Nat-Marie: Jeje, tranqui, ya me rendí...y alguien ya adivinó. De todas formas les iba a decir cual era. Creo que el infierno es mejor, porque vas a estar calentita, mientras que allá arriba en las nubes debe llover mucho. Supongo que ser ignorada es mejor que el bullying, pero no tan rápido! Todavía tienen cosas que resolver, jijiji.

Gracias por comentar :)

Sara: Me alegro :)


Capítulo 10: Madame Puddifoot

24 de Julio, 1995

El timbre del número 4 de Privet Drive sonó de manera insistente, y Morgan bajó las escaleras con una gomita para el cabello entre los dientes, intentando arreglarse la melena.

Desde la cocina, tía Petunia gritó:

-¡Eh, tú! Ve quien es.

"¡Eh, tú" se refería a cualquiera de los mellizos, y ya que Harry estaba en la ducha, su hermana fue quien respondió al grito.

Se ató el cabello con rapidez, saltó el último escalón y vio a Dudley sentado frente al televisor, rodeado de comida chatarra. Le sorprendía verlo levantado tan temprano, o al menos, temprano para él. Su primo tendía a levantarse a la hora del almuerzo, engullir todo lo que hubiera en la mesa, y luego desaparecer con su banda de criminales.

Morgan abrió la puerta y se quedó de piedra.

-¿Esa es forma de saludar, Potter?

Lentamente, comenzó a sonreír, y luego atrajo a Draco en un fuerte abrazo.

Era una grata sorpresa. No tendían a verse mucho en el verano, a excepción de esos pocos días que sus padres le permitían pasar en la mansión Zabini, siempre y cuando la presencia de la pelirroja en ese lugar fuera omitida.

Draco nunca había visitado a Morgan en casa de sus tíos; no solo porque sus tíos despreciaban todo lo que tuviera que ver con la magia (y porque el mismo Draco despreciaba todo lo que no fuera mágico), pero sino porque el señor y la señora Malfoy no lo permitían. El niño preguntó en el verano antes del segundo año; Morgan no sabe exactamente qué sucedió, solo que nunca volvió a preguntar.

-¿Qué estás haciendo aquí?- le preguntó, separándose, todavía sonriendo.

Draco se encogió de hombros y metió las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir. Morgan se preguntó si toda su ropa era formal.

-Es tu cumpleaños.

Lo miró extrañada.

-No, no lo es.

Le quitó importancia con un ademán de su mano.

-Unos días más, unos días menos. ¿Qué importa, Potter? No voy a estar en el país el treinta- casi podía ver la sonrisita que amenazaba con formarse en su rostro-. Si no me quieres aquí, puedo irme…

-¡NO!- lo tomó de la mano justo cuando comenzaba a voltearse, pero lo soltó enseguida.

Miró atrás, pero tía Petunia no parecía que fuera a salir de su preciada cocina.

No podía invitarlo dentro; eso solo acabaría en desastre.

Se volvió hacia él, comenzando a maquinar una idea.

-Espera aquí.

Draco frunció el ceño; Morgan sabía que estaba a punto de regañarla. ¿Qué clase de modales eran esos? ¿No pensaba invitarlo a pasar?

Le cerró la puerta en el rostro y volvió a su habitación.

Abrió la puerta de golpe y Harry, quien se estaba vistiendo, pegó un salto e intentó cubrirse el pecho con su toalla.

-No seas tan niña. Creeme, no eres para nada impresionante- se arrodilló en el suelo y sacó una tabla de madera. Debajo de la tabla se encontraban sus libros, pergaminos, plumas y tinta, junto a una pequeña bolsa con dinero muggle. Harry y ella escondían sus cosas ahí, pues era el único lugar donde los Dursley no buscarían.

-Voy a salir- le dijo a su hermano, tomando la bolsa de dinero.

-¿A dónde vas?

-Fuera.

Casi podía ver a Harry rodando sus ojos.

-¿Cuándo vas a volver?

Se encogió de hombros.

-¿Quieres que vaya contigo?

Al escuchar la pregunta, sonrió. ¿Harry y Draco pasando el día juntos? Eso sería interesante.

-No, está bien.

Se levantó y guardó el dinero en una billetera roja.

-Mira, no creo que sea seguro salir por ahí sola. Después de lo de Cedric…

Morgan volteó y lo tomó por los hombros. Desde el asesinato de Cedric Diggory, un chico de séptimo que participó en el Torneo de Los Tres Magos con los mellizos, Harry había estado teniendo pesadillas.

Voldemort había vuelto y nadie le creeía. Bueno, nadie excepto Dumbledore y Morgan.

-Estaré bien, de verdad- Lo soltó y tomó una chaqueta de jean. El clima estaba raro, y no quería salir desprevenida-. Además, no estaré sola. Bye.

-¡Espera! ¿Qué no estarás sola?

Morgan bajó las escaleras de a dos y abrió la puerta. Draco la esperaba con mala cara.

-Tus modales dejan mucho que desear.

Ella ignoró su comentario y volvió a tomar su mano.

-Vamos. Te daré un tour.

No se molestó en despedirse de tía Petunia; de todas formas dudaba que a la vieja arpía fuera a importarle si salía o cuando regresaría.

Se alejaron por la acera. Por un momento, Morgan volteó y miró al segundo piso. Harry la miraba desde la ventana de su habitación, con una expresión nada favorecedora y los brazos cruzados.


-¿Alguna vez has tomado un tren muggle?- le preguntó mientras se acercaban a la estación.

-...No- fue la respuesta dudosa que obtuvo.

Morgan podía ver que Draco no estaba muy feliz en ese lugar. Observaba a las personas a su alrededor con un aire de superioridad, y era claro que tampoco estaba acostumbrado al ruido de las ciudades muggles. Aunque intentaba esconderlo, la pelirroja podía verlo ojeando los autos, motos y bicicletas con curiosidad.

Una chica en patines pasó por su lado, y los ojos grises de Draco se clavaron en sus pies.

-¿Qué son esos?

-Patines. Podemos alquilar unos en la ciudad, si quieres. No es muy difícil.

-No, gracias.

-Prometo que es divertido- le dijo, reclinándose contra su brazo y dándole un apretón a su mano.

-No.

-Pero me gusta patinar.

Draco entrecerró los ojos y escupió:

-Bien. Pero si me caigo…

-Me llevaré el secreto a la tumba- prometió.

Draco negó con la cabeza, pero parecía divertido.

-A veces eres un dolor de cabeza, Potter.

Soltó su mano y le rodeó los hombros con su brazo. Caminaron el resto del camino en silencio.


Draco en un subterráneo había sido lo más hilarante que Morgan hubiera visto en muchos años.

Observaba todo con una expresión perpleja, y la idea de tener que ir parado le parecía insultante. Afortunadamente, Morgan lo convenció de que demandar un asiento era mala idea.

Eventualmente, luego de dos trenes diferentes, llegaron a Londres. La ciudad rebosaba de vida, y en más de una ocasión, Morgan tuvo que parar de golpe al notar que Draco no la seguía.

Primero se detuvo frente a un músico.

-Tiene una técnica terrible- comentó, ganándose una mirada fea por parte de unos espectadores.

Luego se detuvo frente a un mago.

-¿Ese es un muggle?- susurró.

Su aliento le dio escalofríos, y cuando levantó la vista, notó lo cerca que estaba su rostro. Un mechón platinado le caía sobre los ojos, y resistió la necesidad de moverlo.

-Si. ¿Qué te parece?

Draco volvió la vista al hombre, que estaba separando dos grandes aros plateados.

-Es un chiste.

Ante eso, Morgan tuvo que sonreír.

-Tal vez, sí.

Continuaron su camino lentamente, disfrutando de la agradable brisa. Morgan miró al cielo gris; esperaba que no lloviera.

-¿Te gusta?

-¿El qué?

Gesticuló con un brazo, y Morgan siguió su trayectoria.

-¿La ciudad?- se encogió de hombros-. A veces. Otras veces preferiría estar lejos del ruido.

Se detuvieron ante un semáforo, y un autobús dobló la esquina, pasando enfrente de ellos. Draco hizo una mueca.

-Ese hedor…

-Te acostumbras.

Sin pensarlo, Morgan volvió a tomar su mano y entrelazo sus dedos con los de Draco. Comenzó a balancearlas, pero el chico no hizo más que darle una mirada trivial.

-¡Oh! Me prometiste que iríamos a patinar- recordó, reconociendo la calle en la que estaban.

La luz cambió y Morgan lo jaló detrás de ella.

Draco estaba a punto de protestar, pero entonces ella se volteó y le dio una sonrisa brillante.

Callado, la siguió.


Luego de dos horas, cuatro caídas, y un ego magullado, Morgan lo llevó a una pequeña cafetería en una calle poco transitada.

-Dijiste que íbamos a patinar- se quejó el muchacho, pasándose una mano por su espalda baja.

-Y eso hicimos.

-Pero la muggle…

-Hay dos tipos de patinaje: sobre ruedas y sobre hielo.

-¿Y por que…

-Prefiero el de hielo- le dio un codazo-. Deja de quejarte o le diré a Harry que lloraste.

Le lanzó dagas con los ojos y entraron al comercio.

Era un lugar agradable, bien iluminado, y ofrecían las mejores malteadas de Londres.

Morgan lo guió hacia una de las mesas y se sentaron, alejados de los otros clientes.

Draco parecía aliviado, era obvio que no quería sentarse muy cerca de los muggles, y después del subterráneo y la pista de patinaje, Morgan no quería tentar a la suerte.

El mesero tomó sus órdenes (dos hamburguesas con papas y dos malteadas de chocolate) y se fue.

Morgan lo vio irse, y cuando estuvo segura de que no podía escucharlos, se dirigió a Draco.

-¿Es tu primera vez en Londres muggle?

Draco, quien tenía sus manos apoyadas sobre la mesa, bufó y se arregló las solapas de su chaqueta.

-No.

-Aparecer cerca de King Cross para tomar el tren no cuenta.

El muchacho no dijo nada. Tomó un sobre de azúcar.

-¿Qué es esto?

-Azúcar. ¿Tampoco has tenido una hamburguesa en tu vida?

Incómodo, negó.

-¿De verdad?

Se volvió hacia ella con una mirada gélida.

-De verdad, Potter.

Ella alzó las cejas sin inmutarse.

-Interesante- mirando a su alrededor, vio a una adorable pareja de ancianos compartiendo un postre. Se los veía felices- Bueno, no tienes que usar tres tenedores diferentes para comer una, así que debería ser sencillo.

El chico rodó sus ojos, pero Morgan podía ver la pequeña sonrisa que intentaba ocultar.

Frunció los labios y luego se los mordió, debatiéndose.

-¿Draco?

Levantó la vista, pero no dejó de jugar con el sobre de azúcar.

-¿Por qué viniste?

-Ya te lo dije, no voy a estar en el país en tu cumpleaños.

Después de casi cinco años, era sencillo ver a través de sus mentiras.

-Es la primera vez que me visitas- no lo dijo como reproche, pues era la simple verdad.

El rubio parecía sentirse culpable.

-No es que…

El mesero regresó y depositó las malteadas en la mesa. Cuando se fue, Draco continuó:

-No es que no quisiera, pero mis padres no creen que sea apropiado que ande entre muggles.

Ni con mestizos-fue lo que dijo con una simple mirada.

Morgan asintió, tomando un largo trago de la bebida.

-Lo sé, pero ¿qué cambió ahora?

Draco comenzó a jugar con su pajilla, evitando el contacto visual de forma ardua.

-Digamos que creen que estoy con Blaise.

Una vez más, el mesero regresó, esta vez con la comida.

Draco miró a las hamburguesas y las papas fritas con desconfianza.

-¿Qué es esto?

-Comida.

-Muy graciosa, Potter.

Conteniendo la risa, le mostró cómo sostener la hamburguesa. El rubio parecía escandalizado, y casi le da un infarto cuando Morgan le dio un gran mordisco.

-¿Sin cubiertos?

Ella asintió, mirándolo expectante.

Draco sacudió la cabeza y masculló algo que no pudo entender, para luego llevar la comida a su boca y darle una pequeña mordida.

Masticó lentamente, y con la misma velocidad, su expresión cambió. Miró a la hamburguesa como si fuera la octava maravilla.

-Esto es…¡Me encanta!

Con una amplia sonrisa, la pelirroja continuó comiendo. Intentó entablar una conversación, pero al recibir un gruñido como respuesta, decidió esperar hasta que su mejor amigo no se estuviera ahogando con la comida.

Pensó en lo que había dicho, en que sus padres creían que él estaba con los Zabini y no pudo evitar preguntarse qué tanto sabían los Malfoy de su relación con su hijo. No había duda de que, en primer año, el señor Malfoy quiso que Draco fuera amigo de Harry (él mismo se lo había confesado), pero nunca hizo mención de ella. Al pasar ese primer año, era obvio que Lucius no sentía aprecio por ninguno de los Potter, y no quería que su único hijo pasara tiempo con ella.

Draco no lo escuchó, y aunque casi no se veían durante el verano, sus padres no podían impedirle pasar tiempo con la metamorfomaga en el colegio. Iban de un lado a otro juntos, y Morgan dedicaba la mitad de su tiempo a impedir que Draco aterrorizara a los "sangre sucia".

Más de una vez, consideró acabar con su amistad. ¿Cómo podía Draco ser tan cruel, sabiendo que su madre había sido hija de muggles? Pero entonces él hacía algo extremadamente considerado, y Morgan recordaba que, detrás de esa fachada de niño malcriado, todavía estaba el mismo chico que se quedaba despierto con ella cuando tenía pesadillas; el mismo que parecía molestarle que todos se olvidaran de ella en favor de Harry; el que la llevó al Baile de Navidad y al que tuvo que rescatar del Lago Negro en cuarto año.

Notó que sus facciones estaban cambiando; ya no eran tan redondas, sino que eran más afiladas. Su voz también había terminado de cambiar, ya no tenía esa voz chillona, ni se quebraba al hablar.

Se veía más apuesto.

Draco terminó su hamburguesa, papas y malteada, y para la gran sorpresa de Morgan, ordenó otra.

Se volvió a ella y señaló su plato con cara consternada.

-¿Te sientes bien? Casi no has tocado tu comida.

Morgan se forzó a sonreír, e intentó ignorar a sus hormonas.

-Solo estaba pensando que me alegra que hayas venido.

Le dio una sonrisa arrogante, pero sus ojos enviaban un mensaje más puro, más sincero.

-No me sorprende, Potter. Tiendo a tener ese efecto.

Con una pequeña risa, continuó con su almuerzo.


14 de Febrero, 1976

El sábado, Morgan se levantó,...tiró, de la cama con gran esfuerzo.

El frío suelo le ayudó a despertar, y luego de un par de minutos se levantó y se dirigió al baño a tomar una ducha. Sus compañeras de dormitorio tardarían otro par de horas en levantarse.

Cuando salió de la ducha, más que lista para desayunar, sus compañeras seguían dormidas. Era mejor así; a Morgan no le gustaba escucharlas hablar sobre cómo el Señor Tenebroso salvaría al mundo mágico de la perdición.

Con un abrigo, guantes y gorro en mano, Morgan se dirigió al séptimo piso.

En el sexto piso se encontró con Peeves, pero solo tuvo que mencionar al Barón Sanguinario para que el Poltergeist la dejara en paz. El Barón era el único al que temía, y todos los Slytherin se aprovechaban de eso.

Al llegar al séptimo piso, se dirigió a la Sala de Menesteres, que inmediatamente se abrió para ella.

Dentro de la habitación había una pequeña ventana, pero Morgan tenía la sospecha de que, como el techo del Gran Comedor, solo simulaba ser real.

El sol estaba saliendo. Sacó su varita y se acercó al caldero. La poción parecía normal, afortunadamente. Pociones no era su fuerte, pero había hecho un esfuerzo extra por esa poción. Daphne estaría orgullosa.

Colocando su varita de saule sobre su pecho, recitó:

-Amato, Animo, Animato, Animagus.

Llevaba unas tres semanas recitando el hechizo frente a la poción dos veces al día: al amanecer y al anochecer. Tendría que hacerlo hasta la siguiente tormenta eléctrica, que esperaba estuviera cerca.

Preparó la poción con la hoja de mandrágora que llevó en su boca por un mes, y era solo otro paso antes de convertirse en una animaga.

No había llegado tan lejos con Sirius; el hombre apenas pudo explicar el proceso y prepararla mentalmente cuando Lestrange lo asesinó.

No queriendo pensar en el pasado (o más bien, el futuro), se levantó y se encaminó hacia el Gran Comedor, que ese día había sido decorado con diferentes rosas, rojos y púrpuras.

Pétalos de rosa flotaban suspendidos en el aire, y varios floreros decoraban las mesas. En las paredes había carteles con forma de corazón y telas de colores pastel que caían hasta el suelo entre las ventanas y cuadros.

Tomó asiento frente a Remus Lupin, que parecía tan disgustado con la decoración como ella.

Remus no se veía muy bien, y Morgan recordó que ese día habría una luna llena.

-¿Cómo te sientes?- fue lo primero que preguntó, sirviéndose una taza de té.

Hizo una cara al ver que el agua era rosa, pero la tomó de todas formas.

-He estado mejor- respondió él.

Morgan le dio una mirada preocupada, pero el chico no la notó, demasiado interesado en su avena.

-¿Trabajas hoy?

Ella asintió.

-Sí. ¿Tú tienes planes? ¿Alguien a quien llevar a Madame Puddifoot?

El chico casi se ahogó con su avena.

-¿Q-q-qué? ¡No!

Morgan alzó una ceja.

-¡Salazar, Remus! No es para tanto.

Remus continuaba evitando hacer contacto visual, y Morgan lo observó, pensativa. Incluso en el futuro, el licántropo había sido bastante reservado; no confiaba en nadie excepto miembros de la Orden o los mellizos.

En una ocasión, Sirius le explicó que el mundo mágico no sentía mucho aprecio por los hombres lobo, y que varias personas en el Ministerio de la Magia querían tomar medidas drásticas contra ellos.

Morgan había estado furiosa, un sentimiento que Sirius parecía compartir, pero le dijo que no se preocupara por Remus, que él siempre encontraba una manera de salir adelante.

"-No puedes pedirme eso, Sirius- le dijo, jugueteando con sus manos- Quiero que esté bien tanto como tú"

Se preguntó cuánto tiempo le llevó a Nymphadora Tonks convencerlo de salir con ella; porque Morgan apostaría su varita a que no había sido él el que dio el primer paso.

-Cualquier chica tendría mucha suerte de tenerte, Rem- dijo con tono suave, no queriendo molestarlo.

Remus continuó jugando con su comida.

-Nadie tiene suerte de tener a un monstruo- masculló.

Morgan se sentó derecha.

-Remus Lupin, la próxima vez que te llames a ti mismo por esa palabra, te juro que me voy a asegurar de que nunca vuelvas a comer chocolate.

Remus levantó la vista, claramente horrorizado, y Morgan suavizó su expresión.

-¿Te gusta lastimar a la gente? ¿Te gusta verlos sufrir?

-¿Qué? ¡Claro que no! ¿Qué clase de persona…?

-Un monstruo. A un monstruo le gusta lastimar- le dio una mordida-. Sin mencionar, dudo que un monstruo se reconozca a sí mismo como uno.

Remus no dijo nada, pero se veía un poco más animado.

Desayunaron lentamente, sumidos en un cómodo silencio. Morgan miraba alrededor del Gran Comedor, que se iba llenando de a poco, mientras su amigo leía un libro sobre boggarts.

Unos minutos más tarde, Lily se dejó caer junto a la otra pelirroja. Tenía una expresión soñadora.

-¿Estás enferma?- preguntó el licántropo.

Morgan temía la respuesta, y esperaba que no fuera lo que ella pensaba.

-Bertram me regaló lirios- suspiró, volviéndose a su amiga con la misma expresión-. La habitación estaba llena.

Carajo.

Se sirvió té.

-¿Y ustedes? ¿Han recibido algo?- preguntó sonriente-. ¿Alguno tiene un admirador secreto?

-Nop- respondió Morgan, al tiempo que una lechuza del colegio aterrizaba frente a ella.

Lily y Remus levantaron la mirada, expectantes. La pelirroja sonreía de oreja a oreja.

-¿Bueno? ¿Vas a quedarte ahí mirando o qué?

Lentamente, Morgan desató la rosa blanca que venía atada al pie del pájaro junto a una tarjeta. Era la primera vez que recibía un obsequio el día de San Valentín y aunque nunca le había preocupado, en ese momento se sentía un poco nerviosa.

Tomó la rosa y la llevó a su nariz, disfrutando su aroma. Notó que no tenía espinas.

-¿Quién te lo envía?- preguntó Remus, llevándose un trozo de pan a la boca.

Con sumo cuidado, dejó la rosa sobre la mesa y tomó el sobre.

La lechuza emprendió vuelo y ella sacó la tarjeta. Era de un rosa claro, y en elegantes letras doradas rezaba:

"¿Ha amado acaso mi corazón antes de ahora? Afirmad lo contrario, ojos míos, que hasta esta noche nunca vi la verdadera belleza"

La pelirroja no sabía qué pensar. Estaba segura de reconocer la cita, pero se sentía insegura. ¿Quién se la había enviado? ¿Por qué esa cita en particular?

Lily le arrebató la tarjeta, la leyó y luego silbó.

-¡Vaya! Dejaste una impresión importante. ¡Mira!-se la enseñó a Remus.

Mortificada, Morgan intentó arrebatarsela.

-¡Basta!

-Shakespeare, ¿uh? ¿Sabes de quien puede ser?- preguntó el chico, devolviéndole la tarjeta.

Morgan negó y se apresuró a guardarla en el sobre. Shakespeare era intenso, y no creía que le gustara mucho, en especial cuando no sabía de quién era.

-Tengo un par de ideas- dijo Lily, con la mano debajo del mentón.

Los otros dos la miraron expectante, pero ella no respondió, dando una mordida a su tostada con un aire de inocencia.


Distraída, Morgan se encaminó a Hogsmeade. La tarjeta descansaba dentro de su bolsillo, pero llevaba la rosa en la mano y jugueteaba con ella.

No tenía idea de quién podría haberla enviado, y no estaba segura de que le gustara haber recibido un presente.

No le gustaba pensar en Draco Malfoy, el chico que le rompió el corazón más allá de arreglo. Draco no era del tipo que regalaba flores, ni el que recitaba poemas o hacía memorables declaraciones de amor, pero a Morgan no le había molestado. Si había algo que extrañaba, era la simpleza de su relación. Incluso cuando habían sido solo amigos (que fue la mayor parte de sus vidas en Hogwarts), las cosas habían sido sencillas, o al menos así lo creía Morgan.

Siempre habían sido cercanos. Desde el comienzo, ella se aferraba a él por apoyo, y luego de un tiempo se volvió costumbre, y no era extraño ver a la hermana del elegido caminando por los pasillos del colegio de la mano de Malfoy. Cuando la naturaleza de su relación cambió en sexto, continuaron actuando de la forma usual. Se sentaban juntos en clase e iban de la mano a todos lados, pero el aire que les rodeaba era diferente. Era el tipo de relación que estaba condenada desde el principio, y ambos lo sabían.

A pesar de todo, su corazón no soportó ver como él se quedaba de pie sin mirarla mientras era torturada; y acabó de romperse cuando lo vio caminando hacia Voldemort, haciendo la vista gorda a su cadáver. Lo extraño fue que, incluso en esos días previos al comienzo de curso, en los que tuvo toda la privacidad que el colegio podía proveer, Morgan se rehusó a llorar. Suprimió todo sentimiento, hasta que este fue ahogado por la necesidad de sobrevivir en esa época. Afortunadamente, los T.I.M.O.S, su nuevo trabajo y Lily la mantenían ocupada.

Morgan no quería tener tiempo para pensar en Draco Malfoy, pues temía que si lo hacía no soportaría la necesidad de llorar, y si comenzaba a llorar no pararía. Si comenzaba a llorar, todos los sentimientos que había suprimido resurgirían, y no tenía la certeza de poder soportarlos, o de querer hacerlo.

Observó la rosa de forma contemplativa. ¿Qué haría si la persona que se la envió daba un paso al frente? ¿Querría salir con ella? Por todo lo que sabía, eso podría ser una broma cruel por parte de los Slytherin o los Merodeadores.

-¡Morgan! ¡Hey!

Sobresaltada, levantó la mirada y volteó. Timothy corría hacia ella, con el rostro rojo del esfuerzo. Tenía el cabello lleno de nieve.

-Te estaba llamando- sonrió nervioso.

Morgan, todavía distraída, respondió con voz hueca:

-Lo siento, yo...no te oí.

El chico no parecía ofendido, algo por lo que Morgan estaba agradecida. Timothy era agradable, y no quería hacerlo sentir mal.

Casi siempre se sentaba a su lado en las clases que compartían, y desde aquella vez en Cuidado de las Criaturas Mágicas, la acompañaría a su siguiente lección. Era bastante torpe, pero la hacía reír. No era una risa completamente sincera, pero a ese punto, era todo lo que Morgan podía dar.

-¿Vas a Honeydukes?- preguntó, ante lo que la bruja asintió.

Continuaron caminando en silencio, el único sonido que les hacía compañía era el de sus pasos sobre la nieve.

Morgan quería que el invierno se acabara de una vez por todas.

Notó que eran los únicos, pero no le sorprendía, pues era un día especialmente frío. Además, era San Valentín, y los estudiantes se tomaban su dulce tiempo para prepararse para sus citas (si es que tenían una), por lo que no llegarían al pueblo hasta el mediodía o incluso después.

Por el rabillo del ojo, vio a Timothy abrir la boca y luego cerrarla. Espero pacientemente, no queriendo presionarlo.

La tercera vez que cerró la boca, decidió que la paciencia no era su fuerte.

-¿Qué sucede?- preguntó, mientras pasaban el cartel que indicaba que estaban llegando a Hogsmeade.

-M-m-m-e preguntaba s-si, ya sabes,...si,...¿te gustó la rosa?- a medida que hablaba iba bajando la voz, hasta que la pregunta no fue más que un susurro casi arrebatado por la brisa.

Morgan no sabía qué decir. Alternó la mirada entre la perfecta rosa blanca y el chico.

-¿F-fuiste tú?- preguntó, ante lo que él asintió-¿Y la tarjeta?

Volvió a asentir.

-¡Oh!-Morgan miró la nieve, intentando pensar en una respuesta que no le hiciera sentir mal- Gracias, fue uh, un lindo detalle.

Cuando Timothy no hizo más que balbucear, ella añadió:

-Nadie nunca me había dado algo en San Valentín.

El chico parecía honestamente sorprendido.

-¿De verdad?

-De verdad.

Más adelante, vio al señor Harkiss abriendo la tienda.

-Y-yo me preguntaba si...tal vez,...si tu quieres,...¿te gustaría salir conmigo? ¿Tal vez hoy?

Morgan no sabía qué decir. Timothy era un chico encantador, y de verdad parecía ser una buena persona, pero ella no quería salir con nadie.

No le preocupaba ser herida de nuevo, pues estaba segura de que ya no podía sentir esa clase de dolor; pero tampoco quería estar con alguien sabiendo que no podría aportar nada positivo a la relación.

Estaba lista para rechazarlo, pero entonces levantó la mirada.

Se veía tan esperanzado.

Morgan se mordió el labio, no sabiendo qué hacer. ¿Cómo le decía "no" a ese tierno rostro?

-Me encantaría, Tim, pero tengo que trabajar- dijo finalmente, deteniéndose al llegar a la tienda.

El señor Harkiss estaba buscando la llave, pero levantó la vista y les dio una mirada rápida.

-Puedes irte a las tres- le dijo, encontrando la indicada.

-P-pero…

-Sal un poco, niña. Es San Valentín- el hombre les sonrió a ambos-. Puedo encargarme de la tienda solo por una tarde.

Morgan se volvió a Timothy, quien sonreía de oreja a oreja.

Resignada, asintió.

Era una cita. Probablemente, el Ravenclaw decidiría que Morgan no era su tipo después de todo, y podrían continuar con sus vidas con normalidad.

-De acuerdo.

-¡Genial!- casi saltó en su lugar-Te veo a las tres.

-Genial- sonrió Morgan, esperando que un asteroide le cayera encima.


A las tres en punto, ni un minuto antes, ni uno después, Timothy llegó a Honeydukes.

La pelirroja se había pasado toda la mañana con un nudo en la garganta. Tal vez podía fingir estar enferma, o podía convencer a Lily de ayudarle a abrirse la cicatriz del cuello; de esa forma, podría ir a ver a Madame Pomfrey y evitar los eventos de la tarde.

Cerca del mediodía, Lily y Bertarado entraron en la tienda del brazo. Por alguna razón, a Morgan no le sorprendía que la otra bruja fuera de las que le gustaba ir del brazo.

La Slytherin le contó lo que había sucedido, y Lily sonrió.

-¡Lo sabía!

-No quiero ir.

Confusa, Lily la observó por unos momentos, intentando adivinar el porqué. Sus ojos se encontraron, verde contra verde, y aunque Morgan no estaba segura de que fue lo que Lily vio en ellos, asintió de forma simpatética.

-No puedes pasar el resto de tu vida huyendo, ¿sabes?- Lily tomó un par de ranas de chocolate- He conocido a Alberts desde primer año, y es un chico muy dulce. No tienes que temer salir herida con él.

-Yo no temo…

-Lo que te ayude a dormir, Morgan. ¿En dónde están las moscas de café con leche?

-Las cambiamos de lugar. Ven.

Del otro lado de la tienda, vio a Black junto a Marlene McKinnon. El mocoso se veía aburrido, y Morgan dudaba que estuviera escuchando a Marlene, que parecía hablar como un loro.

Fuera de la tienda, Remus, Potter y Pettigrew se detuvieron frente a la ventana. Potter pegó el rostro al vidrio y comenzó a hacer caras, como si estuviera besando al vidrio. Detrás de él, los otros dos reían mientras Black hacía de cuenta que no existían.

Morgan alzó una ceja. Y luego Potter se preguntaba porque Lily no quería salir con él.

Potter dijo algo que ella no entendió, pero Black se apresuró a golpear el vidrio, no con la suficiente fuerza para romperlo. Potter comenzó a reír, y ante la mirada desconcertada de Marlene, Black forzó una risita nerviosa.

La rubia dijo algo y Black se rascó la nuca.

Potter le fruncía el entrecejo a algo, y cuando Morgan volteó casi vomitó en su boca. Bertram estaba besando a Lily, y Morgan estaba segura de que vio un poco de lengua.

Con el estómago revuelto, volvió a la estantería en la que había estado trabajando y continuó con su labor.

Por el rabillo del ojo podía ver a Black, gesticulando de manera exagerada y a Marlene, que lo miraba con reproche. La pelirroja estaba segura de haber visto humo saliendo de sus orejas.

Luego de un par de minutos, Marlene le dio una bofetada y salió de la tienda.

Morgan intentó ocultar su risa, pero su esfuerzo debió haber sido mediocre, pues Black le lanzó una mirada sucia antes de salir detrás de la Gryffindor.

Cuando su turno terminó, Morgan se despidió del señor Harkiss y salió de la tienda.

Timothy la estaba esperando, y le ofreció un brazo cuando la vio. Morgan lo tomó y lo siguió, observando a los estudiantes a su alrededor. Varios venían en pareja, y algúno que otro lloraba en algún recoveco, siendo consolado por algún amigo. Otros ignoraban la fecha, y se paseaban en grupos como si fuera un día normal.

Morgan intentó no perder la calma; estaba ahí con Timothy, quien era extremadamente dulce, y si alguien haría a alguien llorar, Morgan temía que sería ella.

Supo que la cita acabaría mal cuando el castaño la guió hacia Madame Puddifoot.

Morgan nunca había estado ahí, y tampoco tenía ganas. Tracey lo describía como un lugar agradable y acogedor; Daphne como un infierno rosa.

TImothy le abrió la puerta y ella entró.

Estaba de acuerdo con Daphne.

El lugar estaba lleno de parejas, pero eso no era extraño; ese era, después de todo, el lugar a donde iban casi todas.

Todo era pastel. Las paredes, rosas con líneas celestes; los manteles que cubrían las mesas, las sillas rosas, las decoraciones de las ventanas, la vajilla y hasta las cortinas. Pequeños querubines de oro flotaban en el aire, y pétalos de rosas caían lentamente al suelo, evitando las mesas.

Morgan notó que la mayoría de los chicos parecían compartir su angustia.

Timothy, quien no podía ver su expresión, la guió hacia una mesa cerca de la pared. Le movió la silla y la ayudó a sentarse, y Morgan intentó no mirar fijamente al cuadro detrás de la silla del chico, que era una escena que mostraba a dos amantes bajo las estrellas. Sí tenía que adivinar, diría que estaba ambientado en la Antigua Grecia.

El Ravenclaw tomó asiento frente a ella y sonrió nervioso.

-No creo que mi atuendo sea adecuado para el lugar- dijo Morgan, jugueteando con el mantel verde.

Esperaba que se mostrara de acuerdo y sugiriera ir a otro lugar, como Las Tres Escobas; cualquier lugar excepto ese.

-Yo creo que te ves muy bonita- respondió él.

-¡Oh! Gracias.

Morgan bajó la vista, y un momento después apareció una atractiva mesera con dos menús.

Los adolescentes lo ojearon por un par de minutos, robándose miradas de tanto en tanto. Se sentían embarazoso, y cada vez que hacían contacto visual se apresuraban a apartar la mirada.

Finalmente ordenaron, y no queriendo que la pareja a su lado los hiciera sentir incómodos, intentaron entablar conversación.

-¿Crees que necesitan ayuda?- preguntó ella, asintiendo en dirección de la pareja.

Timothy les dio una mirada de soslayo.

-Tal vez. Digo, casi parece canibalismo.

Morgan resopló, apartando la mirada, divertida.

-Yo creo que su lengua se atoró en su garganta.

Timothy sonrió de lado.

La mesera volvió con su orden, y guardaron silencio mientras la depositaba sobre la mesa. Con una sonrisa amable, les dijo que llamaran si necesitaban algo y se fue.

-¿Tim?

El chico, quien estaba probando su té de manzanilla, le dio una mirada, instándole a continuar.

Morgan apoyó los antebrazos sobre la mesa y lo miró muy seria.

-Tengo una pregunta muy importante, ¿de acuerdo?

Ante eso, él asintió.

-¿Te gusta Queen?

Parecía desconcertado.

-Perdón,...¿qué es eso? ¿Se come?

Morgan ensanchó los ojos, horrorizada, y se llevó una mano al pecho.

-¿Cómo no conoces a la mejor banda de la historia?- preguntó, inclinándose sobre la mesa.

-Los Merlín son los mejores.

Morgan había escuchado un par de canciones de esa banda en casa de los Weasley, y no tenía nada bueno que decir sobre "Los Merlín" y sus letras repetitivas.

-¡Por favor! Queen manda.

Timothy parecía entretenido con su pequeño argumento.

-¿Qué clase de banda se llama Queen? Lo siento, pero ese nombre es estúpido.

Black, quien iba pasando por su mesa, miró a Timothy como si hubiera dicho que quería aparearse con dragones.

¿Acaso Black estaba en todos lados? Tal vez era una plaga.

Morgan lo ignoró.

-¿Queen es estúpido? ¿Qué hay de Los Merlín? ¿Qué clase de nombre es ese?

-Bueno, verás…

Ella se cruzó de brazos, habiendo ganado esa ronda.


-No.

La respuesta de Morgan fue acompañada por una lenta sacudida de cabeza.

-Es cierto. El Principito está sobrevalorado.

-No. Es una historia interesante.

-¿Interesante?

-Además, es el tipo de historia que puedes leer mil veces, y siempre vas a contemplarlo de manera diferente.

Timothy le dio un mordisco a su galleta.

-Creo que es estúpido.

Morgan, quien amaba ese libro, le frunció el ceño.

-Tu cara es estúpida.

El castaño rió por lo bajo.

-Oye, tú insultaste a Hemingway.

Se encogió de hombros.

-No soy una fan. Muérdeme.

-¿Cómo es que todos tenemos que estar de acuerdo contigo y los demás están equivocados?

Luchando contra la sonrisa que amenazaba con formarse en su rostro, alzó el mentón.

-Eso es porque soy claramente superior, querido Tim- dijo petulante.

Timothy rió por lo bajo, y Morgan volvió a recostarse contra el respaldo de su silla. Era sencillo hablar con él.

Todo iba sorprendentemente bien (con excepción del lugar), pero a Morgan le preocupaba Timothy, quien parecía más interesado en ella que ella en él.

Aún así, no intentó disuadirlo. Se sentía bien tener ese tipo de atención, y Timothy era una apuesta segura.

A su lado, la pareja se levantó y se fue, y Morgan notó que pronto sería la hora de la cena. El sol comenzaba a bajar y tenía que revisar su poción.

En una mesa con mantel lila en un rincón, vio a Black y a Marlene enrollados el uno en el otro. Parecía que la rubia lo había perdonado.

-¿Quieres escuchar un chiste?

Suspirando, Morgan cerró los ojos.

-Seguro.

-¿Qué le dice un pez a otro pez?

Ay por Dios, por favor no.

-No lo sé.

-Nada por aquí, nada por allá.

Timothy fingió golpear unos platillos, y Morgan intentó no reír.

-Eso, fue terrible- concluyó.

-¡Claro que no!- extendió los brazos hacia los costados, como si eso fuera a ayudarle a probar su punto-. Es brillante. ¿Cómo se queda un mago después de comer?

-No quiero saber.

-Magordito.

El chiste era pésimo, pero Morgan no pudo contener la risa. Se inclinó hacia delante y enterró el rostro en sus manos mientras su cuerpo se sacudía.

Se acomodó en su asiento e intentó mirar a Timothy con reproche, pero su sonrisa la delataba.

El chico parecía complacido.

-Creo que es tarde- dijo ella.

Timothy miró por la ventana y asintió.

-Deberíamos volver antes de que comience con mis chistes de Noc Noc.

-Por favor, no lo hagas.

Ambos intentaron pagar, y se miraron de forma calculadora.

-Morgan…-advirtió él.

-Timothy…

La mesera regresó, y ambos adolescentes intentaron pagarle. La pobre mujer no tenía idea de porque dos alumnos de Hogwarts le ofrecían sus puños y se miraban entre sí de manera amenazadora, pero finalmente, aceptó los galeones del chico.

Timothy se veía triunfante, y refunfuñando, Morgan se levantó y tomó su abrigo, prometiendo que la próxima vez sería más rápida.

Los ojos café de Timothy se iluminaron, y ella casi se pega en la frente. ¿Qué había hecho?

Ignorando a las otras parejas, que parecían estar cometiendo canibalismo después de todo, ambos salieron de Madame Puddifoot, ignorando la persistente mirada de Black.


El camino de regreso fue ameno. Caminaron lado a lado hablando de sus vidas, o al menos, de la de Timothy. Morgan no le permitió preguntar sobre la suya.

Sus padres estaban divorciados, pero afortunadamente, se llevaban bien. Tenía una hermana menor squib, a quien parecía extrañar bastante. Se llama Lexie, y le gustan los deportes le dijo.

También tenía tres gatos a los que extrañaba: Athos, Porthos y Aramis. Morgan sonrió suavemente; por supuesto que esos eran los nombres.

Llegaron justo a tiempo para la cena, pero Morgan no tenía hambre. Estaba cansada, tenía que estudiar y revisar su poción.

Timothy insistió en acompañarla hasta su sala común.

Bajaron las escaleras en silencio, y Morgan se detuvo un par de corredores antes de llegar al muro que daba paso a la sala, no queriendo que supiera donde estaba.

Miró alrededor, no sabiendo qué decir.

-Me divertí hoy- dijo finalmente el chico.

Ella asintió.

-Yo también.

Le sorprendió que no fuera una mentira.

-¿De verdad?- cuando volvió a asentir, Timothy llevó sus manos a sus bolsillos-Entonces,...¿quieres repetirlo?

No tortures al pobre chico. Di que no y ahórrale el dolor.

-Solo si no volvemos a Puddifoot.

Imbécil.

Timothy le dio una sonrisa dulce, y Morgan se sintió mal por él.

Luego de un instante de duda, se acercó a ella. Lentamente, como si temiera romperla, tomó un mechón carmesí entre sus dedos y lo colocó detrás de su oreja. Se inclinó un poco y buscó sus ojos; cuando Morgan no se movió, acortó la distancia y presionó sus labios contra los suyos.

Morgan cerró los ojos y le devolvió el beso. Algo le decía que era el primero de Timothy, pero el chico no era malo.

Una de sus manos permaneció en su rostro, y la otra se posó sobre su cintura. Morgan tomó su rostro entre sus manos y lo atrajo más cerca.

Profundizó el beso, pero aún así, no sintió nada.


N/A: TODOS CALMADOS! Esto sigue siendo un Morgan/Sirius. Si él anda por ahí con una chica diferente cada semana, supongo que ella también puede divertirse un poco.

La verdad siento mucha pena por el pobre Timothy, así que intentaré no matarlo, creo.

¿Adivinen? En el siguiente capítulo, Morgan conoce a sus abuelos.

Por cierto, Dumbledore esconde algo, pero van a tardar un tiempo en saber que es.

ALGUIEN ADIVINÓ LA PELI! Fue en Potterfics, y para los curiosos, la peli era "My Girl". Se las recomiendo; es bastante graciosa supongo,...y después se pone deprimente y después termina.

¿Saben? Me di cuenta de que no sería realista que todo mundo sobreviva esta historia...

Saluditos :3