Capítulo 8:
Aceptación
Draco odiaba la navidad.
Le había gustado cuando era pequeño por la cantidad desproporcionada de regalos que recibía, porque colgaba muérdagos en cada rincón de la mansión e intentaba pasar la noche despierto para ver salir el sol. Ahora que ya era un adulto, le daba pereza asistir a las cenas que duraban una eternidad, aguantando la alegría rebosante de la gente o lo maravillosos que se volvían todos de repente y encima tener que fingir que le caían bien esas personas, que no había visto en todo el año, y que no volvería a ver hasta las festividades siguientes. Era todo una hipocresía que le dejaba agotado, le daba dolor de cabeza y provocaba que su odio hacia la humanidad creciese hasta niveles insospechados.
Había recibido una postal de sus padres desde Praga, junto con una túnica de gala hecha de seda y una pequeña estatua de un dragón de cristal que debía valer una fortuna y que Draco había abandonado en el primer hueco que encontró en una estantería. Pansy, por el contrario, le había enviado su regalo de todos los años: un consolador y un bote de lubricante. Todavía tenía los del año pasado sin abrir.
—No sé cómo lo hace Shacklebolt para que cada año esta gala sea más horrorosa.
Si había algo que odiase más que la Navidad, era el baile que celebraba el Ministerio. La primera vez que había ido a una de esas galas no había reconocido a la mitad de la gente, y la otra mitad le había mirado como si no mereciese estar allí. Recordaba que una señora incluso le había insultado. Draco no había aguantado allí toda la noche. Ahora, cinco años después, la mayoría de ellos simplemente le ignoraban.
Ese año el Ministro se había lucido, aunque no en el mejor sentido. Un enorme árbol de navidad presidía la sala de baile, decorado con luces de todos colores y adornos brillantes, el techo estaba encantado para que pareciese que pequeños copos de nieve caían del cielo, y había un gigantesco arco con un muérdago encima donde las parejas enamoradas se hacía una foto para el recuerdo. La bebida era mediocre y el violinista de la orquesta no parecía tener su mejor noche.
—¿Cómo se ha atrevido a poner adornos verdes y naranjas juntos? —se lamentó Astoria— Es un crimen al buen gusto.
Draco cabeceó de acuerdo, agarrando un canapé de tartaleta de manzana cuando una bandeja pasó por su lado.
—¿Quieres dejar de comer? —le regañó Pansy— Ni si quiera ha empezado el baile.
—La comida es lo único que vale la pena. Si me quitas eso, para qué voy a estar aquí —dio un trago a su flauta de champán y arrugó la nariz—. Ni si quiera me puedo emborrachar.
—Parece que tu ex-novio se lo va a pasar bien esta noche.
Se dio la vuelta hacia donde señalaba Blaise para encontrar a Aaron entrando en la sala. Iba acompañado de otro hombre, de cabello oscuro y tez morena, que sonreía abiertamente a los otros invitados. Ambos iban cogidos de la mano.
—Y tú ni si quiera tienes pareja.
Rodó los ojos, ignorando a sus amigos. Debía admitir que tal vez había sido un error romper con Aaron cuando la fecha de un evento social era tan próxima, porque cuando alguien iba solo a uno de esos compromisos, todos le miraban con pena porque parecía desamparado.
Lo malo era que Pansy había decidido ir con Blaise, y Theo había invitado a Astoria. Draco pensó en salir con Becca, que era la única que soportaba de allí, pero la chica era demasiado entusiasta y lo último que necesitaba era a alguien que le subrayase lo fantástica que era esa época del año. No, mejor solo.
—Buenas noches —saludó Angela Miller, la asistente de Ministro, desde el escenario donde estaba la orquesta—. Bienvenidos un años más al Baile de Navidad. Me complace anunciar que el Ministro Shacklebolt procederá a inaugurar la velada. Les deseamos que pasen una feliz noche y gracias a todos por asistir.
La música empezó a sonar en cuanto Angela bajó del escenario. Tal y como había dicho, Kingsley y su pareja se posicionaron en medio de la pista de baile y empezaron a balancearse acorde a la melodía. Pronto se le unieron mas parejas, entre ellos la de sus amigos. Draco se apoyó en una columna y soltó un suspiro.
Era una tontería asistir a esos eventos, pero su padre se empeñaba en que debía cuidar su imagen pública, al menos en las reuniones importantes y Draco siempre pensaba que podía ser lo suficientemente cortés como para ir, hacerse las fotografías protocolarias y marcharse a casa. Eso, al menos, evitaría que su padre le enviase un vociferador.
En ese momento, sin embargo, mientras sus ojos escaneaban la sala y chocaban contra la figura de Potter, se dijo a sí mismo que un cabreo de su padre no era tan malo después de todo.
Sabía que iba a encontrárselo. Era evidente, ya que todos los trabajadores del Ministerio estaban invitados, y aunque no lo fuera, se podía dar por hecho que alguien como Harry Potter estaría en la lista. Pero aun siendo consciente de ello, su estómago se hundió ante la escena que tenía en frente.
Harry iba ataviado en una perfecta túnica de gala gris que hondeaba con los vaivenes de su cuerpo mientras bailaba. Su cabello era algo menos que un desastre y su expresión estaba llena de serenidad, la cual contrataba con el rostro feliz de Goldstein, quien en ese momento bailaba con él. Anthony no iba tan bien vestido, sus pasos eran torpes y sonreía demasiado. A Draco le estaba dando una mezcla de entre asco y vergüenza ajena, así que se desplazó hacia un rincón de la sala y se dedicó a mirar por una de las ventanas encantadas con el mismo paisaje que el techo. Terminó su flauta de champán y luego agarró otra para bebérsela casi de un trago.
La música cambió y sonó una melodía más lenta y romántica. Su estómago se cerró en un puño. Desvío su atención hacia la pista de baile, para ver a Potter y Goldstein hablando con un grupo de personas en el que se encontraban Granger y Weasley. El moreno estaba de espaldas a él, pero era capaz de vez la manera en la que acariciaba la espalda de Anthony y cómo este se sonrojaba, agachando la cabeza y agitando los párpados. Conocía esa actitud dócil, lo que provocó que su bilis subiese a su garganta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Astoria— Ven, vamos a bailar.
Draco se dejó arrastrar. Cualquier cosa era mejor que estar ahí viendo a Potter coquetear con otro.
Se detuvo en seco ante ese pensamiento, haciendo que su amiga le mirase extrañada.
—Tengo que ir al baño —dijo—. No me encuentro bien.
Se encaminó hacia el servicio a paso inestable y, una vez allí abrió el agua fría para remojarse la cara. Llenó sus pulmones de aire para luego exhalar con un quejido.
No podía estar celoso. No de Potter, de entre todas las personas. Una cosa era tener un leve pensamiento molesto sobre las anteriores citas del moreno, y otra cosa era tener la impresión de estar tragando ácido cada vez que le miraba. Pero era lo que sentía, ¿no? Esa sensación de que sus venas ardían y su estómago se retorcía sobre sí mismo mientras veía a Harry acariciar y bailar con otro. Lo peor era saber que él había provocado eso. Él le había empujado lejos una y otra vez.
Se irguió, con la idea en la cabeza de largarse de allí, cuando a puerta se abrió y el motivo de su malestar entró. Draco se congeló durante un segundo y luego relajó los músculos de su cara para que sus facciones no mostrasen ningún sentimiento en absoluto.
—Potter —saludó, con tono aburrido.
El moreno le miró con la sorpresa parpadeando por un momento en sus ojos y luego se dirigió a lavarse las manos.
—No sabía que estabas aquí.
—Ya —contestó. Y antes de que su cerebro pudiera detenerlo, añadió:— ¿Demasiado ocupado con tu novio?
—¿Anthony? No es mi novio.
Soltó una risa seca y despectiva.
—¿Tu sumiso, entonces?
Harry le miró a través del reflejo en el espejo. Su ceño estaba fruncido, sus ojos verdes refulgían y se notaba por la tensión que había en su mandíbula que estaba apretando los dientes.
—¿Preocupado de que lo ate a mi cama? —preguntó con sorna. Sus celos agujerearon su piel al notar que no lo estaba negando.
—Por mi puedes hacer lo que quieras —respondió, sonriendo con frialdad—. Y si acostarte con Goldstein hace que me dejes en paz, mejor para todos.
Vio con asombro como el rostro del moreno se volvía neutral de un momento a otro y cuando se dio la vuelta para encararle, no había ningún sentimiento allí.
—Sí, ya me has dejado muy claro que no quieres nada conmigo. Tú mismo lo dijiste: has salido conmigo y no te he gustado. Vale, sé aceptar un rechazo, aunque no lo creas. Puedes estar tranquilo, no voy a ir detrás de ti, ni a insistirte. Haré ver que no existes —contestó. Su voz desprovista de cualquier emoción le hizo sentirse inexplicablemente pequeño—. Era eso lo que querías, ¿no?
No. Lo que quería en ese momento era enredar sus manos en el cabello de Harry y besarle hasta que se olvidase de quien era Anthony Goldstein. Pero no lo hizo. En vez de eso, le envío una mirada de puro desdén y salió del baño.
Estaba sentado en unos de los sillones del salón de Andrómeda, comiendo su última cucharada de tarta, mientras veía a Teddy jugar tirado en la alfombra con Bolita, su nuevo Puffskein. No había sabido que regalarle a un crío de cinco años, y pensó que una mascota inofensiva sería perfecta. No se equivocó, porque Teddy había gritado de alegria y se había puesto a jugar con él inmediatamente.
Su primo estuvo extasiado ese día, no solo por su regalo, sino porque también había recibido su tan ansiada escoba de juguete que apenas flotaba, pero que a él le encantaba y había estado todo el día practicando con ella.
—Casi lo olvido —exclamó Andromeda, poniéndose en pie—. Hay otro regalo para ti.
Draco había recibido una bufanda, un libro de magia ancestral y una marco de fotos hecho a mano por Teddy, por eso le extrañó que su tía volviese con una pequeña caja de madera. La cogió con reticencia y miró a la mujer con algo de intriga. Ella sonrió enigmática sin decir nada, así que no le quedó más remedio que abrirla.
Dentro había una snitch tan bonita que le cortó la respiración. La sacó de la caja con cuidado para admirarla, impactado por el regalo. No era una snitch común, sino que tenía las alas de un azul pálido que revolotearon en su mano de inmediato y la estructura de la pelota debía ser de cristal porque era trasparente.
—Gracias, Andrómeda. Es espectacular.
—No tienes que dármelas a mi, el regalo es de parte de Harry. Lo dejó aquí hace un par de semanas y me dijo que te lo diera.
—¡Es verdad! —exclamó Teddy, quien se había acercado para ver la snitch— La trajo el día que comimos juntos.
Draco escuchó las palabras, pero su cerebro no las asimiló. Estaba más concentrado en que su corazón no se le saliese por la boca.
—Dile que... gracias —murmuró. Sentía su cuerpo adormecido. Guardó la snitch en la caja y volvió a cerrarla de manera automática—. Debería irme ya a casa.
—Pero todavía es pronto —se quejó el menor.
Andrómeda amonestó a Teddy, diciéndole que su primo tenía que trabajar mañana. Draco se levantó del sofá con todos los regalos bajo el brazo y se despidió de ellos, aun sintiéndose agarrotado.
Agitó su varita para encender las luces nada más llegar a casa, caminó directamente a la cocina, dejó los regalos encima del mostrador y llenó de agua la tetera. Mordió su labio inferior. Tras dudar un momento, cogió la caja y la abrió para ver la snitch otra vez. Era una obra de arte. No entendía porqué Potter le regalaría algo tan hermoso.
Soltó un suspiro, dispuesto a cerrar la caja y guardarla en algún cajón olvidado, cuando un brillo plateado llamó su atención. Estaba arremolinado dentro de la esfera trasparente de la snitch y Draco no podía decir si era algo líquido o si más bien se asemejaba a una especie de vaho, parecido a un recuerdo.
Parpadeó con los ojos más abiertos de lo normal ante esa idea. Apagó la tetera antes de que ésta hubiera empezado a hervir y se dirigió a su habitación para sacar el pensadero que tenía guardado en su cómoda. Cogió uno de los viales y lo comparó con la snitch. Sí, sin duda había un recuerdo dentro. Su mente intentó averiguar cómo se suponía que iba a sacarlo de allí, porque no parecía haber ningún dispositivo de apertura, hasta que al final decidió simplemente meter la pelota entera dentro del pensadero. La snitch se abrió y el recuerdo flotó en la superficie. Sacó la mano, volvió a colocar el regalo en su sitio y, con una respiración profunda, se sumergió en el recuerdo.
Una habitación que no reconoció se materializó. Dio una mirada a su entorno y supo que era un despacho, porque había una gran librería a un lado, un ventanal a otra y frente a él, un hombre sentado en un gran escritorio blanco. Tenía el cabello rubio oscuro atado en una cola alta que caía sobre su hombro mientras escribía y su perfil era cincelado y elegante. Alzó la cabeza cuando dos golpes sonaron en la puerta y un segundo después entró Harry.
—Pero mira quién ha decidido honrarme con su presencia —saludó el hombre. Tenía la voz grácil y ligeramente silenciosa. Parecía algunos años mayor, aunque no muchos—. Creía que ya no saldrías de la bella Italia.
—Echaba de menos el aire contaminado de Nueva York —Potter se sentó en una de las sillas libres que había en el escritorio y se encogió de hombros—. Y esa no es la manera más afectuosa de recibirme, Ren.
Ren se carcajeó, alzando una ceja inquisitiva. No parecía afectado por su reproche.
—Usa ese tono con otro. Conmigo no te va a funcionar.
—Qué pena —contestó Potter con falso pesar— ¿Cómo va todo por aquí?
—Lo sabrías si escribieras de vez en cuando —regañó, pero parecía más amable que disgustado, lo que le hizo pensar que había confianza entre los dos—. Estamos bien, como siempre. Nina está preparando una exposición de pintura corporal para la semana que viene.
—Ahora entiendo porqué me llamaba por flú cada dos por tres.
—¿Y a ti, cómo te va todo?
—Muy tranquilo. El Ministerio italiano no está muy concurrido.
—¿No has conocido a nadie interesante? —Ren se inclinó en su escritorio y le miró con perspicacia— Tengo a un sumiso que vino hace unos días y pensé que podrías entrenarlo tú. Es uno de esos chicos bonitos que te gustan.
Draco frunció el ceño. Sabía de qué hablaban y no le gustaba la conversación. Contempló la posibilidad de abandonar el recuerdo, pero supuso que Potter se lo había dado por un motivo, así que se cruzó de brazos y esperó.
—No puedo —vio el desconcierto en la mirada del rubio—. Voy a volver a Londres, pedí mi traslado la semana pasada.
—No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra.
Escuchó a Harry suspirar sonoramente. Se movió un poco más cerca de ellos para así poder observar la expresión pensativa del moreno.
—Creo que quiero algo diferente.
—¿Como qué?
—Como alguien con quien pueda tener una conversación que no vaya entorno a cuerdas y azotes, por ejemplo.
—¿Me estás diciendo que quieres un novio? —había diversión en la voz de Ren, pero Potter mantuvo su rostro serio— ¿Por qué?
—Porque estoy cansado de viajar, conocer gente y aún así sentir que no pertenezco a ningún sitio.
—¿Cuando te has vuelto tan profundo?
Esta vez Harry sí soltó una pequeña risa divertida mientras ponía los ojos en blanco.
—Quiero intentarlo —murmuró—. Tal vez no salga bien, pero al menos no quiero estar toda la vida preguntándome qué hubiera pasado. Ya he estado así los últimos años.
—Déjame adivinar —comentó el rubio, enredando su dedo índice en algunos mechones de cabello—, ya tienes alguien en mente, ¿no?
Potter se relamió y luego asintió con lentitud.
—Sí, aunque no creo que vaya a salir bien. Tenemos demasiada historia.
—¿Y aún así quieres intentarlo? Es complicarte la vida.
—Creo que si nos hubiéramos dado una oportunidad, las cosas hubieran sido diferentes.
—Así que vas a volver a casa —Ren se apoyó en el escritorio con una expresión curiosa—. ¿Cómo se llama?
—A ti te lo voy a decir —bufó Harry, más ligero.
—Hombre, si vas a rechazar a uno de mis chicos como mínimo podrías decirme su nombre. No me hagas viajar hasta Londres para averiguarlo, hace un clima espantoso.
El moreno se carcajeó, negando con la cabeza y luego su rostro se volvió reflexivo de nuevo.
—Se llama Draco.
La memoria terminó antes de que ni si quiera pudiera reaccionar. Dejó el pensadero sobre la cómoda y se sentó en la cama, parpadeando abstraído. Recordó la conversación que tuvo con Potter sobre las razones por las que había vuelto. Se acordó también de la nota que le había dejado junto a las trufas después de haberse encontrado con él por primera vez en cinco años. "Me alegro de haberte encontrado", decía. ¿A eso se refería? ¿A que él era uno de los motivos por los que estaba allí?
Su pecho se oprimió y la parte aterrorizada de su cerebro le dijo que cerrase la caja de la snitch y la devolviese junto con el recuerdo. Pero luego un pequeño rincón dentro de él, que había estado escondido bajo capas de miedo, le dijo que siempre había otra opción.
Harry le estaba dando una oportunidad de dejar de encerrarse, le estaba tendiendo la mano para que diese un paso hacia adelante.
Sujetó la snitch y la sostuvo entre sus dedos con firmeza, tomando una decisión.
No quería continuar caminando solo en la oscuridad.
Aquííí estoooy yoooo
Abriéndote mi corazóóón
Llenando tu falta de amoooor
Cerrándole el paso al dolooooor
Y... hasta aquí mi homenaje a Luis Fonsi. Que por cierto, el otro día mi sobrina me preguntó si Luis Fonsi era el que se había hecho famoso gracias a "Despacito" y yo estaba en plan: "Cállate niña. Eres una vergüenza para mi apellido."
Qué poca educación. En fin.
Sé que muchxs estaréis decepcionados con Harry porque no ha luchado cual caballero de brillante armadura por Draco, pero creo que no debería ser siempre así. Quiero decir, Draco aquí se tiene que dar cuenta de que el segundo paso lo debe dar él, porque el primero lo ha dado Harry haciéndole saber que estaba interesado, y ahora es Draco quien se tiene que atrever a avanzar. Es cosa de dos.
Ahora habrá que esperar para saber si Harry todavía está dispuesto a aceptarle o no.
Para vuestra suerte, lo sabréis mañana, porque subiré otro capítulo para celebrar mi cumpleaños. ¡Veinticinco cumplo ya!
¡Hasta mañana!
