Capítulo 10:

Gracias

La última propuesta que había esperado por parte de Potter era la de ir a patinar sobre hielo, pero eso era lo que había dicho en su escueta nota. Draco había aceptado con reticencia, sin saber qué pensar. Lo único que encontró el fin de semana siguiente fue a un Harry ataviado en un abrigo negro, con sus guantes de cuero y un gorro de lana.

—Sabes qué hay pistas de patinaje en Londres, ¿verdad? —dijo, cuando el moreno le enseñó el traslador que traía consigo.

—¿Dónde ha quedado tu sentido de la aventura? —arqueó una ceja y le miró punzante. Harry rió mientras le tendía una taza de té agrietada. Parecía ilusionado— Está a punto de activarse.

Agarró la taza, su cuerpo se vio inmediatamente arrastrado con fuerza y un instante después el aire helado azoto su rostro. Se tambaleó cuando sus pies tocaron el suelo. Cruzó los brazos sobre su pecho mientras giraba sobre sí mismo para contemplar el paisaje a su alrededor.

—Qué frío —se quejó.

Estaban en un camino de tierra delimitado por un bosque de color verde oscuro. Eran árboles grandes y frondosos, con las copas llenas de nieve. Solo se escuchaba el viento y el choque de las ramas entre sí, lo que creaba una atmósfera tranquila.

—Bienvenido al parque nacional de Banff, en Canadá.

Desvío su atención hacia Potter, sin poder creerle. Cuando vio que no estaba bromeando, resopló aún más asombrado.

—Nunca pensé que serías tan excéntrico.

El moreno sonrió casi avergonzado, se encogió de hombros y empezó a caminar. Draco le siguió, aún contemplando el paisaje. Al menos esa vez no se había aparecido directamente, en un alarde de poder.

—En realidad este es el único lugar que me gustó durante el poco invierno que viví aquí —explicó.

Podía entenderlo. Era pacifico. Los árboles hondeaban en una vaivén sosegado, la brisa era fresca y húmeda porque el sol derretía la nieve y no parecía haber nada más que pájaros a kilómetros a la redonda.

—¿Por qué decidiste huir a Canadá?

—Era el primer traslador que había disponible.

—¿En serio? —cuestionó con evidente sorpresa—. ¿Y si hubieras acabado en un lugar remoto de Taiwán o algún sitio así?

—Supongo que entonces me habría puesto más moreno.

Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. ¿Donde tenía Potter el instinto de supervivencia? Él nunca se hubiera atrevido a coger un traslador al azar y empezar una vida en un país que no conocía. Suponía que por eso había terminado en Slytherin y no en Gryffindor.

Sus pensamientos se disolvieron en cuanto llegaron al final del camino y frente a él apareció un enorme lago. Había nieve en el suelo, árboles verdes, unas montañas blancas rodeándolo todo y un cielo azul de fondo, creando un panorama abrumador. Parpadeó con ojos grandes, mirando el paisaje. Era probablemente lo más bonito que había visto en su vida.

—Es alucinante.

—Sí —coincidió Harry—. Yo también me asombré cuando lo vi por primera vez.

—No entiendo porqué querrías irte de un sitio como este.

—Porque odio el frío —contestó, sincero. Le vio sacar algo de su bolsillo que posteriormente agrandó. Eran unos patines—. ¿Vamos?

Se acercó a la orilla del lago, observando el profundo azul de este. El hielo parecía sólido, aunque podía ver el agua líquida debajo. Harry se puso sus patines y se deslizó por la superficie con una desenvoltura practicada. Draco ni si quiera sacó los suyos.

—La ultima vez que patiné, tenía seis años.

—Eso es como montar en bicicleta —replicó Potter, zigzagueando con pericia—, nunca se olvida.

—No sé montar en bicicleta.

—Pues ya sabes qué vamos a hacer en nuestra próxima cita.

—¿Qué te hace pensar que voy a tener otra cita contigo? —entornó los ojos y alzó la barbilla de manera altiva— Llevarme a un sitio a que me congele de frío no es un plan romántico que digamos.

Se estaba quejando por quejarse. El lago era espectacular, era verdad que hacía frío aunque no era nada que no pudiera soportar. Nadie había hecho un esfuerzo parecido por impresionarlo y era realmente halagador.

—Ponte los malditos patines y ven aquí —exigió Harry—. No me hagas ir a por ti.

Por un momento pensó en desafiarle para ver cuán lejos estaba dispuesto a llegar, pero una punzada de nerviosismo le atravesó el estómago y le hizo guardar silencio. Sacó los patines de su bolsillo, los agrandó y se sentó en el suelo para ponérselos.

—Como me haga daño, te hechizaré —advirtió.

Se puso en pie de forma tambaleante, con los brazos en alto para mantener el equilibrio y las piernas inestables. Apoyó demasiado peso en su lado izquierdo y se desestabilizó. Por un momento se vio en el suelo, cuando dos manos le agarraron por los brazos y le devolvieron la estabilidad.

—Te tengo —dijo el moreno, sonriendo brillante.

Draco suspiró, con el corazón en la garganta.

—Seguramente este era tu plan desde el principio.

Le hubiera gustado poner más acusación en su voz, pero el sol se reflejaba en la nieve de su alrededor y la luz, a su vez, parecía ser absorbida por los ojos de Harry, volviéndolos de un increíble color verde nítido, casi cristalino. Draco apenas podía pensar.

—¿Tenerte así de cerca? —rió el otro— Me has descubierto.

Se deslizaron hacia el centro lentamente. Mantuvo su mirada en sus pies, en parte para no perder el equilibrio, y en parte para que Potter no notase la fascinación con la que le observaba. Era ridículo. No se había sentido así por Ivan la primera vez que le vio. Ni si quiera había estado tan atraído por él cuando empezaron a salir. Parecía como si estuviese otra vez en sexto curso, buscando a Potter entre las aulas en desuso.

—Creo que ya puedo yo solo —comentó, desesperado por dejar de sentir el calor del cuerpo de Harry pegado a él.

Le vio dudar, pero al final soltó sus manos y le dejó por su cuenta. No tardó en acostumbrarse a la sensación de deslizarse por el hielo. Lo disfrutó, de hecho. Era tranquilizante escuchar el ruido de las cuchillas sobre la superficie, mirar el paisaje y sentir la fría brisa en su rostro.

Potter, en cambio, patinaba velozmente, zigzagueaba y cortaba el hielo al frenar bruscamente para volver a coger velocidad. Le admiró desde lejos, cruzándose con él de vez en cuando, observando la sonrisa perenne y la expresión de auténtico regocijo que se reflejaba en cada poro de su piel. Era como verle volar en escoba.

—¿Cómo conociste este lugar? —le preguntó, cuando el moreno se detuvo a su altura.

—Vivía en un pueblo mágico cerca de aquí. Mi jefe me dijo una vez que en este lago había una especie de Merrows, así que vine a comprobarlo —Draco abrió los ojos enormemente y miró hacia el agua con estupor, preguntándose si en las profundidades del agua había un pueblo de Merrows. Lo veía posible. Estaba a punto de despotricar al aire, cuando las carcajadas de Harry le hicieron levantar la vista—. Deberías haber visto tu cara.

Frunció el ceño, entrecerró los ojos y apretó los dientes.

—Eres un imbecil —espetó.

Acto seguido cogió al moreno de la chaqueta y tiro de él con fuerza, consiguiendo que se estrellase contra el suelo. Sonrió orgulloso.

—Me las vas a pagar, Malfoy.

Fue inútil intentar escapar porque Potter era mil veces más rápido que él. Apenas había avanzado unos metros cuando el cuerpo del moreno se estrelló contra su espalda y sus brazos rodearon su pecho con firmeza, dejándole atrapado. En vez de caer, se deslizó por el hielo a mucha más velocidad, haciendo que el viento congelase su nariz y que su corazón se acelerase por la adrenalina.

—¡Vas a conseguir que te mate! —amenazó.

La única respuesta que recibió fue una risa jovial que le estremeció de arriba a bajo.

Su estómago subió hasta su garganta cuando se detuvieron de repente. Creyó por segunda vez que se estrellaría contra el suelo pero, una vez más, Potter detuvo su caída.

—Creo que ya hemos tenido suficiente, ¿no?

—Te odio —le dijo, aunque no había mucha intención en su voz.

Se sentía mareado, aunque no sabía si era por la aventura o porque el moreno aún seguía abrazado a él.

—Ha sido divertido —replicó Harry, sonando completamente satisfecho consigo mismo. Draco suspiró con alivio cuando se separaron y se dio la vuelta para fulminarle con la mirada— ¿Me odiarías un poco menos si te ofrezco un chocolate caliente?

Se dejó vencer por la sonrisa inocente del otro y terminó por aceptar la oferta. Se desplazó hasta el borde donde se quitó los patines y los volvió a encoger para guardarlos en su bolsillo. No se dio cuenta de lo cansado que estaba hasta que sus pies no se asentaron en suelo firme. Se acurrucó dentro de su abrigo, andando por el camino por el que habían venido.

—¿Donde trabajabas?

—En un acuario —alzó la mirada, incrédulo. Harry soltó una carcajada corta, asintiendo con la cabeza—. Fue entretenido. Mi jefe era una especie de Xenophilius Lovegood canadiense.

—Es decir, que estaba loco.

Potter golpeó su hombro, sacándole un quejido.

—No estaba loco, solo tenía una visión diferente de la vida. Era algo místico, eso sí. Pero me enseñó muchas cosas sobre la magia.

Llegaron a un puesto ambulante situado en medio de un claro que contrastaba visiblemente con toda la nieve que les rodeaba. Era pequeño —aunque debía estar agrandado mágicamente—, tenía el techo rojo con detalles en verde y se escuchaba un hilo musical que parecía un villancico. Dentro del puesto, había un hombre regordete, con un bigote rizado en las puntas, las mejillas moteadas de rojo y una sonrisa feliz. Por un momento, tuvo la creencia de que estaba en medio de una de esas historias de Navidad de los cuentos de Teddy.

Recibió su bebida con un suspiro agradecido, envolviendo las manos alrededor del vaso para absorber algo de calor.

—¿Estoy perdonado? —quiso saber Harry, mientras volvían al lago.

—Sólo porque el chocolate lo vale.

Caminaron hasta uno de los bancos de madera que estaban repartidos por el lugar. Draco se sentó con un leve quejido adolorido. Debería hacer deporte más a menudo. Contempló el paisaje, mientras un calor repentino le envolvía. Reconoció la magia a su alrededor, y dedujo que Potter debía haber convocado un encanto cálido en torno a ellos.

—¿Fue tu jefe quien te enseñó a hacer magia no-verbal y sin varitas?

—En parte —contestó—. Él me enseñó a canalizar mi magia y utilizarla de manera más fluida, pero he de admitir que tengo un truco bajo la manga.

—¿Cual?

Recibió como respuesta un encogimiento de hombros junto con una sonrisa enigmática.

—¿Qué gracia tendría si te lo contase? —puso los ojos en blanco, bebiendo de su vaso de plástico— Lo que mi jefe sí me enseñó fue esto.

Vio a Harry exhalar y una nube de vaho a causa del frío salió de sus labios. La nube, en vez de disiparse, se condensó y poco a poco fue tomando forma, como si de un patronus se tratase, sin embargo en vez de trasformarse en un ciervo, lo que apareció fue un dragón que voló por encima de ellos.

—¿Cómo has hecho eso?

Se notaba el asombro en su voz y seguramente también en su rostro, porque estaba demasiado conmocionado como para ocultarlo.

—Con un encanto de ilusión óptica. Queda mucho mejor con el humo de un cigarro, pero algo es algo.

Habló dándole tan poca importancia a lo que acababa de hacer que Draco sintió un fuerte impulso de golpearle. O de besarle.

No hizo ninguna de las dos, sino que contemplo su bebida, mordiéndose el labio inferior. Dejó el vaso encima del banco, sacó su varita y atrapó una gota de agua que había a causa de la nieve derretida con su dedo índice.

Glacius —murmuró. La gota se congeló, agitó su varita con un movimiento complicado y la transformó en un traslúcido copo de nieve. Lo mantuvo en la palma de su mano antes de decir—: Sphaera.

Una esfera de cristal rodeó el copo de nieve, manteniéndolo intacto en el centro. Sonrió orgulloso, mirando su obra. Era un hechizo que le había enseñado su padre cuando era pequeño y que había hecho muchas veces por diversión. Le tendió el copo a Harry, estudiando con atención su reacción. Se contentó al ver que parecía deslumbrado, con las cejas alzadas con sorpresa y la esquina de su boca curvada hacia arriba.

—Eso ha sido impresionante —alabó Potter, girando la esfera entre sus manos—. ¿Puedo quedármelo?

—Claro.

El moreno desvió su mirada hacia él, sonriendo ampliamente. Draco volvió a coger su bebida, manteniendo los ojos en el lago para que no se notase su sonrojo.

—Gracias, Draco.

—No te pongas sentimental —comentó, intentando disimular su vergüenza—, solo quería que vieras que no solo tú puedes hacer hechizos alucinantes.

Harry se carcajeó suavemente y empujó su hombro de manera amigable.

—No me atrevería a pensar lo contrario.

Se quedaron en silencio, disfrutando del chocolate caliente y del entorno. Draco respiró hondo, con una sensación de plenitud embargándole. No se había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que echaba de menos compartir momentos con alguien.

—¿Volvemos a casa? —preguntó Harry al cabo de un tiempo. Asintió, poniéndose en pie y sujetando la tetera que lo arrastró de vuelta a su apartamento. El moreno le miró, buscando alguna reacción de él—. ¿Te ha gustado?

—Si estas esperando que te suba el ego diciéndote lo genial que ha sido el día, puedes sentarte porque te vas a cansar.

Potter negó con la cabeza, con el fantasma de una sonrisa en su boca y chasqueó la lengua.

—Tú y esa insolencia.

Se encogió de hombro, manteniendo su actitud arrogante, con la cabeza alta y los brazos cruzados.

—Tendrás que aprender a vivir con ello.

—Ya lo veremos —replicó, antes de dirigirse hacia la salida.

Lo acompañó hasta la puerta y se apoyó en el umbral.

—Harry —llamó, cuando éste estaba a punto de bajar por las escaleras—, gracias.

Si le hubiera preguntado porque, Draco habría respondido que le daba las gracias por darle una oportunidad, por confiar en él, por no juzgarle, por no echarle en cara todo su pasado, por no tener en cuenta su apellido y por haberle enseñado una pequeña parte de Canadá. Pero no se lo preguntó, en cambio dijo:

—Gracias a ti.

Cerró la puerta con una sonrisa, y se tumbó en el sofá, sin quitarse ni el abrigo ni los guantes. Se preguntó si esa sensación de complacencia le iba a durar el resto del día.


¿Soy yo o las semanas se pasan volando? No me he dado cuenta y ya estábamos a viernes. Siento que fue ayer cuando actualicé...

¡Pero me alegro de que estar aquí un capítulo más!

La verdad es que esta parte no la tenía originalmente en la trama, pero cuando corregí la parte de historia que tenía hasta entonces, sentí que faltaba algo que uniese el capítulo anterior con el siguiente y salió esto. En un principio solo iba a ser una pequeña escena, pero me puse a imaginarlo y al final salió un capítulo entero.

Debo confesar que esto de ir añadiendo partes me está pasando con frecuencia porque en un principio está historia iba a tener 28 capítulos, luego paso a 30 y ahora mismo he calculado una trama de 35, aunque creo que alguno más añadiré. ¡Eso significa que voy a batir mi récord! Siendo yo, eso es un hito jaja

¡Nos leemos el próximo viernes!