Sara: Gracias! :3

Guest: Wiiiii

PerlaPrezVz: ¿Que onda?!

Nat-Marie: Aw! Gracias 3 Me alegra que la estés disfrutando y espero no decepcionar.

yoxo: Me alegra que te haya gustado!


Capítulo 2: Los Merodeadores

Diciembre 24, 1995.

Los ronquidos de Hermione y balbuceos de Ginny no le dejaban dormir, y suspirando en derrota, Morgan se levantó.

-Mm, muestrame tu cámara de los secretos- masculló Ginny, dándose vuelta.

Tomó su bata y salió de la habitación de puntillas, asegurándose de que ambas seguían dormidas.

Cerrando la puerta con suavidad, se colocó la bata y bajó las escaleras.

-Asquerosa mestiza- habló una voz rasposa, pero Morgan lo ignoró- Abominación. Si mi ama supiera...

-¡Kreacher! ¡Fuera!

Se detuvo a medio paso al escuchar la voz de Sirius, quien observaba al elfo con cara de pocos amigos, desde el descanso.

Parecía que no era la única que sufría de insomnio.

Sirius llevaba una bata de un peculiar rojo opaco, con las iniciales "S.O.B" bordadas con hilo dorado.

Refunfuñando, el elfo se alejó. Morgan podía imaginarse lo que debía estar diciendo.

-No dejes que te hable así- dijo Sirius, acercándose a la ventana.

Morgan se encogió de hombros.

-No me molesta-mintió, acercándose.

-Aún así, no lo permitas. Con nadie.

La ventana era larga, y sus marcos de madera comenzaban a verse afectados por la humedad. Sirius debió haber corrido las cortinas, la luz de la luna iluminaba la escalofriante casa, dándole un aspecto embrujado. De haber estado sola, Morgan habría vuelto a su habitación corriendo.

Se recostó contra el marco.

-¿No puedes dormir?

Negó, luchando contra la sonrisa que amenazaba con abrirse paso.

-Hermione ronca y Ginny habla sobre Harry.

El hombre sonrió divertido.

-Deberías grabarla.

Esa era una mala idea. Ginny era aterradora, y si se enteraba de que Morgan la había grabado, matarla sería una gentileza.

-¿Qué hay de tí?

Sirius suspiró.

-Estar encerrado me pone inquieto. Acumulo demasiada energía.

Morgan se esforzó por no mirarlo con lástima. En una ocasión, cuando tenía ocho años, hizo que el cabello de tía Marge desapareciera luego de que la vieja bruja hablara mal de Harry. Tío Vernon la encerró por casi dos semanas en la alacena bajo las escaleras; recordaba el nerviosismo que la había invadido, y como había arruinado su sueño. Sintió que tenía energía por días, y que si no la dejaban salir explotaría.

-¿Hay algo que pueda hacer?-preguntó dubitativa.

Sirius negó, la pequeña sonrisa que se expandía por su apuesto rostro no le llegaba a los ojos.

-No te preocupes, Ana.

Era el único que la llamaba así. Decía que su nombre era ridículo, y que de haber estado ahí el día que nació, habría impedido que James y Lily la crucificaran con el. Tampoco creía que quitarle la última letra fuera una idea muy brillante para un apodo.

A Morgan le gustaba su nombre, pero no le molestaba que Sirius se rehusara a usarlo.

-Podríamos ir a caminar, pero tendrías que ir como perro.

Morgan disfrutaba jugando con Canuto, y Sirius siempre se transformaba para recibirla. De hecho, ella lo conoció con esa forma.

La idea parecía agradarle, pero pronto, su rostro volvió a apagarse.

-No es buena idea. Podría suceder algo.

Morgan asintió. Ella no podía usar magia fuera de Hogwarts (en especial con Fudge y Umbridge respirando sobre su cuello, esperando el mínimo desliz), y Sirius no podía arriesgarse a salir en forma humana. Incluso como perro era tentar a la suerte.

Sirius comenzó a bajar las escaleras.

-¿Cómo van tus clases?-preguntó.

La pelirroja comenzó a seguirlo, esforzándose por no hacer ruido. Las escaleras eran tan viejas y estaban igual de descuidadas que el marco de la gran ventana, y si uno pisaba con mucha fuerza crujían.

-No puedo esperar a dejar aritmancia. No se que estaba pensando cuando decidí tomar esa clase.

Delante de ella, podía ver los hombros de Sirius sacudirse en una risa silenciosa.

-Harry dijo que eras buena.

¿Harry hablaba de ella con su padrino?

Entraron a la cocina, y con un movimiento rápido de varita, esta se iluminó.

-Si, porque estudio. Harry no es muy bueno en eso.

-Suenas como tu madre.

Ante la mención de Lily, se paró más derecha. Nunca se cansaba de escuchar de sus padres.

-¿De verdad?

Él asintió, tomando dos botellas de cerveza de mantequilla y abriéndolas con la mano. Le ofreció una a Morgan, quien la tomó entusiasmada. Por un momento, sus manos se rozaron.

Se sentó en la banca y Sirius en la mesa. Si la señora Weasley lo veía ahí se convertiría en una banshee.

-Oh, sí. Siempre tenía la nariz enterrada en algún libro. En una ocasión obtuvo una E en pociones y lloró por dos días.

Compartieron una risa.

-Desearía ser tan inteligente.

Morgan no era una estudiante brillante, pero se esforzaba. Las únicas materias en las que se destacaba eran Transfiguración y Encantamientos, y la primera se debía en parte a su habilidad como metamorfomaga.

-Hay diferentes tipos de inteligencia, Ana- la consoló, tomando un gran trago- En cambio tu padre nunca se molestó en abrir un libro.

-¿De verdad? Tío Remus dice que ustedes eran los mejores en la clase.

Sirius asintió.

-Sí. Siete años en Hogwarts y nunca estudiamos.

Ahora sí lo envidiaba.

-Eso explica como tenían tanto tiempo para meterse en problemas.- masculló.

Sirius rió por lo bajo, y Morgan tomó un trago para ocultar su sonrisa.

-Filch tiene una sección entera dedicada a los Merodeadores.

-¿Sigue ahí?

-Creo que lo tiene para asustar a los otros estudiantes, pero Fred y George lo ven como una musa.

-Escuché que quieren abrir su propia tienda.

Morgan suspiró.

-Si te ofrecen algo, dí que no.

La última vez que aceptó uno de sus caramelos, sus cejas crecieron hasta cubrir todo su rostro, y se necesitó al mismo Dumbledore para arreglarlo.

-Lo tendré en cuenta.

Permanecieron en silencio por varios minutos, disfrutando de la cerveza de mantequilla.

De vez en cuando, el sonido de lo que parecían pisadas se escuchaba, proveniente de diferentes partes de la casa. Morgan no podía evitar exaltarse cada vez que escuchaba uno, pero a Sirius parecía divertirle, y no paraba de repetirle que solo era Kreacher, intentando arruinar el sueño de los demás.

Con tanta discreción de la que fue capaz, lo observó bien. Estaba pálido, probablemente debido a la falta de sol. Estuvo a punto de hacer una broma de fantasmas, pero decidió que no sería apropiado. También se veía demacrado, era obvio que el insomnio no era el único efecto que el encierro le producía; Morgan había notado que el apetito de Sirius había menguado desde la última vez que lo vio, durante el verano.

Lo que más le rompía el corazón era la falta de brillo en sus ojos grises. Estar en esa casa lo consumía, y apenas parecía alegrarse un poco con Harry y Morgan alrededor. Aunque los mellizos se quedaran de forma permanente, ella sabía que Sirius no mejoraría hasta ser libre de nuevo.

-¿Has pensado en que quieres hacer cuando salgas de Hogwarts?-preguntó de repente, volteando a verla.

Morgan se levantó y tiró la botella vacía.

-He estado pensando en el Departamento de Misterios. Me interesa estudiar el tiempo y la muerte.

-¿Quieres ser una inefable?-parecía sorprendido.

La inseguridad la golpeó de frente, dura como un ladrillo.

-¿No crees que pueda hacerlo?

Era consciente de lo difícil que era entrar en el programa, y que pasarlo era una pesadilla. También conocía los riesgos de trabajar en tal lugar, y que, fuera lo que fuera que pudiera encontrar, no podía discutirlo con nadie.

Sirius se apresuró a negar.

-Creo que puedes hacer lo que quieras, Ana- le dijo, levantándose y rodeándole los hombros con un brazo- Pero no lo lograrás si dudas de ti misma.

-Yo no dudo.-se apresuró a refutar.

Le revolvió el cabello.

-Lo que digas.

Bufó, arreglando el desastre que había provocado. Intentó no pensar mucho en su brazo a su alrededor.

-Nadie cree que pueda hacer algo bueno-masculló, cerrando las manos en puños. Sintió como las uñas se clavaban en sus palmas, pero ignoró el dolor.

Todos esperaban grandes cosas de Harry. Harry será un gran hombre. Harry será un auror. Harry va a atrapar a todos los malos.

¿De ella? Durante el verano de su tercer año, en la tienda de Madame Malkin, escuchó a dos brujas diciendo que no será una gran sorpresa cuando "La otra Potter" se uniera a Él que no debe ser nombrado.

Lo había notado desde el primer año. Muchos la observaban con cautela y miedo, como si en cualquier momento fuera a explotar, o a decidir que la persona en su campo de visión estaría mejor muerta.

Incluso Harry creía que acabaría mal. Los primeros meses en Hogwarts se rehusó a dirigirle la palabra, y no fue hasta su tercer año que comprendió que su hermana no era una futura Voldemort. Aún así, una brecha se abrió entre los mellizos, y aunque Harry intentara repararla, Morgan lo mantenía a distancia.

Sirius tomó sus manos, deshaciendo los puños. Podía ver las marcas que las uñas habían dejado.

-No dejes que la ignorancia de algunos dictamine tu futuro. Eres una bruja brillante, Ana, y una buena persona. No, no pongas esa cara. Lo eres, y cualquiera que diga lo contrario se las verá con Remus y conmigo.

¿Sirius de verdad creía eso?

-Vas a ser una gran inefable, y espero poder estar a tu lado el día que lo logres, para poder ver el rostro de todos los que te subestimaron.-luego de un momento de duda, añadió:- Después de todo, los Slytherin no son conocidos por renunciar.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba haciendo, ya tenía sus brazos alrededor de su cuello. Se aferró a él con fuerza, su corazón latiendo a mil por hora. Sirius le devolvió el abrazo con la misma ferocidad, y depositó un suave beso en su sien.

Era alto, y los pies de Morgan no tocaban el suelo. En cualquier otra ocasión, le habría causado gracia, pero no podía concentrarse en otra cosa que no fueran las palabras de Sirius.

Él creía en ella. Alguien creía que ella, Morgana Potter, la "malvada" hermana del elegido, podía ser buena.

Le quitó un peso de los hombros.

Se apartó para darle las gracias y se congeló.

En agosto, Ginny la había molestado, diciendo que estaba encaprichada con Sirius. A Hermione no le había hecho gracia, y Morgan fracasó en negarlo de forma olímpica.

Era una idea tona. Sirius Black era mucho mayor, y aún más importante, el mejor amigo de su padre. Aún sin la diferencia de edad, ella sabía que él nunca le haría eso a James.

Eso no había impedido alguna que otra fantasía. Esas no hacían daño.

El reloj dio las doce.

-Feliz navidad.

Sirius sonrió.

-Feliz navidad, Ana.

Morgan se inclinó y besó su mejilla. Tal vez, solo tal vez, sus labios se movieron hasta casi tocar la esquina de su boca. Se detuvo de forma abrupta y rogó a todos los dioses existentes porque no lo hubiera notado.

Lo soltó y se alejó, intentando esconder su rubor.

-Morgan,...-comenzó.

-Buenas noches.

Se apresuró hasta las escaleras y las subió de dos en dos.

Sería mejor que se olvidara de su estúpida fantasía.


26 de Agosto, 1975

Morgan se levantó temprano. Su descanso fue plagado por las pesadillas, y la segunda vez que despertó, con la respiración agitada y sudando como puerco, decidió que ya no valía la pena.

Se levantó y tomó una ducha, y a falta de opciones, volvió a colocarse las mismas ropas del día anterior.

Intentó desenredar su cabello, pero cuando el peine quedó atascado, utilizó un simple encantamiento para liberarlo y se resignó. Se acercó a la mesa de noche y tomó su varita, para luego guardarla en la pierna de sus jeans.

Salió de su habitación y pasó por la sala común. Era extraño ver todo tan vacío. No acostumbraba a dormir sola (habiendo compartido una alacena y luego una habitación con Harry en Privet Drive, y habitación con Daphne, Tracey, Pansy y Millicent en el colegio), y no creía que pudiera acostumbrarse.

La sala común de Slytherin se encontraba en las mazmorras, y contra creencia común, era un lugar cálido. Se encontraba bajo el lago negro, y por las ventanas se podía apreciar la vida marítima. Era uno de sus lugares favoritos para relajarse, y no era extraño encontrarla sentada junto a una ventana, envuelta en una manta, observando los peces.

La chimenea despedía fuego verde, un color que tomaba dominancia en el lugar. Una gran serpiente había sido tallada en las paredes, y esta parecía estar envolviendolos en su agarre. El detalle de la piedra era impresionante.

Subió las escaleras y la pared se movió, revelando la salida. Tomó rumbo hacia la cocina, en donde los elfos debían estar preparando el desayuno (un pedido que había hecho la noche anterior).

Hizo cosquillas a la pintura y entró.

Los elfos no pararon de ofrecerle diferentes platillos, pero Morgan apenas pudo dar un par de mordiscos a su tostada cuando la puerta se abrió de nuevo.

La profesora McGonagall la miró sorprendida.

-Señorita Po… Edevane, ¿cómo encontró este lugar?

Fred y George, en segundo año.

-Un pajarito me dijo.

Los labios de la profesora formaron una fina línea.

-Hija de Potter-creyó que la escuchó mascullar. Se enderezó- Muy bien. Vamos. Tenemos mucho que hacer.

Morgan se apresuró a tomar una manzana y la siguió.


Al entrar al Callejón Diagon, tuvo que detenerse por un segundo.

Estaba lleno de gente, pero todos parecían tensos. La usual energía que circulaba con el comienzo de clases reemplazada por un aura sombría.

Le puso los pelos de punta.

¿Cuánto poder tenía Voldemort en ese momento? Sabía que las cosas solo se pondrían peor en los próximos seis años, pero no imaginó que ya sería tan grave. Quería preguntar a McGonagall por la situación, pero adivinando que hacerlo en un lugar tan concurrido era una pésima idea, hizo una nota mental.

Siguió a la profesora en silencio, y su primera parada fue Madame Malkin.

La mujer parecía sorprendida de ver a la profesora acompañando a una alumna de quinto año a hacer compras. Era normal para los alumnos de primero, si estos eran hijos de muggles.

-No creo haberte visto antes- dijo la mujer, tomando las medidas de la adolescente.

-Se acaba de transferir de Beauxbatons- respondió McGonagall con tono que dejaba claro que no admitiría más preguntas.

-¡Oh! Parlez-vous français?

Morgan comenzó a entrar en pánico. Su conocimiento del idioma francés se limitaba a: Oui, non, merci, baguette e imbécile (una que Daphne usaba seguido).

-¡Por supuesto que habla!-la profesora saltó en su defensa, sentada en una silla a su lado, con ambas manos sobre el regazo- ¿Cómo va a ir a una escuela en el extranjero sin hablar el idioma? Y la chica es de Slytherin, así que necesitaremos que todo sea en los colores correspondientes.

Madame Malkin tuvo la decencia de ruborizarse.

Al salir de esa tienda, se dirigieron al apotecario, después de eso a Flourish & Blotts, y a la tienda de pergaminos, plumas y tinta.

Finalmente, McGonagall la llevó a la tienda de animales. Morgan había tenido una gata siames llamada Artemisa, pero cuando los carroñeros los atraparon en el bosque, Greyback se la comió. Por supuesto, se aseguró de que la pelirroja lo viera.

Después de eso, Morgan no habló por una semana.

No tardó en elegir una lechuza. Era negra, y la tentación de llamarlo Bola de Nieve fue casi demasiada.

Al final se decidió por Júpiter, y al ave pareció agradarle.

Lo soltó para que pudiera volver al castillo solo.

-Imagino que no necesita una varita.

Morgan negó, sintiendo la varita contra su pierna. Se la había comprado a Ollivander cuando tenía once; era de saule, con el núcleo de fibra de dragón, veintiún centímetros ("algo corta" había dicho el hombre al entregársela) y flexible. Aparentemente, la madera de saule no era muy común, y la varita tendía a elegir a aquellos con gran potencial, aquellos que saben tienen mucho que aprender.

-Quién tiene que viajar más lejos, lo hará más rápido con saule- dijo Ollivander, entregándole la varita.

Tal vez, de alguna forma, la varita sabía que algún día la bruja se encontraría en su actual predicamento.

Fueron a Londres Muggle para comprar su nuevo guardarropa. Fue difícil encontrar algo que le gustara, pero eventualmente lo lograron.

A la pelirroja le sorprendió descubrir que McGonagall disfrutaba ese tipo de compras, y le sorprendió aún más el buen gusto de la mujer.

-¿Qué le parece?-preguntó, saliendo del vestidor.

Llevaba un vestido largo, negro, con escote en uve y mangas acampanadas.

McGonagall asintió, y cuando la empleada le mostró un vestido de un fucsia que lastimaba la vista, le dio una mirada asesina. La pobre mujer casi se cae en su vano intento por huir.

Morgan sonrió. Esa mirada nunca fallaba.


1° de Septiembre, 1975.

Sentada en los escalones de la escalera principal, escuchó el sonido que las puertas de roble hacían al abrirse, y las voces de múltiples conversaciones fusionandose.

McGonagall había sugerido que esperara en el comedor, en la mesa de Slytherin, pero la adolescente quería mantener un perfil bajo. Esperar sentada, sola, en una mesa gigantesca podría llamar la atención de alguien.

Se levantó lentamente y se acomodó la falda.

Sutilmente, se mezcló con la multitud y siguió a los estudiantes de Slytherin. Se sentó cerca del medio, ya que estaba casi segura de que los adolescentes en esa sección debían estar próximos a su edad.

Escaneó su mesa disimuladamente, y no tardó en reconocer a su antiguo profesor de pociones. Severus Snape se encontraba a dos asientos de distancia, y tenía la vista clavada en algo. Fuera lo que fuera, lo observaba con un brillo posesivo.

Era extraño volver a verlo, sabiendo lo que sabía.

Cuando el comedor estuvo en orden, McGonagall se retiró en búsqueda de los alumnos de primero.

Notó que a pesar de sus esfuerzos, algunos alumnos notaron su presencia, pues la miraban curiosos.

Decidió bloquear sus miradas, y en su lugar, buscó la mesa de Gryffindor.

Fue sencillo encontrarlos, pues estaban causando un pequeño escándalo.

Un joven lánguido con cabello arenoso sonreía vagamente. Ese era su padrino, Remus Lupin. Las otras tres figuras le daban la espalda, pero aún así pudo identificarlas. Reían escandalosamente, y varios alumnos rodaban los ojos e intentaban hacerlos callar.

Comenzó a sentirse inquieta.

Afortunadamente, la profesora regresó con los alumnos en ese momento.

La ceremonia tomó lugar sin interrupciones, y fue seguida por otro extraño discurso por parte de Dumbledore.

La comida y bebida se materializó frente a sus ojos, pero a diferencia del resto de sus compañeros, Morgan no tenía hambre. Verlos le había cerrado el apetito.

¿Que podía hacer? ¿Acercarse y presentarse? No, probablemente le lanzarían algún hechizo antes de que se acercara. Al menos su padre y Sirius lo harían. Dudaba que Remus fuera igual, y no quería ni atreverse a pensar en Pettigrew.

Se sirvió un poco de ensalada y comenzó a juguetear con ella. Sabía que Dumbledore y McGonagall la estarían observando de cerca, y no quería darles una razón para que dudaran de ella y su capacidad para salvar al mundo mágico de la tiranía.

Cualquier bobo puede hacerlo.

Sintiéndose incómoda, levanto la mirada y se encontró con un par de ojos verdes como el musgo. El chico al que pertenecían era guapo, con su cabello castaño corto y facciones aristócratas.

-¿Te he visto antes?-preguntó.

Morgan se debatió cómo responder, y luego decidió dar uso a la mentira que McGonagall había utilizado con Madame Malkin. Tenía que ser cuidadosa; un cabo suelto, por pequeño que fuera, podía ser catastrófico.

-No lo creo.-se forzó a sonreír- Me acabo de transferir de Beauxbatons.

El chico asintió. A diferencia de otras escuelas de magia (como la misma Hogwarts), Beauxbatons aceptaba alumnos de todo el continente.

-No sabía que se admitían transferencias.

Morgan se encogió de hombros, pensando rápido.

-No se que decirte. No tuve problemas.

Entrecerró los ojos, y luego le ofreció una mano.

-Evan Rosier. Un placer.

-Morgan Edevane.

Sabía quién era. Un mortífago. Si bien recordaba, había muerto luego de la caída de Voldemort. También era la razón por la que a Alastor Moody le faltaba un ojo.

-¿Edevane? No estoy seguro de haber escuchado ese nombre.

Ella sabía que era lo que había querido decir. Quería saber si era de sangre pura o no.

-No creo que sea muy antiguo. Se que mi padre era un mago.

-¿Qué hay de tu madre?-preguntó, y al hacerlo, varias cabezas se giraron en su dirección.

Se sentó derecha.

-Hija de muggles.

Rosier se limpió la mano contra su túnica, y el resto de la mesa compartió una mirada de asco.

-Así que eres mestiza- dijo entre dientes.

Ella se encogió de hombros y se abstuvo de recordarle que Tom Ryddle también era un mestizo.


Al día siguiente, Morgan recibió su horario.

El profesor Slughorn se detuvo a su lado.

-¡Ah! Señorita Edins, la nueva estudiante. Sí, sí. Bienvenida a Slytherin. Este es su horario.

No se molestó en corregirle, pues sabía que solo recordaba los nombres de los estudiantes más destacados, o los que contaban con más prestigio.

Un trozo de pergamino flotó en su dirección, y al desenrollarlo gruño.

Su día empezaba con dos horas de pociones, con los Gryffindor. Luego de eso tendría dos horas de transfiguración, también con los leones, seguido por una hora de estudios antiguos con los Hufflepuff.

Merlín se apiadaba de ella con el almuerzo, y luego tenía doble historia, con los malditos leones. Su día acababa con doble Herbología con Hufflepuff.

Nadie en su mesa le habló. Había recibido el mismo trato en la sala común. Sabía que al resto de su casa no le gustaba su estatus de mestiza, pero también sabía que no le harían daño, al menos no mucho. Las otras casas podían hablar pestes de los Slytherin, pero era muy extraña la ocasión en la que estos se atacaban entre sí.

Las chicas de su habitación no eran muy amables. Hicieron un par de comentarios groseros sobre ella y la excluyeron de su conversación. A Morgan no le molestaba, estaba demasiado preocupada con otras cosas.

Escaneó la mesa de Gryffindor, pero no vio rastros de los Merodeadores, ni de su madre. Durante el banquete, hizo acopio de su voluntad para no buscarla, y cuando los prefectos se levantaron de las mesas, bajó la mirada y la mantuvo firme sobre su plato como si su vida dependiera de ello.

No se atrevía, aunque quería, más que nada.

Terminando su té, se levantó de la mesa para ir a buscar sus libros.


Morgan luchaba con el cierre de su mochila nueva, por lo que no vio al adolescente corriendo en su dirección, intentando atrapar una vieja snitch.

No notaron la presencia del otro hasta que colisionaron.

Aterrizaron sobre el duro suelo de piedra con un sonido seco, que fue ahogado por el de libros y pergaminos esparciéndose por todo el lugar.

Morgan suspiró aliviada, pues no escuchó el característico sonido de los frascos de tinta al romperse, y una rápida mirada a su mochila lo comprobó.

-Mira por donde vas, víbora- le regañó una voz masculina.

Morgan levantó la mirada y se congeló al ver a Harry. Sus ojos avellana la miraban con desdén.

No. Harry tenía ojos verdes, como los suyos.

El corazón le dio un vuelco. Ese no era Harry.

Boquiabierta, no hizo más que mirarlo. Era obvio de donde había heredado los rizos rebeldes.

James se levantó del suelo y se sacudió la túnica. Era alto; Morgan estaba segura de que no le llegaría a los hombros.

-¿Eres muda, serpiente?

Su tono rudo la sacó de su estupor, un poco.

-¿Qué?- se las arregló para preguntar, todavía en el suelo.

No podía creerlo. ¡Ese era su padre! O lo sería.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no llorar.

-¿También eres tonta?

Abrió la boca y la volvió a cerrar. Cuando cayó en la cuenta de que conocería a su padre, imaginó cien escenarios, cada uno extremadamente diferente al otro, pero ninguno se acercaba al que estaba viviendo.

-¿Lo siento?-sabía que sonaba como una pregunta, pero la experiencia era demasiado insólita, casi extracorporal. Sentía que estaba en un recuerdo, con la cabeza enterrada en el pensadero de Dumbledore observando como la interacción se desarrollaba.

Forzándose a moverse, se puso de rodillas y comenzó a recoger sus libros. Al notar que no todos le pertenecían, alzó la mirada.

Pasillo arriba, escuchó tres voces.

-¿No vas a ayudar?-preguntó con tono suave, como si temiera que hablar muy fuerte fuera a devolverla a la realidad, una en la que sus padres estaban muertos.

La expresión desagradable desapareció de su rostro, reemplazada por una dulce sonrisa. Algo extraño brillaba en sus ojos.

Morgan, ignorante, devolvió el gesto.

-Por supuesto.

Agitó su varita, murmurando algo que no pudo escuchar, y las páginas de sus libros comenzaron a despegarse. Con otro movimiento, estas salieron despedidas por los aires.

-¡Bien hecho, James!-rió una voz.

Morgan volteó en su dirección.

Remus Lupin y Sirius Black se detuvieron junto a James. El primero parecía apenado, mientras que el segundo reía despreocupado.

-¿Por qué hiciste eso?

¿Qué esperaba? ¿Qué la reconociera y la tratara diferente? Para James Potter, ella no era nada más que una repugnante Slytherin.

Potter se encogió de hombros.

-Vamos, James- habló Remus lentamente- o tendré que darte detención.

-¡Pero ella me empujó! Solo me estaba defendiendo.

-¡No es cierto!- Morgan se levantó, sintiendo las lágrimas que quemaban en sus ojos.-No estaba prestando atención, y tú tampoco.

-No, estás mintiendo- tomó un paso amenazador en su dirección.

-¡JAMES POTTER!- se escuchó un grito furioso, que venía acompañado por un remolino rojo.

Lily Evans echaba chispas por los ojos.

Morgan notó que era hermosa, con su cabello rojo, casi tan oscuro como el suyo, los ojos verdes, la tez pálida y rostro delicado.

Quiso sonreír. Era justo como en las fotos, y estaba parada a menos de dos metros de distancia, en carne y hueso.

El rostro de James se suavizó al instante, una sonrisa boba se apoderó de este.

-Hola, Lily, mi florecita.

-Veinte puntos menos para Gryffindor, y detención por una semana con McGonagall.

¿La estaba defendiendo? ¿O también la castigaría?

-¡La serpiente comenzó!

O no; no solo empezaba con el pie izquierdo con su padre, también con su madre.

-Semana y media, Potter, y no mientas. Arregla los libros que rompiste- demandó Lily, con las manos en las caderas y los pies hacia fuera, como una ballerina.

¡La estaba defendiendo! No debería sorprenderle, pues muchos le habían contado sobre Lily y su sed por justicia.

Refunfuñando, James hizo como le ordenaron.

Con un bufido final, Lily se volteó hacia ella y se acercó. Sus facciones se suavizaron, y le dio una sonrisa tan cálida que Morgan creyó que se derretiría en cualquier momento.

-¿Te encuentras bien?-preguntó, ofreciéndole una mano.

Morgan la tomó, y Lily le ayudó a levantarse. La revisó para asegurarse de que no se había lastimado y asintió.

La joven no pudo evitar sonreír, y un extraño sentimiento, tan cálido como la sonrisa que le había ofrecido unos momentos antes, se expandió por su pecho.

-Estoy bien. Gracias

-¿Eres nueva? No creo haberte visto antes-inquirió.

-Me acabo de transferir de Beauxbatons.

-¡Oh! ¡Fascinante!

-¿Feliz?

Lily no tuvo oportunidad de lanzar su serie de preguntas cuando James las interrumpió. Había reparado los libros, y los hizo flotar en su dirección sin dignarse a hacer contacto visual.

Morgan los tomó en silencio, y de repente, notó una nueva presencia.

Peter Pettigrew era bajo, rechoncho, y tenía cara de rata. Se veía claramente incómodo.

Morgan quería alcanzar su varita y matarlo en ese instante, pero la parte racional de su cerebro le advirtió que era una mala idea.

Sentía que tenía fuego corriendo por sus venas, y estaba tan furiosa que no le habría sorprendido si el joven se hubiera desintegrado solo con el poder de su mirada.

Quería hacerlo sufrir. Quería torturarlo, verlo retorcerse y escucharlo rogar por piedad.

Pettigrew pareció sentir su mirada, pues sus ojos conectaron por un momento. Rápidamente apartó la mirada e intentó esconderse detrás de Sirius.

Ahora estaba lívida.

Sirius notó su mirada asesina y se la devolvió, moviéndose a un lado para ocultar a Pettigrew de su vista. Le dio una mirada desafiante, y Morgan no se acobardó.

Lily le dijo algo a James, y este y compañía se retiraron. Remus no se molestó en darles una segunda mirada, James y Sirius le lanzaron una última mirada sucia, y Peter se alejó con el rabo entre las piernas.

Lily se volteó hacia ella.

-Yo soy Lily Evans.

Le tomó un momento calmarse. Tuvo que recordarse a sí misma que Pettigrew no siempre fue un traidor. No podía atacarlo sin justificación.

Inhaló y empujó su odio a un recoveco de su mente, reservado especialmente para el.

-Morgan Edevane. Un placer.

Lily ignoró la mano que le ofrecía y la envolvió en un abrazo. Morgan se sentía aturdida, y cuando no devolvió el abrazo, Lily se alejó, llevándose sus manos a su boca como si hubiera cometido un acto atroz.

-Lo siento. Invadí tu espacio personal, ¿verdad? Petunia dice que soy muy densa.

Sonrió fácilmente.

-Para nada- aseguró, guardando sus libros en la mochila. Lily se inclinó para tomar un pergamino que yacía olvidado en el suelo y se lo alcanzó- Solo me tomaste por sorpresa.

Lily parecía aliviada.

-¡Qué bien! Por cierto, lamento lo de Potter. Su grupito…

-Está bien. Ya escuché sobre ellos.

Parecía molesta.

-Son unos -dijo algo que Morgan nunca repetiría- Nos dan mala reputación.

Su madre no sabía nada de malas reputaciones.

-¿Eres de quinto?-preguntó entonces, ajustando su mochila y dirigiéndose hacia el salón de pociones.

Lily asintió, y orgullosa, le mostró su pequeña insignia de prefecta.

-Creo que tenemos pociones juntas.

Sus ojos se iluminaron.

-¡Es cierto! ¿Quieres sentarte con Severus y conmigo? Me vendría bien un poco de compañía femenina. ¡No te sientas obligada a aceptar! Entiendo si prefieres…

-Me gustaría- la interrumpió Morgan, con una sonrisa tímida.

Lily le dio una sonrisa brillante y entrelazo su brazo con el suyo. No se calló en todo el camino.


N/A: ¡Ahí lo tienen! Ya se conocieron. ¿Que les parece? ¿Les gusto ese primer encuentro?

Gracias a todos por leer, y nos veremos/leeremos la próxima :)