Capítulo 17:

Decisiones

El Campeonato Interdepartamental de Quidditch era un evento deportivo que organizaba el Ministerio una vez al año y por el que nunca había sentido interés alguno. Por eso, cuando se abrieron las convocatorias para participar, él ni si quiera pensó en apuntarse. Dudaba mucho que su nombre fuese escogido para jugar entre todos los inscritos y, aunque tuviese una oportunidad, no le apetecía tener que socializar con sus compañeros de departamento. Tenía un número limitado de inútiles a los que podía soportar en un solo día y era un número de una sola cifra.

Harry, en cambio, sí lo hizo. Draco cometió el error en decirle que era una pérdida de tiempo porque el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos siempre ganaba el campeonato —no por nada se dedicaban a ello— y descubrió que Potter, aunque hubiera cambiado mucho, seguía teniendo la competitividad de un niño de doce años. Le había dado una mirada llena de orgullo herido y le había prometido que ganaría, aunque sólo fuese para cerrarle la boca. Draco había estado a punto de decirle que podía callarle la boca de un millón de formas diferentes, pero decidió que su comentario no iba a ser bien recibido.

Por eso ahora se encontraba en el Ministerio —cuando podría estar tan tranquilamente en su casa—, sentado en las gradas del estadio de Quidditch que habían trasformado mágicamente en medio de las oficinas del Consejo de Asuntos Exteriores. Harry había sido admitido en el equipo de manera inmediata, como sabía que sería, y en ese momento se enfrentaban al último partido contra el Departamento de Deporte y Juegos Mágicos. Tenía la suerte de que los partidos no duraban demasiado, había un límite de tiempo de cuarenta y cinco minutos para cada encuentro y, de no atrapar la snitch, ganaba el equipo que más puntos conseguía. Su departamento había conseguido ganar ya al equipo formado por el personal de apoyo del Ministro y al de Catástrofes Mágicas. Harry había logrado atrapar la snitch en ambos partidos y, a juzgar por la determinación férrea de su mirada, apostaría que también ganaría esta vez, a pesar de que estaba enfrentándose al guapo de Adrián Denson.

—Draco.

Giró su cabeza hacia su lado izquierdo, no reconociendo la voz en un primer momento, para después sentir que todo su cuerpo se tensaba al ver a Granger sentarse a su lado como si lo hiciese todos los días.

—Granger —saludó. Frunció el ceño, incierto. Recordaba haber leído o escuchado en algún sitio que la chica se había casado, pero no estaba del todo seguro—. ¿O debería llamarte Weasley? ¿Granger-Weasley?

—Deberías llamarme Hermione —corrigió ella, con una sonrisa que parecía amable—, después de todo, Harry nos dejó claro el domingo lo seguro que estaba con vuestra relación, así que nos vamos a volver cercanos.

Asintió, incómodo. Unos días atrás, le había preguntado a Harry cómo había ido su reunión familiar, recibiendo como respuesta una sonrisa despreocupada y la certeza de que los Weasley lo aceptaban. No había parecido afectado en los más mínimo, así que Draco lo había dado por válido y no había querido indagar en los detalles, demasiado inseguro de conocer las reacciones en particular.

—Supongo que sí —aceptó, a pesar de que en el fondo no estaba preparado para ello— Tu marido debe estar muy contento.

A pesar de su tono irónico, Hermione rió. Draco miró hacia el partido, donde el equipo de Adrián iban ganando, sin saber qué hacer en esa situación. Era casi surrealista. Por las expresiones de desconcierto de las personas a su alrededor, ellos debía pensar lo mismo.

—Tenía la esperanza de que las fotografías de El Profeta fuesen un montaje, aunque Ginny ya le había asegurado que no era así. Luego vino Harry y le hizo aterrizar.

El comentario sardónico estaba pendiendo de su lengua listo para salir, pero decidió retenerlo. Granger estaba siendo civilizada, amable incluso, y no creía que fuese una buena idea burlarse de Weasley. Aunque sería realmente fácil y satisfactorio.

—Ya me lo imagino —respondió, cordial.

—Sé que será extraño —comentó ella, en un tono comprensivo que le hizo sentirse incómodo—. Lo es para nosotros, pero estamos dispuestos a intentarlo por el bien de Harry. Mientras él sea feliz, nosotros le apoyaremos.

Soltó un suspiro y sus hombros se relajaron. No se había dado cuenta de lo tenso que estaba hasta ese momento. Una cosa era que Harry le hubiera asegurado que los Weasley le aceptaban y otra cosa era escucharlo directamente de parte de Hermione. Dudaba mucho que le importasen en lo más mínimo los sentimientos de Draco, así que sabía que ella no le mentiría, ni le restaría importancia al asunto para no dañarle.

—Gracias —murmuró, en voz baja. No tenían porque hacerlo, no le debían nada después de todo lo que Draco había dichosa ellos o de lo que su familia le había hecho a los Weasley. Estaban en su derecho de estar descontentos con su relación, y aún así iban a darle una oportunidad—. Y lo siento.

Granger le ofreció una sonrisa amistosa, antes de centrar su atención en el partido.

—No sé porqué Ron sigue insistiendo en apuntarse a este campeonato si luego siempre pierde.

Desvió la mirada hacia los aros, donde Weasley ejercía de guardián. Lo hacía mejor que en el colegio, pero seguía sin ser uno de los mejores.

—No creo que pierdan esta vez teniendo a Potter en su equipo —opinó. Sintió la mirada de la chica sobre él y, cuando se giró, la vio al borde de la risa—. ¿Qué?

—¿Estáis saliendo juntos y lo sigues llamando por su apellido?

Lo pensó durante un segundo, antes de encogerse de hombros.

—Es la fuerza de la costumbre.

Abandonaron la conversación a favor de ver el partido, lo cual agradeció. Draco dividió su atención entre mirar a Harry volar, al igual que estaba haciendo la mayoría de los allí presentes, e intentar descifrar porqué la magia de Granger se descontrolaba de forma esporádica. Era sutil, estaba seguro de que nadie a su alrededor sería capaz de notarlo y apenas duraba el tiempo suficiente como para saber a qué se debía. No creía que una bruja como ella no fuese capaz de dominar su magia, así que lo primero que pensó fue que tal vez estaba utilizando un hechizo a favor del equipo de Weasley. Miró hacia el pelirrojo, observando cómo le marcaban otro tanto. No, definitivamente no le estaba ayudando. Si lo pensaba bien, tampoco parecía una magia lo suficientemente consistente como para mantener un hechizo. Se asemejaba más bien a los accidentes eventuales de un niño. Su espalda se enderezó y parpadeó asombrado cuando su mente llegó a una resolución. Estaba embarazada. No se dio cuenta de que estaba contemplando a Hermione hasta que ella llamó su atención.

—¿Qué?

—Felicidades —murmuró, llevando sus ojos hacia se estómago significativamente.

—¿Cómo...? —Granger hizo ademán de llevar su mano hacia su vientre, pero se detuvo apenas un instante después. Miró a la gente a su alrededor, como si estuviese comprobando que nadie se hubiese dado cuenta de su desliz. Supuso que era por la prensa. Luego le estudió con ojos calculadores—. Eres sensible a la magia —concluyó de forma astuta.

—He vivido en una casa llena de objetos mágicos —argumentó, sin darle mucha importancia—. Al final aprendes a detectarla.

No dijo que vivir en el mundo muggle le hacía apreciar más su parte mágica y le ayudaba a percibir ese contraste tan significativo entre los dos mundos. Granger mantuvo su atención en él durante mucho tiempo. Incluso cuando el público rugió porque Potter se hacía con la snitch y, por primera vez en años, el Departamento de Seguridad Mágica se hacía con la victoria, ella siguió mirándole con interés. Estuvo a punto de preguntarle si necesitaba algo, cuando Hermione se levantó de su asiento y le tendió la mano con una sonrisa enigmática y calculadora que no entendió.

—Nos veremos pronto, Draco —sonaba a promesa, lo cual no terminaba de gustarle—. ¿Podrías guardarme el secreto? Harry todavía no sabe nada.

—Claro —respondió, no obstante—. Ha sido un placer.

Se quedó sentado durante unos segundos para evitar la aglomeración de gente que se estaba formando para salir de las gradas, parpadeando ligeramente desconcertado, sin tener demasiado claro cómo sentirse con lo que acababa de pasar. No sabía qué pensar ahora que había descubierto que Granger no era del todo insoportable. Encogió sus hombros mentalmente y se puso en pie dispuesto a salir.

Caminó por los pasillos del Ministerio, buscando a Harry con la mirada, hasta encontrarlo fuera de los servicios que habían sido habilitados mágicamente como vestuarios para los equipos. Tenía el cabello mojado y desordenado, como si acabase de salir corriendo de la ducha. Para su sorpresa, vestía ropa muggle: un pantalón deportivo negro y una sudadera naranja de los Chudley Cannons remangada hasta sus codos, exhibiendo sus antebrazos. Draco, en otras circunstancias, habría atesorado esa imagen en su cabeza, pero en ese momento no lo hizo. Él estaba más concentrado en Anthony Goldstein, quien estaba hablando con su novio, sonriendo dulce con las mejillas coloreadas y con la ensoñación en los ojos.

Se sorprendió cuando los celos le atacaron de repente, con fuerza y rapidez, enrollándose en la boca del estómago y abriéndole un agujero negro lleno de rabia. Cruzó los brazos y apretó los dientes hasta que sus encías protestaron. No se acercó a ellos, sino que se mantuvo a una distancia suficiente para verles pero sin llegar a escucharles. Sintió cómo sus hombros se tensaron y su pecho se apretaba cuando Anthony alargó la mano para agarrar el brazo de Harry, riendo en voz alta por algo. Ahora entendía porque alguien inventó las Maldiciones Imperdonables.

No recordaba la última vez que había sentido una furia tan intensa como en ese momento. Tragó saliva mientras intentaba respirar hondo para relajarse. Goldstein giró su cabeza hacia él y Draco se alegró cuando vio que su sonrisa moría tan abruptamente que hizo que Harry también se voltease para mirarle. Le vio despedirse del chico en apenas unos segundos y se acercó a él con una sonrisa que no fue capaz de corresponder con sinceridad.

—Te dije que ganaría —dijo, nada más llegar a su altura. Parecía totalmente ajeno a su malestar, así que intentó tragarse todo lo que estaba sintiendo.

—Felicidades, campeón —contestó, no tan alegre cómo quería.

—¿Te acompaño a casa?

Quiso negarse, pero sabía que eso daría lugar a que Harry se cuestionase el motivo y no tenía ganas de que indagase. Terminó asintiendo, sin poder resistir la necesidad de enviarle una última mirada llena de desdén a Goldstein, antes de dirigirse hacia la zona de los ascensores.

El camino hasta su casa solo sirvió para que los celos siguiesen carcomiendo su interior mientras intentaba morderse la lengua y evitar preguntarle a Potter porqué diablos seguía siendo tan cercano a Goldstein. Sabía que era irracional, que la situación ni si quiera se acercaba a ser comprometida, pero cada vez que los veía siendo tan cercanos, recordaba aquella noche en Hogwarts donde los había encontrado, junto con el baile de Navidad al que habían ido meses atrás y algo dentro de él se removía con un furor que le provocaba ardor en las venas.

El último trayecto lo hicieron en completo silencio después de que Draco hubiera rechazado todos los intentos del moreno por empezar una conversación. Solo tenía ganas de meterse en la cama hasta el día siguiente. Por el contrario lo que hizo fue abrir la puerta e ir a la cocina a hacerse un té. Harry le siguió, aunque no le hubiera invitado a pasar verbalmente, mientras Draco evitaba su mirada y se centraba en calentar el agua en la tetera.

—Creo que si fueras un animago, serías una serpiente —comentó Harry. Estaba parado en el umbral de la puerta, como si estuviese dispuesto a huir ante el menor indicio— Y no porque fueses Slytherin —aclaró.

Arqueó una ceja, observándole de soslayo.

—¿Qué tiene que ver eso con nada?

—Una serpiente, cuando se siente amenazada, va enrollándose sobre sí misma hasta que decide atacar. Y a veces ni si quiera hace falta que la agredas para eso, simplemente con pisar en el lugar inadecuado es suficiente para ganarte un mordisco mortal.

—Aún no entiendo a dónde pretendes llegar —replicó, con la tensión clara en su voz.

—Que siento que te estás preparando para atacarme y aún no sé qué he hecho para que te enfades —Harry no había hecho nada, en realidad. Todo era culpa de Draco y de sus malditos a pensamientos que le llevaban a lo peor. Era como una bola de nieve, inocente al principio, pero luego iba rodando y rodando en su estómago, haciéndose más grande cada vez.—. Estaría bastante bien que me lo explicases.

La tetera silbó, así que en vez de contestar, se dedicó a apartarla del fuego, añadir las hojas de té y servirse una taza. El silencio se volvió pesado mientras su mente le atormentaba para que hablase.

—¿Qué hay entre Goldstein y tú? —soltó abruptamente.

Mantuvo su mirada en la bebida que sostenía, lo que provocó que escuchase primero el resoplido por parte de Harry para después ver su expresión incrédula.

—No hay nada.

—¿Y él sabe eso? —inquirió, mordaz— Porque se le ve muy dispuesto a hacer por ti lo que sea.

Era eso precisamente lo que le tenía tan molesto. Que no le hacía falta mirar a Goldstein dos veces para ver que el chico haría lo que fuese por Harry, como había hecho años atrás. Era la realización de saber que su novio lo tendría mucho más fácil con alguien como Anthony, que era tan alcanzable, que estaba ahí, esperándole, lo que le tenía en ese estado. Le hacía sentirse inferior e inútil. Y el sentimiento de inferioridad no iba con él.

—Por supuesto que lo sabe. Y aunque no lo supiera, no le dejaría avanzar mucho más —Harry se acercó hacia él para envolverle en un medio abrazo. Draco soltó un suspiro, sintiendo que el agujero que había provocado su malestar se iba haciendo pequeño—. ¿Por qué iba a quererle a él cuando te tengo a ti?

Cerró los ojos, apoyándose mínimamente en él. Las palabras tuvieron más efecto del esperado, porque Draco podía sentir que una vocecita en su cabeza le recriminaba por haberse dejado llevar por sus pensamientos de nuevo.

Aun así, todavía tenía una pequeña inquietud rondando en su mente.

—¿Cuántas relaciones has tenido? —preguntó. Era algo que nunca había cuestionado porque aunque le causaba curiosidad, saber que Harry había estado entrenando a chicos que se iniciaban para ser sumisos aún le provocaba inseguridad.

—Vamos a sentarnos en el sofá, porque presiento que esto va a ir para largo —quiso protestar, pero pensó que estar ahí en medio de la cocina iba a ser demasiado incómodo, así que se encaminó hacia el salón, se acomodó en su asiento y esperó a obtener su respuesta—. En realidad esta es la primera relación sentimental que tengo.

Desvío la mirada de su té hacia Harry, para observarle con asombro. No había esperado eso.

—No te creo.

—Es la verdad.

—¿En serio?

—Sí —afirmó. Tanto su expresión como su postura era tranquila y sincera. Saber que esto era nuevo para Harry le hizo sentirse un poco más confiado. Era alentador, de alguna estúpida manera—. Solo he mantenido relaciones basadas en sexo.

Draco admiró por un momento su capacidad de ser tan franco sin sentirse avergonzado al respecto. Luego pensó que en el fondo tampoco tenía razón para sentirse abochornado, porque era su pasado, había disfrutado de ello, había vivido como había querido y no tenía porqué sentir pudor en decirlo. Si él no detallaba su experiencia era porque le traía un mal recuerdo, en cambio para Harry no era lo mismo.

—¿Por qué?

—Nunca he sentido la necesidad de tener algo más profundo hasta que Andrómeda me envío tu fotografía.

Draco se sintió ridículamente aliviado. Los músculos de su espalda se relajaron por primera vez desde que vio a Goldstein y se permitió fundirse en la comodidad de su sofá. Los celos se convirtieron en un murmullo sordo en la parte de atrás de su mente. Su boca se curvó en una ligera sonrisa, sus hombros cayeron y su expresión se suavizó. Harry había vuelto por él, porque quería una oportunidad de estar juntos. Se sintió tonto por haberse olvidado de ello.

—¿Todos eran sumisos? —ladeó la cabeza cuando sintió los dedos de Harry en la parte posterior de su cuello. No estaba apretando, solo los había dejado sobre su piel, como si quisiera decirle que estaba ahí, que dejase de preocuparse.

—Sí.

—¿Cuantos?

Llevó la taza de té hacia sus labios como si la pregunta que acababa de hacerle no le importase en absoluto.

—No tantos como crees —había algo divertido y comprensivo en su voz. Draco se alegró de que no le molestase su curiosidad, aunque a Harry nunca le había incomodado ninguna de sus conversaciones—. Estuve con Eric cuando vivía en Nueva York, él fue quien me inició. Estuvimos juntos poco más de un año. Somos buenos amigos a día de hoy.

—Eso es mucho tiempo para aprender.

Potter sonrió, mientras se encogió de hombros.

—Me lo tomé con calma. Además, en esa época estaba entrenando para ser Auror, así que en realidad no estuvimos juntos tanto tiempo —explicó—. Luego estuve con Dave durante algunos meses, hasta que se mudó a Japón y después estuve con Jake. Él solo quería ganar experiencia antes de poder unirse a su dominante actual. Fue así como empecé a instruir a chicos que querían iniciarse, aunque a ellos no los cuento como relaciones porque solo eran prácticas puntuales. Me mudé a Sidney unos meses más tarde. Allí estuve con Scott, pero fue un poco demasiado y no duró mucho.

—¿Qué pasó exactamente? —quiso saber. Por la expresión de Harry, supo que había algo que no quería contarle.

—Scott era también mi compañero Auror —confesó. Hablaba despacio y le miraba como si estuviera midiendo su reacción. Sintió que no le caía bien el tal Scott—. Fue un poco confuso porque trabajábamos juntos y luego... manteníamos relaciones. Él decidió que como ya compartíamos tanto, no nos costaría tener un noviazgo.

—Pero tú no quisiste —adivinó. Obtuvo una negación silenciosa como respuesta. No debería haberse alegrado tanto internamente—. ¿Quién vino después?

—Después estás tú.

Intentó no sonreír. No se le dio bien, porque escuchó a Harry soltar una pequeña carcajada cariñosa.

—¿Y Goldstein? —pronunciar su nombre ya no se le atrabancaba tanto como hacía unos minutos.

—Anthony y yo nunca tuvimos una relación estrictamente hablando. No hicimos mucho más de lo que tú viste y después de eso no hemos vuelto a estar juntos —sintió una leve presión en su nuca, lo que le hizo alzar la vista. Se encontró con la mirada severa, casi acusadora, de su novio—. No te compares con él, Draco. De hecho, no te compares con nadie.

Asintió, dejando la taza de té vacía sobre la mesa. Se recostó en el sofá mientras soltaba un largo suspiro. Era más fácil decirlo que hacerlo, pero debía hacer un esfuerzo en dejar su inseguridad a un lado. Él mismo había comparado a Harry con Ivan, y eso solo le había servido para darse cuenta de que sus sentimientos eran completamente diferentes.

—De todas formas, Goldstein no me cae bien —dictaminó de manera obstinada—. ¿Por qué con él?

Desde su punto de vista, no tenía nada de especial ni destacable. Nunca se había fijado en él cuando estaba en Hogwarts hasta que lo encontró con Harry. Después de eso, había estado ocupado en cosas más importantes que en observar al Ravenclaw, pero recordaba que en los pocos momentos en los que lo había visto, había pensado que era extremadamente ordinario. Su cabello era rubio oscuro y lo llevaba corto y buen peinado. Tenía una sonrisa boba en los labios la mayoría del tiempo, esas ansias por destacar sobre los demás y una mirada soñadora cada vez que miraba a Harry en el Gran Salón que Draco detestó desde el primer momento.

—Es agradable —respondió su novio, trayéndolo al presente—. Si he de ser sincero, en aquel momento no sabía muy bien que estaba haciendo. Quería tener un poco de control en mi vida porque estaban pasando demasiadas cosas y sentía que todo se me escapaba de las manos. Hablé con él por primera vez cuando formamos el Ejército de Dumbledore y siempre me pareció muy... solícito.

—No me digas —resopló con sorna, poniendo los ojos en blanco. Estaba seguro de que Goldstein era tan accesible, que si Harry le pidiera que caminase desde Londres hasta Escocia, lo haría con los pies descalzos.

—No quería involucrarme con alguien demasiado cercano a mi y él estuvo muy dispuesto a ayudarme.

—Estoy seguro de que sí —murmuró en voz baja.

—¿Vas a replicar todas mis frases? —preguntó entre divertido y exasperado. Draco alzó sus manos a modo de rendición, decidiendo guardar silencio— Como te he dicho, no hicimos mucho más. Lo probé, me gustó, a él también y luego dije tu nombre y todo se fue a la mierda.

—Bueno, al menos tu subconsciente sí sabía lo que era el buen gusto.

Harry golpeó su brazo haciendo que se encogiera por el impacto y le fulminase con la mirada.

—Yo no lo llamaría buen gusto. Más bien lo único que quería era azotar tu culo engreído y hacer que te tragases tus comentarios.

—Y follarme —añadió, sonriendo con arrogancia.

Harry puso los ojos en blanco con un exceso de dramatismo, pero al final terminó asintiendo.

—Sí, tal vez pensase en eso también.

—No tuviste ninguna relación en Canadá —notó.

Su novio se encogió de hombros, luciendo pensativo.

—A pesar de lo que puedas imaginar, al principio no sabía si lo que sentía entraba dentro de lo que estaba bien. Quería ser normal, llevar una vida tranquila y pensé que atar a un chico a una cama y jugar a las perversiones no entraba en ese esquema —explicó—. Cuando llegué a Canadá decidí mantener un perfil bajo y concentrarme en vivir como un chico normal. Después, cuando me mude a Nueva York y conocí a Ren, me di cuenta de que mis gustos no me hacían raro, así que simplemente decidí explorarlos.

Draco cabeceó, mirando sus manos de forma reflexivas.

—¿Te has acostado con él?

Harry pareció sorprendido por un instante y luego se carcajeó.

—¿Con Renaud? Claro que no. Sería como acostarme con Ron —contestó. Su expresión reflejaba que el solo pensamiento le causaba repulsión, con lo que Draco decidió que estaba diciendo la verdad.

—Bien —respondió, más tranquilo.

Su novio le observó antes de resoplar una risa, negando con la cabeza.

—No pensé que fueras tan celoso.

Draco rodó los ojos mientras se encogía de hombros y se cruzaba de brazos.

—De pequeño ni si quiera compartía mis juguetes, ¿qué esperabas?

—No tienes de que preocuparte —Harry pasó el brazo por sus hombros para arrastrarle hacia él y juntar sus bocas en un beso que le hizo soltar un quejido desde el fondo de su garganta—. Soy tuyo ahora.

Su pulso se aceleró y soltó una exhalación temblorosa. Él, de una forma u otra, también era de Harry. Solo tenía que demostrárselo.


Hooooooooooooalalalalalala

Uh, no recordaba lo largo que era este capítulo hasta que he tenido que corregirlo. Creo que este es el más largo hasta ahora.

Tenía muchas ganas de meter a Hermione aquí porque aunque no parezca una escena importante, lo será en un futuro. No voy a dar ninguna pista, pero cuando lo leáis más adelante lo entenderéis.

También está el concepto de que me hace taaaaaanta gracia escribir a Draco celoso. En serio. Creo que en todos los fics que he leído o incluso que he escrito, siempre es Harry el más celoso porque bueno, creo que es parte de su personalidad, pero también pienso que Draco, siendo hijo único y todo eso, tiene que tener un concepto de propiedad mucho más global que la mayoría de la gente y no se le ve como alguien que le gustase compartir nada en absoluto. Todo lo contrario, de hecho.

Sé que estoy desarrollando la relación a un ritmo lento pero todo llegará a su debido momento, solo tened paciencia.

¡Hasta el próximo viernes!