yoxo: Me alegra que te haya gustado! Muchas gracias por leer :)
Capítulo 1: Señorita Edevane
1° de septiembre, 1991
Harry y Morgan se acomodaron en el primer compartimento vacío que encontraron.
Podían ver al resto del cuerpo estudiantil despidiéndose de sus familias en la plataforma o desde sus asientos, y los mellizos no pudieron evitar ser invadidos por la tristeza.
Harry se levantó de su asiento junto a la ventana y se sentó junto a Morgan, quien tenía la vista clavada en una pareja despidiendo a su hija, una chica de no más de catorce con el cabello verde y túnica azul.
Cerca de la pequeña familia, los pelirrojos que le habían ayudado a encontrar el tren y a subir su equipaje hablaban de ellos.
-Eh, mamá, ¿adivinas a quienes acabamos de ver en el tren?
Los mellizos se tensaron.
-¿Se acuerdan del muchacho con el pelo negro y la de pelo rojo que estaban cerca de nosotros, en la estación? ¿Sabes quienes son?
-¿Quienes?
-Los Potter.
Escucharon la voz de la niña.
-Mamá, ¿puedo subir al tren para verlos? ¡Oh, mamá! Por favor…
-Ya los has visto, Ginny, y además, los pobres niños no son animales de zoológico. ¿De verdad son ellos, Fred? ¿Cómo lo sabes?
-Les pregunté. Él tiene la cicatriz. Estaba realmente allí...como iluminada.
-Pobrecillos...No es raro que estuvieran solos. Fueron tan amables cuando preguntaron cómo llegar al andén...
-Eso no importa. ¿Crees que recuerdan cómo era Quien-tú-sabes?
En un parpadeo, la madre se puso seria.
-Te prohíbo que lo preguntes, Fred. No, no te atrevas. Como si necesitaran que les recuerden tal cosa en su primer día de colegio.
-Está bien, quédate tranquila
Harry colocó un brazo alrededor de su hermana, y esta se recostó contra él.
Al menos se tenían el uno al otro.
Morgan se volteó para poder verlo a los ojos, y dar la espalda a la plataforma.
-¿A qué casa quieres ir?-le preguntó, sonriendo de oreja a oreja.
Desde su visita al Callejón Diagon, la niña se había dedicado a leer sus libros, y su favorito había sido Una historia de la magia.
-¿Qué?-preguntó Harry-¿Qué casa?
Morgan rodó los ojos, por supuesto que no tenía idea. Harry era alérgico a los libros.
Antes de que pudiera responder, la puerta de su compartimento se abrió, y un niño con cabello rojo asomó la cabeza.
-¿Hay alguien sentado ahí?-señaló el asiento vacío frente a los hermanos-Los demás están llenos.
Harry negó con la cabeza y el muchacho se sentó. Les dio una mirada a los mellizos para luego desviarla rápidamente, en un vano intento de ser sutil. Morgan notó que tenía una mancha negra en la nariz.
-Eh, Ron.
Los gemelos aparecieron en la puerta.
-Mira, nosotros nos vamos a la mitad del tren, porque Lee Jordan tiene una tarántula gigante y vamos a verla.
-De acuerdo.
-Harry- dijo el otro gemelo-¿Te hemos dicho quienes somos? Fred y George Weasley. Y él es Ron, nuestro hermano. Nos veremos después entonces.
Se fueron, ignorando a Morgan por completo.
Se cruzó de brazos, aireada. Había leído Historia de la magia, y el libro la mencionaba,..un par de veces. Mientras que Harry había obtenido páginas y más páginas de texto, y en su momento ni siquiera sabía ir al baño solo.
-¿Eres realmente Harry Potter?-preguntó Ron.
Harry asintió, y entonces el ceño del niño pelirrojo se dirigió en su dirección.
-Entonces, ¿tú debes ser la otra? No recuerdo tu nombre.
-Morgan- escupió entre dientes.
No envidiaba la fama de su hermano, pero tampoco le hacía gracia que se olvidaran de su existencia.
-Ah, sí. Ahora lo recuerdo. Mi padre me dijo que te nombraron como a esa bruja malvada.
-Morgana fue una mujer brillante.
Ron bufó.
-Estaba desquiciada.- su atención volvió al Potter importante- ¿Realmente te hiciste eso? ¿Tu sabes…?
Señaló la frente de Harry.
Morgan observó cómo nacía una amistad. Los niños comenzaron a hablar, y luego de diez minutos de ser ignorada, la pelirroja se reclinó contra la ventana y observó el paisaje.
Se perdió en los recovecos de su mente, y solo volvió en sí cuando Harry la sacudió con suavidad.
Se volteó y frunció el ceño al ver los dulces sobre los asientos. ¿Cuándo había comprado todo eso?
-¿Empanada de calabaza?-ofreció Harry.
Morgan lo ignoró y tomó una caja de chocolate.
Al abrirla, notó que el dulce tenía forma de rana. Los ojos casi se le salen de las cuencas cuando la rana saltó. Intentó atraparla, pero fue en vano.
-¿Quién está en tu tarjeta?-le preguntó Ron.
Morgan bajó la mirada y vio a un hombre alto y de mirada amable, con el cabello arenoso, que jugueteaba con su varita, claramente nervioso.
-Newt Scamander- leyó.
-Yo tengo a Dumbledore.
-Me tocó Merlín, de nuevo.
Pasaron un buen rato comiendo golosinas, y a Morgan no le habría sorprendido si para el finalizar el día desarrollaban diabetes.
Se oyó un golpe en la puerta del compartimento, y entró un niño con cara redonda. Parecía preocupado.
-Perdón. ¿Por casualidad habrán visto a un sapo?
Los tres negaron, y el niño gimió.
-Lo he perdido. ¡Se escapa todo el tiempo!
-Ya aparecerá-dijo Harry.
-¿Quieres ayuda?- Morgan se inclinó sobre su asiento. El pobre niño le daba lástima, y sería una buena excusa para estirar las piernas.
Él asintió y le dio las gracias una y otra vez, mientras la niña lo seguía fuera del compartimento y por el pasillo sin mirar atrás.
-Soy Neville Longbottom- se presentó, estirando una mano.
Ella la sacudió.
-Morgan.
No quiso darle su apellido, pues no quería causar un escándalo. Si la escuchaban, era casi seguro que los estudiantes se exaltarían tanto como los gemelos Weasley, y aunque probablemente no supieran quién era ella, no quería que molestaran a Harry.
Se dividieron. Neville continuó por ese compartimento y Morgan fue al siguiente.
Poco después, una niña con grandes dientes, y cabello castaño alborotado llamada Hermione se unió a la búsqueda.
-¿Morgan?- le preguntó cuando se presentaron-Es un nombre extraño.
La pelirroja se encogió de hombros, y apenas dio dos pasos cuando la escuchó jadear detrás de ella.
-¡Barbas de Merlín! ¡Eres Morgana Potter!
Varias cabezas giraron en su dirección, y la niña sintió como sus mejillas cambiaban hasta combinar con su cabello.
Una puerta se abrió, y un niño con cabello platinado, ojos grises y rostro de duende se detuvo frente a ellas.
-¿Escuché bien? ¿Potter en el tren?
Observó a Morgan de pies a cabeza como si fuera un ser inferior.
-Soy Draco. Draco Malfoy- se presentó, estirando su mano.
Luego de dudar por un momento, Morgan la aceptó.
-Estos son Crabe y Goyle- asintió en dirección de dos gorilas bebés.
-Un placer- murmuró Morgan, intimidada por las miradas que estaban recibiendo.
Varias puertas se abrieron, y estudiantes de diferentes edades comenzaron a cuchichear mientras la señalaba.
Draco notó el cambio en la niña, y entrecerró los ojos en dirección de los otros estudiantes.
-Puedes sentarte con nosotros. Así no te molestarán.
Morgan quería ayudar a Neville a encontrar su sapo, pero más que eso, quería escapar de los otros estudiantes.
-¿Creí que los Potter tuvieron un niño?
-Yo también.
-Creo que esa es su hermana.
-¿Hermana? ¿Desde cuando?
-¿Crees que estaba ahí la noche que,...?
-¿Nos presentará a Harry si se lo pedimos amablemente?
Sin pensarlo, se metió en el compartimento, lanzando a Hermione una mirada rápida.
La castaña parecía avergonzada por el alboroto, y se apresuró a cambiar de tema, preguntando a todo el mundo por el sapo.
Morgan no tardó en darse cuenta de que Crabbe y Goyle eran incapaces de mantener una conversación inteligente. Draco era arrogante y sólo parecía capaz de hablar de sí mismo.
Por su mayor parte, Morgan le permitió su perorata, sólo interrumpiendo de tanto en tanto, cuando una pregunta relacionada a Hogwarts surgía de forma aleatoria.
Se mostró escandalizado al enterarse de que los mellizos habían sido criados por muggles. Morgan no se mostró ofendida cuando comenzó a hablar pestes de los muggles. No entendía por completo lo que sus palabras implicaban, solo podía pensar en que sí, definitivamente, los Dursley eran terribles.
Draco era un poco insufrible, pero Morgan prefería escucharlo por unas horas, a tener que enfrentar esas miradas de nuevo.
Hermione volvió a encontrarla antes de la ceremonia.
La subdirectora, la profesora McGonagall, los había dejado en una pequeña habitación adyacente al Gran Comedor, con instrucciones de esperar a su regreso.
Más adelante, vio a Draco hablando con Harry, pero entre las múltiples conversaciones que estaban tomando lugar no pudo escuchar lo que estaban diciendo.
Hermione se detuvo a su lado con expresión apenada.
-De verdad, lamento mucho el escándalo que armé en el tren. No fue mi intención.
Morgan se encogió de hombros y se forzó a sonreír.
-Está bien. Se que fue un accidente.
La castaña parecía aliviada, y no demoró en devolverle la sonrisa.
-¡Qué bien! Temía que fueras a odiarme.
Un estudiante gritó, y todos voltearon en busca de peligro. Veinte fantasmas aparecieron en la habitación.
Un fantasma apenas transparente y panzón se detuvo a presentarse, pero los niños estaban estupefactos, y ninguno respondió a su saludo.
La profesora McGonagall eligió ese momento para regresar. Les pidió que formaran una fila y marcharon detrás de ella, aterrados.
-Los libros mencionan una especie de prueba- dijo Hermione, caminando detrás de ella.-Tu no tendrás idea de que podría ser, ¿verdad?
Morgan negó vigorosamente. Fuera cual fuera la prueba, esperaba que no fuera difícil ni dolorosa.
El Gran Comedor era iluminado por miles de velas, todas flotando en el aire sobre cuatro largas mesas. Los utensilios de dichas mesas parecían de oro. Al fondo del comedor había una tarima, donde se sentaban los profesores ante una gran mesa.
-¡Mira!-susurró Hermione, emocionada, mientras señalaba algo sobre sus cabezas.
Morgan se ajustó las gafas y observó boquiabierta. En lugar de un techo de piedra, se encontraban bajo las estrellas. Había leído sobre eso en uno de sus libros, pero la descripción había hecho poco para prepararla. Era aún más impresionante de lo que había imaginado.
La profesora McGonagall se detuvo y tomó un taburete de cuatro patas, sobre el cual descansaba un viejo sombrero feo y sucio. Morgan esperaba no tener que colocarse esa cosa. No quería piojos.
El sombrero se movió, apareció una rajadura cerca del borde y comenzó a cantar.
Cuando la canción acabó, el comedor estalló en aplausos. El sombrero se inclinó ante las cuatro mesas y volvió a quedar tieso.
La profesora McGonagall se paró junto al taburete, tenía un pergamino en su mano.
-Cuando los llame, deberán ponerse el sombrero y sentarse en el taburete para que los seleccionen. ¡Abbott, Hannah!
Una niña con el pelo rubio trenzado se colocó el sombrero y se sentó. Apenas pasó un segundo.
-¡Hufflepuff!-gritó el sombrero.
Una mesa llena de adolescentes con túnicas amarillas aplaudió, y la niña corrió en su dirección. El fantasma gordo estaba celebrando.
Susan Bones también fue a Hufflepuff, pero Terry Boot y Mandy Brocklehurst a Ravenclaw. Lavender Brown fue la primera Gryffindor, donde Morgan distinguió a los gemelos Weasley. Millicent Bulstrode fue la primera Slytherin. Justin Finch-Fletchley fue a Hufflepuff, y Seamus Finnigan a Gryffindor.
-Granger, Hermione.
Con una rápida sonrisa en dirección de Morgan, la castaña corrió hacia el taburete.
-¡Gryffindor!
Delante de ella, Ron gruñó, y Morgan no pudo evitar rodar los ojos. Hermione era una chica agradable, y esperaba ser enviada a la misma casa.
Llamaron a Neville, el chico que había perdido el sapo, y este no tardó en seguir a Hermione.
El sombrero apenas tocó la cabeza de Draco cuando gritó:
-¡Slytherin!
Satisfecho, el rubio fue con sus gorilas.
A medida que se acercaba su turno, Morgan comenzó a sentirse nerviosa. ¿Y sí el sombrero no podía decidirse? ¿Y si ella no encajaba en ninguna casa? ¿La enviaría de regreso con los Dursley?
Harry parecía estar pensando lo mismo, porque estiró la mano hacia atrás, y Morgan la tomó con fuerza.
-Potter; Harry- llamó McGonagall.
Con desgana, soltó la mano de su hermano y lo observó. Se acercó al sombrero con pasos lentos y deliberados, mientras los murmullos crecían a su alrededor.
-¿Ha dicho Potter?
-¿Harry Potter?
El sombrero le cubrió los ojos, y el comedor se sumió en un silencio de ultratumba.
Esperaron varios segundos, que para la niña se sintieron como horas, cuando finalmente:
-¡Gryffindor!
La mesa ubicada debajo del estandarte rojo y dorado estalló en un aplauso bullicioso.
Los gemelos Weasley gritaban "¡Tenemos a Potter! ¡Tenemos a Potter!", mientras que el resto de la mesa intentaba saludarlo.
La profesora McGonagall pidió silencio, y una vez pasada la exaltación, continuó:
-Potter; Morgana.
Los murmullos surgieron una vez más.
-¿Quién?
-¿Potter tiene una hermana?
-Creo que Bathilda Bagshot la menciona en su libro.
Ignorando las voces tanto como podía, se acercó al taburete, tomó el sombrero que McGonagall le ofrecía, se sentó, y lo último que vio fue las atentas miradas del cuerpo estudiantil.
-Uuh, ¿qué tenemos aquí? Otra Potter.
Morgan pegó un salto al escuchar una voz en su cabeza.
El sombrero rió suavemente.
-No hay que temer, niña. Y para tu información, soy un sombrero honorable. Ninguna cabeza ha contraído piojos en mil años
-Lo siento-masculló.
-No, no lo sientes. Veamos...Oh, interesante. Has notado que tu hermano es la estrella aquí. ¿Y qué es esto? Tsk, el rencor no es bueno para el alma, pequeña.
-No soy rencorosa.
-Ven a verme en un par de años y lo discutiremos- se burló el sombrero- Sí, ahí está. Oh, eres una niña dulce, pero no temes usar a las personas cuando la situación lo amerita. A ver,...¿qué más? ¡Ha! Dejas que tu hermano tome la culpa por ambos.
-Harry se ofreció.
-Y tú no lo rechazas. Vaya, vaya, crecerás para ser una bruja muy interesante, una digna del nombre que tus padres eligieron. Creo que,...sí,...solo hay una casa que te puede ayudar.
-¡Slytherin!- gritó el sombrero.
La única mesa que aplaudió fue la de la serpiente, el resto observó, con las mandíbulas tocando el suelo.
Morgan se quitó el sombrero y se apresuró en su dirección.
Silbaban y gritaban "¡Tenemos a Potter!"
Tomó asiento junto a una rubia, que le dio una mirada calculadora.
-Potter, ¿eh?
Morgan asintió, incómoda.
-Daphne Greengrass.- asintió en dirección de una alta castaña- Ella es Tracey Davis, mestiza.
Tracey se ruborizó ante la última palabra, como si fuera una gran ofensa por su parte.
Morgan intentó captar la atención de Harry, pero este no pareció notarla, concentrado en la selección.
Luego de que Ron se uniera a sus hermanos, y un tal Blaise Zabini se sentara en su mesa, el director se levantó.
Era un hombre muy alto, y los observaba con una sonrisa inmensa. Extendió los brazos, como si quisiera abrazarlos a todos al mismo tiempo.
-¡Bienvenidos!-dijo- ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! Antes de comenzar el banquete, quiero dirigirles unas palabras. Y aquí están, ¡Papanatas! ¡Llorones! ¡Baratijas! ¡Pellizco!...¡Muchas gracias!
Daphne le dio una mirada burlona.
-Ese hombre es ridículo. Padre dice que es un…
-¡Daphne!-interrumpió Tracey, escandalizada.
La rubia se encogió de hombros y comenzó a llenar su plato.
Morgan intentó capturar la atención de su hermano una vez más. Sus ojos se encontraron con los suyos, pero Harry no demoró en rehuir su mirada.
Morgan no le dio importancia, y volvió su atención a las inmensas cantidades de comida.
-¿No tienes hambre?- preguntó Tracey amablemente, colocando una servilleta en su regazo.
Luchando contra el sonrojo que quería apoderarse de su rostro, Morgan preguntó:
-¿Puedo,...tomar lo que yo quiera?
Tracey parecía extrañada ante la pregunta.
-Claro-respondió, perpleja.
Morgan volvió a pasear su mirada por los diferentes platillos. Los mellizos estaban acostumbrados a comer las sobras de los Dursley, y aunque no los mataban de hambre, Dudley se aseguraba de comerse todo lo que le gustara a sus primos, aunque a él mismo no le apeteciera.
-¿Los muggles no te daban de comer?-preguntó Daphne en tono burlón.
-¡Daphne!-volvió a regañar Tracey.
-¿Qué? Es que es muy pequeña.
Morgan no quiso responder la pregunta. Vacilante, comenzó a llenar su plato. Se sirvió de todo menos bombones de menta.
Una niña con cara de bulldog la observaba, divertida.
-¿Qué sucede, Potter? ¿Nunca viste tanta comida en un lugar? Imagino que los muggles viven como los puercos que son.
Morgan enrojeció, y el rojo de su cabello cambió a un naranja pálido.
Tracey jadeó al notarlo, y Daphne frunció el ceño a la niña.
-¡Va a necesitar proteínas para soportar tu estupidez, Parkinson!- espetó bruscamente.
La chica, Parkinson, le hizo una mueca.
-¿Que dijiste, Greengrass? Tú,...¡Drakey! ¡No te rías!
Draco se cubrió la boca con su mano, pero sus hombros se sacudían descontroladamente.
Daphne se volvió hacia Morgan.
-Lo siento.
No sabía si se disculpaba por su comentario o por el de Parkinson, pero Morgan no le dio mucha importancia.
-¿Eres metamorfomaga?
Las tres niñas buscaron al dueño de la voz. Un par de asientos a la derecha de Tracey, un niño con cabello y ojos marrones observaba el enmarañado cabello de Morgan.
-¿Una qué?-preguntó la pequeña, al notar que la pregunta era dirigida en su dirección.
-Significa que puedes cambiar tu apariencia a voluntad- explicó el niño, pacientemente- Soy Theodore Nott, y es un placer conocerla, señorita Potter.
Daphne le dio una sonrisa de ensueño, se acomodó el cabello y se sentó derecha.
-Oh, un placer- sonrió Morgan, nerviosa- No lo sé. Sucede a veces, pero no se controlarlo.
Theodore asintió, pensativo.
-Podrías hablar con McGonagall. Ella es la profesora de Transfiguración, sabrá como ayudarte.
Un chico de tez oscura se inclinó para hablarle, y con una última sonrisa gentil, Theodore abandonó la conversación.
Daphne y Tracey entablaron una conversación amena, y se aseguraron de incluir a la pelirroja. Le señalaron a los profesores, y explicaron de qué consistía cada materia. Morgan ya sabía de qué hablaban, todo estaba en el libro de Bathilda Bagshot, pero las dejó hablar.
Al finalizar la cena, Morgan se sentía más llena que nunca. Un fantasma se pasó el rato flotando de un lado de la mesa al otro. Tracey había explicado que era el Barón Sanguinario, el fantasma de Slytherin.
Dumbledore se levantó una vez más y pidió silencio. Explicó unas reglas básicas, y los prefectos se levantaron de sus mesas.
-¡Slytherin! ¡Por aquí, mocosos!
Rápidamente, los de primer año siguieron a los prefectos; un chico bajo de cabello negro y nariz chata, y una chica de estatura media, con pequeños ojos de cerdo y dientes torcidos.
Morgan se detuvo en la entrada del comedor y vio a los de Gryffindor subiendo las escaleras.
-¡Harry!-llamó, sonriente. Quería contarle sobre su nuevo descubrimiento. ¿Qué era lo que había dicho ese chico? ¿Meta-algo? También quería contarle sobre Daphne y Tracey; así no tendría que preocuparse de que estuviera sola ahora que él también tenía un amigo.
Su hermano se volteó, pero al verla, su expresión se endureció y se apresuró a alejarse de ella.
Morgan no entendía. ¿Había hecho algo malo? Harry nunca la había mirado así, excepto la vez que destruyó su escultura de barro. ¡Pero eso había sido un accidente! Dudley le había metido el pie y ella tropezó.
-Gryffindors- escupió una voz a su lado, y ella volteó para encontrarse con Draco Malfoy- Se creen mejor que el resto.
-¿Qué?
-Siempre ha habido mala sangre entre nuestras casas. Los Gryffindor piensan que somos de lo peor, pero en realidad son ellos. Amantes de los sangre sucia- escupió la última parte, literalmente.
Ella seguía sin entender. ¿Qué tenía eso que ver con su hermano? ¿Qué era sangre sucia?
Draco clavó sus ojos en ella y extendió su mano.
-En Slytherin nos cuidamos unos a otros.
Morgan miró atrás. Harry y Ron la observaban con algo parecido al disgusto.
Sintiendo el amargo gusto de la traición, aceptó la mano de Draco.
Harry no le dirigió la palabra por tres meses.
25 de Agosto, 1975
Cuando Morgan abrió sus ojos, el corazón casi se le sale del pecho.
El sol brillaba con orgullo en un cielo desprovisto de nubes, los pájaros revoloteaban en los alrededores, y el patio de Hogwarts estaba en perfectas condiciones.
La estructura se erguía con orgullo, y no veía señales de fuego. El patio estaba desprovisto de cadáveres, y en su lugar cubierto por vívido césped, podado meticulosamente.
Morgan no tuvo mucho tiempo para maravillarse con sus alrededores, pues en ese momento, las puertas del castillo se abrieron, y por ellas salió un hombre que la pelirroja no creyó volvería a ver.
Albus Dumbledore se acercó a ella con paso rápido pero no amenazador. Su cabello y barba no eran tan grises ni tan largo como recordaba, pero sus penetrantes ojos azules permanecían igual.
Se movía con más agilidad de la que recordaba.
Morgan sintió la urgencia de arreglarse un poco, y al bajar la mirada le sorprendió descubrir que, aunque llevaba las mismas ropas en las que había sido asesinada, estas no estaban cubiertas ni en sangre ni en barro. Su blusa negra no tenía agujeros, y la camisa verde permanecía tan pulcra como el día en que la compró. Sus jeans estaban rotos, pero los había comprado así (aparentemente, eran la nueva moda; y aunque ella y Hermione buscaron por horas, no encontraron jeans normales en ninguna tienda).
Llevó una mano a su rostro y notó que los cortes habían desaparecido, y al dejar que sus dedos viajaran alrededor de su ojo derecho, notó que el moretón también se había desvanecido.
¿Estaba loca, o sus pechos eran más pequeños? La diferencia no era grande, pero de repente, su brasier parecía un poco hueco.
El director de Hogwarts se detuvo frente a ella y la observó con curiosidad.
-Buenos días, profesor- saludó, ofreciendo una mano.
Dumbledore la aceptó, sacudiéndola un par de veces.
Su agarre también era un poco más firme.
-Más bien buenas tardes, ¿señorita…?
Dejó la pregunta en el aire.
-Potter. Morgan Potter.
Ensanchó los ojos pero no dijo nada.
-Es de suma importancia que hable con usted.
Miró a sus alrededores. No sabía qué día era, y no quería que algún estudiante escuchara su conversación. Por lo que sabía, incluso Quirrell podría estar en los alrededores.
El hombre meditó un momento, para luego acceder a su petición.
-Muy bien. Por favor, sígueme.
Dumbledore la guió hacia el castillo, luego por los pasillos y las escaleras, hasta su despacho en el tercer piso.
Morgan no podía dejar de observar todo. Era casi como si fuera su primera vez en la escuela. No creyó que volvería a ver ese lugar en buenas condiciones. El techo que no parecía tener fin, las brillantes armaduras, las escaleras que se movían y los retratos, que les daban miradas curiosas y cuchicheaban detrás de sus manos.
Notó que el lugar estaba desierto. Tal vez los estudiantes seguían en clase.
Se detuvieron frente a la gárgola.
-Lemon Pie- dijo Dumbledore, y Morgan tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír.
La gárgola se movió, revelando una escalera caracol por la que ambos ascendieron.
El despacho del director era tal como lo recordaba. Las paredes estaban repletas con cuadros de los predecesores de Dumbledore, que comenzaron a despertarse unos a otros al ver a la joven. Los estantes llenos de extraños artefactos y curiosos libros. El pensador estaba en su rincón usual, y no muy lejos la repisa llena de los recuerdos que Morgan asumió eran de Tom Ryddle; no habían tantos como recordaba. Fawkes también estaba ahí, con la cabeza debajo de las alas.
El impresionante escritorio estaba en el mismo lugar de siempre, y Dumbledore la invitó a tomar asiento. Él hizo lo mismo y le ofreció un pequeño platillo de cristal.
-¿Caramelo de limón?-ofreció.
Esa vez, Morgan no pudo ocultar su sonrisa, y le dio las gracias antes de tomar un caramelo. Nunca rechazaba los dulces, a menos que vinieran de Pansy Parkinson o los gemelos Weasley.
-Quiero que sepa que no soy una amenaza- comenzó, pero se detuvo al ver al director riendo suavemente.
Bueno, eso era ofensivo.
-De considerarla una amenaza, no le habría permitido entrada al castillo.
Supuso que tenía razón.
Notó que los habitantes de las pinturas la observaban expectantes. Dumbledore, al notarlo, agitó su varita.
Los directores y directoras se quejaron.
-Ya no pueden escucharnos.
Morgan asintió. El estómago le dio un vuelco. ¿Y si Dumbledore no le creía? ¿Si pensaba que estaba loca y la enviaba a San Mungo?
-Es una historia larga y extraña, señor- le dijo, jugueteando con sus manos en su regazo- Y no se cuanto puedo contarle sin poner en peligro el futuro.
La apariencia del director daba por hecho que Muerte la había enviado más allá de sus años en Hogwarts. No estaba segura de cuántos. El director era un hombre viejo y nunca se atrevió a preguntarle su edad.
-Dígame cuanto crea prudente,...señorita Potter.- animó el hombre, abriendo la envoltura del caramelo con codicia.
Se aclaró la garganta y decidió comenzar por el principio. Ese debía ser un buen lugar, ¿verdad?
-Mi nombre es Morgana Lily Potter, y tengo...tenía un hermano, Harry James Potter.-tomó aire y dejó caer la bomba- Nacimos a finales de julio, en el año mil novecientos ochenta.
Dumbledore pausó su pleito con el envoltorio por un momento, dejó escapar un pequeño "Hmm"e hizo una seña con su mano, pidiéndole que continuara.
-Hay una profecía, o la habrá- Morgan no estaba segura del momento en el que la profesora Trelawney haría tal profecía, pero si recordaba que Snape la había escuchado, y probablemente debería impedir eso- De todas formas, esta profecía dice que mi hermano crecerá para tener el poder para destruir a Voldemort.
Si a Dumbledore le sorprendió que la adolescente usara ese nombre, no lo mostró. Se sentó derecho, con los dedos entrelazados y los ojos clavados en ella.
-Nuestros padres, James y Lily…
-¿Lily Evans?
-Así es.
-Vaya, vaya- sonrió el director- Minerva me debe diez galeones.
Morgan decidió ignorar ese pedazo de información.
-Nuestros padres se escondieron, pero Voldemort los encontró.
Ante la memoria de Peter Pettigrew, apretó los dientes y cerró las manos en puños. No le importaba que el hombre se hubiera sacrificado por Harry (esas fueron las palabras de su hermano) en la mansión de los Malfoy, ella aún lo odiaba, y si se presentaba la oportunidad, se aseguraría de matarlo. Esa rata era la razón por la que ella y Harry crecieron huérfanos, por la que el pobre Sirius pasó doce años en Azkaban, y luego tres más, escondiéndose de un crimen que no cometió.
-Mi madre se apresuró a encerrarse con Harry en nuestra habitación y envió una alerta a la Orden del Fénix, mientras mi padre intentó alejarlo de nosotros.
Estaba bastante segura de que debió haber enviado la alerta al hombre que se sentaba frente a ella, pero no estaba completamente segura, y aunque lo estuviera, no quería darle esa carga.
-¿Usted no estaba con Lily y Harry?
Morgan negó.
-Hagrid me encontró en la cocina. Aparentemente, seguí al gato hasta ahí. Papá debió notarlo, porque en lugar de guiar a Voldemort fuera de la casa por la puerta de la cocina intentó llevarlo hacia el otro lado.
Cuando se deshizo de él, fue a por mi madre. Voldemort le ofreció vivir, pero ella se rehusó.
Podía sentir las lágrimas amenazando con caer, y podía escuchar la voz de su padre.
-¿Morgan? Oh, Lily, mírala. Pobre señor Bigotes. Pero mírala. Es tan ador… ¿Qué es eso? ¡Es él! ¡Toma a Harry y corre!
Recordaba a un gato pardo mordiendo la tela de su vestido e intentando arrastrarla.
-Aparentemente, su sacrificio protegió a Harry, y cuando Voldemort intentó matarlo, la maldición rebotó.
Dumbledore asintió. Había leído de esa magia. Solo funcionaba cuando una víctima rechazaba la oferta de vida a favor de otra. Era algo inusual, y los casos a través de la historia eran muy pocos, pero era magia antigua y poderosa.
-Usted nos llevó con los Dursley, y cuando tía Petunia nos aceptó, usted completó el hechizo. Harry estaría a salvo en esa casa hasta la mayoría de edad, y por extensión, yo también.
Cuando cumplimos once, envió a Hagrid con nuestras cartas. Fue un cambio grande. Todos sabían quien era Harry, y causó mucho de qué hablar cuando él fue a Gryffindor y yo a Slytherin.
Decidió omitir la parte en la que los Dursley los trataban como sirvientes, al igual que omitió los meses en los que Harry la ignoró, convencido de que Morgan crecería para convertirse en una bruja maligna. También omitió sus celos, al ver que todos se preocupaban por su hermano, y solo unos pocos recordaban su existencia.
Eso ya no importaba. Tenía una misión, y aunque desde que vio los recuerdos de Severus Snape perdió algo de simpatía por el anciano, sabía que necesitaría de su consejo y asistencia.
-Nos las arreglamos para sobrevivir hasta la mayoría de edad, pero usted murió antes de eso- masculló la última parte.
Dumbledore no parecía perturbado.
-No tema decir las palabras, señorita Potter. Todos moriremos algún día.
Un concepto que no le agradaba.
-Sí, supongo- movió el caramelo de un lado al otro, disfrutando el sabor ácido- Antes de morir, nos dejó una tarea, por lo que Harry, sus amigos y yo nos ausentamos del colegio en nuestro último año.
Descubrimos que lo que necesitábamos para destruir a Voldemort estaba aquí, pero él se enteró de nuestra presencia. Sabía que era lo que buscábamos, y esa noche comenzó la batalla.
Intentó no pensar en todas las vidas que perdieron. Hagrid, Fred, Tonks, Fleur, Charlie. La imagen del cuerpo inerte de su padrino, Remus Lupin, amenazó con abrirse paso, pero sacudió la cabeza y continuó con su historia.
-Voldemort pidió por nosotros a cambio de clemencia. Harry y yo fuimos a su encuentro, donde…
-¿Sí?
-Morimos.-suspiró. Decirlo en voz alta lo hacía más real. Estuvo muerta. No podía evitar preguntarse qué habría pasado de rechazar la oferta. ¿Qué habría sido del mundo? ¿Qué sería de el si ella fallaba?- Al menos, yo lo hice. Harry sobrevivió porque,...bueno, no es el momento de revelar eso, creo.
Mi hermano casi ganó, pero se distrajo por un momento.- se preparó para contar la parte más extraña de su historia- Entonces Muerte se presentó y me hizo una oferta: continuar o vivir de nuevo y arreglar todo este desastre.
-Y aquí está.
-Aquí estoy- asintió, exhalando con fuerza y recostandose contra la silla. Se sintió más liviana al confiar su historia a alguien más, aunque solo pudo compartir detalles muy vagos.
Fawkes voló hacia ella y se posó sobre su regazo. Parecía que acaba de renacer, pues apenas superaba el tamaño de un gato pequeño.
Morgan sonrió. Su parte favorita de visitar al director era ver al impresionante fénix, con el que se había encariñado. Luego de la muerte del profesor, el pájaro desapareció en el horizonte, y no pasó un día en el que se preguntara qué había sido de el.
El profesor Dumbledore se levantó y comenzó a caminar por el despacho. Parecía haber envejecido diez años. Le costaba mantener los hombros erguidos, y con cada paso parecía cargar con calzado de hierro.
Con las manos en la espalda, comenzó a mascullar para sus adentros.
Morgan permitió que Fawkes la examinara, y sonrió cuando, al ofrecerle una mano, este permitió que la acariciara.
-¿Creé que estoy loca?- escupió la pregunta como si las palabras tuvieran un sabor terrible.
El profesor se detuvo, como si acabara de recordar que la adolescente estaba ahí.
-No, querida, por supuesto que no. Cosas más extrañas han pasado.
No quería creerle, pero decidió darle el beneficio de la duda.
Produjo un patronus y le dio un rápido mensaje, destinado a la profesora McGonagall.
-¿Señor?
-¿Mm?
-¿Le importaría decirme la fecha?
-Agosto veinticinco.
-Oh. Pero, ¿de qué año?
-Setenta y cinco.
-¡Santas acromántulas!
Su rostro perdió color, al igual que su cabello.
Dumbledore le dio una mirada rápida.
-¡Ah! Eso es conveniente.
Tardó unos momentos en volver en sí. ¿1975? Se le aceleró el corazón. ¡Sus padres estaban vivos! Comenzó a sonreír. ¡Sus padres estaban vivos! ¡Y Remus también! ¡Y Sirius! Todos estaban vivos. Se preguntó si los conocería. Tal vez incluso podría ver a los Merodeadores en acción.
¿Querrían hablar con una Slytherin? Remus le había contado varias historias, y por lo que entendía, las serpientes eran sus víctimas predilectas. James y Sirius compartían una aversión particular por la casa de Salazar Slytherin.
La puerta del despacho se abrió, y Minerva McGonagall entró en la habitación. Por supuesto, llevaba el cabello negro en un moño y vestía de verde.
-¿Cual es el asunto de importancia, Albus? Los estudiantes estarán aquí en menos de una semana y hay mucho que preparar.
Sus ojos cayeron sobre la adolescente.
-Ah, Minerva. Me debes diez galeones.- canturreo Dumbledore, y a Morgan le sorprendió ver el pequeño movimiento de manos, como si estuviera haciendo un esfuerzo máximo por no comenzar a bailar.
El rostro de la bruja enrojeció.
-¡Albus! ¿De qué estás hablando? Tengo cosas más importantes que hacer que…
-Permítame presentarle a Morgana Lily Potter.
La profesora lo observó como si estuviera loco.
-¿Potter? No sea ridículo. James Potter no tiene parientes de su edad.
-No, no los tiene.
El profesor se encargó de repetir la historia que la joven le había contado, mientras esta se concentraba en recuperar su color natural.
Cuando los rizos salvajes volvieron a su habitual tono rubí, sonrió satisfecha. La profesora le daba miradas extrañas.
Al enterarse de que era la hija de James y Lily, amenazó con enviarlos a ambos a San Mungo.
-Por favor, Minerva. Mírala bien. Es una mezcla de Dorea y Lily.
Ambos la observaron como si fuera un caballo a la venta.
Dorea Potter era su abuela materna. Morgan no la conoció, pues la fiebre de dragón se la llevó antes de que naciera.
El director continuó con la historia bajo la atenta mirada de McGonagall, mientras la adolescente esperó pacientemente. Era un alivio no tener que repetir lo que había contado.
-Así que, necesitaré que acompañe a la señorita Potter al Callejón Diagon, para que pueda conseguir todos los útiles necesarios para su quinto año.
-¡Un momento!- Morgan se paró de un salto, asustando a Fawkes en el proceso, quien se elevó en el aire con un chillido indignado- Tengo diecisiete. Debería cursar séptimo.
Los profesores la miraron de pies a cabeza. McGonagall levantó su varita y la apuntó en dirección del pecho de la chica, agitó y negó con la cabeza.
-No. Quince.
¿Muerte la había rejuvenecido? Maldito bastardo.
-P-pero yo ya pasé mis T.I.M.O.S- murmuró, derrotada.
-En ese caso pasarlos de nuevo no deberá ser problema.
McGonagall solía ser su profesora favorita. Nótese el pretérito.
-¿Qué no hay que confirmar asistencia antes de agosto?
Dumbledore asintió.
-Sí, pero dadas las circunstancias, una excepción es entendible.
Agitó la varita y una elegante pluma verde y azul apareció a su lado, junto con un trozo de pergamino.
-¿Sería tan amable de decirnos qué materias estará cursando, señorita…?
-Albus, no puede usar su apellido.
-No, estaba meditando eso. ¿Qué materias estará cursando, señorita Edevane?
La profesora McGonagall apretó los labios. Probablemente sabía el significado del apellido, pero Morgan no quería enterarse.
-Uh, Cuidado de las criaturas mágicas, runas antiguas y estudios muggles.
No les dijo que había tomado aritmancia. Esa materia le costó muchas lágrimas y noches en vela, y aún así, en su quinto año obtuvo un "Excede las expectaciones". Sabiamente, abandonó la materia en cuanto se presentó oportunidad, lo que fue bueno para su salud mental.
-También me gustaría tomar Estudios Antiguos- agregó después de un momento.
En su día, estudios antiguos será una clase extracurricular, pero en su momento, Morgan, al igual que la mayoría de los estudiantes, no creyó que fuera importante.
-¿Tomó esa clase anteriormente?
Miró sus zapatos con expresión culpable. Esperaba que no le preguntaran eso.
-No.-confesó, y luego se apresuró a añadir- Pero creo que podría serme de gran utilidad.
-¿Está segura? Estará tomando once materias.
Ella asintió. ¿Una más, una menos? ¿Que tanta diferencia podía hacer?
-Muy bien- Dumbledore escribió algo en el pergamino y este volvió a enrollarse- Mañana a primera hora Minerva la acompañará al Callejón Diagon. Imagino que necesitará ropas además de útiles.
Morgan asintió apenada. Su trato con Muerte no incluía sus pertenencias.
Dumbledore se acercó al pensadero.
-La escuela cubrirá los gastos,...una especie de agradecimiento por su sacrificio.- llevó la varita a su sien y extrajo un hijo blanco- Es bienvenida a quedarse en la sala común de Slytherin. Con el comienzo de cursos tan próximo, encontrarle hospedaje fuera de los terrenos del colegio es, a falta de una mejor expresión, una pérdida de tiempo.
Morgan aceptó la oferta, notando que el profesor esperaba que se retirara.
Con pasos torpes, salió del despacho y bajó las escaleras.
A través de la ventana, vio la cabaña de Hagrid, y le llevó un gran esfuerzo no salir por las puertas y correr hacia el gigante. Él todavía no la conocía.
El sol descendía rápidamente sobre el Bosque Prohibido, dándole un aspecto más escalofriante del normal.
Sacó su varita de su bolsillo y comenzó a juguetear con ella, dandole vueltas y lanzándola hacia arriba para luego atraparla.
Su estómago protestó, y cayó en la cuenta de que no había comido nada desde su primer encuentro con Aberforth Dumbledore en Hogsmeade.
Se preguntó si el hombre estaba en su bar en ese momento, y si en esa época era tan amargado como en el futuro.
Afortunadamente, su camino no cruzó el de Filch.
Se desvió hacia las cocinas, donde estaba segura los elfos domésticos ansiaban una orden o dos.
Intentó calmar sus nervios. En un par de días conocería a sus padres.
También cayó en la cuenta de que el futuro de la comunidad mágica ahora descansaba sobre sus hombros, y el pesó casi la derrumbó a medio paso, o tal vez era el hambre.
Lentamente, continuó su camino hacia las cocinas.
Ese fue el día en que de verdad comprendió a Harry.
Guau! Otra actualización en poco más de 24hs? ¿Qué es esto? ¿Va a llover? ¿Se nos cae el mundo?
Supongo que siempre tuve y tendré un amor especial por los libros y pelis de Harry Potter, y eso es parte de la razón por la que me apresure a actualizar.
La otra parte fue saber que hay gente interesada en la trama ¡Muchisimas gracias por embarcarse en otra de mis historias!
Imagino que están ansiosos por conocer a Lily y a los Merodeadores, jajaja. Todavía no lo escribí (porque ya son las 3am y tengo clase en unas horas, ups) pero se como va a suceder, muajajajajaja.
Este capítulo tuvo mucho más diálogo del que esperaba, pero supongo que Morgan no puede esperar conocer gente sin hablarles.
Estuve buscando apellidos antiguos, así fue como encontré "Endevane", si les interesa, significa: Protector de la prosperidad...al menos eso decía el sitio web donde lo ví.
No sean tímidos y diganme que les parece.
Gracias por tomarse el tiempo de leer :)
Tengan un lindo día!
