La reina de mis caprichos
Apenas acabamos de atravesar la entrada principal, volvió a abrir los ojos, medio desperezándose entre mis brazos. La bajé esperando que se mantuviera en pie, pero no solo no me soltó, sino que se mantuvo abrazada a mi cuello, sin dejar de recorrer mi cara con mirada soñolienta.
Dudé de que me estuviera viendo realmente. Pero aun así, notarla entre mis brazos, fija solamente en mí, resultaba irresistible. Con desgana le comenté que quizás fuera mejor acompañarla a su habitación.
Mi propuesta fue interrumpida por sus labios, suaves, paseando sobre los míos, tomándome desprevenido. Me dejé llevar durante unos breves instantes, correspondiéndola, permitiéndome pasear mi lengua por sus comisuras. Pero recobrando un poco el juicio, intenté apartarla de mí.
Al contrario de lo esperado, aún logré que se apresara más contra mi cuerpo, que empezaba a reaccionar con libre albedrío. El roce de sus pechos contra mi torso me estaba volviendo loco.
Ella, habitualmente recatada, con aquel vestido de fiesta de seda y su constante contoneo, me hacía notar la turgencia de sus pezones rasgando la fina tela de mi camisa. Deseé saber como se sentirían en mi boca, besándolos, sorbiéndolos, mamándolos como un niño, relamiéndolos, rodeando con mi lengua sus aureolas.
Sin apenas darnos cuenta, entramos en la sala del mirador, y nos bastó la luz de la luna, traspasando el ventanal, para iluminarnos.
Sus dedos acariciaban mi nuca, sumergidos en mis cabellos. Su boca se entreabrió, e imaginé que, en vez de penetrarla con mi lengua, lo hacía entre sus piernas con mi sexo.
- Deberíamos parar… -Dime que no, supliqué mentalmente. Me sentía tan cachondo que, si me decía que no, dudaba ser capaz de acceder a refrenarme.
- No quiero… -¡Bien! Cerré la puerta tras nosotros y, entre besos, me aseguré que quedara cerrada con el pestillo.
- Si seguimos así no podré parar ¿Lo sabes?
- No importa -¡Bendita seas!
No quise luchar más. Me repetía, solo engañándome a mí mismo, que el alcohol también me estaba afectando, y que yo tampoco estaba siendo del todo responsable de lo que pasaba.
Ambos fuimos despojando al otro de sus ropas. Yo apenas conservaba mis calzones, el único vestigio de civismo que nos separaba. Ella, totalmente desnuda ante mí, exponía la belleza de sus delicadas y suaves curvas femeninas, realzadas por las sombras, que la luna no alcanzaba, pero que yo no estaba dispuesto a dejar sin explorar, no ahora, no allí, … mañana sería otro día, pero aquella noche, ella sería solo para mí, me dije.
- ¿Estás segura de que es lo que realmente deseas? -Dime que sí, dime que sí...
- Sí, sigue, por favor –Me rogó con ojos embriagadamente entornados ¡Gracias dios mío!
Liberado, vagué por su piel, paseando mis dedos por su ombligo, por su pubis, por sus ingles... para después acariciar y amasar ligeramente la cara interna de sus muslos, notando el temblor en sus piernas ante mis atrevidos avances.
Nuestras lenguas no dejaban de batallar por la audacia de invadir al otro, mezclando salivas, confundiendo alientos y devorando gemidos. Pronto se me hizo insuficiente. Arrodillándome, resbalé sobre sus erguidos pezones, que había de suponer, era el primero en degustar. Aun así y estúpidamente celoso, pregunté.
- ¿Te han besado alguna vez aquí, así?
- No –Jadeó–. No… nunca… sigue por favor –Apenas pudo pronunciar con su aliento entrecortado, enardeciendo aún más mi ego y acrecentando mi erección. Quería ser el primer hombre en mostrarle y ofrecerle los placeres de la carne. Por siempre más, nadie podría arrebatarme lo que yo ya habría tomado. Yo la poseería, la convertiría en mujer.
Bajé por su vientre, acariciando con la boca entreabierta la piel a mi paso, aspirando y grabando en mi memoria su aroma, y saboreando su sudor. Separé sus piernas y acaricié con mis mejillas el interior.
Olfateé ligeramente el enloquecedor perfume de su humedecido sexo, a través de sus finos y rizados vellos, que fui apartando con mi nariz, hasta alcanzar el turgente botón de su clítoris, notando como ella, enajenada, tiraba de mis cabellos, acercándome aún más.
Totalmente ido por el deseo, separé con la punta de mi lengua sus tiernos y rosados pliegues, recolectando el néctar que entre ellos emanaba, mostrándome el camino hacia el oscuro abismo donde, por tanto tiempo, había ansiado fundirme y derramarme.
Las rodillas empezaron a dolerme, así que pasé como pude sus piernas sobre mis hombros, agarrándola por su cintura, y la apoyé contra la pared, levantándome de nuevo, cargado con ella.
Me sentía sediento, me encantaba el salino sabor de su flujo. Aquel coñito era realmente delicioso. Volví a buscar su clítoris para degustarlo como un caramelo entre mis labios.
Ella temblaba, se retorcía agarrando mis manos y paseándolas sobre su propio cuerpo, gimiendo y contorneándose, suplicándome, borracha, que no parara.
De pronto me asusté al notar que se inclinaba demasiado hacia delante y que podría llegar a caer tras mi espalda. La bajé, sentándola sobre una de mis piernas que apoyé en la pared, para mantenerla a la altura adecuada.
Volví a besarla con locura, masajeando sus tetillas, totalmente cubiertas con mis manos.
- ¿Te gusta lo que te hace tu "papacito"? –No sé que me dio en aquel instante. Interpretar aquel rol, de supuesto padre, cuando realmente nunca me había sentido ni actuado como tal, me causó un morbo impresionante. Sí tu papacito va a darle cosita buena a su pequeña… pensé.
- Sí, sí me gusta… -Jadeó encendiéndome aún más de lo que me resultaba tolerable. Tenía que follarla ya, o moriría de locura o, peor aún, me pasaría la vida sacudiéndomela soñando con lo que pudo llegar a ser y desaproveché- … dame más "papacito" -¡La madre que la abandonó! ¿Tenía acaso idea de lo que me estaba haciendo aquella chiquilla? Yo no dejaba de ser un hombre. Demasiado caballero a causa de nuestra amistad y del debido respeto a mi viejo amigo ¡Al demonio con todo! ¡Al demonio con todos! ¡Al demonio con Terry!
Decidido a acabar, volví a acariciarla entre sus piernas, comprobando que estaba totalmente empapada. Tomando fuerzas contra mi impaciencia, le introduje un dedo, luego otro, comprobando cierta dificultad. Los moví en círculos en su interior para facilitar y abrir mi paso posterior.
Cuando la noté nuevamente relajada bajo mis besos y caricias, y tras la inicial sorpresa a mi invasión, introduje un tercero y un cuarto, mientras con el pulgar seguía trabajando su botón.
Mantuve juntos los de dentro, anticipando los movimientos que estaban por venir, y poco a poco los fui separando para volver a ensancharla sin dolor, preparándola para mí.
En cuanto resbalaron sin más torpeza, los saqué, y los limpié lamiéndolos. Luego dirigí la cabeza de mi polla a su entrada. Aseguré sus manos sobre mi cuello, consiguiendo captar brevemente su enturbiada mirada, y agarré los muslos a ambos lados de mis caderas.
Fui entrando poco a poco, besándola, observándola, asegurándome que ella también lo gozara. Su dolor o rechazo sería lo único capaz de frenarme. Por hacer esto quizás llegara a despreciarme de por vida. Si le causara daño, jamás me lo perdonaría. Quizás fuera ridículo pero para mí existía una gran diferencia. Lo que estábamos haciendo era un deshonor sí, pero al fin y al cabo, ella también lo estaba deseando ¿No? Y me acababa de pedir más… lo otro hubiera sido una violación… o quizás solo trataba de justificarme, por liberar, al fin, tantos deseos contenidos. Empujé y me clavé hasta el fondo ¡Oh Candy!
- ¡Ahhhhh! –Exclamó, me asusté, pero al mirarla tan solo la vi relamiendo sus labios de puro placer ¡Dios! Aquella niña era tan caliente como yo. Clavó sus dedos en mis hombros y empezó a acompasar el ritmo que yo ya había iniciado ¡Oh Candy! ¡Mi dulce Candy!... ¡Mi dulce y caliente Candy!... pensé. No, ahora ya no recordaría sus pecas o su hermosa sonrisa cuando pensara en ella. No, ahora también podría recordar su aroma, el sabor de su sexo en mi boca y el roce de su coño sobre mi polla ¿Lo recordaría ella mañana? Realmente, en ese momento, poco me importaba.
Aumenté el ritmo de mis embestidas. Ella me ayudó rodeándome firmemente con sus piernas y acompasando a la perfección mis embates. Liberé una mano para continuar acariciándola entre sus piernas, logrando que alcanzara su éxtasis, apenas instantes antes que yo mismo me corriera en su interior.
No quería salir, me sentía en la gloria y volví a sorprenderme a mi mismo, deseando que se quedara preñada… entonces me estremecí al reconocer sobre la pared la figura recortada de la sombra de tía Elroy.
Candy, rendida y adormilada en mis brazos, suspiró apoyando su cabeza en mi hombro y exhaló un suspiro que acabó de fulminarme.
- Ummm… Terry.
Continuará…
