La reina de mis caprichos

Iluso de mí, había creído que tras poseer a Candy, lograría liberarme de la que yo consideraba, mi obsesión… ¡Qué equivocado estaba! Si antes de aquella noche, cada vez que la tenía cerca, apenas soñaba con besarla y acariciarla, desde entonces, no dejaba de fantasear en mil y una formas de fornicarla… Sin importar la distancia entre nosotros.

Ahora, tras un mes de lo sucedido, me daba cuenta de que había cometido una auténtica estupidez. Pero lo hecho, hecho estaba, y por suerte para mí, ni Candy recordó nada ni se quedó embarazada. Al día siguiente, se había disculpado por no salir de su recámara. Tía Elroy me confirmó que era por la resaca.

Otra de las cosas que lamentaba, además de mi constante e inoportuna calentura, era el deterioro que había sufrido mi relación con mi tía. Ella era lo más parecido a una madre que yo tenía, desde que murió Rosemary. Pero al tener que amenazarla, para proteger mi amistad con Candy, había erosionado profundamente su confianza y afecto. Yo lo notaba, lo sabía, y me dolía. Pero no podía demostrar debilidad, no si quería estar seguro de que no hablaría... no perdía la esperanza de volver a ganar su confianza algún día… En cambio, si Candy llegara a descubrir la verdad...

- ¡Albert! ¡Albert! ¡Has vuelto! ¿Cuándo has llegado? –Allí venía corriendo, alegre y voceando, mi niña pecosa... ¿Mi niña? Ella había vuelto al Hogar de Pony unos días, mientras yo había ido a cerrar unos negocios a Boston, de los que acababa de regresar. Desde mi presentación como patriarca de la familia, Candy alternaba temporadas en la Clínica Feliz del Dr. Martín en Chicago, con temporadas en el Hogar de Pony, en los terrenos más cercanos a Lakewood.

- Bueno, acabo de llegar… Todavía no he tenido tiempo a dejar mi equipaje en Lakewood, pero como aún era temprano, he pensado en venir a visitaros –Al llegar a mi altura, como acostumbraba, se lanzó a mi cuello… ¡Dios! Si ella supiera lo que me provocaba, aplastando sus pechos contra mí, dudo que volviera a hacerlo… Seguramente mantendría una distancia mínima prudencial, cuando le fuera posible. Me reprendí mentalmente, no era apropiado ir paseándome entre los niños, luciendo una tienda de campaña en mis pantalones.

- ¡Qué bien, que hayas vuelto tan pronto! –Descolgándose, me arrastró por un brazo, hacia la casa- El tío abuelo William se quedará a comer ¿Verdad Albert? -Por lo visto, ella no tenía ninguna intención de dejar de torturarme, intentando y logrando hacerme sentir un viejo... Ya había desistido de pedirle que dejara de llamarme así. Cuando lo hacía, era peor, me llamaba "padre adoptivo" o "principesco tío" o directamente "Príncipe de la Colina" y aquello sí que me producía auténtica grima, más ahora, tras habérmela beneficiado...

- Bueno, solo pasaba a saludar, tampoco quiero ser una molestia… -Seria, me recriminó con mirada intensa ¡Estaba preciosa! Sus mejillas, ligeramente encendidas, y su frente, levemente sudada por la carrera, me recordaron, inevitablemente, su expresión de calentura de aquella noche, mientras yo me abría paso, embistiendo, entre sus piernas... ¡Lo que daría por volverla a sentir así!

- ¡Oh Señor William! ¡No diga tonterías! -Por un momento me sentí desconcertado, como si me hubieran atrapado cometiendo una travesura- ¡Sabe perfectamente que usted siempre es bienvenido a nuestra casa! –Apareció la Srta. Pony, saludándome con la mano- ¡Hermana María! Avise a los niños para que pongan un servicio más, el señor Andrew se quedará a comer con nosotros… Si no es que le están esperando –De repente me preguntó insegura.

- ¡Ja ja ja! -Reí aliviado por la confusión... ¡Ni que pudieran leerme los pensamientos!- No, no me esperan tan pronto. Teóricamente había de llegar por la noche, pero salí de Boston antes de lo previsto...

- ¡Entonces está decidido! Se queda usted a comer con nosotros... Los niños también se alegrarán mucho de verle... Aún recuerdan la visita a la ciudad por el cumpleaños de Candy -terció la Hermana María, invitándome a tomar asiendo, con un ademán.

- ¡Sí! Te lo comenté por carta ¿Recuerdas? Pues aún siguen entusiasmados -comentó exultante Candy. Me di cuenta de que, desde hacía un tiempo, siempre se la veía feliz... Tan alejada de la desolación y el halo de tristeza que la envolvía en el pasado, sin que ella fuera consciente, en nuestro apartamento de Magnolia... Creía que ella lo había superado... pero si era así ¿Por qué pronunció su nombre? Además ¿Por qué me había de importar ya, que lo hiciera?

Yo quería mucho a Candy, le debía mucho. En el tiempo en que convivimos, incluso, llegué a pensar que ella podría ser, algún día, una pareja perfecta para mí, si es que ella lograba superar y olvidar a Terry. Por un tiempo creí que lo había conseguido, cuando regresó de Rockstown sin él, ... apenas me comentó algo al respecto y encima solicitó regresar al Hogar de Pony. Allí me propuse jugar mi última baza, revelarle que yo era su adorado "Príncipe de la Colina", y si, aun así, no daba muestras de evidente interés por mí, no insistiría más; un par de años perdiendo el tiempo, detrás de una mujer, habrían sido más que suficientes.

Si la respuesta no era la esperada, a partir de entonces, me centraría por completo en los negocios familiares, en vivir mi propia vida, y en mi personal investigación sobre el posible paradero de Stear, investigación que emprendí tan pronto como recuperé la memoria, en cuanto contacté con George.

Nuestra charla sobre mi broche, que era lo que me había de delatar como su primer amor, al reclamárselo como legítimo propietario, fue interrumpida por George. Luego, ya solo pudimos tratar el tema a través de nuestras cartas... Algo que no dejaba de resultar demasiado impersonal, como para que pudiera realmente constatar sus sentimientos hacia mí.

Más tarde, me vi obligado a atar diversos negocios transcontinentales, tanto en Sudamérica, como en Europa. Desde Londres recabé nueva información los últimos itinerarios de Stear, informes de la Cruz Roja Internacional sobre desaparecidos, prisioneros y desplazados en el antiguo continente... Los datos resultaban confusos. Aun así, conservaba la esperanza de poder recuperar, ni que fuera, algo de sus restos, algo que realmente nos ayudara a cerrar aquella herida.

No podía dejar de sentirme responsable, de forma similar a la que me sentía respecto a Anthony, y en cierto modo, hasta de mi propia madre... Quizás, si yo no hubiera nacido, ella seguiría viva, ... al igual que Anthony... Yo no habría ordenado la caza del zorro, él no habría sufrido su caída... Con Stear lamentaba no haber sido más contundente y partidista, cuando expuso el tema en diversas ocasiones.

Tuve la intuición que algo se gestaba en su interior, pero en aquel entonces, apenas recordaba nada de mí mismo, y no me creía con ningún derecho a inmiscuirme en la vida de otra persona, a la que yo no le era nada ¡Si tan solo hubiera recuperado mi memoria un tiempo antes! ¡Jamás le habría permitido tal locura! Siempre intentaba respetar las decisiones y la libertad de los demás, pero ellos, ... Ellos eran mí familia, eran, en realidad, lo único que yo tenía de valor.

Y con respecto a Candy, tampoco quería perderla. El tiempo pasaba, y ahora estaba convencido de que lo que sentía por ella, lo que pasó aquella noche, probablemente no era más que un encaprichamiento, y que, seguramente, con el tiempo, lograría recuperar nuestra serena amistad... al menos por mi parte... por la suya, era evidente que ya era así.

Si tan solo pudiera dejar de imaginarme que la repasaba allí mismo, encima de la mesa, frente a sus atónitas madres y los niños...

Continuará…


En mi historia sitúo Lakewood más cerca del hogar de Pony. Digamos que partiendo de la mansión de Chicago de los Andrew, al sur, en plena ciudad, y subiendo hacia el Hogar de Pony, más al norte, el orden de las fincas sería: Mansión de Chicago - Mansión de los Leagan - Finca de Lakewood - Caserón abandonado o cabaña (tanto en el anime, manga como la novela, la llaman de ambas formas) - Rancho de los Cartwright - Hogar de Pony.

¿Por qué? Porque Albert, siendo adolescente se escapa y llega hasta la colina de Pony, por tanto, tampoco podía estar demasiado alejada.