. Conocí a mucha gente y disfruté un montón.
—Eso no es una respuesta concreta —objetó.
El moreno guardó silencio durante un instante y luego cabeceó lentamente con una sonrisa insinuante.
—Conocí gente, follé todo lo que pude y exprimí cada uno de mis límites —hizo hincapié en esa última palabra y Draco intentó no darle un segundo significado—. ¿Mejor así o quieres que concrete más?
—No —respondió, demasiado rápido y agudo—. Está bien así.
Sin embargo, su mente se lo imaginó. Pensó en cómo se vería Harry, si sus ojos se cerraban mientras era acariciado o si gemía tal y como a veces hablaba: ronco y profundo. Cuestionó cómo se sentiría su piel siendo tocada por él, si lo sujetaría fuerte, si le haría suplicar o si, tal vez, lo golpearía hasta verse extasiado.
Su último pensamiento le descolocó, porque era un deseo que hacía mucho tiempo que no sentía.
—También estudié el programa de Aurores —pestañeó con rapidez, volviendo al presente. Su respiración se había vuelto superficial y su estómago se había contraído en un nudo—. Trabajé para Magicongreso Único de la Sociedad Americana.
—Es bueno saber que no solo follaste.
Se arrepintió de haber hablado porque su voz sonó desigual y agitada. Potter le contempló con cuidado y debió haber encontrado algo en su expresión ya que su rostro perdió toda la tranquilidad que había mantenido durante la velada.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Has follado mucho?
Resopló, entrecerrando los ojos.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—La que me apetece hacerte.
—He follado lo suficiente —contestó, tajante.
Harry se inclinó en la mesa. Sus ojos verdes brillaban ladinos y el flequillo de su cabello cayó sobre su frente de manera atractiva.
—Eso no es una respuesta concreta —se burló.
—Es la única que te voy a dar, te guste o no —contestó. Aguantó su mirada desafiante durante unos segundos, hasta que finalmente agachó la vista hacia su plato—. ¿Viniste a Italia después de eso?
El silencio se hizo tenso. Draco jugueteó con la comida le quedaba, sin tener ganas de seguir cenando.
—No, me destinaron a Sidney. Viví allí durante seis meses hasta que me enviaron a Lecco y luego volví a Londres —dijo finalmente el moreno— ¿Por qué vives en el mundo muggle?
—Estaba cansado de vivir en la mansión —soltó un suspiro, girando su mirada hacia el paisaje—. Supongo que hui de casa tal y como lo hiciste tú.
Marco se acercó a recoger sus platos vacíos en ese momento. Rechazó la oferta de un postre así que sólo volvió con el tiramisú de Potter. Draco llevó sus manos hacia su regazo y se recostó en la silla.
—Pronto saldrá una nueva convocatoria del Departamento de Misterios.
Arqueó una ceja de manera inquisitiva.
—¿Cómo sabes eso?
—Tengo mis contactos.
Frunció el ceño, admirando la manera en la que Harry se recreaba en comer su postre. Su rostro se suavizó, su lengua relamía constantemente sus labios y sus ojos se entrecerraban con cada cucharada. Se removió en su silla. Era casi indecente verle.
—No creo que me vaya a presentar, de todas formas —habló, intentando seguir con la conversación.
—Deberías —contradijo el moreno con esa seguridad que Draco encontraba tan atrayente—. No es lo mismo presentarse ahora, que ya hace más de cinco años que terminó la guerra, a haberse presentado antes. No creo que te discriminasen a día de hoy.
—¿De verdad?
Mordió su labio inferior cuando notó que había una pequeña esperanza en su voz.
—Confía en mi —contestó Harry. Había convicción en su expresión, y casi podía asegurar que también un atisbo de anhelo.
El resto de la velada la pasaron en silencio, esta vez mucho más cómodo. Al salir del restaurante, Draco se sintió incierto. Aunque no había sido capaz de relajarse por completo, tampoco había sido tan desastroso como pensó en un principio.
—Este lugar es impresionante —dijo cuando se acercaron para ver el lago.
—Sí, lo es.
—¿Traes aquí a toda esa gente con la que te acuestas? —inquirió, siendo insolente a propósito.
Harry se apoyó de espaldas en el barandal, mirando a Draco en vez de al paisaje. Estaba tan cerca de él que podía oler esa colonia celestial que usaba.
—Eres la primera persona que traigo —respondió tranquilamente. Los ojos de Potter viajaron por toda su cara, como si estuviese intentando encontrar algo—. Quiero preguntarte algo que lleva mucho tiempo rondando en mi mente.
—Tú dirás —respondió, con más seguridad de la que tenía en realidad.
Su corazón empezó a latir más rápido cuando Harry no habló inmediatamente y tuvo que aferrarse al metal de la barandilla para que no se notase su nerviosismo.
—Si te besase ahora, ¿volverías a borrarme la memoria?
La respiración de Draco se quedó atascada en su pecho y juró que su pulso se detuvo por un instante. Se echó hacia atrás como si hubiera recibido un golpe físico. Estaba seguro de que había palidecido mientras miraba a Harry con la boca entreabierta por la sorpresa.
—¿Lo recuerdas? —susurró.
—Cuando un obliviate está mal ejecutado, la persona afectada puede recuperar sus recuerdos con el tiempo —explicó. Su tono era mortalmente serio y se podía percibir a metros de distancia que no estaba contento con el tema—. Al principio pensé que era un sueño, pero luego fui capaz de embotellarlo, y eso solo se puede hacer con un recuerdo, no con un sueño.
—Yo...
—¿Por qué? —exigió— ¿Por qué besarme y luego quitarme el recuerdo?
—No lo sé —murmuró. Agachó la cabeza, sintiendo que su garganta se apretaba—. Creí que mi vida ya había terminado y... no quería irme sin intentar acercarme a ti.
—Y ahora, ¿vas a alejarte o a acercarte?
—No funcionaría —aseguró.
—Eso no lo sabes, Draco.
Se estremeció al escuchar su nombre.
Quiso decirle que nunca habían sido precisamente amigos, que se habían insultado el uno al otro, que estuvo a punto de entregarlo a Voldemort, que Potter había estado cerca de matarlo y que el único motivo lógico que justificaba su repentino acercamiento, era que quisiera hacer con Draco lo mismo que había hecho con Goldstein, porque más allá de eso, no los unía nada.
—Lo he intentado, ¿no? —dijo, dando un paso atrás—. He venido hasta aquí y he tenido una cita contigo como querías. Ahora, por favor, aléjate de mi y sigue con tu vida.
Su cita con Potter removió sentimientos y deseos que creyó que ya nunca volvería a sentir, pero ya no era un niño de diecisiete años que quisiera experimentar. Draco ya había tenido tiempo para eso, ya sabía que conllevaba meterse en ese mundo y no quería volver a pasar por ello.
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí.
Por un momento creyó que Harry discutiría con él pero luego le vio apretar los labios en una fina línea y asentir con la cabeza.
—Bien —extendió una mano, sin mirarle—. Te llevaré de vuelta.
Respiró hondo y, cuando exhaló todo el aire, ya estaba en la puerta de su casa. Antes de que pudiera abrir la puerta, Potter ya había desaparecido.
Entró en su apartamento con el pecho apretado y los ojos llenos de lágrimas. Caminó hasta el salón y se sentó en el sofá con el rostro entre las manos. Acarició su cuello durante un momento y se dijo que era mejor así, aunque doliese, aunque en realidad no quisiese hacer nada más que poder confiar en Harry.
Traducción:
*Bouna notte, Harry! — Buenas noches, Harry
*Era da un po 'che non ti vedevo — No te he visto en mucho tiempo
*Spaciente, Marco. Non ne ho avuto il tempo —Lo siento, Marco. No he tenido tiempo
*Scuse, scuse, scuse — excusas, excusas, excusas
¡Alohaaaaa!
Sabéis, después de la escena del sectumsempra, con lo que dijo Myrtle sobre él y lo que ocurrió cuando Harry lo vio llorar, siempre me he imaginado a Draco Malfoy como alguien sensible, que ataca y se aleja cuando se siente vulnerable o asustado porque no le gusta sentirse así. Como veis, estoy intentando plasmar eso en este fic.
Habrá que esperar a ver si Harry consigue sacarlo de su caparazón.
Espero que os haya gustado este primer encuentro entre ellos. Y sí, Harry sabía lo del obliviate jaja
¡Nos leemos el próximo viernes!
