Morgan Potter pasó años envidiando los zapatos de su hermano, pero cuando toma su lugar luego de su derrota en la Batalla de Hogwarts, comienza a darse cuenta que ser un héroe (o en su caso, heroína) tiene un precio demasiado alto.

Prólogo

2 de mayo de 1998

Morgan Potter frunció el ceño suavemente y observó fijo a los ojos verdes. Estos pertenecían a un rostro pálido y eran enmarcados por dos finas cejas pálidas. Hollín y sangre cubrían a la persona, pero no era eso lo que le llamaba la atención, sino las pupilas dilatadas, desprovista del brillo característico de los vivos.

Qué cosa tan curiosa, verse a uno mismo muerto. Reconocía las facciones, las reconciliada con ella misma; recordaba como había sucedido y cuando (tan solo un par de horas atrás, en el espesor del Bosque Prohibido a las manos de Bellatrix Lestrange), y sin embargo nada de eso le perturbaba.

Un diminuto suspiro escapó por entre sus labios, como si no tuviera la suficiente voluntad para tan pequeña hazaña.

Se sentía cansada, pero a su vez era consciente de que no lograría descansar pronto.

Resignada, se dio cuenta, era una mejor palabra. Sí, se sentía resignada.

La brisa provocó un pequeño diálogo entre los árboles próximos al patio, pero ella no sintió nada.

Escuchó pasos sobre el suelo adoquinado, se arrastraban en su dirección lastimosamente. No levantó la vista, todavía enfocada en sus ojos. Se preguntó si se sentirían secos al tacto. En las alturas, los buitres rondaban, ansiosos por el festín, pero lo suficientemente inteligentes como para sentir que el peligro todavía no había pasado.

Una figura se arrodilló frente al cuerpo, y una mano rosa se estiró hacia el rostro del cadáver, haciendo a un lado unos mechones de cabello rojo.

Con un pequeño sollozo, Daphne tomó el cuerpo y lo acunó contra su pecho.

—Lo siento. —no paraba de murmurar.

Una pequeña emoción quiso tomar vuelo en su pecho. Por un momento, Morgan quiso acercarse a su amiga y asegurarle que no había sido su culpa, y que había sido muy valiente.

Se quedó plantada en su lugar. No tenía la voluntad suficiente, y sabía que Daphne tampoco sería capaz de verla.

De repente, la rubia alzó la mirada.

—Deberíamos disponer de ella antes de que él la encuentre. —aportó una voz quebrada, dudando desde su posición, a un par de metros de distancia.

Los ojos azules de Daphne brillaron furibundos.

—¿Y a ti qué te importa? ¡La traicionaste! — le gritó, ignorando, o tal vez sin siquiera notar, las lágrimas que caían por su bello rostro. Incluso en ese estado, se veía fabulosa. — ¡Ella te amaba y la traicionaste! ¡No tienes derecho a estar aquí!

—Por favor, Daphne, —interrumpió Theo, siempre el mediador. —Todos estamos sufriendo. Malfoy tiene razón.

—Ya está haciendo un espectáculo de Harry. —aportó Tracey con inquietud, mientras sus ojos alternaban entre el cuerpo inerte de su amiga y las puertas del castillos, donde los mortífagos celebraban ruidosamente. —Vendrá a buscarla pronto. Tenemos que encontrar a los otros.

Morgan asumió que se refería a lo que quedaba de la Orden del Fénix y el Ejército de Dumbledore. Algunos se las habían arreglado para escapar. Otros, claramente, no tuvieron la misma suerte. No muy lejos, Morgan distinguió los cuerpos de Bill, Charlie y Fleur Weasley.

También vio a algunos profesores. Flitwick, Vector y el querido Hagrid. Menos de una hora antes, observó desde los límites del bosque como McGonagall tomó a Ron y Hermione de los brazos y corrió hacia las rejas del castillo. Saber que ellos habían escapado le ofreció un poco de alivio. Lo que quedaba de los Weasley le siguieron, junto con los miembros de la Orden y el Ejército, y algunos estudiantes.

—¿Y después qué? —preguntó Draco, tomando un paso en su dirección, ante lo que Daphne se aferró al cadáver con más recelo. —Irán tras nuestras familias.

—¿Nuestras? Ya dejaste bien claro donde caen tus lealtades, Malfoy.

De haber sido cualquier otro día, en cualquier otra ocasión, y de haber sido capaz de sentir algo a niveles medianamente regulares, Morgan se habría sorprendido por el tono que Blaise acababa de usar con su mejor amigo.

Draco miró en todas direcciones, en todas excepto abajo, donde ella yacía.

—N-n-no sabía qué hacer. —masculló el rubio y con vergüenza, añadió: —Tenía miedo.

—Todos teníamos miedo, Malfoy, —siseó Daphne. —pero nos quedamos plantados.

Eso era cierto, y una vez más, por un breve momento, Morgan deseó ser capaz de envolver a Daphne en un abrazo. Todos la habían enorgullecido al quedarse y pelear, y luego la enorgullecieron aún más cuando permanecieron inmóviles ante la inminente derrota. Incluso al ver como los mellizos eran lanzados al suelo (Harry por Hagrid, y Morgan por Lucius Malfoy), permanecieron junto al resto del cuerpo estudiantil.

Solo Draco respondió al llamado de Voldemort, y aunque sus acciones dolían casi demasiado, inclusive en su estado actual, Morgan no estaba para nada sorprendida.

Todavía podía escuchar los gritos de Daphne y Tracey cuando Voldemort anunció que los mellizos Potter estaban muertos, los agudos ecos rondando alrededor de su cabeza.

Todavía podía escuchar los vítores cuando Harry se levantó una vez más.

Y todavía podía escuchar el sonido del cuerpo de Harry al caer al suelo cuando la maldición asesina le golpeó una última vez.

Lo había visto. Inclusive casi lo saboreó. Su hermano estaba tan cerca, cuando ese asqueroso hombre, Rodolphus Lestrange, atacó a Ginny por detrás con la maldición Cruciatus.

Solo fue un momento. Uno solo. Harry desvió su mirada en su dirección, la luz verde chocó contra su cuerpo, se adentró en el mismo, y cayó al suelo con un ruido seco.

El mundo se detuvo por unos segundos. Inclusive los mortífagos parecían incrédulos.

Los gritos y vítores comenzaron entonces, de manera abrupta, como cuando se quita a un televisor de mudo sin recordar que el volumen se encontraba al máximo.

Fleur actuó rápido; se las arregló para tomar a Ginny y alejarla de Lestrange, pero la maldición asesina la golpeó antes de que lograran escapar.

Todo sucedió rápido luego de eso.

Con ambos Potter muertos, no quedaba esperanza. Los profesores intentaron evacuar a cuantos pudiesen, pero menos de la mitad logró llegar a las rejas de la escuela.

Si Morgan se quedaba muy quieta y se concentraba, podía escuchar los gritos de agonía de Neville Longbotton, quien en esos momentos se dirigía hacia el mismo destino que sus padres. Casi sonrió. Cruel ironía, esa a la que llaman "vida".

—Se acabó. —Draco intentó convencerlos. —Él ganó. Podemos unirnos o morir.

—O podemos pelear. —se objetó Daphne, un nuevo fuego barriendo contra el océano de sus ojos.

—¿Pelear para qué? La profecía se cumplió.

Eso los calló.

Morgan comenzó a sentir un leve cosquilleo en las puntas de los dedos de los pies, y supo que su tiempo llegaba a su fin. Quería saber que elegirían, pero también sabía que no importaría. Ella se encargaría de arreglarlo todo, para ellos. Era lo menos que podía hacer. Harry estaba definitivamente muerto, probablemente con sus padres, dándole a Morgan otra razón para envidiarle (si tuviese la energía suficiente), por lo que se encargaría personalmente de resolver ese desastre: por sus amigos, por Hermione y Fleur, por los Weasley, por el tío Remus, y por todos a quienes perdieron a manos de Voldemort y su séquito.

—Siempre hay algo por lo que luchar. —susurró Daphne, pero solo Tracey pareció escucharla.

Theo levantó la mirada hacia el cielo gris y cerró los ojos. Morgan notó que le temblaban los labios, y sus pestañas parecían húmedas.

Blaise enterró sus manos en los bolsillos de su pantalón, cubierto por una fina capa de polvo y ligeramente chamuscado. Esa simple acción fue suficiente para que Morgan supiera que ya se había decidido.

—Dijo que nos perdonaría.

No estaba anonada, ni resentida. Sentía lástima. Todos eran niños todavía; no deberían encontrarse entre la varita y la pared.

Casi rió.

Tracey, por otro lado, se veía incómoda. No paraba de cambiar su peso de un pie a otro y se rascaba un brazo.

—Nada bueno me espera en ese lugar. Soy mestiza.

Las risas que provenían del castillo parecían crecer con cada segundo, mezclada con los gritos en descenso de los que no fueron lo suficientemente rápidos para escapar, ni lo suficientemente afortunados de morir antes.

A Daphne ya no parecía importarle. Sólo tenía ojos para el cadáver en sus brazos.

Con movimientos inestables, Draco se arrodilló a su lado e intentó acariciar la fría mejilla, pero la rubia lo empujó. Cayó sobre su trasero y no intentó levantarse.

—¿Qué están haciendo, idiotas? —siseó un barítono. —Saldrán en cualquier momento.

Todos voltearon para ver a un anciano con penetrantes ojos azules que se acercaba a grandes zancadas. Era alto y delgado, tenía cabello y barba gris que casi llegaba hasta su cintura.

Su mirada aterrizó sobre la muchacha en brazos de la Slytherin.

—Vamos.

Daphne intentó levantarse, pero no era lo suficientemente fuerte para soportar el peso de Morgan.

—Déjala, muchacha. Ya no nos sirve en ese estado.

Apenas dio una segunda mirada al cadáver, pero Morgan vio el dolor y la derrota en sus ojos. Fue tan breve, pero de considerable intensidad.

—¡NO! —fue la firme respuesta que dio la heredera Greengrass. Tenía los ojos resecos. Intentó levantarla una vez más. Le temblaban las piernas, y Morgan notó un corte profundo y sucio en la izquierda. Volvió a caer. Rodeó el torso del cadáver con un brazo fuerte. —La llevaré. —pasó su mano por su rostro y endureció su expresión. —La llevaré a descansar junto a sus padres. Lo haré sola si debo. No me importa quién me vea ni cuánto tiempo me lleve.

Theo se acercó y colocó una mano en el hombro de la rubia.

—Toma sus piernas. —le instruyó con suavidad.

A regañadientes, Daphne soltó a su mejor amiga, dejándola caer en los brazos de su mejor amigo, e hizo lo que le dijo.

Aberforth tomó a Tracey por el brazo y se lo pasó sobre los hombros, recostando a la chica contra su costado. La castaña perdía color con cada segundo que pasaba, y apenas tenía fuerzas para aferrarse al anciano.

Blaise permaneció estoico e inamovible, sin atreverse siquiera a mirar a sus amigos. Draco intentó acercarse al cuerpo una última vez.

—¿Qué quieres lograr, Malfoy? —le preguntó su amigo, todavía sin mirarlo. Sus palabras fueron como un latigazo, y el rubio retrocedió, temblando de pies a cabeza.

Sin intercambiar más palabras, gestos, o una mirada siquiera, se separaron. Dos altas figuras encorvadas se encaminaron hacia el castillo con estómagos de acero y corazones sangrantes, y cuatro se alejaron con pesadumbre en el pecho, pero un semblante de paz en sus mentes.

Morgan se tomó un momento para observar a sus amigos desaparecer en dirección del Bosque Prohibido.

Observó sus alrededores, haciendo uso de su escasa voluntad para memorizar a fuego la imagen ante sí. El patio se encontraba irreconocible, ni una sombra de su antigua gloria permanecía. Cuerpos yacían sobre piedra, y piedras yacían sobre cuerpos. Humo emanaba de varias ventanas, oscureciendo la escena inclusive más. Vislumbró la torre de Ravenclaw, completamente destruida; de seguro la de Gryffindor caería pronto también. Un gran punto naranja en la distancia le dejó saber que el campo de Quidditch todavía se encontraba en llamas.

Tomó algunos pasos hacia las puertas de la escuela, con cuidado de no pisar a los muertos. Estaba segura de que los habría atravesado, pero simplemente no quería tener ningún tipo de contacto con ellos. Se sentía como un ultraje, una falta de respeto, supuso.

Vio a Oliver Wood junto a una escoba rota. Había sido el primer amor de la pelirroja; ella era una Slytherin callada de tercer año y él era el capitán del equipo de Gryffindor de séptimo. Naturalmente, él nunca se fijó en ella, ni lo hubiese hecho aunque hubiesen sido de la misma edad. Ese chico respiraba Quidditch.

Deteniéndose junto a Hagrid, cerró los ojos e inspiró por la boca.

Tendría que ser fuerte, como Harry. Esto todavía no acababa; y no acabaría por un largo tiempo.

Algo cálido se asentó sobre su hombro, firme pero incorpóreo.

—¿Lista? —una voz habló dentro de su cabeza.

Por supuesto que no estaba lista. ¿Quién lo estaría? No había libro que explicara cómo salvar el mundo, ni clase que lo enseñara. Tendría que ser extremadamente cuidadosa.

Sus hombros, pequeños y delicados, sintieron un gran, oprimente peso asentándose. También le dio la impresión de que le cerraron los pulmones.

Apretó las manos en puños. No tenía caso demorarlo.

—Lista.

Cerró los ojos.

Una luz cegadora la envolvió.