Epílogo:
Castigo
Harry había estado preparado para follarse a Draco desde el momento en el que ató el último nudo. Siempre fue una imagen fascinante: tenerle a su merced, ver cómo su pecho subía y bajaba rápidamente, la manera en la que sus ojos se solapaban con deleite y cómo su cuerpo entero se estremecía y se arqueaba a su toque. Draco era un espectáculo en sí, uno que nunca se cansaría de contemplar.
—¿Cómo puedes ser tan perfecto? —murmuró, pasando su manos por las piernas de su marido.
Draco jadeó, tirando de las cuerdas que le sujetaban. Estaba atado a la cama con una cuerda de color negro que destacaba contra su piel pálida. Le había anudado las manos sobre su cabeza hasta los hombros, y sus piernas se mantenían flexionadas, abiertas y con los tobillos atados a sus muslos. Había un consolador enterrado en su culo de Draco, vibrando y haciendo que se estremeciese de placer.
—Quieto —le dijo en tono bajo.
Le obedeció de inmediato, aunque sus ojos era ansiosos y desesperados, sus mejillas estaba coloreadas y su boca entreabierta. Sabía que podría pedirle cualquier cosa a Draco, y no dudaría en complacerle. Y saber que tenía ese poder le hacía sentir un millón de emociones diferentes.
Abrió la boca para decirle a Draco qué látigo iba a usar hoy, cuando un leve temblor en las barreras le interrumpió. Frunció el ceño, chasqueando la lengua interiormente. Solo había dado acceso a su red-flú a gente cercana o a emergencias, así que no iba a poder ignorarlo. Contempló a Draco con aire crítico, preguntándose qué debía hacer con él. Se inclinó sobre la cama, acercando su rostro al de su marido. Draco olía a él, lo cual no era extraño ya que acostumbraba a usar su colonia, pero el sentimiento de posesividad que normalmente intentaba extinguir le quemó el estómago de todas formas.
Es mío, pensó.
Cuando habló, su voz salió mucho más ronca de lo habitual.
—Si me voy y te dejo aquí, ¿te portarás bien y no te correrás?
—Sí.
Arqueó una ceja, admirando el esfuerzo que hacía Draco por quedarse quieto cuando sabía las ganas que tenía de retorcerse.
—¿Seguro?
—Sí, Señor.
Su polla se agitó dentro de sus pantalones y Harry odió con toda su alma a quien había atravesado su red-flú. Terminó de reducir la distancia entre ellos para darle un beso que tuvo a Draco gimiendo y tirando aún más de sus cuerdas.
—Sé un buen chico —advirtió antes de erguirse.
Alzó una mano, convocando una camiseta con magia no verbal y la deslizó por encima de su cabeza. Draco le observó el gesto maravillado, con la mirada ahogada en anhelo, como siempre hacía cuando utilizaba su magia sin varitas. Sonrió antes de salir de la habitación. Bajó las escaleras apresuradamente y se dirigió a su despacho. Toda la excitación que podía haber acumulado se extinguió en cuanto vio a Ren sentado cómodamente en una de las sillas. Tenía que empezar a restringir aún más el acceso a su chimenea.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—¿Así es cómo me recibes ahora? —Ren le estudió de arriba a abajo mientras se encaminaba hacia su escritorio. Era consciente de su aspecto, y su amigo lo conocía demasiado bien como para saber lo que significaba— ¿Te he pillado ocupado?
—Sí —respondió. Con suerte, su visita seria corta.
—¿Tienes a Draco atado en algún lugar de la casa? —preguntó, sonriendo entre divertido y curioso.
Exhaló sonoramente, dándose paciencia. Esperaba que al menos sí fuese algo urgente.
—¿Qué quieres, Ren?
La sonrisa del rubio fue difuminándose poco a poco. Le vio removerse en su silla, como si estuviera inquieto. Era extraño, porque Ren solía tener más temple que un bloque de acero.
—Creo... Que podría haberla cagado un poco con Blaise.
Eso captó su atención por completo. Frunció el ceño, acomodándose en su silla y observando a Ren con ojo crítico.
—¿Qué le has hecho?
—Nada demasiado grave. Respeté su palabra de seguridad, pero se asustó.
—Si tuvo que utilizar su palabra de seguridad es que no todo iba bien —replicó, negando con la cabeza sin poder creérselo.
—Ya lo sé —Ren suspiró, y Harry pudo ver en su expresión lo atormentado que estaba—. A Blaise no le importa que le ate, y le gusta probar cosas nuevas, pero no es aficionado al dolor y en una escena me emocioné un poco y le rompí la piel. Intenté hablar con él, pero apenas me dejó curarle y desapareció antes de que pudiese explicarme.
—¿Cómo has podido llegar a ese límite?
—Me dejé llevar —se justificó el rubio.
—Es que no puedes dejarte llevar, Ren. Tienes que mantener la cabeza sobre tus hombros y es irónico que sea yo el que te diga esto cuando fuiste precisamente tú quién me lo enseñó.
—Lo sé —repitió con cansancio—. Le he escrito, pero no me ha contestado y... No sé qué hacer para conseguir que hable conmigo.
Harry llenó sus pulmones de aire y dejó escapar un sonoro suspiro. Se frotó los ojos, sintiéndose entre irritado e impaciente. También había una parte de él que sentía compasión por Ren, y eso fue lo único que lo mantuvo en la silla.
—No voy a meterme en tu relación, y tampoco le diré nada a Draco porque te mataría y no tengo ganas de pelearme con el Wizengamot para que no vaya a Azkaban.
—Así que si tu marido me matase, a ti lo único que te preocuparía es que él pudiera acabar en la cárcel —resopló Ren, cruzándose de brazos—. Muy bonito.
Harry sonrió de medio lado, encogiéndose hombros.
—A él le quiero más que a ti —bromeó, haciendo que su amigo rodase los ojos. Se mantuvieron un minuto en silencio, hasta que volvió a hablar—. Solo puedes esperar. Darle espacio a Blaise y quizás, cuando lo haya asimilado todo, hablará contigo.
—Ya.
Harry contempló a su amigo. Parecía abatido y realmente preocupado. Sabía que Ren cuidaba de sus sumisos, pero llevaba demasiados años de amistad con él como para saber que esto era algo más. Una vez le había contado que había estado a punto de casarse, aunque no le dijo porqué al final no lo había hecho. Sabía que Ren solo había tenido largas relaciones con sumisos pero, aunque estuviese durante años con una persona, nunca se involucraba sentimentalmente.
Y ahora estaba ahí, luciendo como un cachorro apaleado.
—¿Te has planteado el tener que renunciar a parte de tu estilo de vida por Blaise? —le preguntó seriamente. Ren clavó sus ojos azules en él con curiosidad— Quiero decir, si Blaise al final no acepta todo lo que conlleva estar contigo, tal vez deberías sopesar si quieres mantener tu vida como hasta ahora o cambiar algo para estar con él.
—¿Hubieras renunciado a tu estilo de vida por Draco si él no lo hubiera aceptado?
—Sí —contestó sin dudarlo—, pero es diferente. A mi me ha gustado Draco desde que tenía dieciséis años. Estar con él es como un sueño hecho realidad. Renunciaría a casi cualquier cosa.
Era algo que se había planteado muy seriamente cuando había empezado su relación con Draco y había visto lo aprensivo que era. Se había sentido aliviado al principio, al ver que si Draco no quería estar con él, no era por ser Harry Potter, como había pensado, sino por experiencias pasadas que le habían dejado marcado. También se había alegrado enormemente cuando Draco había decidido intentarlo, pero aún así, se había preparado para la posibilidad de que el rubio se negase a avanzar más y Harry había llegado a la conclusión de que podía vivir sin atarle o sin azotarle. Iba a echar de menos su estilo de vida, pero sabía estar con Draco lo compensaría. Afortunadamente, no había tenido que renunciar a nada.
—Tienes demasiada suerte.
Ren le miró con envidia, chasqueando la lengua.
—Sí, soy un hombre con suerte y muy ocupado —apuntilló. Se puso en pie, instando a Ren a que hiciese lo mismo y lo condució hasta la chimenea—. No me meteré en tu relación, pero Blaise, Draco y los demás van todos los viernes a un pub muggle. Puedo pasarte la dirección por búho y, si tienes suerte, podrás hablar con él. Eso sí, yo no te he dicho nada.
—Tu secreto estará a salvo conmigo —contestó su amigo con más entusiasmo del que le había visto nunca.
—Lo que sea.
—Y dile a Draco que le echo de menos —añadió Ren con picardía, aunque sin maldad.
—Lárgate de mi casa, idiota.
Escuchó la risa de su amigo antes de pronunciar su dirección por la red-flú. Harry respiró hondo, negando con la cabeza y agitando una mano para bloquear el acceso total a la chimenea.
Se dio unos minutos a solas para serenarse y dejar atrás la conversación que acababa de tener con Ren. Subió las escaleras a paso lento y se relamió los labios antes de abrir la puerta de su habitación.
Draco continuaba tal y como lo había dejado. Tumbado sobre la cama, atado con sus cuerdas negras. Su rostro estaba enrojecido, y el rubor se había desplazado también hacia parte de su pecho. Respirada pesado y acelerado, con el sudor empapando su cuello. Nada de eso le extrañó a Harry, lo que le chocó fue el leve destello de pánico en los ojos del rubio y el ligero rastro de magia en la habitación.
—¿Qué has hecho? —preguntó directamente, parándose a los pies de la cama.
No había nada fuera de lugar. El consolador seguir dentro de Draco, su polla continuaba erguida y todos los nudos estaban en su sitio.
—Nada —le escuchó murmurar.
Le observó de soslayo, metiendo sus manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros que llevaba. Inclinó la cabeza a un lado, complacido por la forma en la que Draco se retorcía bajo su mirada.
—No me mientas —advirtió en un tono inflexible.
—¿Vas a castigarme?
—Depende de lo que hayas hecho y cuánto tiempo tardes en decírmelo. A menos que quieras que lo averigüe yo. Entonces no será suave para ti —aseguró—. Y créeme, voy a averiguarlo.
Le escuchó lloriquear, bajo, pequeño e indefenso. Harry esperó con paciencia.
—Lo siento mucho —susurró.
—Ultima oportunidad, Draco. Dime qué has hecho.
Draco estaba nervioso. Lo notaba en la forma en la que retorcía los dedos de sus manos y cómo su piernas luchaban contra las restricciones para juntarse. Si fuese cualquier otra persona, no lo dudaría, pero era Draco y hasta este momento, nunca había hecho falta que le castigase. Podía llevarle más o menos tiempo, pero siempre era obediente. Nunca se había saltado una orden, jamas había desobedecido por propia voluntad. Y Harry mentiría si dijese que no estaba emocionado ante esta nueva perspectiva.
—No he podido aguantar —confesó al fin—. Lo he intentado, lo juro. Pero estabas tardando mucho y yo...
—¿Te has corrido? —le preguntó directamente. Draco desvió la mirada, apretando sus labios juntos. Le vio asentir despacio—. ¿Y luego?
—Lo limpié.
—¿Para que yo no me enterase?
—Sí.
Guardó un segundo de silencio, notando un revoloteo de expectación acumulándose en la boca su estómago.
—Di lo que has hecho en voz alta —ordenó, sonando suave y tranquilo a propósito, sabiendo que el rubio percibiría el peligro detrás de su tono.
Draco alzó la mirada. Sus ojos parecían acristalados, como si estuviese a punto de echarse a llorar, su respiración seguía siendo agitada pero su rubor había ido desapareciendo progresivamente.
—Me he corrido y he utilizado magia no verbal para limpiarme y que no te enterases —admitió. Harry debía concederle el hecho de que no había apartado su mirada mientras lo decía y su voz no había oscilado ni una sola vez. De hecho, empezaba a parecer orgulloso de ello—. ¿Vas a castigarme? —repitió.
Harry se acercó a él desde unos de sus lados y se sentó en el borde de la cama. Posó su mano sobre el estómago de su marido, admirando su piel cálida y tersa.
—Tengo que castigarte —afirmó, esta vez con una suavidad mucho más sincera—. Lo sabes, ¿no?
—Sí —susurró Draco.
Pensó en que debía hacer con él. Descartó golpearle, porque podría escoger el objeto más contundente que tuviera a mano para azorarle y aún así para Draco sería una recompensa más que un castigo. Harry esbozó una sonrisa lenta. Su umbral de dolor podría ser muy amplio, pero su paciencia era muy corta.
—Supongo que ya no vas a necesitar esto —comentó, agarrando el consolador que estaba dentro de Draco para quitárselo con un movimiento fluido. Su marido gimoteó y retorció ante la acción—. Y tampoco vas a necesitar estar atado, ya que puedes correrte sin tocarte.
—Por favor, Amo.
Se detuvo en seco, con los dados a punto de desatar las ataduras de sus pies. Draco le llamaba por su nombre casi siempre. A veces le llamaba Señor, si estaba lo suficientemente desesperado. Solo le llamaba Amo cuando quería conseguir algo de él.
Entrecerró los ojos, disparándole una mirada dura que hizo que Draco se tensase.
—¿Vas a regalarme palabras bonitas ahora?
—No —contestó rápidamente—. Lo siento, Harry. De verdad...
—Silencio —cortó. Desató las piernas de Draco y luego se desplazó para liberarle también los brazos—. Creía que te ibas a portar mejor que esto. Normalmente eres tan bueno.
—Lo siento.
—Te he dicho que guardes silencio —recordó con voz severa. Draco apretó los labios en una fina linea, mirándole bajo sus pestañas largas y doradas—. Demuéstrame que aún sabes obedecer, aunque sea un poco, y ponte sobre tus rodillas.
Le vio darse la vuelta, sosteniéndose temblorosamente sobre sus manos y rodillas.
Era una vista espectacular. La piel de Draco era preciosa y pálida. Tenía una diminutas pecas repartidas por los omoplatos y una cicatriz blanquecina a la altura de su cadera, pero aparte de eso, era totalmente impoluta. A Harry le encantaba ver cómo se sonrojaba, cómo su tez naturalmente blanca se iba coloreando con vergüenza o excitación. Adoraba que fuese lo suficientemente sensible como para que sus simples dedos dejasen marcas. Amaba tenerlo así, expuesto y accesible, como una hermosa obra de arte que había estado esperando por Harry todos estos años.
Se quitó la ropa y se arrodilló detrás de Draco. El rubio gimió ansioso cuando apoyó una mano en su espalda y le acarició. Se arqueó a su toque, mientras la mano de Harry iba bajando por su columna vertebral hasta su culo. Estaba abierto y dócil, su entrada se encontraba húmeda y dilatada por el consolador que había estado llevando. Harry gruñó interiormente ante la vista. Sujetó su polla y empezó a masturbarse de manera pausada, posicionando la punta de su pene en la entrada de Draco.
—No voy a follarte —dijo cuando su marido hizo ademán de echarse hacia atrás para que le penetrase—. Ni hoy, ni lo que queda de semana. Y no vas a tocarte y mucho menos vas a correrte.
—¿Qué? —preguntó Draco, mirando sobre su hombro.
—Ese es tu castigo.
Draco dobló sus codos y hundió su rostro entre sus brazos. Emitió un lloriqueo frustrado y ansioso. Harry sonrió un poco, sabiendo lo tortuosos que debía estar siendo para él, con la poca paciencia que tenía. Aún así, admiró que no volviese a quejarse ni a suplicar, que estuviese en esa posición mientras Harry se masturbaba y le utilizaba para su placer. Se corrió con un gruñido bajo, manchando la entrada de Draco y apretando los dientes para suprimir las ganas que tenía de estar dentro de él. Miró la piel de su marido, enrojecida y cubierta con su semen. Pensó en lamerle hasta limpiarle por completo con su boca, pero desechó la idea por completo. Draco no se lo merecía, después de todo.
—Puedes ir a ducharte —comentó con un suspiro.
—¿De verdad ese va a ser mi castigo?
Draco se dio la vuelta, importándole poco que estuviese sucio. Le miró incrédulo, con el cero fruncido y su entrepierna dura y necesitada.
—Sí —contestó, poniéndose en pie y añadió al ver que el otro estaba a punto de protestar:—. Me has desobedecido y he decidido castigarte de esa forma. Puedes acatarlo o utilizar tu palabra segura.
Draco le miró con rencor, apretando las sábanas en sus puños cerrados.
—Pero una semana...
—Las cosas que merecen la pena no van rápido, y yo quiero que aprendas la lección.
Por un momento pensó que replicaría pero al final se levantó y caminó hasta el baño en silencio, no sin antes dar un sonoro portazo.
Suspiró.
Iba a ser una semana entretenida.
Harry había esperado que a Draco le durase el cabreo durante días, pero no había sido así. Cuando había salido de la ducha, parecía mucho más calmado, lo cual había sido un alivio. Lo malo era que se mantuvo dentro de esa tranquilidad durante los dos días siguientes. Draco estaba callado, reservado y muy pensativo, casi taciturno. Había esperado algún tipo de frustración o cabreo, pero no que su marido se quedase tan dentro de sí mismo. Harry se había preocupado y había pensado en hablar con él a cerca de ello. Tenía que castigarle, porque sin castigos no había recompensas ni disciplina y su obediencia perdía sentido. Pero tampoco quería que lo llevase a un ámbito demasiado personal y que afectase a su autoestima o a la seguridad en sí mismo.
Y entonces, a media semana, Draco había vuelto a su yo habitual, como si nada hubiera pasado. A Harry no le dio tiempo de preguntarle qué había propiciado tal cambio, cuando amaneció con la boca de Draco alrededor de su polla.
Harry se despertó sorpresivamente. Su cerebro tardó un par de segundos en asimilar la sensación placentera de la lengua del rubio arremolinada en su glande. No sabía cómo Draco había conseguido bajar los pantalones de pijama sin que se despertase, pero no iba a quejarse.
Gimió, llevó su mano derecha hacia la cabellera de su marido y detuvo su movimiento. Draco esperó dócilmente, manteniendo su erección profundamente en su boca, lamiendo cuánta piel podía. Se apoyó sobre su codo, irguiéndose para mirar hacia abajo. Draco le contemplaba con las mejillas enrojecidas, los labios brillantes e hinchados y sus ojos grises llenos de deleite. Apretó sus dedos en un puño, tirando de las hebras rubias con algo de fuerza. Draco gimió con gusto alrededor de su pene.
Inhaló a través de sus dientes apretados, balanceando sus caderas a ritmo lento. El rubio mantuvo su mirada en él y las manos apoyadas a cada lado, completamente visibles. Podía ver su propia excitación entre sus piernas a pesar de que iba vestido con su ropa de dormir. Se le veía tan, tan obediente.
—Joder, Draco —gruñó, embistiendo con más ímpetu.
Notó que Draco se arqueaba y que sus ojos rodaban de placer bajo sus párpados entrecerrados. Esa imagen fue suficiente para que Harry aumentase el ritmo, empujando cada vez más rápido y más profundo, recreándose en la manera en la que Draco lo aceptaba todo como si fuese un regalo, en como miraba a Harry de forma desenfocada y placentera. Se corrió con un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. Su respiración era pensada y creyó que por un momento que el alma acababa de escaparse de su cuerpo.
—No me he tocado ni me he corrido —escuchó que murmuraba Draco—. ¿Lo he hecho bien?
Se levantó, contemplando la mirada ansiosa por complacer que tenía el rubio en su rostro. Le observaba con los labios entreabiertos y brillantes, su cabello estaba revuelto y desaliñado y su respiración era jadeante también. Le estudió durante un momento, notando que bajo toda esa capa de anhelo por contentarme, también había una clara excitación.
Se acercó a él, besándole profundamente y probando su propio sabor de la boca de Draco. Si no fuera porque estaba castigado, en ese mismo instante le habría concedido cualquier cosa que le pidiera.
—Sí, cariño —susurró. Harry besó la piel de su cuello con cuidado, satisfecho por la forma en la que Draco se estremeció y jadeó en voz baja—. Lo has hecho tan bien. Estoy muy orgulloso de ti.
El rostro de Draco pareció iluminarse. Sus ojos brillaron contentos y su boca se curvó en una sonrisa ilusionada mientras se apoyaba en la mano con la que Harry acariciaba su mejilla, necesitado de cualquier contacto que pudiera darle.
Para su sorpresa, esa no fue la única mañana que despertó así. Estaba claro que su marido quiso llevar su castigo un paso más lejos para demostrarse a él o sí mismo que era capaz de hacerlo. Una parte de Harry quería decirle que no hacía falta que hiciese tal cosa, que era suficiente. Su otra parte —una con mucho más peso que la anterior—, disfrutaba viendo lo lejos que podría llegar Draco y cuan dispuesto estaba a aceptar su castigo.
Así que Harry se dejó hacer, elogió a Draco todas las veces que lo hacía bien, recalcándole lo hermoso que se veía, lo buen chico que era y lo afortunado que se sentía por tenerle. Draco se retorcía de placer todas las veces, emocionado por los halagos.
Y sí, fue una semana mucho más entretenida y placentera de lo que había pensado.
Cuando Harry se despertó con una mano en su entrepierna, no se sorprendió. El sueño hacía que su mente estuviese borrosa, sin sentirse despierto del todo mientras la mano de Draco acariciaba su polla con lentitud.
—Harry —susurró el rubio. Hizo un sonido vago para demostrar que le escuchaba, aunque su atención estaba más centrada en su mano—. Ya ha pasado una semana.
Parpadeó con pesadez.
—Draco...
Pensó en preguntarle la hora, porque estaba seguro de que era demasiado temprano. Pensó en decirle también que tenía una reunión importante con el Ministro de Magia de Francia y con el Departamento de Ley Mágica Internacional y que, sobretodo, tenía un sueño terrible.
—Me he preparado para ti.
Pero tuvo que decir esas cinco palabras y a Harry se le olvidó cualquier responsabilidad y cualquier pensamiento que pudiera tener. Se le olvidó hasta respirar por un segundo.
Si Draco supiera todo el poder que tenía sobre él, probablemente Harry habría perdido algo más que una guerra.
—¿Te has preparado? —repitió, mucho más despierto— Déjame verlo.
Draco se subió a horcajadas encima suyo. Harry le atrajo hacia su pecho acariciando su espalda con una mano mientras que dirigía la otra hacia la entrada del rubio. Estaba mojado de lubricante, dilatado y ansioso. La polla de Harry dio un tirón al imaginarse a Draco abriéndose a sí mismo.
—¿Te has corrido?
—No —contestó Draco, retorciéndose—. Por favor, Harry. Te necesito. Haré lo que quieras, por favor.
Harry gimió ronco. Podría haberlo hecho, podría haber elegido un consolador, haberse masturbado y haberse corrido y no podría haberle reclamado nada, pero había sabido esperar y complacer a Harry.
—Siéntate sobre mi polla —ordenó, bajando sus pantalones.
Draco jadeó, su respiración se aceleró y todos sus músculos se tensaron con expectación. Miró a Harry con tanta esperanza que le abrumó por un momento.
—¿Puedo? —preguntó, con voz pequeña.
Le besó profundamente, antes de asentir.
—Sí, pajarillo. Te lo mereces —aseguró en tono cariñoso—. Te has portado tan bien para ganarte lo que es tuyo. Como un buen chico.
No se sorprendió al notar lo apretada que estaba la entrada de Draco, a pesar de que se había preparado. Una vez, le había confesado que le gustaba el dolor de la penetración, que le encantaba estar resbaladizo pero apretado. Harry lo había doblado sobre la encimera de la cocina y se lo había follado sin dilatarle ni un poco, inmediatamente después de su confesión.
—No voy a aguantar mucho —advirtió Draco.
Harry sujetó su cintura y le hizo hundirse por completo en él. Draco gimió fuertemente, echando la cabeza hacia atrás y arqueando su espalda. Podía notar sus músculos palpitando de manera ansiosa alrededor de su polla, lo que provocó que un latigazo de placer recorriera su cuerpo.
—Puedes correrte cuando quieras —concedió.
Su marido lloriqueó y comenzó a rebotar sobre su pene con rapidez, como si estuviera desesperado por ello. Harry tampoco iba a aguantar mucho, si era sincero consigo mismo. Ver a Draco gemir, con su rostro contorsionándose en placer mientras se hundía en su erección era suficiente para llevar al borde a cualquiera.
—Gracias —dijo Draco en un susurro, apoyando las manos en su pecho y mirándole con ojos cristalinos—. Gracias, Señor.
Apretó los dientes cuando Draco se corrió y su entrada se apretó dolorosamente a su alrededor. Cerró los ojos con fuerza, controlando su respiración y manteniendo su excitación al límite para no terminar. Draco se desplomó contra él, exhausto y cansado. Llevó su mano hacia su cabello lacio, acariciándole con delicadeza mientras mecía sus caderas.
—Eres maravilloso —susurró, repartiendo besos sobre su hombro expuesto.
Le embistió lentamente, manteniendo un ritmo mucho más pausado. Draco se sacudió con cada empuje, emitiendo sonidos indefensos.
—Lléname —le pidió, hundiendo el rostro en su cuello—. Por favor.
Gruñó, sintiendo que todo su placer se acumulaba bajo su vientre, endureciendo su polla todavía más. Draco se apretó a su alrededor y sé removió, aumentando aún más la fricción. Pasó una mano por su espalda, abrazándole con fuerza y alzó sus caderas para empujar todo lo posible. Se corrió con un gruñido bajo, sintiendo el peso de Draco encima suyo y su calor alrededor.
Respiró hondo, cansado pero no lo suficientemente adormecido como para no poder murmurar un hechizo de limpieza.
—Vas a matarme algún día de estos —se quejó.
Draco rió sobre su cuello, con su aliento enviándole cosquillas y su cuerpo sacudiéndose entero.
Y a pesar de sus palabras, no pudo evitar pensar que Ren tenía razón mientras se deleitaba en escuchar la risa de Draco. Tenía demasiada suerte.
Fin.
Feliiiz Navidaaad, feliz navidaaaad, próspero año y felicidaaad
Como hoy es Nochebuena —y mañana Navidad—, he decidido adelantarme y publicar hoy el último capítulo de esta historia.
Sé que, a pesar de todas las advertencias del principio, no es una historia que contenga demasiado sexo explícito. Ya me conocéis, y sabéis que no se me da bien este tipo de escenas. También hay mucha gente que se ha preguntado cómo sería la perspectiva de Harry. Y, sorprendentemente, a la mayoría os ha gustado la pareja de Ren/Blaise (por cierto, Ren es un personaje original, por si no lo había dicho), así que he decidido juntarlo todo un poco y escribirlo en este epílogo.
Me da mucha pena despedirme de esta historia. Es el fic más largo que tengo y, aunque al principio me fue difícil empezar la historia porque era muy aprensiva al tema del BDSM, una vez que me puse a ello me resultó mucho más sencillo de lo que esperaba.
No pensé que fuese a tener tanto apoyo, porque no es un tema que sea muy común en el fandom y porque no sabía si yo iba a estar a la altura, pero estoy muy contenta con el resultado, estoy muy emocionada con todo el cariño que he recibido y estoy increíblemente orgullosa de mi misma por haber sido capaz de actualizar todo los viernes.
Muchísimas gracias por todo el cariño que he recibido, por leerme, por haber tenido la paciencia suficiente de estar aquí todos los viernes y por todo el apoyo que me habéis brindado.
Y, ahora que ya he terminado con esta historia, voy a escribir una segunda parte de "Oblitus Memorias", porque necesito darle un final feliz a esa historia y, después de eso, tengo tres proyectos pendientes por escribir, así que espero poder publicar cosas nuevas muy pronto
¡Feliz Navidad!
¡Os quiero!
