Capítulo 11:
Primer paso
Ivan había sido un novio apático. No hablaba mucho y nunca mostraba afecto en público. Tal vez por eso a Draco le habían gustado tanto esas caricias que le daba en privado. Era alto y delgado, aunque por herencia, no porque se hubiese hecho así. Tenía un aire elegante que le acompañaba siempre y unos ojos azules fríos que rara vez mostraban algo que no fuese aburrimiento. Defendía la pureza de la sangre y eso muchas veces había causado discusiones entre ellos. A Draco le gustaba pensar que había aprendido de sus errores y no había estado dispuesto a ceder ante Ivan en ese tema. Era experto en Artes Oscuras por su educación en Durmstrang, sus abuelos habían luchado a favor de Grindelwald, sus padres habían sido nortífagos, y eso hizo que siempre se vanagloriase de que sus enemigos debían temerle. Ahí es donde él creía que estaba su verdadera virtud: en la admiración que le otorgaban por el temor que parecía infringir en los demás.
Con Draco había sido cuidadoso y apasionado en la intimidad. Cuando le había hablado de sus curiosidades en el ámbito sexual, había visto los ojos de Ivan brillar como nunca antes. Había sido espectador de esa transformación cada vez que intimaban, de cómo dejaba atrás toda esa indiferencia helada y se volvía un ser estricto y sombrío. Se ceñía en él una opacidad diferente, más lúgubre y peligrosa. Draco había confiado en él y no le había importado cuan temerario pareciese Ivan. No le haría daño, no sin su consentimiento. Se lo había prometido.
No había sido consciente de lo frágil y delicada que era la confianza, lo fácil que era perderla. Ivan había cogido toda esa fe que Draco había depositado en él y la había desecho como una mota de polvo en medio de un tornado. Entonces, la venda que Draco había tenido en sus ojos, esa fina capa que hacía que viese a su novio como un hombre cariñoso y dedicado, se desvaneció. Empezó a verlo como lo veían los demás. Lo respetaba, podía obedecerle si quisiera, pero ya no sería por elección propia, sino porque el terror que sentía le obligaba a agachar la cabeza para mantenerse a salvo, y eso no era lo que quería.
Harry, en cambio, era muy diferente. No habían definido su relación, pero eso no le impedía sujetar su mano al paseaban por el parque, abrazar sus hombros cuando se sentaban en uno de los bancos frente al lago o envolver su cintura mientras observaban alguno de los cuadros del museo de Londres. Era afectuoso de forma natural, no se preocupaba por las miradas indiscretas ni por los comentarios de los demás. Lo que quería, lo hacía, y lo único que le importaba era la opinión de Draco al respecto. Tenía esa seguridad en sí mismo que envidiaba y su risa burbujeante y alegre, como la que le había mostrado a Teddy, que le hacía vibrar. Infundía respeto, y no por toda esa capacidad mágica que desbordaba, no porque la gente tuviera pavor de él, sino por su presencia. Era ese talante, ese temperamento ligeramente expuesto, que provocaba admiración y resentimiento a partes iguales, lo que hacía que la gente le contemplase con fascinación.
Y, donde cualquier hubiera aprovechado esa posición que le regalaba el mundo, Harry la ignoraba. Decidía parecer inconsciente del efecto que tenía en las personas. Lo obviaba con una maestría y delicadeza estudiada. Draco le había preguntado una vez porque no aprovechaba de esa influencia que poseía, porqué no intentaba ser Ministro, Director de Hogwarts o dueño del mundo mágico. Harry le había contestado que no quería nada de eso, que sólo deseaba disfrutar de su ahijado y de sus amigos y tener una vida tranquila.
Entonces, esa admiración que Draco había profesado por él en secreto desde que tenía once años, creció. Y supo que había tomado la decisión correcta al elegir a Harry para salir de su seguridad.
—¿En qué piensas?
Draco parpadeó, saliendo de su trance mental. Caminaban cerca del río Támesis, con el aire helado chocando en su rostro y la chaqueta abrochada hasta el cuello. Había nevado la noche anterior y los bordes de las aceras estaban llenos de nieve grisácea manchada por los coches.
—En qué no sé cómo puedes comerte un helado con el frío que hace.
—Están igual de buenos en invierno que en verano —Harry se encogió de hombros, disfrutando del último bocado de su cono de chocolate. Draco sonrió bajo su bufanda. Avanzaron unos cuantos metros más hasta detenerse frente a una casa con la fachada de color crema, escalera de piedra y ventanas blancas—. ¿Quieres entrar?
De los semanas que llevaban teniendo citas, Potter siempre le había preguntado lo mismo cuando habían llegado a la puerta de su casa y Draco respondió con una negación todas esas veces. Al moreno no parecía molestarle sus desplantes. Se había tomado muy enserio su acuerdo de ir despacio y esperar a que Draco estuviese preparado. Por eso, en esa ocasión, quería dar un paso más.
—Claro —respondió.
Si tenía alguna duda al respecto, se extinguió. Tomar esa decisión había valido la pena solo por la mirada llena de placentero asombro de Harry.
Subió los peldaños y aguardó con aire expectante. Había un recibidor elegante nada más entrar y unas escaleras blancas de mármol. Unas puertas dobles a su derecha daban a un amplio salón con paredes de madera, un sofá de color gris con una alfombra a juego y una chimenea de piedra negra.
—Puedes dejar la chaqueta donde quieras —le dijo Harry. Se quitó la bufanda y dejó el abrigo en el reposabrazos del sofá—. ¿Quieres té?
—Sí, gracias —miró a su alrededor con curiosidad. Había libros y pergaminos en la mesita de café, en las paredes colgaban estanterías con fotografías mágicas y muggles—. Tienes una casa muy agradable.
—¿Por qué lo dices con sorpresa?
Se dio la vuelta para ver una amplia y blanca cocina que comunicaba con el salón, solo separada por un mostrador con algunos taburetes. Desde allí, podía ver a Harry calentando agua en una tetera.
—Tu oficina en el Ministerio no es así.
—En mi oficina entra mucha gente. Cuanto menos enseñe, menos podrán hablar de mi —respondió—. ¿Quieres ver el resto?
El pasillo junto a las escaleras daba a un baño y a un despacho. Este último estaba curiosamente ordenado. Olía a tabaco y a la colonia de Harry. Habían archivos y plumas encima del escritorio, una escoba en una esquina y un estandarte de los Chudley Cannons colgado en la pared. Tenía una chimenea que suponía que debía utilizarse para la red flú y, lo que le llamó más la atención, una vitrina que ocupaba casi una pared entera llena de snitch.
Eran de todos los colores y formas. Las había que eran más pequeñas que una moneda y otras que eran igual de grandes que su manos. Algunas eran trasparentes, doradas, plateadas, de madera, con alas de colores, con plumas...
—Es maravilloso —murmuró, admirando una snitch que rotaba sobre sí misma y creaba estelas de colores.
—Me gusta coleccionarlas —señaló un hueco en una de las hileras, justo entre una snitch completamente negra y otra que parecía pintada a mano—. Ahí estaba la que te regalé.
Sintió una pequeña emoción dentro de él. Saber que Harry había escogido una snitch de su propia colección para regalársela era conmovedor.
—Creo que nunca te lo he agradecido.
No habían hablado del recuerdo que le dio, ni de la conversación donde Draco le contó su mala experiencia. Harry no hizo más preguntas, ni revolvió el pasado. Tal y como había dicho, solo se centró en conocerle. Pero era algo de lo que debían hablar tarde o temprano, y Draco no negaría que se moría de ganas por pregúntale varias cosas que habían estado dando vueltas por su mente.
—No sé si preocuparme cuando pones esa cara —se giró para mirar a Potter, arqueando una ceja inquisitiva—. Parece que estés tramando algo.
—¿Un plan malvado para conquistar el mundo?
—Como mínimo —rió el moreno.
Draco sonrió, dirigiendo su mirada hacia la vitrina de nuevo.
—Pensaba en el recuerdo que me regalaste y en lo poco que me has contado de él.
—Puedes preguntarme siempre que quieras sobre cualquier tema y te responderé.
Harry ya le había dicho eso más de una vez. Nunca se había mostrado incómodo ni esquivo cuando le había hecho una cuestión de índole personal. Le había respondido de manera franca y sincera, pero Draco se sentía torpe hablando de según qué temas y muchas veces había preferido tragarse sus dudas.
—¿Quién es Ren? —cuestionó, sin atreverse a preguntar de buenas a primeras por sus relaciones anteriores.
—Renaud es un amigo que conocí cuando hacía mi preparación para Auror en el MACUSA. Él es uno de los instructores que enseña a los estudiantes —Harry le miró consciente y dudó si realmente le haría pregunta lo que quería saber—. Y tiene un club de BDSM —añadió, aclarando sus dudas.
—¿Qué se hace allí?
—De todo, aunque se caracteriza por sus exposiciones. Es casi un museo. A Ren le gusta exhibir fetiches y Nina, su socia, crea representaciones de estos. El último fue de pintura corporal, en el cual algunos clientes o modelos se exponían como obras de arte para que el resto los viera.
Frunció el ceño, intentando imaginárselo. Había intentado ir a un club después de su incidente con Ivan. No había podido pasar de la entrada. Solo recordaba ver unas escaleras oscuras con las paredes de piedra, el techo abovedado y el olor a humedad, cuero y látex. Había entrado en pánico de inmediato y no había vuelto en sí hasta que no estuvo en su casa.
La explicación de Harry no se parecía en nada a eso.
—No suena como BDSM.
—Renaud es francés y le gusta la elegancia —contestó con afecto. Se notaba que había una buena relación entre ellos—. También hay habitaciones que pueden utilizar los clientes de manera personal y son mucho menos sutiles.
—¿Has usado alguna? —cuestionó, ganándose una respuesta afirmativa por parte del otro—. ¿Mientras entrenabas a sumisos?
Harry sonrió, no sabía si porque su voz había salido relativamente baja o porque sentía que sus mejillas se estaban coloreando contra su voluntad.
—Me extrañaba que no me lo hubieras preguntado antes —contestó, entretenido—. El club de Ren ofrece un servicio para los recién llegados si no tienen práctica: puedes pedir el servicio de un dominante o un sumiso experto para iniciarte.
Nunca había escuchado tal cosa en su vida, pero no sonaba del todo mal. Tal vez su experiencia no hubiera sido tan mala si hubiera tenido ese tipo de recursos al alcance.
—Parece interesante.
—Lo es. Así es como empecé yo.
Parpadeó con los ojos ligeramente abiertos.
—¿Te... entrenaron?
—Sí.
Estuvo a punto de preguntarle cómo, pero se dio cuenta de que sería una cuestión estúpida. Era evidente que debía haber aprendido a base de tener relaciones sexuales, tal y como había hecho él.
Siempre pensó que Harry había adquirido su experiencia a base de ir probando, no que había ido a un sitio en específico, con alguien en concreto, para que le enseñase.
—¿Cómo es?
—Más teórico de lo que te imaginas.
Emitió un sonido poco comprometedor. Saber ese dato no le impidió sentirse menos celoso.
—Y luego pasaste de ser el alumno al maestro, ¿no?
No obtuvo una respuesta inmediata. Potter se dedicó a estudiarle y luego le regaló una sonrisa comprensiva.
—No puedes enfadarte por cosas que hice antes de estar aquí.
Respiró hondo para asegurarse de que su voz no sonase demasiado molesta.
—No estoy enfadado —cruzó los brazos sobre su pecho y se concentró en mirar a cualquier otro sitio que lo fuese a Harry—. ¿No lo echas de menos?
—¿El qué, exactamente?
—Poder acostarte con quien quieras.
Potter agarró su mano y desenredó sus brazos. Tiró de él para obligarle a encararle.
—Estoy donde quiero estar, Draco —había sinceridad en sus ojos y una convicción a la hora de hablar que hizo que el aire abandonase sus pulmones suavemente y la tensión que sentía en sus hombro se desvaneciese—. ¿Quieres ver el resto de la casa?
—Sí —respondió, aliviado de dejar de ahondar en el tema.
Salieron del despacho y subieron al piso de arriba. Habían tres habitaciones: dos para invitados y la de Harry. Las dos primeras eran simples y funcionales, decoradas con colores claros y neutros. Draco las estudió con curiosidad y se decepcionó al no ver nada fuera de lo común.
—¿Buscas algo en concreto? —cuestionó Potter con evidente diversión.
—Teniendo en cuenta la experiencia que tienes —habló con sorna—, esperaba encontrar una mazmorra sexual.
Le escuchó carcajearse mientras negaba con la cabeza.
—Lo siento, pero no tengo sótano.
—Una sala de juegos, entonces.
Harry le miró intensamente, relamiéndose los labios. Su pulso se aceleró.
—¿Para qué quiero una habitación cuando puedo utilizar toda la casa?
Decidió no responder y se negó a que su imaginación volase lejos. En vez de eso, abrió la última habitación y entró en ella. Estaba decorada en tonos grises y negros como el salón y, a diferencia del despacho, allí no había ni fotografías ni nada fuera del orden. El único objeto personal que encontró fue la esfera con el copo de nieve que le regaló encima de la mesita de noche al lado de la cama. Se emocionó sin poder evitarlo.
—Es bonita —elogió.
No sabía si era por su conversación o por estar en un lugar tan personal, pero se sintió agitado de algún modo.
Caminó hacia el centro de la habitación donde había una columna cuadrada, no demasiado grande y de color blanco, ubicada justo frente a la cama. Pensó que era incómoda y que rompía la amplitud de la estancia. Sus ojos se fijaron entonces en algo que había clavado en la columna a un metro por encima de él. Era un gancho metálico y redondo, lo suficientemente grande como para que llamase la atención. Cualquier otra persona no le habría dado importancia, pero a Draco le llegó una realización inmediata que le hizo tragar en seco.
—La columna venía con la casa.
Se dio la vuelta para encontrar a Harry mucho más cerca de lo que había esperado. Dio un paso atrás, sintiendo que su corazón empezaba a alterarse.
—¿Y eso también? —preguntó, señalando el gancho.
Le miró insinuante y avanzó otro paso hacia él. Cuando habló, su voz era mucho más profunda de lo normal.
—Eso lo he añadido yo.
—¿Para qué?
Su espalda chocó contra la columna. Los ojos verdes de Harry brillaban y a la vez se veían opacos. Su rostro, normalmente abierto y ocurrente, se cerró. Su expresión era neutra, aunque su boca se curvaba sugerente.
—¿Tu qué crees?
—No lo sé.
Sí lo sabía y el moreno también parecía ser consciente de ello por la observación cómplice que le dio.
—Si estuviéramos en otra situación —su voz ronca le atravesó los oídos y retumbó en el pecho de Draco al ritmo de su respiración descompasada—, te desnudaría, te ataría las manos con una cuerda roja, porque se vería maravillosa en su piel y la engancharía en esa alcayata que tienes encima. Entonces te haría enredar tus piernas en mi cintura o tal vez te daría la vuelta y te follaría así. O simplemente te dejaría aquí y me tumbaría en mi cama a admirarte —relamió sus labios y le dio una mirada ligeramente soberbia— ¿Has visto? No me hace falta una mazmorra.
Era un cambio sutil. Su postura, la rigidez en sus hombros, sus labios levemente apretados y ese aura de dominio que envolvía, apretaba e inundaba toda la habitación, sin dejar espacio para nada más. Sus narices estaba a punto de tocarse y, aunque estaban a la misma altura, Harry parecía mucho, mucho más grande que él. Draco no podía apartar los ojos, aunque su cerebro estuviese ordenándole que cerrase los párpados. Sería tan fácil doblegarse, dejar que sus rodillas venciese bajo su peso y permitirle a Harry que hiciese lo que quisiese con él.
—Estás aterrorizado.
—No.
Tenía esa pequeña sombra de miedo en el fondo de su mente que le pedía que huyese lo más rápido posible, pero era la mezcla entre interés y excitación la que tenía a su respiración al borde del jadeo y a su corazón latiendo a mil por hora.
Harry sonrió consciente, su expresión se hizo fácil y serena y toda esa atmósfera congestionada se desinfló tan rápido como se había creado.
—Nunca haría nada sin tu consentimiento, Draco —elevó su mano y la llevó hasta su mejilla para acariciadla con cariño. El rubio cerró los ojos y se inclinó al tacto—. No disfrutaría de algo que sé que te hará sentir angustia.
—Lo sé.
Era precisamente por eso por lo que no había salido corriendo de allí, porque sabía que Harry no sería capaz de forzarle a hacer nada que no quisiera.
Parpadeó y se encontró directamente con una mirada completamente maravillada. Su cerebro ni si quiera prestó atención a lo que estaba haciendo cuando su mano se alargó para aferrar el suéter del moreno y terminar de pegarlo a él.
No recordaba la última vez que había besado a alguien con tantas ganas, ni cómo su cuerpo se había sentido tan desecho. Había estado semanas deseando eso, preguntándose cómo sería sentir los labios de Potter sobre los suyos, si le besaría apasionadamente o sería un romántico Gryffindor. Notaba los dedos de Harry clavándose en sus costillas mientras profundizaba el beso y lo aplastaba aún más contra la columna y lo único que podía hacer era emitir un sonido tan necesitado que seguramente le avergonzaría más tarde. Era asfixiante, abrumador y emocionante a la vez. Se sentía vibrar y flaquear al mismo tiempo.
Cuando se separaron, Draco apenas podía respirar. Notaba su pulso acelerado en sus labios y tuvo que ordenarse deliberadamente aflojar el fuerte agarre que mantenía en los hombros de Potter.
—Volvamos a bajo antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme.
Draco rió ante la amenaza vacía y mordió su labio inferior mientras seguía a Harry hacia el salón, sintiéndose más vivo y liberado que nunca.
*carraspea*
¡Declaro oficialmente el inicio del Drarry en esta historia!
Como ya habréis podido notar, he dado un pequeño salto de tiempo aquí para ir avanzando un poco con la trama porque llevamos doce capítulos y todavía me queda mucho por contar. Siento que esta historia va a ser interminable porque cada vez que publico un capítulo, me viene una idea para otro y así sucesivamente. En fin...
¡Esperó que os haya gustado este primer beso! Para mi fue muy emocionante escribir esta parte, así que espero que lo hayáis disfrutado.
¡Nos leemos el viernes que viene!
