La reina de mis caprichos
- ¿Puedo darte un consejo? -Por el cambio de tono, supe que no se refería al programa que acabábamos de establecer para la siguiente semana. Tomé un respiro, me serví una copa y asentí con un gesto que le advertía mi poca paciencia para según que temas- Si me lo permites, yo te recomendaría que hablaras claramente con ella -Le miré interrogativo ¿A quién se refería? ¿A la Srta. Crawford, a Candy o a mi tía? Eran las únicas que me causaban dolor de cabeza-, con Candy, me refiero -contestó con semblante preocupado.
- Sí... ¿Sobre? -Intenté quitarle importancia. Estaba realmente harto de que todos parecieran compadecerme ¿A mí? ¿De qué? Había aprendido bien temprano lo dura que era la vida, con la continua pérdida de los que más quería, teniendo que ocultarme de todos, sin poder disfrutar de amistades de mi edad, las largas y tediosas lecciones que apenas comprendía de niño ¿Y qué caso tenía amargarse o culpar a nadie? Ninguno. Eso no cambiaría la realidad ni me devolvería a los que había perdido... Tan solo conseguiría amargar a los demás tanto como a mí mismo. Con un amargado ya había más que suficiente. Lo que no podía soportar, lo que me mataba de veras, eran esas miradas llenas de supuesta comprensión, de pena, de sobre protección.
Yo prefería llevar mi procesión por dentro, guardármela para mi soledad y disfrutar de los momentos que se dieran fuera de esa amargura. Era el único modo que comprendía que la vida me podía compensar, siendo feliz con los demás. Pero a medida que iba madurando, me percataba que parecía que a ellos les hubiera resultado más fácil, o mejor dicho, menos inquietante, que yo hubiera continuado enojándome, revelándome o peleándome, cuando las cosas no se daban como yo deseaba... Pero eso ya lo había experimentado, cuando me escapé, en más de una ocasión... A la muerte de mi hermana, al cumplir la mayoría de edad, cuando el consejo me dio el primer ultimátum para asumir mi cargo, o cuando quisieron impedir que cursara medicina y veterinaria, por encontrarlo "impropio" del cabeza de los Andrew...
George rio ligeramente. Supongo que creía que me conocía más que nadie... y en parte es cierto, pero no tanto como estaba convencido de hacerlo. A menudo, ni nosotros mismos alcanzamos a hacerlo...- ¡Oh vamos William! -Se acercó y le ofrecí mi copa en señal de confianza-. No, gracias, ahora mismo no me apetece... -Hice una mueca de resignación y di un trago. Había previsto relajarme un rato y planificar como actuaría con respecto a la Srta. Crawford. Ahora George venía a cambiar el curso de mis pensamientos, cuando menos lo necesitaba, pero más que un empleado, un tutor o mi mano derecha, lo consideraba mi amigo... quizás el único al que realmente podía catalogar tal, en toda la extensión de la palabra. Así que me dispuse a escucharle, aunque tan solo fuera para tener la oportunidad de zanjar aquel asunto de una buena vez.
- No, en serio ¿De qué se supone que debería hablar con Candy? ¿De las reformas para el Hogar de Pony? ¿De mi oposición a que la destinen a Europa? ¿De mi investigación con respecto a Stear?... -A medida que lo comentaba descubría que compartía con ella mucho más de lo que era consciente. Todos eran temas pendientes para comentarle a Candy, incluso la investigación de Stear. Sentía que era la única persona, además de George y Patricia O'Brian, con la que me hubiera gustado tratarlo. Ella también tenía sus propios contactos en la Cruz Roja y, quizás entre ambos, podríamos reunir más información.
Pero por otra parte, no deseaba que ella volviera a pasar por el dolor de una decepción, si al final, todo aquello resultaba inútil. Además, conociendo lo testaruda y decidida que podía llegar a ser, temía que ella misma decidiera emprender su propia odisea personal, en busca de Stear, si llegaba a saber lo que íbamos descubriendo.
- Déjate de paparruchas. Me refiero a lo que sientes por ella -me asaltó- ¿Cuánto tiempo ha pasado desde Rockstown? Y aún no le has dicho nada, ¿Qué más pruebas necesitas de que Granchester quedó atrás para ella?... Bueno, no sé que le hayas escrito en vuestra continua correspondencia, pero es obvio que nada lo suficiente explícito... Aunque ella se muestra loca de alegría cada vez que vuelves de tus viajes... Es evidente que no le resultas indiferente ¿Cuándo piensas decirle que la amas?
- ¿Qué la amo? -Era mi turno de reír- George, claro que quiero a Candy ¡Le debo mucho! ¡Toda esta familia le debe mucho! pero de ahí a afirmar que la amo... Ella es mi protegida y quiero que sea feliz ¡Por eso la envié a Rockstown!... Aunque no entiendo que pasó con ellos -Tomé otro trago. No, no estaba dispuesto a amargarme más. Menos, por una mujer a la que no le interesaba ¿Qué caso tenía? ¡El mundo estaba lleno de mujeres! y bueno, la Srta. Crawford... No, todavía tenía mucho tiempo por delante para complicarme la vida.
De pronto, nos pareció oír un ruido en el pasillo, como si alguien hubiera tirado algo y hubiera salido corriendo. Curiosos, nos asomamos, pero tan solo encontramos la plata de la correspondencia, caída de la mesita del recibidor y las cartas dispersas por el suelo. La puerta de la entrada estaba abierta. Intrigado salí al exterior y me pareció ver a Candy desapareciendo tras los rosales.
- ¡Candy! Ella nos ha escuchado -confirmó George a mi lado ¡Lo que me faltaba! ¿Y ahora qué se suponía que debía decirle? ¿Cuánto de nuestra conversación habría escuchado? ¿Y si había escuchado de Stear? No, no podía arriesgarme a ignorar qué había oído... Conociéndola sería capaz de alistarse como enfermera voluntaria esa misma semana... Sí, ese era único el motivo por el qué debía salir a buscarla, me dije.
- Voy a buscarla -dije resignado.
- Quizás sea el momento adecuado para declararte -insistió George.
- Ahora mismo, lo que menos me preocupa es eso. Solo piensa si decide ir de voluntaria a Europa, no puedo permitirlo, no quiero más muertos en mi familia -le contesté irritado.
- Pero ella igualmente ha oído que...
- ¿Qué? ¿Qué tú crees que yo estoy enamorado? Tengo que averiguar si ha escuchado de nuestra investigación, eso es lo prioritario... ¡Ah! y George, yo también tengo un consejo para ti.
- ¿Sí?
- Deberías dejar de leer novelas románticas. Creo que te están afectando demasiado -Sin más salí corriendo por donde había visto desaparecer a Candy.
Continuará...
