Capítulo 20:

Noticias inesperadas

Lo malo de vivir en una nube, como en la que Draco estaba viviendo, era que en cualquier momento podías caer contra el suelo e iba a ser doloroso. Él experimentó ese aterrizaje forzoso en cuanto despertó un sábado por la mañana con un golpe incesante en el cristal de su ventana.

Abrió los ojos, frunciendo el ceño y quejándose por lo bajo. Parpadeó para acostumbrarse a la luz que las cortinas dejaban escapar y se levantó de la cama para dirigirse hacia la ventana y hechizar a la lechuza que le había despertado. Y de paso también al remitente.

Sin embargo, su cuerpo se quedó rígido y su garganta se apretó cuando reconoció el halcón de su padre. Abrió la ventana y el ave voló por su habitación de forma grácil hasta posarse en el alféizar para luego extender su pata donde había un pergamino atado. Cogió el papel con dedos inestables. El halcón emprendió su viaje inmediatamente, lo que significaba que su padre no esperaba respuesta. Cuando desdobló el pergamino y lo leyó, entendió porqué.

"Tu madre y yo esperamos verte esta noche para la hora de la cena.

No llegues tarde.

Lucius Malfoy"

Al parecer, ni si quiera unas bonitas vacaciones hacían que el humor de su padre se ablandase.

Soltó un bufido irritado, arrugando la escueta nota en su mano hasta hacer de ella una pequeña bolita de papel y dejarla encima de su cómoda. Se tiró sobre su cama, tapándose el rostro con su brazo derecho.

Se suponía que sus padres no volverían antes del final del verano. De hecho, si sus cálculos no le fallaban, debían estar en Roma a día de hoy. Pero estaban en casa y eso solo significaba problemas.

Se preguntó si las noticias habían llegado hasta tan lejos, si sus padres quizás habían visto la portada de El Profeta donde salía con Harry o habían escuchado algún rumor y por eso habían decidido acortar su viaje. No lo creía posible y, si así fuera, estaba seguro de que Lucius le hubiera enviado un vociferador para mostrar su disgusto. O tal vez había decidido tragarse su rabia y guardarla para el momento en el que tuviera a su hijo delante. Sí, podría ser eso.

—Joder —murmuró al aire.

Fuese lo que fuese, podía dar por arruinado su sábado.

Con un quejido resignado, se levantó para ducharse. Lo hizo a paso lento y cansado, apenas tomando en cuenta sus acciones. Decidió no desayunar, porque su estómago se había cerrado y, mientras tomaba su habitual café, le escribió una carta a Harry para avisarle de que esa noche no iban a poder cenar juntos. Recibió su respuesta poco después, donde su novio le decía que no se preocupase, que si quería podía ir a su casa después de cenar. Esa fue la única vez que Draco sonrió durante todo el sábado, ya que el resto del día se lo pasó tirado en el sofá, con la televisión haciendo ruido de fondo y los pensamientos centrados en qué iba a decirles a sus padres y cómo evitar el sermón que le iban a dar. Cuando llegó la hora de prepararse, su mente todavía no le había dado con una excusa lo bastante buena para evitar la discusión que se avecinaba, así que decidió no ofrecer ninguna. No iba a justificarse por tener novio o porque los periodistas fuesen unos entrometidos. Ni era su culpa, ni estaba haciendo nada malo.

Con ese último pensamiento, terminó de arreglarse el cabello, ajustó la tela de su túnica y respiró hondo mientras se concentraba para aparecerse. Un tirón de estómago después, se encontró parado en medio de su antigua habitación.

Ojeó la estancia, comprobando que todo se mantenía intacto. Tenía su antigua escoba colgada en la pared, con un par de estandartes de Slytherin al lado. Su cama continuaba con sus sábanas verdes y plateadas, su insignia de prefecto aún se encontraba sobre su mesita de noche y sus libros estaban perfectamente ordenados en la estantería a su derecha. Todavía le parecía una bonita habitación y, a veces, la echaba de menos. Era un pena que el resto de la casa no le trajese tan buenos recuerdos.

Caminó hacia la estantería, inspeccionando los tomos que tenía. Elevó su varita cuando encontró uno de sus libros de alquimia y murmuró un hechizo revelador que expuso un libro pequeño y delgado, bien escondido. Lo cogió con una sonrisa nostálgica y admiró la portada. Era uno de los primeros libros que había leído en su ansias de descubrir su sexualidad, mientras cursaba su último año en Hogwarts. Recordaba que había ido hasta Londres muggle, con un puñado de billetes que no había visto en su vida y había entrado en lo primero que había pensado que era una librería y había comprado el libro en un arrebato. En ese entonces, le había parecido extraño, tanto el texto como las ilustraciones, pero con el tiempo se había acostumbrado a las imágenes que dejaban poco a la imaginación y a las palabras inusuales. En ese libro había leído por primera vez lo que era el bondage y la disciplina. No era detallado, solo hablaba de ello a grandes rasgos, pero había sido suficiente para saciar y a la vez avivar su curiosidad.

Agitó su varita, encogiendo el libro y guardándolo en unos de los bolsillos de su túnica. Salió de su habitación, siendo abordado inmediatamente por un elfo que insistió en acompañarle hasta el comedor, como si no hubiera vivido en esa casa durante toda su vida y pudiera perderse. Sabía que era tontería discutir con la criatura, así que rodó los ojos y se dejó guiar hacia la estancia donde ya esperaban sus padres.

—Draco —saludó su madre, avanzando unos pasos hacia él para darle un abrazo—, ¿cómo has estado?

—Bien —contestó, escuetamente. Miró a su padre, quien inclinó la cabeza a modo de saludo antes de tomar asiento. Parecía serio, sin rastros de disgusto o enfado, aunque eso no significaba nada, ya que Lucius casi nunca mostraba ninguno de sus sentimientos hasta que era demasiado tarde—, ¿y vosotros?

—Muy bien —contestó la mujer—. Marsella es espléndida. Deberías ir algún día.

Draco se sentó frente a ella, al lado de su padre que encabezaba la mesa. Los elfos habían preparado sopa de remolacha roja y pato al horno, con una tarta de queso y frambuesas de postre. No tenía hambre, pero se obligó a recoger su cuchara y hacer ver que comía.

—Creía que ibais a viajar a Roma después —comentó, aparentando despreocupación.

—Nos surgió un imprevisto —contestó Lucius.

Esperó a que el hombre añadiese algo más, como lo defraudado que estaba de él por el escándalo en los periódicos o una explicación de porqué se le había ocurrido salir con Harry Potter, pero lo único que vino después de eso fue silencio.

—En realidad, te hemos citado hoy para hablar contigo —dijo su madre.

—¿No crees que deberías esperar al postre?

—Lucius, merece saberlo. Cuanto antes mejor.

—¿Saber el qué? —preguntó, alternando su atención entre ellos.

—Nos vamos a divorciar.

Su cuchara se tambaleó entre sus dedos y podría haber jurado que su respiración se esfumó durante un segundo. Tal vez por eso el jadeo que soltó fue brusco y ruidoso. Parpadeó como un búho, grande y asombrado, intentando formar algún palabra en su cerebro.

—¿Qué? —fue lo único que pudo pronunciar. Miró a sus padres, sin poder creérselo. El divorcio no un término dentro de su familia. Todos los Malfoy se casaban, todos engendraban a un heredero y ninguno se divorciaba. Si no querías continuar con tu matrimonio... enviudabas, pero no te divorciabas—. ¿Por qué?

—Tu padre y yo hemos decidido tomar caminos separados.

—Di que solo has sido tú —interrumpió el hombre. Esta vez sí había un sentimiento en su voz: rencor—. Yo todavía me niego a este disparate.

—Bien, entonces yo he decidido tomar mi camino por mi lado —corrigió ella, levantando la barbilla de forma altiva—. Estas vacaciones me han hecho darme cuenta que hay cosas que no puedo enterrar y hacer ver que no han pasado.

—Por todo lo sagrado, Narcisa. La guerra ha terminado, todo está bien, hemos sobrevivido.

—Pero no gracias a ti —espetó su madre, ante su atónita mirada. Nunca la había visto así, dirigiendo su rabia hacia su padre—. De hecho, todo nuestro sufrimiento ha sido por tu culpa.

—Te recuerdo que tú también apoyaste al Señor Tenebroso.

—Sí, lo apoyé, pero al contrario de ti, yo asumo mi error. Me equivoqué y lo admito. Tú, en cambio, continuas con esos mismos pensamientos que solo nos han llevado a la desgracia.

—No seas tan exagerada.

—Casi matan a Draco por tu culpa —Narcisa no alzó la voz, sin embargo, hizo eco en todo el comedor. Ella había alzado una mano y había apuntado a su padre con su dedo índice, acusándole. Draco dejó la cuchara que todavía mantenía agarrada y pasó a sujetar su varita, por si acaso—. Casi matan a mi hijo por tus errores. No por los míos, ni por los suyos, sino por los tuyos, y si no eres capaz de admitir eso, entonces no quiero estar contigo.

—Bien, tú misma.

El silencio que siguió esa discusión fue tenso y pesado. Draco se mantuvo quieto en su asiento, aún asimilando todo lo que acababa de oír. Era la primera vez que veía a sus padres discutiendo. Eventualmente, ambos volvieron a su cena, como si nada hubiera pasado. Carraspeó, relajando los hombros y aflojando el agarre de su varita.

—¿Cuándo lo vais a hacer efectivo? —preguntó.

—Tenemos una cita esta semana con el abogado y espero que cuando hayamos firmado los papeles, tu madre ya haya abandonado esta casa. Es de mi familia, después de todo —abrió la boca, dispuesto a replicar sobre eso, cuando su padre se le adelantó—. Sería un buen momento para que anunciases un futuro matrimonio. Eso desviaría la atención de la prensa.

—¿Matrimonio? —repitió.

—En algún momento tendrás que casarte y continuar con la línea familiar.

Draco resopló, tal y como hacía siempre que su padre sacaba ese tema.

—Puedo casarme, eventualmente —comentó—, pero dudo mucho que vaya a ser capaz de engendrar un hijo con un hombre.

Lucius le miró con el entrecejo fruncido, y luego chasqueó la lengua con disgusto.

—¿Todavía te gustan los hombres?

—No es algo pasajero —espetó.

—¿Estás seguro de ello?

Apretó los dientes. Empezaba a ver porqué su madre quería divorciarse.

—Bastante seguro —afirmó, redundante—. De hecho, estoy en una relación ahora mismo.

Quizás no era el mejor momento para anunciar eso, pero sabía que sus padre no tardarían mucho en enterarse, y era mejor que lo supieran por sus propias palabras, a que se enterasen de improvisto.

—Draco, eso es maravilloso —exclamó su madre, sonriendo radiante.

—Será un sangre pura, al menos.

Llenó de aire sus pulmones, intentado darse paciencia.

—Siendo Harry Potter, dudo mucho que importe su estatus de sangre.

Su padre dejó su irritación a un lado para mirarle con sorpresa. Su madre parecía igual de conmocionada.

—¿No se suponía que se había ido del país?

—Volvió, obviamente.

—No seas sarcástico, Draco —riñó Lucius, lo que le hizo poner los ojos en blanco—. ¿Hace cuanto de eso?

—Unos meses.

—¿Por qué no nos lo has dicho antes? —cuestionó Narcisa.

Se encogió de hombros, apartando su plato de sí mismo.

—No había encontrado el momento adecuado.

—Estoy muy feliz por ti, hijo —ella sonrió comprensiva y alargó una mano para estrechar la suya sobre la mesa.

Su padre soltó un resoplido elegante y desdeñoso, pero afortunadamente no añadió nada más.

Pasaron el resto de la cena en una tranquilidad forzada, obligándose a hablar en ocasiones para que el silencio no se hiciese demasiado incómodo. Cuando los elfos terminaron de recoger los platos del postre, Draco podía asegurar que estaba más que feliz de marcharse.

—Acompáñame a mi despacho antes de irte —le exigió Lucius—, necesito hablar contigo en privado.

—En seguida voy.

Esperó a que el hombre se marchase del comedor para dirigirse a su madre.

—¿Dónde vivirás después del divorcio? —preguntó.

Todo el patrimonio pertenecía a la familia Malfoy, incluso lo poco que hubiera podido heredad su madre después de la muerte de sus abuelos, ahora estaba en manos de su padre y, conociéndole, no esperaba que fueses a ceder en nada, mucho menos cuando la idea ni si quiera le gustaba.

—Tengo mi propia bóveda en Gringotts, será suficiente para poder comprarme una casa.

—¿Y después?

Narcisa le observó con sus ojos azules cariñosos, mientras negaba suavemente con la cabeza.

—No tienes que preocuparte, podré arreglármelas. Lo último que quiero es que estés en medio de esto y que te veas afectado.

—Puedes quedarte en mi apartamento —ofreció.

—Ni hablar —rechazo ella de inmediato—. No quiero invadir tu intimidad, menos ahora que tienes pareja.

Se encogió de hombros, secretamente aliviado de que su madre no aceptase la oferta. En su piso apenas había sitio para él, alojar a su madre sería una misión complicada, teniendo en cuanta que ni si quiera podía utilizar hechizos de expansión porque era un edificio muggle.

—¿Te parece bien que esté con Harry? —cuestionó, con su voz llena de duda.

—¿Le quieres?

Se vio momentáneamente sorprendido por la simple pregunta. Su corazón aceleró un poco el ritmo y se vio incapaz de responder.

—No lo sé —dijo. Estaba genial con Harry, era como si hubiese vuelto a respirar después de estar años bajo el agua. Le había devuelto mucho, pero aún quedaba un largo camino por recorrer—. Es pronto, todavía.

—¿Eres feliz, al menos?

Sonrió. Eso sí podía contestarlo.

—Sí.

—Con eso me vale.

Se levantó de su asiento, dándole un beso en la mejilla a su madre.

—Voy a ir a hablar con papá —se despidió.

Caminó hasta el despacho de su padre, sintiéndose extrañamente ligero. Sabía que Lucius no lo iba aceptar tan fácilmente, así que tener el apoyo de su madre le reconfortaba de algún modo. Entró sin llamar, se sentó en la silla frente al escritorio que había en la habitación y declinó la oferta de whisky que le hizo su padre.

—Creo que podríamos aprovechar esta relación que tienes con Potter —arqueó una ceja ente esas palabras y se reclinó en la acolchada silla, sintiendo que su estado de ánimo se iba agriando—. Si hicieras una declaración ante El Profeta, nadie repararía en nuestro divorcio.

—No voy a hacer ningún tipo de declaración.

—Draco, necesito mantener mi imagen, el prestigio de nuestro apellido —explicó, con esa tensa entonación habitual en él, la que ponía cuando quería que alguien se sometiese. Era una suerte que ya no funcionase como en su época adolescente.

—Mamá se va a quedar en la calle, ¿y a ti lo único que te interesa es eso?

Su padre le miró impasible, mientras se encogió suavemente de hombros.

—Ella es la que ha decidido esto, no yo. Por su culpa ahora tengo un problema, porque la gente de nuestro círculo no va a ver con buenos ojos una ruptura matrimonial.

Draco abrió la boca, incrédulo. Luego negó con la cabeza, chasqueando la lengua en el proceso.

—Mi relación con Harry ya ha sido portada en El Profeta, no será una exclusiva para nadie —habló. Se alegró de que su voz sonase aburrida y monótona—. Y aunque lo fuera, no la vendería. Ve olvidándote de eso.

—¿Vas a dejar que se denigre nuestro apellido?

Draco estaba tan cansado de ese discurso, del honor, la reputación y el qué dirán. Siempre había intentado cumplir los estándares de su padre, pero se había dado cuenta de que eso era un meta a la que nunca iba a llegar. No había conseguido ser el estudiante más brillante en Hogwarts, porque para eso ya estaba Hermione Granger. No había sido el mejor jugador de Quidditch, porque Harry había ocupado ese lugar. Tampoco había sido un buen y dedicado mortifago, ni tenía un trabajo del que sentirse orgulloso como Theo.

Y ahora, para una cosa buena que le había pasado en la vida, que era estar con Harry, no iba a utilizarlo como una herramienta para contentar a su padre.

—Me importa muy poco nuestro apellido. Estoy cansado de que me adjudiques a mi tus responsabilidades —espetó, ya de mala gana y con la paciencia esfumándose de sus venas—. No voy a hacer esto y si la conversación va a continuar así, puedes darla ya por terminada.

Se puso en pie, sin dejar que su padre contestase. Una vez en el pasillo, sacó su varita y se marchó a su apartamento. Aún mantenía la mandíbula apretada cuando la oscuridad de su cocina le recibió. Dio unas bocanadas profundas de aire, dirigiéndose hacia su habitación para cambiarse de ropa. Sacó el libro de su bolsillo, le devolvió su tamaño original y lo dejó en la mesita de noche antes de ir a su armario y escoger algo más cómodo para vestir. Cuando estuvo listo y su humor ya no estaba al límite, se apareció directamente en el salón de la casa de Harry.

Su novio estaba tumbado, con los tobillos cruzados, la mano derecha sobre el estómago y la izquierda sosteniendo el control remoto de la televisión que se había comprado unos días atrás y que había decidido instalar sobre la chimenea.

Dejó su varita sobre la mesa de café y se tumbó encima de Harry, siendo recibido por un acogedor abrazo que le hizo suspirar tranquilo y cerrar los ojos mientras apoyaba la cabeza en el pecho del otro.

—¿Una mala noche? —preguntó el moreno, acariciando su cabello.

Draco se encogió de hombros, sin querer recordar la conversación con su padre.

—Mis padres se van a divorciar —dijo.

—¿En serio? —no le extrañaba que hubiera sorpresa en su voz. Él todavía no había podido asimilar del todo que sus padres ya no iban a estar juntos.

—Mi madre se va a quedar sin casa, porque todo pertenece a mi padre y a él solo le importa lo que va a pensar la gente de nosotros —Harry pasó de acariciarle el cabello a frotar su espalda en círculos reconfortantes. Se relamió lo labios con nerviosismo antes de volver a hablar—. También les he dicho que estamos juntos.

Sintió que el pecho de su novio se quedaba quieto por un momento, como si estuviera reteniendo el aire.

—¿Cómo se lo han tomado?

—A mi madre le parece bien y mi padre está intentado vender una exclusiva a los periódicos para que su divorcio pase desapercibido.

—No hay mucho que vender.

—Eso es lo que le he dicho —coincidió. Abrió los ojos, fijándose en las imágenes de la televisión—. ¿Qué estás viendo?

—Una comedia romántica.

Puso los ojos en blanco, y sus labios afloraron en una sonrisa por primera vez en todo el día.

—Tan Gryffindor —se burló, ganándose un pellizco en el brazo que le hizo quejarse.

—Podría darle a tu madre la antigua casa de los Black, si no tiene a donde ir —comentó Harry, después de unos segundos de silencio.

Draco frunció el ceño, elevando su rostro para apoyar su barbilla sobre su mano.

—¿La casa de los Black?

—Está en Grimmauld Place. Sirius me la dejó en herencia y no la utilizo para nada. Habrá que acondicionarla un poco, porque lleva años cerrada y el elfo que vivía allí ahora está en Hogwarts, así que no ha habido nadie que la mantenga.

—¿Le vas a ceder tu casa a mi madre? —preguntó, alzando las cejas con sorpresa.

—Bueno... ella me salvó la vida —replicó, desinteresadamente—, ofrecerle un techo es lo mínimo que puedo hacer.

Draco se quedó callado, observado atento el rostro de Harry. Estaba serio y despreocupado, como si lo que acabase de decir no tuviera ni la más mínima importancia. Sintió que su estómago se apretaba de manera agradable.

Se inclinó para besarle con fervor, decidiendo que podían dejar esa conversación para después.


Hoooooooooooola holita

Llego un poco tarde, pero he tenido un montón de trabajo uno he podido ni escribir ni corregir nada en toda la semana. Afortunadamente, seguimos con las actualizaciones semanales. No os preocupéis ^^

Bueeeeno, creo que era hora de meter a la familia Malfoy aquí. Sé que no son los más cariñosos del mundo, pero si he de ser sincera, nunca me los he imaginado como la familia más entusiasta a la hora de ser afectivos. Creo que son más pragmáticos que otra cosa.

Y, aunque no lo he dicho, pienso alternar las escenas de lemon con la trama, porque aunque es una historia basada en BDSM, no quiero que solo se centre en eso.

¡Muchas gracias a todxs por el apoyo!

¡Nos leemos el viernes que viene! :)