Capítulo 37:
Una luz
Draco miró sus manos desnudas antes de abrochar los gemelos de su túnica y sonrió. Pronto habría un anillo ahí. Apenas se lo podía creer.
Llenó sus pulmones de aire, mirándose al espejo. Había elegido una túnica de color azul porque Harry había insistido en que quería que fuese así, ya que el azul era el color con el que se había vestido en su primera cita. Draco se había reído y le había dicho que el día que fueron a Canadá a patinar no llevaba una túnica azul. Entonces, su novio le había recordado muy divertidamente que habían tenido una cita en Italia antes. No había podido negarse después de eso, demasiado halagado y emocionado como para no complacer a Harry.
—Estás espectacular.
Miró a través del espejo a sus amigos. Pansy le miraba de arriba a bajo desde el sofá donde estaba sentada, con una sonrisa orgullosa en la cara. Blaise y Theo parecían asombrados, observando a Draco como si no lo hubiesen visto antes.
—¿De qué te sorprendes? —preguntó Astoria a su lado—. Yo he diseñado la túnica y es Draco quien la lleva. Es obvio que iba a estar espectacular.
—Todavía no me puedo creer que te vayas a casar —murmuró Blaise.
—Yo tampoco —contestó, aunque con mucho más entusiasmo que él.
Draco no les había dado la noticia de inmediato. Se había sentido muy cauto, con el temor de que Harry pudiera arrepentirse de su decisión. Su novio, por el contrario, no había tenido ninguna duda. Habían ido a la Madriguera ese mismo domingo y Harry les había dado la noticia mientras sujetaba la mano de Draco y le miraba con ojos brillantes. Se había dado cuenta en ese momento de que era real e iba muy en serio. Así que se lo había contado a sus amigos, a sus padres y a Andrómeda. Su madre y Andrómeda se habían alegrado de inmediato, su padre había farfullado una serie de cosas que no había entendido y sus amigos habían cuestionado su juicio, pero al final había decidido celebrarlo.
Y ahora, muchos meses después, había llegado el gran día. Todo le parecía tan lejano y surrealista que mente no acababa de asimilar que estuviese a punto de dar ese paso.
—Todavía tienes tiempo de arrepentirte —comentó Pansy—. Cuarenta y tres minutos exactamente para dar marcha atrás.
—No voy a arrepentirme —aseguró, mientras Astoria terminaba de colocar bien el cuello de su túnica—. No he estado más seguro de nada en mi vida.
Acarició su pecho, sonriendo interiormente al sentir los botones bajo su tacto. Había sido la única petición que le había pedido a Astoria sobre el diseño de su vestimenta, además del color y ella había hecho un trabajo espléndido. Su túnica estaba hecha de satén azul claro con detalles en terciopelo más oscuros. Los botones eran de color plateado —que contrastaban y quedaban genial con sus ojos, según Astoria—, y estaban unidos con finas cadenas del mismo color.
—Es curioso ver cuánto has cambiado —dijo Theo. Desvío su atención hacia su amigo, quien le miraba con una sonrisa orgullosa—. Desde que estás con Harry pareces mucho más... feliz.
Draco apretó sus labios juntos para evitar sonreír como un idiota y tragó el nudo que se estaba formando en su garganta.
—Lo soy —afirmó.
—¿Nos estamos poniendo en modo Hufflepuff? —se quejó Pansy, provocando que todos riesen— Vamos a lo importante: ¿quieres que Theo vaya redactando los papeles del divorcio por si acaso?
Puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.
—Lo realmente importante es saber cuántas personas solteras están invitadas —replicó Blaise antes de que tuviera tiempo de contestar.
—¿De verdad vas a ponerte a ligar el día de mi boda?
Su amigo le miró luciendo realmente perplejo y desconcertado.
—¿Las bodas no son para eso? —preguntó, sonriendo divertido y tan desvergonzado como era.
Se carcajeó sin poder evitarlo, suspirando con resignación.
Alguien llamó a la puerta en ese momento, y Draco se sorprendió al ver a Neville entrando. Con el tiempo, se había acostumbrado a los amigos de Harry, al igual que su novio se había adaptado al humor y las conversaciones salidas de tono que tenían Blaise, Pansy y Astoria —Theo no, por supuesto—, pero, aún así, le extrañaba un poco que Longbottom hubiera decidido visitarle en su sala de preparación, cuando se suponía que debía estar con Harry.
—¿Ha pasado algo? —preguntó directamente, dándose la vuelta para ver a Neville de frente.
El chico le miró sorprendido, casi asustado. Podía verle tragar gruesamente bajo el cuello de su túnica roja y barajar sus pies nerviosamente.
—Eh... verás... Harry no está.
Su corazón se aceleró y juró que su visión se nublo durante un segundo interminable. Podía sentir la mano de Astoria, cálida y confortable, sujetando su brazo.
—¿Cómo que no está? —preguntó Pansy por él, casi escupiendo las palabras.
—Pero ha dicho que volvería —añadió Neville rápidamente—. Quiero decir, él nos ha dicho que tenía que marcharse un momento para... conseguir un regalo de bodas, pero que estaría a tiempo para la celebración. Solo... pensé que debías saberlo, por si acaso.
Respiró hondo, soltando una exhalación pesada. Se llevó la mano hacia la frente y cerró los ojos.
—Me habías asustado —dijo en un suspiro, relajándose.
—¿Te había asustado? ¿En pasado? —preguntó Blaise— Tu novio acaba de desaparecer.
—No ha desaparecido, solo se ha ido.
—Claro, y eso lo hace mucho mejor.
—¿No estás preocupado? —cuestionó Astoria con delicadeza.
—Claro que no —afirmó, alisando las mangas de su túnica—. Si ha dicho que volverá, lo hará.
—Os parecerá algo inaudito —habló Theo, que parecía ser el único que conservaba la calma—, pero hay gente que confía en su pareja.
—Nadie confía en su pareja si esta decide irse a falta de media hora para su boda.
—Ha dicho que volverá.
—Claro que lo hará —replicó Pansy—, porque sino le haré arrepentirse de estar respirando. Y me va a dar igual cuantos mundos haya salvado.
Esa media hora fue interminable. Astoria revoloteaba a su alrededor, arreglando cada detalle de su ropa, observándole con ojos preocupados. Pansy era mucho más vocal a la hora de expresar su malestar, farfullando insultos y amenazas cada dos por tres. Agradeció tener a Theo y a Blaise con él, que parecían los únicos con un poco de serenidad.
—Ya es hora.
Draco exhaló, relamiéndose los labios y sintiendo un leve temblor en sus manos. Tenía el estómago apretado en un nudo nervioso. Salió de la sala de preparación a paso apresurado y bajó por las escaleras que daba a una amplia sala de ceremonias.
Habían decidido casarse en Paris, porque a ambos les gustaba esa ciudad. Eligieron una villa rodeada de campo y con vistas a un bosque lleno de árboles rojizos. Su fachada conservaba un aire antiguo, aunque por dentro estaba perfectamente reformada. Tenía un amplio jardín en la parte trasera con una fuente de mármol blanco preciosa. La vista había sido maravillosa y la casa había resultado perfecta porque estaba adaptada para este tipo de celebraciones. Draco había querido alquilarla durante un par de días de inmediato. Harry, en cambio, había ido un poco más allá.
—Quiero comprarla —le había dicho, mientras observaban un estanque entre el jardín y el bosque.
Draco estuvo a punto de carcajearse, hasta que se dio cuenta de la seriedad en el rostro del moreno.
—¿Para qué quieres una casa tan grande?
No era una casa tan desproporcionada como la Mansión Malfoy, pero él ya sabía que era un desperdicio vivir en un sitio tan grande. Apenas había utilizado la mitad de las habitaciones de la casa de sus padres.
—Porque me gusta —le había contestado, encogiéndose de hombros—. Y porque nos vamos a casar aquí. Quiero tenerla como recuerdo.
Draco pensó en decirle que la gente normal guardaba los muñequitos de la tarta como recuerdo y un álbum entero de fotos, pero prefirió callarse.
—¿Por qué tienes que ser tan excéntrico? —se quejó.
Un par de horas después, habían firmado los papeles de compra-venta.
—Sabía que debería haberlo entregado a Voldemort cuando tuve oportunidad.
Draco parpadeó ante las palabras de Pansy, deteniéndose ante las puertas de roble que daban al salón de celebraciones. Inhaló profundamente, mirando con ansiedad hacia el pasillo del que debería venir Harry.
—¿Por qué no entráis? —les dijo a sus amigos. Verles allí de pie, mientras le observaban con una especie de preocupación mezclada con piedad no le estaba ayudando.
Para su alivio, accedieron a regañadientes. Draco suspiró más tranquilo una vez que se quedó solo. Se apoyó en la pared, cerrando los ojos y preguntándose dónde diablos se había metido su novio. Escuchó unos pasos por el pasillo, y no pudo evitar decepcionarse al ver que se trataba de Ren.
—¿No te alegras de verme? —preguntó el francés una vez que estuvo a su lado.
Sonrió con culpabilidad.
—Sí, me alegro. Es solo que no sé dónde está Harry.
—Pero yo si lo sé —Draco se irguió, depositando toda su atención en Ren, quien se carcajeó levemente—. Está en Nueva York, y no me preguntes qué está haciendo, porque eso sí que no lo sé.
Sus hombros se hundieron y su cabeza se balanceó de un lado a otro en signo de negación. Ren envolvió un brazo reconfortante alrededor de se espalda, dándole un medio abrazo amistoso.
—No te preocupes, vendrá. Se retrasará un poco, pero...
—Aparta tus manos de mi futuro marido, Ren.
Draco se dio la vuelta con rapidez, sintiendo que su corazón se atascaba en su garganta al ver a Harry. Llevaba una túnica de color gris acerado con detalles en azul y dorado. Tenía el mismo corte que el de Draco en las mangas y en el cuello, aunque la suya no tenía botones, sino una solapa que cruzaba todo su pecho.
—Sigo pensando que tienes puesto un hechizo de detección en Draco porque, cada vez que le toco, apareces casualmente —se quejó Ren, luciendo divertido.
Draco rió levemente. Era una broma que solían mantener: Ren haciendo ver que coqueteaba con él, solo por el placer de molestar a Harry. Nunca se sobrepasaba, sin embargo, y su novio hacía tiempo que había decidido ignorar a su amigo.
Harry no se molestó en contestarle, más concentrado en observar a Draco con ojos ávidos.
—Estás impresionante —murmuró antes de besarle.
—Tú también —susurró, sintiéndose completamente emocionado. Sus manos temblaron cuando se posaron sobre los hombros de Harry y sentía que en cualquier momento el corazón se le escaparía por la boca—. ¿Se puede saber que estabas haciendo en Nueva York?
Hubo un parpadeó de sorpresa en su rostro, antes de que frunciese el ceño.
—Se suponía que no deberías haberte enterado.
—Ya, bueno, felicita a Longbottom por eso.
—Voy a ir entrando, si vais a ignorarme tan descaradamente —comentó Ren, rodando los ojos.
—Es una sorpresa —le contestó Harry, ignorando una vez más a su amigo. Draco estuvo a punto de protestar, pero al final decidió simplemente asentir—. ¿Listo?
Mordió el interior de su mejilla, volviendo a sentirse aturdido y nervioso de repente.
—Sí —susurró—. ¿Y tú?
—Siempre.
Entraron en la sala cogidos de la mano, con una música suave sonando de fondo. Draco pensó en que no recordaba haber sonreído así de brillante nunca. La sala de ceremonias era enorme, la mitad de las paredes eran ventanales transparentes que daban al jardín y había una cúpula en el techo que dejaba ver el cielo increíblemente azul. Habían bancos de madera blanca a un lado y a otro del pasillo por donde caminaban y, frente a ellos, un altar donde estaba el Ministro Shacklebolt juntos a Ron y a Astoria como sus testigos.
Observó a sus amigos, quienes sonreían animados. A su madre, que estaba reteniendo las lágrimas junto a Andromeda y a Teddy, que parecía vibrar en su silla. Para su sorpresa, había algo de orgullo en la mirada de su padre mientras le observaba avanzar por el pasillo.
La familia de Harry era mucho más efusiva a la hora de expresar sus emociones. Molly lloraba abiertamente, al igual que Hermione y Fleur. Los amigos de Harry vitoreaban y aplaudían a su paso y Ron se removía nervioso desde su posición.
Draco llegó al altar con el pulso errante y la piel empezándole a sudar. Miró hacia la mesa frente a él, contemplando su acta de matrimonio y las alianzas que esperaban allí. El Ministro carraspeó, acallando todos los murmullos y deteniendo la música que había en la sala.
—Estamos aquí reunimos para consagrar la unión mágica entre Harry James Potter y Draco Lucius Malfoy.
Dejó de escuchar, demasiado nervioso como para prestar atención a las palabras vagas de Shacklebolt sobre el amor y el compromiso. En cambio, miró a Harry y juró que el aliento se le desvaneció durante un segundo entero. La luz que entraba por las ventanas hacía resplandecer su piel, su cabello negro estaba revuelto sobre su frente y sus ojos verdes se veían muchos más pálidos y brillantes con la claridad del sol. O quizás era porque estaba mirando a Draco como si no hubiera visto nada tan maravilloso antes.
El carraspeo del Ministro le alejó de sus pensamiento. Se dio la vuelta, parpadeando con confusión.
—¿Qué? —preguntó.
Todos rieron, mientras Draco intentaba no sentirse demasiado avergonzado. Shacklebolt les observó a ambos con una clara diversión en la mirada. Al menos él no se había carcajeado.
—¿Quién quiere empezar con sus votos? —repitió.
—Yo —contestó Harry de inmediato.
—Cuando quieras —respondió el Ministro con una sonrisa.
Vio a Harry asentir antes de desviar su atención hacia Draco. Apretó sus manos de manera confortable, acariciando sus nudillos con suavidad. Para su sorpresa, notó una deje de nerviosismos en el rostro de Harry y, saber que estaba tan tembloroso por dentro como él, le hizo sentirse un poco más tranquilo.
—Hemos pasado por mucho desde que nos conocimos —comenzó Harry, en voz inusualmente baja y pausada, como si solo estuviera hablando con Draco—. Tenemos una larga historia entre nosotros y no siempre ha sido buena, pero... no cambiaría nada. Si pudiera volver a atrás en el tiempo, haría exactamente lo mismo, porque eso me ha llevado a estar aquí hoy. Me casaría contigo todos los días de mi vida si pudiera. Por eso, prometo respetarte, velar por ti, apoyarte en todo momento, serte fiel, confiar en ti antes que en nadie y amarte por el resto de mis días.
—Draco, tu turno.
Asintió, tragando el enorme nudo que se la había formado en la garganta y parpadeando con rapidez para evitar que las alegrías acumuladas terminasen por derramarse. Había preparado un bonito y maravilloso discurso para este momento y era gracioso que, ahora que había llegado la hora, su mente se hubiera quedado completamente en blanco y no recordase ni una sola palabra. Cerró los ojos, respirando hondo y mirando atentamente a Harry antes de hablar.
—Eres una luz en mi vida. Lo has sido en muchas ocasiones a lo largo de este tiempo. Siento como si estuvieras hecho para mí y yo estuviera hecho para ti, por eso voy a estar eternamente agradecido a Andrómeda por enviarte aquella fotografía que te hizo volver y a ti por tener la paciencia suficiente para estar conmigo —Draco sonrió acuoso, con un par de lagrimas rodando por sus mejillas que Harry se encargó de secar con ternura—. Prometo respetarte, velar por ti, apoyarte en todo momento, serte fiel, confiar en ti antes que en nadie y amarte por el resto de mis días.
—Ronald Billuis Weasley, como testigo, ¿afirmas que Harry James Potter acude a esta ceremonia por voluntad propia, sin coacción alguna?
—Sí —respondió el pelirrojo, plasmando su firma mágica en el pergamino que el Ministro le extendía.
—Astoria Greengrass, como testigo, afirmas que Draco Lucius Malfoy acude a esta ceremonia por voluntad propia, sin coacción alguna?
—Sí.
Shacklebolt guardó un momento de silencio, observándoles con una sonrisa cómplice.
—Harry James Potter, ¿quieres recibir a Draco Lucius Malfoy como tu futuro marido, respetando los votos antes nombrados, por el resto de tu vida?
—Sí, quiero —contestó sin dudar, alcanzándola una de las alianzas y colocándosela a Draco con suma delicadeza.
—Draco Lucius Malfoy, ¿quieres recibir a Harry James Potter como tu futuro marido, respetando los votos antes nombrados, por el resto de tu vida?
—Sí, quiero —susurró con el corazón en la boca, repitiendo el proceso que Harry había hecho con él.
Alzó su varita, sosteniéndola de manera temblorosa para firmar su acta de matrimonio. Observó su propia firma a lado de la de Harry, aún sin poder creérselo.
—Por el poder que me otorga el Ministerio de Magia, yo Kingsley Shacklebolt como Ministro de Magia, declaro consolidada esta unión —recitó con voz solemne. Luego les miró, y susurró en tono alegre:—. Ya podéis besaros.
Draco sonrió sobre la boca de Harry cuando éste le besó. Se abrazaron durante mucho tiempo, mientras los invitados aplaudían y la música volvía a sonar.
Aún se encontraba abrumado cuando todos vinieron a felicitarles. Aceptó los besos y los abrazos sin ser consciente de nada aparte de la mano de Harry sujetando la suya. Después se desplazaron hacia la sala de baile, donde habían mesas distribuidas por toda la estancia, bandejas flotantes con cócteles y canapés y un espacio libre en el centro para que la gente pudiese bailar.
Draco sujetó una flauta de champán, quedándose ensimismado mientras miraba el anillo en su dedo anular. Estaba casado. Parecía irreal.
—¿No vas a salir corriendo ahora, verdad? —preguntó Harry en tono divertido — Parece que te vaya a dar un ataque de pánico.
Negó con la cabeza, posando su copa sobre una de las bandejas. Dejó que Harry lo llevase hasta la pista de baile.
—Es solo que aún no lo he asimilado —contestó, meciéndose al ritmo de la música—. Es decir, eres... mi marido.
—Y tú ahora eres mío, oficial y legalmente —se jactó el moreno.
Draco se carcajeó, apoyando su peso sobre su marido, mientras cerraba los ojos y se dejaba guiar.
Bailaron unas cuantas canciones más, hasta que Ginny vino a reclamar su turno con Harry. Charló con sus amigos, rió con sus ocurrencias, salió al jardín para jugar con Teddy un rato, volvió a bailar con casi todos los invitados, bebió y comió, cortaron la tarta, abrieron los regalos, se hicieron fotografías y admiraron el paisaje cuando el sol abandonó el cielo y se hizo de noche.
—Creo que me he enamorado —dijo Blaise, tirado en jardín y admirando las estrellas.
Draco se giró hacia él y le miró de soslayo. Theo, Pansy y Astoria se habían quedado dormidos sobre el césped, y Harry estaba despidiendo a Arthur y a Molly, que ya se encontraban demasiado cansados para seguir allí.
—Lo que yo creo es que has bebido demasiado —replicó.
—Eso también —admitió su amigo—, pero te lo juro, Draco, él es tan maravilloso.
—¿Él?
—Renaud.
Se irguió sobre sus codos para observar mejor a Blaise. Parecía hablar totalmente en serio.
—¿Te gusta Ren? —preguntó con un claro asombro en su voz.
—La pregunta es: ¿cómo no me va a gustar? ¿Lo has visto? Es elegante, divertido y habla francés. Casi me corro al escucharle.
Draco rió, volviendo a acostarse sobre el césped. Era irónico, porque Ren seguía el mismo estilo de vida que Harry: exigir y dominar. Y Blaise era alguien incapaz de seguir una orden.
Pensó en advertir a su amigo, pero sabía que a Blaise los enamoramientos le duraban menos de un fin de semana, así que se lo ahorró y simplemente deseó que su amigo se divirtiese en su nueva experiencia. O no tan nueva, porque conociendo a Blaise, no le extrañaría que fuese más experto que él en BDSM.
—Voy a ir a buscar a mi marido y a disfrutar de mi noche de bodas —dijo, poniéndose en pie y limpiando su túnica.
—¿Puedo usar una de las habitaciones de invitados?
Draco alzó las manos hacia el cielo en un gesto de rendición.
—Mientras no rompáis nada del mobiliario y no os tenga que escuchar.
—No te prometo nada —canturreó Blaise.
Encontró a Harry charlando precisamente con Ren. En el fondo, mientras miraba al francés, pensó en que debería haber sabido que Blaise se fijaría en él. Era alto, estaba en forma, su cabello rubio caía de manera magistral sobre su hombro izquierdo con la coleta alta que llevaba, su túnica de color burdeos destacaba su piel y sus ojos azules y... Sí, debería habérselo imaginado.
Vio a Harry despedirse de su amigo al darse cuenta de que Draco se acercaba a hasta él. Le recibió con una sonrisa encantada y un abrazo apretado.
—¿Nos vamos? —preguntó, enterrando el rostro en el cuello del moreno.
—Sí, no nos queda mucho que hacer aquí. Además, tenemos una cama que estrenar.
Resopló una risa, apartándose de Harry para dirigirse a su habitación. No pudo evitar poner los ojos en blanco al ver que Ren se dirigía hacia el jardín, donde estaba Blaise. Tendría que tener unas palabras con él mañana.
—¿Quieres ver tu regalo de bodas? —le preguntó Harry cuando llegaron a su habitación.
Parpadeó un poco perdido y luego cayó en la cuenta. Se había olvidado por completo de ese asunto.
—Claro —murmuró.
Su corazón se aceleró ligeramente al ver a Harry sellar la puerta con magia y levantar hechizos de privacidad a su alrededor, todo eso mientras desabrochaba su túnica y la dejaba en uno de los sillones que había en la estancia. Llevaba unos pantalones negros de vestir debajo de la ropa y el pecho descubierto. Harry no apartó la vista de él y conservó una sonrisa torcida y traviesa en todo momento. No sabía a dónde iba a llegar su marido, pero desde luego no iba a quejarse por el espectáculo. Estaba tan ensimismado en disfrutar de la perspectiva que apenas se dio cuenta de que Harry se había dado la vuelta, mostrando su espalda. Se acercó unos pasos a él, sintiéndose mucho más acalorado. Estuvo a punto de abrir la boca para preguntar qué se suponía que estaban esperando, cuando se fijó bien en la espalda de Harry.
Habían puntos en su piel, y unas finísimas líneas uniendo cada punto. La tinta era oscura y Draco entendió entonces que el moreno había ido a hacerse un tatuaje esa misma mañana.
—Es mi constelación —dijo, trazando las líneas con sus dedos. Estaba emocionado y enternecido a partes iguales.
—No es solo eso —replicó Harry—. Apaga la luz.
Dio un par de pasos hacia atrás y alzó una mano para apretar el interruptor. Su visión tardó unos segundos en adaptarse a la poca luz que entraba desde la ventana y, cuando consiguió enfocarse en Harry de nuevo, se dio cuenta de que las líneas de su tatuaje resplandecían en un tenue color plateado. Iban desdibujándose, trazando curvas y uniéndose entre sí, llenando toda la piel de la espalda de Harry.
Se acercó a él, con la boca abierta y una abrumadora sensación de calidez en el pecho.
—Es mi patronus —susurró. Su constelación todavía estaba ahí, con tinta negra, y parecía servir de boceto para el enorme dragón que tenía tatuado encima—. Has conseguido tatuarte mi constelación y mi patronus a la vez.
Harry giró su rostro, mirándole por encima del hombro con una sonrisa afable.
—¿Te gusta?
Asintió, incapaz de decir nada. Apoyó su mano derecha entre los omóplatos de Harry, justo donde descansaba la cabeza del dragón y dejó que su frente se apoyase sobre el hombro de Harry.
Su mente por fin asimiló que no sólo acababa de casarse con Harry, sino que a partir de ese momento, ya no volvería a caminar solo en la oscuridad.
No creeríais lo mucho que estoy llorando ahora mismo. De verdad, no soy persona, soy una lágrima entera.
Siempre que termino una historia me da una mezcla de pena y orgullo, pero con esta historia estoy sintiendo, sobretodo, incredulidad y tristeza.
Escribo este fic a modo de redención. El tema de BDSM es algo que siempre me ha llamado la atención —no lo practico, ni mucho menos. De hecho nunca he estado cerca de un juguete sexual en mi vida—, e intenté escribir sobre este tema antes en mi historia titulada: "Liberación".
No me importa reconocer que no traté del todo bien el tema en ese fic. Es la única historia que he publicado y no le he echado una segunda lectura porque una parte de mí se avergüenza de ello. La única razón por la que no he eliminado esa historia es porque quiero que mis errores sean visibles para aprender de ellos, y de eso, salió este fic.
He querido redimirme con esta historia, me he esforzado mucho en tratar el tema del BDSM con respeto y responsabilidad, he intentado darle a la historia una trama que fuese "real", aunque muchos considerarán algo lenta.
Creo que esta historia es en la que más he desarrollado la relación entre los personajes y escribir estas últimas líneas ha sido muy especial para mí. Solo espero que hayáis disfrutado de esta historia tanto como yo la he disfrutado escribiéndola.
Muchas gracias por todo el cariño y el apoyo que me mandáis. Gracias por estar aquí cada viernes conmigo. Gracias por leerme.
¡El próximo viernes publicaré el epílogo!
¡Os quiero!
